jueves, 3 de febrero de 2022

Perón, el revisionismo histórico y la Batalla de Caseros

Introducción

La Batalla de Caseros es el gran tema de la historia entrerriana y uno de los pilares de la historia "oficial" argentina. Abordarlo nunca es sencillo, ya que el debate se enciende rápidamente. Las argumentaciones deben ser claras, fundadas, por lo que son extensas casi siempre. Pero, aun así, se suele caer en posturas tan antagónicas como apasionadas.

Ya he escrito sobre Caseros, pero en esta oportunidad quiero centrarme en forma puntual en la visión que tenía Juan Perón, nutrida por el revisionismo histórico, sobre Caseros, Rosas y Urquiza. 

Para explicar este punto concreto voy a recurrir a una serie de textos que grafican el pensamiento histórico de Juan Perón, respecto a Rosas, Urquiza y Caseros, en distintas etapas de su vida, y a unos hechos puntuales que contribuyen a la explicación.


Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro



La carta del joven oficial militar con sentido histórico nacionalista  

Ya en forma temprana, en la juventud de un militar de carrera, Perón se refiere a Rosas con conceptos elogiosos. Sacando a relucir un profundo sentido nacionalista, en una carta a su padre, fechada el 26/11/1918, Perón expresa: “...Francia e Inglaterra siempre conspiraron contra nuestro comercio y nuestro adelanto...En 1845 llegó a Buenos Aires la abrumadora intervención anglo-francesa; se libró el combate de Obligado, que no es un episodio insignificante de la Historia argentina, sino glorioso porque en él se luchó por la eterna argentinización del Río de la Plata por el cual luchaban Francia e Inglaterra por política brasilera encarnada en el diplomático Vizconde de Abrantes. Rosas, con ser tirano, fue el más grande argentino de esos años y el mejor diplomático de su época...Fue gobernante experto y él siempre sintió un gran odio por Inglaterra porque esta siempre conspiró contra nuestro gran río, ese grato recuerdo tenemos de Rosas que fue el único gobernante desde 1810 hasta 1915 que no cedió ante nadie, ni a la Gran Bretaña y Francia juntas...Rosas antes que todo fue un patriota...”.


En la misiva, la que tomó del gran libro de Perón de Norberto Galasso, ya se visualiza con claridad una lectura nacionalista de la historia del por entonces joven oficial, propia de las corrientes revisionistas que estaban aún naciendo en esos días. Su perspectiva geopolítica es antibritánica y anti brasileña, tesis que sistematizará décadas después en forma brillante José María Rosa en su imprescindible obra “La caída de Rosas”.

 

Sobre el primer peronismo y la política de la historia

Rosas y Urquiza


Quienes buscan ejemplos de un Perón que reivindique Caseros, o que sea proclive a la historia oficial y su panteón de próceres, suelen argumentar invocando el hecho de que, en ocasión de la nacionalización de los ferrocarriles en 1948, todas las líneas, incluso las que no eran británicas fueron rebautizadas. Y allí Mitre, Roca, Sarmiento y Urquiza tuvieron una línea. Igual que Belgrano y San Martín. En esta lectura, algunos historiadores liberales se “entusiasman” al punto de afirmar que Perón era mitrista, lo cual es falso y sólo basta con leer pasajes como la carta del apartado anterior para reconocer que no es cierto.

Desde el revisionismo, esta decisión tiene varias interpretaciones. La más utilizada es que Perón, por una cuestión pragmática, entendía que dar batallas culturales contra la historia oficial era innecesario en ese momento, dado que demasiados frentes de lucha estaban abiertos con una revolución política que estaba cambiando las relaciones de fuerza y enfrentando los poderes fácticos del país. “Para que meterme con los muertos si demasiados problemas tengo con los vivos” sería la síntesis de esta postura. Rescatan el hecho de Perón era un gran conocedor de la historia, profesor de Historia Militar en el Escuela Superior de Guerra y colaborador en investigaciones históricas por lo que una toma de postura en la nomenclatura y la toponimia no se le pudo pasar por alto.

Otra lectura revisionista argumenta que Perón era un tanto indiferente al revisionismo como herramienta política, con el que simpatizaba por su esencia nacionalista pero no lo asumía como versión institucional de nuestro pasado. Sostiene que Perón fue formado en una educación liberal que en términos historiográficos hacía propia la historia de Mitre, al igual que el Ejército en donde se formó posteriormente. Entienden que la adhesión de Perón al revisionismo histórico se fortaleció y se hizo postura política oficial recién con el golpe de Estado de 1955, cuando en el exilio y la lejanía del poder experimentó los mismos avatares existenciales que San Martín y Rosas, lo que forzó una interpretación más profunda de la historia argentina.

Pero el peronismo ya mostraba claras señales de abrazar al revisionismo y reivindicar a Rosas durante su primer periodo. En el curso del año 1954 se comenzó a dar forma a la Organización Popular por la Repatriación de los restos de Rosas, que estaba integrada en su Consejo Plenario por figuras tales como John William Cooke, José María Rosa, Ernesto Palacio, Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez y Fermín Chávez, entre otros.

Libros de Galasso y Rosa
Libros de Norberto Galasso y José María Rosa, el último una joya de mi 
 biblioteca, edición publicada en España en 1958.

Cooke, por abordar sólo un ejemplo, como peronista militante, tenía plena conciencia del valor del conocimiento del pasado histórico para la comprensión del presente. En uno de sus deslumbrantes discursos en la Cámara de Diputados, en ocasión de un homenaje al historiador Saldías, denunció a la historia oficial, reivindicó a Rosas y puso en entredicho a Caseros pos su significado político, cultural e histórico: “Nuestra historia Señor Presidente, fue maliciosamente deformada por el grupo dirigente que, después de la caída de Rosas, se encaramó en los comandos económicos, políticos y sociales. Ella no ha sido falseada sin motivos; ya que la oligarquía argentina ha sido muy cuidadosa. Cada vez que conquistó el poder, ya sea en la época de la oligarquía del puerto de Buenos Aires, la oligarquía iluminista directorial, ya sea después del 53, una vez que tuvo en sus manos los medios de dirigir al país, no descuidó el comando conceptual, el dominio de las ideas. Al mismo tiempo que consumaba la tremenda entrega económica del país, de la que recién ahora estamos saliendo, consumó la entrega conceptual ligándonos a una serie de dogmas que han constituido uno de los eslabones más pesados de la cadena del yugo extranjero.”

 

El golpe del 55 y la línea Mayo- Caseros- Septiembre  

Transcurría el año 1956, y el golpe de Estado que derrocó a Juan Perón, autodenominado “Revolución Libertadora”, se proponía derogar la Constitución de 1949. Las razones que adujo el propio presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu tenían que ver con el programa económico y social trazado por la Carta Magna del ‘49 y la incorporación plena de los derechos sociales al catálogo constitucional.

De ese libro son las declaraciones de Aramburu.

Días antes del aniversario del pronunciamiento de Urquiza, la dictadura de Aramburu, Rojas y cía. dictó la famosa “Proclama del 27 de abril”, una aberración constitucional por la cual un gobierno de facto derogaba una Constitución legítimamente sancionada y plebiscitada democráticamente por la mayoría de los argentinos. El 1º de Mayo de 1956 la dictadura, desde la emblemática plaza Ramírez de la ciudad entrerriana de Concepción del Uruguay -el mismo lugar donde Justo José de Urquiza realizó el Pronunciamiento contra Rosas 105 años antes-, leyó la Proclama y anunció definitivamente al pueblo argentino la derogación de la Constitución de 1949. En el acto Aramburu rindió homenaje a Justo de José de Urquiza.

Elogiando el espíritu del pronunciamiento de Urquiza contra Rosas del 1 de mayo de 1851, Aramburu, reivindicando la línea histórica de la dictadura “Mayo-Caseros-Septiembre” afirmó: “…El 1°de Mayo de 1851, en este mismo lugar, hombres amantes de la dignidad pronunciaron la libre decisión de ser dueños de sus destinos… La revolución, tan necesaria como argentina, quiere identificarse con el espíritu de Mayo que es, para la nacionalidad, tres veces luz: vieja, nueva y eterna. En la parábola histórica marca otra cumbre la Constitución Nacional sancionada otro 1° de Mayo dos años después…”.

 

Perón y “Los Vendepatria”

Ya en el exilio, desde Venezuela, en 1957 Perón publica “Los Vendepatria". En ese texto expone magistralmente la línea histórica de la cual el mismo Perón es la expresión por entonces contemporánea.

En el capítulo V del libro, “La dictadura y el pueblo”, en el apartado “La dictadura y la historia”, traza magistralmente los paralelismos históricos y se refiere a Rosas y Caseros: "El Gobierno del Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas es, sin duda, la elocuencia más evidente de esa sorda lucha. El debió enfrentar, no sólo el ataque de las escuadras inglesa y francesa, sino también a los traidores de dentro aliados a los enemigos externos de la Patria, hecho que hiciera reclamar al general San Martín, que ni el sepulcro podría borrar para ellos semejante infamia y que lo impulsara a donar su espada a Rosas como reconocimiento de argentino a su labor en defensa de la dignidad e integridad de la Patria, no solo contra los enemigos externos sino también contra los traidores emboscados"..."La dictadura (Aramburu / Rojas), ha invocado la "Línea Mayo-Caseros" que manifiesta seguir. Es indudable que su confección es real. Ellos como Alzaga, Liniers, Alvear, etc, los enemigos de Rosas, tienen su línea indiscutible; la de la traición a la Patria...".

En el libro, Perón hace propia una editorial del Diario Palabra Argentina (del 1/12/55) y narra: “...Caseros no es una derrota de una concepción política sino la circunstancial de un hombre. Se triunfó militarmente sobre un gobernante (Rosas), pero se reinició al país en el camino de la tragedia, Caseros no fue la liberación de la dictadura sino la declinación del sentido nacional de personalidad y soberanía. No fue el triunfo de una doctrina nuestra, sino la imposición por la fuerza de un espíritu formado en filosofías e intereses extraños. No fue una revolución interna, sino una conjura extranjera que persiguió el debilitamiento argentino y que explotó hábilmente las ambiciones políticas de segundones y adversarios...En Caseros se inició el proceso de declinación política, económica y moral que abrió al país una etapa dramática de anarquía y desconcierto, de envilecimiento y entreguismo, de guerras civiles y luchas separatistas, de gobiernos fraudulentos e instituciones corruptas...¿Cómo pueden el Gobierno Provisional invocar los ideales de Caseros? ¿A qué ideales se refiere? Si la Revolución de Septiembre constituye la repetición de Caseros, preferimos el horror de la “tiranía” a la caída vertical de la Patria”.

 

Breve Historia de la Problemática Argentina de Eugenio P. Rom, Los Vendepatria de Perón (edición especial del Instituto Nacional Juan Domingo Perón) y La Vuelta de Don Juan Manuel de Fermín Chávez.

La Resistencia Peronista y la línea San Martín, Rosas y Perón

El encuentro entre Rosas y Perón tuvo su punto más alto en los años de la resistencia peronista. Arturo Jauretche señalará cáusticamente: "La Línea Mayo-Caseros ha sido el mejor instrumento para provocar las analogías que establecen entre el pasado y el presente la comprensión histórica...! Flor de revisionistas estos Libertadores! Para perjudicar a Perón lo identificaron con Rosas, y Rosas salió beneficiado en la comprensión popular. Caseros se identificó con septiembre de 1955 y los vencedores con los gorilas...".

Las décadas del 60 y 70 fueron de movilización popular y lucha armada. Estos años coinciden con la época de oro del revisionismo histórico y con un avance notable de la corriente nacional y popular, acompañada por la "izquierda nacional" y las vertientes más radicalizadas del peronismo. El pasado se politiza y en esas polémicas la figura de San Martín se resignifica y la de Juan Manuel de Rosas es reivindicada por el revisionismo histórico y los sectores populares.

Nuevos historiadores señalan y difunden en sus escritos el gesto político de San Martín de legar su sable a Juan Manuel de Rosas. El revisionismo rosista-peronista de los años de oro levantó la donación del sable hecha por San Martín a Rosas como la convalidación de los méritos históricos del Restaurador para integrar el panteón nacional. Espacio que la historiografía liberal le había negado y seguirá haciéndolo hasta la actualidad. Por esos mismos años 70, la JP, en estado de movilización permanente, provocaba al generalato de Lanusse con cánticos como éste: "generales de cartón, generales son los nuestros: San Martín, Rosas, Perón”.

 

Caseros y Urquiza en “Breve Historia de la Problemática Argentina”

En 1967, Eugenio P. Rom entrevista a Perón en Madrid y allí nace el libro que se conocerá como “Así hablaba Perón” (título con connotaciones del libro canónico de F. Nietzsche, “Así habló Zaratustra”). De esa entrevista se obra un resumen específico sobre historia argentina, que se editó y publicó luego con el título “Breve Historia de la Problemática Argentina”, de Juan D. Perón, compilado por Eugenio P. Rom.

En esta obra, Perón, sin eufemismos, se refiere a Urquiza y a la caída de Rosas y sostiene: “En eso estaban las cosas al comienzo del año 1851, cuando se produce el hecho más increíble de la historia argentina y uno de los acontecimientos más vergonzoso de la historia universal. El general en Jefe del Ejército de Operaciones argentino para la guerra contra el Brasil; Don Justo José de Urquiza, entra en tratativas con el enemigo para pasarse a él y arrastrar a las tropas que el país ha puesto bajo su mando y responsabilidad. Así también todos los pertrechos y armamentos a su disposición...Urquiza se pronuncia en mayo de ese mismo año contra Rosas. Ya ha “arreglado” con el Brasil...Urquiza, con su ejército reforzado con las tropas tomadas de Oribe, con más las tropas del ejército brasileño, emprende el camino de Buenos Aires. Cuenta con casi 40.000 hombres. Antes de movilizarse ha exigido que se le dé “todo el dinero prometido. Se le da la mayor parte, “el resto” al entrar a Buenos Aires...Ante la entrada de las tropas brasileñas al territorio argentino, Rosas recibe numerosas adhesiones. Entre ellas la de varios jefes unitarios, que se sienten repugnados por lo que está ocurriendo y vienen a ofrecer sus espadas para luchar contra el extranjero y contra los traidores...”.

Sobre el significado de Caseros, Perón añade: “La batalla se dio en Morón. Las fuerzas nacionales poco pudieron hacer contra un enemigo que las duplicaba en número y armamentos. La historia escolar, la conoce como de “Caseros”, porque los brasileños exigieron que así se llamara, dado que a la División de ese país le tocó pelear en un sector conocido como “Palomar de Caseros”. En la historia de Brasil, se llama “la revancha de Ituzaingó” y “fin de la guerra contra Argentina”. En todas las ciudades de ese país, hay una calle o avenida que lleva su nombre. ¡Es lógico! Lo realmente increíble, es que en Buenos Aires y varias ciudades del interior, también hay calles que se llamen así...El 20 de febrero de 1852, aniversario de la batalla de Ituzaingó, el ejército brasilero entró en Buenos Aires, con charangas y banderas desplegadas a su frente. Se fusiló y degolló a tanta gente, que el río que cruza Palermo, dicen los testigos de la época, bajaba con sus aguas de color rojo”.

 

La carta a Fermín Chávez y la fraternidad de los exiliados

El 20 de octubre de 1970, Juan Perón le envió a nuestro historiador entrerriano Fermín Chávez una carta que este publica luego en su libro "La vuelta de Don Juan Manuel”.

En la misiva, Perón se refiere a Rosas y expresa: "Don Juan Manuel, el primero que después de San Martín muere en el exilio por haber defendido dignamente la soberanía popular y la independencia de la Patria. Los que se han dicho sanmartinianos parecen no haber comprendido la lucha contra el colonialismo que realizó Rosas, lo que San Martín vio claro a quince mil kilómetros de distancia. Él le rindió a Rosas, el mejor homenaje que un soldado puede rendir a otro soldado: su sable libertador...".

Perón manifiesta que Rosas es el segundo muerto en el exilio "por haber defendido dignamente la soberanía popular y la independencia de la Patria". San Martín fue el primer gran muerto en el exilio y por la misma causa que Rosas. Perón escribe la mencionada carta a Chávez también desde su exilio en España. Juan Perón, que comprendía los avatares de la historia, desde su propio exilio cierra la tríada, la línea histórica nacional y popular, San Martín-Rosas-Perón.

 

Las últimas reivindicaciones a Rosas del peronismo

Monumento en homenaje a Rosas (CABA).
A pedido del historiador revisionista José María Rosa y por medio de la Ley Nº 20.770 con fecha 16 de noviembre de 1974 se declaró el 20 de noviembre como "Día de la Soberanía Nacional", en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado. Perón aquí valida, como presidente, el homenaje institucional a Rosas. Entre otros conceptos, los considerandos de la norma expresan: "Por las condiciones en que se diera este enfrentamiento, por la valentía de los compatriotas que participaron en ella y por sus consecuencias, es reconocida como modelo y ejemplo de sacrificio en pos de nuestra argentinidad".


Los restos de Rosas fueron repatriados después de una larga lucha y descansan en el panteón familiar del cementerio de la Recoleta. Desde 1999 tiene ya su monumento: una estatua ecuestre hecha en bronce del Restaurador se yergue en la ciudad de Buenos Aires en la esquina de Sarmiento y Libertador. Su rostro fue impreso en los billetes de 20 pesos y en casi todas las ciudades de la Argentina una avenida, una calle o un barrio lleva su nombre.


En una medida que constituye un reconocimiento definitivo, que quiebra en forma abrupta con la “historia oficial”, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner dispuso la sanción del 20 de Noviembre como día de la Soberanía Nacional y su declaración como feriado nacional, por un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) del 3 de noviembre de 2010. La por entonces presidenta dio un discurso en ocasión del homenaje a Rosas, el 20 de noviembre de 2010 en San Pedro.

 

Conclusiones

Los ejemplos con los que ilustré, los textos a los que referí y los hechos que mencioné son sólo algunos de tantos que pueden traerse a colación para argumentar sobre el tema y refrendar la tesis aquí expuesta.

Entiendo que se pueden hacer muchas lecturas, y es válido que así sea, pero no hay dudas respecto a que existe una clara opinión negativa o disvaliosa de Juan Perón, nutrida por el revisionismo histórico, respecto a la Batalla de Caseros y al rol de Justo José de Urquiza en el proceso de la caída de Rosas.

lunes, 31 de enero de 2022

Francisco Ramírez y el derrumbe del proyecto de la Constitución Unitaria de 1819



El 1 de febrero de 1820 ocurrió la Batalla de Cepeda que puso fin al proyecto oligárquico del Directorio de Buenos Aires, derogando de facto la organización constitucional aristocrática de 1819. Las montoneras encabezadas por Francisco Ramírez entran en Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida. Comienza lo que la historia liberal mitrista denominó la “Anarquía del Año XX”. 

Más que “Anarquía”, en el año 1820 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que se alza en contra de una Constitución y un régimen de gobierno elitista y antipopular, con la pretensión política de sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo. Y a ese proceso lo encarnan los caudillos federales, con un protagonismo central de Francisco Ramírez.

Escribe: Dr. Alejandro Gonzalo García Garro

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“El año 20, decían los aristócratas, era el que debía marcar el fin de la revolución, estableciendo el poder absoluto para consumar nuestro exterminio repartiéndose entre si los empleos y riquezas del país a la sombra de un niño coronado que ni por sí ni por la impotente familia a que pertenece podía oponerse a la regencia intrigante establecida y sostenida por ellos mismos”. Francisco Ramírez.



El proyecto de la oligarquía porteña y sus resistencias 

A mediados de la primera década del Siglo 19, el antiguo virreinato del Río de la Plata ya se perfilaba como un país, faltaba formalmente declarar la independencia de España, las condiciones internacionales apremiaban y los movimientos revolucionarios la exigían. 

De tal manera el Congreso reunido en Tucumán en 1816 homologa estos hechos enunciando que "las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". Y ..."declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".

Una vez declarada la independencia quedaba un problema a resolver. La pregunta era la siguiente: ¿Qué forma de gobierno elegir? En el congreso de Tucumán se planteó seriamente la posibilidad de convertir al país en una monarquía. Napoleón había sido definitivamente vencido y en Europa señoreaba la Santa Alianza, que era un conjunto de monarquías aliadas muy reaccionarias, que se oponían a la constitución de repúblicas ya que éstas eran sinónimos de subversión, caos, ateísmo y jacobinismo.

Los impulsores de esquemas monárquicos no tenían todos, homogéneamente, las mismas motivaciones. No se puede equiparar el monarquismo de San Martín, que proponía además una monarquía parlamentaria, admitiendo en la monarquía la posibilidad de un gobierno fuerte adecuado a las características y las grandes extensiones del país. No se lo puede comparar, repito, con el concepto monárquico de un Manuel José García enajenado por fuerzas internacionales. Y cosa parecida ocurría con los republicanos. Algunos de los republicanos criollos coincidían en los intereses con Inglaterra. Gran Bretaña, estaba mucho más interesada en instalar una república en el Plata porque resultaba un régimen de más fácil penetración y dominación en razón a las propias tendencias y contradicciones del republicanismo como sistema. 

Los federales de las primeras dos décadas revolucionarias eran republicanos, porque asumían en el republicanismo la tendencia popular hacia el pluralismo democrático, por reacción histórica contra el unitarismo centralista establecido por los virreyes.

Algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, aconsejaron erigir una monarquía. La propuesta tuvo algunas posibilidades de cristalizar a través de gestiones diplomáticas muy complejas en Europa; también se barajó la idea de restaurar el trono de un Inca. Sin embargo, y más allá de las tratativas, estos proyectos no fueron más que sondeos de opinión que por más exigua que fuese, repudiaba la posibilidad de un monarca en Buenos Aires: eso habría sido el fin de la Revolución iniciada en 1810 que encontraba en Mariano Moreno a su pro hombre. El Pueblo, a pesar de ser en ese entonces (como lo es ahora) una entidad heterogénea, variopinta, impalpable, rechazaba esa posibilidad y prefería una opción más abierta y democrática.

De manera tal que el Congreso en principio descarta el sistema monárquico. Pero deja aún abierta la posibilidad para que siga siendo tratada en Buenos Aires cuando sigua sesionando el Congreso para dictar una constitución. Ese vacío legal es llenado por los unitarios.

La constitución unitaria de 1819

Corolario de lo dicho, en abril de 1819, el Congreso sanciona una Constitución, unitaria y absolutista, que no era ni monárquica ni republicana pero que dejaba las puertas abiertas para la entrada de un príncipe o un infante. 

Se trataba de una Carta Magna aristocratizante, el representante del poder ejecutivo era un Directo del Estado, que era elegido por el poder legislativo, que tenía una Cámara de Representantes y un Senado. El titular del ejecutivo tenía un mandato de 5 años.

El poder real se centraba en un Senado formado por delegados por las provincias, pero que al mismo tiempo incluía personajes designados por su propio carácter, tales como: rectores de universidad, generales, obispos o representantes de la iglesia etc. Los senadores militares eran elegidos por el Director de Estado directamente. Los representantes del senado duraban 12 años en las bancas, mientras que los miembros de la cámara de representantes 4 años. Para ser senador había que ser propietario de un “fondo de diez mil pesos al menos”.

El Congreso tenía las facultades centrales para regular el comercio y las cuestiones políticas, como delimitar los límites de las provincias, habilitar los puertos, determinar el estatus de villas, ciudades o provincias, asegurar las funciones de los interventores, etc.

El texto no mencionaba la palabra república. En su primer artículo adoptaba la religión de Estado, la católica apostólica romana. Garantizando una retroalimentación del poder de las élites dominantes, se confería al ejecutivo nacional el nombramiento de todos los empleos “que no se exceptúen especialmente en esta constitución y las leyes”, la designación de militares, funcionarios eclesiásticos y sostén de la Iglesia. Era, además, un texto con groseras deficiencias jurídicas y una pésima redacción.

Tampoco el texto constitucional no garantizaba los derechos federales, es decir no regulaba en un capitulo o en sus disposiciones específicas la relación nación-provincias, lo que se infería como una asunción de las facultades en forma exclusiva por parte el gobierno nacional. Esta lectura se robustece con las disposiciones del capítulo final que establecían que seguirán vigentes “las leyes, estatutos y reglamentos que hasta ahora rigen, en lo que no hayan sido alterados ni digan lo contradicción con la Constitución presente”, disposición que revalidaba las conservadoras normas de la legislación colonial del virreinato.

Abelardo Ramos en su “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, analiza las razones materiales del primer proyecto constitucional: “La Constitución de 1819 fue el factor desencadenante de la crisis del año 20, que ya germinaba desde la caída de Moreno. El librecambismo ruinoso de los porteños, la política centralista que los rivadavianos llamarían “unitaria”, y la posesión de las rentas en manos de Buenos Aires, habían convertido la primera década post revolucionaria en el prólogo de la guerra civil. La Constitución de 1819 le confirió un carácter oficial. Sancionado el 22 de abril, este documento eran aún más antidemocrático que la antigua ordenanza de Intendentes de la época colonial española: dejaba en manos de los Directores Supremos del Estado, radicados en Buenos Aires, una suma de poderes todavía mayor que la que detentaban los virreyes imperiales… Basta decir que los cabildos del interior carecían de facultades para designar autoridades provinciales. Su este era el rasgo político de la Constitución Unitaria del año 19, su fundamento económico no hacía que reafirmar la injusta exigencia de la ciudad de Buenos Aires y de los comerciantes y hacendados allí radicados, de mantener en sus manos exclusivas el control del puerto único, es decir, las palancas fundamentales de la renta perteneciente a todo el pueblo argentino”.

La llamada Constitución de 1819 no tuvo prácticamente vigencia y no funcionó porque la disidencia federal era ya muy grande, como muy profunda era también la desconfianza de los pueblos frente a las intrigas monárquicas de los porteños. Así las cosas, y después de una serie de hechos políticos y militares menores se sanciona la Constitución y esto resultó una afrenta, una provocación para los pueblos del interior, especialmente el litoral federal, que conducidos por Francisco Ramírez y Estanislao López marchan con sus montoneras gauchas hacia la ciudad Buenos Aires.

La Batalla de Cepeda, bautismo de fuego del Federalismo

Francisco Ramírez asumirá la función de jefe supremo del ejército federal. Estanislao López, el caudillo santafesino. Se le pliegan también algunos desterrados del régimen: Alvear que prometía apoyo de importantes sectores porteños y el chileno Miguel Carreras que aporta alguna tropa y una imprenta que había comprado en Estados Unidos. Esta imprenta, volante, editaba un boletín, "La Gaceta Federal", explosivo en su contenido.

En octubre de 1819 se reúnen los dos jefes, Ramírez y López, en Coronda para establecer planes comunes. Días después, el entrerriano lanza una proclama declarándole la guerra al Directorio, sostén político de la Constitución aristocrática y antipopular, e invitando a sus paisanos a compartir la insurrección. 

Allí está ahora, Francisco "Pancho" Ramírez, como jefe supremo de los ejércitos federales en el umbral de la historia. Está frente a sus "Dragones de la Muerte" como se llamaban las disciplinadas montoneras entrerrianas. Conduce también a las tropas santafesinas de López, los guaraníes de Misiones, los mocovíes del Chaco, las tropas correntinas al mando de Campbell, expresando estos el abanico del artiguismo en el litoral. Algunos historiadores resaltan que Ramírez ya por entonces estaba acompañado por su fiel guerrera, La Delfina. En ese momento el régimen directorial se derrumba. 

Pueyrredón renuncia al Directorio y asume Rondeau. El mismo Rondeau que nueve años antes fuera convencido por Ramírez para desertar del ejército español e ingresar a las filas revolucionaria artiguistas. El mismo Rondeau que está frente a él, comandando las tropas porteñas.

El Director Rondeau pide auxilio a los ejércitos regulares. Ya se sabe que el General San Martín, fiel a su conducta patriótica, popular y revolucionaria, se niega a desenvainar su gloriosa espada en esta guerra civil, mucho menos en contra del pueblo. Sólo le queda al Directorio el veterano Ejercito del Norte comandado por Belgrano al que Rondeau pide auxilio. Esta fuerza se niega también a participar en la contienda civil, se amotina en Arequito y esa sublevación deja al Directorio -ya debilitado políticamente- en un estado de total vulnerabilidad militar.

El 1º de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales se sella la suerte del Directorio oligárquico.

El historiador entrerriano Aníbal Vásquez escribe en su libro "Ramírez": "El triunfo de Cepeda debe considerarse como el bautismo de sangre del federalismo argentino, y como la primera afirmación colectiva de la mayoría popular a favor de la organización nacional, republicana, democrática y federal".

La trascendencia histórica, política y jurídica 


La Batalla de Cepeda desde el punto de vista del aspecto militar fue, tal vez, de las más "pobres" en la historia argentina, pero en sus proyecciones políticas fue de las más fecundas. Las milicias directoriales, formadas en mayor parte por esclavos comprados por el gobierno para convertirlos en soldados, se desbandaron ante el ataque montonero. Una sola carga bastó para desmoronar a los porteños que "en menos de un minuto" se dispersaron dejando la artillería en poder de los gauchos entrerrianos.

Pero a Ramírez no lo movilizaba el odio fratricida, ni la venganza de la barbarie. Jorge Busti, en “Francisco Ramírez: 200 Años de identidad Entrerriana”, recuerda el espíritu de fraternidad que animaba al caudillo entrerriano en esta epopeya, rescatando la gran obra de Diego Luis Molinari: “Ya había pasado el temor de la primera hora. La montonera no entró como avalancha en la campiña bonaerense, y Ramírez levantó en alto el pendón de la fraternidad y no el de la destrucción… Y a mitad de la jornada del 1 de febrero, lanza en mano, cuando el mayor Piris perseguía a la caballería directorial, dispersa a los cuatro rumbos, y se aprestaba al ataque de los refugiados entre las carretas conminándoles una entrega a discreción, si no querían ser pasados a degüello, puso alto a la matanza para remitir el parte nervioso del ya seguro triunfo: “¡Gloria a la patria y honor a los libres! Triunfaron las armas en la inmediación del Pergamino contra el tirano porteño”… Ramírez pudo avanzar triunfante sobre la ciudad sin que nadie le atajase el paso. El 2 de febrero Ramírez gozó la paz del triunfo. Su corazón exultaba ante el panorama del futuro: ¡por fin terminaban las desgracias de la Patria y comenzaba la era feliz de la reconciliación general!”

Políticamente, institucionalmente, había caído por primera vez desde 1810 la autoridad nacional, por primera vez desaparecía una entidad estatal que había ejercido, a veces solo formalmente, el poder sobre todo el antiguo virreinato.

Los sectores oligárquicos de Buenos Aires entran en pánico ante una supuesta posibilidad de "invasión" de las tropas federales. Vicente Fidel López, el ensayista quintaesencia de la versión mitrista de nuestra historia, expresa su repugnancia cuando relata el episodio: ... "numerosas escoltas (de Ramírez y López) compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco ataron sus caballos en los postes y cadenas de la Pirámide de Mayo mientras sus jefes se solazaban en el salón del ayuntamiento". Relato que habla por sí solo acerca del desprecio y el odio que siente la oligarquía y la antipatria por la causa federal y el recuerdo de la Batalla de Cepeda.

Las montoneras al mando de Ramírez entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...Comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.

Ese es el valor de Cepeda y de la entrada de los caudillos del litoral a Buenos Aires. Fue una directa confrontación con la verdad nacional, que en 1820 era cruel y la guerra era la continuación de la política por otros medios. Para aprender esa verdad no servían los argumentos de los doctores unitarios y sus leyes y constituciones. Servían sí esos hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, de los rincones del interior federal y profundo. Los caudillos tuvieron la responsabilidad histórica de encauzar de manera pragmática y progresiva esa fluida verdad nacional que desfilaba a caballos por las calles de Buenos Aires. Esta es una gran gloria histórica de nuestro Francisco Ramírez.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Ricardo López Jordán y la última montonera federal

"Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier número que sean". "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre"… "A los que no reconozcan a Paz debiera mandarlos ahorcar y no fusilar o degollar. Este es el medio de imponer en los ánimos mayor idea de la autoridad". "Hemos jurado que ni uno solo ha de quedar vivo"

Pensamiento de Domingo F. Sarmiento, extraído de diferentes cartas escritas por él, transcriptas por autores varios.


Ricardo López Jordán fue el último caudillo que se alzó contra la política del porteña. Expresó la última resistencia del interior federal al proyecto de sumisión y entrega que implantó Buenos Aires luego de Caseros y Pavón en el marco de una geopolítica del imperialismo británico. Su resistencia se expresó en tres revoluciones o rebeliones jordanistas, que durante la primera parte de la década de 1870 fueron en centro de la política nacional. 

Su resistencia termina con una derrota, la última batalla del federalismo en las guerras civiles argentinas del siglo XIX. López Jordán, sobrino de Francisco "Pancho" Ramírez e hijo de quien fuera el compañero de luchas y hombre de extrema confianza del Supremo Entrerriano, fue uno de los hombres más representativos, caracterizados y discutidos de nuestra historia provincial. Afirma Aníbal Vásquez que, con su partida del escenario político nacional, “se va la tradición", desaparece "un resabio del pasado heroico y turbulento”, que se convertirá en “leyenda”. 

López Jordán fue el jefe de las últimas montoneras federales que intentaron fijar un curso nacional para la patria argentina, defendió la soberanía de Entre Ríos y fue derrotado por fuerzas militares por el gobierno porteño, superiormente armadas por el dinero del imperialismo británico.

Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro


¿Qué fue el jordanismo?: orígenes y causas 

El jordanismo fue un movimiento político de raíz federal que tuvo rasgos distintivos que lo diferencian de otras corrientes de igual cuño que existieron y se organizaron en el país. Su singularidad tiene que ver con la realidad política de nuestra Entre Ríos.

La reputación nacional de Urquiza como jefe del Partido Federal comienza a deteriorarse después de la “retirada” injustificable de Pavón. Urquiza se desentiende de los levantamientos de las montoneras del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela, librando a su suerte los movimientos federales en el interior del país. El prestigio del ex presidente de la Confederación decae aceleradamente en el interior del país.

Cuando el mitrismo le exige que envíe la caballería entrerriana a la Guerra del Paraguay, ésta se le desbanda en Basualdo, se niegan rotundamente a pelear contra los hermanos paraguayos; los entrerrianos cuestionan de hecho su autoridad. En 1870, año de la muerte de Urquiza, en Entre Ríos, el urquicismo se mantiene como un aparato político arcaico, que hoy se podría definir como burocrático e impopular, manejado por los últimos fieles que le quedaban al caudillo.


        En este contexto, Ricardo López Jordán, sobrino de nuestro legendario “Supremo Entrerriano”, Francisco Ramírez, criollo de ilustre familia, de memorable comportamiento en Pavón y firme conducta federal aparece como la alternativa de Urquiza para los entrerrianos. López Jordán se transforma con el paso del tiempo en el referente ineludible del federalismo provincial, fundamentalmente de un grupo de estudiantes e intelectuales egresados del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay que en 1868 lo postula para gobernador en reemplazo de José Domínguez que termina su mandato. Domínguez había realizado una intrascendente gobernación y era un títere manejado por su pariente: el “Señor de San José”, cuyo programa de gobierno “consistía en estas palabras que repetía siempre: “Mi gobierno no hará sino lo que el General Urquiza ordene” ([i]).

Sin duda, López Jordán será electo gobernador piensan los entrerrianos, su popularidad se acrecienta mientras Urquiza está atareado en su candidatura presidencial. Es más, la candidatura de López Jordán se afianza en la medida que se afirma la candidatura de Urquiza a la presidencia. Pero las cosas no ocurren así; imprevistamente Urquiza ordena votar su propio nombre para gobernador y López Jordán renuncia a su candidatura. Urquiza asegura así su poder provincial garantizándose la gobernación por si no logra la presidencia. No llegará a ser presidente y no terminará su gestión de gobernador prevista para el periodo 1868-1872, fallecerá en una muerte que quedará impune en 1870.

 

El programa político de jordanismo

Entre Ríos es y fue una provincia con una geopolítica especial. En un principio, en términos políticos, la provincia fue una liga de cinco villas que tenían en los Cabildos locales su representación institucional. La Legislatura representaba a las villas en un principio con un diputado por cada una.

Pero en el transcurso de las guerras civiles el poder de la legislatura aumentó, lo mismo que el del gobernador, que nombraba, a sus fieles, como miembros de la legislatura. Los cabildos desaparecieron ante los comandantes departamentales que eran instrumentos del gobernador y la legislatura ya no representó a las villas sino a los partidarios del gobernador, es decir a Urquiza, que había gobernado por más de treinta años la provincia.

No obstante, el espíritu comunal y localista quedó latente porque las villas se convirtieron en ciudades y no existía una gran capital como en otras provincias que absorbiera la mayoría de la vida urbana. Concordia, Gualeguychú, Victoria, Nogoyá o Diamante eran pequeños conglomerados urbanos, centros económicos y sociales independientes, sin influencias de Concepción del Uruguay o de Paraná. Ese fuerte localismo e independencia municipal que las ciudades entrerrianas todavía hoy conservan encuentre sus antecedentes en este período histórico.

La “autonomía municipal” fue entonces una de las banderas levantadas por los jordanistas en contra de la centralización del poder establecido por Urquiza y sus comandantes locales.


El programa de los revolucionarios jordanistas se inspiraba en los principios del “Club de los Libres”: libertad electoral, restauración de las comunas y régimen justo de la tierra. Esta asociación, que funcionaba en Buenos Aires y en algunas provincias, era una fuerza política nueva que proponía “combatir la oligarquía para asegurar al pueblo el uso desembarazado, libre y pacífico de todos sus derechos.” Entre los miembros fundadores del “club” se encontraba José Hernández, por entonces redactor del diario “El Río de la Plata” que luego se alistará en las tropas revolucionarias jordanistas.

López Jordán sostenía un programa político con profundos argumentos, nutridos de la tradición del federalismo del litoral. Sus ideas, poco estudiadas y abordadas por los textos de historia, son claras y coherentes, las exteriorizó y sistematizó en documentos. Fermín Chávez, en su fundamental obra de “Vida y Muerte de López Jordán”, sostiene que el caudillo expresaba “…sin duda un proyecto de revolución federal para toda la República Argentina… Los testimonios documentales originales son tres proclamas revolucionarias escritas entre diciembre de 1867 y 1868. La primera pieza lleva por título “Proclama a Entrerrianos” y está escrita por “Vuestro General y compañero”. La segunda es otro documento manuscrito, extenso y bien redactado, que se denomina “Manifiesto de la Revolución a los pueblos que componen la República Argentina, por la Junta Revolucionaria de la provincia de Entre Ríos. Y la tercera proclama está constituida por el “Manifiesto a los Pueblos Argentinos y Repúblicas Americanas”, extenso manuscrito donde analiza el proceso de la historia argentina a partir de la colonia y se estudia el significado del federalismo y del unitarismo en el Río de la Plata”([ii]). Los historiadores concuerdan que en estos textos se encuentra el claro aporte de Francisco F. Fernández, ex secretario de Urquiza y una de las mentes jóvenes más brillantes del pensamiento federal.

También López Jordán encarnaba, en su historia y persona, este proyecto mejor que nadie en esta tierra. Era su momento en la historia, como si toda su vida fuese un prólogo a esa instancia. Narra Jorge Abelardo Ramos: “…Era un hombre 46 años, de gran veteranía militar: Arroyo Grande, Caseros, Cepeda, Pavón. En su provincia ha sido diputado, Presidente de la Legislatura, todo menos gobernador, porque Urquiza se había sentado en la silla regia hacía tres décadas y no se había levantado. Manuel Gálvez lo describe: ´Tiene el poder de arrastre de los grandes caudillos. Fascina a los gauchos con su tipo físico –la espléndida estampa, la negra y larga barba, los bellos ojos- y por el don de simpatía y coraje”([iii]).

 

La revolución se pone en marcha

A principio de 1869, la revolución está en marcha. El descrédito de Urquiza se acrecienta y lo hace insostenible. Gran parte de los actores políticos de la provincia de Entre Ríos está en contra del “Señor de San José” a quién llaman “el tirano”. Los revolucionarios van estrechando filas, el cura Ereño, los periodistas Juan F. Mur y Francisco Fernández que editan en Paraná el periódico “El obrero Nacional”, los egresados y estudiantes del Colegio Nacional de Concepción, los exiliados blancos orientales, los federales correntinos también exiliados, antiguas familias patricias, la mayoría de los comandantes departamentales y casi todos los jefes y oficiales de milicias provinciales. Solo falta el jefe, pero López Jordán se niega, quizás por una criolla lealtad, a ponerse al frente de la sublevación.

La visita de Sarmiento actúa como detonante. La genuflexa actitud de Urquiza ante la nueva política de los porteños aglutina definitivamente a los conjurados que logran convencer a López Jordán que accede ponerse al mando de la revolución. Su arraigo popular y su ascendiente en las milicias daban la seguridad de conseguir un triunfo sin recurrir a la lucha armada.


      Producido el “accidente” (así lo califica Fermín Chávez) que ocasiona la muerte de Urquiza se reúne la legislatura entrerriana inmediatamente. Como lo dispone la Constitución Provincial debe ser elegido un nuevo gobernador en reemplazo del muerto y es elegido López Jordán, naturalmente, ya que era el jefe de la revolución.

En el discurso pronunciado en el acto de juramento se refiere a la muerte de Urquiza lamentándola. Deplora “que los patriotas que se decidieron a salvar las instituciones, no hubieran hallado otro camino que la víctima ilustre que se inmoló”. Como se advierte, no se hace, ni se hará cargo jamás, del asesinato de la “victima ilustre”. Vásquez sostiene: “La insurgencia triunfa. A pesar de las ilustres víctimas, Entre Ríos no da ninguna muestra de reacción. La mayoría de las situaciones departamentales con sus respectivos jefes de la policía y demás autoridades, se adhieren al movimiento…Hay un silencio que no es de conformidad con el crimen, pero sin con la revolución que más tarde se rubrica con sangre sobre las cuchillas entrerrianas” ([iv]).

Todo lo que sobreviene después de la muerte de Urquiza en la provincia se da en un marco de total normalidad constitucional. Se respeta la ley, la vida de los ciudadanos está garantizada y reina la paz social. Un gobernador ha sido muerto y lo sustituye otro según lo establece la ley.

 

Sarmiento, la invasión a Entre Ríos y el ataque al federalismo

El gobierno nacional no tiene argumentos para intervenir la provincia. Pero Sarmiento entiende que el muerto (con quien se había reconciliado) debe ser vengado y la provincia intervenida. Consulta con su ministro del Interior, Vélez Sardfield, el caso no es fácil opina el jurista ya que no hay “requerimiento”, ni autoridades depuestas y la división de poderes funciona normalmente. Un gobernador ha muerto, y es remplazado por otro en forma constitucional. Si la muerte ha sido un asesinato deliberado no es asunto del ejecutivo nacional. Pero a Sarmiento no le interesa los argumentos legales, ni el respeto a las autonomías provinciales, él es un autócrata que demanda por razones políticas intervenir Entre Ríos con la excusa del asesinato de Urquiza.

Por su parte, “Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis con el que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la predica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad”([v]).


    Después de destruir el Paraguay la oligarquía portuaria, de la cual Sarmiento es su fiel instrumento, necesita arrasar Entre Ríos, última rama del viejo árbol federal donde sobreviven todavía proyectos nacionales que pueden propagarse a otras provincias. Es preciso terminar con éste bastión montonero que obstaculiza el ingreso de la civilización dicen los iluminados porteños. Para esto hace uso de todos los medios, honorables o no, lícitos o ilícitos, lo importante es el fin: “Regar con sal el suelo entrerriano”.  Y lo hará... A lo que llaman “barbarie” le responde con más barbarie, verdadera barbarie.

El Senado de la Nación se niega a autorizar la intervención federal, pero a Sarmiento no le importa el mandato constitucional... El General Emilio Mitre (hermano de Bartolomé) desembarca las primeras tropas en Gualeguaychú. Otro general, Conesa, al mando de las tropas fogueadas en Paraguay desciende en Paraná. Y, por el norte ingresa a la provincia Gelly y Obes con un tercer poderoso ejército a su mando. En total 16.000 hombres, todo el ejército veterano del Paraguay rodea a Entre Ríos. Al mismo tiempo operadores de Sarmiento incursionan en la provincia sobornado a jefes departamentales al mando de tropas para neutralizarlos.

A la invasión, que es un atropello innecesario de la autonomía provincial, López Jordán responde con una declaración de guerra: “Aquí me tenés con la lanza en la mano, dice en su proclama del 23 de abril, Si queréis ser libres venid a acompañarme. ¡La guerra pués! ¡Eso manda el honor y la libertad!”. Y, la expresión “con la lanza en la mano”, no será una metáfora, sino una realidad: los casi 10.000 jinetes que consigue reunir el caudillo estaban armados con tacuaras y algunas pocas armas de fuego.

 

La resistencia jordanista

Ante la disparidad de fuerzas y armamento, López Jordán decide una guerra de resistencia o también puede ser llamada de “guerrillas”, en la que partidas de jinetes caen sorpresivamente sobre las tropas nacionales para arrebatarles el parque o espantarle los caballos, esfumándose luego en un terreno que conocen sobradamente.

El pueblo entrerriano todo, es importante señalarlo, se unió a su cadillo en esta gesta despareja. Hubo numerosos combates, entreveros con resultados diversos hasta que en “Ñambé”, Corrientes, las fuerzas jordanistas son derrotadas inevitablemente por la superioridad del armamento del Ejercito Nacional en funciones de ejército pretoriano. Uno de los comandantes de las fuerzas nacionales es Julio Argentino Roca, un militar tucumano, ex estudiante del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay fundado por Urquiza. Paradojas o mensajes de la historia...

Refugiado en el Brasil, López Jordán, el último montonero, realizará más tarde dos nuevas tentativas infructuosas. Son las conocidas por el nombre de “guerras jordanistas”.


Después de vencida en “Ñambé” la primera revolución del 70, los revolucionarios e incluso los vecinos indefensos, quedaron privados de todo derecho y obligados a vivir como fieras en los montes de Entre Ríos. El Ejercito que había enviado Sarmiento se comportaba con un verdadero ejército de ocupación, persiguiendo y fusilando a cualquier sospechoso de “jordanismo”.

Para ese entonces, después de la primera y frustrada revolución, un gaucho jordanista, en 1872 y mientras se alojaba clandestinamente en el “Hotel Argentino” de Buenos Aires, daba término a nuestro máximo poema nacional que había iniciado años antes. En el canto del “Martín Fierro”, de José Hernández, para algunos autores un verdadero “anti-Facundo”, queda inmortalizada la tragedia del gaucho y el desamparo del pueblo ante la avasalladora acometida de la oligarquía portuaria.

 

La segunda rebelión y el terrorismo de Estado

Hasta que estalla la segunda rebelión en 1873. La respuesta, será la política de Estado represiva, que Sarmiento consumará masacrando al pueblo entrerriano. Una matanza sin cuartel a civiles inocentes, vecinos comunes y gente desarmada. Lo que hoy jurídicamente podría denominarse Terrorismo de Estado.

El 1 de mayo de 1873 ingresa López Jordán al territorio entrerriano, su prestigio no había disminuido a pesar de la derrota anterior. En poco tiempo reúne 12.000 gauchos de toda la provincia, incluidos correntinos y orientales que lo apoyan en la patriada, y comienza así un enfrentamiento sanguinario y atroz.

El Estado Nacional toma medidas, declara el Estado de Sitio, prepara tropas y nuevos armamentos para regar el suelo entrerriano con sangre de gauchos. Sarmiento, presidente de la Nación, pone precio por la cabeza del caudillo federal que es tasada en la suma de 10.000 pesos. Es decir que le da ésa suma de dinero al que entregue a López Jordán, gobernador de Entre Ríos destituido, vivo o muerto, acción está que, el Código Penal tipifica como un delito.

Si los jordanistas disponían nuevamente de armas obsoletas, el Presidente Sarmiento había conseguido las de último modelo. Había adquirido a la fábrica Rémington los famosos rifles a repetición y una nueva arma de guerra definitiva: la ametralladora. Más que la guerra de la civilización contra la barbarie esta vez se trataba de la guerra de la riqueza del imperialismo contra la pobreza de los pueblos dominados. Resalta Abelardo Ramos que “Sarmiento obtiene en Londres un préstamo de 30 millones de pesos fuertes: 10 millones estaban destinados a terminar la guerra del Paraguay. Los otros 20 eran para financiar el aplastamiento de las revoluciones interiores” ([vi]).

Sarmiento arma otra de sus teatralizaciones... Llega hasta la ciudad de Paraná imprevistamente a reunirse con los comandantes para entregarles un presunto plan secreto y de paso probar la efectividad de las armas compradas. El escenario elegido es la Escuela Normal, sus paredones serán ametrallados por él mismo ante la mirada atónica de los paranaenses que lo toman por alguien fuera de sus cabales.

Pero Sarmiento no está demente, es un acto de histrionismo. Más allá de la bufonada, el mensaje y su contenido genocida es claro. Anuncia que la guerra durará poco y vuelve a Buenos Aires. Y tuvo razón en el anuncio, la guerra poco duró, dos semanas después los jordanistas serían sorprendidos por los nacionales y exterminados literalmente con los cañones Kurpps y las nuevas ametralladoras. Después de dos derrotas totales y consecutivas en “El Talita” y en “Don Gonzalo”, López Jordán da por perdida la guerra, los sobrevivientes se desbandan buscando refugio escapando a la represión y López Jordán se asila en el Brasil.

Las tropas nacionales no quedan conforme con la victoria militar y se dedican a la masacre. Cuenta Fermín Chávez que “el teniente Saturnino García que peleó en Don Gonzalo, afirma que el Coronel Juan Ayala ordenó después de la batalla “fusilamientos sobre el tambor” y ordenó numerosas muertes a lanzazos, de tal modo que las bajas jordanistas aumentaron considerablemente después de la batalla”([vii]).

Sarmiento logra su objetivo propuesto de devastar a Entre Ríos. Campos arrasados, mano de obra arrancada del trabajo cotidiano para portar armas; era suficiente ser varón para ser sumado voluntaria o compulsivamente a la guerra. Patética es la situación vivida en el interior entrerriano. La civilización de la levita que había eliminado a los llaneros del Chacho, a los montoneros de Felipe Varela, la misma que había cometido el genocidio del pueblo paraguayo es la que ahora se aboca a reprimir a sangre y fuego el pueblo entrerriano. El número de muertes es imposible de precisar, el libro de defunciones de Nogoyá expresa en una nota a pie de página que: “En estos meses no puede garantizarse la integridad del número de defunciones habidas a causa de los avances cometidos por los Jefes pertenecientes al Ejercito de la Nación”... firma un tal Santilli.

La brillante pluma del historiador José Luis Busaniche logra, en el siguiente párrafo, describir la trascendencia y el significado de tanta muerte y calamidad: “De más decir que la revolución de López Jordán fue vencida y con alardes revolucionarios, porque Sarmiento hacía también su revolución, la revolución del frac y del patacón, que consistía simplemente en destruir por sistema todo lo castizo, todo lo genuino y auténtico, todo lo representativo de su país para sustituirlo por una sociedad de advenedizos cursis, espíritus mostrencos y rastacueros en potencia, roídos por la codicia del dinero y el apetito de los honores baratos, atontados por una falsa cultura y con todas las supersticiones burguesas, entre las que contaba, y no poco, una recóndita admiración por esa misma clase superior de raíces históricas que se jactaban de combatir”.

 

La última montonera

Tres años después, durante la presidencia de Avellaneda, sucesor de Sarmiento, López Jordán intenta en 1876 una tercera invasión a la provincia. ¿Que llevó a López Jordán a lanzarse por tercera vez sobre Entre Ríos, ésta vez prácticamente solo? Hay conductas extrañas, todavía no desentrañadas en ésta tercera rebelión. ¿Fue una quijoteada del caudillo? ¿Un acto de desesperación casi suicida? ¿Estuvo relacionada la invasión con alguna conspiración mitristas? No hay explicaciones satisfactorias que expliquen los motivos que tuvo López Jordán para iniciar esta tercera intervención que ineludiblemente terminaría en un fracaso ya que no estaban dadas las condiciones políticas para tamaña aventura.


        El caudillo vivía exiliado en Montevideo vigilado por la policía. Burlando la vigilancia y sin despertar sospechas, él solo atraviesa el río Uruguay. Del lado entrerriano lo esperaban algunos fieles, aunque no tantos como suponía. Honestamente, su nombre ya no despertaba el antiguo eco y solo alcanza a movilizar 500 gauchos prácticamente desarmados. La pequeña montonera se interna en la provincia hacia el noroeste. La reducida fuerza revolucionaria fue sorprendida por tropas nacionales del Ejército del Paraná al mando del Coronel Juan Ayala que la derrotan completamente en menos de una hora en un único y último combate librado en “Alcaracito” al sur de La Paz.

El coronel Juan Ayala es el mismo experimentado fusilador de “Don Gonzalo” y en ésta oportunidad también será implacable persiguiendo a los últimos jordanistas en el desbande. Nadie se deja apresar, porque saben que le va la vida. No todos los derrotados logran huir, algunos son capturados y les espera la misma suerte inclemente: “El coronel Berón fue capturado después de Alcaracito. No era un prisionero ni se encontraba con las armas en la mano. Estaba enfermo y fue delatado. Conducido a presencia del coronel Ayala con una barra de grillos a los pies y los brazos atados por la espalda, fue mandado fusilar inmediatamente. No hubo defensa ni proceso. El coronel Berón pidió algunos momentos para despedirse de su esposa, y no le fue permitido este último consuelo. La esposa concurrió con sus pequeños hijos al lugar de la catástrofe y reclamó el cadáver. El verdugo disputó aquellos tristes restos. “Mejor es que se lo coman los perros y los caranchos”, fue su respuesta.” (“La Patria Argentina”. Buenos Aires, 26 de enero de 1879). El capitán Casco, acusado de jordanista, estaba preso en un cuartel de Paraná, y pocos días después del fusilamiento de Berón, “es reclamado por una partida enviada por Ayala y, se le hace entrega del preso para ser degollado a poca distancia del cuartel” (Ídem, 23 de enero de 1879) ([viii]).

López Jordán logra escapar de la matanza, conseguirá huir de las manos del inclemente Ayala y llega a Corrientes entregándose al coronel Cáceres, que, bajo su responsabilidad, lo pasa al juez de Paraná donde por encontrarse bajo jurisdicción judicial logra el caudillo salvar su vida al menos por el momento. ([ix]) Y así, con más pena que gloria finaliza la última y tercera guerra jordanista ocurrida durante la presidencia de Avellaneda.

Desaparece así, del escenario político, “uno de los hombres más representativos, caracterizados y discutidos. Con él se va la tradición, un resabio del pasado heroico y turbulento. Mañana será una leyenda”([x]). Fue el jefe de las últimas montoneras que intentó fijar un curso nacional para la patria argentina, defendió la soberanía de Entre Ríos y fue derrotado por fuerzas militares superiormente armadas por el gobierno “civilizador” de Sarmiento.

 



[i] Fermín Chávez, “Vida y Muerte de López Jordán”, pág. 130, Ed. Hyspamerica, 1986

[ii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 129.

[iii] Jorge Abelardo Ramos, “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, Tomo II, “Del Patriciado a la Oligarquía”, pág. 75, Ed. H. Senado de la Nación, 2006.

[iv] Aníbal S. Vásquez, “Caudillos Entrerrianos. López Jordán”, pág. 91. Ed. Pauser, 1940

[v] Aníbal S. Vásquez, op. cit., pág. 108.

[vi] Jorge Abelardo Ramos, op. cit, pág. 74.

[vii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 206.

[viii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 214 y 215.

[ix] A López Jordán se le tramita un proceso penal donde se le imputa el asesinato de Urquiza. Primero el juicio se tramita en Paraná donde permanece preso y luego es trasladado a Rosario donde espera la sentencia detenido en la Aduana. Los abogados defensores de López Jordán logran demostrar fehacientemente que Urquiza cae muerto al resistirse a un grupo de revolucionarios que pretendía capturarlo. La causa penal se demora y el caudillo se fuga de la cárcel rosarina y se asila en Fray Bentos, Uruguay. En el año 1888 lo alcanza una amnistía otorgada por el entonces presidente Juárez Celman y se instala en Buenos Aires, donde al otro año es asesinado (el 22 de junio de 1889). La historia oficial hace aparecer el hecho como una venganza por motivos personales llevada a cabo por el hijo de un supuesto oficial de López Jordán, pero en verdad, está demostrado en cartas comprometedoras, que el matador es un sicario de la familia Urquiza.

[x] Aníbal S. Vásquez, op. cit., pág. 232.