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lunes, 19 de febrero de 2024

Federales y Unitarios: Guerras civiles en Argentina y el nacimiento de “la grieta”

Rivadaiva y Rosas, Unitarios y Federales.

“Las pasiones del pasado, mezclado sus reflejos a las banderías del presente, convierte a la realidad humana en un cuadro cuyos colores son únicamente el blanco y el negro”.  Marc Bloch, “Introducción a la historia”.

             Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro

Con la disputa entre Federales y Unitarios nace en Argentina el enfrentamiento político que divide a la sociedad de nuestro país. Este enfrentamiento que, con los sucesivos cambios de cada época, se reencarnó en radicales contra el régimen, Yrigoyenistas contra anti personalistas, peronistas contra antiperonistas y de ahí al presente con la Presidencia del “libertario” Javier Milei donde el debate entre Modelo Federal vs. Centralismo porteño vuelve a ocupar un lugar central en la agenda política. Para analizar el presente,  entiendo que lo primero que corresponde es volver teóricamente a la raíz histórica. Allí veremos muchas similaridades con lo que hoy discutimos. Les dejo una breve artículo del tema.

 Un panorama histórico vertiginoso:

Este enfrentamiento se agudizó y se arraigó en la sociedad en la segunda mitad de la década de 1820-1830. Un periodo de la historia argentina que es especialmente complejo y acelerado. En un corto período de tiempo, que va desde la asunción de Rivadavia como Presidente en 1826 hasta 1829 en que Juan Manuel de Rosas asume como gobernador de la Provincia de Buenos Aires, se suceden una seria de acontecimientos trascendentales que cambiaron la esencia y la dinámica política nacional.

A modo de repaso, e incluso de guía de cualquier lector o lectora, es imperioso considerar los siguientes hechos históricos en forma general:

a) Luego de la derrota definitiva de los españoles, unitarios y federales iniciaron un largo y sangriento conflicto para definir qué modelo de organización político debería regir el futuro de la Nación. En 1820 con la Batalla de Cepeda, con la victoria de Francisco “Pancho” Ramírez y el Tratado del Pilar, comenzó un período de autonomías provinciales y guerras civiles;

b) La unión o los acuerdos entre las provincias sólo se mantuvo gracias a los llamados tratados interprovinciales. No obstante, las luchas interprovinciales se sucedieron por más de sesenta años.

c) En 1826, un Congreso de extracción unitaria digitado fraudulentamente designó primer “presidente constitucional” a Bernardino Rivadavia personaje de definidas tendencias centralistas y probritánicas.

El mismo Congreso sancionó además una Constitución de naturaleza oligárquica y unitaria que las provincias resistieron, como ya habían hecho las provincias del Litoral contra la Constitución de 1819.

d) La cesión del actual Uruguay al Brasil y los despropósitos del “presidente” provocaron la dimisión de Rivadavia producto de una rebelión popular.

Asumió electo por el pueblo como gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Manuel Dorrego, partidario de las autonomías provinciales, quien resolvió el conflicto con el Imperio Brasileño reconociendo la independencia de la Banda Oriental.

e) Los unitarios porteños conjurados instigaron a Lavalle, que volvía de la guerra contra Brasil, para que se sublevara con el ejército, depusiera y fusilara a Dorrego. El asesinato de Dorrego se produjo en diciembre de 1828, radicalizando posiciones y extendiendo la guerra civil.

f) En este contexto aparece el comandante de campaña Juan Manuel de Rosas como el hombre facultado de restaurar el orden. El jefe de los “Colorados del Monte” resiste a los golpistas que habían destituido a Dorrego y luego de varios enfrentamientos armados Lavalle y Rosas acuerdan la paz, y Don Juan Manuel asume como gobernador de Buenos Aires. Se restituyó la legislatura que había gobernado con Dorrego y se restableció la paz en la provincia. Pero en el interior la guerra civil entre federales y unitarios continuaba.

g) Advirtamos entonces que en el corto lapso de tres años (1826-1829) se da una secuencia de hechos más que significativos que son forzosos tenerlos en cuenta para una comprensión de este período: Guerra con el Imperio del Brasil, secesión de la Banda Oriental, sanción de una Constitución, designación de Rivadavia como Presidente, renuncia del mismo, asunción de Dorrego como gobernador de Buenos Aires, terminación de la guerra, sublevación de Lavalle, fusilamiento de Dorrego, exacerbación de las guerras civiles y sobre el final del período aparición de Juan Manuel de Rosas.

 

            Unitarios y federales. Dos proyectos políticos en pugna.

 "Los federalistas quieren no sólo que Buenos Aires no sea la capital, sino que como perteneciente a todos los pueblos divida con ellos el armamento, los derechos de aduana y demás rentas generales: en una palabra, que se establezca una igualdad física entre Buenos Aires y las demás provincias...” Juan Bautista Alberdi, “Escritos Póstumos”.

 

Para abordar este tema, es preciso realizar una caracterización histórica-doctrinaria de los elementos que definían y diferenciaban a los federales de los unitarios.

El proceso de construcción de los Estados Nacionales en la América hispánica fue dilatado y cruento. Primero fueron las guerras por la emancipación, que duraron catorce años, (1810-1824), luego o casi simultáneamente, las violentas guerras civiles. En el caso argentino, que fue uno de los más largos, duró setenta años, si contamos desde 1810 hasta 1880, cuando concluye al federalizarse la ciudad de Buenos Aires.

En las guerras civiles de Argentina, los dos bandos o partidos que se enfrentaron fueron el unitario y el federal. Para comprender cómo fue este largo período debemos previamente entender cuáles son las diferencias entre estos dos grupos irreconciliables que, al decir de San Martín cuando regresó al país en 1828, sólo se “lograría la paz cuando uno de ellos aniquilara al otro”.

Para repasar este largo pleito no debemos caer en una simplista bipolaridad que nos confunda, porque en los momentos iniciales del conflicto algunos unitarios actuaron como federales y viceversa; o caer en la falsa antinomia de asociar unitarios a porteños y federales a provincianos. Ya que federales y unitarios hubo tanto en las provincias como en Buenos Aires.

Las diferencias ideológicas entre unitarios y federales se van a ir perfilando a partir de la crisis de 1820 con la caída del Directorio y el fracaso de la Constitución que disponía un Estado centralizado. Pero, es una parcialidad considerar que estas diferencias son solamente sobre la forma de organización política del Estado, otros aspectos como los económicos, sociales, religiosos e incluso culturales son quizás mucho más relevantes.

Las diferencias cardinales son las que a continuación expongo:

a) Los unitarios se distinguieron por su concepción extranjerizante, especialmente europeizante, fundada en las ideas de los españoles afrancesados y liberales como Floridablanca y en el racionalismo iluminista de Voltaire, el más inglés de los franceses.

Identificados con una corriente dentro de la masonería e incrédulos en su mayoría, anticlericales, rechazaban la España católica de los Habsburgo como símbolo del atraso y del oscurantismo.

Fueron extranjerizantes porque no apreciaron lo originario, lo nativo. Para estas élites ilustradas, "hombres de galera y de levita" la civilización y el progreso venían de Europa y era equivalente a la vida en las ciudades. La barbarie en cambio era lo autóctono, lo telúrico, la vida pastoril, según la famosa antítesis de Sarmiento en su libro “Facundo”, biblia unitaria si las hay.

Estuvieron a favor del régimen de unidad (de allí la palabra unitario) o centralista, a imitación de la Revolución Francesa, porque suponían a las provincias semi bárbaras e incapaces de gobernarse a sí mismas. Eran consideradas como meros distritos administrativos subordinados al poder central.

Discípulos del despotismo ilustrado, despreciaban a las masas y al gaucho, adoptando frente a los sectores populares una actitud sectaria, aristocratizante y violenta. Una frase nos revela con claridad esta posición: "¡Haremos la unidad a palos!" dicha por el ministro Agüero. Como no contaban con el apoyo de la mayoría del pueblo, se decidieron a imponer sus modelos por la fuerza. Y así se puede exclamar: "¡Perezca el país antes que los principios!" O, "Haremos un cementerio de la nación antes que dejar de regenerarla a nuestro modo!". Para los unitarios, el pueblo era inculto, bárbaro, y no estaba preparado para gobernar.

Ligados a los intereses del puerto de Buenos Aires, fueron partidarios del librecambio vinculado al comercio con Inglaterra que arrasó las manufacturas del interior. Localizaron su nacionalidad en la zona del puerto, el puerto de Buenos Aires fue su real dominio y la conservación del mismo su único interés. Por ello la pérdida de la Banda Oriental y del Alto Perú se justificaba porque convenía a sus intereses comerciales. Se opusieron tenazmente al ideal sanmartiniano de la unión sudamericana, la idea de Patria Grande les resultaba extraña y exótica; desinteresados por la suerte del interior, la única patria que reconocían era la de la Aduana de Buenos Aires.

b) Los federales, en cambio, tuvieron un sentimiento americanista que recogía la tradición hispánica de respeto a los fueros locales, y por eso defendían las autonomías provinciales.

Sus representantes fueron los caudillos, conductores de las masas criollas, quienes se caracterizaron por su espíritu democrático y por poseer una visión realista y no teórica del país. Fueron "hombres de poncho y chiripa”.

Opusieron como alternativa al librecambio el establecimiento de un régimen proteccionista que defendiera la manufactura nacional y los liberara de la dependencia comercial con Inglaterra.

La cuestión económica también subyace claramente detrás de los antagonismos entre unitarios y federales. Las provincias mediterráneas, con incipientes industrias y artesanías requerían medidas proteccionistas frente a la competencia de las manufacturas extranjeras; en cambio la burguesía mercantil porteña, ligada al comercio de importación- exportación estaba a favor del libre cambio, como así también los hacendados productores de las materias primas exportables, cueros, sebo y tasajo.

Las provincias, partidarias del federalismo, sostenían que las rentas de aduana del único puerto, Buenos Aires, no debían corresponder sólo a Buenos Aires, sino a todas las provincias, argumento que no podían admitir los porteños. Es el fondo de la actual discusión del destino de los recursos que percibe el estado por las retenciones a las exportaciones del agro.

En este momento histórico, los federales estaban representados primordialmente por el porteño Manuel Dorrego, máximo exponente del llamado “federalismo doctrinario”, por el gobernador de Santa Fe, Estanislao López, por Facundo Quiroga y por la huella dejada por el caudillo oriental José Artigas y el entrerriano Francisco Ramírez y su influencia desde las provincias del Litoral.

c) Los unitarios fueron los llamados inicialmente "directoriales" por formar parte del Directorio. Su principal ideólogo y mentor fue Bernardino Rivadavia. En este grupo también participaba un sector conservador como el de los Anchorena y Felipe Arana, que luego se inclinará al federalismo rosista. Y digo “federalismo rosista” porque el régimen político federal establecido durante el período de Juan Manuel de Rosas tiene una impronta especial.

Manuel Gálvez, seguramente el más destacado escritor revisionista del país -quien nació en Paraná- en una de sus novelas históricas menos conocidas, “El diario de Gabriel Quiroga”, publicada en 1910, crea con su picante pluma literaria una penetrante caracterización y diferenciación de federales y unitarios que creo, para concluir este breve analisis histórico de la temática, vale la pena transcribir para entender las diferencias entre unitarios y federales. Para terminar, resalto que Manual Gálvez escribió:

El unitario típico es casi siempre doctor, pedante y literato. Cultiva la oratoria y exhibe en ella, junto a sus maneras de una solemnidad clásica, un vocabulario jacobino y campanudo. Cuida las formas sociales y habla con pulcritud e importancia. Se afana en el vestir y usa diariamente las prendas menos comunes. Sarmiento refiere que la administración de Rivadavia iba a las oficinas de corbata blanca. El unitario es librecambista y liberal; tiene la manía civilizadora y, desconocedor del ambiente y careciendo del sentido de la realidad, implantaría de golpe las mejores instituciones de pueblos más evolucionados. Vive retóricamente y no abandona jamás sus bellos gestos. Es ingenuo, orgulloso y vanidoso. Representa el espíritu europeo; esto le hace creerse por encima de todos y despreciar las cosas criollas y las costumbres gauchas Detesta España. Carece de verdadero patriotismo porque no siente el alma nacional. La patria es para él una entidad abstracta, sin relación visible con el suelo que habitamos. Y así cuando llega a concretarla, la concreta en Buenos Aires solamente. Sin embargo, se cree patriota y en todas las ocasiones solemnes ostenta su patriotismo: un patriotismo verbal y oratorio, de fiesta cívica, de bandera y mitología histórica –guerrera”.

“El federal representa el tipo opuesto. El federal genuino casi nunca es doctor: es estanciero, general, “comandante de campaña”. No tiene ideas sobre la patria, pero la siente intensamente, criollamente, sin alarde de patrioterismo. Forma con el país un solo todo pues es un producto genuino de la tierra: como el ombú, como el caballo criollo, como la vidalita. El federal típico casi nunca es orador o retórico. Tiene toda la viveza del gaucho. Carece de ilustración y de preocupaciones formales. Es sencillo, democrático, “a la que te criaste”, sonríe socarronamente ante los teatrales amaneramientos del unitario. No habla con la pulcritud de éste ni se atribuye importancia. Es conservador y proteccionista. Generalmente provinciano, conoce bien el país y, por su perspicacia y su sentido de la realidad, resulta un excelente hombre de gobierno”.

jueves, 1 de febrero de 2024

La Batalla de Cepeda: Francisco Ramírez y el derrumbe del proyecto de la Constitución Unitaria de 1819



El 1 de febrero de 1820 ocurrió la Batalla de Cepeda que puso fin al proyecto oligárquico del Directorio de Buenos Aires, derogando de facto la organización constitucional aristocrática de 1819. Las montoneras encabezadas por Francisco Ramírez entran en Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida. Comienza lo que la historia liberal mitrista denominó la “Anarquía del Año XX”. 

Más que “Anarquía”, en el año 1820 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que se alza en contra de una Constitución y un régimen de gobierno elitista y antipopular, con la pretensión política de sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo. Y a ese proceso lo encarnan los caudillos federales, con un protagonismo central de Francisco Ramírez.

Escribe: Dr. Alejandro Gonzalo García Garro


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“El año 20, decían los aristócratas, era el que debía marcar el fin de la revolución, estableciendo el poder absoluto para consumar nuestro exterminio repartiéndose entre si los empleos y riquezas del país a la sombra de un niño coronado que ni por sí ni por la impotente familia a que pertenece podía oponerse a la regencia intrigante establecida y sostenida por ellos mismos”. Francisco Ramírez.



El proyecto de la oligarquía porteña y sus resistencias 

A mediados de la primera década del Siglo 19, el antiguo virreinato del Río de la Plata ya se perfilaba como un país, faltaba formalmente declarar la independencia de España, las condiciones internacionales apremiaban y los movimientos revolucionarios la exigían. 

De tal manera el Congreso reunido en Tucumán en 1816 homologa estos hechos enunciando que "las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". Y ..."declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".

Una vez declarada la independencia quedaba un problema a resolver. La pregunta era la siguiente: ¿Qué forma de gobierno elegir? En el congreso de Tucumán se planteó seriamente la posibilidad de convertir al país en una monarquía. Napoleón había sido definitivamente vencido y en Europa señoreaba la Santa Alianza, que era un conjunto de monarquías aliadas muy reaccionarias, que se oponían a la constitución de repúblicas ya que éstas eran sinónimos de subversión, caos, ateísmo y jacobinismo.

Los impulsores de esquemas monárquicos no tenían todos, homogéneamente, las mismas motivaciones. No se puede equiparar el monarquismo de San Martín, que proponía además una monarquía parlamentaria, admitiendo en la monarquía la posibilidad de un gobierno fuerte adecuado a las características y las grandes extensiones del país. No se lo puede comparar, repito, con el concepto monárquico de un Manuel José García enajenado por fuerzas internacionales. Y cosa parecida ocurría con los republicanos. Algunos de los republicanos criollos coincidían en los intereses con Inglaterra. Gran Bretaña, estaba mucho más interesada en instalar una república en el Plata porque resultaba un régimen de más fácil penetración y dominación en razón a las propias tendencias y contradicciones del republicanismo como sistema. 

Los federales de las primeras dos décadas revolucionarias eran republicanos, porque asumían en el republicanismo la tendencia popular hacia el pluralismo democrático, por reacción histórica contra el unitarismo centralista establecido por los virreyes.

Algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, aconsejaron erigir una monarquía. La propuesta tuvo algunas posibilidades de cristalizar a través de gestiones diplomáticas muy complejas en Europa; también se barajó la idea de restaurar el trono de un Inca. Sin embargo, y más allá de las tratativas, estos proyectos no fueron más que sondeos de opinión que por más exigua que fuese, repudiaba la posibilidad de un monarca en Buenos Aires: eso habría sido el fin de la Revolución iniciada en 1810 que encontraba en Mariano Moreno a su pro hombre. El Pueblo, a pesar de ser en ese entonces (como lo es ahora) una entidad heterogénea, variopinta, impalpable, rechazaba esa posibilidad y prefería una opción más abierta y democrática.

De manera tal que el Congreso en principio descarta el sistema monárquico. Pero deja aún abierta la posibilidad para que siga siendo tratada en Buenos Aires cuando sigua sesionando el Congreso para dictar una constitución. Ese vacío legal es llenado por los unitarios.

La constitución unitaria de 1819

Corolario de lo dicho, en abril de 1819, el Congreso sanciona una Constitución, unitaria y absolutista, que no era ni monárquica ni republicana pero que dejaba las puertas abiertas para la entrada de un príncipe o un infante. 

Se trataba de una Carta Magna aristocratizante, el representante del poder ejecutivo era un Directo del Estado, que era elegido por el poder legislativo, que tenía una Cámara de Representantes y un Senado. El titular del ejecutivo tenía un mandato de 5 años.

El poder real se centraba en un Senado formado por delegados por las provincias, pero que al mismo tiempo incluía personajes designados por su propio carácter, tales como: rectores de universidad, generales, obispos o representantes de la iglesia etc. Los senadores militares eran elegidos por el Director de Estado directamente. Los representantes del senado duraban 12 años en las bancas, mientras que los miembros de la cámara de representantes 4 años. Para ser senador había que ser propietario de un “fondo de diez mil pesos al menos”.

El Congreso tenía las facultades centrales para regular el comercio y las cuestiones políticas, como delimitar los límites de las provincias, habilitar los puertos, determinar el estatus de villas, ciudades o provincias, asegurar las funciones de los interventores, etc.

El texto no mencionaba la palabra república. En su primer artículo adoptaba la religión de Estado, la católica apostólica romana. Garantizando una retroalimentación del poder de las élites dominantes, se confería al ejecutivo nacional el nombramiento de todos los empleos “que no se exceptúen especialmente en esta constitución y las leyes”, la designación de militares, funcionarios eclesiásticos y sostén de la Iglesia. Era, además, un texto con groseras deficiencias jurídicas y una pésima redacción.

Tampoco el texto constitucional no garantizaba los derechos federales, es decir no regulaba en un capitulo o en sus disposiciones específicas la relación nación-provincias, lo que se infería como una asunción de las facultades en forma exclusiva por parte el gobierno nacional. Esta lectura se robustece con las disposiciones del capítulo final que establecían que seguirán vigentes “las leyes, estatutos y reglamentos que hasta ahora rigen, en lo que no hayan sido alterados ni digan lo contradicción con la Constitución presente”, disposición que revalidaba las conservadoras normas de la legislación colonial del virreinato.

Abelardo Ramos en su “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, analiza las razones materiales del primer proyecto constitucional: “La Constitución de 1819 fue el factor desencadenante de la crisis del año 20, que ya germinaba desde la caída de Moreno. El librecambismo ruinoso de los porteños, la política centralista que los rivadavianos llamarían “unitaria”, y la posesión de las rentas en manos de Buenos Aires, habían convertido la primera década post revolucionaria en el prólogo de la guerra civil. La Constitución de 1819 le confirió un carácter oficial. Sancionado el 22 de abril, este documento eran aún más antidemocrático que la antigua ordenanza de Intendentes de la época colonial española: dejaba en manos de los Directores Supremos del Estado, radicados en Buenos Aires, una suma de poderes todavía mayor que la que detentaban los virreyes imperiales… Basta decir que los cabildos del interior carecían de facultades para designar autoridades provinciales. Su este era el rasgo político de la Constitución Unitaria del año 19, su fundamento económico no hacía que reafirmar la injusta exigencia de la ciudad de Buenos Aires y de los comerciantes y hacendados allí radicados, de mantener en sus manos exclusivas el control del puerto único, es decir, las palancas fundamentales de la renta perteneciente a todo el pueblo argentino”.

La llamada Constitución de 1819 no tuvo prácticamente vigencia y no funcionó porque la disidencia federal era ya muy grande, como muy profunda era también la desconfianza de los pueblos frente a las intrigas monárquicas de los porteños. Así las cosas, y después de una serie de hechos políticos y militares menores se sanciona la Constitución y esto resultó una afrenta, una provocación para los pueblos del interior, especialmente el litoral federal, que conducidos por Francisco Ramírez y Estanislao López marchan con sus montoneras gauchas hacia la ciudad Buenos Aires.

La Batalla de Cepeda, bautismo de fuego del Federalismo

Francisco Ramírez asumirá la función de jefe supremo del ejército federal. Estanislao López, el caudillo santafesino. Se le pliegan también algunos desterrados del régimen: Alvear que prometía apoyo de importantes sectores porteños y el chileno Miguel Carreras que aporta alguna tropa y una imprenta que había comprado en Estados Unidos. Esta imprenta, volante, editaba un boletín, "La Gaceta Federal", explosivo en su contenido.

En octubre de 1819 se reúnen los dos jefes, Ramírez y López, en Coronda para establecer planes comunes. Días después, el entrerriano lanza una proclama declarándole la guerra al Directorio, sostén político de la Constitución aristocrática y antipopular, e invitando a sus paisanos a compartir la insurrección. 

Allí está ahora, Francisco "Pancho" Ramírez, como jefe supremo de los ejércitos federales en el umbral de la historia. Está frente a sus "Dragones de la Muerte" como se llamaban las disciplinadas montoneras entrerrianas. Conduce también a las tropas santafesinas de López, los guaraníes de Misiones, los mocovíes del Chaco, las tropas correntinas al mando de Campbell, expresando estos el abanico del artiguismo en el litoral. Algunos historiadores resaltan que Ramírez ya por entonces estaba acompañado por su fiel guerrera, La Delfina. En ese momento el régimen directorial se derrumba. 

Pueyrredón renuncia al Directorio y asume Rondeau. El mismo Rondeau que nueve años antes fuera convencido por Ramírez para desertar del ejército español e ingresar a las filas revolucionaria artiguistas. El mismo Rondeau que está frente a él, comandando las tropas porteñas.

El Director Rondeau pide auxilio a los ejércitos regulares. Ya se sabe que el General San Martín, fiel a su conducta patriótica, popular y revolucionaria, se niega a desenvainar su gloriosa espada en esta guerra civil, mucho menos en contra del pueblo. Sólo le queda al Directorio el veterano Ejercito del Norte comandado por Belgrano al que Rondeau pide auxilio. Esta fuerza se niega también a participar en la contienda civil, se amotina en Arequito y esa sublevación deja al Directorio -ya debilitado políticamente- en un estado de total vulnerabilidad militar.

El 1º de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales se sella la suerte del Directorio oligárquico.

El historiador entrerriano Aníbal Vásquez escribe en su libro "Ramírez": "El triunfo de Cepeda debe considerarse como el bautismo de sangre del federalismo argentino, y como la primera afirmación colectiva de la mayoría popular a favor de la organización nacional, republicana, democrática y federal".

La trascendencia histórica, política y jurídica 


La Batalla de Cepeda desde el punto de vista del aspecto militar fue, tal vez, de las más "pobres" en la historia argentina, pero en sus proyecciones políticas fue de las más fecundas. Las milicias directoriales, formadas en mayor parte por esclavos comprados por el gobierno para convertirlos en soldados, se desbandaron ante el ataque montonero. Una sola carga bastó para desmoronar a los porteños que "en menos de un minuto" se dispersaron dejando la artillería en poder de los gauchos entrerrianos.

Pero a Ramírez no lo movilizaba el odio fratricida, ni la venganza de la barbarie. Jorge Busti, en “Francisco Ramírez: 200 Años de identidad Entrerriana”, recuerda el espíritu de fraternidad que animaba al caudillo entrerriano en esta epopeya, rescatando la gran obra de Diego Luis Molinari: “Ya había pasado el temor de la primera hora. La montonera no entró como avalancha en la campiña bonaerense, y Ramírez levantó en alto el pendón de la fraternidad y no el de la destrucción… Y a mitad de la jornada del 1 de febrero, lanza en mano, cuando el mayor Piris perseguía a la caballería directorial, dispersa a los cuatro rumbos, y se aprestaba al ataque de los refugiados entre las carretas conminándoles una entrega a discreción, si no querían ser pasados a degüello, puso alto a la matanza para remitir el parte nervioso del ya seguro triunfo: “¡Gloria a la patria y honor a los libres! Triunfaron las armas en la inmediación del Pergamino contra el tirano porteño”… Ramírez pudo avanzar triunfante sobre la ciudad sin que nadie le atajase el paso. El 2 de febrero Ramírez gozó la paz del triunfo. Su corazón exultaba ante el panorama del futuro: ¡por fin terminaban las desgracias de la Patria y comenzaba la era feliz de la reconciliación general!”

Políticamente, institucionalmente, había caído por primera vez desde 1810 la autoridad nacional, por primera vez desaparecía una entidad estatal que había ejercido, a veces solo formalmente, el poder sobre todo el antiguo virreinato.

Los sectores oligárquicos de Buenos Aires entran en pánico ante una supuesta posibilidad de "invasión" de las tropas federales. Vicente Fidel López, el ensayista quintaesencia de la versión mitrista de nuestra historia, expresa su repugnancia cuando relata el episodio: ... "numerosas escoltas (de Ramírez y López) compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco ataron sus caballos en los postes y cadenas de la Pirámide de Mayo mientras sus jefes se solazaban en el salón del ayuntamiento". Relato que habla por sí solo acerca del desprecio y el odio que siente la oligarquía y la antipatria por la causa federal y el recuerdo de la Batalla de Cepeda.

Las montoneras al mando de Ramírez entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...Comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.

Ese es el valor de Cepeda y de la entrada de los caudillos del litoral a Buenos Aires. Fue una directa confrontación con la verdad nacional, que en 1820 era cruel y la guerra era la continuación de la política por otros medios. Para aprender esa verdad no servían los argumentos de los doctores unitarios y sus leyes y constituciones. Servían sí esos hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, de los rincones del interior federal y profundo. Los caudillos tuvieron la responsabilidad histórica de encauzar de manera pragmática y progresiva esa fluida verdad nacional que desfilaba a caballos por las calles de Buenos Aires. Esta es una gran gloria histórica de nuestro Francisco Ramírez.

lunes, 31 de enero de 2022

Francisco Ramírez y el derrumbe del proyecto de la Constitución Unitaria de 1819



El 1 de febrero de 1820 ocurrió la Batalla de Cepeda que puso fin al proyecto oligárquico del Directorio de Buenos Aires, derogando de facto la organización constitucional aristocrática de 1819. Las montoneras encabezadas por Francisco Ramírez entran en Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida. Comienza lo que la historia liberal mitrista denominó la “Anarquía del Año XX”. 

Más que “Anarquía”, en el año 1820 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que se alza en contra de una Constitución y un régimen de gobierno elitista y antipopular, con la pretensión política de sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo. Y a ese proceso lo encarnan los caudillos federales, con un protagonismo central de Francisco Ramírez.

Escribe: Dr. Alejandro Gonzalo García Garro

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“El año 20, decían los aristócratas, era el que debía marcar el fin de la revolución, estableciendo el poder absoluto para consumar nuestro exterminio repartiéndose entre si los empleos y riquezas del país a la sombra de un niño coronado que ni por sí ni por la impotente familia a que pertenece podía oponerse a la regencia intrigante establecida y sostenida por ellos mismos”. Francisco Ramírez.



El proyecto de la oligarquía porteña y sus resistencias 

A mediados de la primera década del Siglo 19, el antiguo virreinato del Río de la Plata ya se perfilaba como un país, faltaba formalmente declarar la independencia de España, las condiciones internacionales apremiaban y los movimientos revolucionarios la exigían. 

De tal manera el Congreso reunido en Tucumán en 1816 homologa estos hechos enunciando que "las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". Y ..."declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli".

Una vez declarada la independencia quedaba un problema a resolver. La pregunta era la siguiente: ¿Qué forma de gobierno elegir? En el congreso de Tucumán se planteó seriamente la posibilidad de convertir al país en una monarquía. Napoleón había sido definitivamente vencido y en Europa señoreaba la Santa Alianza, que era un conjunto de monarquías aliadas muy reaccionarias, que se oponían a la constitución de repúblicas ya que éstas eran sinónimos de subversión, caos, ateísmo y jacobinismo.

Los impulsores de esquemas monárquicos no tenían todos, homogéneamente, las mismas motivaciones. No se puede equiparar el monarquismo de San Martín, que proponía además una monarquía parlamentaria, admitiendo en la monarquía la posibilidad de un gobierno fuerte adecuado a las características y las grandes extensiones del país. No se lo puede comparar, repito, con el concepto monárquico de un Manuel José García enajenado por fuerzas internacionales. Y cosa parecida ocurría con los republicanos. Algunos de los republicanos criollos coincidían en los intereses con Inglaterra. Gran Bretaña, estaba mucho más interesada en instalar una república en el Plata porque resultaba un régimen de más fácil penetración y dominación en razón a las propias tendencias y contradicciones del republicanismo como sistema. 

Los federales de las primeras dos décadas revolucionarias eran republicanos, porque asumían en el republicanismo la tendencia popular hacia el pluralismo democrático, por reacción histórica contra el unitarismo centralista establecido por los virreyes.

Algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, aconsejaron erigir una monarquía. La propuesta tuvo algunas posibilidades de cristalizar a través de gestiones diplomáticas muy complejas en Europa; también se barajó la idea de restaurar el trono de un Inca. Sin embargo, y más allá de las tratativas, estos proyectos no fueron más que sondeos de opinión que por más exigua que fuese, repudiaba la posibilidad de un monarca en Buenos Aires: eso habría sido el fin de la Revolución iniciada en 1810 que encontraba en Mariano Moreno a su pro hombre. El Pueblo, a pesar de ser en ese entonces (como lo es ahora) una entidad heterogénea, variopinta, impalpable, rechazaba esa posibilidad y prefería una opción más abierta y democrática.

De manera tal que el Congreso en principio descarta el sistema monárquico. Pero deja aún abierta la posibilidad para que siga siendo tratada en Buenos Aires cuando sigua sesionando el Congreso para dictar una constitución. Ese vacío legal es llenado por los unitarios.

La constitución unitaria de 1819

Corolario de lo dicho, en abril de 1819, el Congreso sanciona una Constitución, unitaria y absolutista, que no era ni monárquica ni republicana pero que dejaba las puertas abiertas para la entrada de un príncipe o un infante. 

Se trataba de una Carta Magna aristocratizante, el representante del poder ejecutivo era un Directo del Estado, que era elegido por el poder legislativo, que tenía una Cámara de Representantes y un Senado. El titular del ejecutivo tenía un mandato de 5 años.

El poder real se centraba en un Senado formado por delegados por las provincias, pero que al mismo tiempo incluía personajes designados por su propio carácter, tales como: rectores de universidad, generales, obispos o representantes de la iglesia etc. Los senadores militares eran elegidos por el Director de Estado directamente. Los representantes del senado duraban 12 años en las bancas, mientras que los miembros de la cámara de representantes 4 años. Para ser senador había que ser propietario de un “fondo de diez mil pesos al menos”.

El Congreso tenía las facultades centrales para regular el comercio y las cuestiones políticas, como delimitar los límites de las provincias, habilitar los puertos, determinar el estatus de villas, ciudades o provincias, asegurar las funciones de los interventores, etc.

El texto no mencionaba la palabra república. En su primer artículo adoptaba la religión de Estado, la católica apostólica romana. Garantizando una retroalimentación del poder de las élites dominantes, se confería al ejecutivo nacional el nombramiento de todos los empleos “que no se exceptúen especialmente en esta constitución y las leyes”, la designación de militares, funcionarios eclesiásticos y sostén de la Iglesia. Era, además, un texto con groseras deficiencias jurídicas y una pésima redacción.

Tampoco el texto constitucional no garantizaba los derechos federales, es decir no regulaba en un capitulo o en sus disposiciones específicas la relación nación-provincias, lo que se infería como una asunción de las facultades en forma exclusiva por parte el gobierno nacional. Esta lectura se robustece con las disposiciones del capítulo final que establecían que seguirán vigentes “las leyes, estatutos y reglamentos que hasta ahora rigen, en lo que no hayan sido alterados ni digan lo contradicción con la Constitución presente”, disposición que revalidaba las conservadoras normas de la legislación colonial del virreinato.

Abelardo Ramos en su “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, analiza las razones materiales del primer proyecto constitucional: “La Constitución de 1819 fue el factor desencadenante de la crisis del año 20, que ya germinaba desde la caída de Moreno. El librecambismo ruinoso de los porteños, la política centralista que los rivadavianos llamarían “unitaria”, y la posesión de las rentas en manos de Buenos Aires, habían convertido la primera década post revolucionaria en el prólogo de la guerra civil. La Constitución de 1819 le confirió un carácter oficial. Sancionado el 22 de abril, este documento eran aún más antidemocrático que la antigua ordenanza de Intendentes de la época colonial española: dejaba en manos de los Directores Supremos del Estado, radicados en Buenos Aires, una suma de poderes todavía mayor que la que detentaban los virreyes imperiales… Basta decir que los cabildos del interior carecían de facultades para designar autoridades provinciales. Su este era el rasgo político de la Constitución Unitaria del año 19, su fundamento económico no hacía que reafirmar la injusta exigencia de la ciudad de Buenos Aires y de los comerciantes y hacendados allí radicados, de mantener en sus manos exclusivas el control del puerto único, es decir, las palancas fundamentales de la renta perteneciente a todo el pueblo argentino”.

La llamada Constitución de 1819 no tuvo prácticamente vigencia y no funcionó porque la disidencia federal era ya muy grande, como muy profunda era también la desconfianza de los pueblos frente a las intrigas monárquicas de los porteños. Así las cosas, y después de una serie de hechos políticos y militares menores se sanciona la Constitución y esto resultó una afrenta, una provocación para los pueblos del interior, especialmente el litoral federal, que conducidos por Francisco Ramírez y Estanislao López marchan con sus montoneras gauchas hacia la ciudad Buenos Aires.

La Batalla de Cepeda, bautismo de fuego del Federalismo

Francisco Ramírez asumirá la función de jefe supremo del ejército federal. Estanislao López, el caudillo santafesino. Se le pliegan también algunos desterrados del régimen: Alvear que prometía apoyo de importantes sectores porteños y el chileno Miguel Carreras que aporta alguna tropa y una imprenta que había comprado en Estados Unidos. Esta imprenta, volante, editaba un boletín, "La Gaceta Federal", explosivo en su contenido.

En octubre de 1819 se reúnen los dos jefes, Ramírez y López, en Coronda para establecer planes comunes. Días después, el entrerriano lanza una proclama declarándole la guerra al Directorio, sostén político de la Constitución aristocrática y antipopular, e invitando a sus paisanos a compartir la insurrección. 

Allí está ahora, Francisco "Pancho" Ramírez, como jefe supremo de los ejércitos federales en el umbral de la historia. Está frente a sus "Dragones de la Muerte" como se llamaban las disciplinadas montoneras entrerrianas. Conduce también a las tropas santafesinas de López, los guaraníes de Misiones, los mocovíes del Chaco, las tropas correntinas al mando de Campbell, expresando estos el abanico del artiguismo en el litoral. Algunos historiadores resaltan que Ramírez ya por entonces estaba acompañado por su fiel guerrera, La Delfina. En ese momento el régimen directorial se derrumba. 

Pueyrredón renuncia al Directorio y asume Rondeau. El mismo Rondeau que nueve años antes fuera convencido por Ramírez para desertar del ejército español e ingresar a las filas revolucionaria artiguistas. El mismo Rondeau que está frente a él, comandando las tropas porteñas.

El Director Rondeau pide auxilio a los ejércitos regulares. Ya se sabe que el General San Martín, fiel a su conducta patriótica, popular y revolucionaria, se niega a desenvainar su gloriosa espada en esta guerra civil, mucho menos en contra del pueblo. Sólo le queda al Directorio el veterano Ejercito del Norte comandado por Belgrano al que Rondeau pide auxilio. Esta fuerza se niega también a participar en la contienda civil, se amotina en Arequito y esa sublevación deja al Directorio -ya debilitado políticamente- en un estado de total vulnerabilidad militar.

El 1º de febrero de 1820 en la cañada de Cepeda, en una atropellada de las montoneras federales se sella la suerte del Directorio oligárquico.

El historiador entrerriano Aníbal Vásquez escribe en su libro "Ramírez": "El triunfo de Cepeda debe considerarse como el bautismo de sangre del federalismo argentino, y como la primera afirmación colectiva de la mayoría popular a favor de la organización nacional, republicana, democrática y federal".

La trascendencia histórica, política y jurídica 


La Batalla de Cepeda desde el punto de vista del aspecto militar fue, tal vez, de las más "pobres" en la historia argentina, pero en sus proyecciones políticas fue de las más fecundas. Las milicias directoriales, formadas en mayor parte por esclavos comprados por el gobierno para convertirlos en soldados, se desbandaron ante el ataque montonero. Una sola carga bastó para desmoronar a los porteños que "en menos de un minuto" se dispersaron dejando la artillería en poder de los gauchos entrerrianos.

Pero a Ramírez no lo movilizaba el odio fratricida, ni la venganza de la barbarie. Jorge Busti, en “Francisco Ramírez: 200 Años de identidad Entrerriana”, recuerda el espíritu de fraternidad que animaba al caudillo entrerriano en esta epopeya, rescatando la gran obra de Diego Luis Molinari: “Ya había pasado el temor de la primera hora. La montonera no entró como avalancha en la campiña bonaerense, y Ramírez levantó en alto el pendón de la fraternidad y no el de la destrucción… Y a mitad de la jornada del 1 de febrero, lanza en mano, cuando el mayor Piris perseguía a la caballería directorial, dispersa a los cuatro rumbos, y se aprestaba al ataque de los refugiados entre las carretas conminándoles una entrega a discreción, si no querían ser pasados a degüello, puso alto a la matanza para remitir el parte nervioso del ya seguro triunfo: “¡Gloria a la patria y honor a los libres! Triunfaron las armas en la inmediación del Pergamino contra el tirano porteño”… Ramírez pudo avanzar triunfante sobre la ciudad sin que nadie le atajase el paso. El 2 de febrero Ramírez gozó la paz del triunfo. Su corazón exultaba ante el panorama del futuro: ¡por fin terminaban las desgracias de la Patria y comenzaba la era feliz de la reconciliación general!”

Políticamente, institucionalmente, había caído por primera vez desde 1810 la autoridad nacional, por primera vez desaparecía una entidad estatal que había ejercido, a veces solo formalmente, el poder sobre todo el antiguo virreinato.

Los sectores oligárquicos de Buenos Aires entran en pánico ante una supuesta posibilidad de "invasión" de las tropas federales. Vicente Fidel López, el ensayista quintaesencia de la versión mitrista de nuestra historia, expresa su repugnancia cuando relata el episodio: ... "numerosas escoltas (de Ramírez y López) compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco ataron sus caballos en los postes y cadenas de la Pirámide de Mayo mientras sus jefes se solazaban en el salón del ayuntamiento". Relato que habla por sí solo acerca del desprecio y el odio que siente la oligarquía y la antipatria por la causa federal y el recuerdo de la Batalla de Cepeda.

Las montoneras al mando de Ramírez entran en un Buenos Aires y atan la caballada a la Pirámide de Mayo recién construida...Comienza lo que la historia liberal denominó la "anarquía del año '20″. Más que "anarquía" en el año 20 se empieza con un proceso de reencuentro con la realidad natural y desnuda de un pueblo que debía sustituir las jerarquías de la sociedad colonial por otras que contuvieran los valores igualitarios asumidos en la Revolución de Mayo.

Ese es el valor de Cepeda y de la entrada de los caudillos del litoral a Buenos Aires. Fue una directa confrontación con la verdad nacional, que en 1820 era cruel y la guerra era la continuación de la política por otros medios. Para aprender esa verdad no servían los argumentos de los doctores unitarios y sus leyes y constituciones. Servían sí esos hombres espontáneamente surgidos de sus realidades locales, de los rincones del interior federal y profundo. Los caudillos tuvieron la responsabilidad histórica de encauzar de manera pragmática y progresiva esa fluida verdad nacional que desfilaba a caballos por las calles de Buenos Aires. Esta es una gran gloria histórica de nuestro Francisco Ramírez.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Ricardo López Jordán y la última montonera federal

"Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier número que sean". "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre"… "A los que no reconozcan a Paz debiera mandarlos ahorcar y no fusilar o degollar. Este es el medio de imponer en los ánimos mayor idea de la autoridad". "Hemos jurado que ni uno solo ha de quedar vivo"

Pensamiento de Domingo F. Sarmiento, extraído de diferentes cartas escritas por él, transcriptas por autores varios.


Ricardo López Jordán fue el último caudillo que se alzó contra la política del porteña. Expresó la última resistencia del interior federal al proyecto de sumisión y entrega que implantó Buenos Aires luego de Caseros y Pavón en el marco de una geopolítica del imperialismo británico. Su resistencia se expresó en tres revoluciones o rebeliones jordanistas, que durante la primera parte de la década de 1870 fueron en centro de la política nacional. 

Su resistencia termina con una derrota, la última batalla del federalismo en las guerras civiles argentinas del siglo XIX. López Jordán, sobrino de Francisco "Pancho" Ramírez e hijo de quien fuera el compañero de luchas y hombre de extrema confianza del Supremo Entrerriano, fue uno de los hombres más representativos, caracterizados y discutidos de nuestra historia provincial. Afirma Aníbal Vásquez que, con su partida del escenario político nacional, “se va la tradición", desaparece "un resabio del pasado heroico y turbulento”, que se convertirá en “leyenda”. 

López Jordán fue el jefe de las últimas montoneras federales que intentaron fijar un curso nacional para la patria argentina, defendió la soberanía de Entre Ríos y fue derrotado por fuerzas militares por el gobierno porteño, superiormente armadas por el dinero del imperialismo británico.

Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro


¿Qué fue el jordanismo?: orígenes y causas 

El jordanismo fue un movimiento político de raíz federal que tuvo rasgos distintivos que lo diferencian de otras corrientes de igual cuño que existieron y se organizaron en el país. Su singularidad tiene que ver con la realidad política de nuestra Entre Ríos.

La reputación nacional de Urquiza como jefe del Partido Federal comienza a deteriorarse después de la “retirada” injustificable de Pavón. Urquiza se desentiende de los levantamientos de las montoneras del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela, librando a su suerte los movimientos federales en el interior del país. El prestigio del ex presidente de la Confederación decae aceleradamente en el interior del país.

Cuando el mitrismo le exige que envíe la caballería entrerriana a la Guerra del Paraguay, ésta se le desbanda en Basualdo, se niegan rotundamente a pelear contra los hermanos paraguayos; los entrerrianos cuestionan de hecho su autoridad. En 1870, año de la muerte de Urquiza, en Entre Ríos, el urquicismo se mantiene como un aparato político arcaico, que hoy se podría definir como burocrático e impopular, manejado por los últimos fieles que le quedaban al caudillo.


        En este contexto, Ricardo López Jordán, sobrino de nuestro legendario “Supremo Entrerriano”, Francisco Ramírez, criollo de ilustre familia, de memorable comportamiento en Pavón y firme conducta federal aparece como la alternativa de Urquiza para los entrerrianos. López Jordán se transforma con el paso del tiempo en el referente ineludible del federalismo provincial, fundamentalmente de un grupo de estudiantes e intelectuales egresados del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay que en 1868 lo postula para gobernador en reemplazo de José Domínguez que termina su mandato. Domínguez había realizado una intrascendente gobernación y era un títere manejado por su pariente: el “Señor de San José”, cuyo programa de gobierno “consistía en estas palabras que repetía siempre: “Mi gobierno no hará sino lo que el General Urquiza ordene” ([i]).

Sin duda, López Jordán será electo gobernador piensan los entrerrianos, su popularidad se acrecienta mientras Urquiza está atareado en su candidatura presidencial. Es más, la candidatura de López Jordán se afianza en la medida que se afirma la candidatura de Urquiza a la presidencia. Pero las cosas no ocurren así; imprevistamente Urquiza ordena votar su propio nombre para gobernador y López Jordán renuncia a su candidatura. Urquiza asegura así su poder provincial garantizándose la gobernación por si no logra la presidencia. No llegará a ser presidente y no terminará su gestión de gobernador prevista para el periodo 1868-1872, fallecerá en una muerte que quedará impune en 1870.

 

El programa político de jordanismo

Entre Ríos es y fue una provincia con una geopolítica especial. En un principio, en términos políticos, la provincia fue una liga de cinco villas que tenían en los Cabildos locales su representación institucional. La Legislatura representaba a las villas en un principio con un diputado por cada una.

Pero en el transcurso de las guerras civiles el poder de la legislatura aumentó, lo mismo que el del gobernador, que nombraba, a sus fieles, como miembros de la legislatura. Los cabildos desaparecieron ante los comandantes departamentales que eran instrumentos del gobernador y la legislatura ya no representó a las villas sino a los partidarios del gobernador, es decir a Urquiza, que había gobernado por más de treinta años la provincia.

No obstante, el espíritu comunal y localista quedó latente porque las villas se convirtieron en ciudades y no existía una gran capital como en otras provincias que absorbiera la mayoría de la vida urbana. Concordia, Gualeguychú, Victoria, Nogoyá o Diamante eran pequeños conglomerados urbanos, centros económicos y sociales independientes, sin influencias de Concepción del Uruguay o de Paraná. Ese fuerte localismo e independencia municipal que las ciudades entrerrianas todavía hoy conservan encuentre sus antecedentes en este período histórico.

La “autonomía municipal” fue entonces una de las banderas levantadas por los jordanistas en contra de la centralización del poder establecido por Urquiza y sus comandantes locales.


El programa de los revolucionarios jordanistas se inspiraba en los principios del “Club de los Libres”: libertad electoral, restauración de las comunas y régimen justo de la tierra. Esta asociación, que funcionaba en Buenos Aires y en algunas provincias, era una fuerza política nueva que proponía “combatir la oligarquía para asegurar al pueblo el uso desembarazado, libre y pacífico de todos sus derechos.” Entre los miembros fundadores del “club” se encontraba José Hernández, por entonces redactor del diario “El Río de la Plata” que luego se alistará en las tropas revolucionarias jordanistas.

López Jordán sostenía un programa político con profundos argumentos, nutridos de la tradición del federalismo del litoral. Sus ideas, poco estudiadas y abordadas por los textos de historia, son claras y coherentes, las exteriorizó y sistematizó en documentos. Fermín Chávez, en su fundamental obra de “Vida y Muerte de López Jordán”, sostiene que el caudillo expresaba “…sin duda un proyecto de revolución federal para toda la República Argentina… Los testimonios documentales originales son tres proclamas revolucionarias escritas entre diciembre de 1867 y 1868. La primera pieza lleva por título “Proclama a Entrerrianos” y está escrita por “Vuestro General y compañero”. La segunda es otro documento manuscrito, extenso y bien redactado, que se denomina “Manifiesto de la Revolución a los pueblos que componen la República Argentina, por la Junta Revolucionaria de la provincia de Entre Ríos. Y la tercera proclama está constituida por el “Manifiesto a los Pueblos Argentinos y Repúblicas Americanas”, extenso manuscrito donde analiza el proceso de la historia argentina a partir de la colonia y se estudia el significado del federalismo y del unitarismo en el Río de la Plata”([ii]). Los historiadores concuerdan que en estos textos se encuentra el claro aporte de Francisco F. Fernández, ex secretario de Urquiza y una de las mentes jóvenes más brillantes del pensamiento federal.

También López Jordán encarnaba, en su historia y persona, este proyecto mejor que nadie en esta tierra. Era su momento en la historia, como si toda su vida fuese un prólogo a esa instancia. Narra Jorge Abelardo Ramos: “…Era un hombre 46 años, de gran veteranía militar: Arroyo Grande, Caseros, Cepeda, Pavón. En su provincia ha sido diputado, Presidente de la Legislatura, todo menos gobernador, porque Urquiza se había sentado en la silla regia hacía tres décadas y no se había levantado. Manuel Gálvez lo describe: ´Tiene el poder de arrastre de los grandes caudillos. Fascina a los gauchos con su tipo físico –la espléndida estampa, la negra y larga barba, los bellos ojos- y por el don de simpatía y coraje”([iii]).

 

La revolución se pone en marcha

A principio de 1869, la revolución está en marcha. El descrédito de Urquiza se acrecienta y lo hace insostenible. Gran parte de los actores políticos de la provincia de Entre Ríos está en contra del “Señor de San José” a quién llaman “el tirano”. Los revolucionarios van estrechando filas, el cura Ereño, los periodistas Juan F. Mur y Francisco Fernández que editan en Paraná el periódico “El obrero Nacional”, los egresados y estudiantes del Colegio Nacional de Concepción, los exiliados blancos orientales, los federales correntinos también exiliados, antiguas familias patricias, la mayoría de los comandantes departamentales y casi todos los jefes y oficiales de milicias provinciales. Solo falta el jefe, pero López Jordán se niega, quizás por una criolla lealtad, a ponerse al frente de la sublevación.

La visita de Sarmiento actúa como detonante. La genuflexa actitud de Urquiza ante la nueva política de los porteños aglutina definitivamente a los conjurados que logran convencer a López Jordán que accede ponerse al mando de la revolución. Su arraigo popular y su ascendiente en las milicias daban la seguridad de conseguir un triunfo sin recurrir a la lucha armada.


      Producido el “accidente” (así lo califica Fermín Chávez) que ocasiona la muerte de Urquiza se reúne la legislatura entrerriana inmediatamente. Como lo dispone la Constitución Provincial debe ser elegido un nuevo gobernador en reemplazo del muerto y es elegido López Jordán, naturalmente, ya que era el jefe de la revolución.

En el discurso pronunciado en el acto de juramento se refiere a la muerte de Urquiza lamentándola. Deplora “que los patriotas que se decidieron a salvar las instituciones, no hubieran hallado otro camino que la víctima ilustre que se inmoló”. Como se advierte, no se hace, ni se hará cargo jamás, del asesinato de la “victima ilustre”. Vásquez sostiene: “La insurgencia triunfa. A pesar de las ilustres víctimas, Entre Ríos no da ninguna muestra de reacción. La mayoría de las situaciones departamentales con sus respectivos jefes de la policía y demás autoridades, se adhieren al movimiento…Hay un silencio que no es de conformidad con el crimen, pero sin con la revolución que más tarde se rubrica con sangre sobre las cuchillas entrerrianas” ([iv]).

Todo lo que sobreviene después de la muerte de Urquiza en la provincia se da en un marco de total normalidad constitucional. Se respeta la ley, la vida de los ciudadanos está garantizada y reina la paz social. Un gobernador ha sido muerto y lo sustituye otro según lo establece la ley.

 

Sarmiento, la invasión a Entre Ríos y el ataque al federalismo

El gobierno nacional no tiene argumentos para intervenir la provincia. Pero Sarmiento entiende que el muerto (con quien se había reconciliado) debe ser vengado y la provincia intervenida. Consulta con su ministro del Interior, Vélez Sardfield, el caso no es fácil opina el jurista ya que no hay “requerimiento”, ni autoridades depuestas y la división de poderes funciona normalmente. Un gobernador ha muerto, y es remplazado por otro en forma constitucional. Si la muerte ha sido un asesinato deliberado no es asunto del ejecutivo nacional. Pero a Sarmiento no le interesa los argumentos legales, ni el respeto a las autonomías provinciales, él es un autócrata que demanda por razones políticas intervenir Entre Ríos con la excusa del asesinato de Urquiza.

Por su parte, “Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis con el que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la predica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad”([v]).


    Después de destruir el Paraguay la oligarquía portuaria, de la cual Sarmiento es su fiel instrumento, necesita arrasar Entre Ríos, última rama del viejo árbol federal donde sobreviven todavía proyectos nacionales que pueden propagarse a otras provincias. Es preciso terminar con éste bastión montonero que obstaculiza el ingreso de la civilización dicen los iluminados porteños. Para esto hace uso de todos los medios, honorables o no, lícitos o ilícitos, lo importante es el fin: “Regar con sal el suelo entrerriano”.  Y lo hará... A lo que llaman “barbarie” le responde con más barbarie, verdadera barbarie.

El Senado de la Nación se niega a autorizar la intervención federal, pero a Sarmiento no le importa el mandato constitucional... El General Emilio Mitre (hermano de Bartolomé) desembarca las primeras tropas en Gualeguaychú. Otro general, Conesa, al mando de las tropas fogueadas en Paraguay desciende en Paraná. Y, por el norte ingresa a la provincia Gelly y Obes con un tercer poderoso ejército a su mando. En total 16.000 hombres, todo el ejército veterano del Paraguay rodea a Entre Ríos. Al mismo tiempo operadores de Sarmiento incursionan en la provincia sobornado a jefes departamentales al mando de tropas para neutralizarlos.

A la invasión, que es un atropello innecesario de la autonomía provincial, López Jordán responde con una declaración de guerra: “Aquí me tenés con la lanza en la mano, dice en su proclama del 23 de abril, Si queréis ser libres venid a acompañarme. ¡La guerra pués! ¡Eso manda el honor y la libertad!”. Y, la expresión “con la lanza en la mano”, no será una metáfora, sino una realidad: los casi 10.000 jinetes que consigue reunir el caudillo estaban armados con tacuaras y algunas pocas armas de fuego.

 

La resistencia jordanista

Ante la disparidad de fuerzas y armamento, López Jordán decide una guerra de resistencia o también puede ser llamada de “guerrillas”, en la que partidas de jinetes caen sorpresivamente sobre las tropas nacionales para arrebatarles el parque o espantarle los caballos, esfumándose luego en un terreno que conocen sobradamente.

El pueblo entrerriano todo, es importante señalarlo, se unió a su cadillo en esta gesta despareja. Hubo numerosos combates, entreveros con resultados diversos hasta que en “Ñambé”, Corrientes, las fuerzas jordanistas son derrotadas inevitablemente por la superioridad del armamento del Ejercito Nacional en funciones de ejército pretoriano. Uno de los comandantes de las fuerzas nacionales es Julio Argentino Roca, un militar tucumano, ex estudiante del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay fundado por Urquiza. Paradojas o mensajes de la historia...

Refugiado en el Brasil, López Jordán, el último montonero, realizará más tarde dos nuevas tentativas infructuosas. Son las conocidas por el nombre de “guerras jordanistas”.


Después de vencida en “Ñambé” la primera revolución del 70, los revolucionarios e incluso los vecinos indefensos, quedaron privados de todo derecho y obligados a vivir como fieras en los montes de Entre Ríos. El Ejercito que había enviado Sarmiento se comportaba con un verdadero ejército de ocupación, persiguiendo y fusilando a cualquier sospechoso de “jordanismo”.

Para ese entonces, después de la primera y frustrada revolución, un gaucho jordanista, en 1872 y mientras se alojaba clandestinamente en el “Hotel Argentino” de Buenos Aires, daba término a nuestro máximo poema nacional que había iniciado años antes. En el canto del “Martín Fierro”, de José Hernández, para algunos autores un verdadero “anti-Facundo”, queda inmortalizada la tragedia del gaucho y el desamparo del pueblo ante la avasalladora acometida de la oligarquía portuaria.

 

La segunda rebelión y el terrorismo de Estado

Hasta que estalla la segunda rebelión en 1873. La respuesta, será la política de Estado represiva, que Sarmiento consumará masacrando al pueblo entrerriano. Una matanza sin cuartel a civiles inocentes, vecinos comunes y gente desarmada. Lo que hoy jurídicamente podría denominarse Terrorismo de Estado.

El 1 de mayo de 1873 ingresa López Jordán al territorio entrerriano, su prestigio no había disminuido a pesar de la derrota anterior. En poco tiempo reúne 12.000 gauchos de toda la provincia, incluidos correntinos y orientales que lo apoyan en la patriada, y comienza así un enfrentamiento sanguinario y atroz.

El Estado Nacional toma medidas, declara el Estado de Sitio, prepara tropas y nuevos armamentos para regar el suelo entrerriano con sangre de gauchos. Sarmiento, presidente de la Nación, pone precio por la cabeza del caudillo federal que es tasada en la suma de 10.000 pesos. Es decir que le da ésa suma de dinero al que entregue a López Jordán, gobernador de Entre Ríos destituido, vivo o muerto, acción está que, el Código Penal tipifica como un delito.

Si los jordanistas disponían nuevamente de armas obsoletas, el Presidente Sarmiento había conseguido las de último modelo. Había adquirido a la fábrica Rémington los famosos rifles a repetición y una nueva arma de guerra definitiva: la ametralladora. Más que la guerra de la civilización contra la barbarie esta vez se trataba de la guerra de la riqueza del imperialismo contra la pobreza de los pueblos dominados. Resalta Abelardo Ramos que “Sarmiento obtiene en Londres un préstamo de 30 millones de pesos fuertes: 10 millones estaban destinados a terminar la guerra del Paraguay. Los otros 20 eran para financiar el aplastamiento de las revoluciones interiores” ([vi]).

Sarmiento arma otra de sus teatralizaciones... Llega hasta la ciudad de Paraná imprevistamente a reunirse con los comandantes para entregarles un presunto plan secreto y de paso probar la efectividad de las armas compradas. El escenario elegido es la Escuela Normal, sus paredones serán ametrallados por él mismo ante la mirada atónica de los paranaenses que lo toman por alguien fuera de sus cabales.

Pero Sarmiento no está demente, es un acto de histrionismo. Más allá de la bufonada, el mensaje y su contenido genocida es claro. Anuncia que la guerra durará poco y vuelve a Buenos Aires. Y tuvo razón en el anuncio, la guerra poco duró, dos semanas después los jordanistas serían sorprendidos por los nacionales y exterminados literalmente con los cañones Kurpps y las nuevas ametralladoras. Después de dos derrotas totales y consecutivas en “El Talita” y en “Don Gonzalo”, López Jordán da por perdida la guerra, los sobrevivientes se desbandan buscando refugio escapando a la represión y López Jordán se asila en el Brasil.

Las tropas nacionales no quedan conforme con la victoria militar y se dedican a la masacre. Cuenta Fermín Chávez que “el teniente Saturnino García que peleó en Don Gonzalo, afirma que el Coronel Juan Ayala ordenó después de la batalla “fusilamientos sobre el tambor” y ordenó numerosas muertes a lanzazos, de tal modo que las bajas jordanistas aumentaron considerablemente después de la batalla”([vii]).

Sarmiento logra su objetivo propuesto de devastar a Entre Ríos. Campos arrasados, mano de obra arrancada del trabajo cotidiano para portar armas; era suficiente ser varón para ser sumado voluntaria o compulsivamente a la guerra. Patética es la situación vivida en el interior entrerriano. La civilización de la levita que había eliminado a los llaneros del Chacho, a los montoneros de Felipe Varela, la misma que había cometido el genocidio del pueblo paraguayo es la que ahora se aboca a reprimir a sangre y fuego el pueblo entrerriano. El número de muertes es imposible de precisar, el libro de defunciones de Nogoyá expresa en una nota a pie de página que: “En estos meses no puede garantizarse la integridad del número de defunciones habidas a causa de los avances cometidos por los Jefes pertenecientes al Ejercito de la Nación”... firma un tal Santilli.

La brillante pluma del historiador José Luis Busaniche logra, en el siguiente párrafo, describir la trascendencia y el significado de tanta muerte y calamidad: “De más decir que la revolución de López Jordán fue vencida y con alardes revolucionarios, porque Sarmiento hacía también su revolución, la revolución del frac y del patacón, que consistía simplemente en destruir por sistema todo lo castizo, todo lo genuino y auténtico, todo lo representativo de su país para sustituirlo por una sociedad de advenedizos cursis, espíritus mostrencos y rastacueros en potencia, roídos por la codicia del dinero y el apetito de los honores baratos, atontados por una falsa cultura y con todas las supersticiones burguesas, entre las que contaba, y no poco, una recóndita admiración por esa misma clase superior de raíces históricas que se jactaban de combatir”.

 

La última montonera

Tres años después, durante la presidencia de Avellaneda, sucesor de Sarmiento, López Jordán intenta en 1876 una tercera invasión a la provincia. ¿Que llevó a López Jordán a lanzarse por tercera vez sobre Entre Ríos, ésta vez prácticamente solo? Hay conductas extrañas, todavía no desentrañadas en ésta tercera rebelión. ¿Fue una quijoteada del caudillo? ¿Un acto de desesperación casi suicida? ¿Estuvo relacionada la invasión con alguna conspiración mitristas? No hay explicaciones satisfactorias que expliquen los motivos que tuvo López Jordán para iniciar esta tercera intervención que ineludiblemente terminaría en un fracaso ya que no estaban dadas las condiciones políticas para tamaña aventura.


        El caudillo vivía exiliado en Montevideo vigilado por la policía. Burlando la vigilancia y sin despertar sospechas, él solo atraviesa el río Uruguay. Del lado entrerriano lo esperaban algunos fieles, aunque no tantos como suponía. Honestamente, su nombre ya no despertaba el antiguo eco y solo alcanza a movilizar 500 gauchos prácticamente desarmados. La pequeña montonera se interna en la provincia hacia el noroeste. La reducida fuerza revolucionaria fue sorprendida por tropas nacionales del Ejército del Paraná al mando del Coronel Juan Ayala que la derrotan completamente en menos de una hora en un único y último combate librado en “Alcaracito” al sur de La Paz.

El coronel Juan Ayala es el mismo experimentado fusilador de “Don Gonzalo” y en ésta oportunidad también será implacable persiguiendo a los últimos jordanistas en el desbande. Nadie se deja apresar, porque saben que le va la vida. No todos los derrotados logran huir, algunos son capturados y les espera la misma suerte inclemente: “El coronel Berón fue capturado después de Alcaracito. No era un prisionero ni se encontraba con las armas en la mano. Estaba enfermo y fue delatado. Conducido a presencia del coronel Ayala con una barra de grillos a los pies y los brazos atados por la espalda, fue mandado fusilar inmediatamente. No hubo defensa ni proceso. El coronel Berón pidió algunos momentos para despedirse de su esposa, y no le fue permitido este último consuelo. La esposa concurrió con sus pequeños hijos al lugar de la catástrofe y reclamó el cadáver. El verdugo disputó aquellos tristes restos. “Mejor es que se lo coman los perros y los caranchos”, fue su respuesta.” (“La Patria Argentina”. Buenos Aires, 26 de enero de 1879). El capitán Casco, acusado de jordanista, estaba preso en un cuartel de Paraná, y pocos días después del fusilamiento de Berón, “es reclamado por una partida enviada por Ayala y, se le hace entrega del preso para ser degollado a poca distancia del cuartel” (Ídem, 23 de enero de 1879) ([viii]).

López Jordán logra escapar de la matanza, conseguirá huir de las manos del inclemente Ayala y llega a Corrientes entregándose al coronel Cáceres, que, bajo su responsabilidad, lo pasa al juez de Paraná donde por encontrarse bajo jurisdicción judicial logra el caudillo salvar su vida al menos por el momento. ([ix]) Y así, con más pena que gloria finaliza la última y tercera guerra jordanista ocurrida durante la presidencia de Avellaneda.

Desaparece así, del escenario político, “uno de los hombres más representativos, caracterizados y discutidos. Con él se va la tradición, un resabio del pasado heroico y turbulento. Mañana será una leyenda”([x]). Fue el jefe de las últimas montoneras que intentó fijar un curso nacional para la patria argentina, defendió la soberanía de Entre Ríos y fue derrotado por fuerzas militares superiormente armadas por el gobierno “civilizador” de Sarmiento.

 



[i] Fermín Chávez, “Vida y Muerte de López Jordán”, pág. 130, Ed. Hyspamerica, 1986

[ii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 129.

[iii] Jorge Abelardo Ramos, “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, Tomo II, “Del Patriciado a la Oligarquía”, pág. 75, Ed. H. Senado de la Nación, 2006.

[iv] Aníbal S. Vásquez, “Caudillos Entrerrianos. López Jordán”, pág. 91. Ed. Pauser, 1940

[v] Aníbal S. Vásquez, op. cit., pág. 108.

[vi] Jorge Abelardo Ramos, op. cit, pág. 74.

[vii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 206.

[viii] Fermín Chávez, op. cit, pág. 214 y 215.

[ix] A López Jordán se le tramita un proceso penal donde se le imputa el asesinato de Urquiza. Primero el juicio se tramita en Paraná donde permanece preso y luego es trasladado a Rosario donde espera la sentencia detenido en la Aduana. Los abogados defensores de López Jordán logran demostrar fehacientemente que Urquiza cae muerto al resistirse a un grupo de revolucionarios que pretendía capturarlo. La causa penal se demora y el caudillo se fuga de la cárcel rosarina y se asila en Fray Bentos, Uruguay. En el año 1888 lo alcanza una amnistía otorgada por el entonces presidente Juárez Celman y se instala en Buenos Aires, donde al otro año es asesinado (el 22 de junio de 1889). La historia oficial hace aparecer el hecho como una venganza por motivos personales llevada a cabo por el hijo de un supuesto oficial de López Jordán, pero en verdad, está demostrado en cartas comprometedoras, que el matador es un sicario de la familia Urquiza.

[x] Aníbal S. Vásquez, op. cit., pág. 232.