viernes, 10 de julio de 2026

Aniversario del paso a la inmortalidad del Supremo Entrerriano: Semblanza, legado y la muerte heroica de Francisco Ramírez

Francisco Ramírez: 200 años de Identidad
Entrerriana. 
Hoy, 10 de julio, el calendario histórico del Litoral se viste de luto y gloria al cumplirse exactamente 205 años de la transición a la inmortalidad de Francisco Ramírez, acaecida en 1821. 

En esta fecha fundamental para la identidad de Entre Ríos, resulta imprescindible volver a las páginas de nuestra memoria colectiva para rescatar, con rigor y profundidad, la figura multifacética de quien no solo fue un guerrero invicto, sino el verdadero artífice de la institucionalidad entrerriana. A través de las fuentes documentales y el análisis desapasionado de su tiempo, la historia nos devuelve la imagen de un hombre que entrelazó la patria, el federalismo y la república. 

Francisco Ramírez no murió en la cama de una enfermedad ordinaria; cayó con las armas en la mano, combatiendo cuerpo a cuerpo por la libertad, por el federalismo y por la salvación de la mujer amada. 

Cabe destacar que los análisis, las interpretaciones y las perspectivas históricas vertidas en esta semblanza forman parte de la obra “Francisco Ramírez: 200 años de identidad entrerriana”. Este libro, editado bajo el amparo del Gobierno de Entre Ríos y la Comisión Permanente para el Estudio, Vida y Legado de Francisco Ramírez, fue realizado mediante la labor de investigación y autoría conjunta de Jorge Pedro Busti,  Gonzalo García Garro, Flavia Martínez Aquino y Rubén Bourlot. Es a través de la rigurosa recopilación documental y el debate historiográfico planteado por sus autores que se logra rescatar con fidelidad la verdadera dimensión política, militar y humana del Supremo Entrerriano para las futuras generaciones.  

A 205 años de aquel trágico desenlace, su figura se erige eterna como el padre de la entrerrianía. Su herencia no reside en las cenizas de las batallas del pasado, sino en las sólidas instituciones republicanas que sembró en nuestra geografía, en el orgullo de nuestra identidad federal y en el ejemplo imperecedero de un hombre que entregó su existencia entera por la dignidad de su pueblo. ¡Viva el Supremo Entrerriano!  


I. El Estadista y el Caudillo Federal: La vanguardia institucional

Lejos de la caricatura del caudillo "bárbaro" o "semi-bárbaro" impuesta por la historiografía centralista mitrista, Francisco Ramírez se revela como un estadista de una lucidez institucional sorprendente para su época. Poseedor de una educación básica firme y una caligrafía cuidada, demostró desde muy joven aptitudes de mando y un carácter forjado en las faenas del campo y las responsabilidades civiles como alcalde de campaña en Concepción del Uruguay.

Su mayor obra política, la fundación de la República de Entre Ríos el 29 de septiembre de 1820, no debe interpretarse como un intento separatista, sino como una audaz estrategia de organización político-administrativa regional —que unió los territorios de Entre Ríos, Corrientes y Misiones— para sopesar el centralismo de las élites porteñas y defender la soberanía particular dentro de la unidad de las provincias del Plata.

Como estadista, Ramírez legó a la posteridad principios que hoy tienen rango constitucional:

Soberanía Popular y Democracia: Inauguró el ejercicio del sufragio libre en la provincia cuando, el 24 de noviembre de 1820, el pueblo congregado en las plazas ratificó unánimemente su liderazgo como Jefe Supremo. En sus propias palabras: “Nada me será más dulce y glorioso, que oír el voto libre de esos beneméritos habitantes: mi interés es el suyo, y de ninguna otra cosa he sido tan celoso como de sus derechos naturales”.

Gestión pública eficiente: Su plan económico, plasmado en el Reglamento del Orden Económico, decretó una máxima de asombrosa vigencia actual: “Es la felicidad de un estado la recta administración: esta consiste fundamentalmente en la escrupulosa economía de los intereses, deducida del buen método en el cobro de rentas y mejor orden en su distribución”.

Educación Pública Obligatoria: Impuso a cada comandante departamental la obligación de fundar una escuela pública, comprometiendo fondos del Estado para sostener a los maestros y exigiendo a los padres el deber de enviar a sus hijos a aprender a leer, escribir y contar.

Garantías Jurídicas y Debido Proceso: Limitó el uso de la fuerza y prohibió taxativamente a los jueces locales aplicar la pena de muerte, obligando a sumariar a los reos y garantizando el sagrado derecho de apelación ante el Tribunal Superior.


II. El Conductor Militar: La disciplina de los Dragones de la Muerte

En el campo de batalla, Ramírez demostró condiciones eximias en el arte bélico, la estrategia y la táctica ecuestre. Su genio militar consistió en transformar a una paisanada indomable e indisciplinada en un ejército regular, sometido a una estricta disciplina castrense basada en las antiguas ordenanzas españolas

El mismísimo general José María Paz reconoció en sus memorias esta virtud única: “El general Ramírez fue el primero y el único entonces de esos generales caudillos que había engendrado el desorden, que puso regularidad y orden en sus tropas... estableció la subordinación y adoptó los principios de la táctica, lo que le dio una notable superioridad”.

Al mando de sus célebres "Dragones de la Muerte", equipados con rigurosa disciplina y una velocidad de desplazamiento asombrosa debido a la carencia de bagajes innecesarios, Ramírez dominaba la geografía del Litoral palmo a palmo. Su táctica del "entrevero" gaucho —un ataque coordinado por sorpresa que utilizaba la cortina de lanzas, la agilidad de las boleadoras y el lazo— desarticuló por completo a las fuerzas directoriales.

Su momento cumbre militar aconteció el 1 de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en la que, junto a Estanislao López, derrotó en la "batalla de un minuto" al Director Supremo José Rondeau, provocando la caída definitiva del régimen directorial y del Congreso de Tucumán. Este triunfo forzó la firma del Tratado del Pilar el 23 de febrero de 1820, el primer pacto preexistente de nuestra Constitución, que sentó la piedra angular del sistema federal argentino.

III. La Ruptura con Artigas: Una interpretación armonizadora

El doloroso enfrentamiento armado entre Francisco Ramírez y José Gervasio Artigas en 1820 ha sido catalogado erróneamente por visiones simplistas como una "traición". Un análisis profundo y moderno de las estructuras socioeconómicas revela que el conflicto fue el resultado del agotamiento del Sistema de los Pueblos Libres tras la pérdida del puerto vital de Montevideo a manos de los invasores portuguesesSin una salida comercial ultra marina independiente, las provincias del Litoral se encontraban económicamente asfixiadas tras una década de guerra civil constante

Tras la victoria de Cepeda y frente a la destrucción material, Ramírez y López priorizaron un entendimiento con Buenos Aires a través del Tratado del Pilar para reorganizar las fuerzas, obtener recursos económicos y armas, e instaurar las autonomías provinciales. Artigas, debilitado tras el desastre militar de Tacuarembó, rechazó el pacto al no incluir una inmediata declaración de guerra a Portugal, lo que consideró un menoscabo a su liderazgo.

La tensión epistolar entre ambos próceres previa a las armas evidencia el choque de dos visiones políticas legítimas, donde Ramírez defendió con altivez la soberanía entrerriana frente a la tutela del Protector. En su célebre misiva del 25 de mayo de 1820, Ramírez interpeló al oriental: “¿Qué especie de poderes tiene V.E. de los pueblos federados para darle la ley a su ajo, para introducir fuerza armada, cuando no se le pide, y para intervenir como absoluto en sus menores operaciones internas? ¿V.E. es acaso el árbitro soberano de ellos, o fue solo uno de los jefes de la Liga?”

La posterior resolución militar en las batallas de Las Guachas y Las Tunas selló el ocaso político de Artigas, pero la historia integradora actual nos permite abrazar el ideario revolucionario de ambos sin necesidad de antagonismos estériles.

IV. Tragedia, Amor y Gloria: El épico final en Río Seco

El último capítulo en la vida de Francisco Ramírez eleva su figura de la crónica histórica al altar de la leyenda romántica universal. Tras ser vencido por las fuerzas de Estanislao López debido a un agónico derrotero militar y la inacción táctica de Lucio Mansilla, Ramírez intentaba replegarse hacia el norte cruzando el territorio cordobés. Lo acompañaba un diezmado grupo de soldados y el amor de su vida: María Delfina, la bella y valiente "coronela" de origen portugués que vestía casaca colorada y una pluma de ñandú roja en el sombrero, habiendo combatido a la par de los montoneros en las campañas federales.

El 10 de julio de 1821, en las inmediaciones de Río Seco, al norte de Córdoba, las tropas aliadas de santafesinos y cordobeses alcanzaron a la comitiva entrerriana. En medio de la precipitada fuga, una partida enemiga logró capturar a La Delfina, despojándola de sus atavíos militares. Al escuchar los gritos desesperados de su compañera, Ramírez, poseedor de una envergadura recia pero de un espíritu exquisitamente sensible, no vaciló. Guiado por una explosión sacrosanta de amor y abnegación, volvió caras a su caballo solo con un puñado de hombres y cargó con la furia de un tigre para rescatarla.

Logró poner a salvo a Delfina, pero el precio fue su propia vida. Un pistoletazo a quemarropa disparado por el capitán Maldonado le atravesó el pecho. El Supremo se abrazó al pescuezo de su caballo y cayó muerto a los 35 años de edad, envolviendo su cabeza en los pliegues de su poncho colorado.

La crueldad de la época civil no se detuvo con su último suspiro. Su cuerpo fue ultrajado y su cabeza fue seccionada en el campo de batalla por el soldado Nicolás Pedraza. El macabro trofeo fue enviado al gobernador de Santa Fe, Estanislao López, quien ordenó embalsamarla al protomédico Manuel Rodríguez

Durante once días, la cabeza del gran caudillo de Montiel permaneció expuesta dentro de una jaula de hierro en el Cabildo de Santa Fe, como escarmiento público para sus adversarios.

 Finalmente, gracias a la intercesión religiosa de sacerdotes como el padre José Amenábar y el horror manifestado por la prensa de Buenos Aires, el trofeo fue retirado de la plaza pública y recibió cristiana y secreta sepultura una noche de invierno debajo del altar mayor de la iglesia que hoy se conoce como Nuestra Señora de los Milagros, en la ciudad de Santa Fe, donde aún descansa en un misterio histórico no resuelto.

Fuente: "FRANCISCO RAMÍREZ - 200 Años de identidad entrerriana". Autores: Jorge Pedro Busti - Gonzalo Garcia Garro - Rubén Bourlot - Flavia Martínez Aquino

jueves, 9 de julio de 2026

“La Patriótica”: Ontología, Política y Redención en la Poética de Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal.
La disputa por el sentido de la "Patria" en la literatura argentina una contienda estética; es, fundamentalmente, una batalla ontológica y política. En el cruce de caminos del siglo XX, dos figuras erigen arquitecturas verbales antitéticas: Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal. Si para el nominalismo borgeano la patria es una entelequia de la memoria o un linaje de criollismo patricio, para Leopoldo Marechal la patria es encarnación, sustancia sufriente, comunidad organizada y promesa de redención histórica.

Para comprender la densidad de su obra poética cumbre, El Heptamerón (1966), es necesario inscribir al autor en la categoría histórica de "los malditos". Marechal es el intelectual polifacético y prolífico que eligió poner su enorme talento al servicio de las causas populares, despreocupado de los títulos y las glorias del establishment cultural. Al hacerlo, se consolidó como el Anti-Borges: allí donde la superestructura cultural liberal intelectualiza la disolución y el desarraigo, el poeta peronista ofrece una poética de la tierra y del cielo, erigiendo la versión literaria más acabada del pensamiento nacional sobre la patria. Esta síntesis es inseparable de su profundo sentimiento cristiano: para Marechal, la Revolución Nacional no es un mero cambio de estructuras materiales, sino una gesta de encarnación espiritual donde la justicia social se vive como la realización histórica del amor evangélico.

 

Raíces Biográficas y Políticas: El Itinerario de un "Maldito"

El destino poético de Marechal se forja en una tensión constante entre el pulso urbano y la revelación del paisaje interior. Nacido en el barrio porteño de Almagro en 1900, el giro fundamental de su infancia ocurre a los diez años, cuando viaja a Maipú invitado por sus tíos maternos. Allí aprende a amar las tareas del campo, la vida sencilla y los tipos humanos que luego inmortalizará en su obra; de hecho, los niños de la zona lo apodaban "Buenos Aires", elemento que inspiraría el apellido de su emblemático personaje Adán Buenosayres.

Tras estudiar magisterio y ejercer como docente, durante la década del veinte Marechal integra el grupo vanguardista "Martín Fierro" junto a figuras como Macedonio Fernández, Raúl Scalabrini Ortiz y el propio Jorge Luis Borges, consagrándose rápidamente como uno de los poetas más importantes de su generación. Su genio lírico era indiscutible; incluso una obra posterior como El centauro (1941) le valió una encendida carta de felicitación de Roberto Arlt, quien afirmó:"Poéticamente sos lo más grande que tenemos en habla castellana".

Sin embargo, sus inquietudes políticas juveniles —que habían tenido un paso por el socialismo— reverdecen ante la gran oleada popular de 1945, decidiendo adherir fervientemente al peronismo. Se convierte en el afiliado Nº 46 de la "Comisión pro candidatura del general Perón", una toma de posición que le costará el enojo y el distanciamiento definitivo de la mayor parte de sus antiguos compañeros del mundo literario. Durante los años del gobierno peronista, asume importantes cargos públicos —como Director General de Cultura de la Nación y Director de Enseñanza Superior y Artística— y publica en 1948 su obra cumbre en prosa, Adán Buenosayres, una parodia genial de las hipocresías y snobismos de la intelligentzia local.

La respuesta del frente cultural oligárquico fue implacable: un boicot sistemático y un hondo vacío crítico rodearon la novela. Con la caída de Perón en 1955, Marechal ingresa en una dolorosa etapa de proscripción, soledad y "ninguneo" intelectual, siendo objeto de calumnias infames por parte de los "titiriteros de la superestructura cultural". Marginado de librerías, conferencias y catálogos bibliográficos, mantiene desde el "exilio de cabotaje" una activa correspondencia con el General Perón y se compromete con la Resistencia, al punto de atribuírsele la redacción de la proclama revolucionaria de los insurrectos del 9 de junio de 1956 comandados por el general Valle.

Este largo confinamiento creador recién se rompe a mediados de la década del sesenta cuando vuelve a publicar. En 1966, ve la luz su monumental Heptamerón, recibido por intelectuales como Ernesto Sábato como un "insigne hito de la poética y la narrativa... un monumento reservado al tiempo... invulnerable al insulto, la ironía, la envidia y el silencio".


Sobre “La Patriótica” (Ver texto completo en anexo al final de la nota)


La Red de Afectos Combativos: La Dedicatoria a Castiñeira de Dios

El Heptamerón, primera edición (1966). En mi biblioteca.

El Heptamerón
(1966) (1) está estructurado como un extenso poema de siete cantos, concebidos simbólicamente como las jornadas de una creación o un itinerario místico. Fiel a la calidez comunitaria de su pensamiento, Marechal decide dedicar cada uno de estos cantos a sus grandes amigos y compañeros de trinchera cultural. Así, mientras "La Alegropeya" es consagrada a Fernando Demaría y "La Poética" a Rafael Squirru, el canto del "Segundo día", titulado propiamente "La Patriótica", lleva la dedicatoria formal:"A José María Castiñeira de Dios".

Esta dedicatoria no fue un mero gesto de cortesía protocolar. Fue una decisión política y un acto de profunda significación. Castiñeira de Dios, al igual que Marechal, encarnaba al poeta militante, comprometido con el destino histórico del justicialismo y proscripto por el mismo régimen liberal-oligárquico. Al ofrendarle "La Patriótica" —compuesta por los fundamentales poemas "Descubrimiento de la Patria" y "Didáctica de la Patria"—, Marechal sella un pacto de hermandad lírica en el subsuelo de la patria sublevada. Es la poesía que se reconoce a sí misma como custodia de la memoria popular frente al desierto de la censura.

 

La Metafísica de la "Patria Niña", la Geometría de la Cruz y el Cristianismo Encarnado

El armazón filosófico que Marechal despliega en estas páginas es de una profunda raíz tomista y platónica, pero completamente nacionalizada. Su cristianismo no es el de la piedad abstracta o el de los altares de la oligarquía, sino un misticismo de la encarnación. Su primera gran categoría es la de la Patria Niña. En "Descubrimiento de la Patria", la nación no es un contrato jurídico cerrado ni un bronce escolar, sino un ser en potencia pura:

"La Patria era una niña de voz y pies desnudos. / Yo la vi talonear los caballos frisones / en tiempo de labranza..."

"...Niña y pintando el orbe de su infancia, / en su mano derecha reposa la del ángel / y en su izquierda la mano tentadora del viento."

Esta concepción descentra la temporalidad del individuo y la somete a la marcha de la historia. El militante y el poeta saben que su vida biológica no coincide con la maduración de la comunidad. En la "Didáctica de la Patria", el autor lo advierte con resignación metafísica:

"La infancia de la Patria jugará todavía / más allá de tu muerte (yo lo aprendí hace mucho). Ella es un año / inmenso que despunta en nosotros: ni tú ni yo veremos la cara de su estío."

La resolución de este devenir se halla en la "celosa geometría" de la Cruz, donde Marechal logra unificar el plano de la inmanencia política con la trascendencia espiritual, definiéndose como "un patriota de la tierra y un patriota del cielo". Un pueblo verdadero se realiza trazando esa Cruz en su historia:

"La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo? Con la marcha / fogosa de sus héroes abajo / (tal es la horizontal) / y la levitación de sus santos arriba / (tal es la vertical de una cruz bien lograda)."

Aquí el sentimiento cristiano marechaliano se vuelve profundamente político: la horizontal del héroe (la lucha por la soberanía y la justicia abajo) queda trunca sin la vertical del santo (la elevación espiritual arriba). Es la teología puesta al servicio de la liberación del pueblo. Frente a la inmadurez de una patria que aún no consolida su destino colectivo, Marechal propone un ethos del anonimato y la resistencia cotidiana:

"Tu heroísmo ha de ser un caballo de granja, tu santidad una violeta gris."

Es la dignificación del trabajador y del militante anónimo, los "pilares de un cimiento" que sostienen toda la gracia de la arquitectura nacional.

 

La Ciudad de la Aritmética y el Sur de la Poesía

Desde la perspectiva formal, "La Patriótica" utiliza un versículo libre de aliento bíblico y épico, pero saturado de elementos telúricos (reseros, potrillos, las guitarras de setiembre, Maipú). El conflicto estético central se plantea como una frontera insalvable entre la urbe mercantilista y cosmopolita —la "Ciudad de la Yegua Tordilla"— y el Sur de la revelación lírica.

Marechal fustiga la mirada de la burguesía porteña y de la intelligentzia de la revista Sur (donde se encontraba Borges), acusándolos de poseer una mirada mercantil que castra la dimensión mística del suelo:

"(Los hombres de mi estirpe no la vieron: / sus ojos de aritmética buscaban / el tamaño y el peso de la fruta.)"

"...(No la vieron los hombres de mi clan: / sus ojos verticales se perdían / en las cotizaciones del Mercado de Lanas)."

Frente a estos "amontonadores de ladrillos" y "abismados hombres de negocio", el lenguaje del poeta se alza como "un cachorro del viento". Asimismo, el poema procesa la llegada del inmigrante a través de los "apisonadores de adoquines" con "ojos de ultramar". Este sujeto, inicialmente desraizado, que "masticaba su pan y su cebolla" en la alienación mecánica del trabajo, es integrado por el poeta, quien reconoce en su propia sangre una síntesis histórica ("Una lanza española y un cordaje francés / riman este poema de mi sangre") capaz de descubrir, finalmente, la inocencia y el dolor de la patria en Maipú.

 

Los Versículos de Fuego

La potencia política de Leopoldo Marechal no irrumpe en su poesía como un panfleto adosado a la fuerza; se despliega como una consecuencia natural de su belleza formal. En la arquitectura lírica de "La Patriótica", el lenguaje abandona el adorno burgués para transformarse en sustancia histórica. Para Marechal, la palabra poética es un acto de refundación ontológica de la comunidad organizada.

 

La Patria como Tragedia y Autodefensa: El Acero y el Laurel

Frente a los "ensimismados arquitectos" y los "frutales hombres de negocio" que pretenden construir una nación sobre la base exclusiva de la ganancia material, el poeta opone una advertencia dirigida directamente a los albañiles del porvenir:

“La Patria es un peligro que florece.

Niña y tentada por su hermoso viento,

necesario es vestirla con metales de guerra

y calzarla de acero para el baile

del laurel y la muerte”.

Este pasaje, extraído de "Descubrimiento de la Patria", posee una gran densidad política. Marechal define a la nación como un "peligro que florece". La patria no es una herencia pacífica ni un territorio garantizado; su mera existencia autónoma es una amenaza para el statu quo global y para las lógicas coloniales. Es una "niña", una entidad vulnerable, perpetuamente "tentada por su hermoso viento", metáfora que bien puede aludir a las corrientes ideológicas extranjerizantes y a las promesas de sumisión que acechan a los pueblos jóvenes.

La respuesta de Marechal ante esta intemperie histórica no es el pacifismo genuflexo de la intelligentzia liberal, sino la soberanía armada. Es "necesario vestirla con metales de guerra / y calzarla de acero". La lírica marechaliana aquí adquiere un tono de épica clásica: el acero y los metales no representan la violencia ciega, sino la coraza institucional y popular indispensable para proteger el destino común. El devenir de un pueblo soberano se juega en una danza dialéctica irrenunciable: "el baile del laurel y la muerte". La gloria popular (el laurel) exige estar dispuestos al sacrificio supremo frente a las agresiones de la historia.

 

La Demolición de la Identidad Colonial: Contra el "Dios Ganadero"

El reverso político de esta patria combatiente es la crítica feroz a la Argentina pastoril, aquella que trocó su destino histórico por la comodidad del matadero y la balanza comercial. En "Didáctica de la Patria", la pluma de Marechal muerde con desprecio estético la herencia de la Generación del 80:

“Nos enseñaron que la Patria era no sé yo qué juicioso paraíso

de infalibles trigales y vacas repetidas. Así engordamos junto a los grasientos

asadores y cerca de las uvas pisadas.

Y dormimos en todas

las vigilias del hombre”.

La rima interna y el ritmo cansino del versículo imitan irónicamente la modorra de un país sin horizontes. Marechal desarma la pedagogía oficial que redujo el suelo patrio a un "juicioso paraíso" de acumulación primaria. La consecuencia de este modelo económico y cultural es el letargo espiritual: el pueblo "duerme en todas las vigilias", despojado de su rol de actor histórico.

La contundencia política llega a su cenit pocas líneas después, cuando define la complicidad civil y la abyección de las clases dominantes durante los conflictos mundiales:

“...reíamos felices de nuestra paz bovina:

quemábamos incienso a nuestro dios

en figura de Shorthon;

y lo apedreábamos a veces

con la lluvia, en su traición, enflaquecía los vacunos...”

La "paz bovina" es la categoría estética con la que Marechal sepulta la pretensión civilizatoria del liberalismo argentino. La sumisión al Imperio británico convirtió la cultura nacional en una religión idólatra cuyo becerro de oro es el "dios en figura de Shorthon" (la shorthorn es una raza vacuna originaria del Noreste de Inglaterra; su nombre significa "cuerno corto" —short-horn—).

Mientras los hombres de su "clan" ignoraban la patria porque sus ojos "se perdían en las cotizaciones del Mercado de Lanas", el país oficial vendía "harinas y carnes envasadas" en un conformismo zoológico que clausuraba cualquier destino de grandeza. Frente a esto, la irrupción del peronismo exige abandonar el cómodo equipaje de los "gordos terrestres" para transformarse en "gordos celestes", es decir, sujetos históricos movilizados por la justicia social y el bien común.

 

La Doctrina de las Dos Manos: Teología de la Conducción Política

Para el pensamiento nacional, la política es una técnica de conducción encaminada a la felicidad del pueblo. Marechal, traduciendo líricamente los principios fundamentales del justicialismo, le ofrece a su interlocutor, Josef, una lección indispensable sobre el ejercicio del poder en la "Didáctica de la Patria":

“Recordarás, Josef, que tu Padre de arriba

gobierna con dos manos:

con la mano de hiel de su Rigor

y la mano de azúcar de su Misericordia.

Si asumes el poder, usa las dos,

ya la dura o la blanda, según tu inteligencia.

Josef, el que gobierna con una mano sola

tiene la imperfección de un padre manco”.

Este pasaje es un pilar conceptual de la filosofía política marechaliana. El gobernante no es un burócrata neutral ni un autócrata desalmado; es un conductor que debe reflejar el orden armónico del cosmos puesto al servicio del bien común.

El poder exige una dialéctica exacta: el rigor y la misericordia. Gobernar con una sola mano —ya sea cayendo en la tiranía del puro rigor o en la debilidad demagógica de la complacencia— es una mutilación del arte político.

La conducción es, por lo tanto, una tarea de alta precisión intelectual, política y moral, donde la firmeza en la defensa del Estado (la mano de hiel) y la ternura hacia los humildes (la mano de azúcar) deben operar de manera simultánea. Marechal advierte que todo gobernante ejerce el poder por delegación de una "Bondad Primera"; quien lo olvida es un tirano, aunque "regale sus fotografías / con muy dulces autógrafos".

 

La Patria-Hija: La Responsabilidad Histórica del Militante

Finalmente, el pasaje políticamente más desolador, pero a la vez más revolucionario de "Descubrimiento de la Patria", subvierte de raíz las metáforas tradicionales de la heráldica nacional:

“La Patria no ha de ser para nosotros

una madre de pechos reventones;

ni tampoco una hermana paralela en el tiempo

de la flor y la fruta;

ni siquiera una novia que nos pide la sangre

de un clavel o una herida.

La Patria no ha de ser para nosotros

nada más que una hija y un miedo inevitable,

y un dolor que se lleva en el costado

sin palabra ni grito”.

La ruptura literaria con el romanticismo decimonónico es absoluta. La patria no es una "madre" que nos alimenta pasivamente, ni una "novia" a la que se le canta con lirismo patriotero y superficial. Quizá Marechal, escribiendo desde la proscripción y el cerco mediático que le impuso la dictadura militar posterior a 1955, entiende que la Patria es una "hija".

Políticamente, esta inversión conceptual es revolucionaria. A una madre se le debe obediencia; a una hija se le debe protección, futuro y cuidado. La patria es una fragilidad que depende enteramente del compromiso cívico y de la lucha del militante. Trae consigo un "miedo inevitable" y un "dolor que se lleva en el costado", porque el sujeto consciente sabe que el proyecto nacional popular puede ser derrotado o interrumpido por las fuerzas de la reacción.

Ese dolor subcutáneo, que se carga "sin palabra ni grito", es el motor ético de la resistencia: la patria como una tarea inconclusa que exige ser defendida con la vida para que su infancia juegue, finalmente, más allá de nuestra propia muerte.

 

La Poesía del Pensamiento Nacional en su máxima expresión

Por su densidad metafísica, su violenta ruptura con el canon estético cosmopolita y su rigurosa traducción poética de la doctrina justicialista, "La Patriótica" de El Heptamerón constituye la versión literaria y poética más acabada del pensamiento nacional sobre la patria.

Frente al escepticismo borgeano que diluye la nación en laberintos verbales y bibliotecas extranjeras, Leopoldo Marechal ofrece la verdad del barro caliente, el dolor del costado proscripto y la fe inquebrantable en el destino histórico de la comunidad organizada.

Su genialidad poética radica en haber demostrado que la Patria es, en última instancia, una provincia de la tierra y del cielo, un misterio sagrado que solo se revela plenamente en la entrega absoluta a la redención de su pueblo.


Notas:

1. El Heptamerón. Lejos de ser una elección azarosa, este término —del griego hepta (siete) y hemera (día)— condensa una profunda trama poética, teológica y filosófica.  Al titular su obra de este modo, Marechal inscribe deliberadamente su poética en una genealogía de obras monumentales de aliento universal: a) El Decamerón (diez días) de Giovanni Boccaccio en el siglo XIV, que inauguró la tradición renacentista de los ciclos de relatos distribuidos por jornadas; y b) El Heptamerón (siete días) de Margarita de Navarra en el siglo XVI, la gran réplica mística y cortesana al modelo de Boccaccio.

En la tradición platónica y cristiana, el siete representa la totalidad y la consumación de un ciclo: la síntesis perfecta entre lo espiritual (el tres) y lo terrenal (el cuatro, la extensión de los puntos cardinales que el autor invoca al hablar de la "bandera niña" de la patria).  Este orden numérico organiza minuciosamente el universo moral de la obra. En "Didáctica de la Patria", por ejemplo, la radiografía que traza Marechal sobre las alienaciones coloniales del sujeto rioplatense se articula formalmente a través de la clasificación y combate de "los siete pecados capitales", situando bajo una rigurosa jerarquía de maldad a la Envidia y a la Gula en los primeros peldaños del examen ético. 

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ANEXO: Textos de Leopoldo Marechal

I. Descubrimiento de la Patria


1

Dije yo en la ciudad de la Yegua Tordilla:

"La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo".

Los apisonadores de adoquines

me clavaron sus ojos de ultramar;

y luego devoraron su pan y su cebolla

y en seguida volvieron al ritmo del pisón.  


2

¿Con qué derecho definía yo la Patria,

bajo un cielo en pañales

y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda?

Los apisonadores de adoquines

escupieron la palma de sus manos:

en sus ojos de allende se borraba una costa

y en sus pies forasteros ya moría una danza.

"Ellos vienen del mar y no escuchan", me dije.

"Llegan como el otoño: repletos de semilla,

vestidos de hoja muerta."

Yo venía del sur en caballos e idilios:

"La Patria es un dolor que aun no sabe su nombre".  


3

Una lanza española y un cordaje francés

riman este poema de mi sangre:

yo también soy un hijo del otoño,

que llegó del oriente sobre la tez del agua.

¿Qué harían en el Sur y en su empresa de toros

un cordaje perdido y una lanza en destierro?

Con la virtud erecta de la lanza

yo aprendí a gobernar los rebaños furiosos;

con el desvelo puro del cordaje

yo descubrí la Patria y su inocencia.  


4

La Patria era una niña de voz y pies desnudos.

Yo la vi talonear los caballos frisones

en tiempo de labranza;

o dirigir los carros graciosos del estío,

con las piernas al sol y el idioma en el aire.

(Los hombres de mi estirpe no la vieron:

sus ojos de aritmética buscaban

el tamaño y el peso de la fruta.)  


5

La Patria era un retozo de niñez

en el Sur aventado, en la llanura

tamborileante de ganaderías.

Yo la vi junto al fuego de las yerras:

¡estampaba su risa en los novillos!

O junto al universo de los esquiladores,

cosechando el vellón en las ovejas

y la copla en las dulces guitarras de setiembre.

(No la vieron los hombres de mi clan:

sus ojos verticales se perdían

en las cotizaciones del Mercado de Lanas).  


6

Yo vi la Patria en el amanecer

que abrían los reseros con la llave

mugiente de las tropas.

La vi en el mediodía tostado como un pan,

entre los domadores que soltaban y ataban

el nudo de la furia en sus potrillos.

La vi junto a los pozos del agua o del amor,

¡niña, y trazando el orbe de sus juegos!

Y la vi en el regazo de las noches australes,

dormida y con los pechos no brotados aún.  


7

Por eso desbordé yo mi copa de tierra

y un cachorro del viento pareció mi lenguaje.

Por eso no he logrado todavía

sacarme de los hombros este collar de frutas,

ni poner en olvido aquel piafante

cinturón de caballos

ni esta delicia en armas que recogí en Maipú.  


8

Guardosos de semilla,

vestidos de hoja muerta,

los hombres de mi clan ignoraron la Patria.

Con el temblor sin sueño del cordaje

la descubrí yo solo allá en Maipú.

Y de pronto, en el mismo corazón de mi júbilo,

sentí yo la piedad que se alarmaba

y el miedo que nacía.

"La Patria es un temor que ha despertado",

me dije yo en el Sur y en su empresa de toros.

"Niña y pintando el orbe de su infancia,

en su mano derecha reposa la del ángel

y en su izquierda la mano tentadora del viento."

El temor de la Patria y su niñez

me atravesó encostado (la cicatriz me dura).  


9

Tal fue la enunciación, el derecho y la pena

que traje a la Ciudad de la Yegua Tordilla.

Y así les hablé yo a los inventores

de la ciudad plantada junto al Río,

y a sus ensimismados arquitectos,

o a sus frutales hombres de negocio:

"La Patria es un dolor en el umbral,

un pimpollo terrible y un miedo que nos busca.

No dormirán los ojos que la miren,

no dormirán ya ell sueño de los bueyes."

(Los apisonadores de adoquines

masticaban su pan y su cebolla.)  


10

Y así les hablé yo a los albañiles:

"La Patria es un peligro que florece.

Niña y tentada por su hermoso viento,

necesario es vestirla con metales de guerra

y calzarla de acero para el baile

del laurel y la muerte".

(Los albañiles, desde sus andamios

hacían descender cautelosas plomadas).  


11

Y dije todavía en la Ciudad,

bajo el caliente sol de los herreros:

"No solo hay que forjar el riñón de la Patria,

sus costillas de barro, su frente de hormigón:

es de urgencia poblar su costado de Arriba,

soplarle en la nariz el ciclón de los dioses.

La Patria debe ser una provincia

de la tierra y del cielo".  


12

Me clavaron sus ojos en ausencia

los amontonadores de ladrillos.

Los abismados hombres de negocio

medían en pulgadas la madera del norte.

Nadie oyó mis palabras, y era justo:

yo venía del Sur en caballos y églogas.  


13

Y descubrí en mi alma: "Todavía no es tiempo:

no es el año ni el siglo ni la edad.

La niñez de la Patria jugará todavía

más allá de tu muerte y la de todos

los herreros que truenan junto al río".  


14

La Patria no ha de ser para nosotros

una madre de pechos reventones;

ni tampoco una hermana paralela en el tiempo

de la flor y la fruta;

ni siquiera una novia que nos pide la sangre

de un clavel o una herida.  


15

Yo la vi talonear los caballos australes,

niña y pintando el orbe de sus juegos.

La Patria no ha de ser para nosotros

nada más que una hija y un miedo inevitable,

y un dolor que se lleva en el costado

sin palabra ni grito.  


16

Por eso, nunca más hablaré de la Patria.  


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II. Didáctica de la Patria  


1

Conozco a los varones de mi tierra y mi siglo: inciertos en el mal y en la

virtud, son como yo, tienen la misma cara

sin dibujos de llanto

y el mismo corazón en arcilla mojada que no tostó ni el fuego ni la

gloria.  


2

Josef, lo que te anuncio no es alegre ni triste: sólo es fatal en esta Patria

joven.

¿No te hubiera gustado, como a todos, poner tus cuatro vientos en su

bandera niña, y montar alazanes que arquean los pescuezos

en el día feliz de una batalla;

o romper en su elogio, con la oda,

los tímpanos del mundo,

y arrancar una pluma del ángel para ella?

No has de lograrlo, y quedará en tu sueño: la infancia de la Patria

jugará todavía

más allá de tu muerte (yo lo aprendí hace mucho). Ella es un año

inmenso que despunta en nosotros: ni tú ni yo veremos la cara de su

estío.  


3

Generaciones hubo más dignas que la nuestra. ¿Qué nos pasó a

nosotros, Josef, que nos legaron un tiempo sin destino que merezca un

laurel,

un puñal que no sale de su vaina

y un día sin talones de castigar la tierra, o una estúpida noche

de soldados vacantes?

Nosensenaron que la Patria era no sé yo qué juicioso paraíso

de infalibles trigales y vacas repetidas. Así engordamos junto a los

grasientos

asadores y cerca de las uvas pisadas.

Y dormimos en todas

las vigilias del hombre.  


4

Entretanto, los pueblos que aventaba la historia dos veces conocieron el

sabroso

pavor de las batallas.

No me importa, Josef, el tenor de su guerra: ellos caían bajo la

implacable

legislación del ciclo;

se miraban desnudos

en el espejo claro de la muerte;

sentían retemblar bajo sus pies

la cubierta del mundo, navio castigado,

y abrirse arriba todos los pasajes del cielo. Nosotros les vendíamos

harinas

y carnes envasadas.

Muy dichosos de ser espectadores

y no actores de aquella promoción de la sangre, reíamos felices de

nuestra paz bovina: quemábamos incienso a nuestro dios

en figura de Shorthon;

y lo apedreábamos a veces

cuando la lluvia, en su traición, enflaquecía los vacunos

o nos diezmaba los trigales.

Josef, lo que te digo no es de hiel ni de miel: sólo es fatal en una Patria

niña.

Con todo, algo debemos hacer en esta infancia. "¿Qué?", me dirás, y te

respondo ahora.  


5

No te adelantaría mi Didáctica,

si no supiese yo lo que se incuba,

por vocación, en esta provincia de los hombres. Josef, un ciclo amargo

da su fruta en el mundo: la oscuridad nos miente ya la forma de un

dios.

Pero un Rey no visible todavía

está plantando almendras en suelos favorables. ¿Qué me dirías tú si

brotara un almendro junto al río y sus crines de león?

Estudia mis palabras que harán reír a muchos: yo siempre fui un

patriota de la tierra y un patriota del cielo.  


6

El nombre de tu Patria viene de argentum. ¡Mira que al recibir un

nombre se recibe un destino! En su metal simbólico la plata

es el noble reflejo del oro principial.

Hazte de plata y espejea el oro

que se da en las alturas,

y verdaderamente serás un argentino.  


7

Es un trabajo de albañilería.

¿Viste los enterrados pilares de un cimiento? Anónimos y oscuros en su

profundidad, ¿no sostienen, empero,

toda la gracia de la arquitectura?

Hazte pilar, y sostendrás un día

la construcción aérea de la Patria.  


8

Y es una vocación de agricultura.

¿No viste la semilla en su carozo

y el carozo en su tierra y esa tierra en su invierno? Riñón de lo posible,

la semilla es el árbol no proferido aún y ya entero en su número. Josef,

hazte carozo de la Patria en ti mismo,

y otros verán arriba la manzana

que prometiste abajo. 


9

Somos un pueblo de recién venidos.

Y has de saber que un pueblo se realiza tan sólo cuando traza la Cruz

en su esfera durable.

La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo? Con la marcha

fogosa de sus héroes abajo

(tal es la horizontal)

y la levitación de sus santos arriba

(tal es la vertical de una cruz bien lograda).  


10

Josef, si como pueblo no trazamos la Cruz,

porque la Patria es joven y su edad no madura,

la debemos trazar como individuos,

fieles a una celosa geometría.

¡La vertical del santo, la horizontal del héroe! Te resulta dificil, ¿no es

verdad?

Pero aquí no se trata de vestir armaduras llenas de pedrería

ni de abrirse las nalgas con lujosos rebenques. Tu heroísmo ha de ser

un caballo de granja, tu santidad una violeta gris.

Otros recogerán, a su tiempo, laureles y el brillo escandaloso de la

notoriedad: yo te di los oficios del pilar y el carozo,

fuertes y mudos en su anonimato.  


11

Josef, dos modos hay de hacerte rico:

o aumentando las cifras de tu cuenta bancaria o reduciendo tus

necesidades

a lo estricto y cabal.

Mejor es el segundo, por la razón que sigue: ¿No es el hombre un viajero

de la tierra?, ¿su viaje no es de un año?

El que poco desea o necesita

es, bien mirado, un cómodo viajero que anda sin equipaje.  


12

Yo conozco a viajeros que se cargan de maletas ociosas.

Por cuidar y mover sus pesados baúles

ni observan el paisaje ni leen la escritura de este mundo sabroso

(porque todo viajero debe ser un lector). Josef, eliminando tus valijas

inútiles,

ya eres pobre y liviano según la tierra gorda:

leyendo y meditando tus lecciones de viaje, ya eres rico y pesado según

la ley de arriba Si todos alcanzaran este fácil teorema,

los hombres mis hermanos viajarían desnudos.  


13

De los siete pecados capitales

que asaltan a los hombres junto al Río, el primero es la Envidia (los he

clasificados

por orden riguroso de maldad).

La riqueza exterior, los honores, el lujo, la suerte y el talento

constituyen el pasto

natural de la Envidia.

¿Josef, que no te muerdan sus dientes amarillos! Ni envidies a los otros

ni les des ocasión de que te envidien. La manera segura de no ser

envidiado es la de no mostrar nada envidiable.  


14

La Gula está en el orden segundo de mi lista. Es terrible, Josef, lo que

devoran nuestros conciudadanos entusiastas. Por sus jamás ociosas

dentaduras

yo diría que pasa toda la Creación en su aspecto visible y masticable:

gordos terrestres piden ser y son.

Josef, no te abandones a tan loco ejercicio: devora, en cambio, sin

temor ninguno, toda la Creación inteligible,

y te convertirás en un gordo celeste.  


15

Por la mañana, cuando te levantes, piensa, Josef, en ese nuevo día;

y no te olvides que al salir al sol

entrarás en un campo de batalla.

Que no te engañe el paso normal de los tranvías ni la canción melosa

del frutero

ni el pacífico rostro de tu jefe

ni la sonrisa blanca de tu subordinado. Ángeles y demonios pelean en

los hombres: el bien y el mal se cruzan invisibles aceros.

Y has de andar con el ojo del alma bien alerta,

si pretendes estar en el costado

limpio de la batalla.

Josef, nada es trivial en esa guerra:

basta el peso ladrón de una bolsa de azúcar para que llore un ángel y se

ría un demonio.  


16

No vaciles jamás en la defensa

o enunciación o elogio

de la Verdad, el Bien y la Hermosura.

Son tres nombres divinos que trascienden al mundo, y es fácil

deletrearlos en las cosas. No los traiciones, aunque te flagelen: yo sé

bien que la triste Cobardía

suele atar a los hombres junto al Río moroso.

Vence a la Cobardía de los ojos oblicuos,

y la Patria futura dará el santo y el héroe que han de trazar las líneas

de la Cruz.  


17

Liviano de equipaje y avizor en tu guerra,

te asaltarán, empero, no escasas tentaciones.

Josef, has de vencerlas, o llorará la Patria todavía en pañales.

Si te ofrecen un cargo de visibilidad,

aceptalo en razón de tu mérito sólo

y en vista de los frutos que darás a tu pueblo. Si eres olmo, no admitas

la función del peral, o has de ser un peral falsificado

y un olmo sinvergüenza.  


18

Los cargos o funciones de mucha jerarquía tientan o con el oro fiscal

siempre indefenso o con los relumbrones de toda investidura.

Josef, no pongas mano en los dineros

que a tu virtud laudable se confien.

El Robo, soslayada forma de la violencia,

es el tercer pecado de nuestros compatriotas.  


19

En cuanto al relumbrón, si te lo imponen, lo llevarás con el desgano y

frío

de quien se envaina por obligación

en un frac de molesto protocolo.

Sea tu libre personalidad,

y no el brillo exterior que te prestaron,

la que se muestre a todos, fiel e igual a sí misma. Conozco a personajes

que se creían águilas, temidos y solemnes en su pluma oficial,

y que al ser desnudados exhibieron risibles alones de gallina.  


20

Si acaso gobernaras a tu pueblo,

no has de olvidar que todo poder viene de Arriba,

y que lo ejerces por delegación,

como instrumento simple de la Bondad Primera. Josef, el gobernante

que lo ignora u olvida

se parece a un ladrón en sacrilegio

que se Va con el oro de una iglesia.  


21

Según la más antigua ley de la caridad, el superior dirige al inferior.

Hasta los nueve coros angélicos reciben

y cumplen esta norma del gobierno amoroso; y el ángel superior, al de

abajo se inclina para darle una luz que a su vez le fue dada.

Todo buen gobernante lo será

cuando a sus inferiores descienda por amor

y se haga un simulacro de aquel Padre Celeste que a toda criatura da el

sustento y la ley.

El gobernante que no asuma el gesto

de la paternidad

es ya un tirano de sus inferiores, aunque regale sus fotografias

con muy dulces autógrafos.  


22

Empero, no confundas esa paternidad

con un fácil reparto de juguetes. Recordarás, Josef, que tu Padre de

arriba

gobierna con dos manos:

con la manó de hiel de su Rigor

y la mano de azúcar de su Misericordia.

Si asumes el poder, usa las dos,

ya la dura o la blanda, según tu inteligencia. Josef, el que gobierna con

una mano sola tiene la imperfección de un padre manco.  


23

Ni te muestres al pueblo demasiado

ni en el poder te agites como un hombre de circo. Imita, si gobiernas, a

ese Motor Primero

que hace girar al cosmos

y es invisible y a la vez inmóvil.  


24

Preferiría yo, sin embargo, que tales

pesos no recayeran en tus hombros.

Es mejor construirse y apretarse uno mismo

(ya te hablé del pilar y la semilla),

y crecer por adentro lo que afuera se poda y ganar por arriba lo que se

pierde abajo.

Si así lo hicieras, crecerá la Patria, Josef, en cada una de tus

disminuciones. Y todo lo que pierdas lo ganará esa Novia

del Suceder, en su más claro día.