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| Leopoldo Marechal. |
Para comprender la densidad de su obra poética cumbre, El
Heptamerón (1966), es necesario inscribir al autor en la categoría
histórica de "los malditos". Marechal es el intelectual polifacético
y prolífico que eligió poner su enorme talento al servicio de las causas
populares, despreocupado de los títulos y las glorias del establishment
cultural. Al hacerlo, se consolidó como el Anti-Borges: allí donde la
superestructura cultural liberal intelectualiza la disolución y el desarraigo,
el poeta peronista ofrece una poética de la tierra y del cielo, erigiendo la
versión literaria más acabada del pensamiento nacional sobre la patria. Esta
síntesis es inseparable de su profundo sentimiento cristiano: para Marechal,
la Revolución Nacional no es un mero cambio de estructuras materiales, sino una
gesta de encarnación espiritual donde la justicia social se vive como la
realización histórica del amor evangélico.
Raíces Biográficas y Políticas: El Itinerario de un
"Maldito"
El destino poético de Marechal se forja en una tensión
constante entre el pulso urbano y la revelación del paisaje interior. Nacido en
el barrio porteño de Almagro en 1900, el giro fundamental de su infancia ocurre
a los diez años, cuando viaja a Maipú invitado por sus tíos maternos. Allí
aprende a amar las tareas del campo, la vida sencilla y los tipos humanos que luego
inmortalizará en su obra; de hecho, los niños de la zona lo apodaban
"Buenos Aires", elemento que inspiraría el apellido de su emblemático
personaje Adán Buenosayres.
Tras estudiar magisterio y ejercer como docente, durante la
década del veinte Marechal integra el grupo vanguardista "Martín
Fierro" junto a figuras como Macedonio Fernández, Raúl Scalabrini
Ortiz y el propio Jorge Luis Borges, consagrándose rápidamente como uno de los
poetas más importantes de su generación. Su genio lírico era indiscutible;
incluso una obra posterior como El centauro (1941) le valió una
encendida carta de felicitación de Roberto Arlt, quien afirmó:"Poéticamente
sos lo más grande que tenemos en habla castellana".
Sin embargo, sus inquietudes políticas juveniles —que habían
tenido un paso por el socialismo— reverdecen ante la gran oleada popular de
1945, decidiendo adherir fervientemente al peronismo. Se convierte en el
afiliado Nº 46 de la "Comisión pro candidatura del general Perón",
una toma de posición que le costará el enojo y el distanciamiento definitivo de
la mayor parte de sus antiguos compañeros del mundo literario. Durante los años
del gobierno peronista, asume importantes cargos públicos —como Director
General de Cultura de la Nación y Director de Enseñanza Superior y Artística—
y publica en 1948 su obra cumbre en prosa, Adán Buenosayres, una
parodia genial de las hipocresías y snobismos de la intelligentzia local.
La respuesta del frente cultural oligárquico fue implacable:
un boicot sistemático y un hondo vacío crítico rodearon la novela. Con la
caída de Perón en 1955, Marechal ingresa en una dolorosa etapa de proscripción,
soledad y "ninguneo" intelectual, siendo objeto de calumnias infames
por parte de los "titiriteros de la superestructura cultural".
Marginado de librerías, conferencias y catálogos bibliográficos, mantiene desde
el "exilio de cabotaje" una activa correspondencia con el General
Perón y se compromete con la Resistencia, al punto de atribuírsele la
redacción de la proclama revolucionaria de los insurrectos del 9 de junio de
1956 comandados por el general Valle.
Este largo confinamiento creador recién se rompe a mediados
de la década del sesenta cuando vuelve a publicar. En 1966, ve la luz su
monumental Heptamerón, recibido por intelectuales como Ernesto Sábato
como un "insigne hito de la poética y la narrativa... un monumento
reservado al tiempo... invulnerable al insulto, la ironía, la envidia y el
silencio".
Sobre “La Patriótica” (Ver texto completo en anexo al final de la nota)
La Red de Afectos Combativos: La Dedicatoria a Castiñeira de Dios
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| El Heptamerón, primera edición (1966). En mi biblioteca. |
El Heptamerón (1966) (1) está estructurado como un extenso poema de siete cantos, concebidos simbólicamente como las jornadas de una creación o un itinerario místico. Fiel a la calidez comunitaria de su pensamiento, Marechal decide dedicar cada uno de estos cantos a sus grandes amigos y compañeros de trinchera cultural. Así, mientras "La Alegropeya" es consagrada a Fernando Demaría y "La Poética" a Rafael Squirru, el canto del "Segundo día", titulado propiamente "La Patriótica", lleva la dedicatoria formal:"A José María Castiñeira de Dios".
Esta dedicatoria no fue un mero gesto de cortesía
protocolar. Fue una decisión política y un acto de profunda significación. Castiñeira
de Dios, al igual que Marechal, encarnaba al poeta militante, comprometido con
el destino histórico del justicialismo y proscripto por el mismo régimen
liberal-oligárquico. Al ofrendarle "La Patriótica" —compuesta por
los fundamentales poemas "Descubrimiento de la Patria" y
"Didáctica de la Patria"—, Marechal sella un pacto de hermandad
lírica en el subsuelo de la patria sublevada. Es la poesía que se reconoce
a sí misma como custodia de la memoria popular frente al desierto de la
censura.
La Metafísica de la "Patria Niña", la Geometría
de la Cruz y el Cristianismo Encarnado
El armazón filosófico que Marechal despliega en estas
páginas es de una profunda raíz tomista y platónica, pero completamente
nacionalizada. Su cristianismo no es el de la piedad abstracta o el de los
altares de la oligarquía, sino un misticismo de la encarnación. Su primera
gran categoría es la de la Patria Niña. En "Descubrimiento de la
Patria", la nación no es un contrato jurídico cerrado ni un bronce
escolar, sino un ser en potencia pura:
"La
Patria era una niña de voz y pies desnudos. / Yo la vi talonear los caballos
frisones / en tiempo de labranza..."
"...Niña
y pintando el orbe de su infancia, / en su mano derecha reposa la del ángel / y
en su izquierda la mano tentadora del viento."
Esta concepción descentra la temporalidad del individuo y la
somete a la marcha de la historia. El militante y el poeta saben que su vida
biológica no coincide con la maduración de la comunidad. En la "Didáctica
de la Patria", el autor lo advierte con resignación metafísica:
"La
infancia de la Patria jugará todavía / más allá de tu muerte (yo lo aprendí
hace mucho). Ella es un año / inmenso que despunta en nosotros: ni tú ni yo
veremos la cara de su estío."
La resolución de este devenir se halla en la "celosa
geometría" de la Cruz, donde Marechal logra unificar el plano de la inmanencia
política con la trascendencia espiritual, definiéndose como "un
patriota de la tierra y un patriota del cielo". Un pueblo verdadero se
realiza trazando esa Cruz en su historia:
"La
Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo? Con la marcha / fogosa de sus
héroes abajo / (tal es la horizontal) / y la levitación de sus santos arriba /
(tal es la vertical de una cruz bien lograda)."
Aquí el sentimiento cristiano marechaliano se vuelve
profundamente político: la horizontal del héroe (la lucha por la soberanía y la
justicia abajo) queda trunca sin la vertical del santo (la elevación espiritual
arriba). Es la teología puesta al servicio de la liberación del pueblo.
Frente a la inmadurez de una patria que aún no consolida su destino colectivo,
Marechal propone un ethos del anonimato y la resistencia cotidiana:
"Tu
heroísmo ha de ser un caballo de granja, tu santidad una violeta gris."
Es la dignificación del trabajador y del militante anónimo,
los "pilares de un cimiento" que sostienen toda la gracia de la
arquitectura nacional.
La Ciudad de la Aritmética y el Sur de la Poesía
Desde la perspectiva formal, "La Patriótica"
utiliza un versículo libre de aliento bíblico y épico, pero saturado de
elementos telúricos (reseros, potrillos, las guitarras de setiembre, Maipú). El
conflicto estético central se plantea como una frontera insalvable entre la
urbe mercantilista y cosmopolita —la "Ciudad de la Yegua Tordilla"— y
el Sur de la revelación lírica.
Marechal fustiga la mirada de la burguesía porteña y de
la intelligentzia de la revista Sur (donde se encontraba Borges),
acusándolos de poseer una mirada mercantil que castra la dimensión mística del
suelo:
"(Los
hombres de mi estirpe no la vieron: / sus ojos de aritmética buscaban / el
tamaño y el peso de la fruta.)"
"...(No
la vieron los hombres de mi clan: / sus ojos verticales se perdían / en las cotizaciones
del Mercado de Lanas)."
Frente a estos "amontonadores de ladrillos" y
"abismados hombres de negocio", el lenguaje del poeta se alza como "un
cachorro del viento". Asimismo, el poema procesa la llegada del
inmigrante a través de los "apisonadores de adoquines" con "ojos
de ultramar". Este sujeto, inicialmente desraizado, que "masticaba
su pan y su cebolla" en la alienación mecánica del trabajo, es
integrado por el poeta, quien reconoce en su propia sangre una síntesis
histórica ("Una lanza española y un cordaje francés / riman este poema
de mi sangre") capaz de descubrir, finalmente, la inocencia y el dolor
de la patria en Maipú.
Los Versículos de Fuego
La potencia política de Leopoldo Marechal no irrumpe en su
poesía como un panfleto adosado a la fuerza; se despliega como una consecuencia
natural de su belleza formal. En la arquitectura lírica de "La
Patriótica", el lenguaje abandona el adorno burgués para transformarse en
sustancia histórica. Para Marechal, la palabra poética es un acto de
refundación ontológica de la comunidad organizada.
La Patria como Tragedia y Autodefensa: El Acero y el
Laurel
Frente a los "ensimismados arquitectos" y los
"frutales hombres de negocio" que pretenden construir una nación
sobre la base exclusiva de la ganancia material, el poeta opone una advertencia
dirigida directamente a los albañiles del porvenir:
“La Patria es un peligro
que florece.
Niña y tentada por su
hermoso viento,
necesario es vestirla con
metales de guerra
y calzarla de acero para el
baile
del laurel y la muerte”.
Este pasaje, extraído de "Descubrimiento de la
Patria", posee una gran densidad política. Marechal define a la nación
como un "peligro que florece". La patria no es una herencia
pacífica ni un territorio garantizado; su mera existencia autónoma es una
amenaza para el statu quo global y para las lógicas coloniales. Es una "niña", una entidad vulnerable, perpetuamente
"tentada por su hermoso viento", metáfora que bien puede aludir a las corrientes ideológicas extranjerizantes y a las promesas de sumisión que
acechan a los pueblos jóvenes.
La respuesta de Marechal ante esta intemperie histórica no
es el pacifismo genuflexo de la intelligentzia liberal, sino la
soberanía armada. Es "necesario vestirla con metales de guerra / y
calzarla de acero". La lírica marechaliana aquí adquiere un tono de
épica clásica: el acero y los metales no representan la violencia ciega, sino
la coraza institucional y popular indispensable para proteger el destino común.
El devenir de un pueblo soberano se juega en una danza dialéctica
irrenunciable: "el baile del laurel y la muerte". La gloria
popular (el laurel) exige estar dispuestos al sacrificio supremo frente a las
agresiones de la historia.
La Demolición de la Identidad Colonial: Contra el
"Dios Ganadero"
El reverso político de esta patria combatiente es la crítica
feroz a la Argentina pastoril, aquella que trocó su destino histórico por la
comodidad del matadero y la balanza comercial. En "Didáctica de la
Patria", la pluma de Marechal muerde con desprecio estético la herencia de
la Generación del 80:
“Nos enseñaron que la
Patria era no sé yo qué juicioso paraíso
de infalibles trigales y
vacas repetidas. Así engordamos junto a los grasientos
asadores y cerca de las
uvas pisadas.
Y dormimos en todas
las vigilias del hombre”.
La rima interna y el ritmo cansino del versículo imitan
irónicamente la modorra de un país sin horizontes. Marechal desarma la
pedagogía oficial que redujo el suelo patrio a un "juicioso paraíso"
de acumulación primaria. La consecuencia de este modelo económico y cultural
es el letargo espiritual: el pueblo "duerme en todas las vigilias",
despojado de su rol de actor histórico.
La contundencia política llega a su cenit pocas líneas
después, cuando define la complicidad civil y la abyección de las clases
dominantes durante los conflictos mundiales:
“...reíamos felices de
nuestra paz bovina:
quemábamos incienso a
nuestro dios
en figura de Shorthon;
y lo apedreábamos a veces
con la lluvia, en su
traición, enflaquecía los vacunos...”
La "paz bovina" es la categoría estética
con la que Marechal sepulta la pretensión civilizatoria del liberalismo
argentino. La sumisión al Imperio británico convirtió la cultura nacional en
una religión idólatra cuyo becerro de oro es el "dios en figura de
Shorthon" (la shorthorn es una raza vacuna originaria del Noreste
de Inglaterra; su nombre significa "cuerno corto" —short-horn—).
Mientras los hombres de su "clan" ignoraban la
patria porque sus ojos "se perdían en las cotizaciones del Mercado de
Lanas", el país oficial vendía "harinas y carnes
envasadas" en un conformismo zoológico que clausuraba cualquier
destino de grandeza. Frente a esto, la irrupción del peronismo exige abandonar
el cómodo equipaje de los "gordos terrestres" para
transformarse en "gordos celestes", es decir, sujetos
históricos movilizados por la justicia social y el bien común.
La Doctrina de las Dos Manos: Teología de la Conducción
Política
Para el pensamiento nacional, la política es una técnica de
conducción encaminada a la felicidad del pueblo. Marechal, traduciendo
líricamente los principios fundamentales del justicialismo, le ofrece a su
interlocutor, Josef, una lección indispensable sobre el ejercicio del poder en
la "Didáctica de la Patria":
“Recordarás, Josef, que tu
Padre de arriba
gobierna con dos manos:
con la mano de hiel de su
Rigor
y la mano de azúcar de su
Misericordia.
Si asumes el poder, usa las
dos,
ya la dura o la blanda,
según tu inteligencia.
Josef, el que gobierna con
una mano sola
tiene la imperfección de un
padre manco”.
Este pasaje es un pilar conceptual de la filosofía política
marechaliana. El gobernante no es un burócrata neutral ni un autócrata
desalmado; es un conductor que debe reflejar el orden armónico del cosmos
puesto al servicio del bien común.
El poder exige una dialéctica exacta: el rigor y la
misericordia. Gobernar con una sola mano —ya sea cayendo en la tiranía del
puro rigor o en la debilidad demagógica de la complacencia— es una mutilación
del arte político.
La conducción es, por lo tanto, una tarea de alta
precisión intelectual, política y moral, donde la firmeza en la defensa del
Estado (la mano de hiel) y la ternura hacia los humildes (la mano de azúcar)
deben operar de manera simultánea. Marechal advierte que todo gobernante ejerce
el poder por delegación de una "Bondad Primera"; quien lo
olvida es un tirano, aunque "regale sus fotografías / con muy dulces
autógrafos".
La Patria-Hija: La Responsabilidad Histórica del
Militante
Finalmente, el pasaje políticamente más desolador, pero a
la vez más revolucionario de "Descubrimiento de la Patria", subvierte
de raíz las metáforas tradicionales de la heráldica nacional:
“La Patria no ha de ser para
nosotros
una madre de pechos
reventones;
ni tampoco una hermana
paralela en el tiempo
de la flor y la fruta;
ni siquiera una novia que nos
pide la sangre
de un clavel o una herida.
La Patria no ha de ser para
nosotros
nada más que una hija y un
miedo inevitable,
y un dolor que se lleva en el
costado
sin palabra ni grito”.
La ruptura literaria con el romanticismo decimonónico es
absoluta. La patria no es una "madre" que nos alimenta
pasivamente, ni una "novia" a la que se le canta con lirismo
patriotero y superficial. Quizá Marechal, escribiendo desde la proscripción y
el cerco mediático que le impuso la dictadura militar posterior a 1955,
entiende que la Patria es una "hija".
Políticamente, esta inversión conceptual es revolucionaria. A
una madre se le debe obediencia; a una hija se le debe protección, futuro y
cuidado. La patria es una fragilidad que depende enteramente del compromiso
cívico y de la lucha del militante. Trae consigo un "miedo
inevitable" y un "dolor que se lleva en el costado", porque el
sujeto consciente sabe que el proyecto nacional popular puede ser derrotado o interrumpido por las fuerzas de la reacción.
Ese dolor subcutáneo, que se carga "sin palabra ni
grito", es el motor ético de la resistencia: la patria como una tarea
inconclusa que exige ser defendida con la vida para que su infancia juegue, finalmente,
más allá de nuestra propia muerte.
La Poesía del Pensamiento Nacional en su máxima expresión
Por su densidad metafísica, su violenta ruptura con el canon
estético cosmopolita y su rigurosa traducción poética de la doctrina justicialista,
"La Patriótica" de El Heptamerón constituye la versión
literaria y poética más acabada del pensamiento nacional sobre la patria.
Frente al escepticismo borgeano que diluye la nación en
laberintos verbales y bibliotecas extranjeras, Leopoldo Marechal ofrece la
verdad del barro caliente, el dolor del costado proscripto y la fe
inquebrantable en el destino histórico de la comunidad organizada.
Su genialidad poética radica en haber demostrado que la Patria es, en última instancia, una provincia de la tierra y del cielo, un misterio sagrado que solo se revela plenamente en la entrega absoluta a la redención de su pueblo.
Notas:
1. El Heptamerón. Lejos de ser una elección azarosa, este término —del griego hepta (siete) y hemera (día)— condensa una profunda trama poética, teológica y filosófica. Al titular su obra de este modo, Marechal inscribe deliberadamente su poética en una genealogía de obras monumentales de aliento universal: a) El Decamerón (diez días) de Giovanni Boccaccio en el siglo XIV, que inauguró la tradición renacentista de los ciclos de relatos distribuidos por jornadas; y b) El Heptamerón (siete días) de Margarita de Navarra en el siglo XVI, la gran réplica mística y cortesana al modelo de Boccaccio.
En la tradición platónica y cristiana, el siete representa la totalidad y la consumación de un ciclo: la síntesis perfecta entre lo espiritual (el tres) y lo terrenal (el cuatro, la extensión de los puntos cardinales que el autor invoca al hablar de la "bandera niña" de la patria). Este orden numérico organiza minuciosamente el universo moral de la obra. En "Didáctica de la Patria", por ejemplo, la radiografía que traza Marechal sobre las alienaciones coloniales del sujeto rioplatense se articula formalmente a través de la clasificación y combate de "los siete pecados capitales", situando bajo una rigurosa jerarquía de maldad a la Envidia y a la Gula en los primeros peldaños del examen ético.
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ANEXO: Textos de Leopoldo Marechal
I. Descubrimiento de la Patria
1
Dije yo en la ciudad de la Yegua Tordilla:
"La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo".
Los apisonadores de adoquines
me clavaron sus ojos de ultramar;
y luego devoraron su pan y su cebolla
y en seguida volvieron al ritmo del pisón.
2
¿Con qué derecho definía yo la Patria,
bajo un cielo en pañales
y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda?
Los apisonadores de adoquines
escupieron la palma de sus manos:
en sus ojos de allende se borraba una costa
y en sus pies forasteros ya moría una danza.
"Ellos vienen del mar y no escuchan", me dije.
"Llegan como el otoño: repletos de semilla,
vestidos de hoja muerta."
Yo venía del sur en caballos e idilios:
"La Patria es un dolor que aun no sabe su nombre".
3
Una lanza española y un cordaje francés
riman este poema de mi sangre:
yo también soy un hijo del otoño,
que llegó del oriente sobre la tez del agua.
¿Qué harían en el Sur y en su empresa de toros
un cordaje perdido y una lanza en destierro?
Con la virtud erecta de la lanza
yo aprendí a gobernar los rebaños furiosos;
con el desvelo puro del cordaje
yo descubrí la Patria y su inocencia.
4
La Patria era una niña de voz y pies desnudos.
Yo la vi talonear los caballos frisones
en tiempo de labranza;
o dirigir los carros graciosos del estío,
con las piernas al sol y el idioma en el aire.
(Los hombres de mi estirpe no la vieron:
sus ojos de aritmética buscaban
el tamaño y el peso de la fruta.)
5
La Patria era un retozo de niñez
en el Sur aventado, en la llanura
tamborileante de ganaderías.
Yo la vi junto al fuego de las yerras:
¡estampaba su risa en los novillos!
O junto al universo de los esquiladores,
cosechando el vellón en las ovejas
y la copla en las dulces guitarras de setiembre.
(No la vieron los hombres de mi clan:
sus ojos verticales se perdían
en las cotizaciones del Mercado de Lanas).
6
Yo vi la Patria en el amanecer
que abrían los reseros con la llave
mugiente de las tropas.
La vi en el mediodía tostado como un pan,
entre los domadores que soltaban y ataban
el nudo de la furia en sus potrillos.
La vi junto a los pozos del agua o del amor,
¡niña, y trazando el orbe de sus juegos!
Y la vi en el regazo de las noches australes,
dormida y con los pechos no brotados aún.
7
Por eso desbordé yo mi copa de tierra
y un cachorro del viento pareció mi lenguaje.
Por eso no he logrado todavía
sacarme de los hombros este collar de frutas,
ni poner en olvido aquel piafante
cinturón de caballos
ni esta delicia en armas que recogí en Maipú.
8
Guardosos de semilla,
vestidos de hoja muerta,
los hombres de mi clan ignoraron la Patria.
Con el temblor sin sueño del cordaje
la descubrí yo solo allá en Maipú.
Y de pronto, en el mismo corazón de mi júbilo,
sentí yo la piedad que se alarmaba
y el miedo que nacía.
"La Patria es un temor que ha despertado",
me dije yo en el Sur y en su empresa de toros.
"Niña y pintando el orbe de su infancia,
en su mano derecha reposa la del ángel
y en su izquierda la mano tentadora del viento."
El temor de la Patria y su niñez
me atravesó encostado (la cicatriz me dura).
9
Tal fue la enunciación, el derecho y la pena
que traje a la Ciudad de la Yegua Tordilla.
Y así les hablé yo a los inventores
de la ciudad plantada junto al Río,
y a sus ensimismados arquitectos,
o a sus frutales hombres de negocio:
"La Patria es un dolor en el umbral,
un pimpollo terrible y un miedo que nos busca.
No dormirán los ojos que la miren,
no dormirán ya ell sueño de los bueyes."
(Los apisonadores de adoquines
masticaban su pan y su cebolla.)
10
Y así les hablé yo a los albañiles:
"La Patria es un peligro que florece.
Niña y tentada por su hermoso viento,
necesario es vestirla con metales de guerra
y calzarla de acero para el baile
del laurel y la muerte".
(Los albañiles, desde sus andamios
hacían descender cautelosas plomadas).
11
Y dije todavía en la Ciudad,
bajo el caliente sol de los herreros:
"No solo hay que forjar el riñón de la Patria,
sus costillas de barro, su frente de hormigón:
es de urgencia poblar su costado de Arriba,
soplarle en la nariz el ciclón de los dioses.
La Patria debe ser una provincia
de la tierra y del cielo".
12
Me clavaron sus ojos en ausencia
los amontonadores de ladrillos.
Los abismados hombres de negocio
medían en pulgadas la madera del norte.
Nadie oyó mis palabras, y era justo:
yo venía del Sur en caballos y églogas.
13
Y descubrí en mi alma: "Todavía no es tiempo:
no es el año ni el siglo ni la edad.
La niñez de la Patria jugará todavía
más allá de tu muerte y la de todos
los herreros que truenan junto al río".
14
La Patria no ha de ser para nosotros
una madre de pechos reventones;
ni tampoco una hermana paralela en el tiempo
de la flor y la fruta;
ni siquiera una novia que nos pide la sangre
de un clavel o una herida.
15
Yo la vi talonear los caballos australes,
niña y pintando el orbe de sus juegos.
La Patria no ha de ser para nosotros
nada más que una hija y un miedo inevitable,
y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra ni grito.
16
Por eso, nunca más hablaré de la Patria.
----------------------------------------------------
II. Didáctica de la Patria
1
Conozco a los varones de mi tierra y mi siglo: inciertos en el mal y en la
virtud, son como yo, tienen la misma cara
sin dibujos de llanto
y el mismo corazón en arcilla mojada que no tostó ni el fuego ni la
gloria.
2
Josef, lo que te anuncio no es alegre ni triste: sólo es fatal en esta Patria
joven.
¿No te hubiera gustado, como a todos, poner tus cuatro vientos en su
bandera niña, y montar alazanes que arquean los pescuezos
en el día feliz de una batalla;
o romper en su elogio, con la oda,
los tímpanos del mundo,
y arrancar una pluma del ángel para ella?
No has de lograrlo, y quedará en tu sueño: la infancia de la Patria
jugará todavía
más allá de tu muerte (yo lo aprendí hace mucho). Ella es un año
inmenso que despunta en nosotros: ni tú ni yo veremos la cara de su
estío.
3
Generaciones hubo más dignas que la nuestra. ¿Qué nos pasó a
nosotros, Josef, que nos legaron un tiempo sin destino que merezca un
laurel,
un puñal que no sale de su vaina
y un día sin talones de castigar la tierra, o una estúpida noche
de soldados vacantes?
Nosensenaron que la Patria era no sé yo qué juicioso paraíso
de infalibles trigales y vacas repetidas. Así engordamos junto a los
grasientos
asadores y cerca de las uvas pisadas.
Y dormimos en todas
las vigilias del hombre.
4
Entretanto, los pueblos que aventaba la historia dos veces conocieron el
sabroso
pavor de las batallas.
No me importa, Josef, el tenor de su guerra: ellos caían bajo la
implacable
legislación del ciclo;
se miraban desnudos
en el espejo claro de la muerte;
sentían retemblar bajo sus pies
la cubierta del mundo, navio castigado,
y abrirse arriba todos los pasajes del cielo. Nosotros les vendíamos
harinas
y carnes envasadas.
Muy dichosos de ser espectadores
y no actores de aquella promoción de la sangre, reíamos felices de
nuestra paz bovina: quemábamos incienso a nuestro dios
en figura de Shorthon;
y lo apedreábamos a veces
cuando la lluvia, en su traición, enflaquecía los vacunos
o nos diezmaba los trigales.
Josef, lo que te digo no es de hiel ni de miel: sólo es fatal en una Patria
niña.
Con todo, algo debemos hacer en esta infancia. "¿Qué?", me dirás, y te
respondo ahora.
5
No te adelantaría mi Didáctica,
si no supiese yo lo que se incuba,
por vocación, en esta provincia de los hombres. Josef, un ciclo amargo
da su fruta en el mundo: la oscuridad nos miente ya la forma de un
dios.
Pero un Rey no visible todavía
está plantando almendras en suelos favorables. ¿Qué me dirías tú si
brotara un almendro junto al río y sus crines de león?
Estudia mis palabras que harán reír a muchos: yo siempre fui un
patriota de la tierra y un patriota del cielo.
6
El nombre de tu Patria viene de argentum. ¡Mira que al recibir un
nombre se recibe un destino! En su metal simbólico la plata
es el noble reflejo del oro principial.
Hazte de plata y espejea el oro
que se da en las alturas,
y verdaderamente serás un argentino.
7
Es un trabajo de albañilería.
¿Viste los enterrados pilares de un cimiento? Anónimos y oscuros en su
profundidad, ¿no sostienen, empero,
toda la gracia de la arquitectura?
Hazte pilar, y sostendrás un día
la construcción aérea de la Patria.
8
Y es una vocación de agricultura.
¿No viste la semilla en su carozo
y el carozo en su tierra y esa tierra en su invierno? Riñón de lo posible,
la semilla es el árbol no proferido aún y ya entero en su número. Josef,
hazte carozo de la Patria en ti mismo,
y otros verán arriba la manzana
que prometiste abajo.
9
Somos un pueblo de recién venidos.
Y has de saber que un pueblo se realiza tan sólo cuando traza la Cruz
en su esfera durable.
La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza un pueblo? Con la marcha
fogosa de sus héroes abajo
(tal es la horizontal)
y la levitación de sus santos arriba
(tal es la vertical de una cruz bien lograda).
10
Josef, si como pueblo no trazamos la Cruz,
porque la Patria es joven y su edad no madura,
la debemos trazar como individuos,
fieles a una celosa geometría.
¡La vertical del santo, la horizontal del héroe! Te resulta dificil, ¿no es
verdad?
Pero aquí no se trata de vestir armaduras llenas de pedrería
ni de abrirse las nalgas con lujosos rebenques. Tu heroísmo ha de ser
un caballo de granja, tu santidad una violeta gris.
Otros recogerán, a su tiempo, laureles y el brillo escandaloso de la
notoriedad: yo te di los oficios del pilar y el carozo,
fuertes y mudos en su anonimato.
11
Josef, dos modos hay de hacerte rico:
o aumentando las cifras de tu cuenta bancaria o reduciendo tus
necesidades
a lo estricto y cabal.
Mejor es el segundo, por la razón que sigue: ¿No es el hombre un viajero
de la tierra?, ¿su viaje no es de un año?
El que poco desea o necesita
es, bien mirado, un cómodo viajero que anda sin equipaje.
12
Yo conozco a viajeros que se cargan de maletas ociosas.
Por cuidar y mover sus pesados baúles
ni observan el paisaje ni leen la escritura de este mundo sabroso
(porque todo viajero debe ser un lector). Josef, eliminando tus valijas
inútiles,
ya eres pobre y liviano según la tierra gorda:
leyendo y meditando tus lecciones de viaje, ya eres rico y pesado según
la ley de arriba Si todos alcanzaran este fácil teorema,
los hombres mis hermanos viajarían desnudos.
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De los siete pecados capitales
que asaltan a los hombres junto al Río, el primero es la Envidia (los he
clasificados
por orden riguroso de maldad).
La riqueza exterior, los honores, el lujo, la suerte y el talento
constituyen el pasto
natural de la Envidia.
¿Josef, que no te muerdan sus dientes amarillos! Ni envidies a los otros
ni les des ocasión de que te envidien. La manera segura de no ser
envidiado es la de no mostrar nada envidiable.
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La Gula está en el orden segundo de mi lista. Es terrible, Josef, lo que
devoran nuestros conciudadanos entusiastas. Por sus jamás ociosas
dentaduras
yo diría que pasa toda la Creación en su aspecto visible y masticable:
gordos terrestres piden ser y son.
Josef, no te abandones a tan loco ejercicio: devora, en cambio, sin
temor ninguno, toda la Creación inteligible,
y te convertirás en un gordo celeste.
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Por la mañana, cuando te levantes, piensa, Josef, en ese nuevo día;
y no te olvides que al salir al sol
entrarás en un campo de batalla.
Que no te engañe el paso normal de los tranvías ni la canción melosa
del frutero
ni el pacífico rostro de tu jefe
ni la sonrisa blanca de tu subordinado. Ángeles y demonios pelean en
los hombres: el bien y el mal se cruzan invisibles aceros.
Y has de andar con el ojo del alma bien alerta,
si pretendes estar en el costado
limpio de la batalla.
Josef, nada es trivial en esa guerra:
basta el peso ladrón de una bolsa de azúcar para que llore un ángel y se
ría un demonio.
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No vaciles jamás en la defensa
o enunciación o elogio
de la Verdad, el Bien y la Hermosura.
Son tres nombres divinos que trascienden al mundo, y es fácil
deletrearlos en las cosas. No los traiciones, aunque te flagelen: yo sé
bien que la triste Cobardía
suele atar a los hombres junto al Río moroso.
Vence a la Cobardía de los ojos oblicuos,
y la Patria futura dará el santo y el héroe que han de trazar las líneas
de la Cruz.
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Liviano de equipaje y avizor en tu guerra,
te asaltarán, empero, no escasas tentaciones.
Josef, has de vencerlas, o llorará la Patria todavía en pañales.
Si te ofrecen un cargo de visibilidad,
aceptalo en razón de tu mérito sólo
y en vista de los frutos que darás a tu pueblo. Si eres olmo, no admitas
la función del peral, o has de ser un peral falsificado
y un olmo sinvergüenza.
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Los cargos o funciones de mucha jerarquía tientan o con el oro fiscal
siempre indefenso o con los relumbrones de toda investidura.
Josef, no pongas mano en los dineros
que a tu virtud laudable se confien.
El Robo, soslayada forma de la violencia,
es el tercer pecado de nuestros compatriotas.
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En cuanto al relumbrón, si te lo imponen, lo llevarás con el desgano y
frío
de quien se envaina por obligación
en un frac de molesto protocolo.
Sea tu libre personalidad,
y no el brillo exterior que te prestaron,
la que se muestre a todos, fiel e igual a sí misma. Conozco a personajes
que se creían águilas, temidos y solemnes en su pluma oficial,
y que al ser desnudados exhibieron risibles alones de gallina.
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Si acaso gobernaras a tu pueblo,
no has de olvidar que todo poder viene de Arriba,
y que lo ejerces por delegación,
como instrumento simple de la Bondad Primera. Josef, el gobernante
que lo ignora u olvida
se parece a un ladrón en sacrilegio
que se Va con el oro de una iglesia.
21
Según la más antigua ley de la caridad, el superior dirige al inferior.
Hasta los nueve coros angélicos reciben
y cumplen esta norma del gobierno amoroso; y el ángel superior, al de
abajo se inclina para darle una luz que a su vez le fue dada.
Todo buen gobernante lo será
cuando a sus inferiores descienda por amor
y se haga un simulacro de aquel Padre Celeste que a toda criatura da el
sustento y la ley.
El gobernante que no asuma el gesto
de la paternidad
es ya un tirano de sus inferiores, aunque regale sus fotografias
con muy dulces autógrafos.
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Empero, no confundas esa paternidad
con un fácil reparto de juguetes. Recordarás, Josef, que tu Padre de
arriba
gobierna con dos manos:
con la manó de hiel de su Rigor
y la mano de azúcar de su Misericordia.
Si asumes el poder, usa las dos,
ya la dura o la blanda, según tu inteligencia. Josef, el que gobierna con
una mano sola tiene la imperfección de un padre manco.
23
Ni te muestres al pueblo demasiado
ni en el poder te agites como un hombre de circo. Imita, si gobiernas, a
ese Motor Primero
que hace girar al cosmos
y es invisible y a la vez inmóvil.
24
Preferiría yo, sin embargo, que tales
pesos no recayeran en tus hombros.
Es mejor construirse y apretarse uno mismo
(ya te hablé del pilar y la semilla),
y crecer por adentro lo que afuera se poda y ganar por arriba lo que se
pierde abajo.
Si así lo hicieras, crecerá la Patria, Josef, en cada una de tus
disminuciones. Y todo lo que pierdas lo ganará esa Novia
del Suceder, en su más claro día.

