viernes, 10 de julio de 2026

Aniversario del paso a la inmortalidad del Supremo Entrerriano: Semblanza, legado y la muerte heroica de Francisco Ramírez

Francisco Ramírez: 200 años de Identidad
Entrerriana. 
Hoy, 10 de julio, el calendario histórico del Litoral se viste de luto y gloria al cumplirse exactamente 205 años de la transición a la inmortalidad de Francisco Ramírez, acaecida en 1821. 

En esta fecha fundamental para la identidad de Entre Ríos, resulta imprescindible volver a las páginas de nuestra memoria colectiva para rescatar, con rigor y profundidad, la figura multifacética de quien no solo fue un guerrero invicto, sino el verdadero artífice de la institucionalidad entrerriana. A través de las fuentes documentales y el análisis desapasionado de su tiempo, la historia nos devuelve la imagen de un hombre que entrelazó la patria, el federalismo y la república. 

Francisco Ramírez no murió en la cama de una enfermedad ordinaria; cayó con las armas en la mano, combatiendo cuerpo a cuerpo por la libertad, por el federalismo y por la salvación de la mujer amada. 

Cabe destacar que los análisis, las interpretaciones y las perspectivas históricas vertidas en esta semblanza forman parte de la obra “Francisco Ramírez: 200 años de identidad entrerriana”. Este libro, editado bajo el amparo del Gobierno de Entre Ríos y la Comisión Permanente para el Estudio, Vida y Legado de Francisco Ramírez, fue realizado mediante la labor de investigación y autoría conjunta de Jorge Pedro Busti,  Gonzalo García Garro, Flavia Martínez Aquino y Rubén Bourlot. Es a través de la rigurosa recopilación documental y el debate historiográfico planteado por sus autores que se logra rescatar con fidelidad la verdadera dimensión política, militar y humana del Supremo Entrerriano para las futuras generaciones.  

A 205 años de aquel trágico desenlace, su figura se erige eterna como el padre de la entrerrianía. Su herencia no reside en las cenizas de las batallas del pasado, sino en las sólidas instituciones republicanas que sembró en nuestra geografía, en el orgullo de nuestra identidad federal y en el ejemplo imperecedero de un hombre que entregó su existencia entera por la dignidad de su pueblo. ¡Viva el Supremo Entrerriano!  


I. El Estadista y el Caudillo Federal: La vanguardia institucional

Lejos de la caricatura del caudillo "bárbaro" o "semi-bárbaro" impuesta por la historiografía centralista mitrista, Francisco Ramírez se revela como un estadista de una lucidez institucional sorprendente para su época. Poseedor de una educación básica firme y una caligrafía cuidada, demostró desde muy joven aptitudes de mando y un carácter forjado en las faenas del campo y las responsabilidades civiles como alcalde de campaña en Concepción del Uruguay.

Su mayor obra política, la fundación de la República de Entre Ríos el 29 de septiembre de 1820, no debe interpretarse como un intento separatista, sino como una audaz estrategia de organización político-administrativa regional —que unió los territorios de Entre Ríos, Corrientes y Misiones— para sopesar el centralismo de las élites porteñas y defender la soberanía particular dentro de la unidad de las provincias del Plata.

Como estadista, Ramírez legó a la posteridad principios que hoy tienen rango constitucional:

Soberanía Popular y Democracia: Inauguró el ejercicio del sufragio libre en la provincia cuando, el 24 de noviembre de 1820, el pueblo congregado en las plazas ratificó unánimemente su liderazgo como Jefe Supremo. En sus propias palabras: “Nada me será más dulce y glorioso, que oír el voto libre de esos beneméritos habitantes: mi interés es el suyo, y de ninguna otra cosa he sido tan celoso como de sus derechos naturales”.

Gestión pública eficiente: Su plan económico, plasmado en el Reglamento del Orden Económico, decretó una máxima de asombrosa vigencia actual: “Es la felicidad de un estado la recta administración: esta consiste fundamentalmente en la escrupulosa economía de los intereses, deducida del buen método en el cobro de rentas y mejor orden en su distribución”.

Educación Pública Obligatoria: Impuso a cada comandante departamental la obligación de fundar una escuela pública, comprometiendo fondos del Estado para sostener a los maestros y exigiendo a los padres el deber de enviar a sus hijos a aprender a leer, escribir y contar.

Garantías Jurídicas y Debido Proceso: Limitó el uso de la fuerza y prohibió taxativamente a los jueces locales aplicar la pena de muerte, obligando a sumariar a los reos y garantizando el sagrado derecho de apelación ante el Tribunal Superior.


II. El Conductor Militar: La disciplina de los Dragones de la Muerte

En el campo de batalla, Ramírez demostró condiciones eximias en el arte bélico, la estrategia y la táctica ecuestre. Su genio militar consistió en transformar a una paisanada indomable e indisciplinada en un ejército regular, sometido a una estricta disciplina castrense basada en las antiguas ordenanzas españolas

El mismísimo general José María Paz reconoció en sus memorias esta virtud única: “El general Ramírez fue el primero y el único entonces de esos generales caudillos que había engendrado el desorden, que puso regularidad y orden en sus tropas... estableció la subordinación y adoptó los principios de la táctica, lo que le dio una notable superioridad”.

Al mando de sus célebres "Dragones de la Muerte", equipados con rigurosa disciplina y una velocidad de desplazamiento asombrosa debido a la carencia de bagajes innecesarios, Ramírez dominaba la geografía del Litoral palmo a palmo. Su táctica del "entrevero" gaucho —un ataque coordinado por sorpresa que utilizaba la cortina de lanzas, la agilidad de las boleadoras y el lazo— desarticuló por completo a las fuerzas directoriales.

Su momento cumbre militar aconteció el 1 de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en la que, junto a Estanislao López, derrotó en la "batalla de un minuto" al Director Supremo José Rondeau, provocando la caída definitiva del régimen directorial y del Congreso de Tucumán. Este triunfo forzó la firma del Tratado del Pilar el 23 de febrero de 1820, el primer pacto preexistente de nuestra Constitución, que sentó la piedra angular del sistema federal argentino.

III. La Ruptura con Artigas: Una interpretación armonizadora

El doloroso enfrentamiento armado entre Francisco Ramírez y José Gervasio Artigas en 1820 ha sido catalogado erróneamente por visiones simplistas como una "traición". Un análisis profundo y moderno de las estructuras socioeconómicas revela que el conflicto fue el resultado del agotamiento del Sistema de los Pueblos Libres tras la pérdida del puerto vital de Montevideo a manos de los invasores portuguesesSin una salida comercial ultra marina independiente, las provincias del Litoral se encontraban económicamente asfixiadas tras una década de guerra civil constante

Tras la victoria de Cepeda y frente a la destrucción material, Ramírez y López priorizaron un entendimiento con Buenos Aires a través del Tratado del Pilar para reorganizar las fuerzas, obtener recursos económicos y armas, e instaurar las autonomías provinciales. Artigas, debilitado tras el desastre militar de Tacuarembó, rechazó el pacto al no incluir una inmediata declaración de guerra a Portugal, lo que consideró un menoscabo a su liderazgo.

La tensión epistolar entre ambos próceres previa a las armas evidencia el choque de dos visiones políticas legítimas, donde Ramírez defendió con altivez la soberanía entrerriana frente a la tutela del Protector. En su célebre misiva del 25 de mayo de 1820, Ramírez interpeló al oriental: “¿Qué especie de poderes tiene V.E. de los pueblos federados para darle la ley a su ajo, para introducir fuerza armada, cuando no se le pide, y para intervenir como absoluto en sus menores operaciones internas? ¿V.E. es acaso el árbitro soberano de ellos, o fue solo uno de los jefes de la Liga?”

La posterior resolución militar en las batallas de Las Guachas y Las Tunas selló el ocaso político de Artigas, pero la historia integradora actual nos permite abrazar el ideario revolucionario de ambos sin necesidad de antagonismos estériles.

IV. Tragedia, Amor y Gloria: El épico final en Río Seco

El último capítulo en la vida de Francisco Ramírez eleva su figura de la crónica histórica al altar de la leyenda romántica universal. Tras ser vencido por las fuerzas de Estanislao López debido a un agónico derrotero militar y la inacción táctica de Lucio Mansilla, Ramírez intentaba replegarse hacia el norte cruzando el territorio cordobés. Lo acompañaba un diezmado grupo de soldados y el amor de su vida: María Delfina, la bella y valiente "coronela" de origen portugués que vestía casaca colorada y una pluma de ñandú roja en el sombrero, habiendo combatido a la par de los montoneros en las campañas federales.

El 10 de julio de 1821, en las inmediaciones de Río Seco, al norte de Córdoba, las tropas aliadas de santafesinos y cordobeses alcanzaron a la comitiva entrerriana. En medio de la precipitada fuga, una partida enemiga logró capturar a La Delfina, despojándola de sus atavíos militares. Al escuchar los gritos desesperados de su compañera, Ramírez, poseedor de una envergadura recia pero de un espíritu exquisitamente sensible, no vaciló. Guiado por una explosión sacrosanta de amor y abnegación, volvió caras a su caballo solo con un puñado de hombres y cargó con la furia de un tigre para rescatarla.

Logró poner a salvo a Delfina, pero el precio fue su propia vida. Un pistoletazo a quemarropa disparado por el capitán Maldonado le atravesó el pecho. El Supremo se abrazó al pescuezo de su caballo y cayó muerto a los 35 años de edad, envolviendo su cabeza en los pliegues de su poncho colorado.

La crueldad de la época civil no se detuvo con su último suspiro. Su cuerpo fue ultrajado y su cabeza fue seccionada en el campo de batalla por el soldado Nicolás Pedraza. El macabro trofeo fue enviado al gobernador de Santa Fe, Estanislao López, quien ordenó embalsamarla al protomédico Manuel Rodríguez

Durante once días, la cabeza del gran caudillo de Montiel permaneció expuesta dentro de una jaula de hierro en el Cabildo de Santa Fe, como escarmiento público para sus adversarios.

 Finalmente, gracias a la intercesión religiosa de sacerdotes como el padre José Amenábar y el horror manifestado por la prensa de Buenos Aires, el trofeo fue retirado de la plaza pública y recibió cristiana y secreta sepultura una noche de invierno debajo del altar mayor de la iglesia que hoy se conoce como Nuestra Señora de los Milagros, en la ciudad de Santa Fe, donde aún descansa en un misterio histórico no resuelto.

Fuente: "FRANCISCO RAMÍREZ - 200 Años de identidad entrerriana". Autores: Jorge Pedro Busti - Gonzalo Garcia Garro - Rubén Bourlot - Flavia Martínez Aquino

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