sábado, 27 de junio de 2026

El Huracán de la Historia: La Tesis IX de Walter Benjamin a la Luz de Michael Löwy

"Tengo las alas prontas para alzarme, Con gusto vuelvo atrás, Porque de seguir siendo tiempo vivo, Tendría poca suerte". GERHARD SCHOLEM: Gruss vom Angelus.

"Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso".

Tesis IX. Tesis de filosofía de la historia. Walter Benjamin.

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El Contexto Crítico de 1940 y la Ruptura del Paradigma del Progreso

La obra Sobre el concepto de historia (o Tesis de filosofía de la historia), redactada por Walter Benjamin en los albores de 1940, representa uno de los testamentos teóricos más deslumbrantes y desgarradores de la filosofía occidental. Emergiendo en un momento de oscuridad histórica absoluta—marcado por el ascenso del fascismo, la derrota de la España republicana y el trauma político-ideológico del pacto Molotov-Von Ribbentrop—, las tesis operan como un "aviso de incendio" que busca despertar a la humanidad de su letargo conformista. 

La genialidad de Benjamin radica en desmontar la colusión secreta entre el historicismo positivista, la fe ciega en el progreso de las miradas políticas de la época y el dogmatismo mecanicista del marxismo de propaganda. Para Benjamin, el fascismo no es una aberración accidental en el camino de la civilización, sino el resultado lógico e íntimo de una modernidad capitalista que concibe la historia como un tiempo homogéneo, vacío y lineal, donde los avances técnicos se equiparan erróneamente con la emancipación social. A través de una lente heterodoxa que amalgama de manera indisociable el materialismo histórico y la mística mesiánica judía, Benjamin propone una mutación radical de la mirada histórica: pasarle a la historia el cepillo a contrapelo para desenterrar la tradición de los oprimidos. El núcleo focal de esta ruptura epistemológica y política se condensa, de forma paradigmática, en la célebre Tesis IX. 


La Deconstrucción Teológico-Política de la Tesis IX: El Angelus Novus y la Alegoría Benjaminiana

La Tesis IX se estructura a partir de un ejercicio exegético y alegórico basado en el cuadro Angelus Novus de Paul Klee, una pintura que Benjamin poseía y que transformó en el símbolo definitivo de su filosofía. Como bien señala Michael Löwy, este texto ha afectado profundamente la imaginación de nuestra época debido a su dimensión trágica y casi profética, que parece anticipar los horrores industriales de Auschwitz e Hiroshima. 

Benjamin utiliza el método de la alegoría barroca, donde los elementos visuales carecen de un significado intrínseco o autónomo, convirtiéndose en cambio en la facies hippocratica—la cara de la muerte o el paisaje petrificado—de la historia que se ofrece a la mirada del espectador. En el texto benjaminiano, las alas prontas del ángel, sus ojos desorbitados y su boca abierta describen la fijeza del espanto ante el panorama del acontecer humano. 

A nivel político y conceptual, se produce una correspondencia exacta entre lo sagrado y lo profano. Mientras que la mirada del observador común (alienado por la ideología burguesa) percibe en el devenir histórico una "cadena de acontecimientos" ordenados cronológica y causalmente, el Ángel de la Historia ve una "catástrofe única". La historia no es una escalera ascendente de realizaciones, sino un proceso acumulativo de devastación que amontona incansablemente "ruina sobre ruina", arrojándolas a los pies del ángel. El ángel, dotado de una pulsión eminentemente ética y reparadora, "querría demorarse, despertar a los muertos y reparar lo destruido" (das Zerschlagene zusammenfügen). Sin embargo, se encuentra paralizado por la impotencia frente a una fuerza ciega. 

Löwy destaca el contraste absoluto entre esta mirada desesperada del ángel de la Historia y las visiones olímpicas y optimistas de la Ilustración burguesa. Por un lado, la estética schilleriana de la historia universal concebía el devenir con la mirada "tranquila y regocijada" del Zeus homérico, capaz de descubrir a la distancia la meta racional hacia la cual la necesidad conducía las guerras y los caos humanos. 

Por otro lado, la colosal teodicea racionalista de G.W.F. Hegel reducía la historia a un "altar" o un "inmenso campo de ruinas" donde se sacrificaba la felicidad de los pueblos en pos de la realización autoconsciente del Espíritu Universal. Hegel exigía superar el "dolor profundo e inconsolable" y desechar las "reflexiones sentimentales" ante las masacres, justificándolas como momentos necesarios del progreso. 

Benjamin invierte drásticamente esta matriz hegeliana: valida políticamente ese dolor inconsolable y esa honda rebelión moral, negándose a aceptar que las víctimas del pasado sean el mero combustible de la locomotora del tiempo. 


El Huracán del Progreso como Catástrofe Continua: De la Teodicea al Infierno Mercantil

El nudo dialéctico de la Tesis IX reside en la resignificación del concepto de "progreso", definido alegóricamente como un huracán o tempestad que sopla desde el Paraíso. Este huracán se ha enredado en las alas desplegadas del ángel con tal violencia que este ya no puede cerrarlas; la fuerza del viento lo empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras el montón de ruinas crece ante él hasta el cielo. "Ese huracán", concluye Benjamin de forma lapidaria, "es lo que nosotros llamamos progreso". 

La procedencia de la tempestad desde el "Paraíso" evoca teológicamente la caída y la expulsión edénica. En términos profanos y materialistas, Löwy argumenta que este Paraíso perdido representa la sociedad sin clases de la prehistoria: aquellas comunidades comunistas primitivas y matriarcales descritas por autores como Bachofen, caracterizadas por una relación armónica y no destructiva con la naturaleza y una organización social igualitaria. El progreso capitalista, por lo tanto, es el vector que aleja violentamente a la humanidad de esa armonía originaria, sumergiéndola en lo que Benjamin denomina en otros escritos el "Infierno" de la modernidad. 

El concepto benjaminiano del progreso como catástrofe se condensa en una de sus notas preparatorias de Parque Central: "Que las cosas 'sigan así', ésa es la catástrofe". 

Retomando ideas de August Strindberg, Benjamin postula que el infierno no es una condena ultraterrena que nos espera en el futuro, sino la textura misma de esta vida bajo el yugo de la producción mercantil. El infierno de la modernidad no se caracteriza por la disrupción caótica, sino por la "eterna repetición de lo mismo" (Immergleichen) disfrazada perpetuamente bajo los ropajes de la novedad, el consumo y la moda. 

Al igual que los castigos mitológicos de Sísifo o Tántalo—o la tortura mecánica del obrero en la fábrica descrita por Friedrich Engels—, la humanidad moderna hace el papel de condenada en un ciclo sin fin de explotación y alienación técnica, donde el desarrollo de las fuerzas productivas no genera emancipación, sino una reificación absoluta del tejido social. 

La ideología conformista de la burguesía y de la izquierda oficial asimilaba el progreso a un fenómeno "natural", regido por leyes científicas inmutables e irresistibles. Benjamin dinamita este naturalismo historicista evidenciando que esta fe ciega desarma políticamente a los oprimidos, haciéndoles creer que "nadan a favor de la corriente" técnica y económica, lo que extirpa de raíz su voluntad de sacrificio y su odio de clase, cualidades que se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados. 


El "Progreso" Contemporáneo como Escombro Histórico: Desigualdad, Tecno-capitalismo y la Barbarie del Siglo XXI

Al trasladar las categorías críticas de la Tesis IX y el marco analítico de Michael Löwy a la realidad del siglo XXI, se revela una alarmante y descarnada vigencia. Las promesas hipertecnológicas de la globalización y el capitalismo tardío han mutado en las formas exactas de desecho, despojo y catástrofe social que el Ángel de la Historia contemplaba con horror. 

Hoy en día, la desigualdad socioeconómica extrema, la emergencia de una nueva oligarquía global de "mil millonarios", la concentración oligopólica de la riqueza, el colapso ecológico, las guerras endémicas y el ascenso global de movimientos de ultra derecha de tintes neofascistas no constituyen accidentes ni retrocesos temporales en el desarrollo de la civilización; bien pueden ser, por el contrario, la realización material y el rostro auténtico del progreso capitalista contemporáneo. 

En primer lugar, la acumulación de capital en manos de una élite corporativa y tecnológica hiper-concentrada representa la reactualización del "cortejo triunfal" descrito en la Tesis VII. 

Los nuevos magnates del capitalismo de plataformas y de la inteligencia artificial marchan sobre los cuerpos de los vencidos de hoy: masas precarizadas, desposeídas de derechos laborales básicos a través de la "uberización" de la economía, y poblaciones enteras del Sur Global reducidas a zonas de sacrificio para la extracción de minerales raros indispensables para la infraestructura digital. 

Benjamin advertía que "jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie". Los deslumbrantes avances de la tecnología algorítmica, los dispositivos de última generación y los viajes espaciales privados son los "bienes de cultura" de nuestra era; sin embargo, su origen debe ser examinado con espanto, pues descansan sobre la servidumbre anónima, la explotación de datos biométricos de los usuarios y la alienación del trabajo cognitivo y manual a escala planetaria. 

En segundo lugar, el capitalismo tecnológico ha perfeccionado el infierno mercantil del Immergleichen (la repetición de lo mismo). Bajo la ilusión de una innovación disruptiva constante—nuevos algoritmos, actualizaciones de software, realidades virtuales—, lo que opera es la intensificación perpetua de las mismas relaciones de dominación y extracción de plusvalía. 

La tecnología, lejos de liberar el tiempo humano, ha colonizado la subjetividad mediante la economía de la atención, convirtiendo cada segundo de la existencia en una mercancía. Se trata de una tecnocracia que, tal como Benjamin criticaba en el marxismo vulgar de la socialdemocracia alemana en la Tesis XI, reconoce únicamente los progresos del dominio de la naturaleza pero oculta deliberadamente los retrocesos de la sociedad. 

Esta ceguera voluntaria se manifiesta trágicamente en la destrucción ecocida de los recursos naturales del planeta. El calentamiento global, la pérdida masiva de la biodiversidad y la desertificación son las ruinas materiales que la tempestad del progreso amontona y eleva hasta el cielo. 

El capitalismo contemporáneo opera bajo un concepto corrompido del trabajo y de la producción que concibe a la naturaleza como un objeto de explotación ilimitada que, según la expresión de Dietzgen criticada por Benjamin, "está ahí gratis". Frente a esta concepción positivista y predadora, el progreso tecnológico actual se presenta como un huracán destructor que arrasa las condiciones biofísicas de la existencia humana, confirmando la tesis de Löwy de que la catástrofe no es un evento futuro, sino el presente continuo del modo de producción capitalista. 

Finalmente, las guerras contemporáneas y el ascenso vertiginoso de la ultra derecha neofascista y autoritaria a nivel global demuestran el fracaso absoluto de las ilusiones progresistas liberales. Como bien puntualiza la Tesis VIII, los adversarios del fascismo continúan cometiendo el error histórico de enfrentarlo en nombre de una "norma histórica" o de un progreso lineal inevitable. 

El asombro bienpensante ante el hecho de que la xenofobia, el racismo, el negacionismo climático y el autoritarismo sean "todavía" posibles en pleno siglo XXI demuestra una total incomprensión filosófica de la historia. 

La extrema derecha no es premoderna ni arcaica; es profundamente moderna, un producto genuino del capitalismo tecnológico que utiliza las redes sociales algoritmicamente refinadas para modelar el descontento de las masas y transformarlas en instrumentos de las clases dominantes. 

El neofascismo actual surge precisamente como la respuesta violenta del capital ante las crisis generadas por su propio progreso económico e industrial. 

Si el enemigo triunfa, nos recordaba Benjamin en la Tesis VI, ni siquiera los muertos estarán seguros ante la falsificación de la memoria y la liquidación de las conquistas históricas. Las ruinas que caen a los pies del ángel hoy en día son tanto ecológicas y sociales como políticas y democráticas. 


La Redención Mesiánica y la Interrupción Revolucionaria: El Freno de Emergencia y el Tikkun Profano

Frente a la carrera enloquecida de la tempestad del progreso hacia el abismo, la filosofía de Walter Benjamin no desemboca en un pesimismo pasivo o en una resignación melancólica. Al contrario, exige una acción política definida a través de una doble dimensión: teológica y profana. En el plano religioso, la curación de las heridas, la resurrección de los muertos y la recomposición de lo despedazado constituyen la tarea del Mesías, concepto que Scholem vincula directamente con la doctrina cabalística del tikkun—la restitución de la armonía cósmica originaria rota por la fragmentación del mundo—. 

El equivalente profano, la traducción estrictamente materialista y política de este tikkun, no es otra cosa que la Revolución Social. Benjamin opera una inversión copernicana de la célebre metáfora de Karl Marx: si Marx había afirmado que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial, Benjamin propone en sus notas preparatorias que tal vez las cosas se presenten de manera inversa. Las revoluciones son, en realidad, el acto mediante el cual la humanidad que viaja en ese tren desbocado aplica el freno de emergencia. 

La revolución benjaminiana no es el cumplimiento acelerado del progreso técnico ni la culminación de las tendencias intrínsecas del desarrollo capitalista; es la interrupción mesiánica del acontecer, el estallido del continuum de la historia. Detener el tren del progreso es el único medio para evitar que la humanidad se precipite en la barbarie absoluta o en la destrucción ecológica terminal. Esta interrupción destituye el tiempo homogéneo y vacío de los vencedores e instaura el Jetztzeit o "tiempo-ahora", un tiempo pleno cargado de astillas mesiánicas donde el pasado se hace citable y reactivable en la lucha del presente. 

Como concluye magistralmente Michael Löwy, se trata de devolver al concepto de sociedad sin clases su verdadero rostro mesiánico. La política revolucionaria del futuro no es una estación de destino predeterminada por las leyes de la economía, sino una espiral dialéctica que recupera el potencial utópico de las luchas vencidas del pasado—desde Espartaco y los campesinos anabaptistas hasta la Comuna de París y las insurgencias indígenas—para fundar una comunidad humana liberada de la dominación de clase y de la destrucción de la naturaleza. 

La verdadera historia universal, aquella que conmemore a todas las víctimas anónimas de la civilización, sólo será posible cuando el freno de emergencia sea activado de una vez por todas y la tempestad del progreso sea finalmente apaciguada. 


Fuentes Utilizadas:

[1] Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la historia (Texto de las tesis I a XVIII, Fragmento Político-Teológico).

[2] Michael Löwy, Walter Benjamin: Aviso de incendio. Una lectura de las tesis "Sobre el concepto de historia" (Fondo de Cultura Económica, comentarios analíticos de las Tesis IV a X).

martes, 9 de junio de 2026

El Indio, el rock y la reserva cultural de la Argentina de la Justicia Social

La partida física de Carlos Alberto "El Indio" Solari no se tradujo en el silencio sepulcral que la frialdad de la época pretende imponer; al contrario, se convirtió en un grito ensordecedor. El multitudinario velorio del máximo mito del rock nacional no fue solo una despedida artística: fue un hecho sociológico descomunal, una movilización de masas espontánea que funcionó como el espejo donde la Argentina real le muestra un freno y toma distancia al experimento libertario de Javier Milei. 
 
Las miles y millones de almas que ganaron las calles para llorar y cantar al Indio expresan con potencia que la dimensión anti-libertaria del pueblo argentino está viva, activa y dispuesta a disputar el sentido de la argentinidad. Es cierto que quienes peregrinaron a ese último adiós no lo hicieron con la intención consciente de hacer política: fueron movilizados por la fidelidad a su música; fueron padres e hijos porque el Indio supo atravesar artísticamente a sucesivas generaciones; fueron porque sus canciones eran un salvadidas en momentos adversos, fueron por el recuerdo de los viajes compartidos, las banderas y los amigos entrañables que se fundaron en cada recital. Fueron, en definitiva, por miles y millones de razones diversas que trascienden o nada tienen que ver originalmente con la política partidaria. 
 
Pero, precisamente como ocurre con todo hecho verdaderamente trascendente, la política se hamaca allí donde el pueblo se junta: se hace historia sin saber que se la está haciendo, transformando ese duelo íntimo y colectivo en un testimonio político involuntario pero históricamente descomunal. 


Escribe: A. Gonzalo García Garro

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"Era muy de mañana… De pronto me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle… hasta que reconocí primero la música de una canción popular y, enseguida, su letra… Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo… no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad... Era la Argentina «invisible» que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda…Desde aquellas horas me hice peronista". Leopoldo Marechal sobre el 17 de octubre de 1945.
 
"El arte no es un espejo para reflejar el mundo, sino un martillo para darle forma". Vladímir Mayakovski.
 
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La otra Argentina que el modelo de Javier Milei no puede contener
Mientras desde los atriles oficiales se predica el egoísmo metodológico, el sálvese quien pueda y la atomización social, la "misa ricotera" póstuma demostró que el tejido comunitario de nuestro país se niega a ser disuelto. Hay una otra Argentina que no entra en las planillas del ajuste sin piedad de Caputo y Sturzenegger, ni en el déficit cero, ni en los dogmas de la escuela austríaca.
 
Esa marea humana que se abrazó en las veredas representa la antítesis del proyecto oficial. Aquí es donde el ritual fundado por Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota devela su verdadera naturaleza: el "pogo" nunca fue mero consumo cultural, sino un rito de supervivencia colectiva y solidaridad orgánica donde la tribu desafía el orden establecido.
 
Donde el gobierno nacional ve "individuos libres" compitiendo entre sí, allí hubo fraternidad y llanto colectivo. Donde el oficialismo impone la lógica del mercado, el pueblo construyó un altar popular y gratuito a la memoria. Este funeral trajo consigo el rock de rebeldía. Una tormenta que le recuerda al poder de turno que el descontento y la resistencia no se han evaporado, sino que se refugian en los pliegues más profundos de nuestra memoria colectiva.
 
Sería un reduccionismo lineal e ingenuo pretender que la totalidad de la marea humana que comulga en el altar ricotero es peronista o comparte una misma afiliación político partidaria; en el pogo conviven, sin dudas, subjetividades diversas, y es un dato de la realidad que personas afines a ideas políticas ligadas a las derechas o al liberalismo consumen, disfrutan y se emocionan con sus canciones. La obra del Indio es demasiado enorme para dejarse encorsetar en una ficha de afiliación. Sin embargo, cuando se desviste al fenómeno de su dimensión estrictamente individual y se lo analiza como hecho cultural y sociológico, la figura del Indio Solari opera de manera inevitable como un símbolo unívoco de uno de los lados de la grieta argentina.
 
Más allá de las urnas o de las preferencias electorales de cada fanático en particular, la matriz estética, la liturgia comunitaria y la mística colectiva que rodea a su obra expresan el universo de la identidad nacional y popular. Es la Argentina profunda que se encuentra y se abraza en sus propias heridas, una reserva simbólica que —incluso a espaldas de las intenciones de parte de su propio público— se erige como la antítesis exacta del individualismo abstracto y el desarraigo cultural que hoy se propone desde las esferas del poder.
 
Una mirada nacional frente a la colonización extranjerizante
El fenómeno del Indio Solari es incomprensible para quienes pretenden subordinar el orgullo y la soberanía argentina a estéticas y doctrinas importadas. La multitud que se movilizó encarna una mirada profundamente popular de nuestras vidas, una identidad que se forjó en los barrios, en las fábricas, en los márgenes y en las universidades públicas.
 
A diferencia del relato oficial que busca espejarse en el norte global y sumergirnos en un colonialismo cultural y económico, el Indio siempre fue, en su esencia, un artista de matriz peronista y plebeya. Su poética jamás necesitó de la validación de los mercados internacionales, de los grandes sellos corporativos ni de la pauta publicitaria tradicional para volverse universal en la viva tempestad de nuestra argentinidad.
 
Desde sus orígenes, la banda erigió la autogestión como una postura política estricta, demostrando que la soberanía cultural es posible por fuera de los circuitos oficiales y comerciales dominantes. El pueblo que hoy lo despide defiende esa misma soberanía simbólica y metodológica: la certeza de que nuestras alegrías, nuestros dolores y nuestros mitos se hamacan en este suelo, bajo nuestras propias reglas y sin pedirle permiso al capital concentrado.
 
"El Flautista de Hamelín" y el "enano de la motosierra": la palabra del Indio
El Indio jamás optó por la comodidad de la torre de marfil. En sus últimos años de vida, con una lucidez política implacable, se encargó de desmontar el relato oficial y de marcar la cancha frente al avance del neoliberalismo extremo. Su caracterización de Javier Milei como "el enano de la motosierra" no fue un simple insulto al pasar; fue una radiografía estética y política de la destrucción estatal que el gobierno propone como utopía.
 
Esta confrontación actual es la continuidad histórica de una poética del desencanto que el Indio refinó durante los años 90. Sus letras —verdaderas crónicas sociales disfrazadas de un hermetismo metafórico implacable— ya habían funcionado como la banda de sonido del dolor y la resistencia frente al repliegue del Estado y el disciplinamiento mediático de la era menemista.
 
El Indio entendía perfectamente el peligro que corría el país. Con su habitual capacidad para leer el subsuelo de la patria, advirtió sobre la fascinación de ciertos sectores con el discurso oficial, pero siempre se negó a dar por perdida a la juventud. "Yo veo que hay mucho chico de escuela industrial que no cree en eso. No es que todos fueron detrás como el Flautista de Hamelín y vamos a traer al enano de la motosierra", sentenció en sus últimas entrevistas.
 
Su toma de posición a favor del peronismo y de las políticas de justicia social no respondía a una conveniencia partidaria, sino a una ética de la compasión y la dignidad. El Indio defendía explícitamente la necesidad de un Estado fuerte que pudiera manejar su economía y proteger a los vulnerables. Para él, el arte y la justicia social caminaban juntos. El llanto masivo de su pueblo en las calles es la respuesta directa a un artista que nunca los traicionó y que supo ponerle nombre y apellido a la crueldad del presente.

La intemperie cultural libertaria: un gobierno sin arte ni artistas 
La orfandad simbólica del gobierno libertario ha quedado expuesta de manera obscena ante este funeral de masas. El mileiísmo habita un desierto cultural absoluto. Si se quita de la escena el ejército de bots rentados, los influencers payasescos de las redes sociales y el resentimiento empaquetado en algoritmos, el oficialismo carece por completo de figuras con prestigio social o trayectoria intelectual que respalden su proyecto.
 
No hay poetas, no hay músicos, no hay cineastas, no hay científicos ni referentes de la cultura popular que se presten a validar el desguace de la nación. Son muy pocos, casi todos intrascendentes y sospechados de ser beneficiados al contado por sus gestos o tuits. La propuesta cultural del gobierno empieza y termina en la provocación tuitera y en la condecoración de economistas marginales en salones cerrados. Es un régimen sostenido en la intemperie de los lazos rotos.
 
Mientras el Indio cosechó durante medio siglo un amor orgánico, transversal y multigeneracional basado en la dignidad y la belleza poética, el gobierno solo puede exhibir una aprobación sostenida por el canibalismo social y la apatía. La cultura nacional le ha dado la espalda a Milei, dejándolo atrapado en su propia minoría de intensidad tuitera, incapaz de dialogar con el arte que de verdad conmueve a los argentinos.
 
La vanguardia estética ante la vacancia política: el refugio de los desamparados
Este fin de semana pasado reveló una realidad inocultable: el peronismo y el campo popular atraviesan una crisis de conducción, no aparecen aún a nivel nacional liderazgos políticos capaces de convocar, conmover y sintetizar las demandas de las mayorías. En esa orfandad de referencias, donde la dirigencia tradicional muchas veces balbucea o se repliega, fue el arte, la música y la cultura rock quienes tomaron la posta y dieron la batalla en el territorio de los símbolos. La poética del Indio logró unir en un abrazo unánime lo que la política hoy no puede sentar en una misma mesa.
 
No es una casualidad geográfica que la Buenos Aires de Axel Kicillof haya sido el epicentro absoluto de este fenómeno. La provincia donde nacieron Juan y Eva. Mientras el gobierno nacional ensaya protocolos represivos y asfixia los espacios comunes, el conurbano bonaerense funcionó como el gran contenedor de la marea humana, garantizaron el cuidado, la logística y el respeto institucional para que cientos de miles de personas peregrinaran cientos de kilómetros en absoluta paz. El federalismo popular encontró en la provincia peronista por antonomasia su retaguardia y su amparo frente a la crueldad centralista libertaria.
 
Pero esto es solo el comienzo. La cultura y la mística ricotera acaban de soldar los fragmentos de la solidaridad social que la motosierra intentó romper. El desafío ahora se traslada a las estructuras del campo popular: la política debe despertar de su letargo, tomar el testigo que el arte le acaba de ofrendar y traducir esta monumental unidad cultural en una alternativa real para derrotar al proyecto de Milei.
 
El dilema oficial y el hecho sociológico inalcanzable
Ante la magnitud del acontecimiento, el gobierno libertario ha quedado atrapado en un silencio incómodo. Es el dilema ante lo incontrolable. ¿Cómo procesar desde el individualismo radical un dolor colectivo que junta a millones sin un solo peso de pauta publicitaria ni intermediarios? Aquí queda expuesto el eterno debate ideológico que la derecha nunca pudo resolver: pretendieron reducir el fenómeno a una contradicción comercial, acusando al Indio de enriquecerse dentro del capitalismo, sin comprender que el pueblo no compraba un producto, sino que validaba una conducta y una trinchera ética.
 
Javier Milei jamás podrá generar un hecho sociológico de esta naturaleza. Las movilizaciones del oficialismo —ancladas en la frialdad de la convocatoria por redes, el traslado institucionalizado o las puestas en escena rígidamente controladas— carecen del componente místico, del amor desinteresado y del sentido de pertenencia que moviliza al pueblo llano. La devoción popular no se compra, no se decreta y, fundamentalmente, no se comprende desde el resentimiento de quien ve en el Estado y en lo colectivo un enemigo a destruir.

La lírica del desamparo y la belleza en el barro
Corresponde también hablar un poco de lo extraordinario, en terminos artisticos, que fue quien ya pasó a la inmortalidad. Para que este hecho sociológico adquiera su verdadera dimensión, es imperioso volver a las canciones. El Indio no se convirtió en un mito de masas por cantar consignas lineales ni panfletos predecibles; lo hizo porque construyó una vanguardia poética hermética, una criptografía plebeya que el pueblo adoptó como su propia lengua patria. En un tiempo presente donde el discurso oficial propone una estética de la crueldad despojada de toda empatía, la poesía ricotera emerge como una trinchera de belleza en medio del desamparo.

Esas metáforas oscuras, pobladas de lunas de mentira, lobos caídos y lujos vulgares, nunca buscaron adoctrinar, sino cobijar. La multitud no ganó las calles para levantar banderas partidarias, sino para vindicar la vigencia de esa lírica sofisticada que les salvó la vida en las peores noches. El arte del Indio elevó al pueblo porque nunca lo subestimó: le exigió descifrar la canción en el reverso rugoso de su propia existencia.
 
Letras y canciones desde el subsuelo: las frases que tallaron historias
El verdadero secreto de la trascendencia del Indio Solari no reside en la masividad de su convocatoria, sino en la precisión quirúrgica de sus palabras. Sus letras no se escuchan; se militan, se tatúan y se transforman en banderas que atraviesan las biografías de varias generaciones de argentinos. En cada verso, el Indio logró meter el bisturí en el tejido social para devolvernos una radiografía exacta de nuestras propias crisis y resistencias. Cuando la tecnocracia oficial pretende reducir la existencia humana a una fría planilla de cálculo, la obra ricotera ruge desde el fango con una advertencia implacable: "Un final feliz no es una novedad cuando el diseño es cruel". Es la denuncia poética definitiva contra un sistema que propone el desguace y la exclusión de las mayorías como el único horizonte posible de "progreso".
 
Frente al cinismo transaccional y la ostentación de los mercados que el relato oficial intenta imponer como faro cultural, la multitud que ganó las calles contestó con la ética de la austeridad y el orgullo plebeyo: "El lujo es vulgaridad". Esa frase, que es casi un mandamiento identitario, explica por qué la marea humana que se abrazó en el luto no necesitó de la validación del consumo masivo ni de la aprobación del norte global para saberse soberana. El pueblo ricotero sabe perfectamente que el tejido comunitario se sostiene sobre los lazos invisibles de la empatía, esos mismos que se activan cuando el frío del presente asfixia y la canción nos recuerda que "cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón". No es una promesa de optimismo ingenuo; es la certeza histórica de que la resistencia siempre se incuba en los pliegues de la solidaridad colectiva.
 
Este funeral de masas sin precedentes dejó al desnudo una verdad que el sistema de medios del poder de turno jamás podrán asimilar. La mística que movilizó a millones de almas de manera espontánea, sin micros pagados ni pauta publicitaria, se reduce a la verdad más pura del cancionero popular: "Si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía". Esa es la línea de demarcación definitiva. Mientras el proyecto oficial se sostiene sobre la intemperie de los lazos rotos, el canibalismo social y la apatía 2.0., la liturgia póstuma del Indio obligó a cada argentino a mirarse al espejo y responder la pregunta fundamental que el rock nacional viene haciendo desde las trincheras de los años noventa: "Fijate de qué lado de la mecha te encontrás". Las calles ya contestaron, y su respuesta quedó escrita para la posteridad.
 
La iconografía del dolor: del trapo al lienzo colectivo
Todo movimiento cultural transformador es, fundamentalmente, un hecho visual. La estética de Patricio Rey, tallada a sangre y fuego por las tintas negras y las siluetas revolucionarias de Rocambole, se mudó por completo a las calles durante este luto colectivo. El funeral popular no necesitó de la pulcritud fría de las pantallas LED ni del diseño milimétrico de los consultores corporativos; se manifestó a través del arte de la intemperie. Las banderas de tela pintadas a mano en los patios suburbanos, los trapos con el rostro del Indio tallado a puro aerosol y las remeras gastadas de mil batallas se convirtieron en los lienzos de una muestra de arte contemporáneo a cielo abierto.
 
Frente al desierto estético del oficialismo, que reduce su existencia a la provocación por las redes sociales y al meme violento, el pueblo contestó con la rugosidad de la tela, el sudor y el diseño artesanal. El dolor se hizo carne, se hizo bandera y demostró que la soberanía simbólica de la patria se defiende con las manos.
 
El acorde infinito: la banda de sonido de las biografías rotas
En el subsuelo de esta movilización descomunal late una experiencia estrictamente musical y física: ese rock texturado, de guitarras que cortan el aire y saxos melancólicos que suenan como el llanto de las barriadas. La música del Indio Solari es la banda de sonido de las biografías de millones de argentinos. El sentido artístico más profundo de este adiós reside en que la liturgia no fue un acto de disciplina ideológica, sino un entramado de memorias afectivas y compartidas.
 
Se peregrinó por el riff eterno que sella la complicidad inquebrantable entre un padre y un hijo; por los kilómetros de ruta acumulados en micros escolares desvencijados; por la mística de los parlantes sonando en una esquina cualquiera un sábado a la noche. El Indio logró lo que la política institucional olvidó hace tiempo: conmover los cuerpos, musicalizar la soledad de los desamparados y transformar el desgarro individual en una monumental sinfonía colectiva que hoy se niega a quedar en el olvido.
 
La estética de la coherencia: el arte innegociable frente al mercado del cinismo
Existe una dimensión en la que el arte y la política se funden de manera definitiva, y es en el territorio de la autenticidad. El poder político actual intenta instalar una lógica transaccional y cínica, donde toda expresión humana tiene un precio, todo apoyo se compra con pauta digital y la cultura se reduce a un frío intercambio de mercado. Ante ese paisaje de plástico, la figura del Indio Solari emerge como una anomalía intolerable para el dogma libertario: la demostración de que el arte solo se vuelve políticamente peligroso cuando es éticamente innegociable. El Indio jamás necesitó mendigar la validación del Estado de turno ni se arrastró por las prebendas del sector corporativo. Su mística se construyó desde la intemperie, sosteniendo una coherencia estética que durante medio siglo no se remató al mejor postor.
 
Es precisamente esa soberanía artística la que le otorga su descomunal potencia política. El pueblo que ganó las calles no fue a defender a un artista subvencionado, sino a un referente que nunca los traicionó. Mientras el oficialismo habita un desierto cultural porque su matriz ideológica es incapaz de inspirar otra cosa que no sea el egoísmo, el odio de clases o el resentimiento, la "misa" póstuma demostró que el arte popular es el único capaz de generar una mística desinteresada. La política institucionalizada muchas veces naufraga en el oportunismo, pero el arte del Indio se mantuvo en el barro de la historia sin perder la pureza de su origen. Esa es la lección estética que la cultura le ofrenda hoy a la resistencia: que para construir una alternativa real al desprecio del presente, la primera batalla que hay que ganar es la de la dignidad y la verdad de nuestras propias banderas.
 
La cultura como trinchera de resistencia 
Lo que vimos en estos días nos recuerda el rol fundamental de la cultura como trinchera. Cuando la política institucional aún está procesando sus tensiones, cuando se fragmenta o se repliega, la cultura popular se convierte en el territorio sagrado donde se preservan los valores de la comunidad.

Las canciones de los Redonditos y del Indio solista volvieron a sonar en los barrios no como una muestra de nostalgia pasiva, sino como un programa político de resistencia activa: la dignidad frente a la crueldad, el amparo de los heridos por el sistema y la certeza de que todo preso es político cuando el diseño macroeconómico condena a las mayorías a la exclusión.

Las millones de personas movilizadas le han puesto un límite estético y ético al presente libertario. Fueron para decirle “Hasta Siempre” al Indio, no para hacer política. Pero como la política es algo que se hace sola sin que uno quiera, eso fue lo que pasó. Este fin de semana ha demostrado que el país del desprecio no ha ganado la batalla cultural. Abajo, en el lodo, en el pogo más grande del mundo que esta vez se vistió de luto, la Argentina solidaria sigue latiendo. Y está lista para volver a marchar.La partida física de Carlos Alberto "El Indio" Solari no se tradujo en el silencio sepulcral que la frialdad de la época pretende imponer; al contrario, se convirtió en un grito ensordecedor.
 
Las miles y millones de almas que ganaron las calles para llorar y cantar al Indio expresan con potencia que la dimensión anti-libertaria del pueblo argentino está viva, activa y dispuesta a disputar el sentido de nuestra historia.

sábado, 23 de mayo de 2026

¡Hasta siempre compañero Ernesto Jauretche!

Con Ernesto Jauretche -Tarragó Ros 
foto del medio- en la Cátedra de los Libertadores
de América en la Secretaría de Cultura de la Nación.
Hoy falleció Ernesto Jauretche. Despedir a Ernesto no es solo decirle adiós a un militante y un pensador lúcido y original. Es también recordar a un pedazo vivo de nuestra propia historia militante, a un compañero de esos imprescindibles del Pensamiento Nacional. Su partida a los 86 años deja el alma golpeada en estos tiempos duros en donde lo heroico se desvanece en la repetición de lo grotesco o lo sin sentido.

Se fue, pero nos queda la certeza de que sus semillas germinaron en quienes lo conocimos políticamente.

Ernesto fue de esas personas especiales que, en cada charla extensa, siempre te dejaban una idea o una anécdota que nunca te ibas a olvidar. Antes de conocerlo, había leído su libro “No dejés que te la cuenten: violencia y política en los 70”, y tuve luego el honor de desmenuzarlo en largas charlas en su departamento de Buenos Aires.


Era un militante generoso, de esos que no guardan el conocimiento bajo llave. Me sugería lecturas con precisión de artesano y me honraba con la confianza de enviarme sus análisis de coyuntura antes de publicarlos en los medios, permitiéndome habitar su pensamiento en la trinchera misma de la idea.

Siempre sentí que la atención y el cariño que nos brindaba a los más jóvenes nacían de una convicción profunda para él, creo que estaba convencido de que la Juventud Peronista -y la militancia de la Resistencia- trascendían su propia vida. Su militancia encontraba un sentido vital e histórico en el acto de trasvasar esas vivencias a las nuevas generaciones; un vínculo que en mi caso se hacía carne porque conocía a mi padre desde los años 60 y 70, fortaleciendo esa idea de sentirlo como un verdadero eslabón histórico entre las generaciones y las luchas que forjaron nuestra identidad y las batallas de hoy.

Escucharlo era una lección de mística peronista. Sus anécdotas sobre su tío Arturo, sobre el "Gordo" Cooke, sobre Scalabrini Ortiz y tantos héroes y mártires de la Resistencia, tenían una humanidad que no se encuentra en los libros de texto. Ernesto rescataba siempre esas citas heterodoxas de Gramsci, Bertolt Brecht y el Che, recordándonos que el peronismo es un movimiento universal que se piensa desde la periferia con audacia intelectual.

Con Ernesto en el PJ de Entre Ríos en 2008.
En la mesa, Faustino Schiavoni, José Carlos Halle,
José Cáceres, Gustavo Osuna, Cristobal Vairetti y yo
.  

Pero Ernesto no era un hombre de gestos dóciles ni de palabras acomodaticias. Jamás conoció la obsecuencia. Fue una voz siempre crítica, de una honestidad intelectual que a veces incomodaba, porque no le importaba quedar bien con los poderosos de turno ni buscaba el refugio de un cargo público. Su único compromiso era con la verdad y con el Pueblo; su prestigio no nacía de un nombramiento, sino de su coherencia inquebrantable.

Nuestro vinculo político se selló en el territorio y en la palabra compartida:

En el salón del HCD en Paraná. Ernesto Jauretche
con Julio Solanas, el "Gallego" Esparza y quien escribe.

- Su primera visita a Paraná fue en el 2003, en plena campaña electoral contra el montielismo. Desde la Juventud Peronista (JP) y la Juventud Universitaria Peronista (JUP) organizamos aquella charla sobre la vigencia del pensamiento de Don Arturo, a la que asistieron el entonces candidato a intendente Julio Solanas y el querido exintendente Juan Carlos "Gallego" Esparza.

- En 2008, desde mi lugar en el Consejo Provincial del PJ de Entre Ríos, tuve el honor de traerlo a Paraná para que nos iluminara con la historia de la Resistencia Peronista.

- En 2010, me brindó uno de los orgullos más grandes de mi costado historiador al invitarme a disertar en la Cátedra de los Libertadores de América, donde hablamos de Federalismo y de la figura de Artigas bajo el cielo del Pensamiento Latinoamericano en la Secretaría de Cultura de la Nación. Ese mismo día nos acompañó Antonio Tarragó Ros.

Ernesto vivió como pensaba y militó como escribía, encarnando esa definición suya que es un mandamiento para todo aquel que sienta la causa del pueblo: “El militante” existe únicamente cuando con su acción completa la identidad histórica, la obligación con el presente y la esperanza de un pueblo. Se corporiza solamente cuando las mayorías (obvio, siempre pobres) marchan hacia su destino. Y, entonces, desaparece como personaje. Es uno más… No hay de él posible definición singular. El militante sólo puede ser explicado como existencia plural, generosa, hermanada, amistosa, fraternal. El barrio, la UB, la organización civil, lo conoce como uno más, aunque circunstancialmente lidera… Lo convocan exclusivamente las grandes gestas, pero como actor anónimo y, a la postre, decisivo… Laborioso actor del presente y autor del futuro, humildemente, aunque a veces apenas aparezca en su omnipresencia: según la ocasión, como soldado, como organizador, como intelectual, como dirigente social, como creativo, en tanto hombre o mujer en su integridad productiva en el sublime papel de reproducir militantes cómplices para la eterna lucha de la humanidad por la libertad, la justicia y la paz. Pero de ningún modo solo. Nunca independiente de su contexto. Jamás pensado como individuo… El militante individual, como persona, como líder, como dirigente, como sujeto individual político, no existe sin la maquinaria mediática: es un invento de la política liberal. El militante sólo es tal en sacrificio personal, solidaridad, entrega y servicio social; integra el breve batallón argentino del ejército universal de los trabajadores y los pobres, la masa organizada y consciente que en todo el planeta lucha por la justicia social. La militancia es un héroe colectivo…".

Gracias, Ernesto, por las charlas, por la coherencia y por compartir con otros toda tu vida militante. El mejor homenaje que se tue puede hacer es seguir intentando construir la historia con la verdad y la justicia social como bandera.

¡Hasta siempre compañero Ernesto! ¡Hasta la Victoria!

martes, 3 de febrero de 2026

Perón y la verdad sobre la Batalla de Caseros: ¿Libertad o Traición a la Patria?

Rosas, Urquiza y Perón.
La Batalla de Caseros es el gran punto antinómico la historia argentina del siglo XIX. Abordarla nunca es sencillo: el debate se enciende con rapidez y las argumentaciones, para ser serias, deben ser profundas y fundadas. Aun así, es frecuente caer en posturas tan antagónicas como apasionadas.

He escrito mucho sobre Caseros, pero en esta oportunidad me propongo analizar, en forma breve y puntual, la visión de Juan Domingo Perón -nutrida por el revisionismo histórico- sobre Caseros y las figuras de Rosas y Urquiza. Para desentrañar este pensamiento, recurriré a textos que grafican su evolución ideológica en distintas etapas de su vida y hechos que contextualizan su postura.

Por: Dr. A. Gonzalo García Garro


La carta del joven oficial: un sentido histórico nacionalista

Ya en su juventud como militar de carrera, Perón se refería a Rosas en términos elogiosos. En una carta a su padre, fechada el 26 de noviembre de 1918, un joven Perón revelaba un profundo sentido nacionalista: “... Francia e Inglaterra siempre conspiraron contra nuestro comercio y nuestro adelanto... En 1845 llegó la abrumadora intervención anglo-francesa; se libró el combate de Obligado, que no es un episodio insignificante, sino glorioso, porque en él se luchó por la eterna argentinización del Río de la Plata... Rosas, con ser tirano, fue el más grande argentino de esos años y el mejor diplomático de su época... Fue el único gobernante desde 1810 hasta 1915 que no cedió ante nadie, ni ante las juntas de Gran Bretaña y Francia... Rosas, ante todo, fue un patriota ”.

En esta misiva —citada por Norberto Galasso en obra sobre Perón— se visualiza con claridad una lectura nacionalista de las corrientes revisionistas que apenas germinan. Su perspectiva geopolítica antibritánica y antibrasileña es una tesis que, décadas después, sistematizaría magistralmente José María Rosa en su obra La caída de Rosas .

 

El primer peronismo y la "política de la historia"

Quienes intentan presentar a un Perón reivindicador de Caseros suelen señalar que, tras la nacionalización de los ferrocarriles en 1948, las líneas fueron bautizadas con nombres del panteón liberal: Mitre, Roca, Sarmiento y Urquiza. Algunos historiadores liberales incluso han afirmado que Perón era "mitrista", una conclusión que se desmorona al leer su correspondencia privada.

Desde el revisionismo, esta decisión tiene dos interpretaciones principales: a) El pragmatismo político: Perón, consciente de los frentes de lucha ya abiertos con su revolución social, habría evitado una batalla cultural innecesaria. " Para qué meterme con los muertos si demasiados problemas tengo con los vivos " dijo Perón, y esa sería la síntesis de esta postura; o b) La evolución en el exilio: Otra lectura sostiene que Perón, formado en la educación liberal del Ejército, simpatizaba con el revisionismo, pero no lo demostró como versión institucional hasta después del golpe de 1955. Al experimentar el exilio, habría comprendido existencialmente el destino de San Martín y Rosas.                                               

Sin embargo, ya en 1954 el peronismo dio señales claras: se creó la Organización Popular por la Repatriación de los restos de Rosas , integrada por figuras como John William Cooke, José María Rosa y Fermín Chávez. Cooke, en un célebre discurso en Diputados, denunció que la historia oficial fue " maliciosamente deformada por la oligarquía " para asegurar su dominio conceptual tras la caída de Rosas.

 

El golpe del 55: La línea Mayo-Caseros-Septiembre

En 1956, la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu se propuso derogar la Constitución de 1949. El 1º de mayo de ese año, en un acto cargado de simbolismo en la Plaza Ramírez de Concepción del Uruguay —el mismo sitio del Pronunciamiento de Urquiza—, la dictadura anunció la derogación de la Carta Magna.

Aramburu reivindicó explícitamente la línea histórica "Mayo-Caseros-Septiembre" , vinculando el golpe contra Perón con la caída de Rosas : “...El 1° de mayo de 1851, en este mismo lugar, hombres amantes de la dignidad pronunciaron la libre decisión de ser dueños de sus destinos... La revolución quiere identificarse con el espíritu de Mayo” .

 

Perón y "Los Vendepatria"

Desde su exilio en Venezuela en 1957, Perón publicó Los Vendepatria , donde trazó paralelismos históricos contundentes: " El Gobierno de Rosas es la elocuencia más evidente de esa lucha. Él debió enfrentar no solo a las escuadras extranjeras, sino a los traidores de dentro... La dictadura (Aramburu/Rojas) ha invocado la 'Línea Mayo-Caseros'. Es indudable que su conexión es real: ellos, como los enemigos de Rosas, tienen su línea indiscutible: la de la traición a la Patria ".

Haciendo propia una editorial del diario Argentina , Perón describió a la Batalla de Caseros no como una liberación, sino como el inicio de una "declinación del sentido nacional" y una "conjura extranjera" que explotó las ambiciones de sectores internos para debilitar al país.

 

La resistencia y la tríada: San Martín, Rosas y Perón

Durante los años 60 y 70, el pasado se politizó definitivamente. Arturo Jauretche señaló con ironía que, al intentar perjudicar a Perón identificándolo con Rosas, los "libertadores" terminaron beneficiando la imagen de Rosas en el sentimiento popular. Surgió entonces la síntesis de la resistencia: "San Martín, Rosas, Perón" . El gesto de San Martín de legar su sable a Rosas se convirtió en el símbolo máximo de legitimidad nacionalista. La juventud de la época desafiaba a los militares de turno cantando: "Generales de cartón, generales son los nuestros: San Martín, Rosas, Perón" . Como la historia se suele repetir, hoy Milei quiere disponer del sable desconociendo el sentido de su legado histórico a Rosas.

 

Urquiza en la mirada de Perón (1967)

En 1967, Eugenio P. Rom entrevista a Perón en Madrid y allí nace el libro Así hablaba Perón (título con connotaciones del libro canónico de F. Nietzsche, “Así habló Zaratustra”). De esa entrevista se editó y publicó un extracto con el nombre Breve Historia de la Problemática Argentina , de Juan D. Perón, compilado por Rom.

En el libro Perón es lapidario respecto al rol de Urquiza en la Batalla de Caseros expresando: "... En eso estaban las cosas al comienzo del año 1851, cuando se produce el hecho más increíble de la historia argentina y uno de los acontecimientos más vergonzoso de la historia universal. El general en Jefe del Ejército de Operaciones argentino para la guerra contra el Brasil; Don Justo José de Urquiza, entra en tratativas con el enemigo para pasarse a él y arrastrar a las tropas que el país ha puesto bajo su mando y responsabilidad... Antes de movilizarse ha exigido que se le dé todo el dinero prometido ”.

Sobre el significado de Caseros, Perón añade: " La batalla se dio en Morón. Las fuerzas nacionales poco pudieron hacer contra un enemigo que las duplicaba en número y armamentos. La historia escolar, la conoce como de “Caseros”, porque los brasileños exigieron que así se llamara, dado que a la División de ese país le tocó pelear en un sector conocido como “Palomar de Caseros”. En la historia de Brasil, se llama “la revancha de Ituzaingó” y “fin de la guerra”.contra Argentina”. En todas las ciudades de ese país, hay una calle o avenida que lleva su nombre. ¡Es lógico! Lo realmente increíble, es que en Buenos Aires y varias ciudades del interior, también hay calles que se llamen así... El 20 de febrero de 1852, aniversario de la batalla de Ituzaingó, el ejército brasilero entró en Buenos Aires, con charangas y banderas desplegadas a su frente. Se fusiló y degolló a tanta gente, que el río que cruza Palermo, dicen los testigos de la época, bajaba con sus aguas de color rojo ”.

 

Conclusión

El 20 de octubre de 1970, Juan Perón le envió a nuestro historiador entrerriano Fermín Chávez una carta que este publica luego en su libro “La vuelta de Don Juan Manuel”. Allí se refiere a Rosas y expresa: "Don Juan Manuel, el primero que después de San Martín muere en el exilio por haber defendido dignamente la soberanía popular y la independencia de la Patria. Él le rindió a Rosas, el mejor homenaje que un soldado puede rendir a otro soldado: su sable libertador..." . 

Aunque existen múltiples interpretaciones posibles en este período, las pruebas documentales son irrebatibles: Juan Domingo Perón poseía una visión profundamente crítica de la Batalla de Caseros y del papel de Urquiza, consolidando una interpretación histórica donde la caída de Rosas representó, para él, una derrota de la soberanía nacional frente a intereses extranjeros.

 

sábado, 24 de enero de 2026

La Historia y quienes la escriben (VI): El Revisionismo Histórico Peronista

Esta corriente se desarrolla a partir de la caída del peronismo en 1955 y la revisión de la historia oficial comienza a generar la simpatía general, provocando la popularidad del revisionismo.

Tiene la idea precisa de que la revisión de la historia cumple un papel instrumental primordial en la liberación nacional. Se comienza a distinguir la línea histórica “San Martín – Rosas –Perón”, basada en la analogía de las tres grandes figuras históricas desterradas en el exilio y condenadas por el imperialismo, contra la línea “Mayo-Caseros” proclamada por la Revolución “Libertadora”. José María (Pepe) Rosa y Fermín Chávez aparecen como los dos principales exponentes de esta línea.

Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro


a) José María Rosa (1906-1991):

José María "Pepe" Rosa.
Estudió Derecho y llegó a ser Juez de Instrucción en la ciudad de Santa Fe, pero renunció a la carrera judicial para dedicarse a la investigación histórica. En 1956 se exilió en España tras participar en el levantamiento del General Valle. A su regreso en 1958 participó en la Resistencia Peronista.

Su actividad en este período tiene como marco al Instituto Juan Manuel de Rosas, entidad de la que fue presidente en varias oportunidades. De esta época son sus libros, “Rivadavia y el imperialismo financiero” y “La caída de Rosas”.

Integra la comitiva que acompaña a Perón en su regreso al país en 1972. El gobierno peronista lo designa Embajador en el Paraguay y luego en Grecia, donde lo sorprende el golpe de estado de 1976.

Vuelve al país y funda la revista “Línea” bajo el lema: “La voz de los que no tienen voz”. Esta publicación fue un espacio que aglutinó y referenció a amplios sectores del peronismo durante el último proceso militar.

La Historia Argentina de Rosa.
Para Hernández Arregui la obra de J. M. Rosa “es la expresión más elaborada del revisionismo histórico”. “Su trabajo es interesante porque sin dejar de adherir a las ideas políticas del nacionalismo es un historiador que acepta balancear las tesis opuestas…En cuanto al método, José María Rosa le debe al marxismo más de lo que confiesa”. Y continua “Su análisis económico del periodo posterior a Mayo es sólido y científico” … “Hace girar la historia argentina del siglo XIX y aún del actual alrededor de la figura de Juan Manuel de Rosas. El Restaurador comenzó siendo hombre de la provincia de Buenos Aires para transformarse gradualmente en conductor nacional”.


La obra de José María Rosa, que tanto ha hecho por el esclarecimiento de nuestra historia nacional se encuentra en su colección “Historia Argentina” de 17 tomos, es de consulta obligatoria para todo aquel que quiera tener una visión veraz, refractaria e inteligente de la historia argentina.  

Fue el más agudo y profundo historiador de la Batalla de Caseros. La llamó “la hora del Brasil”. Para él, a Caseros hay que considerarla como una batalla, la final de “la segunda guerra argentina brasileña” como titula al capítulo concerniente a la derrota de la Confederación. Este capítulo de la “Historia Argentina” será la base de uno de los mejores libros del “Pepe” Rosa y de la historiografía argentina: “La caída de Rosas”, trabajado entre los años 1953 y 1958 en los archivos de Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro en donde desentraña todos los hechos deliberadamente trastocados por la historiografía liberal.

La Cáida de Rosas junto a un tomo
del Perón de Galasso
Fue el gran divulgador del rosismo para las generaciones posteriores a 1955. No solo fue el historiador de referencia, sino también el gran teórico de Rosas, quien analizó no solo al gran caudillo sino a su tiempo histórico, a la política, las relaciones internaciones y la economía de aquella era. 

También fue un hombre de Estado de la Historia. A pedido suyo y por medio de la Ley Nº 20.770 con fecha 16 de noviembre de 1974 -última presidencia de Juan Domingo Perón- se declaró el 20 de noviembre como "Día de la Soberanía Nacional", en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado. Entre otros conceptos los considerando de la norma expresan: "Por las condiciones en que se diera este enfrentamiento, por la valentía de los compatriotas que participaron en ella y por sus consecuencias, es reconocida como modelo y ejemplo de sacrificio en pos de nuestra argentinidad".


b) Fermín Chávez (1924-2006): 

Entrerriano, nacido en El Pueblito, localidad perteneciente al Departamento Nogoyá. Estudió Humanidades en Córdoba, Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y Teología en Cuzco, Perú. 

Fermín Chávez, en su juventud. 
Su primer contacto con el peronismo lo tuvo en 1950, cuando en una peña de jóvenes escritores conoció a Eva Perón, a partir de este encuentro, trabajó en la Secretaría de Salud Pública de la Nación y en la Dirección General de Cultura. Se convierte así en un militante histórico del justicialismo, cercano al círculo de allegados a Evita, fue después del 55 figura y referente de la resistencia peronista.

“Todas las formas de la historia son militantes” así decía Fermín Chávez. Su modo de cuestionar la tradición historiográfica liberal, que afianzó un modelo de país “donde los próceres jamás fueron cuestionados y aparecieron como una suma de monumentos que nunca se enfermaban”, lo convirtió en una figura ineludible del pensamiento nacional y la cultura argentina.

Autor fecundo de más de 40 libros, entre otros sus más conocidos: “Civilización y barbarie”, “Perón y el peronismo en la historia contemporánea”, “Eva Perón, sin mitos”, “Pensamiento Nacional”. Fue además el continuador de la obra de José María Rosa, una vez éste fallecido, en la colección “Historia Argentina”.

El gran libro sobre López Jordán.

Por su condición de entrerriano, vivió la contradicción entre la historia oficial que reivindicaba a Urquiza y la historia del pueblo que simpatizaba con López Jordán. Por eso, uno de sus libros fundamentales fue “Vida y muerte de López Jordán”, editado en 1957 y a través de este libro los argentinos pudieron conocer la estampa de quien fuera uno de los últimos caudillos federales.

En un reportaje comentó: “En la escuela provincial me enseñaban que el héroe era Urquiza y el demonio López Jordán. Sin embargo, en mi familia la versión era la contraria. Mi abuela era de Paysandú y con dos hermanas logró escapar del sitio de 1875. Se fueron a Entre Ríos, como muchas familias de la provincia y contaban una historia distinta. Cuando avanzó el tiempo y me interesé en la historia, en la década del 50, decidir a investigar a los archivos, de allí nació un libro mío muy documentado que es “Vida y muerte de López Jordán” y de esa misma investigación salió más adelante “Vida de Chacho” (Peñaloza). La muerte de Urquiza no fue un asesinato planificado, fue producto de un enfrentamiento que él mismo provocó”.

El Libro de Chávez aborda con
lucidez al verdadero Alberdi.
De estos dos libros se desprende que tanto el Chacho como López Jordán fueron víctimas del odio de Sarmiento hacia el partido federal. Y se infiere también de qué manera Mitre y Sarmiento manipularon la historia para mostrar como forajidos a aquellos líderes genuinos que representaban las masas del interior; identificando a éstos con la barbarie, mientras que el capital extranjero y sus agentes eran la civilización.

Un gran aporte a la formación de la conciencian histórica de los argentinos es el haber encarado un estudio serio, con irrefutable documentación sobre los grandes caudillos del interior, ignorados y distorsionados por la versión oficial de la historia.

Pero tenía una formación profunda y multidisciplinaria, que le permitió escribir sobre diversas temáticas, incluso estudios sociológicos y culturales, literatura, psicología, etc. Su libro "Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina" es una pieza de lectura ineludible para comprender la grieta y la gran bifurcación del pensamiento y la sociedad argentina.