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sábado, 20 de diciembre de 2025

Jorge Busti, el gran líder político que se hizo solo un lugar en la Historia de Entre Ríos

El 20 de diciembre de 2021 fallecía Jorge Pedro Busti. Fue tres veces gobernador de Entre Ríos sin cláusula de reelección, dos veces intendente de Concordia, Presidente de la Cámara de Diputados de ER, Presidente de la Convención Constituyente de 2008, diputado nacional, senador nacional y convencional constituyente de la Nación en 1994. Ocupó todos los cargos por el voto popular. Fue el político más importante de la historia contemporánea de Entre Ríos, solo comparable a los grandes entrerrianos del siglo XIX.

Su vida fue la de un ser consagrado a la política, a la cual le entregó todo hasta el fin de su vida terrenal. Militante desde la adolescencia fue detenido por la policía cuando tenía 15 años por participar de un acto de la resistencia peronista.

Con Jorge Busti en su última actividad pública, en la Feria del Libro en
Paraná, -22/11/2021- casi un mes antes de su partida. Fue la
presentación del Libro "Francisco Ramírez: 200 años de identidad entrerriana".
En esta charla le dije personalmente a Jorge,  y a todo el colmado
auditorio, que él ya era parte de la Historia grande de nuestra provincia.


En los tiempos de la proscripción del peronismo fue militante del Integralismo en la Universidad Nacional de Córdoba y de la Juventud Peronista de los 70. Fue un detenido político de la dictadura militar genocida de 1976.

Fue un enorme militante, todos los días abocado a las cuestiones políticas y preocupado por la realidad entrerriana. Ocupó cargos políticos de primera línea en el peronismo en el PJ provincial y nacional. No fue un dirigente desvelado por “la rosca”, prefería las movilizaciones, los actos, los congresos, las asambleas políticas y hablar cara a cara con la militancia. Muchas horas de sus días las pasaba atendiendo y hablando con actores políticos y sociales de la provincia, de todos los rincones de la geografía entrerriana.

Busti fue ejemplo de Democracia. Toda su vida fue validada por el voto popular. En el 83 fue a internas para la candidatura a intendente de Concordia, elección general que ganó luego. Fue a internas para ser gobernador en el 87, en una memorable victoria que consagró el ascenso definitivo de la renovación peronistas en la provincia. Todas sus gobernaciones fueron precedidas de internas y ratificaciones democráticas. Nunca llegó por el dedo al gobierno. Todo lo que consiguió fue por decisión del pueblo.

Políticamente, Busti fue el último “jefe de jefes”. Tuvo una visión integral de toda la provincia que nadie recuperó otra vez desde su partida. Su forma de construir superaba la mirada de comarca municipal o la lógica de secta. Era amplio e integrador, se dedicaba a sumar todos los días. No era un funcionario, no fue un técnico ni un "gestor", era un político que además gestionaba mejor que todos. Tenía la inteligencia, la constancia y la decisión de conducir a los cuadros políticos, a las y los militantes con nivel, como ningún otro. Sus gobiernos, en sus cargos importantes, eran mayoritariamente integrados por militantes políticos con trayectoria y formación. Ratificó la verdad esencial para tiempos de crisis de que solo quien tiene nivel político y prepotencia de trabajo puede conducir a equipos con nivel.

Sus gobiernos no fueron nada sencillos. La gestión de 1987 estuvo marcada por la hiperinflación y la crisis económica. En 1995 el gobierno estaba atravesado por el ajuste económico de Cavallo y Menem y los síntomas de agotamiento del modelo neoliberal que implicaron recurrentes tensiones con el gobierno nacional al cual nunca se disciplinó. En el 2003 se tuvo que poner al frente de la reconstrucción de la provincia por el trágico y desastroso legado del periodo de Montiel, De la Rúa y la Alianza. Era muy activo y presente en la gestión, se involucraba mucho en los temas de gobierno con activa presencia. Llamaba semanalmente a los funcionarios y pedía constante rendición de cuentas. Todas sus gestiones se caracterizaron por la defensa de los intereses entrerrianos.

Fue un hombre de familia, vivió con Cristina Cremer desde que los unió el amor y la política junto a sus tres hijos. Fue hijo de un obrero ferroviario que falleció cuando era niño. Su madre fue una mujer trabajadora quien luchó por darle la oportunidad de estudiar y progresar en la vida.

Jorge Busti tuvo la excepcionalidad de hacerse solo un lugar en la historia. Nacido sin privilegios, sin apellido de la oligarquía provincial. Con Busti los grandes cargos públicos o los homenajes dejaron de ser en forma exclusiva para los apellidos ilustres y a los lugares centrales de la vida pública se sumaron los hijos e hijas de la clase trabajadora entrerriana.

Enfrentando las adversidades, encabezando una boleta y exponiéndose, jugándose siempre, así se convirtió en el centro de gravitación política de Entre Ríos durante más de 35 años. Y lo hizo con la política, la militancia y el voto popular. Fue expresión de la democratización de la sociedad entrerriana y el ejemplo, como ningún otro, de cómo la política y la militancia construyen la historia.


Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro

lunes, 19 de febrero de 2024

El Tratado del Pilar: Ramírez, el primer pacto preexistente a la Constitución, federalismo y república


(El presente es un texto que fue publicado y difundido por la Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez que encabezaba el ex gobernador Jorge Busti, en ocasión del bicentenario del Tratado del Pilar en 2020).

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El pacto se firmó luego de la victoria de las fuerzas de Ramírez y López (también acompañados por fuerzas correntinas y misioneras) frente al ejército porteño y unitario en la Batalla de Cepeda del 1 de febrero de 1820.

Presentanción de la Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez en el Rectorado de la UADER.

En la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales, se definió la suerte del Directorio porteño. El triunfo de Cepeda expresó un enorme hito en la lucha del federalismo argentino, y fue también la primera expresión política de las mayorías populares en favor de la república y el federalismo. La derrota del Directorio Porteño fue el triunfo de la democracia y la muerte definitiva de las aspiraciones monárquicas de los sectores conservadores de las elites porteñas.

Francisco Ramírez, por entonces con tan sólo 34 años, estuvo al frente del Ejército Federal. El historiador entrerriano Aníbal Vásquez, en su obra “Ramírez”, afirma: “El triunfo de Cepeda consagró con rasgos inconfundibles la personalidad política y militar de Ramírez y abrió la conciencia y la mentalidad del pueblo argentino a las auras de las nuevas doctrinas institucionales que deberían imperar en el país, satisfaciendo las aspiraciones de la mayoría democrática… Vientos democráticos de renovación y reformas soplaron desde entonces, infiltrándose en los espíritus, disipando los prejuicios conservadores aceptados en silencio como verdades absolutas…El magno esfuerzo de la democracia gaucha estaba realizado con perspectivas esplendorosas y brillantes…”.


Consecuencia de la batalla de Cepeda, el 23 de febrero de aquel 1820, Ramírez y López firmaron con Sarratea la célebre convención en la capilla del Pilar. Es instrumento jurídico breve, de apenas doce artículos, pero que tuvo repercusiones institucionales e históricas enormes.

El Tratado fue el fin jurídico del proyecto centralista y aristocrático del Directorio Porteño del partido unitario y terminó con las hostilidades de Buenos Aires con las provincias del Litoral.

En términos de nuestra organización nacional, el tratado es uno de los pactos preexistentes a los que refiere la Constitución Nacional de 1853 en su Preámbulo. Es el primero de ellos.

Para los entrerrianos y entrerrianas el Tratado del Pilar significa el primer hecho político e institucional de trascendencia como provincia, la primera manifestación significativa como ente político y soberano. En términos culturales e históricos, fue la primera expresión institucional de la entrerrianía, la primera irrupción de nuestra provincia en el contexto nacional enarbolando las banderas democráticas, igualitarias y federales, que encuentran antecedentes en la causa de José Artigas, el Congreso de Oriente de 1815 y la Liga de los Pueblos Libres. 

El Tratado del Pilar fue también la primera expresión constitucional del federalismo argentino. En su primer artículo hace referencia expresa la necesidad de la organización federal del país.


En ocasión de la presentaciòn de la Comisión
se refirió al Tratado del Pilar
.

Sobre la significación histórica del Tratado del Pilar y el rol de Francisco Ramírez, el historiador Martín Ruiz Moreno, en su obra “Contribución a la Historia de Entre Ríos” expresa: “Es fuera de duda que el General Don Francisco Ramírez fue uno de los gobernantes de aquella época que más influyó en los primeros años de nuestro organismo republicano, en favor de las ideas federativas… El Art. 1 del tratado público del Pilar establece como un hecho conocido por los gobiernos de Entre Ríos, Buenos Aires y Santa Fe, el sistema federal… se reconoce como una institución fundamental el régimen federativo, establecido de hecho ya, pero consignado por primera vez en un documento público…”.

Este es el gran valor de Cepeda y del Tratado del Pilar, fue la entrada de los caudillos federales y las masas del Litoral en la historia nacional. Fue el tiempo en que hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, del pueblo de los rincones del interior federal y profundo, construían la historia. Era tiempo de caudillos que tuvieron la responsabilidad histórica de reencauzar de manera pragmática y progresiva nuestra patria al cauce democrático e igualitario que había nacido en la Revolución de Mayo.

A 200 años del Tratado del Pilar, destacamos que este pacto es una de las grandes glorias históricas de Francisco Ramírez. Por hechos tan significativos como este, que hacen a los pilares sobre los que se construyó la organización nacional, es fundamental, y en especial para las nuevas generaciones, recordar y rendir homenaje a nuestro Francisco “Pancho” Ramírez.

Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez.
Dr. Jorge Pedro Busti.

Dr. Alejandro Gonzalo García Garro.
Dra. Flavia Martínez Aquino.
Prof. Rubén Bourlot.

viernes, 8 de diciembre de 2023

Ricardo López Jordán, la última montonera federal

Ricardo López Jordán, foto que tomé del cuadro
 del Salón de los Gobernadores
de la Casa de Gobierno de Entre Ríos
.
Ricardo López Jordán fue el último caudillo que se alzó contra la política centralista porteña. Expresó la última resistencia del interior federal al proyecto de sumisión y entrega que implantó Buenos Aires luego de Caseros y Pavón en el marco de una geopolítica del imperialismo británico. Su resistencia se expresó en tres revoluciones o rebeliones jordanistas, que durante la primera parte de la década de 1870 fueron en centro de la política nacional. 


Su resistencia termina con una derrota, la última batalla del federalismo en las guerras civiles argentinas del siglo XIX.


López Jordán, sobrino de Francisco "Pancho" Ramírez e hijo de quien fuera el compañero de luchas y hombre de extrema confianza del Supremo Entrerriano, fue uno de los hombres más representativos, caracterizados y discutidos de nuestra historia provincial. 
Afirma Aníbal Vásquez que, con su partida del escenario político nacional, “se va la tradición", desaparece "un resabio del pasado heroico y turbulento”, que se convertirá en “leyenda”. 

López Jordán fue el jefe de las últimas montoneras federales que intentaron fijar un curso nacional para la patria argentina, defendió la soberanía de Entre Ríos y fue derrotado por fuerzas militares por el gobierno porteño, superiormente armadas por el dinero del imperialismo británico.


Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro

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¿Qué fue el jordanismo?: orígenes y causas 

El jordanismo fue un movimiento político de raíz federal que tuvo rasgos distintivos que lo diferencian de otras corrientes de igual cuño que existieron y se organizaron en el país. Su singularidad tiene que ver con la realidad política de nuestra Entre Ríos.

La reputación nacional de Urquiza como jefe del Partido Federal comienza a deteriorarse después de la “retirada” injustificable de Pavón. Urquiza se desentiende de los levantamientos de las montoneras del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela, librando a su suerte los movimientos federales en el interior del país. El prestigio del ex presidente de la Confederación decae aceleradamente en el interior del país.

Cuando el mitrismo le exige que envíe la caballería entrerriana a la Guerra del Paraguay, ésta se le desbanda en Basualdo, se niegan rotundamente a pelear contra los hermanos paraguayos; los entrerrianos cuestionan de hecho su autoridad. En 1870, año de la muerte de Urquiza, en Entre Ríos, el urquicismo se mantiene como un aparato político arcaico, que hoy se podría definir como burocrático e impopular, manejado por los últimos fieles que le quedaban al caudillo.


        En este contexto, Ricardo López Jordán, sobrino de nuestro legendario “Supremo Entrerriano”, Francisco Ramírez, criollo de ilustre familia, de memorable comportamiento en Pavón y firme conducta federal aparece como la alternativa de Urquiza para los entrerrianos. 

               López Jordán se transforma con el paso del tiempo en el referente ineludible del federalismo provincial, fundamentalmente de un grupo de estudiantes e intelectuales egresados del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay que en 1868 lo postula para gobernador en reemplazo de José Domínguez que termina su mandato. Domínguez había realizado una intrascendente gobernación y era un títere manejado por su pariente: el “Señor de San José”, cuyo programa de gobierno “consistía en estas palabras que repetía siempre: “Mi gobierno no hará sino lo que el General Urquiza ordene” ([i]).

Sin duda, López Jordán será electo gobernador piensan los entrerrianos, su popularidad se acrecienta mientras Urquiza está atareado en su candidatura presidencial. Es más, la candidatura de López Jordán se afianza en la medida que se afirma la candidatura de Urquiza a la presidencia. Pero las cosas no ocurren así; imprevistamente Urquiza ordena votar su propio nombre para gobernador y López Jordán renuncia a su candidatura. Urquiza asegura así su poder provincial garantizándose la gobernación por si no logra la presidencia. No llegará a ser presidente y no terminará su gestión de gobernador prevista para el periodo 1868-1872, fallecerá en una muerte que quedará impune en 1870.

 

El programa político de jordanismo

Entre Ríos es y fue una provincia con una geopolítica especial. En un principio, en términos políticos, la provincia fue una liga de cinco villas que tenían en los Cabildos locales su representación institucional. La Legislatura representaba a las villas en un principio con un diputado por cada una.

Pero en el transcurso de las guerras civiles el poder de la legislatura aumentó, lo mismo que el del gobernador, que nombraba, a sus fieles, como miembros de la legislatura. Los cabildos desaparecieron ante los comandantes departamentales que eran instrumentos del gobernador y la legislatura ya no representó a las villas sino a los partidarios del gobernador, es decir a Urquiza, que había gobernado por más de treinta años la provincia.

No obstante, el espíritu comunal y localista quedó latente porque las villas se convirtieron en ciudades y no existía una gran capital como en otras provincias que absorbiera la mayoría de la vida urbana. Concordia, Gualeguychú, Victoria, Nogoyá o Diamante eran pequeños conglomerados urbanos, centros económicos y sociales independientes, sin influencias de Concepción del Uruguay o de Paraná. Ese fuerte localismo e independencia municipal que las ciudades entrerrianas todavía hoy conservan encuentre sus antecedentes en este período histórico.

La “autonomía municipal” fue entonces una de las banderas levantadas por los jordanistas en contra de la centralización del poder establecido por Urquiza y sus comandantes locales.


      El programa de los revolucionarios jordanistas se inspiraba en los principios del “Club de los Libres”: libertad electoral, restauración de las comunas y régimen justo de la tierra. Esta asociación, que funcionaba en Buenos Aires y en algunas provincias, era una fuerza política nueva que proponía “combatir la oligarquía para asegurar al pueblo el uso desembarazado, libre y pacífico de todos sus derechos.” Entre los miembros fundadores del “club” se encontraba José Hernández, por entonces redactor del diario “El Río de la Plata” que luego se alistará en las tropas revolucionarias jordanistas.

López Jordán sostenía un programa político con profundos argumentos, nutridos de la tradición del federalismo del litoral. Sus ideas, poco estudiadas y abordadas por los textos de historia, son claras y coherentes, las exteriorizó y sistematizó en documentos. 

Fermín Chávez, en su fundamental obra de “Vida y Muerte de López Jordán”, sostiene que el caudillo expresaba “…sin duda un proyecto de revolución federal para toda la República Argentina… Los testimonios documentales originales son tres proclamas revolucionarias escritas entre diciembre de 1867 y 1868. La primera pieza lleva por título “Proclama a Entrerrianos” y está escrita por “Vuestro General y compañero”. La segunda es otro documento manuscrito, extenso y bien redactado, que se denomina “Manifiesto de la Revolución a los pueblos que componen la República Argentina, por la Junta Revolucionaria de la provincia de Entre Ríos. Y la tercera proclama está constituida por el “Manifiesto a los Pueblos Argentinos y Repúblicas Americanas”, extenso manuscrito donde analiza el proceso de la historia argentina a partir de la colonia y se estudia el significado del federalismo y del unitarismo en el Río de la Plata”([ii]). Los historiadores concuerdan que en estos textos se encuentra el claro aporte de Francisco F. Fernández, ex secretario de Urquiza y una de las mentes jóvenes más brillantes del pensamiento federal.

También López Jordán encarnaba, en su historia y persona, este proyecto mejor que nadie en esta tierra. Era su momento en la historia, como si toda su vida fuese un prólogo a esa instancia. Narra Jorge Abelardo Ramos: “…Era un hombre 46 años, de gran veteranía militar: Arroyo Grande, Caseros, Cepeda, Pavón. En su provincia ha sido diputado, Presidente de la Legislatura, todo menos gobernador, porque Urquiza se había sentado en la silla regia hacía tres décadas y no se había levantado. Manuel Gálvez lo describe: ´Tiene el poder de arrastre de los grandes caudillos. Fascina a los gauchos con su tipo físico –la espléndida estampa, la negra y larga barba, los bellos ojos- y por el don de simpatía y coraje”([iii]).

 

La revolución se pone en marcha

A principio de 1869, la revolución está en marcha. El descrédito de Urquiza se acrecienta y lo hace insostenible. Gran parte de los actores políticos de la provincia de Entre Ríos está en contra del “Señor de San José” a quién llaman “el tirano”. Los revolucionarios van estrechando filas, el cura Ereño, los periodistas Juan F. Mur y Francisco Fernández que editan en Paraná el periódico “El obrero Nacional”, los egresados y estudiantes del Colegio Nacional de Concepción, los exiliados blancos orientales, los federales correntinos también exiliados, antiguas familias patricias, la mayoría de los comandantes departamentales y casi todos los jefes y oficiales de milicias provinciales. Solo falta el jefe, pero López Jordán se niega, quizás por una criolla lealtad, a ponerse al frente de la sublevación.

La visita de Sarmiento actúa como detonante. La genuflexa actitud de Urquiza ante la nueva política de los porteños aglutina definitivamente a los conjurados que logran convencer a López Jordán que accede ponerse al mando de la revolución. Su arraigo popular y su ascendiente en las milicias daban la seguridad de conseguir un triunfo sin recurrir a la lucha armada.


      Producido el “accidente” (así lo califica Fermín Chávez) que ocasiona la muerte de Urquiza se reúne la legislatura entrerriana inmediatamente. Como lo dispone la Constitución Provincial debe ser elegido un nuevo gobernador en reemplazo del muerto y es elegido López Jordán, naturalmente, ya que era el jefe de la revolución.

En el discurso pronunciado en el acto de juramento se refiere a la muerte de Urquiza lamentándola. Deplora “que los patriotas que se decidieron a salvar las instituciones, no hubieran hallado otro camino que la víctima ilustre que se inmoló”. Como se advierte, no se hace, ni se hará cargo jamás, del asesinato de la “victima ilustre”. Vásquez sostiene: “La insurgencia triunfa. A pesar de las ilustres víctimas, Entre Ríos no da ninguna muestra de reacción. La mayoría de las situaciones departamentales con sus respectivos jefes de la policía y demás autoridades, se adhieren al movimiento…Hay un silencio que no es de conformidad con el crimen, pero sin con la revolución que más tarde se rubrica con sangre sobre las cuchillas entrerrianas” ([iv]).

Todo lo que sobreviene después de la muerte de Urquiza en la provincia se da en un marco de normalidad constitucional. Se respeta la ley, la vida de los ciudadanos está garantizada y reina la paz social. Un gobernador ha sido muerto y lo sustituye otro según lo establece la ley.

 

Sarmiento, la invasión a Entre Ríos y el ataque al federalismo

El gobierno nacional no tiene argumentos para intervenir la provincia. Pero Sarmiento entiende que el muerto (con quien se había reconciliado) debe ser vengado y la provincia intervenida. Consulta con su ministro del Interior, Vélez Sardfield, el caso no es fácil opina el jurista ya que no hay “requerimiento”, ni autoridades depuestas y la división de poderes funciona normalmente. Un gobernador ha muerto, y es remplazado por otro en forma constitucional. Si la muerte ha sido un asesinato deliberado no es asunto del ejecutivo nacional. Pero a Sarmiento no le interesa los argumentos legales, ni el respeto a las autonomías provinciales, él es un autócrata que demanda por razones políticas intervenir Entre Ríos con la excusa del asesinato de Urquiza.

Por su parte, “Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis con el que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la predica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad”([v]).


    Después de destruir el Paraguay la oligarquía portuaria, de la cual Sarmiento es su fiel instrumento, necesita arrasar Entre Ríos, última rama del viejo árbol federal donde sobreviven todavía proyectos nacionales que pueden propagarse a otras provincias. Es preciso terminar con éste bastión montonero que obstaculiza el ingreso de la civilización dicen los iluminados porteños. Para esto hace uso de todos los medios, honorables o no, lícitos o ilícitos, lo importante es el fin: “Regar con sal el suelo entrerriano”.  Y lo hará... A lo que llaman “barbarie” le responde con más barbarie, verdadera barbarie.

El Senado de la Nación se niega a autorizar la intervención federal, pero a Sarmiento no le importa el mandato constitucional... El General Emilio Mitre (hermano de Bartolomé) desembarca las primeras tropas en Gualeguaychú. Otro general, Conesa, al mando de las tropas fogueadas en Paraguay desciende en Paraná. Y, por el norte ingresa a la provincia Gelly y Obes con un tercer poderoso ejército a su mando. En total 16.000 hombres, todo el ejército veterano del Paraguay rodea a Entre Ríos. Al mismo tiempo operadores de Sarmiento incursionan en la provincia sobornado a jefes departamentales al mando de tropas para neutralizarlos.

A la invasión, que es un atropello innecesario de la autonomía provincial, López Jordán responde con una declaración de guerra: “Aquí me tenés con la lanza en la mano, dice en su proclama del 23 de abril, Si queréis ser libres venid a acompañarme. ¡La guerra pués! ¡Eso manda el honor y la libertad!”. Y, la expresión “con la lanza en la mano”, no será una metáfora, sino una realidad: los casi 10.000 jinetes que consigue reunir el caudillo estaban armados con tacuaras y algunas pocas armas de fuego.

 

La resistencia jordanista

Ante la disparidad de fuerzas y armamento, López Jordán decide una guerra de resistencia o también puede ser llamada de “guerrillas”, en la que partidas de jinetes caen sorpresivamente sobre las tropas nacionales para arrebatarles el parque o espantarle los caballos, esfumándose luego en un terreno que conocen sobradamente.

El pueblo entrerriano todo, es importante señalarlo, se unió a su cadillo en esta gesta despareja. Hubo numerosos combates, entreveros con resultados diversos hasta que en “Ñambé”, Corrientes, las fuerzas jordanistas son derrotadas inevitablemente por la superioridad del armamento del Ejercito Nacional en funciones de ejército pretoriano. Uno de los comandantes de las fuerzas nacionales es Julio Argentino Roca, un militar tucumano, ex estudiante del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay fundado por Urquiza. Paradojas o mensajes de la historia...

Refugiado en el Brasil, López Jordán, el último montonero, realizará más tarde dos nuevas tentativas infructuosas. Son las conocidas por el nombre de “guerras jordanistas”.


        Después de vencida en “Ñambé” la primera revolución del 70, los revolucionarios e incluso los vecinos indefensos, quedaron privados de todo derecho y obligados a vivir como fieras en los montes de Entre Ríos. El Ejercito que había enviado Sarmiento se comportaba con un verdadero ejército de ocupación, persiguiendo y fusilando a cualquier sospechoso de “jordanismo”.

Para ese entonces, después de la primera y frustrada revolución, un gaucho jordanista, en 1872 y mientras se alojaba clandestinamente en el “Hotel Argentino” de Buenos Aires, daba término a nuestro máximo poema nacional que había iniciado años antes. En el canto del “Martín Fierro”, de José Hernández, para algunos autores un verdadero “anti-Facundo”, queda inmortalizada la tragedia del gaucho y el desamparo del pueblo ante la avasalladora acometida de la oligarquía portuaria.

 

La segunda rebelión y el terrorismo de Estado

Hasta que estalla la segunda rebelión en 1873. La respuesta, será la política de Estado represiva, que Sarmiento consumará masacrando al pueblo entrerriano. Una matanza sin cuartel a civiles inocentes, vecinos comunes y gente desarmada. Lo que hoy jurídicamente podría denominarse Terrorismo de Estado.

El 1 de mayo de 1873 ingresa López Jordán al territorio entrerriano, su prestigio no había disminuido a pesar de la derrota anterior. En poco tiempo reúne 12.000 gauchos de toda la provincia, incluidos correntinos y orientales que lo apoyan en la patriada, y comienza así un enfrentamiento sanguinario y atroz.

El Gobierno Nacional toma medidas, declara el Estado de Sitio, prepara tropas y nuevos armamentos para regar el suelo entrerriano con sangre de gauchos. Sarmiento, presidente de la Nación, pone precio por la cabeza del caudillo federal que es tasada en la suma de 10.000 pesos. Es decir que le da ésa suma de dinero al que entregue a López Jordán, gobernador de Entre Ríos destituido, vivo o muerto, acción está que, el Código Penal tipifica como un delito.

Si los jordanistas disponían nuevamente de armas obsoletas, el Presidente Sarmiento había conseguido las de último modelo. Había adquirido a la fábrica Rémington los famosos rifles a repetición y una nueva arma de guerra definitiva: la ametralladora. Más que la guerra de la civilización contra la barbarie esta vez se trataba de la guerra de la riqueza del imperialismo contra la pobreza de los pueblos dominados. Resalta Abelardo Ramos que “Sarmiento obtiene en Londres un préstamo de 30 millones de pesos fuertes: 10 millones estaban destinados a terminar la guerra del Paraguay. Los otros 20 eran para financiar el aplastamiento de las revoluciones interiores” ([vi]).

Sarmiento arma otra de sus teatralizaciones... Llega hasta la ciudad de Paraná imprevistamente a reunirse con los comandantes para entregarles un presunto plan secreto y de paso probar la efectividad de las armas compradas. El escenario elegido es la Escuela Normal, sus paredones serán ametrallados por él mismo ante la mirada atónica de los paranaenses que lo toman por alguien fuera de sus cabales.

Pero Sarmiento no está demente, es un acto de histrionismo. Más allá de la bufonada, el mensaje y su contenido genocida es claro. Anuncia que la guerra durará poco y vuelve a Buenos Aires. Y tuvo razón en el anuncio, la guerra poco duró, dos semanas después los jordanistas serían sorprendidos por los nacionales y exterminados literalmente con los cañones Kurpps y las nuevas ametralladoras. Después de dos derrotas totales y consecutivas en “El Talita” y en “Don Gonzalo”, López Jordán da por perdida la guerra, los sobrevivientes se desbandan buscando refugio escapando a la represión y López Jordán se asila en el Brasil.

Las tropas nacionales no quedan conforme con la victoria militar y se dedican a la masacre. Cuenta Fermín Chávez que “el teniente Saturnino García que peleó en Don Gonzalo, afirma que el Coronel Juan Ayala ordenó después de la batalla “fusilamientos sobre el tambor” y ordenó numerosas muertes a lanzazos, de tal modo que las bajas jordanistas aumentaron considerablemente después de la batalla”([vii]).

Sarmiento logra su objetivo propuesto de devastar a Entre Ríos. Campos arrasados, mano de obra arrancada del trabajo cotidiano para portar armas; era suficiente ser varón para ser sumado voluntaria o compulsivamente a la guerra. Patética es la situación vivida en el interior entrerriano. La civilización de la levita que había eliminado a los llaneros del Chacho, a los montoneros de Felipe Varela, la misma que había cometido el genocidio del pueblo paraguayo es la que ahora se aboca a reprimir a sangre y fuego el pueblo entrerriano. El número de muertes es imposible de precisar, el libro de defunciones de Nogoyá expresa en una nota a pie de página que: “En estos meses no puede garantizarse la integridad del número de defunciones habidas a causa de los avances cometidos por los Jefes pertenecientes al Ejercito de la Nación”... firma un tal Santilli.

La brillante pluma del historiador José Luis Busaniche logra, en el siguiente párrafo, describir la trascendencia y el significado de tanta muerte y calamidad: “De más decir que la revolución de López Jordán fue vencida y con alardes revolucionarios, porque Sarmiento hacía también su revolución, la revolución del frac y del patacón, que consistía simplemente en destruir por sistema todo lo castizo, todo lo genuino y auténtico, todo lo representativo de su país para sustituirlo por una sociedad de advenedizos cursis, espíritus mostrencos y rastacueros en potencia, roídos por la codicia del dinero y el apetito de los honores baratos, atontados por una falsa cultura y con todas las supersticiones burguesas, entre las que contaba, y no poco, una recóndita admiración por esa misma clase superior de raíces históricas que se jactaban de combatir”.

 

La última montonera en armas

Tres años después, durante la presidencia de Avellaneda, sucesor de Sarmiento, López Jordán intenta en 1876 una tercera invasión a la provincia. ¿Que llevó a López Jordán a lanzarse por tercera vez sobre Entre Ríos, ésta vez prácticamente solo? Hay conductas extrañas, todavía no desentrañadas en ésta tercera rebelión. ¿Fue una quijoteada del caudillo? ¿Un acto de desesperación casi suicida? ¿Estuvo relacionada la invasión con alguna conspiración mitristas? No hay explicaciones satisfactorias que expliquen los motivos que tuvo López Jordán para iniciar esta tercera intervención que ineludiblemente terminaría en un fracaso ya que no estaban dadas las condiciones políticas para tamaña aventura.

El caudillo vivía exiliado en Montevideo vigilado por la policía. Burlando la vigilancia y sin despertar sospechas, él solo atraviesa el río Uruguay. Del lado entrerriano lo esperaban algunos fieles, aunque no tantos como suponía. Honestamente, su nombre ya no despertaba el antiguo eco y solo alcanza a movilizar 500 gauchos prácticamente desarmados. La pequeña montonera se interna en la provincia hacia el noroeste. La reducida fuerza revolucionaria fue sorprendida por tropas nacionales del Ejército del Paraná al mando del Coronel Juan Ayala que la derrotan completamente en menos de una hora en un único y último combate librado en “Alcaracito” al sur de La Paz.

El coronel Juan Ayala es el mismo experimentado fusilador de “Don Gonzalo” y en ésta oportunidad también será implacable persiguiendo a los últimos jordanistas en el desbande. Nadie se deja apresar, porque saben que le va la vida. No todos los derrotados logran huir, algunos son capturados y les espera la misma suerte inclemente: “El coronel Berón fue capturado después de Alcaracito. No era un prisionero ni se encontraba con las armas en la mano. Estaba enfermo y fue delatado. Conducido a presencia del coronel Ayala con una barra de grillos a los pies y los brazos atados por la espalda, fue mandado fusilar inmediatamente. No hubo defensa ni proceso. El coronel Berón pidió algunos momentos para despedirse de su esposa, y no le fue permitido este último consuelo. La esposa concurrió con sus pequeños hijos al lugar de la catástrofe y reclamó el cadáver. El verdugo disputó aquellos tristes restos. “Mejor es que se lo coman los perros y los caranchos”, fue su respuesta.” (“La Patria Argentina”. Buenos Aires, 26 de enero de 1879). El capitán Casco, acusado de jordanista, estaba preso en un cuartel de Paraná, y pocos días después del fusilamiento de Berón, “es reclamado por una partida enviada por Ayala y, se le hace entrega del preso para ser degollado a poca distancia del cuartel” (Ídem, 23 de enero de 1879) ([viii]).

López Jordán logra escapar de la matanza, conseguirá huir de las manos del inclemente Ayala y llega a Corrientes entregándose al coronel Cáceres, que, bajo su responsabilidad, lo pasa al juez de Paraná donde por encontrarse bajo jurisdicción judicial logra el caudillo salvar su vida al menos por el momento. ([ix]) Y así, con más pena que gloria finaliza la última y tercera guerra jordanista ocurrida durante la presidencia de Avellaneda.

Desaparece así, del escenario político, “uno de los hombres más representativos, caracterizados y discutidos. Con él se va la tradición, un resabio del pasado heroico y turbulento. Mañana será una leyenda”([x]). Fue el jefe de las últimas montoneras que intentó fijar un curso nacional para la patria argentina, defendió la soberanía de Entre Ríos y fue derrotado por fuerzas militares superiormente armadas por el gobierno “civilizador” de Sarmiento.

 



[i] Fermín Chávez, “Vida y Muerte de López Jordán”, pág. 130, Ed. Hyspamerica, 1986

[ii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 129.

[iii] Jorge Abelardo Ramos, “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, Tomo II, “Del Patriciado a la Oligarquía”, pág. 75, Ed. H. Senado de la Nación, 2006.

[iv] Aníbal S. Vásquez, “Caudillos Entrerrianos. López Jordán”, pág. 91. Ed. Pauser, 1940

[v] Aníbal S. Vásquez, op. cit., pág. 108.

[vi] Jorge Abelardo Ramos, op. cit, pág. 74.

[vii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 206.

[viii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 214 y 215.

[ix] A López Jordán se le tramita un proceso penal donde se le imputa el asesinato de Urquiza. Primero el juicio se tramita en Paraná donde permanece preso y luego es trasladado a Rosario donde espera la sentencia detenido en la Aduana. Los abogados defensores de López Jordán logran demostrar fehacientemente que Urquiza cae muerto al resistirse a un grupo de revolucionarios que pretendía capturarlo. La causa penal se demora y el caudillo se fuga de la cárcel rosarina y se asila en Fray Bentos, Uruguay. En el año 1888 lo alcanza una amnistía otorgada por el entonces presidente Juárez Celman y se instala en Buenos Aires, donde al otro año es asesinado (el 22 de junio de 1889). La historia oficial hace aparecer el hecho como una venganza por motivos personales llevada a cabo por el hijo de un supuesto oficial de López Jordán, pero en verdad, está demostrado en cartas comprometedoras, que el matador es un sicario de la familia Urquiza.

[x] Aníbal S. Vásquez, op. cit., pág. 232.

jueves, 22 de junio de 2023

El asesinato de López Jordán, una muerte misteriosa en lo más íntimo del poder entrerriano

Ricardo López Jordán, foto que tomé
del cuadro del Salón de los Gobernadores
de la Casa de Gobierno de Entre Ríos.
El 22 de junio de 1889 moría el último caudillo federal en armas, jefe de las últimas montoneras que intentaron fijar un curso nacional a la patria, que defendió la soberanía de su provincia, Entre Ríos, y que fue derrotado por fuerzas militares superiormente armadas por el gobierno “civilizador” de Sarmiento.

Su asesinato es un misterio. El expediente judicial, en especial el dictamen del Fiscal, deja muchas dudas, y allí la sombra del pasado político se erige sobre los hechos y un asesinato por encargo no parece una posibilidad alejada de lo que pudo haber ocurrido realmente. La muerte de López Jordán va más allá de Aurelio Casas, el asesino del caudillo, el autor material.

En 1989, por entonces a 100 años del asesinato de López Jordán, el Gobierno de Entre Ríos, en la primera gobernación de Jorge Busti, se propuso como un acto de estricta justicia histórica que sus restos retornaran a su Patria Chica entrerriana. Hoy se plantea una nueva, y justa, reivindicación politica del caudillo. 

Escribe: Dr. Alejandro Gonzalo García Garro

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Amnistiado por Juárez Celman, se instalará en Buenos Aires en 1888, donde sería asesinado el 22 de junio de 1889 en circunstancias no aclaradas satisfactoriamente”. José María Rosa. “Historia Argentina”. Tomo VII. Pág. 360.

”…los testigos Andrés Pigneto y Luis A. Leompart, que oyeron decir que el procesado (Aurelio Casas) se encontraba en Buenos Aires, porque lo había traído don Justo Urquiza; y por otra parte, José Abella, que declara: que además de tener conocimiento que Justo Urquiza buscaba a Aurelio Casas, afirma que fue visto por el citado Urquiza, para que matara al general López Jordán, y Felipe Limo, que afirma también saber que el citado Urquiza hacía diligencias para dar con el paradero de Aurelio Casas”. Dictamen del Agente Fiscal. Fallos y disposiciones de la Excma. Cámara de Apelaciones de la Capital. Publicados por Luis S. Aliaga y Daniel J Frías, tomo IX. Buenos Aires, 1896.

 

Últimos días de la víctima

A mediados de agosto de 1888 retorna de su forzado exilio oriental el caudillo entrerriano Ricardo López Jordán. Casi diez años antes, en 1879, López Jordán se fuga de la cárcel en Rosario pidiendo asilo en Uruguay, el que le fue concedido. El sobrino de Francisco Ramírez, había nacido en Paysandú, razón por la cual el presidente uruguayo no le puede negar el derecho de exilarse en su propio país a pesar de los reclamos del gobierno argentino. Le esperan diez interminables años de exilio. El “zorro” Roca lo seduce para sumarlo a su proyecto político, pero López Jordán prefiere aguardar que las condiciones mejoren para volver a su patria.

En 1888 resuelve volver a Buenos Aires luego de la amnistía que le otorga el Presidente Juárez Celman. Se radica en la ciudad puerto dispuesto a vivir con su familia que lo había esperado pacientemente. Está voluntariamente alejado de las intrigas revolucionarias y de la acción política. Sólo aspira a su reincorporación al ejército nacional al que pertenecía y realiza las gestiones necesarias para recuperar su grado de General.

El distrito de Buenos aires ya es la Capital Federal y se debe de haber asombrado el caudillo de los cambios producidos en la “república liberal y mercantil” poblada ahora de inmigrantes y gobernada por el orden conservador. Sorprendido contempla los palacetes de Barrio Norte levantados recientemente por arquitectos italianos y franceses. El “progreso” ha penetrado la ciudad, se inauguran obras monumentales como el Palacio del Congreso y el Teatro Colón. Es la Argentina de los 80, el país de la “gran ilusión” de las élites dominantes, cada vez más ricas y en contraste a una pobreza que también crece.

A mediados de septiembre de 1888 una noticia conmueve a la ciudad, Sarmiento había fallecido en Asunción del Paraguay. El presidente Juárez Celman decide rendirle honores y organizan sus exequias para el 21 de septiembre. Es la primera vez que en la ciudad se organizará un entierro tan espectacular. El coche fúnebre es majestuoso, lo mismo que el carro que lleva las coronas. El presidente de la República en carruaje de gala forma parte del cortejo fúnebre y los faroles de las calles hasta llegar a la Recoleta están encendidos y enlutados con crespones negros. A millares de concurrentes les ha atraído el espectáculo y suponemos, que, entre ellos, se encuentra curioso, mirando el paso del cortejo, Ricardo López Jordán.

¿Qué habrá pensado el caudillo cuando vio pasar, frente a él, el féretro con los restos de Sarmiento? López Jordán volvía a Buenos Aires justo a tiempo “para ver pasar el cadáver de su enemigo”, el que le puso precio a su “cabeza”. No podemos saber que meditó el caudillo cuando vio desfilar la cureña lentamente frente a él, pero tal vez lo podríamos suponer: Piensa frente al muerto ilustre en el estado de desolación y ruina en que se encuentra la provincia de Entre Ríos como consecuencia de las intervenciones armadas ordenadas por Sarmiento. Recordará las inútiles y heroicas cargas de caballería, las últimas montoneras precipitándose contra los poderosos cañones Krupp. Sonarán quizás en sus oídos las descargas de los fusiles a repetición Rémington que, el ahora extinto Sarmiento, compró para reprimir la rebelión. Escuchará el grito desgarrador de los heridos. Recordará a sus gauchos muertos en Ñambé o Don Gonzalo. Evocará sus trágicas derrotas, la captura, la cárcel, la fuga y el exilio. Pensará también que el hombre dentro del féretro le imputó hace muchos años una muerte que no cometió, que sigue impune y que, tal vez Sarmiento se lleve el secreto de los verdaderos autores del crimen a la tumba. El asesinato de Urquiza en la Palacio San José no es su responsabilidad. El dió la orden de capturarlo vivo, pero, pero quienes fueron a detenerlo lo ultimaron y él carga con la muerte de Urquiza como si fuese un vil asesino cuando quizá la muerte fue consecuencia de la resistencia de Urquiza a su arresto o fue pergeñado por un grupo de porteños, entre ellos, tal vez, “el loco” Sarmiento, que en esos tiempos era presidente de la República. “Ellos mismos asesinaron a Urquiza y utilizaron el crimen para atribuírmelo e invadir la provincia...” ¿Qué pensó, en fin, frente a los despojos del hombre que le tasó su cabeza en 100.000 pesos fuertes como si fuese un vulgar matrero?

 

El General camina hacia la muerte

Pasan los meses y el año 1889 lo encuentra al caudillo integrado a la gran ciudad. Siete hijos y su mujer le hacen ahora la vida plena después de tanta ausencia, lucha y sufrimiento. El vencido de “Don Gonzalo” logra por fin arraigarse en su nueva vida.

No participa en política, pero, a través de sus amigos, viejos federales, está informado de las varias conspiraciones que la oposición está planeando para desestabilizar la administración de Juárez Celman.

Junto con los primeros fríos del invierno porteño llega el fatídico 22 de junio. Después de almorzar con su familia sale a la calle y se encamina por la calle Esmeralda hacia la casa de su amigo Dámaso Salvatierra para visitarlo.

Se lo puede imaginar caminando lentamente, advierte que en la vereda opuesta el coronel Leyra está cruzando la calle para saludarlo cuando de repente, y por detrás, es atacado por un desconocido quién le dispara en la cabeza dos tiros de pistola Lafaucheaux del calibre 12, una de cuyas balas, penetra en la parte posterior de la cabeza, cerca de la oreja derecha, atravesando la masa encefálica. El general cae herido de muerte frente el número 562 de la calle Esmeralda, domicilio de uno de los hijos de Urquiza, llamado Diógenes.

Agonizando es llevado a la farmacia Menier ubicada en la esquina de Esmeralda y Tucumán donde se intenta salvarle la vida, pero es inútil, el general, el Caudillo, ha muerto. Así, asesinado por la espalda con alevosía, caía el último caudillo federal, jefe de las últimas montoneras que intentó fijar un curso nacional para su patria argentina, que defendió la soberanía de su provincia, Entre Ríos y que fue derrotado por fuerzas militares superiormente armadas por el gobierno “civilizador” de Sarmiento.

 

¿Quién mató al Caudillo?

¿Quién lo mató? ¿Quién es el asesino? ¿Quién es “el individuo alto, moreno, de poblado bigote negro” que mató a don Ricardo López Jordán? Se trata de un joven de 27 años de nombre Aurelio Casas que es arrestado y declara en sede judicial haber obrado por venganza: su padre, Zenón Casas, y expresa que el mismo fue fusilado por orden de López Jordán.

Pero el homicida miente. Las noticias de la época y el proceso del imputado dejan muchos cabos sueltos y suspicacias sobre el verdadero móvil del alevoso atentado. Con respecto a la muerte del mencionado Zenón Casas, padre del matador, hay dos versiones: La primera de Fermín Chávez revela que habría sido muerto por orden del comandante oriental Oviedo en el mes de mayo de 1873. Una segunda versión expresa que: “según los datos personales que he obtenido, fue primero partidario de López Jordán y después su enemigo político, y si se tiene presente la versión que corre en Entre Ríos, de que, yendo Casas en viaje al Uruguay, con una partida de diez hombres, estos mismo lo ataron y le dieron muerte para librarse de su mando” (Dictamen del Agente Fiscal. Fallos y disposiciones de la Excma. Cámara de Apelaciones de la Capital. Publicados por Luis S. Aliaga y Daniel J Frías, tomo IX. Buenos Aires, 1896).

La historia oficial insiste en el motivo expresado por el reo en las actas del juicio, lo maté para vengar a mi padre, pero en verdad el asesino estaba encubriendo los motivos del crimen y la identidad de sus mandantes.

 

¿Asesinato por encargo?

En el dictamen de la Fiscalía citado más arriba encontramos la siguiente afirmación: “…Los testigos Andrés Pigneto y Luis A. Leompart, que oyeron decir que el procesado se encontraba en Buenos Aires, porque lo había traído don Justo Urquiza; y por otra parte, José Abella, que declara: que además de tener conocimiento que Justo Urquiza buscaba a Aurelio Casas, afirma que fue visto por el citado Urquiza, para que matara al general López Jordán, y Felipe Limo, que afirma también saber que el citado Urquiza hacía diligencias para dar con el paradero de Aurelio Casas”.


La familia Urquiza le hace llegar a la familia del matador, que se encontraba en una total indigencia, una fuerte suma de dinero en concepto de “donación”. La gente comenta sobre esta “donación” y en una hoja sin pie de imprenta publicada en Gualeguaychú, lo que hoy llamaríamos un panfleto, se lee la siguiente información: “Se ha promovido una suscripción entre los miembros de la familia Urquiza para regalar 70.000 pesos a la esposa del sujeto Aurelio Casas, el asesino del general Ricardo López Jordán… El doctor Diógenes Urquiza ha suscripto la mitad de esa suma, es decir, 35.000 pesos nacionales. Cuando el criminal conozca esta noticia, se convencerá que su esposa y sus hijos van a salir de la miseria en que han estado hasta ahora” (en este y en todos los puntos recomiendo a cualquier interesad@ que lea el enorme libro de Fermín Chávez, “Vida y Muerte de López Jordán”).

Ninguno de los miembros de la familia Urquiza fueron citados por la Justicia a declarar sobre una supuesta y posible complicidad en el crimen. El asesino Aurelio Casas es condenado a cadena perpetua y en ocasión del 25 de mayo de 1919 es indultado por el entonces Presidente Hipólito Irigoyen. Hecho este muy llamativo y poco investigado históricamente.

 

Don Ricardo López Jordán en suelo entrerriano y al espera de justa reivindicación histórica 

Los restos del caudillo entrerriano fueron sepultados en el cementerio Norte (Recoleta) de la ciudad de Buenos Aires hasta que en el marco del año jordaniano y habiéndose cumplido el 22 de junio de 1989 cien años de su muerte, el Gobierno de Entre Ríos, la primera gobernación de Jorge Busti, se propuso como un acto de estricta justicia, que sus restos retornaran a la Patria Chica. 

Provisoriamente, en una primera etapa, los restos del último caudillo federal fueron depositados en el panteón de la familia Pérez Colman en Paraná. Años después fueron trasladados definitivamente hasta el mausoleo erigido en la plaza Carbó de Paraná, detrás de Casa de Gobierno. Por entonces, el gobierno entrerriano afirmó: “tarea cumplida. Los restos del general Ricardo López Jordán descansan en suelo entrerriano y en justicia”.

Mausoleo de Ricardo López Jordán (Plaza Carbó)

Hace unos meses, la actual gestión municipal confirmó que se puso en marcha el proceso de adjudicación de la obra para la puesta en valor de la plaza Carbó. En el anuncio del gobierno de Adán Bahl se refiere a la recuperación de los monumentos que existen en la Plaza, entre ellos el Mausoleo de Ricardo López Jordán. 

Por este motivo conformamos un espacio de trabajo en cuestiones históricas integrado por Edgardo Massarotti, José Federico Mastaglia, Francisco Senegaglia, Juan Damián Capdevila, Néstor Rodríguez, Claudio Cañete y quien escribe, involucrado en cuestiones históricas para efectuar aportes a esta obra con la finalidad de revalorizar el rol de Ricardo López Jordán en la historia entrerriana.


martes, 11 de abril de 2023

11 de abril de 1870: El asesinato de Urquiza, crimen impune en la historia argentina y entrerriana

El asesinato político es un retornante histórico en nuestro país. Mariano Moreno, Monteagudo, Güemes, Facundo Quiroga, Lavalle, el mismísimo López Jordán, por sólo mencionar algunos ejemplos, fueron víctimas de muertes ocurridas en extrañas condiciones. Fueron también, algunas, muertes que quedaron impunes. Como advertimos, tanto en los albores de nuestra nacionalidad, como también durante las guerras civiles, los crímenes impunes abundan en la historia argentina.

Todos estos crímenes son políticos, es decir que tienen como motivo la eliminación física de una persona que se presenta como un enemigo de los intereses del asesino. Y todos estos homicidios tienen también un denominador común: se realizan por encargo. El autor material del hecho (sicario) recibe la orden de matar a la víctima por parte del autor ideológico (merced) que le otorga luego de cumplido el hecho homicida, una contra prestación por la ejecución.

Esta naturaleza especial de crímenes por encargo hace muy dificultosa la revelación de quién es el autor ideológico del delito que queda oculto e impune ya que, los autores materiales, si son apresados, ocultan la identidad del mandante. Ante el silencio del sicario surgen las conjeturas, las hipótesis y las posibilidades. Y finalmente, ante la falta de evidencias, queda para aplicar en el análisis, la sugerencia de Séneca: “Aquel a quien el crimen le es beneficioso, es el que lo ha cometido”.

A principios de abril de 1870 había estallado la revolución jordanista en distintos lugares de la provincia y, aunque no está probado que entrara en el plan revolucionario la muerte de Urquiza, su residencia es asaltada y él es asesinado por una partida que obedecía políticamente a López Jordán.

Es preciso que nos detengamos en el análisis de esos sucesos para ver como la historia oficial ha falsificado los hechos endilgándole la culpa del asesinato a López Jordán.

Los hechos acaecidos son muy confusos, hay diversas y contradictorias versiones interesadas, pero en verdad, el único documento cierto que existe sobre la forma en que se produjo la muerte de Urquiza, quiénes fueron sus autores materiales y quiénes los mentores ideológicos del atentado, son las declaraciones que aportó el capitán José María Mosqueira, único detenido y procesado por los hechos.

Según lo expresado por Mosqueira en el juicio, los hechos ocurrieron de la siguiente manera: La conspiración comienza en la estancia de Arroyo Grande, cerca de Concordia. A dicho lugar concurre el joven estanciero de Gualeguaychú, José Mosqueira para ofrecerle sus servicios a López Jordán en el movimiento revolucionario que éste prepara para derrocar al gobernador Urquiza. El plan queda acordado. El lugar de encuentro de los conjurados será en la misma estancia, el 9 de abril.

Treinta hombres al mando del mayor Robustiano Vera y José Mosqueira partieron desde Arroyo Grande rumbo al establecimiento San Pedro, propiedad de Urquiza, a los efectos de ponerse a las órdenes del Coronel Luengo que los esperaba con veinte hombres más.

Las órdenes recibidas, según cuenta Mosqueira en las actas del juicio, eran las de apresar a Urquiza, respetarle la vida al gobernador y a su familia y llevarlo a la presencia del jefe revolucionario. La partida la formaban entre otros, además de los mencionados, Ambrosio Luna, Pedro Aramburu, Juan Pirán, Facundo Teco, Agustín Minué, Mateo Cantero y Nicomedes Coronel, este último era mayordomo de la estancia San Pedro. Un dato interesante: de todos los hombres de la partida sólo Mosqueira era entrerriano. La mayoría de ellos eran federales correntinos y orientales exiliados. Simón Luengo, el jefe de la partida, era un caudillo federal cordobés de cierta relevancia que había sido derrotado en su provincia natal y vivía en Entre Ríos protegido por Urquiza.

Al caer la tarde de ese fatídico lunes de 1870, según los testimonios, a las 19.30 hs., el gobernador se encontraba en la galería delantera de su residencia conversando con uno de sus ministros y escuchó sorprendido la llegada de un tropel de jinetes que habían entrado por la puerta trasera del Palacio San José al grito de ¡Muera Urquiza! y dando vivas a López Jordán. El gobernador se dirigió a una de sus habitaciones extrayendo un rifle y disparando contra la partida. Lo que ocurre a partir de ese momento es confuso y no lo aclara Mosqueira en el proceso. No se sabe si Luengo alcanzó a darle la orden de rendición a Urquiza o algún hombre de la partida disparó desobedeciendo la orden contra el caudillo que cae alcanzado por un tiro en la cara. También es un enigma quién lo “despenó” con cinco puñaladas en el pecho.

Lo que sí está claro es que la muerte de Urquiza no fue ordenada por López Jordán, ni estaba en los propósitos de los revolucionarios. La consideraban una muerte inútil. Y, para completar la intriga de esta historia, el mismo día, con algunas horas de diferencia, como en una secuencia del cine de Francis Ford Cóppola, son asesinados en Concordia, también en circunstancias equívocas dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino.

¿Entonces, si no hubo orden de matar a Urquiza por parte de los revolucionarios, como fue el desenlace de la tragedia de San José? ¿Cómo y por qué ocurrieron los hechos?  Dentro del conjunto de historiadores que han tratado de develar la incertidumbre del hecho, Fermín Chávez, en su voluminoso y documentado libro “Vida y muerte de López Jordán” conjetura tres probabilidades: a) Que los jefes de la revolución jordanista autorizaron la ejecución de Urquiza; b) Que Luengo, la resolvió sobre la marcha; c) O que la resistencia armada de Urquiza dió ocasión a su muerte. Ahora bien, ninguna de estas hipótesis puede ser probada... Son especulaciones. De hecho, nada ha podido ser probado fehacientemente.

La historia oficial está plagada de falsedades y omisiones maliciosamente consumadas. De hecho, las muertes poco claras que mencionamos al principio de este ensayo han sido instrumento de propaganda política del aparato cultural del sistema. Ya sea para encubrir o para culpar injustamente de un crimen a alguien, un asesinato, una muerte jamás constituyó un impedimento moral a la hora de escribir la historia acorde a los intereses de las clases dominantes. Si han asesinado que problema pueden tener en mentir sobre ello, o sobre quién y cómo.

El historiador entrerriano Aníbal S. Vásquez, en su obra “López Jordán” afirma: “Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José… Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la prédica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad… En este episodio el oficialismo metropolitano vuelve a administrar justicia a su gusto y paladar…En la lucha rencorosa, sin cuartel, de acciones violentas, Sarmiento venció, al final, a López Jordán y no solo dictó sentencia en las acusaciones que él solo hizo, sino que las impuso… La versión oficial que ha llegado hasta nosotros es consecuencia de esa disciplina”.

Pero no todo se puede ocultar o silenciar eternamente. Los textos de José Hernández, Juan Bautista Alberdi o el mismísimo Juan Manuel de Rosas a los que hago referencia en este ensayo, olvidados maliciosamente por la historiografía oficial, abren una ventana para tener una mirada distinta sobre el asesinato de Urquiza, magnicidio impune en la historia argentina y entrerriana. Existen otros historiadores y actores políticos de la época que llegan a conclusiones similares que esta, su estudio también podrá contribuir a echar luz sobre este oscuro episodio histórico.

A  modo de conclusión, lo que nos queda claro hoy es que Ricardo López Jordán no mandó a matar a Urquiza, no existe prueba alguna de ello por lo que está fehacientemente comprobada su inocencia. ¿Quién fue entonces el mentor del atentado? ¿Fue un accidente? ¿Una consecuencia indeseada por la resistencia armada que el propio Urquiza opuso a sus captores? ¿Una venganza de los viejos federales decepcionados por las vacilaciones de Urquiza? ¿Una represalia por la “retirada” de Pavón? ¿Un crimen ejecutado por los liberales porteños como lo presagió José Hernández? ¿Qué relaciones y que consecuencias tuvo con el atentado el viaje presidencial de Sarmiento a San José? No hay certezas y debemos remediar la falta de pruebas con nuestras propias conjeturas.

Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro

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“Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán”.

El crimen impune, retornante histórico

Mariano Moreno muere en un barco inglés en alta mar, su defunción ocurre en forma dudosa. Se murmura un posible envenenamiento del tribuno revolucionario de Mayo.

El “Tigre de los Llanos”, Facundo  Quiroga, es asesinado en Barranca Yaco por una partida comandada por un tal Santos Pérez. Lo que no se puede dilucidar es si Santos Pérez recibió el encargo de los Reinafé, de Estanislao López o de algún otro caudillo contrariado por la estrella ascendente de Facundo.

La muerte de Lavalle en Jujuy es también un caso poblado de incertidumbres. José María Rosa en su magistral trabajo “El cóndor ciego”  investiga las circunstancias de esa muerte confusa.

En el atentado en que se hiere de muerte a Güemes no se distingue con certeza si fue organizado por los últimos realistas que operan en Salta o fue obra de algún sector interno de los patriotas enfrentados.

Tampoco se sabe quién ordenó la mano del puñal que mata a Monteagudo en Lima, ni la de la otra mano que asesina por la espalda a Florencio Varela en Montevideo.

Ricardo López Jordán fue asesinado en una calle de Buenos Aires, Casas, el matador, declaró que su móvil era vengar a su padre, pero está probado que detrás del sicario estaban otros intereses políticos.

Como advertimos, tanto en los albores de nuestra nacionalidad como también durante las guerras civiles los crímenes impunes abundan en nuestra historia.

El asesinato político

Todos estos crímenes son políticos, es decir que tienen como motivo la eliminación física de una persona que se presenta como un enemigo de los intereses del matador. Y todos estos homicidios tienen también un denominador común: se realizan por encargo. El autor material del hecho (sicario) recibe la orden de matar a la víctima por parte del autor ideológico (merced) que le otorga luego de cumplido el hecho homicida, una contra prestación por la ejecución.

Esta naturaleza especial de crímenes por encargo hace muy dificultosa la revelación de quién es el autor ideológico del delito que queda oculto e impune ya que, los autores materiales, si son apresados, ocultan la identidad del mandante. Ante el silencio del sicario surgen las conjeturas, las hipótesis y las posibilidades. Y finalmente, ante la falta de evidencias, queda para aplicar en  el análisis, la sugerencia de Séneca: “Aquel a quién el crimen le es beneficioso, es el que lo ha cometido”.

Este trabajo es un aporte más, que intenta desentrañar los motivos del asesinato, hasta hoy impune, de don Justo José de Urquiza en el Palacio de San José. Auténtico magnicidio, único en nuestra historia ya que la víctima, al momento de su muerte revestía ciertas calidades que agravan el hecho: era Gobernador electo de la Provincia de Entre Ríos, ex primer Presidente Constitucional de la Confederación Argentina y Jefe Político del Partido Federal.

Este ensayo está dividido en dos partes. En la primera, pretende darle al lector un panorama del contexto histórico en se desenvuelve la tragedia y en una segunda parte se narran los hechos acaecidos acompañado por un examen de los mismos guiado por las letras de dos de los más grandes pensadores nacionales de nuestra historia: José Hernández y Juan Bautista Alberdi.



“Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán”


1) Viaje del Presidente Sarmiento a Entre Ríos y visita a Urquiza en el Palacio San José.

“Ninguna persona que haya seguido estudiando en la práctica la historia de las repúblicas del Plata, ha debido extrañar el desgraciado fin de Su Excelencia el señor Capitán General D. Justo José de Urquiza.. Por el contrario, lo admirable e inaudito es su permanencia en el poder, por grados, siempre bajando, en virtud de sus hechos, contrarios a su crédito, a sus amigos políticos y favorables a sus enemigos... En mi larga carta después de esa batalla (la de Pavón), le dije que, habiendo él mismo cometido el gravísimo error, después del triunfo, de pasar todo su poder a sus enemigos con funesto perjuicio a los que seguían de buena fe su política..., su vida y su fortuna no estaban seguras si permanecía en la provincia entrerriana”.
Carta de Rosas a Urquiza, citada por José Luis Busaniche en “Juan Manuel de Rosas” 


La relación política de Sarmiento y Urquiza fue larga, despareja y encontrada. Sarmiento estuvo, según lo demandaran las circunstancias, con Urquiza y contra Urquiza.

Estuvo con Urquiza cuando se incorpora a la campaña del Ejército Grande que finaliza en Caseros con el derrocamiento de Rosas (1852). Sarmiento entró a Buenos Aires como boletinero del ejercito de Urquiza con grado de oficial. Durante la campaña se encontraron en un par de oportunidades donde comprobaron las profundas diferencias que ambos tenían. Urquiza lo humilla al obligarlo a ponerse el cintillo punzó, la divisa federal. Sarmiento lo desprecia y lo considera como uno de los tantos otros caudillos, “bárbaro, atrasado y salvaje”.

La relación de ambos está rota después de Caseros. A Urquiza le ha chocado la petulancia de Sarmiento. Y el caudillo le ha hecho al vanidoso Sarmiento las siguientes ofensas: no le ha dado el cargo en el Ejército que ambicionaba de jefe del Estado Mayor, no le ha escuchado sus consejos tácticos ni políticos; no ha demostrado confiar en su supuesto talento, le cuestiona sus escritos sobre la marcha del Ejercito Grande y los partes del boletín oficial y lo peor de todo, no le ha dicho ni una palabra sobre sus libros. El feroz resentimiento que le provoca la indiferencia del entrerriano le hacen verle “peor” que a Don Juan Manuel. Frustrado y enfurecido Sarmiento por sus diferencias con el caudillo entrerriano y sumado a esto los conflictos que surgen entre Buenos Aires y Urquiza, retorna su “exilio” en Chile.

Desde Chile comienza una feroz campaña de injurias y calumnias contra Urquiza. Dísele al jefe entrerriano: “Su vida pública anterior requerirá la indulgencia de la historia. “La historia de Urquiza debe principiar en Caseros porque para atrás es negra, salpicada de sangre”. Lo agravia en lo personal recordando sus muchos hijos naturales. Le incluye entre los “vendidos verdugos” conque Rosas “esclavizó a las provincias”. Le acusa de haber degollado o fusilado después de las batallas. Y en Palermo, después de Caseros, de haber muerto a mas de cuatro mil quinientos prisioneros.

Luego, de vuelta de Chile y pocos días después de Pavón (1861), Sarmiento le escribe a Mitre felicitándolo. La carta es un documento de formidable valor histórico, que entre otras cosas dice: “No deje cicatrizar la herida de Pavón, Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca”.

Pero han pasado los años, Sarmiento es ahora Presidente y necesita del caudillo federal, su antiguo enemigo, para neutralizar al mitrismo y fortalecer su menguado poder político. Decide entonces, hacer un  viaje a Entre Ríos. El periplo es organizado de manera teatral, casi circense. Se embarca el 17 de enero de 1870 en un buque de la armada al que bautizan con el ofensivo nombre de “Pavón”, espera llegar a Entre Ríos el 3 de febrero para festejar junto a Urquiza el aniversario de Caseros. Numerosos personajes lo acompañan, ministros, diplomáticos, el general Arredondo y el inglés Wheelwright forman la numerosa delegación. Incluso tres busques extranjeros siguen el “Pavón”, uno francés, otro español y otro italiano donde van ministros plenipotenciarios de esas naciones.

Llega por fin la delegación al puerto de Concepción del Uruguay, por entonces capital de Entre Ríos, donde todo el pueblo aguarda al Presidente. En el muelle, erguido y espectacular está Urquiza, el viejo caudillo le espera vestido de civil, se ha puesto el frac. Sarmiento desciende del “Pavón” y, ante la emoción unánime se produce la increíble escena: los viejos enemigos se abrazan. Luego, al observar Sarmiento una parada militar de la caballería entrerriana con el mismo uniforme que vestían en Caseros pronuncia una frase que será célebre: “Ahora sí que me siento Presidente de la República”.

Es el 3 de febrero de 1870, aniversario de la caída de Rosas. En San José, gigantesco y suntuoso palacio, por la noche se da una gran fiesta que impresiona a los visitantes. Hay baile y un gran banquete. Al brindar, Sarmiento, se atribuye el triunfo de Caseros. Urquiza ansioso de incorporarse a la nueva política de progreso y civilización acepta resignadamente el brindis jactancioso del ilustre visitante.

La visita concluye, Sarmiento vuelve a Buenos Aires. Transcurre cerca de un mes. Todo parece marchar viento en popa para Sarmiento: la guerra del Paraguay ha concluido, Mitre parece tranquilo y Urquiza domesticado. Apenas quedan en San Luis unas montoneras sublevadas por Santos Guayama, al que considera un simple bandido. Todo va bien para el Presidente hasta que el día 13 de abril recibe una noticia de Entre Ríos que lo deja estupefacto: El día 11 de abril, ha sido asesinado en su palacio de San José, Justo José de Urquiza.

2. El magnicidio: Hechos, alertas y lecturas

“Tengo el secreto, o más bien la causa de esos rumores, es, a mi juicio, el deseo de tantos hombres perdidos que hay en nuestra República y en la vecina (Uruguay) de ver desaparecer a V.E. de Entre Ríos para crear un caos que sirve siempre a las malas aspiraciones”.
Carta de Vélez Sarsfield a Urquiza, Marzo de 1869.

“Jamás Sarmiento tendrá fotografía de la fisonomía de su alma, mejor que su proyecto de ley en que ofrece veinte mil libras esterlinas al asesino de López Jordán. Esa es la moral del que hizo una guerra a ese mismo López Jordán en nombre de la moral: dar primas esplendidas y solemnes al asesino y al asesinato”.
Juan B. Alberdi, “Escritos Póstumos”


Los hechos del 11 de Abril

A principios de abril había estallado la revolución jordanista en distintos lugares de la provincia y, aunque no está probado que entrara en el plan revolucionario la muerte de Urquiza, su residencia es asaltada y él es asesinado por una partida que obedecía políticamente a López Jordán.

Es preciso que nos detengamos en el análisis de esos sucesos para ver como la historia oficial ha falsificado los hechos endilgándole la culpa del asesinato a López Jordán.

Los hechos acaecidos son muy confusos, hay diversas y contradictorias versiones interesadas, pero en verdad, el único documento cierto que existe sobre la forma en que se produjo la muerte de Urquiza, quiénes fueron sus autores materiales y quiénes los mentores ideológicos del atentado, son las declaraciones que aportó el capitán José María Mosqueira, único detenido y procesado por los hechos.(1)

Según lo expresado por el mencionado Mosqueira en el juicio, los hechos ocurrieron de la siguiente manera: La conspiración comienza en la estancia de Arroyo Grande, cerca de Concordia. A dicho lugar concurre el joven estanciero de Gualeguaychú, José Mosqueira para ofrecerle sus servicios a López Jordán en el movimiento revolucionario que éste prepara para derrocar al gobernador Urquiza. El plan queda acordado. El lugar de encuentro de los conjurados será en la misma estancia, el 9 de abril.

Treinta hombres al mando del mayor Robustiano Vera y José Mosqueira partieron desde Arroyo Grande rumbo al establecimiento San Pedro, propiedad de Urquiza, a los efectos de ponerse a las órdenes del Coronel Luengo que los esperaba con veinte hombres más.

Las órdenes recibidas, según cuenta Mosqueira en las actas del juicio, eran las de apresar a Urquiza, respetarle la vida al gobernador y a su familia y llevarlo a la presencia del jefe revolucionario. La partida la formaban entre otros, además de los mencionados, Ambrosio Luna, Pedro Aramburu, Juan Pirán, Facundo Teco, Agustín Minué, Mateo Cantero y Nicomedes Coronel, este último era mayordomo de la estancia San Pedro. Un dato interesante: de todos los hombres de la partida sólo Mosqueira era entrerriano. La mayoría de ellos eran federales correntinos y orientales exiliados. Simón Luengo, el jefe de la partida, era un caudillo federal cordobés de cierta relevancia que había sido derrotado en su provincia natal y vivía en Entre Ríos protegido por Urquiza.

Al caer la tarde de ese fatídico lunes de 1870, según los testimonios, a las 19.30 hs., el gobernador se encontraba en la galería delantera de su residencia conversando con uno de sus ministros y escuchó sorprendido la llegada de un tropel de jinetes que habían entrado por la puerta trasera del Palacio San José al grito de ¡Muera Urquiza! y dando vivas a López Jordán. El gobernador se dirigió a una de sus habitaciones extrayendo un rifle y disparando contra la partida. Lo que ocurre a partir de ese momento es confuso y no lo aclara Mosqueira en el proceso. No se sabe si Luengo alcanzó a darle la orden de rendición a Urquiza o algún hombre de la partida disparó desobedeciendo la orden contra el caudillo que cae alcanzado por un tiro en la cara. También es un enigma quién lo “despenó” con cinco puñaladas en el pecho. (2)

Lo que sí está claro es que la muerte de Urquiza no fue ordenada por López Jordán, ni estaba en los propósitos de los revolucionarios. La consideraban una muerte inútil. Y, para completar la intriga de esta historia, el mismo día, con algunas horas de diferencia, como en una secuencia del cine de Francis Ford Cóppola, son asesinados en Concordia, también en circunstancias equívocas dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino.

La reacción de Sarmiento

Cuando el Presidente Sarmiento recibe la noticia en Buenos Aires de la muerte de su flamante aliado lo invade un furor apocalíptico (¿actuación?). Los primeros informes le indican que parece que los matadores obedecían a una orden de López Jordán.

Domingo Faustino Sarmiento. 

Enfurecido y apurado Sarmiento promete vengar al muerto y aniquilar al presunto asesino. Dispone que el homicida es López Jordán, le imputa el crimen porque políticamente le conviene. Sarmiento sabe bien que López Jordán es ahora su nuevo enemigo, es el hombre que le impidió a Urquiza enviar las tropas a Paraguay en el desbande de Basualdo. Sabe de la prédica que López Jordán tiene en el pueblo entrerriano y de su popularidad. Teme Sarmiento una revuelta federal generalizada.

Por razones políticas, sin averiguar los pormenores del caso, le imputa a López Jordán el homicidio que la historia oficial repetirá incansablemente. Pero, lo cierto es que el asesinato de Urquiza es un crimen impune, uno de los tantos que la historia oficial oculta.

¿Quien fue?

¿Entonces, si no hubo orden de matar a Urquiza por parte de los revolucionarios, como fue el desenlace de la tragedia de San José? ¿Cómo y por qué ocurrieron los hechos? 

Dentro del conjunto de historiadores que han tratado de develar la incertidumbre del hecho, Fermín Chávez, en su voluminoso y documentado libro “Vida y muerte de López Jordán” conjetura tres probabilidades: a) Que los jefes de la revolución jordanista autorizaron la ejecución de Urquiza; b) Que Luengo, la resolvió sobre la marcha; c) O que la resistencia armada de Urquiza dió ocasión a su muerte.

Ahora bien, ninguna de estas hipótesis puede ser probada... Son especulaciones. De hecho, nada ha podido ser probado fehacientemente. Vale entonces, a ciento cincuenta años de lo ocurrido, hacerse una clásica pregunta de invariable lógica policial: ¿A quién le convino el crimen? ¿Quién fue políticamente beneficiado por el asesinato? La respuesta que surge inmediatamente es: Sarmiento.

Por un lado quedó eliminado Urquiza del cual Sarmiento desconfiaba no obstante la visita reconciliatoria que le había hecho al “Señor de San José”. Y, por otro lado, el crimen, le da la oportunidad de intervenir e invadir militarmente Entre Ríos, último bastión del federalismo, para perseguir hasta aniquilar a Ricardo López Jordán que asomaba como un referente nacional de la causa federal. Aprovecha la coyuntura para poner en práctica el nefasto consejo que años antes le había dado a Mitre: “no ahorre sangre de gaucho” y abonará la tierra entrerriana con la sangre de las últimas montoneras sublevadas contra el atropello de Buenos Aires.

La premonición de José Hernández

José Hernández, el autor del Martin Fierro, es uno de los grandes intelectuales del campo nacional. Su obra constituye uno de los pilares sobre los cuales se construye la cultura argentina de los últimos 150 años. Él y su obra fueron un anti facundo, un anti Sarmiento.

Si bien fue pública su filiación jordanista y conocidas sus palabras en torno a Urquiza y su muerte (3), en su obra se encuentra un texto que advierte, como lo haría una pitonisa, la posibilidad de una tragedia como la acontecida el 11 de Abril de 1870.

Militante político y periodista, Hernández funda en nuestra ciudad, Paraná, en el año 1863 el periódico “El Argentino”. Prensa federal y anti porteña, desde allí publicó sus notas sobre el Chacho, una muerte confiesa de Sarmiento. Las notas luego fueron editadas como un folleto titulado “Rasgos Biográficos del General Ángel Vicente Peñaloza”, que llegará a nuestros días como “Vida del Chacho” de José Hernández. Este trabajo tiene un prefacio de carácter premonitorio que traza un vínculo directo entre Sarmiento y los unitarios con la muerte de Urquiza: “Los salvajes unitarios están de fiesta. Celebran en estos momentos la muerte de uno de los caudillos más prestigiosos, más generosos y valientes que ha tenido la República Argentina. El partido Federal tiene un nuevo mártir. El partido Unitario tiene un crimen más que escribir en la página de sus horrendos crímenes… El partido que invoca la ilustración, la decencia, el progreso, acaba con sus enemigos cociéndolos a puñaladas…

El partido unitario es lógico con sus antecedentes de sangre… ¡Maldito sea!... La Sangre de Peñaloza clama venganza… No lo hará el general Urquiza. Puede esquivar si quiere a la lucha su responsabilidad personal, entregándose como inofensivo cordero al puñal de los asesinos, que espían el momento el golpe de muerte; pero no puede impedir que la venganza se cumpla, pero no puede continuar por más tiempo el torrente de indignación que se escapa del corazón de los pueblos…

Cada palpitación de rabia del partido unitario, es una víctima más inmolada a su furor. Y el partido unitario es insaciable…

La historia de sus crímenes no está completa. El general Urquiza vive aun, y le General Urquiza tiene que pagar su tributo de sangre a la ferocidad unitaria, tiene también que caer bajo el puñal de los asesinos unitarios como todos los próceres del partido federal… Tiemble ya el general Urquiza que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre a de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido Unitario…

José Hernández.
Lea el general Urquiza la historia sangrienta de nuestros últimos días; recuerde a sus amigos, Benavidez, Virasoro, Peñaloza sacrificados bárbaramente por el puñal unitario; recuerde los asesinos del progreso, que desde 1852 lo vienen acechando… No se haga ilusiones el general Urquiza… Recorra la fila de sus amigos y vea cuantos claros ha abierto en ellas el puñal de los asesinos. Así se produce el aislamiento, así se produce la soledad en que lo van colocando para acabar con el sin peligro. Amigos como Benavidez, como Virasoro, como Peñaloza no se recuperan, general Urquiza…

No se haga ilusiones el general Urquiza; el puñal que acaba de cortar el cuello del general Peñaloza, bajo la infame traición de los unitarios, en momentos de proponerle paz, es el mismo que se prepara para él en medio de las caricias y de los halagos que le prodigan traidoramente los asesinos…

¡En guardia general Urquiza! El puñal está levantado, el plan de asesinaros preconcebido; la mano que descargue el golpe la comprara el partido unitario  con el oro que arrebata al sudor de los pueblos que esclaviza…”

Este texto, critico también con el Urquiza posterior a Pavón, era una luz roja de alerta para el entrerriano. Con un carácter premonitorio y preciso se señala hasta el lugar donde moriría el gobernador. También marca, en forma clara, que la pasividad del caudillo entrerriano ante el asesinato del Chacho Peñaloza, instrumentado y pensado por Sarmiento no solo fue una claudicación política, fue también un golpe directo contra su propia fortaleza.

Años después del texto citado, José Hernández, desde otro periódico militante, “El Eco de Corrientes” escribía contra la candidatura presidencial de Sarmiento: “Somos opositores a la candidatura de Sarmiento porque somos Nacionalistas, hemos formado siempre en las filas del partido federal separado de la escena pública desde la Batalla de Pavón, y sin traicionar nuestra fe política no podríamos simpatizar con Sarmiento para quien la federación es una bestia negra, con él que ha proclamado siempre el unitarismo… porque reputamos su candidatura como candidatura de amenaza, como una espada desnuda sobre el cuello del partido federal..”

Ya en el ocaso de su carrera política, Sarmiento sigue siendo blanco de las balas de prensa de José Hernández. En una nota del año 1875, publicada en el periódico “La Libertad” de Buenos Aires, que reproducía una carta abierta del autor del Martin Fierro dirigida al asesino de Peñaloza se puede leer: “Al termino de esas luchas hemos llegado cada uno con la historia de nuestros propios hechos… Pero por violento que haya sido el tono de mis escritos en la prensa periódica en los momentos terribles de la lucha, ni lágrimas, ni sangre se ha derramado por mi culpa, y ni viudas, ni huérfanos, han de maldecirme. Y Ud. señor Sarmiento, ¿podrá decir lo mismo? El país entero sabe que no…” (4)

La lógica deductiva de Alberdi

Juan Bautista Alberdi.
Juan Bautista Alberdi, el más lucido pensador del siglo XIX, es un hombre a cuyo pensamiento lo han partido en dos. Reivindicado por el liberalismo porteño en su etapa antirrosista juvenil, fue condenado al ostracismo por los vencedores de Caseros y Pavón, y toda su obra madura fue declarada como un crimen de lesa patria. No es llamativo que nuestros contemporáneos conozcan sólo una parte muy pequeña de su obra. Fermín Chávez sostiene que: “Quien se tome la tarea de leer las Obras Completas y los Escritos Póstumos del ilustre tucumano, advertirá inmediatamente que in ochenta por ciento de sus escritos es antisarmientista y antimitrista, y además, que sus dos libros clásicos (Las bases y El crimen de la guerra) no son tales sino en la medida en que significan una parcialización efectuada ex prosefo, con fines escolares, por quienes han mantenido hasta hoy el monopolio de nuestra cultura” (Fermín Chávez, “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina”)(5).

Con los “Escritos Póstumos” de Alberdi, magna obra confinada al olvido por la historia oficial, se puede reconstruir un rompecabezas, a través de diferentes textos, que nos brinda las supuestas razones y los autores de los hechos del 11 de Abril y sus consecuencias inmediatas y mediatas.

Para Alberdi la clave de los hechos radica en la trascendencia nacional de Entre Ríos. Los móviles de este proceso residirían en la búsqueda de la supresión política de nuestra provincia. Así lo afirma cuando escribe: “Ningún presidente argentino puede existir sin el apoyo de Entre Ríos. Es la verdadera capital geográfica de lo que se llama gobierno nacional argentino, aunque este resida en Buenos Aires. No es Urquiza el que le da ese rol, sino la geografía. Lo tuvo antes Urquiza, lo tendrá después de él. Urquiza debe lo que es al poder que su provincia debe a su situación geográfica. Entre Ríos es la cuña natural de Buenos Aires. La cuña para ser buena ha de ser del mismo palo; es decir, del mismo modo de ser litoral, pastoral, comercial, con la ventaja de estar fortificado por sus mismos límites naturales y estratégicos, y estar libre de indios pampas, polilla indestructible de la campaña de Buenos Aires, que está al lado de de un rio pero no entre dos ríos, que le den riqueza, defensa y poder…. Todo el que busca la nación se dirige a Entre Ríos, porque esta provincia la representa geográficamente, a causa de su identidad de interés, como entidad antagonista de la provincia de Buenos Aires, que pretende suplantarse a la nación en vez de confundirse con ella… La prueba es que los dos presidentes que se han llamado vencedores de Urquiza y de Entre Rios no han podido presidir a la nación sin tener la venia de Entre Ríos. ¿Por qué? Porque Entre Ríos representa mejor la nación que Buenos Aires. (Escritos Póstumos, Tomo IX, página 266-7)”. (6)

Esta idea de la envergadura económica y política de Entre Ríos se debe complementar con un leitmotiv de los “Escritos” alberdianos: La Guerra del Paraguay. Para el tucumano, la Guerra del Paraguay y la invasión a Entre Ríos son etapas de un mismo proceso en el cual Buenos Aires, instrumentando una política imperialista, aniquila a sus dos grandes antagonistas. Después de la muerte de Urquiza y cuando Sarmiento se dispone a invadir Entre Ríos, Alberdi escribe: “Los que dicen que van a vengar a Urquiza no van más que a arruinar Entre Ríos, en el nombre de la moral aparentemente, pero en realidad en nombre del egoísmo, pésimamente entendido, de Buenos Aires y el Brasil. Entre Ríos y sus progresos eran un fantasma aterrador para Buenos Aires, como sucedía con el Paraguay cuando ese país se llenaba de vapores, ferrocarriles, telégrafos, arsenales, etc., etcétera. El pretexto moral de vengar a Urquiza, es decir, a su mayor enemigo, sirve al fin verdadero, que es arrasar al Entre Ríos, es decir, el emulo temido en la guerra del progreso material, el pueblo que abrió los afluentes del Plata. Hacer una guerra civil para castigar un asesinato es querer remediar un crimen por otro crimen mayor: un solo asesinato por diez mil asesinatos. Si los aliados no son autores del uno, lo son al menos del otro; si no lo son del asesinato individual, lo son de la guerra civil, es decir, del asesinato en masa. Y la muerte de Urquiza sirve tan bien a sus vecinos que hasta podría dárselos muy bien por sus autores. (E.P., Tomo VII, página 293)”. Se puede percibir que en esta frase, Alberdi sugiere que Sarmiento puede bien ser quien mató a Urquiza.

Alberdi señala una participación y un interés concreto de Sarmiento y el poder político de Buenos Aires en la muerte del gobernador entrerriano. También traza la vinculación entre el genocidio del pueblo paraguayo y el aniquilamiento de la montonera federal de López Jordán. El tucumano solidifica esta teoría cuando, dudando de la casualidad, afirma que: “…No bien terminada esa contienda (La Guerra del Paraguay) el gobierno de Sarmiento emprendió las dos guerras casi consecutivas de Entre Ríos que costaron a la nación vente millones de duros y ocho o diez mil vidas de argentinos… La mano de la casualidad sirvió a la mira de ese corolario de la Guerra del Paraguay con un discernimiento que la hubiera hecho sospechar consciente de lo que hacía. López (Solano) pereció asesinado (según el código americano de la guerra moderna) el 1º de Marzo de 1870, y Urquiza a los cuarenta días, el 11 de abril del mismo año. Tomó la persecución del castigo de este último crimen, en nombre de la moral, el mismo que había preparado indirectamente por centenares de escritos personales contra Urquiza, en que enseñó la doctrina de la supresión de los caudillos. La rica y gloriosa provincia de Entre Ríos preconizada en Argirópolis fue arrasada por dos campañas sangrientas, en nombre de la moral que condena el asesinato, como fue arrasado el Paraguay en nombre del honor nacional argentino y de la libertad de los paraguayos. Era la táctica hipócrita de la vieja política que cubre sus intereses en mira con principios abstractos de moral política. El gobierno de Sarmiento no destruyó la provincia argentina de Entre Ríos sino para servir los intereses mismos en vista de los cuales fue destruido el Paraguay”. (E. P., Tomo XI, páginas 318-9).

Profundiza este análisis otro párrafo, en donde explayándose sobre la relación entre Sarmiento y Urquiza y la Guerra del Paraguay, sostiene que la relación entre el presidente y el gobernador entrerriano “puede tener más bien por objeto calmar y desarmar a Urquiza, para sacrificarlo después que a López” (E.P., Tomo IX, página 286) o cuando afirma que: “Se agarra de Urquiza como se agarraría de la pata del diablo por no ahogarse, salvo ahogar al diablo más tarde” (E.P., Tomo XI, página 254).

A las razones políticas antes mencionas, Alberdi agrega motivaciones vinculadas con negociados financieros. En distintos pasajes de los “Escritos” habla sobre la deuda externa creciente, la pelea por empréstitos y su “manejo” político como una cuestión determinante de las grandes decisiones políticas argentinas. En un párrafo en particular, traza un sugestivo paralelismo entre la muerte de Urquiza y la de Facundo Quiroga, en la cual alude a la responsabilidad de Sarmiento en la muerte del entrerriano: “En el mismo año de 1870, en que Urquiza dejó de levantar el empréstito entrerriano, por su muerte, Buenos Aires levantó el suyo de 5 millones de pesos. Los hombres a quienes Urquiza había encargado de ese empréstito en Londres, eran agentes secretos de Buenos Aires y del Brasil. (Histórico). Es la lógica de los hechos la que acusa de la muerte de Urquiza a los que están procesando a López Jordán por el crimen que Buenos Aires hizo expiar a los Reinafés (verdaderas víctimas de su bisoñes) en la plaza de la Victoria. Así, no los excusa de la muerte de Urquiza el que castiguen a López Jordán, pues también los Reinafés, gobernadores de Córdoba, instrumentos de la muerte de Quiroga, fueron fusilados en Buenos Aires por el gobernador Rosas, que, según Valera, Indarte, Sarmiento, Alsina, etc., fue el autor mediato pero real de la muerte de Quiroga. (E.P., Tomo X, página 35)”. Volviendo sobre los pasos de Sarmiento, Alberdi acusa ahora al presidente de los mismos hechos que él acusaba a Rosas.    

En cuanto a la autoría material e ideológica del crimen de Urquiza, Alberdi fertiliza la hipótesis de que Sarmiento sería el responsable de todo lo ocurrido. Lo denuncia metafóricamente cuando escribe que: “Mató a Urquiza el que mató el honor, el nombre y el crédito y valor moral de Urquiza. Fue matador de Urquiza el que lo demostró en cien escritos, por diez años, que era todo y el solo mal de la patria; que era un monstruo de inmoralidad y de tiranía, indigno de vivir. En una palabra, mató a Urquiza el que lo condenó a muerte, a la muerte violenta que tuvo, y esa sentencia lleva el nombre de Sarmiento y está refrendada por el nombre de Mitre; así como Sarmiento refrendó la sentencia de muerte contra López del Paraguay...”. En éste pasaje, Alberdi le imputa a Sarmiento una responsabilidad moral e indirecta con respecto al atentado. Pero va más allá, en el mismo texto ahonda sobre la posible responsabilidad directa que Sarmiento habría tenido cuando afirma: “Todos los conflictos que forman las crisis del Plata en 1873 son resultados episódicos, efectos directos, obras perfectas de las presidencias de Mitre y Sarmiento. La actual cuestión del Paraguay viene de Mitre, que fue el creador de esa cuestión, no resuelta no terminada todavía. La cuestión de Entre Ríos, viene de la presidencia de Sarmiento, que mandó la guerra innecesariamente contra López Jordán, después de ser él mismo quién mató a Urquiza, con más probabilidad que Jordán. De Jordán sólo sabemos que fue acusado de esa muerte porque aceptó la revolución contra Urquiza; pero de Sarmiento todo el mundo conoce la obra contra la vida de Urquiza. (E.P., Tomo VII, pagina 304)”.

Razonamientos como estos se encuentran diseminados por los distintos rincones de los “Escritos” alberidanos. A los fines de este breve ensayo sólo he seleccionado algunos para reconstruir el análisis de Alberdi, que pone en el centro del proceso, que va desde la tragedia del 11 de Abril de 1870 a la eliminación de la montonera jordanista, la cuestión política nacional.

Alberdi, a través de sus textos, afirma que este proceso tenía como finalidad principal la de eliminar políticamente a Entre Ríos, y a sus hombres federales, del escenario nacional. Se lo hizo para allanar el camino a la política del puerto de Buenos Aires y terminar definitivamente con la única posibilidad latente de construir una patria auténticamente federal. Los negocios externos, la deuda pública, el comercio exterior y el orden político interno fueron los móviles de la tragedia. Con la guerra y la muerte, al igual que como hicieron con el Chacho y Solano López, Mitre, Sarmiento y cia. remataron a sus opositores políticos.

La reacción y el análisis de Juan Manuel de Rosas ante el asesinato de Urquiza

Juan Manuel de Rosas estaba en su exilio en Southampton cuando ocurrió la muerte de Urquiza. Josefa “Pepita” Gómez (7), recordada como la “embajadora de Rosas” en Buenos Aires, le escribe al ex gobernador de Buenos Aires el 19 de mayo de 1870 para poner al tanto al Restaurador de las noticias. Su carta comienza con una sentenciosa conclusión histórica:

Estaba en la estancia cuando recibí el 15 del pasado abril la terrible noticia del asesinato de nuestro amigo el general Urquiza; juzgue usted mi impresión como mujer leal en la amistas que había extirpado en mi corazón todo otro sentimiento que no fuera sincero para ese hombre, pero, vuelta de mi sorpresa como mujer patriota y de partido, no pude menos como ahora digo a Usted que exclamar: ¡la justicia de Dios se ha cumplido! Los traidores y parricidas tienen que morir trágicamente. No siempre se puede jugar impunemente con la vida de los pueblos y de los hombres, sin que estos se levanten protestando contra el traidor vendido al extranjero”.

Sobre el contexto político agrega en su carta:

“El Gobierno Nacional Sarmiento, quienes ven en López Jordán hasta cierto punto y no sin razón temen la reacción pues Jordán es un verdadero federal muy prestigioso en su provincia y fuera de ella. Si fuese un hombre de ellos batirían palmas por la muerte de Urquiza, como las batieron cuando don Juan Lavalle, fusiló de su orden al benemérito coronel Dorrego, por cuyo crimen y asesinato de todo principio fue proclamado gobernador de la provincia de Buenos Aires que elevó tan alto la bandera argentina pidiendo a los pueblos el castigo de hecho tan sangriento por el que ha corrido y corre la sangre de hermanos por más de 40 años, cuya destrucción miran con placer los poderes europeos, y más la vanguardia avanzada del imperio del Brasil…”.

Ante las noticias y las cartas que recibe con relatos de los hechos del Palacio San José, ¿cómo reacciona Rosas? De las muchas respuestas de Rosas ante estos hechos entiendo que la carta que remitió a Federico Terrero el 5 de junio del 1870 es, quizá, la más esclarecedora de todas. Haré un breve análisis de los párrafos más relevantes de ella:

“…Ninguna persona que haya seguido estudiando en la práctica, la historia de las repúblicas del plata, ha debido extrañar el desgraciado fin de su Excelencia el señor capitán general Urquiza. Por el contrario, lo admirable e inaudito es, su permanencia en el poder, por grado siempre bajando, a virtud de sus hechos contrarios a su crédito, a sus amigos políticos, y favorables a sus enemigos… En mi larga carta, después de esa batalla le dije que habiendo él mismo cometido el gravísimo error, después del triunfo, de pasar todo su poder a sus enemigos, con funesto perjuicio a los que seguían de buena fe su política; su vida y su fortuna, no estaban seguras, si permanecía en la provincia entrerriana… Últimamente, poco antes de la triste noticia de su asesinato, le escribí, por complacerlo, dándole consejos implícitos en orden a su testamento, para prevenir después de su muerte, desgracias a su buena compañera y a sus hijos…”

En la primera parte de la misiva, Rosas indica que en una carta que remitió a Urquiza, luego de la Batalla de Pavón, le advirtió sobre la amenaza que se cernía sobre su persona cuando entregó el poder político e institucional a Mitre y los unitarios porteños, y la necesidad de tomar medidas al respecto, abandonando Entre Ríos incluso.

Luego Rosas resalta la improcedencia de la intervención federal contra López Jordán como consecuencias de estos episodios:

“…En una república de estados federales, el gobierno general no puede intervenir con fuerza armada en algún hecho de armas, puramente interno, en algunas de las provincias, o estados federados… Y si es, como se dice, que la gran mayoría de la provincia entrerriana está en armas para sostener la aprobación que ha dado, a ese asesinato de su gobernador, cuya persona consideraban ya peligrosa, en y fuera de ella, es en tal caso un hecho y alarma, puramente internos”.

Posteriormente, recurriendo al frecuente recurso de hablar de si mismo en tercera persona, frecuente en su correspondencia, Rosas da cuenta de lo que Urquiza le expresaba al mismo Rosas respecto a su caída y el rol que tuvo, remarcando lo arrepentido que estaba de su participación en este proceso y la premonición del propio Urquiza de ser asesinado por los mismos enemigos de Rosas, Mitre, Sarmiento y cía. Y lo expresaba en los siguientes términos:

“…Su E. el Señor Capitán General Urquiza lo ha usado con frecuencia al hablar del descenso del general Rosas…“Toda mi vida, decía (se refiere a que Urquiza decía), me atormentará constantemente, el recuerdo del inaudito crimen que cometí, al cooperar, en el modo como lo hice, a la caída del general Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores, he colocado en el poder”.

“Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo”, le manifestaba Urquiza a Rosas. El “arrepentimiento” de Urquiza era un comentario que con frecuencia hacía el entrerriano y que encuentra muchos fedatarios en la historia argentina. Ya en 1852 Urquiza manifestó: “Hay sólo un hombre para gobernar la Nación Argentina, y es Don Juan Manuel. Yo estoy preparado para rogarle que vuelva aquí”(8).

Volviendo a la carta, por último, ensaya Juan Manuel de Rosas una explicación sobre los motivos de la persistencia del error de Urquiza de confiar en los unitarios porteños, aventurando una explicación que encuentra razones en lo mas simple y complejo de la naturaleza humana. Sobre esto se expide, por último, con estas ideas y deseos:

“¿Por qué entonces continuaba sus errores y seguía su marcha pública por caminos tan peligrosos y extraviados? Porque así es el hombre en su caso, circunstancias y opulencias en la engañosa condición de su veloz carrera. Estamos bien de acuerdo en todas tus consideraciones relativas. Y pienso también, lo mismo, cuando dices que las complicaciones que vendrán serán serias y que lo peor de todo son las maniobras del gabinete brasileño. Que Dios ilumine la marcha pública de los primeros hombres de esas repúblicas y tenga piedad de todos son los votos de tu agradecido amigo”.

3. Conclusiones

“Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la prédica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad… En este episodio el oficialismo metropolitano vuelve a administrar justicia a su gusto y paladar…En la lucha rencorosa, sin cuartel, de acciones violentas, Sarmiento venció, al final, a López Jordán y no solo dictó sentencia en las acusaciones que él solo hizo, sino que las impuso… La versión oficial que ha llegado hasta nosotros es consecuencia de esa disciplina”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán


No todo se puede ocultar o silenciar por siempre

La historia oficial está plagada de falsedades y omisiones maliciosamente consumadas. De hecho, las muertes poco claras que mencionamos al principio de este ensayo han sido instrumento de propaganda política del aparato cultural del sistema. Ya sea para encubrir o para culpar injustamente de un crimen a alguien, un asesinato, una muerte jamás constituyó un impedimento moral a la hora de escribir la historia acorde a los intereses de las clases dominantes. Si han asesinado que problema pueden tener en mentir sobre ello, o sobre quién y cómo.

Pero no todo se puede ocultar o silenciar eternamente. Los textos de José Hernández Juan Bautista Alberdi y Juan Manuel de Rosas, olvidados maliciosamente por la historiografía oficial, abren una ventana para tener una mirada distinta sobre el asesinato de Urquiza, magnicidio impune en la historia argentina. Existen otros historiadores y actores políticos de la época que llegan a conclusiones similares que esta, su estudio también podrá contribuir a echar luz sobre este oscuro episodio histórico.

A modo de conclusión, lo que queda claro hoy es que Ricardo López Jordán no mandó a matar a Urquiza, esto está fehacientemente comprobado. ¿Quién fue entonces el mentor del atentado? ¿Fue un accidente? ¿Una consecuencia indeseada por la resistencia armada que el propio Urquiza opuso a sus captores? ¿Una venganza de los viejos federales decepcionados por las vacilaciones de Urquiza? ¿Una represalia por la “retirada” de Pavón? ¿Un crimen ejecutado por los liberales porteños como lo presagió José Hernández? ¿Que relaciones y que consecuencias tuvo con el atentado el viaje presidencial de Sarmiento a San José?  No hay certezas y el lector tendrá que remediar la falta de pruebas con sus propias conjeturas.


Notas

1. José Adolfo La Rosa publica, en el año 2003, un libro titulado “Él no mató a Urquiza”. En la obra reivindica la figura de Mosqueira, antepasado del autor del libro. La Rosa, basado en las actas judiciales demuestra que Mosqueira no es el autor material del homicidio sino que fue un chivo expiatorio.  El mencionado Mosqueira es sobreseído en la causa y según el autor muere en extrañas circunstancias, ¿envenenado? en Gualeguaychú en 1874.

2. De toda la bibliografía y documental consultada surge que el tiro que recibe Urquiza en la cara no es mortal. El tiro habría sido disparado por un tal Pardo Luna. Pero el autor material de la muerte de Urquiza fue quien infirió las puñaladas y según las declaraciones y acorde a los testigos lo sindican al cuchillero oriental Nicomedes Coronel.

3. Quienes pretenden reforzar la tesis oficial que adjudica la muerte Urquiza a una orden de López Jordán suelen abonar sus teorías con una cita de José Hernández: “Urquiza era el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el Jefe Traidor del Gran Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido, debía por lo tanto iniciarse por un acto de moral política, como era el justo castigo del Jefe Traidor”. Independientemente del análisis del resto de la obra periodística y política de José Hernández que no viene al punto de este ensayo, pero a los fines de relativizar esta idea me parece oportuno mencionar que esta no es una nota de un diario ni un carta abierta, proclama ni un texto de carácter público de los tantos que escribió José Hernández en su vida. Al contrario, es una carta privada anónima, que ni si quiera lleva su firma, que llega a manos de López Jordán por interpósita persona meses después de la tragedia del 11 de Abril cuando el autor del Martin Fierro ni siquiera residía en Entre Ríos. Esto lo demuestra Aníbal S. Vásquez en “José Hernández en los entreveros jordanistas”, teoría que sigue Fermín Chávez en su “José Hernández. Periodista, Político y Poeta”. También considero apropiado mencionar que en ningún trayecto de la carta se menciona el hecho concreto del magnicidio entrerriano, ni mucho menos la autoría de López Jordán. Otra cuestión importante para traer a colación radica en el hecho de que la carta es una proclama federal, que insta López Jordán a encabezar una revolución nacional contra el gobierno de Sarmiento, es así que en otros pasajes del documento podemos leer: “El actual gobierno Nacional es arbitrario, despótico y timorato, porque no se apoya en la opinión de los pueblos, sino en las bayonetas de sus reducidos batallones”… “Ud. quiere la felicidad de Entre Ríos, su prosperidad, su progreso, su engrandecimiento moral y material… esta aspiración es noble y legitima de parte suya; pero no puede realizarse, sino armonizado su surte con las demás Provincias Argentinas, y haciendo que todas ellas participen de los mismos beneficios”… “Creo que sería posible robustecer el poder de la revolución de Entre Ríos, por la unión de los federales de todas las partes. No deje Ud. que su prestigio se menoscabe fuera de Entre Ríos. (Carta citada en “José Hernández en los entreveros jordanistas” de Aníbal S. Vásquez)”.    

4. Las dos citas periodísticas de José Hernández fueron extraídas del libro “Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80” de Eduardo Luis Duhalde, un excelente libro que narra y describe el rol de toda una generación política e intelectual que se enfrento al liberalismo porteño.

5. El historiador entrerriano Fermín Chávez aborda de manera muy acabada la etapa madura de Alberdi. En distintos libros como el mencionado “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina” y “Alberdi y el Mitrismo” se puede encontrar un excelente panorama de la obra antimitrista y antisarmientina del pensador tucumano. 

6. La edición de los “Escritos Póstumos” es la de la Universidad Nacional de Quilmes, del año 2002.

7. Josefa Gómez (Pepa o Pepita Gómez) fue una colaboradora muy importante del Restaurado, entre muchas funciones que asumió, pasó a la historia como la “embajadora de Rosas” en Buenos Aires, un rol que cumplió sin tregua desde el comienzo del exilio inglés del ex –caudillo hasta su propia muerte en 1875.

8. Palabras pronunciadas por Urquiza el 1 de junio de 1852, en forma confidencial al Almirante inglés Gore, según consta en el informe de Gore a Malmsbury, citado por José María Rosa en “Historia Argentina”, Tomo 6, Pág. 34.


Bibliografía especial consultada:

Alberdi, Juan Bautista. “Escritos Póstumos”. Edit. Universidad Nacional de Quilmes. Bernal 2002.

Barreto Constantín, Ana María. “Muerte de Urquiza” Edit. Dunken. 2008.

Bosch, Beatriz. “Urquiza y su tiempo”. Eudeba. Buenos Aires 1971.

Chávez, Fermín. “Vida y muerte de López Jordán”. Editorial Teoría. Buenos Aires 1970.

Chávez, Fermín. “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina”. Edit. Los Coihues. Buenos Aires 1988.

Chávez, Fermín. “Vida del Chacho”. Ediciones Theoria. Buenos Aires. 1967.

Duhalde, Eduardo Luis. “Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80”. Editorial Punto Crítico. Buenos Aires. 2005.

Duarte, María Emilia. “Urquiza y López Jordán”. Editorial Platero. Buenos Aires. 1974.

Gálvez Manuel. “Vida de Sarmiento”. Editorial Thor. 1943.

Gianello, Leoncio. “Historia de Entre Ríos”. Ediciones de la Provincia. Paraná. 1951.

La Rosa, Jorge Adolfo. “Él no mató al General Urquiza”.

Newton, Jorge. “Ricardo López. Último caudillo en armas”. Editorial Plus Ultra. Buenos Aires. 1965.

Salduna, Bernardo. “La rebelión jordanista”. Editorial Dunken. Buenos Aires 2005.

Vásquez, Aníbal. “Caudillos entrerrianos. López Jordán”. Editorial Peuser. Rosario 1940.

Vásquez, Aníbal. “José Hernández en los entreveros jordanistas”. Editorial Nueva Impresora. Paraná 1953.

Ruiz Moreno, Leandro. “A 81 años de la tragedia del 11 de abril”.  Editorial Nueva Impresora. Paraná 1951.