martes, 3 de enero de 2017

Las “revoluciones radicales”: Pomar en Corrientes y el alzamiento de los hermanos Kennedy en Entre Ríos

La lucha armada no es un componente extraño en la historia del radicalismo. Es más, la Unión Cívica, antecedente inmediato de la posterior Unión Cívica Radical (U.C.R), se origina como la expresión política de un movimiento armado: la Revolución del Parque de 1890. Luego le sucedieron las insurrecciones de 1893, 1895 y la de 1905, todas ellas en tiempos de abstención e intransigencia. Tiempos del Tribuno del Pueblo, Leandro Alem y su sobrino el entonces comisario de Balvanera, Don Hipólito Yrigoyen.


Más acá en el tiempo, en la década del 30 del siglo XX, ya pasados 40 años de la Revolución del Parque, el presidente depuesto Yrigoyen se encuentra prisionero; la dictadura filofascista de Uriburu persigue a los dirigentes yrigoyenistas; Alvear dialoga con los hombres del régimen  y, algunos radicales, comienzan con la “tradicional” actividad conspiratoria. Hubo decenas de estas “revoluciones radicales”. Desde pequeños conatos policiales en las provincias hasta verdaderos alzamientos militares. 
Motines, sublevaciones armadas, “chirinadas”, algunos fueron alzamientos exclusivamente militares y otros de civiles que en “patriadas” se armaban precariamente en nombre  de la causa radical. Ocurrieron en casi todas las provincias pero, sin duda alguna, fue el Litoral la región donde más se propagaron. 


Aquí abordaremos a dos hechos en particular que están muy ligados a Entre Ríos. El primero de ellos es “La revolución de Corrientes” conducida por el teniente coronel Gregorio Pomar producida el 20 de julio de 1931, en la que falleciera quien fuera el padre del ex gobernador de Entre Ríos, Sergio Montiel. La otra es el alzamiento de los hermanos Kennedy en La Paz, Entre Ríos, ocurrido el 3 de enero de 1932. 


Están son crónicas de cuando la UCR era la expresión nacional y popular más revolucionaria de la política argentina.

 

Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro


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“Hasta que un día el paisano
acabe con este infierno
y haciendo suyo el gobierno
con sólo esta ley se rija:
es pa'todos la cobija
o es pa'todos el invierno.”
Arturo Jauretche. “Paso de los Libres” ([1])


1. De conatos armados, asonadas militares y civiles

La lucha armada no es un componente extraño en la historia del radicalismo. Es más, la Unión Cívica, antecedente inmediato de la posterior U.C.R, se origina como la expresión política de un movimiento armado: la Revolución del Parque de 1890. Luego le sucedieron las insurrecciones de 1893, 1895 y la de 1905, todas ellas en tiempos de abstención e intransigencia. Tiempos del Tribuno del Pueblo, Leandro Alem y su sobrino el entonces comisario de Balvanera, Don Hipólito Yrigoyen.

Estamos en la década del 30 del siglo XX. Han pasado 40 años de la Revolución del Parque, el radicalismo fue gobierno desde la sanción de la  Ley Sáenz Peña. No ha perdido una elección presidencial pero ahora, se encuentra nuevamente en el llano. El presidente depuesto Yrigoyen se encuentra prisionero; la dictadura filofascista de Uriburu persigue a los dirigentes yrigoyenistas; Alvear dialoga con los hombres del régimen  y, algunos radicales, comienzan con la “tradicional” actividad conspiratoria.

Así, con el radicalismo excluido se produjeron entre los años 1931 y 1933 una serie de sublevaciones militares dirigidas contra el gobierno dictatorial de Uriburu algunas y otras contra el fraudulento gobierno de Justo. Surgieron las denominadas “Revoluciones Radicales”, todas contra un régimen ilegítimo en su concepción y corrupto en su proceder. De ellas se ha dicho “que fueron todas derrotas militares y triunfos morales”. Y es cierto, todas fueron militarmente vencidas; pero revelaron, en la oscuridad de la noche de la década infame, una luz de compromiso con la soberanía popular avasallada por el régimen. Forman parte de la memoria histórica del pueblo que no las olvidará y las repetirá, en gestas futuras, como una forma de resistencia a la opresión oligárquica.

Hubo decenas de estas “revoluciones radicales”. Desde pequeños conatos policiales en las provincias hasta verdaderos alzamientos militares. Motines, sublevaciones armadas, “chirinadas”, algunos fueron alzamientos exclusivamente militares y otros de civiles que en “patriadas” se armaban precariamente en nombre  de la causa radical. Ocurrieron en casi todas las provincias pero sin duda alguna, fue el Litoral la región donde más se propagaron.

Por razones obvias es imposible el tratamiento de todas las “revoluciones radicales”, no obstante ahondaremos las que tuvieron por su magnitud más trascendencia histórica: La revolución de Corrientes conducida por el teniente coronel Gregorio Pomar producida el 20 de julio de 1931. El alzamiento de los hermanos Kennedy en el norte de Entre Ríos, ocurrido en enero de 1932. Y la conocida como la Revolución de Paso de los Libres, Corrientes, a fines de 1933, siendo Justo el presidente. De estas tres, a las dos primeras las trataremos aquí.

El “régimen”, ahora militarizado, respondió a estos alzamientos populares con inusitada crueldad. Movilizaciones de tropas, persecuciones, fusilamientos realizados en el lugar de detención previa pantomima de juicio sumario, detenciones en masa, cárcel para la mayoría y tortura. Según Abelardo Ramos fue el Ministro del Interior Sánchez Sorondo el instigador de las torturas a los dirigentes radicales encarcelados. Los tormentos fueron ejecutados por el Comisario de Investigaciones de la Sección “Orden Político y Social”, Leopoldo “Polo” Lugones, hijo del ilustre poeta, ([2]) que en esos momentos, de alucinado militarismo, practicaba esgrima en el Círculo Militar mientras aguardaba  la “hora de la espada”.

El fracaso electoral del gobierno en la provincia de Buenos Aires había dado alas a la oposición. La revolución septembrina ya estaba desgastada y para algunos militares de raigambre radical estaban dadas las condiciones para organizar una rebelión armada que depusiera el gobierno de facto y llamase a elecciones controladas por la Corte Suprema que asumiría el gobierno en forma provisional.

2. Pomar y la revolución de Corrientes

Desde el mes de mayo un grupo de oficiales conspiraban un levantamiento del ejército para deponer al dictador Uriburu. Entre estos militares se encontraban los tenientes coroneles Francisco Bosch, Atilio Cattáneo, Regino Lezcano y varios más. El referente del alzamiento era el Teniente Coronel Gregorio Pomar, de insobornable lealtad hacia la U.C.R y su líder. “Soy Edecán de Yrigoyen y leal al gobierno depuesto”, le diría a Uriburu, cuando éste se hizo cargo.

Gregorio Pomar.
El alzamiento fue pospuesto en varias oportunidades por desinteligencias internas de los conspiradores hasta que Pomar, en una decisión intrépida comienza las operaciones. Pomar estaba destinado en la 3ª división con asiento en Paraná y tenía muchas vinculaciones con el Regimiento 9 de Corrientes en donde se presenta la mañana del día 20 de julio. Hace formar la tropa y lee una proclama con los objetivos de la revolución: entregar el gobierno al presidente de la Corte para que llame a elecciones, y el retorno del ejército a sus funciones profesionales.

Con la tropa formada marchó a la ciudad y desalojó de la casa de gobierno al interventor. Mandó a llamar a los dirigentes más relevantes del partido liberal y autonomista correntinos para explicarles los fines revolucionarios y telegrafió al presidente provisional Uriburu y su Ministro de Guerra para informarles del pronunciamiento. Mientras tanto el mayor Álvarez Pereyra se apoderaba de la capital del Chaco, Resistencia, a la espera de órdenes pertinentes.

Todo marchaba relativamente bien hasta el momento, se había plegado la mayoría de los oficiales de la  unidad. Sólo el comandante, teniente coronel Lino H. Montiel quiso resistir y fue muerto. No quiso entregar el regimiento y sacó armas; el propio Pomar debió ultimarlo.

Sobre el hecho, naturalmente no existe unanimidad historiográfica, pero la versión más difundida relata que Pomar interceptó a Montiel en el "Cuarto de la Bandera", acompañado de dos oficiales: el teniente primero Villafañe y el teniente Hugo De Rosa. "Tengo que hablarle. Su regimiento está sublevado", le dijo  Pomar, de acuerdo a lo publicado en el libro "El levantamiento del 20 de julio de 1931", de los autores Jorge Raúl y Jorge Oscar Ezcurra. Montiel lo invitó a pasar al despacho, donde se produjo una fuerte discusión, presenciada por los oficiales. Montiel le pegó un fuerte golpe de puño a Pomar en el hombro izquierdo. El jefe de la revolución cayó contra la puerta de vidrio de una vitrina y se lastimó la mano. Cuando Montiel intentaba sacar su pistola reglamentaria, Pomar extrajo su revólver y le efectuó un disparo que dio en la cabeza de Montiel quien murió a los pocos minutos. El muerto en el incidente, Teniente Coronel Lino H. Montiel, que se negó a sublevar su regimiento en contra del gobierno de facto de Uriburu que había derrocado a Yrigoyen, era el padre del Sergio Alberto Montiel quien fuera dos veces gobernador de la Provincia de Entre Ríos por la Unión Cívica Radical (1983 – 1987 y 1999 – 2003).

Pomar queda a la expectativa en Corrientes, espera que se comiencen a sublevar las unidades comprometidas en la revolución hasta que comprende que ha sido engañado, solamente cuenta con Álvarez Pereyra en poder de la ciudad de Resistencia. Al otro día, 21 de julio, el golpe ya  había fracasado y el gobierno enviaba tropas para reprimir la sublevación. Pomar acompañado de un teniente, quince suboficiales y más de cien soldados se embarcó en una balsa de servicio y se refugió en el Paraguay.

¿Qué había ocurrido? La clave para comprender el frustrado alzamiento la encontramos en la intervención de Justo. La revolución fue impulsada por éste y muchas de las unidades comprometidas eran conducidas por hombres que respondían a él. Cuando trascendió el rumor de la posibilidad de que se convocaran a elecciones presidenciales Justo suspende su participación en el alzamiento y deja que los conjurados sigan adelante con el intento. El único beneficiado de la maniobra será Justo que utilizará el conato como argumento para obligar al gobierno a llamar a elecciones y afianzar su imagen de “militar presidenciable”.

Las consecuencias de la intentona revolucionaria fueron diversas pero todas favorecían a Justo. Uriburu queda cautivo de una camarilla militar que responde a Justo y le impone la candidatura de éste. Justo pasa a ser “el candidato militar” de los uniformados y esto, es de suma importancia en este momento histórico en que el ejército se había conformado en un factor de poder. Pero Justo, si bien necesitaba el apoyo militar, requería ineludiblemente del apoyo civil para darle a su candidatura un tinte democrático como lo exigían los aliados locales de la oligarquía probritánica. Aparecen entonces sus contactos largamente trabajados dentro del partido conservador que comienzan a operar  su candidatura.

Después de la fallida asonada en Corrientes la dictadura inventa un “plan terrorista”. Fabulan un acuerdo entre yrigoyenistas y “ácratas” (anarquistas) en que estos últimos darían apoyo al alzamiento “levantando masas de populacho cuyo objetivo primordial hubiera sido el saqueo y el pillaje”. Algunos importantes dirigentes radicales, Alvear incluido, se exiliaron en Río de Janeiro por exigencia del gobierno. Los comités radicales fueron allanados y se calcula que se arrestaron a más de 2000 afiliados.

El plan de Justo está en marcha. Su objetivo es acotar el radicalismo lo más que se pueda. Con el radicalismo excluido de los futuros comicios, su llegada a la presidencia sería un simple paseo.

3. Elecciones presidenciales e insurgencia popular en Entre Ríos

“Es la restauración. Todo régimen tiene su restauración”.
Hipólito Yrigoyen. Comentarios verbales sobre el gobierno de Justo.

El General Uriburu, jefe del malogrado ensayo fascista ha comprendido que está sólo y rodeado de militares justistas que lo condicionan. Uriburu tenía profundas diferencias con Justo y nunca lo hubiese avalado como candidato de su propio gobierno, pero las circunstancias y una enfermedad que lo comienza a doblegar lo obligan a llamar a elecciones presidenciales y limpiarle el camino a Justo a pesar suyo. El “pobre General”, así lo llama curiosamente Ernesto Palacio que se compadece de su suerte, se asemeja en su soledad al “coronel que no tiene quién le escriba”  del realismo mágico de García Márquez. Un personaje estrafalario que deseaba que Lisandro  de la Torre, su querido y admirado amigo, fuese presidente de la República. Esta aspiración del dictador nos muestra cabalmente su incomprensión del componente ideológico en la política. Lisandro de la Torre, a pesar de sus propias contradicciones, por una cuestión principista, no aceptó la propuesta de Uriburu de ser el candidato de una dictadura decadente.

El Gobierno Provisional, forzado por los militares y civiles llama a elecciones. Se desvanecían  así los sueños fascistas que se concretarían luego de la reforma constitucional; volvían los políticos. Pero…la chusma yrigoyenista no debía de ninguna manera retornar al poder…Esto lo garantizaba toda la gama de la partidocracia pseudoliberal y reaccionaria. Es decir la mayoría de la dirigencia política, salvo los yrigoyenistas refugiados en la U.C.R bajo la conducción ambigua y vacilante de  Alvear.

El radicalismo antipersonalista es el primero que sale al ruedo levantando la candidatura del General Justo. Lo acompañaría en la vicepresidencia José Nicolás Matienzo.

Las fuerzas conservadoras de todo el país, que tenían un poderoso caudal electoral, se agruparon en un nuevo partido al que llamaron “Demócrata Nacional”. También proclamaron la candidatura del general Justo pero, aspiraba acompañarlo en la vicepresidencia un ex gobernador cordobés: Julio Argentino Roca, hijo del general homónimo, dos veces presidente de los argentinos, conquistador del desierto y socio fundador junto con Mitre de lo que Yrigoyen llama “el régimen”. 

El ala izquierda del régimen, el Partido Socialista Independiente, se suma a la candidatura del general Justo. No presentan candidato a vicepresidente comprometiéndose a votar, en el Congreso, a quien tuviese más sufragios.

Los demócratas nacionales (conservadores), conjuntamente con los radicales antipersonalistas y los socialistas independientes integraron un frente electoral que designaron con el nombre de “Concordancia”.

El partido Demócrata Progresista y el Partido Socialista también conformaron una coalición electoral bajo el nombre de “Alianza Civil”…que supongo con ese nombre querían marcar la ausencia de uniformados ya que ambos partidos por razones de tipo doctrinarias eran formalmente  antimilitaristas.

Falta que se organice y se lance  el partido “dueño de los votos” es decir el radicalismo. El “viejo” desde su cautiverio insular a media voz ordena: “concurran”, convencido de que su partido  puede ganar las elecciones y así salvar la causa y bloquearle el camino a los hombres del régimen que nuevamente quieren adueñarse del poder. Se reúne la Convención Nacional del partido y después de algunas especulaciones se decide por la fórmula Alvear–Güemes. Sin duda una fórmula que le daría el triunfo nuevamente al partido.

Pero el gobierno provisional por acuerdo de ministros vetó la fórmula declarando que ambos ciudadanos estaban inhabilitados para figurar como candidatos en las elecciones convocadas. El fundamento de la inhabilitación de Alvear se basaba en que no había trascurrido el intervalo de un periodo intermedio que la Constitución entonces vigente exigía para la reelección; y en cuanto al vice se lo excluía por hallarse comprendido entre las sanciones que un decreto presidencial establecía para quienes hubiesen participado en cualquier forma con “el régimen depuesto” y Güemes era, un notable yrigoyenista. Si no hubiese sido de ésta forma hubieran impedido de cualquier manera que el radicalismo participara de la elección. La intención no era otra que excluir al radicalismo del comicio. Así lo entendió la Convención Radical nuevamente reunida y decretó la vuelta a la abstención electoral en toda la República.

El 8 de noviembre de 1931 se consumó el sainete electoral. El escenario montado era similar al anterior de la Ley Sáenz Peña. La calidad institucional de la Argentina retrocedía 20 años. El fraude esta vez alcanzó alturas del grotesco. No solo estaba excluido del comicio el partido mayoritario sino que toda la batería de trampas y fullerías se puso en práctica: secuestro de individuos y de documentos electorales, presión directa de las policías bravas sobre los votantes, expulsión de fiscales, supresión del cuarto oscuro, bandas armadas supervisando el acto electoral y el típico vuelco de padrones constituyeron la norma en toda la República.

Bajo circunstancias tan “beneficiosas” el binomio Justo –Roca (“La concordancia”) logró 606.526 votos y 487.955 para De la Torre-Repetto. Se renovaron las dos ramas del Órgano Legislativo y todos los gobiernos de provincia, que se repartieron entre demócratas nacionales (conservadores) y antipersonalistas. La excepción fue Santa Fe, donde en el sur era muy fuerte el partido Demócrata Progresista, agrupación mayoritaria de la Alianza Civil que pudo imponer su candidato a  gobernador.

4. El alzamiento de los hermanos Kennedy

Las autoridades electas asumirían el 20 de febrero según lo dispuso el gobierno provisional, aniversario de la batalla de Salta. Faltaban casi cuatro meses para que se consagrara el fraude y la reacción del radicalismo no se hizo esperar. Por un lado objetó de todas las maneras posibles la legitimidad de los comicios y en otro frente, a principios de enero de 1932 se produjo un nuevo estallido revolucionario.

Los hermanos Kennedy, Roberto, Mario y Eduardo.
Esta vez la asonada tenía una composición cívica- militar. La rebelión tenía dos frentes: uno en la ciudad de La Paz, norte de la Provincia de Entre Ríos, encabezado por los hermanos Kennedy y el otro en Concordia, que liderado nuevamente por el coronel Pomar había cruzado el río desde el Uruguay donde se mantenía exiliado.

El alzamiento en la ciudad de La Paz, que entonces era un importante puerto, tuvo los ribetes de una empresa quijotesca. En la madrugada del 3 de enero, los hermanos Kennedy, Roberto, Mario y Eduardo, los tres de comprometida filiación yrigoyenista, se habían apoderado de la jefatura policial, ocupando la oficina del telégrafo nacional cuyas líneas cortaron de inmediato. El entonces gobernador de nuestra provincia, Luis Etchevehere, que envió tropas policiales a reprimir el intento desde Paraná, mantuvo un diálogo telegráfico con Mario Kennedy, al que intimó a la rendición, asegurándole que el resto del país estaba tranquilo y que la revolución había fracasado en todos los puntos excepto en La Paz.

No obstante a las declaraciones del dictador, en pocas horas, la ciudad había sido tomada por sólo 16 revolucionarios, aunque luego, ante el éxito inicial del movimiento, hasta 5000 hombres a caballo de los alrededores se ofrecieron a participar en la intentona. El número de posibles combatientes nos muestra la base popular que tenía la revuelta. Pero era inútil la cantidad de hombres dispuestos ya que no había armas suficientes para todos. Se contaba solamente con cien armas largas.


El éxito inicial de la rebelión se disipó pronto cuando se comprobó que el intento de Concordia, dirigido el teniente coronel Gregorio Pomar, eterno gestor de todas las frustradas revoluciones radicales de aquella época, había fracasado sin empezar…

El gobierno nacional no se hace esperar para iniciar la represión y envía a la provincia además de varias unidades del ejército, siete aviones para perseguir y ultimar a los revolucionarios. Los hermanos Kennedy emprendieron una novelesca fuga por quebrachales y pantanos, esquivando a las numerosas partidas enviadas en su búsqueda y evitando ser vistos por los aviones que los buscaban para ametrallarlos. Fueron al Sur, luego al Norte, marchando con Eduardo Kennedy con su pie dislocado, pasando a Corrientes y cruzando a nado el Guayquiraró con una sola mano (con la otra sostenían armas y municiones) y con fingida calma, para evitar el ataque de los yacarés que abundaban en el lugar. Luego vendría el cruce del Uruguay y el obligado exilio que duraría hasta fines de la década del treinta. Se dice que anduvo Héctor Roberto Chavero  más conocido como Atahualpa Yupanqui por la zona, con guitarra y fusil, alentando esta acción revolucionaria y popular que hace recordar aquellos alzamientos de Artigas a principios del Siglo XIX contra el poder central.

Pero la patriada de los hermanos Kennedy no alcanzó, como tampoco sirvieron las quejas de los radicales y el malestar general de la población que repudiaba la estafa  electoral. El día 20 de febrero del año 1932 llegó y el fraude quedó consolidado cuando el general Uriburu le entregó en un acto solemne la banda presidencial a otro general: Justo. Para completar la mascarada el primero vestía uniforme militar de gala, el otro lucía de civil. El General Agustín P. Justo, para afirmar la “civilidad” de su gobierno, pidió que se suspendiera el desfile militar que se había dispuesto en su honor… La Nación Argentina estaba entrando aceleradamente a la década infame, drama argentino en el cuál,  el General Agustín P. Justo, tendría un rol sobresaliente.

Los hermanos Kennedy sufrieron el peso de la cultura dominante y fueron ignorados por la historia oficial provincial y de su propio pueblo. Marcelo Faure, historiador entrerriano y autor de la obra ““Los Kennedy de La Paz” resaltó en ocasión de la presentación de su libro reivindicatorio de la gesta que: “es un homenaje que ellos se merecían, porque en el discurso oficial de La Paz los habían negado... Con la edición de este libro recuperamos parte de la historia negada… es un aporte para la ciudad de La Paz y un aporte para la Identidad Entrerriana”, ya que “la historia de esta gente tiene que ver con la historia de Entre Ríos”. “Los hermanos Kennedy pudieron fusionar lo que fue la cultura popular con al cultura letrada o culta, ser un nexo entre los dos estratos sociales” analizó Faure.




[1] Arturo Jauretche (1901-1974), a mi entender, el más importante pensador del campo nacional, participó en 1933 en el alzamiento denominado “Paso de los Libres”, otro de los hitos de las revoluciones radicales. Tras la derrota de la rebelión fue encarcelado. En prisión escribió su versión de los hechos en forma de poema gauchesco en la mejor tradición martinfierrista. Al poema lo tituló “Paso de los Libres” y se publicó por primera vez en el año 1934 con prólogo de Jorge Luis Borges de quién lo separarían luego profundas disidencias en cuestiones políticas y fundamentalmente, por la pertinaz militancia de Borges en contra de las grandes mayorías argentinas.

[2] La vida de Leopoldo Lugones (1876-1938) es conocida. Anarquista y luego socialista de joven, férreo nacionalista después y protofascista antidemocrático al final de sus días, fue reconocido desde principios del siglo XX en Buenos Aires como poeta, orador y polemista. El poeta tuvo un hijo, “Polo” o “Polito” Lugones (1897-1971), cuya vida es menos conocida y más oscura que la de su padre. Se sabe, en concreto, que durante la presidencia de Alvear fue director del Reformatorio de Menores de Olivera. Que entonces fue procesado por el delito de corrupción y violación de menores y que cuando iba a ser condenado a diez años de reclusión, el presidente Yrigoyen lo salvó cediendo ante un pedido de Lugones padre. De rodillas, éste le habría implorado que consiguiera su absolución por "el honor de la familia". Su suerte mejoraría tras el golpe de Uriburu, que a modo de reparación  le hizo pagar los sueldos que dejó de percibir cuando, antes de comenzar el proceso, se lo exoneró del cargo público que detentaba.

Uriburu lo nombra además comisario inspector de la Policía, en la misma repartición en la que figuraba su prontuario, que lo calificaba de "pederasta" y "sádico conocido". Ya instalado en su nuevo cargo, Polo Lugones implementó, en el sótano de la vieja penitenciaría de la calle Las Heras una sala de interrogatorios y torturas. Hecho que ha sido documentado en distintas investigaciones sobre el tema, entre ellas, en “Breve Historia de la tortura en la Argentina”, de Marcelo M. Benítez. Y profundizando este sórdido asunto Carlos Giménez en su libro “El martirologio argentino”, denuncia que  Lugones utilizó elementos de tormento "con el refinamiento que le dan la aplicación de la electricidad, la mecánica y los modernos inventos”. (El autor, que fue una de las víctimas de “Polo”,  se refiere a la picana eléctrica que habría inventado el propio Lugones).

“Polo” Lugones, como su padre, también se suicidó. Tuvo dos hijas, “Pirí” y “Babú”. La menor de ellas, Pirí, se incorpora a las luchas populares de los setenta a través de “Montoneros”. El 24 de diciembre de 1978 fue detenida en un departamento de Barrio Norte. Se supo que la torturaron y que estuvo al menos en tres centros de detención clandestinos. Continúa desaparecida y con su martirio se cerró el ciclo trágico de tres generaciones de una familia argentina signada por la tragedia. En el 2004 se publica el libro "Los Lugones, una tragedia argentina" que evoca, con testimonios y ficciones, la desgraciada saga familiar de Leopoldo, poeta genial y controvertido ensayista, su hijo Polo, comisario y torturador, y Pirí, la hija de éste, militante montonera desaparecida en 1978. La historia contiene textos de David Viñas, Daniel Divinsky y Carlos Giménez.

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