Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Ramírez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Ramírez. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de febrero de 2024

El Tratado del Pilar: Ramírez, el primer pacto preexistente a la Constitución, federalismo y república


(El presente es un texto que fue publicado y difundido por la Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez que encabezaba el ex gobernador Jorge Busti, en ocasión del bicentenario del Tratado del Pilar en 2020).

-----

El pacto se firmó luego de la victoria de las fuerzas de Ramírez y López (también acompañados por fuerzas correntinas y misioneras) frente al ejército porteño y unitario en la Batalla de Cepeda del 1 de febrero de 1820.

Presentanción de la Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez en el Rectorado de la UADER.

En la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales, se definió la suerte del Directorio porteño. El triunfo de Cepeda expresó un enorme hito en la lucha del federalismo argentino, y fue también la primera expresión política de las mayorías populares en favor de la república y el federalismo. La derrota del Directorio Porteño fue el triunfo de la democracia y la muerte definitiva de las aspiraciones monárquicas de los sectores conservadores de las elites porteñas.

Francisco Ramírez, por entonces con tan sólo 34 años, estuvo al frente del Ejército Federal. El historiador entrerriano Aníbal Vásquez, en su obra “Ramírez”, afirma: “El triunfo de Cepeda consagró con rasgos inconfundibles la personalidad política y militar de Ramírez y abrió la conciencia y la mentalidad del pueblo argentino a las auras de las nuevas doctrinas institucionales que deberían imperar en el país, satisfaciendo las aspiraciones de la mayoría democrática… Vientos democráticos de renovación y reformas soplaron desde entonces, infiltrándose en los espíritus, disipando los prejuicios conservadores aceptados en silencio como verdades absolutas…El magno esfuerzo de la democracia gaucha estaba realizado con perspectivas esplendorosas y brillantes…”.


Consecuencia de la batalla de Cepeda, el 23 de febrero de aquel 1820, Ramírez y López firmaron con Sarratea la célebre convención en la capilla del Pilar. Es instrumento jurídico breve, de apenas doce artículos, pero que tuvo repercusiones institucionales e históricas enormes.

El Tratado fue el fin jurídico del proyecto centralista y aristocrático del Directorio Porteño del partido unitario y terminó con las hostilidades de Buenos Aires con las provincias del Litoral.

En términos de nuestra organización nacional, el tratado es uno de los pactos preexistentes a los que refiere la Constitución Nacional de 1853 en su Preámbulo. Es el primero de ellos.

Para los entrerrianos y entrerrianas el Tratado del Pilar significa el primer hecho político e institucional de trascendencia como provincia, la primera manifestación significativa como ente político y soberano. En términos culturales e históricos, fue la primera expresión institucional de la entrerrianía, la primera irrupción de nuestra provincia en el contexto nacional enarbolando las banderas democráticas, igualitarias y federales, que encuentran antecedentes en la causa de José Artigas, el Congreso de Oriente de 1815 y la Liga de los Pueblos Libres. 

El Tratado del Pilar fue también la primera expresión constitucional del federalismo argentino. En su primer artículo hace referencia expresa la necesidad de la organización federal del país.


En ocasión de la presentaciòn de la Comisión
se refirió al Tratado del Pilar
.

Sobre la significación histórica del Tratado del Pilar y el rol de Francisco Ramírez, el historiador Martín Ruiz Moreno, en su obra “Contribución a la Historia de Entre Ríos” expresa: “Es fuera de duda que el General Don Francisco Ramírez fue uno de los gobernantes de aquella época que más influyó en los primeros años de nuestro organismo republicano, en favor de las ideas federativas… El Art. 1 del tratado público del Pilar establece como un hecho conocido por los gobiernos de Entre Ríos, Buenos Aires y Santa Fe, el sistema federal… se reconoce como una institución fundamental el régimen federativo, establecido de hecho ya, pero consignado por primera vez en un documento público…”.

Este es el gran valor de Cepeda y del Tratado del Pilar, fue la entrada de los caudillos federales y las masas del Litoral en la historia nacional. Fue el tiempo en que hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, del pueblo de los rincones del interior federal y profundo, construían la historia. Era tiempo de caudillos que tuvieron la responsabilidad histórica de reencauzar de manera pragmática y progresiva nuestra patria al cauce democrático e igualitario que había nacido en la Revolución de Mayo.

A 200 años del Tratado del Pilar, destacamos que este pacto es una de las grandes glorias históricas de Francisco Ramírez. Por hechos tan significativos como este, que hacen a los pilares sobre los que se construyó la organización nacional, es fundamental, y en especial para las nuevas generaciones, recordar y rendir homenaje a nuestro Francisco “Pancho” Ramírez.

Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez.
Dr. Jorge Pedro Busti.

Dr. Alejandro Gonzalo García Garro.
Dra. Flavia Martínez Aquino.
Prof. Rubén Bourlot.

jueves, 1 de febrero de 2024

La Batalla de Cepeda: Francisco Ramírez y el derrumbe del proyecto de la Constitución Unitaria de 1819



El 1 de febrero de 1820 ocurrió la Batalla de Cepeda que puso fin al proyecto oligárquico del Directorio de Buenos Aires, derogando de facto la organización constitucional aristocrática de 1819. Las montoneras encabezadas por Francisco Ramírez entran en Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida. Comienza lo que la historia liberal mitrista denominó la “Anarquía del Año XX”. 

Más que “Anarquía”, en el año 1820 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que se alza en contra de una Constitución y un régimen de gobierno elitista y antipopular, con la pretensión política de sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo. Y a ese proceso lo encarnan los caudillos federales, con un protagonismo central de Francisco Ramírez.

Escribe: Dr. Alejandro Gonzalo García Garro


----------------------------------



“El año 20, decían los aristócratas, era el que debía marcar el fin de la revolución, estableciendo el poder absoluto para consumar nuestro exterminio repartiéndose entre si los empleos y riquezas del país a la sombra de un niño coronado que ni por sí ni por la impotente familia a que pertenece podía oponerse a la regencia intrigante establecida y sostenida por ellos mismos”. Francisco Ramírez.



El proyecto de la oligarquía porteña y sus resistencias 

A mediados de la primera década del Siglo 19, el antiguo virreinato del Río de la Plata ya se perfilaba como un país, faltaba formalmente declarar la independencia de España, las condiciones internacionales apremiaban y los movimientos revolucionarios la exigían. 

De tal manera el Congreso reunido en Tucumán en 1816 homologa estos hechos enunciando que "las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". Y ..."declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".

Una vez declarada la independencia quedaba un problema a resolver. La pregunta era la siguiente: ¿Qué forma de gobierno elegir? En el congreso de Tucumán se planteó seriamente la posibilidad de convertir al país en una monarquía. Napoleón había sido definitivamente vencido y en Europa señoreaba la Santa Alianza, que era un conjunto de monarquías aliadas muy reaccionarias, que se oponían a la constitución de repúblicas ya que éstas eran sinónimos de subversión, caos, ateísmo y jacobinismo.

Los impulsores de esquemas monárquicos no tenían todos, homogéneamente, las mismas motivaciones. No se puede equiparar el monarquismo de San Martín, que proponía además una monarquía parlamentaria, admitiendo en la monarquía la posibilidad de un gobierno fuerte adecuado a las características y las grandes extensiones del país. No se lo puede comparar, repito, con el concepto monárquico de un Manuel José García enajenado por fuerzas internacionales. Y cosa parecida ocurría con los republicanos. Algunos de los republicanos criollos coincidían en los intereses con Inglaterra. Gran Bretaña, estaba mucho más interesada en instalar una república en el Plata porque resultaba un régimen de más fácil penetración y dominación en razón a las propias tendencias y contradicciones del republicanismo como sistema. 

Los federales de las primeras dos décadas revolucionarias eran republicanos, porque asumían en el republicanismo la tendencia popular hacia el pluralismo democrático, por reacción histórica contra el unitarismo centralista establecido por los virreyes.

Algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, aconsejaron erigir una monarquía. La propuesta tuvo algunas posibilidades de cristalizar a través de gestiones diplomáticas muy complejas en Europa; también se barajó la idea de restaurar el trono de un Inca. Sin embargo, y más allá de las tratativas, estos proyectos no fueron más que sondeos de opinión que por más exigua que fuese, repudiaba la posibilidad de un monarca en Buenos Aires: eso habría sido el fin de la Revolución iniciada en 1810 que encontraba en Mariano Moreno a su pro hombre. El Pueblo, a pesar de ser en ese entonces (como lo es ahora) una entidad heterogénea, variopinta, impalpable, rechazaba esa posibilidad y prefería una opción más abierta y democrática.

De manera tal que el Congreso en principio descarta el sistema monárquico. Pero deja aún abierta la posibilidad para que siga siendo tratada en Buenos Aires cuando sigua sesionando el Congreso para dictar una constitución. Ese vacío legal es llenado por los unitarios.

La constitución unitaria de 1819

Corolario de lo dicho, en abril de 1819, el Congreso sanciona una Constitución, unitaria y absolutista, que no era ni monárquica ni republicana pero que dejaba las puertas abiertas para la entrada de un príncipe o un infante. 

Se trataba de una Carta Magna aristocratizante, el representante del poder ejecutivo era un Directo del Estado, que era elegido por el poder legislativo, que tenía una Cámara de Representantes y un Senado. El titular del ejecutivo tenía un mandato de 5 años.

El poder real se centraba en un Senado formado por delegados por las provincias, pero que al mismo tiempo incluía personajes designados por su propio carácter, tales como: rectores de universidad, generales, obispos o representantes de la iglesia etc. Los senadores militares eran elegidos por el Director de Estado directamente. Los representantes del senado duraban 12 años en las bancas, mientras que los miembros de la cámara de representantes 4 años. Para ser senador había que ser propietario de un “fondo de diez mil pesos al menos”.

El Congreso tenía las facultades centrales para regular el comercio y las cuestiones políticas, como delimitar los límites de las provincias, habilitar los puertos, determinar el estatus de villas, ciudades o provincias, asegurar las funciones de los interventores, etc.

El texto no mencionaba la palabra república. En su primer artículo adoptaba la religión de Estado, la católica apostólica romana. Garantizando una retroalimentación del poder de las élites dominantes, se confería al ejecutivo nacional el nombramiento de todos los empleos “que no se exceptúen especialmente en esta constitución y las leyes”, la designación de militares, funcionarios eclesiásticos y sostén de la Iglesia. Era, además, un texto con groseras deficiencias jurídicas y una pésima redacción.

Tampoco el texto constitucional no garantizaba los derechos federales, es decir no regulaba en un capitulo o en sus disposiciones específicas la relación nación-provincias, lo que se infería como una asunción de las facultades en forma exclusiva por parte el gobierno nacional. Esta lectura se robustece con las disposiciones del capítulo final que establecían que seguirán vigentes “las leyes, estatutos y reglamentos que hasta ahora rigen, en lo que no hayan sido alterados ni digan lo contradicción con la Constitución presente”, disposición que revalidaba las conservadoras normas de la legislación colonial del virreinato.

Abelardo Ramos en su “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, analiza las razones materiales del primer proyecto constitucional: “La Constitución de 1819 fue el factor desencadenante de la crisis del año 20, que ya germinaba desde la caída de Moreno. El librecambismo ruinoso de los porteños, la política centralista que los rivadavianos llamarían “unitaria”, y la posesión de las rentas en manos de Buenos Aires, habían convertido la primera década post revolucionaria en el prólogo de la guerra civil. La Constitución de 1819 le confirió un carácter oficial. Sancionado el 22 de abril, este documento eran aún más antidemocrático que la antigua ordenanza de Intendentes de la época colonial española: dejaba en manos de los Directores Supremos del Estado, radicados en Buenos Aires, una suma de poderes todavía mayor que la que detentaban los virreyes imperiales… Basta decir que los cabildos del interior carecían de facultades para designar autoridades provinciales. Su este era el rasgo político de la Constitución Unitaria del año 19, su fundamento económico no hacía que reafirmar la injusta exigencia de la ciudad de Buenos Aires y de los comerciantes y hacendados allí radicados, de mantener en sus manos exclusivas el control del puerto único, es decir, las palancas fundamentales de la renta perteneciente a todo el pueblo argentino”.

La llamada Constitución de 1819 no tuvo prácticamente vigencia y no funcionó porque la disidencia federal era ya muy grande, como muy profunda era también la desconfianza de los pueblos frente a las intrigas monárquicas de los porteños. Así las cosas, y después de una serie de hechos políticos y militares menores se sanciona la Constitución y esto resultó una afrenta, una provocación para los pueblos del interior, especialmente el litoral federal, que conducidos por Francisco Ramírez y Estanislao López marchan con sus montoneras gauchas hacia la ciudad Buenos Aires.

La Batalla de Cepeda, bautismo de fuego del Federalismo

Francisco Ramírez asumirá la función de jefe supremo del ejército federal. Estanislao López, el caudillo santafesino. Se le pliegan también algunos desterrados del régimen: Alvear que prometía apoyo de importantes sectores porteños y el chileno Miguel Carreras que aporta alguna tropa y una imprenta que había comprado en Estados Unidos. Esta imprenta, volante, editaba un boletín, "La Gaceta Federal", explosivo en su contenido.

En octubre de 1819 se reúnen los dos jefes, Ramírez y López, en Coronda para establecer planes comunes. Días después, el entrerriano lanza una proclama declarándole la guerra al Directorio, sostén político de la Constitución aristocrática y antipopular, e invitando a sus paisanos a compartir la insurrección. 

Allí está ahora, Francisco "Pancho" Ramírez, como jefe supremo de los ejércitos federales en el umbral de la historia. Está frente a sus "Dragones de la Muerte" como se llamaban las disciplinadas montoneras entrerrianas. Conduce también a las tropas santafesinas de López, los guaraníes de Misiones, los mocovíes del Chaco, las tropas correntinas al mando de Campbell, expresando estos el abanico del artiguismo en el litoral. Algunos historiadores resaltan que Ramírez ya por entonces estaba acompañado por su fiel guerrera, La Delfina. En ese momento el régimen directorial se derrumba. 

Pueyrredón renuncia al Directorio y asume Rondeau. El mismo Rondeau que nueve años antes fuera convencido por Ramírez para desertar del ejército español e ingresar a las filas revolucionaria artiguistas. El mismo Rondeau que está frente a él, comandando las tropas porteñas.

El Director Rondeau pide auxilio a los ejércitos regulares. Ya se sabe que el General San Martín, fiel a su conducta patriótica, popular y revolucionaria, se niega a desenvainar su gloriosa espada en esta guerra civil, mucho menos en contra del pueblo. Sólo le queda al Directorio el veterano Ejercito del Norte comandado por Belgrano al que Rondeau pide auxilio. Esta fuerza se niega también a participar en la contienda civil, se amotina en Arequito y esa sublevación deja al Directorio -ya debilitado políticamente- en un estado de total vulnerabilidad militar.

El 1º de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales se sella la suerte del Directorio oligárquico.

El historiador entrerriano Aníbal Vásquez escribe en su libro "Ramírez": "El triunfo de Cepeda debe considerarse como el bautismo de sangre del federalismo argentino, y como la primera afirmación colectiva de la mayoría popular a favor de la organización nacional, republicana, democrática y federal".

La trascendencia histórica, política y jurídica 


La Batalla de Cepeda desde el punto de vista del aspecto militar fue, tal vez, de las más "pobres" en la historia argentina, pero en sus proyecciones políticas fue de las más fecundas. Las milicias directoriales, formadas en mayor parte por esclavos comprados por el gobierno para convertirlos en soldados, se desbandaron ante el ataque montonero. Una sola carga bastó para desmoronar a los porteños que "en menos de un minuto" se dispersaron dejando la artillería en poder de los gauchos entrerrianos.

Pero a Ramírez no lo movilizaba el odio fratricida, ni la venganza de la barbarie. Jorge Busti, en “Francisco Ramírez: 200 Años de identidad Entrerriana”, recuerda el espíritu de fraternidad que animaba al caudillo entrerriano en esta epopeya, rescatando la gran obra de Diego Luis Molinari: “Ya había pasado el temor de la primera hora. La montonera no entró como avalancha en la campiña bonaerense, y Ramírez levantó en alto el pendón de la fraternidad y no el de la destrucción… Y a mitad de la jornada del 1 de febrero, lanza en mano, cuando el mayor Piris perseguía a la caballería directorial, dispersa a los cuatro rumbos, y se aprestaba al ataque de los refugiados entre las carretas conminándoles una entrega a discreción, si no querían ser pasados a degüello, puso alto a la matanza para remitir el parte nervioso del ya seguro triunfo: “¡Gloria a la patria y honor a los libres! Triunfaron las armas en la inmediación del Pergamino contra el tirano porteño”… Ramírez pudo avanzar triunfante sobre la ciudad sin que nadie le atajase el paso. El 2 de febrero Ramírez gozó la paz del triunfo. Su corazón exultaba ante el panorama del futuro: ¡por fin terminaban las desgracias de la Patria y comenzaba la era feliz de la reconciliación general!”

Políticamente, institucionalmente, había caído por primera vez desde 1810 la autoridad nacional, por primera vez desaparecía una entidad estatal que había ejercido, a veces solo formalmente, el poder sobre todo el antiguo virreinato.

Los sectores oligárquicos de Buenos Aires entran en pánico ante una supuesta posibilidad de "invasión" de las tropas federales. Vicente Fidel López, el ensayista quintaesencia de la versión mitrista de nuestra historia, expresa su repugnancia cuando relata el episodio: ... "numerosas escoltas (de Ramírez y López) compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco ataron sus caballos en los postes y cadenas de la Pirámide de Mayo mientras sus jefes se solazaban en el salón del ayuntamiento". Relato que habla por sí solo acerca del desprecio y el odio que siente la oligarquía y la antipatria por la causa federal y el recuerdo de la Batalla de Cepeda.

Las montoneras al mando de Ramírez entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...Comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.

Ese es el valor de Cepeda y de la entrada de los caudillos del litoral a Buenos Aires. Fue una directa confrontación con la verdad nacional, que en 1820 era cruel y la guerra era la continuación de la política por otros medios. Para aprender esa verdad no servían los argumentos de los doctores unitarios y sus leyes y constituciones. Servían sí esos hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, de los rincones del interior federal y profundo. Los caudillos tuvieron la responsabilidad histórica de encauzar de manera pragmática y progresiva esa fluida verdad nacional que desfilaba a caballos por las calles de Buenos Aires. Esta es una gran gloria histórica de nuestro Francisco Ramírez.

miércoles, 23 de febrero de 2022

El Tratado del Pilar: Ramírez, el primer pacto preexistente a la Constitución, federalismo y república


(El presente es un texto que fue publicado y difundido por la Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez que encabezaba el ex gobernador Jorge Busti, en ocasión del bicentenario del Tratado del Pilar en 2020).

El pacto se firmó luego de la victoria de las fuerzas de Ramírez y López (también acompañados por fuerzas correntinas y misioneras) frente al ejército porteño y unitario en la Batalla de Cepeda del 1 de febrero de 1820.

En la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales, se definió la suerte del Directorio porteño. El triunfo de Cepeda expresó un enorme hito en la lucha del federalismo argentino, y fue también la primera expresión política de las mayorías populares en favor de la república y el federalismo. La derrota del Directorio Porteño fue el triunfo de la democracia y la muerte definitiva de las aspiraciones monárquicas de los sectores conservadores de las elites porteñas.

Francisco Ramírez, por entonces con tan sólo 34 años, estuvo al frente del Ejército Federal. El historiador entrerriano Aníbal Vásquez, en su obra “Ramírez”, afirma: “El triunfo de Cepeda consagró con rasgos inconfundibles la personalidad política y militar de Ramírez y abrió la conciencia y la mentalidad del pueblo argentino a las auras de las nuevas doctrinas institucionales que deberían imperar en el país, satisfaciendo las aspiraciones de la mayoría democrática… Vientos democráticos de renovación y reformas soplaron desde entonces, infiltrándose en los espíritus, disipando los prejuicios conservadores aceptados en silencio como verdades absolutas…El magno esfuerzo de la democracia gaucha estaba realizado con perspectivas esplendorosas y brillantes…”.

Consecuencia de la batalla de Cepeda, el 23 de febrero de aquel 1820, Ramírez y López firmaron con Sarratea la célebre convención en la capilla del Pilar. Es instrumento jurídico breve, de apenas doce artículos, pero que tuvo repercusiones institucionales e históricas enormes.

El Tratado fue el fin jurídico del proyecto centralista y aristocrático del Directorio Porteño del partido unitario y terminó con las hostilidades de Buenos Aires con las provincias del Litoral.

En términos de nuestra organización nacional, el tratado es uno de los pactos preexistentes a los que refiere la Constitución Nacional de 1853 en su Preámbulo. Es el primero de ellos.

Para los entrerrianos y entrerrianas el Tratado del Pilar significa el primer hecho político e institucional de trascendencia como provincia, la primera manifestación significativa como ente político y soberano. En términos culturales e históricos, fue la primera expresión institucional de la entrerrianía, la primera irrupción de nuestra provincia en el contexto nacional enarbolando las banderas democráticas, igualitarias y federales, que encuentran antecedentes en la causa de José Artigas, el Congreso de Oriente de 1815 y la Liga de los Pueblos Libres.

El Tratado del Pilar fue también la primera expresión constitucional del federalismo argentino. En su primer artículo hace referencia expresa la necesidad de la organización federal del país.

Sobre la significación histórica del Tratado del Pilar y el rol de Francisco Ramírez, el historiador Martín Ruiz Moreno, en su obra “Contribución a la Historia de Entre Ríos” expresa: “Es fuera de duda que el General Don Francisco Ramírez fue uno de los gobernantes de aquella época que más influyó en los primeros años de nuestro organismo republicano, en favor de las ideas federativas… El Art. 1 del tratado público del Pilar establece como un hecho conocido por los gobiernos de Entre Ríos, Buenos Aires y Santa Fe, el sistema federal… se reconoce como una institución fundamental el régimen federativo, establecido de hecho ya, pero consignado por primera vez en un documento público…”.

Este es el gran valor de Cepeda y del Tratado del Pilar, fue la entrada de los caudillos federales y las masas del Litoral en la historia nacional. Fue el tiempo en que hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, del pueblo de los rincones del interior federal y profundo, construían la historia. Era tiempo de caudillos que tuvieron la responsabilidad histórica de reencauzar de manera pragmática y progresiva nuestra patria al cauce democrático e igualitario que había nacido en la Revolución de Mayo.

A 200 años del Tratado del Pilar, destacamos que este pacto es una de las grandes glorias históricas de Francisco Ramírez. Por hechos tan significativos como este, que hacen a los pilares sobre los que se construyó la organización nacional, es fundamental, y en especial para las nuevas generaciones, recordar y rendir homenaje a nuestro Francisco “Pancho” Ramírez.

Comisión para la estudio de la Vida, Obra y Legado de Francisco Ramírez.
Dr. Jorge Pedro Busti.

Dr. Alejandro Gonzalo García Garro.
Dra. Flavia Martínez Aquino.
Prof. Rubén Bourlot.

lunes, 31 de enero de 2022

Francisco Ramírez y el derrumbe del proyecto de la Constitución Unitaria de 1819



El 1 de febrero de 1820 ocurrió la Batalla de Cepeda que puso fin al proyecto oligárquico del Directorio de Buenos Aires, derogando de facto la organización constitucional aristocrática de 1819. Las montoneras encabezadas por Francisco Ramírez entran en Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida. Comienza lo que la historia liberal mitrista denominó la “Anarquía del Año XX”. 

Más que “Anarquía”, en el año 1820 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que se alza en contra de una Constitución y un régimen de gobierno elitista y antipopular, con la pretensión política de sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo. Y a ese proceso lo encarnan los caudillos federales, con un protagonismo central de Francisco Ramírez.

Escribe: Dr. Alejandro Gonzalo García Garro

----------------------------------


“El año 20, decían los aristócratas, era el que debía marcar el fin de la revolución, estableciendo el poder absoluto para consumar nuestro exterminio repartiéndose entre si los empleos y riquezas del país a la sombra de un niño coronado que ni por sí ni por la impotente familia a que pertenece podía oponerse a la regencia intrigante establecida y sostenida por ellos mismos”. Francisco Ramírez.



El proyecto de la oligarquía porteña y sus resistencias 

A mediados de la primera década del Siglo 19, el antiguo virreinato del Río de la Plata ya se perfilaba como un país, faltaba formalmente declarar la independencia de España, las condiciones internacionales apremiaban y los movimientos revolucionarios la exigían. 

De tal manera el Congreso reunido en Tucumán en 1816 homologa estos hechos enunciando que "las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". Y ..."declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".

Una vez declarada la independencia quedaba un problema a resolver. La pregunta era la siguiente: ¿Qué forma de gobierno elegir? En el congreso de Tucumán se planteó seriamente la posibilidad de convertir al país en una monarquía. Napoleón había sido definitivamente vencido y en Europa señoreaba la Santa Alianza, que era un conjunto de monarquías aliadas muy reaccionarias, que se oponían a la constitución de repúblicas ya que éstas eran sinónimos de subversión, caos, ateísmo y jacobinismo.

Los impulsores de esquemas monárquicos no tenían todos, homogéneamente, las mismas motivaciones. No se puede equiparar el monarquismo de San Martín, que proponía además una monarquía parlamentaria, admitiendo en la monarquía la posibilidad de un gobierno fuerte adecuado a las características y las grandes extensiones del país. No se lo puede comparar, repito, con el concepto monárquico de un Manuel José García enajenado por fuerzas internacionales. Y cosa parecida ocurría con los republicanos. Algunos de los republicanos criollos coincidían en los intereses con Inglaterra. Gran Bretaña, estaba mucho más interesada en instalar una república en el Plata porque resultaba un régimen de más fácil penetración y dominación en razón a las propias tendencias y contradicciones del republicanismo como sistema. 

Los federales de las primeras dos décadas revolucionarias eran republicanos, porque asumían en el republicanismo la tendencia popular hacia el pluralismo democrático, por reacción histórica contra el unitarismo centralista establecido por los virreyes.

Algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, aconsejaron erigir una monarquía. La propuesta tuvo algunas posibilidades de cristalizar a través de gestiones diplomáticas muy complejas en Europa; también se barajó la idea de restaurar el trono de un Inca. Sin embargo, y más allá de las tratativas, estos proyectos no fueron más que sondeos de opinión que por más exigua que fuese, repudiaba la posibilidad de un monarca en Buenos Aires: eso habría sido el fin de la Revolución iniciada en 1810 que encontraba en Mariano Moreno a su pro hombre. El Pueblo, a pesar de ser en ese entonces (como lo es ahora) una entidad heterogénea, variopinta, impalpable, rechazaba esa posibilidad y prefería una opción más abierta y democrática.

De manera tal que el Congreso en principio descarta el sistema monárquico. Pero deja aún abierta la posibilidad para que siga siendo tratada en Buenos Aires cuando sigua sesionando el Congreso para dictar una constitución. Ese vacío legal es llenado por los unitarios.

La constitución unitaria de 1819

Corolario de lo dicho, en abril de 1819, el Congreso sanciona una Constitución, unitaria y absolutista, que no era ni monárquica ni republicana pero que dejaba las puertas abiertas para la entrada de un príncipe o un infante. 

Se trataba de una Carta Magna aristocratizante, el representante del poder ejecutivo era un Directo del Estado, que era elegido por el poder legislativo, que tenía una Cámara de Representantes y un Senado. El titular del ejecutivo tenía un mandato de 5 años.

El poder real se centraba en un Senado formado por delegados por las provincias, pero que al mismo tiempo incluía personajes designados por su propio carácter, tales como: rectores de universidad, generales, obispos o representantes de la iglesia etc. Los senadores militares eran elegidos por el Director de Estado directamente. Los representantes del senado duraban 12 años en las bancas, mientras que los miembros de la cámara de representantes 4 años. Para ser senador había que ser propietario de un “fondo de diez mil pesos al menos”.

El Congreso tenía las facultades centrales para regular el comercio y las cuestiones políticas, como delimitar los límites de las provincias, habilitar los puertos, determinar el estatus de villas, ciudades o provincias, asegurar las funciones de los interventores, etc.

El texto no mencionaba la palabra república. En su primer artículo adoptaba la religión de Estado, la católica apostólica romana. Garantizando una retroalimentación del poder de las élites dominantes, se confería al ejecutivo nacional el nombramiento de todos los empleos “que no se exceptúen especialmente en esta constitución y las leyes”, la designación de militares, funcionarios eclesiásticos y sostén de la Iglesia. Era, además, un texto con groseras deficiencias jurídicas y una pésima redacción.

Tampoco el texto constitucional no garantizaba los derechos federales, es decir no regulaba en un capitulo o en sus disposiciones específicas la relación nación-provincias, lo que se infería como una asunción de las facultades en forma exclusiva por parte el gobierno nacional. Esta lectura se robustece con las disposiciones del capítulo final que establecían que seguirán vigentes “las leyes, estatutos y reglamentos que hasta ahora rigen, en lo que no hayan sido alterados ni digan lo contradicción con la Constitución presente”, disposición que revalidaba las conservadoras normas de la legislación colonial del virreinato.

Abelardo Ramos en su “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, analiza las razones materiales del primer proyecto constitucional: “La Constitución de 1819 fue el factor desencadenante de la crisis del año 20, que ya germinaba desde la caída de Moreno. El librecambismo ruinoso de los porteños, la política centralista que los rivadavianos llamarían “unitaria”, y la posesión de las rentas en manos de Buenos Aires, habían convertido la primera década post revolucionaria en el prólogo de la guerra civil. La Constitución de 1819 le confirió un carácter oficial. Sancionado el 22 de abril, este documento eran aún más antidemocrático que la antigua ordenanza de Intendentes de la época colonial española: dejaba en manos de los Directores Supremos del Estado, radicados en Buenos Aires, una suma de poderes todavía mayor que la que detentaban los virreyes imperiales… Basta decir que los cabildos del interior carecían de facultades para designar autoridades provinciales. Su este era el rasgo político de la Constitución Unitaria del año 19, su fundamento económico no hacía que reafirmar la injusta exigencia de la ciudad de Buenos Aires y de los comerciantes y hacendados allí radicados, de mantener en sus manos exclusivas el control del puerto único, es decir, las palancas fundamentales de la renta perteneciente a todo el pueblo argentino”.

La llamada Constitución de 1819 no tuvo prácticamente vigencia y no funcionó porque la disidencia federal era ya muy grande, como muy profunda era también la desconfianza de los pueblos frente a las intrigas monárquicas de los porteños. Así las cosas, y después de una serie de hechos políticos y militares menores se sanciona la Constitución y esto resultó una afrenta, una provocación para los pueblos del interior, especialmente el litoral federal, que conducidos por Francisco Ramírez y Estanislao López marchan con sus montoneras gauchas hacia la ciudad Buenos Aires.

La Batalla de Cepeda, bautismo de fuego del Federalismo

Francisco Ramírez asumirá la función de jefe supremo del ejército federal. Estanislao López, el caudillo santafesino. Se le pliegan también algunos desterrados del régimen: Alvear que prometía apoyo de importantes sectores porteños y el chileno Miguel Carreras que aporta alguna tropa y una imprenta que había comprado en Estados Unidos. Esta imprenta, volante, editaba un boletín, "La Gaceta Federal", explosivo en su contenido.

En octubre de 1819 se reúnen los dos jefes, Ramírez y López, en Coronda para establecer planes comunes. Días después, el entrerriano lanza una proclama declarándole la guerra al Directorio, sostén político de la Constitución aristocrática y antipopular, e invitando a sus paisanos a compartir la insurrección. 

Allí está ahora, Francisco "Pancho" Ramírez, como jefe supremo de los ejércitos federales en el umbral de la historia. Está frente a sus "Dragones de la Muerte" como se llamaban las disciplinadas montoneras entrerrianas. Conduce también a las tropas santafesinas de López, los guaraníes de Misiones, los mocovíes del Chaco, las tropas correntinas al mando de Campbell, expresando estos el abanico del artiguismo en el litoral. Algunos historiadores resaltan que Ramírez ya por entonces estaba acompañado por su fiel guerrera, La Delfina. En ese momento el régimen directorial se derrumba. 

Pueyrredón renuncia al Directorio y asume Rondeau. El mismo Rondeau que nueve años antes fuera convencido por Ramírez para desertar del ejército español e ingresar a las filas revolucionaria artiguistas. El mismo Rondeau que está frente a él, comandando las tropas porteñas.

El Director Rondeau pide auxilio a los ejércitos regulares. Ya se sabe que el General San Martín, fiel a su conducta patriótica, popular y revolucionaria, se niega a desenvainar su gloriosa espada en esta guerra civil, mucho menos en contra del pueblo. Sólo le queda al Directorio el veterano Ejercito del Norte comandado por Belgrano al que Rondeau pide auxilio. Esta fuerza se niega también a participar en la contienda civil, se amotina en Arequito y esa sublevación deja al Directorio -ya debilitado políticamente- en un estado de total vulnerabilidad militar.

El 1º de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales se sella la suerte del Directorio oligárquico.

El historiador entrerriano Aníbal Vásquez escribe en su libro "Ramírez": "El triunfo de Cepeda debe considerarse como el bautismo de sangre del federalismo argentino, y como la primera afirmación colectiva de la mayoría popular a favor de la organización nacional, republicana, democrática y federal".

La trascendencia histórica, política y jurídica 


La Batalla de Cepeda desde el punto de vista del aspecto militar fue, tal vez, de las más "pobres" en la historia argentina, pero en sus proyecciones políticas fue de las más fecundas. Las milicias directoriales, formadas en mayor parte por esclavos comprados por el gobierno para convertirlos en soldados, se desbandaron ante el ataque montonero. Una sola carga bastó para desmoronar a los porteños que "en menos de un minuto" se dispersaron dejando la artillería en poder de los gauchos entrerrianos.

Pero a Ramírez no lo movilizaba el odio fratricida, ni la venganza de la barbarie. Jorge Busti, en “Francisco Ramírez: 200 Años de identidad Entrerriana”, recuerda el espíritu de fraternidad que animaba al caudillo entrerriano en esta epopeya, rescatando la gran obra de Diego Luis Molinari: “Ya había pasado el temor de la primera hora. La montonera no entró como avalancha en la campiña bonaerense, y Ramírez levantó en alto el pendón de la fraternidad y no el de la destrucción… Y a mitad de la jornada del 1 de febrero, lanza en mano, cuando el mayor Piris perseguía a la caballería directorial, dispersa a los cuatro rumbos, y se aprestaba al ataque de los refugiados entre las carretas conminándoles una entrega a discreción, si no querían ser pasados a degüello, puso alto a la matanza para remitir el parte nervioso del ya seguro triunfo: “¡Gloria a la patria y honor a los libres! Triunfaron las armas en la inmediación del Pergamino contra el tirano porteño”… Ramírez pudo avanzar triunfante sobre la ciudad sin que nadie le atajase el paso. El 2 de febrero Ramírez gozó la paz del triunfo. Su corazón exultaba ante el panorama del futuro: ¡por fin terminaban las desgracias de la Patria y comenzaba la era feliz de la reconciliación general!”

Políticamente, institucionalmente, había caído por primera vez desde 1810 la autoridad nacional, por primera vez desaparecía una entidad estatal que había ejercido, a veces solo formalmente, el poder sobre todo el antiguo virreinato.

Los sectores oligárquicos de Buenos Aires entran en pánico ante una supuesta posibilidad de "invasión" de las tropas federales. Vicente Fidel López, el ensayista quintaesencia de la versión mitrista de nuestra historia, expresa su repugnancia cuando relata el episodio: ... "numerosas escoltas (de Ramírez y López) compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco ataron sus caballos en los postes y cadenas de la Pirámide de Mayo mientras sus jefes se solazaban en el salón del ayuntamiento". Relato que habla por sí solo acerca del desprecio y el odio que siente la oligarquía y la antipatria por la causa federal y el recuerdo de la Batalla de Cepeda.

Las montoneras al mando de Ramírez entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...Comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.

Ese es el valor de Cepeda y de la entrada de los caudillos del litoral a Buenos Aires. Fue una directa confrontación con la verdad nacional, que en 1820 era cruel y la guerra era la continuación de la política por otros medios. Para aprender esa verdad no servían los argumentos de los doctores unitarios y sus leyes y constituciones. Servían sí esos hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, de los rincones del interior federal y profundo. Los caudillos tuvieron la responsabilidad histórica de encauzar de manera pragmática y progresiva esa fluida verdad nacional que desfilaba a caballos por las calles de Buenos Aires. Esta es una gran gloria histórica de nuestro Francisco Ramírez.

domingo, 13 de marzo de 2016

Una semblanza de Pancho Ramírez

Pancho Ramírez, retrato del Salón de los Gobernadores de la Casa de Gobierno de Entre Ríos.

Francisco Ramírez nació en 1786, un 13 de marzo en el pueblo de Arroyo de la China ya llamado entonces Concepción del Uruguay. Hijo de Juan Gregorio Ramírez y de doña Tadea Jordán. No se le conoce su estampa, su figura. El retrato más conocido del caudillo es el que se encuentra en el salón de los Gobernadores de la Casa de Gobierno de Entre Ríos, en nuestra Paraná. Este muestra la figura de un militar muy napoleónico, de uniforme con charreteras y bordados en oro, con un rostro poblado por decorativas patillas. En rigor de verdad, la hermana de Francisco Ramírez, modeló para el pintor ese retrato por su notable parecido. Pero su figura verdadera no se la conoce, algunos dicen que era alto y rubio otros achinado y retacón. En fin, mucho se dice de Pancho Ramírez pero poco se conoce y la Historia no mucho nos cuenta. Acá va una breve semblanza…


Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro.



“Compatriotas: Imitad tan noble entusiasmo para entrar con nosotros al templo del honor, de la gloria, de la inmortalidad. La señal está dada, yo marcharé al frente de vosotros y dirigiré vuestros pasos a un feliz destino. Marchemos al Sud que es llegado el día glorioso de su felicidad.” Francisco Ramírez.


Jorge Abelardo Ramos afirma en “Revolución y contrarrevolución en Argentina” que era descendiente del Marqués de Salina, don Juan Ramírez de Velazco, conquistador y fundador de ciudades, gobernador de Salta y Tucumán. Y añade: “Cabalgador mancebo, con la sangre guaraní dibujándole el rostro anguloso y viril, montado con gracia nativa en un alazán hermosamente puesto, Ramírez, no era justamente el bárbaro de la leyenda porteña.

No fue Ramírez un aprendiz de carpintero como dijo Vicuña Mackenna, ni “chusquero”, como afirma Andrade y muchos menos “caudillo bárbaro” según expresión de Vicente Fidel López, fue un caudillo caballeresco, capaz de concebir ideas y desarrollarlas, organizador por instinto, se recomienda en la historia de nuestra revolución social como el caudillo de mas carácter y disciplina en su ejercito”.

Su madre enviuda y casa en segundad nupcias, alumbrando así a sus medios hermanos, uno de ellos es José Ricardo López Jordán, su compañero de lucha y padre del que fuera mas tarde Ricardo López Jordán, el gran caudillo nacional del federalismo entrerriano.

La figura de Francisco Pancho Ramírez ha despertado polémica entre los historiadores. Se debate el significado político de Ramírez en la historia Argentina, su encontrada relación con Artigas, su trascendencia luego de Cepeda, su temeridad sin límites. No obstante a tanto desacuerdo entre los investigadores, se pueden descubrir dos afirmaciones que parecen ser incuestionables: su capacidad militar y su hombría de bien en la guerra.

Sus cualidades militares han sido juzgadas por una autoridad inapelable. El unitario General Paz, militar de carrera y brillante estratega, afirma en sus “Memorias”: “No está de más advertir que el General Ramírez fue el primero y el único entonces de esos generales caudillos que había engendrado el desorden que puso regularidad y orden en sus tropas. A diferencia de López y Artigas estableció la subordinación y adoptó los principios de la táctica, lo que le dio una notable superioridad”.


Y, en medio de las tremendas luchas que llevó, jamás cometió un atropello, no incurrió en crueldad, en codicia o prepotencia. Rasgo éste, curioso y excepcional en las costumbres de la época. En este punto sí, están de acuerdo todos los cronistas.

El escritor Aníbal Vásquez, un especialista en la vida y gesta del caudillo, en su obra “Ramírez” expresa:

“En su intensa actuación, nada hay que sugiera el convencimiento de que Ramírez se hubiera comportado como un bandolero y un sanguinario, según se ha pretendido para desmerecerlo ante la posteridad. Por eso hemos dicho que ha sido el caudillo más organizador y el de mejores sentimientos. No se extasió con la sangre de sus víctimas, ni asoló ciudades concediendo licencias inauditas a sus tropas, ni asesinó, ni ejercitó la venganza, prodigando por el contrario su generosidad a los enemigos”. Y continua luego comparándolo con otros caudillos de la época: “ No puede encontrarse en su actuación militar nada que ensangriente el resplandor de sus prestigios: ni la desoladora invasión a Santa Fe por el general Viamonte, ordenada por el Directorio; ni el incendio de los ranchos en Rosario dispuesto por Balcarce; ni las atrocidades de Artigas, ni las notas rojas de ese atormentado de Miguel Carrera; ni los actos de bandolerismo de Estanislao López; ni el fusilamiento de Dorrego; ni la inhumanidades de Oribe....”

Su deslumbrante carrera duró solo tres años. Fueron solamente tres fugaces años en que se difundió el nombre de Pancho Ramírez por las Provincias Unidas.

Sus años de juventud no han quedado bien establecidos, algunas historias lo dan como correo de Artigas en los primeros momentos del levantamiento de la campaña Oriental Otras versiones lo presentan como prisionero de los realistas en la ciudadela de Montevideo. Lo que sí nadie duda es que en 1811 Francisco Ramírez, entra en la crónica histórica: figura encabezando la insurrección de Entre Ríos contra la dominación española en la zona de Arroyo de la China.

Luego participa en las luchas insurgentes contra españoles y en la resistencia contra el portugués a las órdenes de Artigas. Desde entonces, a partir de 1813, estará vinculado a Artigas, del cual fue virtualmente su delegado en Entre Ríos.

En las luchas contra los dictatoriales porteños se alinea primero con Hereñú. Pero, cuando éste defecciona a la causa artiguista y se alía con el porteño invasor, Ramírez levanta la bandera de fidelidad al Protector de los Pueblos Libres.

Casi solo, Artigas no podía ayudarlo ocupado en resistir la invasión portuguesa a la Banda Oriental, cae una y otra vez sobre las tropas porteñas invasoras derrotándolas sin darle tregua: Santa Bárbara y el Saucecito son dos victorias arrolladoras contra las tropas del puerto de Buenos Aires.

Estas campañas y acciones guerreras, sus condiciones innatas de conductor, su juventud afanosa, así mismo como la imposición de los hechos, convierten a Francisco Ramírez a partir de 1818 en el puntal básico del artiguismo en el litoral argentino.

Ese mismo año 1818, cumpliendo instrucciones de Artigas, invade Corrientes, para evitar el vuelco de la situación local a favor del Directorio, que había intrigado para deponer al delegado del Protector en la provincia. Cumple el cometido con éxito, reponiendo al mandatario y frustrando así los planes de los porteños de sustraer las provincias del litoral de la influencia artiguista.

Contemporáneamente destaca a su hermanastro Ricardo López Jordán, en auxilio de Estanislao López gobernador de Santa Fe amparado en el protectorado de Artigas que en esos momentos soportaba una segunda invasión porteña.

A esta altura, Ramírez ya estaba en condiciones, políticas y militares de tomar la ofensiva en esa larga guerra contra el Directorio. El régimen cuyas intrigas monárquicas, cuyo centralismo y permanente contubernio con el portugués era repudiado por los pueblos. Ramírez, conjuntamente con López, en ese momento histórico, asumirá tácitamente la representación de los pueblos interiores en esta confrontación contra el poder porteño.

Le espera todavía su hora más gloriosa en Cepeda, su irrupción en la historia más polémica en el enfrentamiento con Artigas, su romántica relación con la Delfina y su legendaria muerte…

lunes, 1 de febrero de 2016

Pancho Ramírez y las Montoneras Federales contra la oligarquía porteña y la Constitución Unitaria de 1819

Francisco “Pancho” Ramírez

El 1 de febrero de 1820 ocurrió la Batalla de Cepeda que puso fin al proyecto oligárquico del Directorio de Buenos Aires, derogando de facto la organización constitucional aristocrática de 1819. Las montoneras de Ramírez y López entran en Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida. Comienza lo que la historia liberal mitrista denominó la “Anarquía del Año XX”.


Más que “Anarquía”, en el año 1820 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que se alza en contra de una Constitución y un régimen de gobierno elitista y antipopular, con la pretensión política de sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo. Y a ese proceso lo encarnan los caudillos federales, con un protagonismo central de Francisco “Pancho” Ramírez.


Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro

--------------------------------------------------------------------------------------

El año 20, decían los aristócratas, era el que debía marcar el fin de la revolución, estableciendo el poder absoluto para consumar nuestro exterminio repartiéndose entre si los empleos y riquezas del país a la sombra de un niño coronado que ni por sí ni por la impotente familia a que pertenece podía oponerse a la regencia intrigante establecida y sostenida por ellos mismos”. Francisco Ramírez.

El proyecto de la oligarquía porteña y la Constitución de 1819 

A mediados de la primera década del Siglo 19, el antiguo virreinato del Río de la Plata ya se perfilaba como un país, faltaba formalmente declarar la independencia de España, las condiciones internacionales apremiaban y los movimientos revolucionarios la exigían. De tal manera el Congreso reunido en Tucumán en 1816 homologa estos hechos enunciando que "las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". Y ..."declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".

Una vez declarada la independencia quedaba un problema a resolver. La pregunta era la siguiente: ¿Qué forma de gobierno elegir? En el congreso de Tucumán se planteó seriamente la posibilidad de convertir al país en una monarquía. Napoleón había sido definitivamente vencido y en Europa señoreaba la Santa Alianza, que era un conjunto de monarquías aliadas muy reaccionarias, que se oponían a la constitución de republicas ya que éstas eran sinónimos de subversión, caos, ateismo y jacobinismo.

Los impulsores de esquemas monárquicos no tenían todos las mismas motivaciones. No se puede equiparar el monarquismo de San Martín, que proponía además una monarquía parlamentaria, admitiendo en la monarquía la posibilidad de un gobierno fuerte adecuado a las características y las grandes extensiones del país. No se lo puede comparar, repito, con el concepto monárquico de un Manuel José García enajenado por fuerzas internacionales. Y cosa parecida ocurría con los republicanos. Algunos de los republicanos criollos coincidían en los intereses con Inglaterra. Gran Bretaña, estaba mucho mas interesada en instalar una republica en el Plata porque resultaba un régimen de más fácil penetración y dominación en razón a las propias tendencias y contradicciones del republicanismo como sistema. Los federales de las primeras dos décadas revolucionarias eran republicanos, porque asumían en el republicanismo la tendencia popular hacia el pluralismo democrático, por reacción histórica contra el unitarismo centralista establecido por los virreyes.

Algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, aconsejaron erigir una monarquía. La propuesta tuvo algunas posibilidades de cristalizar a través de gestiones diplomáticas muy complejas en Europa; también se barajó la idea de restaurar el trono de un Inca. Sin embargo, y más allá de las tratativas, estos proyectos no fueron más que sondeos de opinión que por más exigua que fuese, repudiaba la posibilidad de un monarca en Buenos Aires: eso habría sido el fin de la Revolución iniciada en 1810 que encontraba en Mariano Moreno a su pro hombre. El Pueblo, a pesar de ser en ese entonces (como lo es ahora) una entidad heterogénea, variopinta, impalpable, rechazaba esa posibilidad y prefería una opción mas abierta y democrática.

De manera tal que el Congreso en principio descarta el sistema monárquico. Pero deja aún abierta la posibilidad para que sigua siendo tratada en Buenos Aires cuando sigua sesionando el Congreso para dictar una constitución. Ese vacío legal es llenado por los unitarios.

Corolario de lo dicho, en abril de 1819, el Congreso sanciona una Constitución, unitaria y absolutista, que no era ni monárquica ni republicana pero que dejaba las puertas abiertas para la entrada de un príncipe o un infante. Se trataba de una Carta Magna aristocratizante, con un Senado formado por delegados por las provincias, pero que al mismo tiempo incluía personajes designados por su propio carácter, tales como: rectores de universidad, generales, obispos etc. El texto no mencionaba la palabra república.

La llamada constitución de 1819 no tuvo prácticamente vigencia y no funcionó porque la disidencia federal era ya muy grande, como muy profunda era también la desconfianza de los pueblos frente a las intrigas monárquicas de los porteños. Así las cosas, y después de una serie de hechos políticos y militares menores se sanciona la Constitución y esto resultó una afrenta, una provocación para los pueblos del interior que conducidos por Ramírez y López marchan con sus montoneras gauchas hacia la ciudad Buenos Aires.

La Batalla de Cepeda, bautismo de fuego del Federalismo

Pintura alegórica de la Batalla de Cepeda. 
Ramírez, como lugarteniente del Protector Artigas, asumirá la función de jefe supremo del ejército federal. Estanislao López, el caudillo santafesino, se agrega a las fuerzas en calidad de aliado histórico del caudillo oriental. Se le pliegan también algunos desterrados del régimen: Alvear que prometía apoyo de importantes sectores porteños y el chileno Miguel Carreras que aporta alguna tropa y una imprenta que había comprado en Estados Unidos. Esta imprenta, volante, editaba un boletín, "La Gaceta Federal", explosivo en su contenido.



En octubre de 1819 se reúnen los dos jefes, Ramírez y López, en Coronda para establecer planes comunes. Días después, el entrerriano lanza una proclama declarándole la guerra al Directorio, sostén político de la Constitución aristocrática y antipopular, e invitando a sus paisanos a compartir la insurrección.

Allí está ahora, Francisco "Pancho" Ramírez, como jefe supremo de los ejércitos federales en el umbral de la historia. Está frente a sus "Dragones de la Muerte" como se llamaban las disciplinadas montoneras entrerrianas. Conduce también a los dragones santafesinos de López, los guaraníes de Misiones, los mocovíes del Chaco y toda la montonera artiguista. En ese momento el régimen directorial se derrumba.

Pueyrredón renuncia al Directorio y asume Rondeau. El mismo Rondeau que nueve años antes fuera convencido por Ramírez para desertar del ejército español e ingresar a las filas revolucionaria artiguistas. El mismo Rondeau que está frente a él, comandando las tropas porteñas.

El Director Rondeau pide auxilio a los ejércitos regulares. Ya se sabe que el General San Martín, fiel a su conducta patriótica, popular y revolucionaria, se niega a desenvainar su gloriosa espada en esta guerra civil, mucho menos en contra del pueblo. Sólo le queda al Directorio el veterano Ejercito del Norte comandado por Belgrano al que Rondeau pide auxilio. Esta fuerza se niega también a participar en la contienda civil, se amotina en Arequito y esa sublevación deja al Directorio -ya debilitado políticamente- en un estado de total vulnerabilidad militar.

El 1º de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales se sella la suerte del Directorio oligárquico.

El historiador entrerriano Aníbal Vásquez escribe en su libro "Ramírez": "El triunfo de Cepeda debe considerarse como el bautismo de sangre del federalismo argentino, y como la primera afirmación colectiva de la mayoría popular a favor de la organización nacional, republicana, democrática y federal".

Bisagra histórica, lo militar y lo jurídico-político

La Batalla de Cepeda desde el punto de vista del aspecto militar fue de las más "pobres" en la historia argentina, pero en sus proyecciones políticas fue de las más fecundas. Las milicias directoriales, formadas en mayor parte por esclavos comprados por el gobierno para convertirlos en soldados, se desbandaron ante el ataque montonero. Una sola carga bastó para desmoronar a los porteños que "en menos de un minuto" se dispersaron dejando la artillería en poder de los gauchos entrerrianos.

Políticamente, institucionalmente había caído por primera vez desde 1810 la autoridad nacional, por primera vez desaparecía una entidad estatal que había ejercido, a veces solo formalmente, el poder sobre todo el antiguo virreinato.

Los sectores oligárquicos de Buenos Aires entran en pánico ante una supuesta posibilidad de "invasión" de las tropas federales. Vicente Fidel López, el ensayista quintaesencia de la versión mitrista de nuestra historia, expresa su repugnancia cuando relata el episodio: ... "numerosas escoltas (de Ramírez y López) compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco ataron sus caballos en los postes y cadenas de la Pirámide de Mayo mientras sus jefes se solazaban en el salón del ayuntamiento". Relato que habla por sí solo acerca del desprecio y el odio que siente la oligarquía y la antipatria por la causa federal y el recuerdo de la Batalla de Cepeda.

Las montoneras de Ramírez y López entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...Comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.

Ese es el valor de Cepeda y de la entrada de los caudillos del litoral a Buenos Aires. Fue una directa confrontación con la verdad nacional, que en 1820 era cruel y la guerra era la continuación de la política por otros medios. Para aprender esa verdad no servían los argumentos de los doctores unitarios y sus leyes y constituciones. Servían sí esos hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, de los rincones del interior federal y profundo. Ellos, los caudillos, tuvieron la responsabilidad histórica de encauzar de manera pragmática y progresiva esa fluida verdad nacional que desfilaba a caballos por las calles de Buenos Aires. Esta es la gran gloria histórica de nuestro "Pancho" Ramírez.