sábado, 18 de julio de 2020

Manuel Gálvez, un paranaense imprescindible para el pensamiento nacional

Manuel Gálvez.
Manuel Gálvez nació en Paraná el 18 de julio de 1882. Su paso por nuestra patria chica fue breve, ya que pertenecía a una tradicional familia santafesina y luego de volver a la vecina provincia se radicaría en Buenos Aires. 


Su nombre completo era Manuel Domingo José Ciriaco Gálvez Baluguera. Fue abogado, poeta, ensayista, prolífero escritor que alcanzó a publicar más de 60 títulos algunos de ellos de gran éxito editorial como la novela “Nacha Regules”, o “La maestra normal”. Su obra es, en buena medida, un recorrido de la historia nacional, en una tarea titánica comparable con la que Honoré de Balzac realizó sobre la historia francesa. Desde las invasiones inglesas en 1806, pasando por Rosas o la Guerra del Paraguay, hasta Yrigoyen y el post peronismo, toda la historia fue retratada en su prolífica bibliografía. 


Supo, como muy pocos, encontrar las claves de una interpretación nacional y popular de la historia que contribuyó enormemente a la configuración y fortalecimiento de la conciencia nacional, al igual que contornear el Revisionismo Histórico; y una vez comprometido con este último, dio al género historiográfico sus insuperables biografías noveladas de Rosas, Irigoyen, en reivindicaciones imposibles de comparar y libros como el de Sarmiento, en el cual, casi sin posibilidad de igualarlo, destruye la figura del prócer liberal. 


Ligado toda su vida a un nacionalismo católico, Gálvez murió el 14 de noviembre de 1962, en Buenos Aires. Su obra literaria, a pocos años de su muerte, era la del autor argentino más traducido a otros idiomas en el mundo. Fue candidato al Premio Nóbel de Literatura en tres ocasiones. A nivel mundial ha sido fruto de un enorme reconocimiento, escritores de la relevancia de Herman Hesse, James Joyce, Rubén Darío o Miguel de Unamuno han elogiado sus obras.


Si bien nuestra ciudad le rinde homenaje con una calle a Manuel Gálvez, esta figura trascendental de las letras y el pensamiento nacional fue víctima de un ocultamiento por el aparto cultural del sistema, que lo ha confinado al rincón de los malditos, y con el paso del tiempo ha devenido en un completo desconocido para una enorme cantidad de vecinos y vecinas de nuestra ciudad, a pesar de ser, en términos objetivos por su obra, una de las más grandes figuras intelectuales del siglo pasado.


Escribe: A. Gonzalo García Garro


Sus primeros pasos

Manuel Gálvez, circa 1918.
Su primera incursión en las letras fue mediante la revista “Ideas”, en el año 1903. En 1905 viaja París, meca de todo intelectual de su época. Luego se radica en España, en donde toma contacto con figuras de la “Generación del 98". Ya de vuelta en el país, en 1907 publicó su primer libro, “El enigma del Interior”, y en 1910 le siguió “Sendero de Humildad”. En el mismo año 10 publicó su primera obra de gran polémica y repercusión “El Diario de Gabriel Quiroga” (Homenaje a la Patria en el Centenario de su Revolución Independentista), donde ya anuncia su nacionalismo, su reivindicación al federealismo, su idea de patria y lo que es nuestro de modo ferviente como argentinos, lo que será el ethos y el pathos de su obra.  

Las claves de su pensamiento histórico y su éxito editorial 

Lo más relevante de Gálvez en relación al pensamiento nacional y al revisionismo histórico es que fue un verdadero precursor de la revisión de la historia oficial y su pluma también fue de las primeras en escribir desde el nacionalismo con un estilo prodigioso. 

Fue, quizá, el mayor divulgador histórico del siglo XX. Su obra elaboró una reflexionada y cautivante critica demoledora a la historia oficial, pero se efectuaba desde libros que fueron Best Sellers. Con un nivel de conocimiento superlativo para un escritor de su profundidad, llevó los cuestionamientos al relato histórico oficial y sus falsos próceres, a todos los sectores sociales y rincones del país, mientras cimentaba las bases de una contra historia, con la apología de procesos y hombres negados por la versión de nuestro pasado de Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y cia.   

Su virtud, lo que lo hizo tan popular, fue la de ser una figura que no escribía desde la historia o las ciencias sociales. Su lugar de escritor, su capacidad para narrar emociones, describir paisajes temporales eran las de un artista que devenía en pensador, nutrido sí por la historia y las ciencias sociales. En el capítulo que Norberto Galasso le dedica a Gálvez en su obra “Los Malditos. Hombres y mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos” afirma que: “A través de sus “novelas sociales” se pueden analizar los diferentes momentos históricos que se fueron sucediendo: La oligarquía, el radicalismo y luego el peronismo, se pueden atravesar pasando por sus obras… su novela “El Gaucho de los Cerrillos” sirve indirectamente para conocer y analizar el marco social imperante, también cuenta con Juan Manuel de Rosas insignificante como personaje pero omnipresente en el ambiente en que se desarrolla la obra…”. 

La singular narración de la historia le posibilitó a Manuel Gálvez masificar su pensamiento, tener éxitos editoriales, que fueron las formas más efectivas de propagar las ideas revisionistas. La novela no sólo describía los personajes sino toda una época, los contextos socio culturales detrás de los nombres. Y esto sucedía en casi todas sus obras. 

Si Gálvez tuvo un plan, este tenía como espíritu narrar la historia argentina desde un perfil auténticamente nacional, en parte católico hispanista pero más específicamente era espiritual, y hacerlo en contraposición a la historia como narrativa de la modernización europea y las ideas del liberalismo que difundió la historia mitrista. 

Pero su versión del pasado argentino estuvo trazada en forma única por su estilo y pluma sin comparación posible. Era un escritor fuera de serie, único en la historia de las letras argentinas, sólo alcanza con recordar que fue candidato al Premio Nobel de Literatura en los años 1933, 1934 y 1951. 

El Centenario, el revisionismo y de unitarios y federales  

1910 fue un momento central en la cultura nacional. En ocasión del centenario de la Revolución, fueron muchos los intelectuales que comenzaron a reflexionar sobre el país en el que vivían, el pasado transitado y el futuro por venir. 

Por citar los más celebres, Leopoldo Lugones recuperó a la cultura gauchesca, Ricardo Rojas, por su parte, lo que entendió como bases “indianistas”. Gálvez, en cambio, señala en su libro “El diario de Gabriel Quiroga” que era en las provincias donde habitaban los hombres y mujeres que representaban el alma nacional. Fue la gran defensa del Federalismo en el Centenario. 

Para demostrar la profundidad del pensamiento político e histórico de Manuel Gálvez, de la novela “El diario de Gabriel Quiroga” rescato una penetrante caracterización y diferenciación de federales y unitarios que creo vale la pena transcribir: 

“...El unitario típico es casi siempre doctor, pedante y literato. Cultiva la oratoria y exhibe en ella, junto a sus maneras de una solemnidad clásica, un vocabulario jacobino y campanudo. Cuida las formas sociales y habla con pulcritud e importancia. Se afana en el vestir y usa diariamente las prendas menos comunes. Sarmiento refiere que la administración de Rivadavia iba a las oficinas de corbata blanca. El unitario es librecambista y liberal; tiene la manía civilizadora y, desconocedor del ambiente y careciendo del sentido de la realidad, implantaría de golpe las mejores instituciones de pueblos más evolucionados. Vive retóricamente y no abandona jamás sus bellos gestos. Es ingenuo, orgulloso y vanidoso. Representa el espíritu europeo; esto le hace creerse por encima de todos y despreciar las cosas criollas y las costumbres gauchas Detesta España. Carece de verdadero patriotismo porque no siente el alma nacional. La patria es para él una entidad abstracta, sin relación visible con el suelo que habitamos. Y así cuando llega a concretarla, la concreta en Buenos Aires solamente. Sin embargo se cree patriota y en todas las ocasiones solemnes ostenta su patriotismo: un patriotismo verbal y oratorio, de fiesta cívica, de bandera y mitología histórica –guerrera” …

“…El federal representa el tipo opuesto. El federal genuino casi nunca es doctor: es estanciero, general, “comandante de campaña”. No tiene ideas sobre la patria pero la siente intensamente, criollamente, sin alarde de patrioterismo. Forma con el país un solo todo pues es un producto genuino de la tierra: como el ombú, como el caballo criollo, como la vidalita. El federal típico casi nunca es orador o retórico. Tiene toda la viveza del gaucho. Carece de ilustración y de preocupaciones formales. Es sencillo, democrático, “a la que te criaste”, sonríe socarronamente ante los teatrales amaneramientos del unitario. No habla con la pulcritud de éste ni se atribuye importancia. Es conservador y proteccionista. Generalmente provinciano, conoce bien el país y, por su perspicacia y su sentido de la realidad, resulta un excelente hombre de gobierno”.

Su gigantesca obra 

Manuel Gálvez.
Desde allí, Gálvez se lanzó de lleno a la materialización de un ambicioso proyecto narrativo que, según explicó más tarde en sus memorias, acababa de concebir por aquellos primeros años de la segunda década del siglo: "Me refiero al plan que tracé en 1912. ¿Había en ese plan ambicioso alguna influencia de Balzac, de Zola, y, acaso, de Pérez Galdós y Baroja? No es imposible, sobre todo, del primero. La formidable construcción del maestro, que comprende toda, o casi toda, la sociedad francesa de su época, me tenía impresionado. Yo también soñé con describir, a volumen por año, la sociedad argentina de mi tiempo. El plan abarcaba unas veinte novelas, agrupadas en trilogías. Debían evocar la vida provinciana, la vida porteña y el campo; el mundo político, intelectual y social; los negocios, las oficinas y la existencia obrera en la urbe; el heroísmo, tanto en la guerra con el extranjero como en la lucha contra el indio y la naturaleza; y algo más".

Las novelas históricas 

Para cumplir con su plan trazo durante su vida literaria distintas líneas de trabajo. El primero fue el ciclo de novelas más importantes: “La maestra normal” (1914), “El mal metafísico” (1916), “La sombra del convento” (1917), “Nacha Regules” (1919), (premio municipal), “Luna de miel y otras narraciones” (1920), “La tragedia de un hombre fuerte” (1922), “Historia de arrabal” (1923), “El cántico espiritual” (1923), “La pampa y su pasión” (1927), “Una mujer muy moderna” (1927), “Miércoles Santo” (1930), “La noche toca a su fin” (1935), “Cautiverio” (1935) y “Hombres en soledad” (1938).

En el medio de esta inspiración sin pausa, publica sus obras sobre la Guerra del Paraguay, que son realmente fantásticas, compuesta por una trilogía integrada por “Los caminos de la muerte” (1928), “Humaitá” (1929) y “Jornadas de agonía” (1929).  “Escenas de la Guerra del Paraguay” era la trilogía Gálvez que reconstruyó la infame guerra de la Triple Alianza desde la perspectiva argentina, paraguaya y brasileña. Su erudición y obsesión lo llevaron al extremo de que algunos diálogos estuvieran directamente escritos en guaraní y en portugués.

En términos historiográficos y contextuales de la obra, Gálvez introduce a Mitre como a un héroe y a Francisco Solano López como a un tirano malvado, siguiendo el relato de la historia oficial. Pero, al desarrollarse la trama y al contextualizar a ambos en su época, lo roles se invierten, pues el paraguayo es sinceramente idolatrado por su pueblo, algo que no sucede con Bartolomé Mitre por parte de los argentinos. Solano López deviene en la encarnación de su pueblo, el cual reacciona con violencia heroica ante las agresiones y lucha valentía hasta el martirio y su destrucción.

Con extensión temporal, el otro ciclo de obras de época, este segundo sobre el periodo de Rosas, es realmente elogiable. El gaucho de los cerrillos (1931), El general Quiroga (1932), esta Premio Nacional de Literatura, para luego publicar “La ciudad pintada de rojo” (1948), “Tiempo de odio y angustia” (1951), “Han tocado a degüello” (1951) y “Bajo la garra anglofrancesa” (1953), “Y así cayó don Juan Manuel” (1954), que cierra el ciclo rosista de Gálvez.

"La Muerte en las Calles", primera edición de 1948.
Obra en mi biblioteca
.
A las obras históricas debemos añadir “La muerte en las calles” (1948), novela histórica sobre las invasiones inglesas de Buenos Aires, que llevada al cine en 1952 de la mano del director Leo Fleider.

Las grandes biografías 

La otra línea de trabajo fundamental para el revisionismo histórico fueron sus biografías de figuras de la historia nacional.

a) Yrigoyen: La primera de ellas fue “Vida de Hipólito Yrigoyen” (1939). Si bien está dividida la opinión, no son pocos los que piensan que su obra más insuperable, y de una increíble actualidad, es “Vida de Hipólito Irigoyen. El hombre del misterio”.

Manuel Gálvez fue, sin duda, el mejor biógrafo del caudillo del Balbanera y además exegeta de sus escritos inescrutables, en su libro, “Vida de Hipólito Yrigoyen”, ensaya una explicación de esta situación sui generis del radicalismo en su etapa fundacional: "...la carencia de programa. El radicalismo, dice, es un movimiento idealista y romántico porque se rige por sentimientos y no por ideas. Pero, si la UCR no tiene un programa de ideas, Yrigoyen -manifiesta Gálvez- si lo tiene, aunque más en su “intuición que en su voluntad” y naturalmente no definido y menos, expresado orgánicamente. Ese programa tiene su origen en algunos principios, "mitad krausista, mitad cristianos”, en los cuales el caudillo cree firmemente. Ellos son, la convicción profunda de la igualdad humana, la fraternidad y la igualdad entre los pueblos, la paz, y la austeridad en las formas de vida. Estos principios, que podrían calificarse de ideológicos – doctrinarios, son los que conducirán sus políticas concretas: un obrerismo paternalista, similar a un socialismo práctico y reformista. Un anticapitalismo tibio. Pacifismo y neutralidad en la política exterior. Y un espiritualismo respetuoso de todas las creencias religiosas".

"Vida de Hipólito Yrigoyen", una edición popular de 1951
de mi biblioteca. Atrás, los cuatro tomos de la obra "Los Malditos"
 que coordina Galasso, muy buen material sobre los grandes
hombres y mujeres negados por cultura dominante. `

En relación a la política de Yrigoyen con relación al movimiento obrero y el concepto de “obrerismo”, escribe Manuel Gálvez al respecto: “Hay en Yrigoyen un socialismo sentimental, patriótico, cristiano y paternal. Su obrerismo se parece un poco al laborismo británico y otro poco al aprismo peruano. Con el aprismo que pretende la liberación del indio – tiene de común su movimiento de masas, su exaltación mística del jefe, su amor hacia la plebe, su actitud revolucionaria; pero le separa del aprismo el matiz marxista que tiene en lo económico este partido peruano”. 

Una página maravillosa es la que refiere al fin del primer mandato de Yrigoyen.  Fue el 12 de octubre de 1922. Llegó el día de asunción del Alvear. Yrigoyen antes de asistir al acto se despide de todos los empleados  y empleadas de la Casa de Gobierno, y saluda uno por uno. Algunos de ellos escuchan que el Presidente saliente dice: ¡Volveré!  El acto es tumultuoso y caótico. La estupenda pluma de Manuel Gálvez narra este evento de manera incomparable: “En el salón en donde ha entregado el poder, apodéranse de su persona la muchedumbre que llena la Casa de Gobierno. Lo sacan de allí casi en hombros, entre vítores, aplausos y gritos. Él va grave, con un asomo de sonrisa. Al verlo aparecer en la calle, se produce la más gigantesca de las ovaciones que recuerda la historia argentina. Las masas gritan cadenciosamente: “¡Yrigoyen, Yrigoyen! Durante veinte minutos, el presidente permanece bloqueado. Imposible avanzar. Es sin duda alguna una fiesta popular que continúa hasta su casa donde miles de manifestantes lo aguardan. Todos quieren saludar al “padre de los pobres” al “apóstol de la libertad” mientras que, desde la ventana de su despacho, el presidente recién electo, Marcelo de Alvear, tal vez, reflexiona y compara su exigua popularidad”.

b) Rosas: Gálvez, a mi juicio, escribió la más completa y elaborada biografía de Rosas. Pero no solo fue una biografía histórica, sino que la mismas está repleta de profundas reflexiones no sólo históricas, sino políticas, jurídicas, filosóficas, etc. 

En ella, por ejemplo, se refiere al sistema político confederal del rosismo haciendo una interesante comparación: “Este Federalismo –conviene repetirlo- se parece al de Pi y Margall y otros republicanos españoles, quienes, años después que Rosas, pretendían hacer de su patria un Estado en el que cada región-Castilla, Vasconia, Cataluña, se rijan por sus propias instituciones”.

“Vida de Juan Manuel de Rosas”, una edición especial totalmente ilustrada de tres tomos (1078 páginas) publicada por el Centro Literario Americano S.A. que tengo en mi biblioteca. Un excelente material. 

Dice Manuel Gálvez en la completísima biografía “Vida de Juan Manuel de Rosas” (1940) sobre la esencia política del Restaurador: “Se ha comparado a Rosas con Luis XI, que por la astucia, la diplomacia y la guerra creó la Francia, suprimiendo a los señores feudales, incorporando al Estado, poco a poco, a los diversos reinos o principados en que el país se dividía. Juan  Manuel  de Rosas, tal vez sin tener noticia de la obra del monarca francés, pensó en hacer lo mismo”.

Sobre la irrupción de Rosas y su relevancia, entiendo que no existe nada mejor que la magnífica prosa de Manuel Gálvez para que el lector o la lectora, a través de esa narración, pueda imaginarse la trascendencia de ese momento histórico, el estado de conmoción del pueblo de Buenos Aires y la entrada de Juan Manuel de Rosas en la Historia Argentina. Aquí vuelvo a su obra “El Gaucho de los Cerrillos”, cuando se refiere a Rosas en el día del velorio de Manuel Dorrego. El párrafo dice: 

“A las cinco de la tarde, la procesión se dirigió al cementerio de la Recoleta. Era un largo trayecto. La imponente columna de pueblo marchaba silenciosa y triste. Millares de personas los miraban pasar, respetuosos ante los restos del mártir del federalismo. Colgaban crespones de muchas casas y las puertas estaban entornadas por el duelo. En la hermosa tarde, el cielo era muy alto, sereno y claro…”

“Pero el pueblo de Buenos Aires, el que miraba el paso del cortejo, tenía su mayor interés en ver a Rosas. Cuando las voces anunciaban: “Ya vienen, ¡ya vienen!”, todo el mundo pensaba en don Juan Manuel. Las mujeres habían oído hablar de su belleza, y querían verle. Los negros ansiaban contemplar al que había sustituido a Dorrego en el corazón de la plebe. Los compadritos y “orilleros” deseaban admirar al prodigioso gaucho de “Los Cerrillos”, que domaba y enlazaba como nadie y a quién en sus andanzas por la Provincia, bastábale morder el pasto para saber en qué estancia se encontraba. Los unitarios, trasconejados en la muralla humana, querían ver de cerca al que temían. Y los hombres de orden, los espíritus coloniales, no veían el instante de presentar su silencioso respeto al Restaurador de las Leyes, el vengador de Dorrego, el vencedor de la anarquía.”

“Él iba inmutable y callado. Llevaba el traje de capitán general. Ni miraba a las gentes, que le contemplaban absortas. Ni una sonrisa, ni un gesto. Rígido, teatral, magnífico en sus galas y su belleza, parecía despreciar al mundo entero en su fuerte puño, el bastón de mando adquiría un terrible significado. Las gentes lo miraban sumisas, encandiladas, humildes. Algunos bajaban la cabeza. Otros se hubieran arrodillado a su paso. Su arrogancia espléndida y todo su aspecto tenía algo de los Césares romanos”.
"El Gaucho de los Cerillos", la página 151 citada. Es
una edición popular de 1966 de mi biblioteca.
Fue un regalo de un compañero amigo
.

“Caía la tarde cuando llegaron a la Recoleta. Muchos personajes, fatigados por la larga marcha, habían ocupado los coches que iban detrás del cortejo. Sólo Rosas caminaba impávido e igual, como en el instante en que partiera de la plaza de la Victoria”.

“En el cementerio, la multitud se aglomeró junto a él. Iba a hablar. Encendiéronse las antorchas. Se hizo un silencio augusto. Sólo se oyó, lejano, el cañón del Fuerte, “Dorrego, víctima ilustre de las disensiones civiles, descansa en paz!” En los espíritus atribulados de los oyentes, impresionados por el cuadro inolvidable, sonaban como trenos acongojantes, y como llamados a la venganza, las frases del bravísimo discurso, leídas en tono patético y solemne: “sentenciado a morir en el silencio de las leyes”, “la mancha más negra de la historia de los argentinos”, “las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y sensible”, “vuestros compatriotas dolientes”, “el pueblo porteño no ha sido cómplice en vuestro infortunio”. Varias veces, Rosas sacó el pañuelo y se lo llevó a los ojos”.
"El Gaucho de los Cerillos", la página 152 citada
de la misma edición.

“Obscurecía cada vez más. Las luces de las antorchas estremecíanse. Como sombras lentas y doloridas, las gentes permanecían inmóviles. El rostro de don Juan Manuel adquiría una expresión terrible y bella. El gobernador iba a leer sus últimas palabras: “Allá, ante el Eterno, árbitro del mundo, donde la justicia domina, vuestras acciones han sido ya juzgadas; lo serán también las de vuestros jefes, y la inocencia y el crimen no serán confundidos. !Descansa en paz entre los justos!.”

Ni una voz, ni un gesto en la multitud. El silencio se había entrado en las almas. Oyóse, otra vez aún, algo más claro en la noche, el lejano cañón del Fuerte, que era el ritmo de aquella angustia. En la ciudad, en las casas de los vencidos, las mujeres lloraban y rezaban. Algunos unitarios pensaron que aquella tarde habíanse realizado las exequias de la libertad argentina. Rígido, con un gesto agrio, pálido el blanco rostro, indiferente a la multitud que lo rodeaba con sumisión, don Juan Manuel de Rosas asistió al acto de colocar el cajón en el sarcófago, y luego subió al carruaje para volver al Fuerte.” (“El gaucho de los Cerrillos”. Páginas 151 y 152. Manuel Gálvez).

c) Sarmiento: “Vida de Sarmiento” (1945) es una obra iconoclasta por antonomasia. Es una sucesión interminable de desmitificaciones de Sarmiento, quien fuera elevado al panteón de próceres por la oligarquía, bajando de ese lugar a Rosas. 

Por citar unos ejemplos de las maravillosas desmentidas históricas, veamos primero lo referente a su formación intelectual. En esta cuestión, Manuel Gálvez ha plasmado en su monumental biografía “Vida de Sarmiento”, refiriéndose a las lecturas adolescentes de Sarmiento: “Pero estos estudios son caóticos. Sin dudas constituye su “bachillerato”. Sin preparación alguna, Domingo ha leído hasta manuales de metafísica. Todo lo ha devorado en desorden. Muchas cosas no puede haberlas comprendido, si bien las retiene porque le sobra memoria. Esta formación intelectual deplorable, sin disciplina, marca el espíritu de Sarmiento para toda su vida”. Y continúa más adelante: “Su cultura será informe, llena de lagunas y harto periodística. No es culpa suya, él se instruye como puede.”

Como un enorme escritor, Manuel Gálvez sin eufemismos se refiere al Sarmiento escritor: “No tenía idea de la técnica literaria. No sabía componer sus párrafos. Carecía de todo orden retórico. Su prosa es inconexa, desmadejada, arbitraria, antiartística, llena de flecos inútiles, de repeticiones, de incoherencias, de faltas contra el gusto”. Y continúa más adelante: “los más graves defectos en su prosa son la confusa construcción y la bárbara sintaxis. Por causa de ambos defectos, muchísimas veces no se le entiende. Es preciso releer con cuidado millares de frases suyas para saber que ha querido decir o a que persona o suceso se refería”.

Lo que dijo sobre la vida política y personal de Sarmiento es mucho más disonante con el relato de la historia oficial aun que lo que transcribí ut supra.

A las tres biografías citadas cabe añadir “Vida de Aparicio Saravia” (1942), “Vida de don Gabriel García Moreno” (1942) y “Vida de Ceferino Namuncurá. El santito de la toldería” (1947).

Más obras 

"Don Francisco de Miranda. El más universal de los
americanos", primera edición de 1946, otra obra de mi
biblioteca. Este libro no figura en la lista de wikipedia.

Su producción no se detuvo ahí, debemos añadir “Las dos vidas del pobre Napoleón” (1954), “El uno y la multitud” (1955), sobre el peronismo y “Tránsito Guzmán” (1956), también sobre el peronismo, “Poemas para la recién llegada” (1957), “Perdido en su noche” (1958), “Me mataron entre todos” (1962) y “La locura de ser santo” (1967), una obra póstuma.

De su voluminosa obra también surge una Autobiografía, “Recuerdos de la vida literaria” (1961). Del mismo modo tiene en su haber distintos ensayos y críticas literarias como “El solar de la raza” (1913), “La inseguridad en la vida obrera” (1913), “La vida múltiple” (1916), “Amigos y maestros de mi juventud” (1944) y “El novelista y las novelas” (1959). Escribió igualmente obras de Teatro como “El hombre de los ojos azules” (1928) y “Calibán” (1943). Y faltan más obras, que ni en Wikipedia figuran. 

Su relación con el peronismo y sus últimos días 

Gálvez, al igual que gran parte de las nacionalistas de aquel momento, vio con satisfacción la Revolución del 4 de junio de 1943 que puso fin a la década infame. Gálvez dijo que en ese momento comenzó el proceso de transformación sociopolítica más importante que vivía el país desde la Revolución de 1810. 

Cuando Juan Perón empezó a ascender, Gálvez lo apoyó. El libro “El pueblo quiere saber de qué se trata” escrito por Perón incluye un artículo de Manuel Gálvez insertado en el prólogo. Es más, luego de la masiva movilización del 17 de octubre de 1945, hace público su apoyo al naciente peronismo.

Luego, por motivos en parte de clase y otros por contextos políticos se fue distanciando del peronismo. Un incendio que hubo en el Jockey Club en 1953 hizo más nítida la ruptura de Gálvez con el peronismo. Pero, en definitiva, lo concreto es que a medida que fue creciendo el conflicto entre el peronismo y la Iglesia Católica al final del primer peronismo, Gálvez, como muchos otros nacionalistas católicos, se convirtió en un opositor del presidente. Luego de los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 y posterior al golpe de estado del 16 de septiembre del mismo año y la llegada de la dictadura de Lonardi, Aramburu y Rojas publicó la novela “Tránsito Guzmán”, una novela inequívocamente antiperonista. Es cierto también, que luego del 55 su relevancia cultural, su lugar en la sociedad, fue en eclipse para nunca recuperar el lugar que tuvo anteriormente. 

Esta toma de postura a favor de la dictadura del 55 no debe opacar, para una justa reivindicación del pensamiento nacional, a toda una vida de lucha desde las letras por una conciencia nacional. Sus méritos, su obra, trascienden esta toma de posición coyuntural.

Manuel Gálvez pasó los últimos años de su vida desencantado con la política, alejado de los problemas sociales. Su último refugio fue la religión, lamentándose que, en Argentina, a fines de los 50 y comienzos de los 60, la fe cristiana, en el pueblo argentino, estaba en retroceso. Sus últimos textos son una exhortación a abrazar al catolicismo en un mundo que, según él, apreciaba más al hombre que a Dios.

Muchos afirman que su gran objetivo existencial era el de convertirse en el gran intelectual católico de este país, independientemente de haberlo logrado o no, seguramente fue el historiador revisionista más leído de su tiempo y una figura clave del pensamiento nacional en el siglo XX, que con su obra esclareció conciencias y trazó un puente explicativo desde antes de 1810 al presente. 

viernes, 26 de junio de 2020

A 50 años de la muerte de Leopoldo Marechal, poeta y metafísico del peronismo

Leopoldo Marechal.

Un día como hoy, un 26 de junio pero de hace 50 años, entraba en el comando celestial del campo nacional y popular un enorme intelectual que se destacó en casi todos los géneros literarios: poesía, ensayo, narrativa y teatro. 


Identificado claramente con el peronismo, habiendo ocupado importantes cargos dentro del gobierno de Juan Perón y militando activamente en la resistencia peronista, Leopoldo Marechal conjugó la excelencia artística y la formación intelectual con el compromiso social y la política. 


Toda la obra de Marechal después de 1955 fue injustamente proscrita y por lo tanto desterrada de los manuales de literatura y de las librerías. Recuperado por la crítica y las nuevas generaciones literarias, sus obras lo convierten hoy en uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina e hispanoamericana. 


La preocupación por la patria y el destino colectivo está en toda sus narraciones. Desde su primer texto hasta su último libro "Megafón, o la guerra", redactado a principios de 1970, en donde se puede inferir un profético episodio como el secuestro, juicio y ejecución a Pedro Eugenio Aramburu, producido el 29 de mayo de 1970. 


A los 70 años de edad, Leopoldo Marechal falleció en Buenos Aires, el 26 de junio de 1970.

Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro
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Infancia y juventud
 
Leopoldo Marechal nació en la ciudad de Buenos Aires, el 11 de junio de 1900. Porteño, del barrio de Almagro, era el hijo mayor de Alberto Marechal y Lorenza Beloqui.
 
De niño se fue, junto a su familia, a vivir a la localidad de Maipú, en el interior de la provincia de Buenos Aires. Los otros niños del lugar lo llamaban "Buenos Aires", aquel momento y esas memorias lo llevaron a darle el apellido "Buenosayres" a su personaje literario predilecto, Adán.
 

El poeta y el intelectual
 
Egresado de la Escuela Normal "Mariano Acosta" ejerció la docencia primaria y secundaria. En la década del 20, fue una de las figuras más prominentes de la generación nucleada en torno a la revista "Martín Fierro", en la que colaboraron entre otros Ricardo Güiraldes y Jorge Luis Borges.
 
Su obra literaria abarca todos los géneros: poesía, ensayo, narrativa y teatro. Los libros publicados en su primera etapa lo consagran como una de las principales figuras nuevas de aquella época: "Los Aguiluchos", "Días como flechas" y "Odas para el hombre y la mujer", entre otros, son los títulos de su autoría en la década de los años locos. Abierto e inteligente, por aquellos momentos mantenía relaciones de amistad con Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández y Raúl Scalabrini Ortiz.
 
En los próximos años su producción intelectual no se aplacó. "Laberinto de Amor", "Cinco poemas australes", "Sonetos a Sophia" y "El Centauro" fueron sus obras siguientes, la última de estas recogió el elogio sin pudor de Roberto Artl, quien le manifestó a Marechal: "poéticamente sos lo más grande que tenemos en habla castellana". En esos años también publicó, en prosa: "Historia de la calle Corrientes" y "Descenso y ascenso del alma por la belleza". Ya se advierte en su obra una preocupación metafísica y religiosa.
 
En su faz narrativa, "Adán Buenosayres" publicada en 1948 es su novela más conocida y considerada unos de los pilares de la nueva narrativa contemporánea argentina e hispanoamericana.
 
 
Después del 55
 
La caída del peronismo lo lleva al ostracismo intelectual, a la soledad y al olvido. Recién a mediados de la década del 60 vuelve a publicar. En 1965 edita "El banquete de Severo Arcángelo" y el ensayo "La Autopsia de Creso". En 1966 publica "Heptameron" y "Cuadernos de navegación".
 
Resalta una nota del primer tomo del libro "Los Malditos", trabajo coordinado por Norberto Galasso, que Marechal viajó a Cuba en 1966, para hacer una nota de la revista Primera Plana y, durante febrero y marzo, hacer de jurado de un concurso literario de la Casa de las Américas. A su regreso, pese a su fervoroso cristianismo, el poeta entregó un artículo titulado "La isla de Fidel, donde "defendía y exaltaba la revolución, como expresión de autentico cristianismo. El texto de Marechal irritó a los militares gobernantes y fue levantado de la revista cuando está ya se había empezado a imprimir".
 
 
El poeta y el 17 de octubre
 
Movido por un alma con inquietudes y su conciencia social, la política nunca estuvo ausente en la vida del poeta. Simpatizante del socialismo en su juventud, en la década del 40 Marechal apoya con firmeza la irrupción de peronismo en la vida política nacional.
 
El propio Marechal recuerda así el 17 de octubre de 1945:
 
"El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García. Mi domicilio era este mismo departamento de calle Rivadavia. De pronto me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y, enseguida, su letra:


"Yo te daré/
te daré, Patria hermosa,/
te daré una cosa,/
una cosa que empieza con P/
Perooón".
 
Y aquel "Perón" resonaba periódicamente como un cañonazo.
 
Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí, y amé los miles de rostros que la integraban no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina "invisible" que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista".
 
Y fue cierto. Marechal fue el afiliado Nº 46 de la "Comisión pro candidatura del general Perón" para las elecciones de 1946.
 


Marechal, el peronista
 
Pero Marechal no sólo adhiere intelectualmente al justicialismo sino que se involucra de lleno en la gestión del primer peronismo. Primero en la Biblioteca Popular de Villa Crespo, luego presidente del Consejo General de Educación y la dirección General de Escuelas de Santa Fe, según enumera el libro "Los Malditos". Ya en el gobierno nacional, Leopoldo Marechal fue el director General de Cultura de la Nación de Juan Perón. También fue director nacional de Enseñanza Superior y Artística.
 
Como vimos, en esos años del primer peronismo, Marechal escribe su obra más importante, "Adán Buenosayres". Es una novela-ensayo, donde con compromiso social e histórico, "parodia las hipocresías, egoísmos y esnobismos de buena parte de la sociedad" y del antiperonismo.
 
En aquellos días de cultura popular del peronismo, a Marechal le ceden el teatro Cervantes para estrenar su obra "Antígona Vélez", bajo la dirección del mismísimo Enrique Santos Discépolo. En 1951, esa obra recibe el Primer Premio Nacional de Teatro. Es una bella y acriollada versión del mito griego.
 
Ya en la resistencia, tras la caída de Perón, Marechal mantuvo una fluida correspondencia con el general en el exilio.
 
En una nota periodística, manifestó -con una picardía digna de Gatica- "yo nunca fui un político. Soy un adherente y un combatiente, fui, soy y seré peronista". Profundizando en su repudio a la dictadura, Marechal sentenciaba: "El gobierno de facto autodenominado 'Revolución Libertadora' encabezado por Isaac Rojas, Aramburu y sus secuaces, no sólo llevaron a cabo persecuciones y muerte sobre el pueblo argentino, sino que condujeron al silenciamiento y al ostracismo más atroz a gran número de militantes, políticos e intelectuales...".
 
Su férrea oposición a la Libertadora y su amistad personal con Juan José Valle alimentaron el rumor, que la historia guarda en la sombra de la incertidumbre, de que fue el propio Marechal quien escribió la proclama de los revolucionarios del 9 de junio de 1956.
 
 
Un guerrero de la conciencia nacional
 
Como era esperar, en una tierra donde las elites intelectuales están colonizadas culturalmente, su decidido apoyo a Juan Perón le generó enfrentamientos y rencores en sus colegas, quienes jamás le perdonarían su peronismo. Después de 1955, su obra fue injustamente proscrita y por lo tanto desterrada de los manuales de literatura y de las librerías. Los dueños del aparato cultural del sistema lo condenaron por peronista.
 
Marechal es un ejemplo claro del lugar al que confinan los titiriteros de las academias y universidades a quienes se atreven a conjugar los proyectos nacionales y populares con la cultura y el arte. Marechal no era uno de "estos escribas tolerados, halagadores del sistema y críticos con sus compatriotas de talento por el solo hecho de discrepar políticamente". Como afirma Roberto Bardini en una breve nota sobre Marechal: "la añeja cultura liberal funciona muy bien en Argentina: sabe proscribir de sus páginas a los que considera "políticamente incorrectos". Como el sistema que defiende, el aparato intelectual oficial también es culpable de "desapariciones forzadas" en el campo del pensamiento nacional y popular". Y Marechal fue una de sus víctimas.
 
Pero su talento, como todas las luchas de pueblo, se impondrá al silencio y hoy Marechal es recuperado por la crítica y las nuevas generaciones literarias, sus obras lo convierten en una de los escritores fundamentales de la literatura argentina e hispanoamericana.
 
La preocupación por la patria y el destino colectivo está en toda sus narraciones. Desde su primer texto hasta su último libro "Megafón, o la guerra", redactado a principios de 1970, en donde se puede inferir un profético episodio como el secuestro, juicio y ejecución a Pedro Eugenio Aramburu, producido el 29 de mayo de 1970.
 
A los 70 años de edad, Leopoldo Marechal falleció en Buenos Aires, el 26 de junio de 1970.


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A modo de homenaje reproducimos, de su libro "Heptamerón", los siguientes fragmentos del poema "Descubrimiento de la Patria".
 


--VI--  
"Yo vi la Patria en el amanecer
que abrían los reseros con la llave
mugiente de las tropas.
La vi en el mediodía tostado como un pan,
entre los domadores que soltaban y ataban
el nudo de la furia de sus potrillos.
La vi junto a los pozos del agua o del amor,
¡niña y trazando el orbe de sus juegos!
Y la vi en el regazo de las noches australes,
dormida y con los pechos no brotados aún.
 
 
--XV-
Yo la vi talonear los caballos australes,
 niña y pintando el orbe de sus juegos
La Patria no ha de ser para nosotros
nada más que una hija y un miedo inevitable,
 y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra ni grito.

viernes, 1 de mayo de 2020

Día de la Constitución: El Pronunciamiento contra Rosas, Urquiza y Aramburu

Estimad@s: Acá les dejo unas ideas que escribí hace un tiempo sobre el Día de la Constitución, que se celebra cada 1º de Mayo, desarrollando algunas razones para que no sea celebrado en esta fecha. 

Además de resaltar que el 1° de mayo se superpone con el homenaje a les trabajadores, la nota explica las dificultades e inconsistencias históricas y constitucionales para afirmar que aquel 1° de Mayo de 1853 efectivamente se sancionó una constitución para tod@s. 

Luego añade otro argumento: el 1° de mayo de 1956, en la Plaza Ramírez de nuestra localidad de Concepción del Uruguay, en un hecho nefasto para el derecho constitucional, la dictadura que presidía Pedro E. Aramburu llevó a cabo el acto institucional de derogación de la Constitución de 1949, que había incorporado en forma vanguardista los derechos sociales y el Estado de Bienestar a la carta magna.


En la Plaza Francisco Ramírez de Concepción del Uruguau, Aramburu derogó la Constitución de 1949 el 1 de Mayo de 1956, en repudio a Rosas y al propio Perón, defendiendo la línea histórica Mayo - Caseros - Septiembre. 


La nota original se publicó en el blog de mi amigo Domingo Rondina (https://www.constitucional.com.ar/), uno de los más lúcidos e interesantes doctrinarios de las nuevas generaciones de constitucionalistas del país. Con el ingenio de siempre, Domingo tituló la nota así: "La constitución de Aramburu". Ahora la replico en Contra Legem con algunos agregados y recortes.


Escribe: A. Gonzalo García Garro


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El primer 1º de Mayo. 1853

Es cierto que el 1º de Mayo de 1853 los Convencionales Constituyentes dieron lectura al texto definitivo de la Constitución elaborado por las comisiones, a los fines de cotejar las enmiendas y cambios de los distintos debates. 

Historiadores revisionistas consideran que la mayoría del texto constitucional sancionado en 1853 fue obra de Benjamín Gorostiaga, a excepción de la parte dogmatica sobre la que no está clara la autoría. Ciertamente no fue una obra para nada original, ni muy apegada al ser nacional, tampoco fue funcional. Alrededor de 60 artículos de la Constitución Nacional de 1853 fueron reproducciones literales de la Constitución de Estados Unidos. Casi el 60% de los artículos eran copiados. 

Retrato de la Convención Constituyente de 1853, sancionada el 1 de Mayo de 1853, a pedido de Urquiza en homenaje al pronunciamiento contra Rosas.
En aquella jornada, el presidente del Congreso Constituyente, Facundo Zuviría, pronunció un encendido discurso y, a propuesta del constituyente Benjamín Gorostiaga, los convencionales firmaron el texto constitucional. Eso pasó. Nadie juró por esa Constitución aquel día nos cuenta José Rafael López Rosas, en su “Historia Constitucional Argentina”.

Para aclarar aún más, cabe recordar que Urquiza toma contacto con el texto Constitucional luego de que una comisión designada por la Convención Constituyente se lo acercara a su campamento en San José de Flores el 22 de mayo. El entrerriano promulga el texto con un decreto fechado el 25 de Mayo de 1853 y la misma fue jurada por el resto de las provincias el 9 de julio del mismo año, con Urquiza incluido.

Sin sopesar la postura que cada uno pueda tomar en relación a las guerras civiles del siglo XIX, es claro que el 1º de Mayo fue, entonces, una fecha arbitrariamente dispuesta en función de su relación con el Pronunciamiento de Urquiza contra Rosas del 1º de Mayo de 1851, que abrió un proceso que culminó con la Batalla de Caseros en la que fue derrotado Juan Manuel de Rosas; vinculando así el homenaje a nuestros derechos con el desenlace de una guerra civil.

Urquiza se auto homenajeó eligiendo el 1° de Mayo como fecha.  

Dos Estados, dos Constituciones

Pero la Constitución de 1853 no fue la definitiva. Ese texto se modificó en la Convención Nacional Constituyente de 1860, completando lo que Bidart Campos llamaba el ciclo constitucional abierto que culmina la denominada “Organización Nacional”.

Si bien el Derecho Constitucional suele reducir este proceso con fines de simplificación pedagógica, y en algunos casos para avalar las mentiras de la historia oficial, una retrospectiva de homenaje no puede soslayar que la calificación de este período como de “Organización Nacional” es aceptable sólo si se considera en particular un aspecto institucional, ya que fue durante éste que se sanciona la Constitución.

Pero, para la política y la historia, este concepto es tramposo, ya que durante todo el período mencionado (1853-1860) se encontraban en estado de guerra permanente dos Estados, dos entidades jurídicas diferentes en el mismo territorio de lo que hoy es Argentina: La Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires.

Mientras “los trece ranchos”, como despectivamente llamaba Mitre a las provincias de la Confederación, discutían la Constitución en Santa Fe, los centralistas de Buenos Aires se organizaban como Estado independiente y soberano.

La Constitución de 1853 no tuvo imperio sobre la parte más densamente poblada y económicamente más desarrollada de nuestro país durante años. La Constitución del Estado de Buenos Aires, sancionada el 11 de abril de 1854, rezaba en su Art. 1º “Buenos Aires es un Estado con libre ejercicio de su soberanía interior y exterior”.

El país de Mitre y Valentín Alsina tenía su propia declaración de derechos y poderes. El “Estado Libre de Buenos Aires” y la “República del Río de la Plata” tuvieron relaciones tormentosas y reglaban sus acuerdos como si fuesen dos naciones extranjeras.

Tuvo que ocurrir la batalla de Cepeda y luego infamia de Pavón, tuvo que vencer Urquiza y firmar como un general derrotado regalando la constitución y le poder a Mitre, para que en 1860 tengamos finalmente una sola Constitución para un solo país.

Las batallas de Urquiza trazaron la ruta de la Constitución. El genial Juan Bautista Alberdi con su inefable mordacidad lo explicaba: “¿Para qué ha dado Urquiza tres batallas? Caseros para ganar la Presidencia, Cepeda para ganar una fortuna y, Pavón para asegurarla”. En el medio de esas batallas se consolidó lo que el constitucionalismo liberal clásico llama el periodo constitucional fundacional de 1853-1860.

El peor primero. 1º de Mayo de 1956, la Constitución y la Revolución Libertadora

Pero las razones no se agotan ahí. Ya adentrándonos en el siglo XX, el 1º de Mayo tampoco es una fecha precisamente laudatoria de nuestra historia constitucional, ni de nuestro respeto a la Constitución.

Corría el año 1956, y el golpe de Estado que derrocó a Juan Perón, autodenominado “Revolución Libertadora”, se proponía derogar la Constitución de 1949. El pretexto era que en ella se regulaba la reelección presidencial. Pero las razones que adujo el propio prisidente de facto Pedro Eugenio Aramburu tenían que ver con el programa económico y social trazado por la Carta Magna del ‘49 y la incorporación plena de los derechos sociales al catálogo constitucional.

Días previos a otro 1º de mayo, la dictadura de Aramburu, Rojas y cía. dictó la famosa “Proclama del 27 de abril”. Independientemente de la valoración que hagamos del primer peronismo, “La Proclama” fue una aberración constitucional por la cual un gobierno de facto derogaba una Constitución legítimamente sancionada y plebiscitada democráticamente por la mayoría de los argentinos.

En su artículo 1 la Proclama decretaba: “Declarar vigente la Constitución Nacional sancionada en 1853, con las reformas de 1860, 1866 y 1898, y la exclusión de la de 1949”. Iba más lejos, también disponía: “Declaránse vigentes las Constituciones provinciales anteriores al régimen depuesto” (art. 3)” y “Déjanse sin efecto las Constituciones sancionadas para las provincias de Chaco, La Pampa, y Misiones” (art. 4).

Pero para el 1º de Mayo de 1956, la dictadura tenía prevista la gran sorpresa Constitucional: El presidente de facto, el general Pedro Eugenio Aramburu, desde la emblemática plaza Ramírez de la ciudad entrerriana de Concepción del Uruguay -el mismo lugar donde Justo José de Urquiza realizó el Pronunciamiento contra Rosas 105 años antes-, leyó la Proclama y anunció definitivamente al pueblo argentino la derogación de la Constitución de 1949.

En la ocasión, Aramburu realizó un singular e incomprensible discurso orientado a la celebración del Día del Trabajo que tenía como destinatario a lo trabajadores, día que había adquirido enorme centralidad durante el peronismo.

Aramburu, en una suerte de alegato jurídico-político, negó con argumentos reaccionarios toda la matriz jurídica de los derechos sociales cristalizados en 1949, cuestionó el rol de los sindicatos, la estructuración de la central obrera, bastardeó la legislación laboral, etc., justo un 1 de mayo…

Aquel día, Aramburu dijo cosas desopilantes de la Constitución de 1949 y la legislación peronista como:

a) “La mayor parte de las medidas sociales que sirvieron para la gran farsa y para crear el mito de amparo a los necesitados”;

b) En una proto versión de la teoría del derrame, afirmó: “A mayor producción mayores ingresos para los patrones y mayores ingresos para los trabajadores…La capitalización de los patrones supone capacidad para la creación o ampliación de las fuentes de riquezas, esto es, de trabajo”;

c) Sostuvo que “que la falsa Constitución, creada por quienes buscaron la gloria efímera y el halago demagógico, quede en el recuerdo de lo efímero y con el valor de lo demagógico”.

d) En un contexto en que los dirigentes sindicales eran perseguidos, denunciados y en casos encarcelados por la dictadura expresó cínica, pero amenazantemente, que: “La Revolución, y que esto llegue a los oídos de todos los trabajadores… ataca y lucha contra los hombres y las ideas que las burlaron y reserva las armas limpias para luchar y vencer a los hombres o las ideas pretendan burlarlas… las investigaciones gremiales han de finalizar, indefectiblemente, durante el mes en curso. De sus conclusiones dependen muchas suertes. La Revolución no permitirá que aquellos que hubiesen faltado a sus deberes tengan oportunidad de hacerlo nuevamente”.

Aramburu rinde homenaje a Urquiza

En el acto en Plaza Ramírez, Pedro Eugenio Aramburu rindió homenaje a Justo de José de Urquiza e hizo pública la “derogación” de la Constitución de 1949.

Las citas textuales del discurso de Aramburu las extraje de este libro. Es un texto de propaganda y difusión de la dictadura militar publicado en 1956
Elogiando el espíritu del pronunciamiento de Urquiza contra Rosas del 1 de mayo de 1851, Aramburu, reivindicando la línea histórica de la dictadura “Mayo-Caseros-Septiembre” afirmó: “…El 1° de Mayo de 1851, en este mismo lugar, hombres amantes de la dignidad pronunciaron la libre decisión de ser dueños de sus destinos… La revolución, tan necesaria como argentina, quiere identificarse con el espíritu de Mayo que es, para la nacionalidad, tres veces luz: vieja, nueva y eterna. En la parábola histórica marca otra cumbre la Constitución Nacional sancionada otro 1° de Mayo dos años después…”.

Refiriéndose a la “derogación” de la Constitución de 1949 y la puesta en vigencia de la Constitución de 1853-60 añadió: "...Y en honor de aquellos inspirados… hoy el Gobierno Revolucionario, proclama con fuerza obligatoria la vigencia de aquella misma Constitución. Con su letra, y con la sangre de su letra, se hizo una Nación por sobre la desorganización y el despotismo. Que hoy sirva la misma letra y la sangre derramada, para inspirar a quienes fijen en la oportunidad la nueva Carta que rija sus destinos…”.

Identificando a la dictadura autoproclamada como Revolución Libertadora con los ideales de Caseros y la Constitución de 1853, Aramburu afirmó: “… Aquella Constitución que hoy vuelve a regirnos, foco de irradiación de grandeza, se enlazará con la nueva expresión que también asegure la verdad imperativa de las tres libertades imperativas de nuestro himno”.

En el medio del homenaje, entre la reivindicación a Urquiza, la trillada prosa antiperonista y el auto elogio, la dictadura hizo desaparecer los derechos sociales de la Constitución Nacional, al igual que cláusulas de vanguardia sobre el rol del Estado en la economía y la propiedad de los recursos naturales, entre otras disposiciones de una constitución que era de vanguardia en el mundo. Hizo desaparecer de la historia constitucional un instrumento que fue legitimado por la inmensa mayoría del pueblo argentino. 

Día Internacional de los Trabajadores. No superponer homenajes

En otro argumento, y en un tópico ya deslizado en otra nota, la fecha del 1º de mayo coincide con el Día Internacional de los Trabajadores, que es por si sola una fecha de enorme trascendencia. Creemos que por la relevancia de los hechos, celebrarlos juntos resulta en una disminución de la importancia de ambos recordatorios.  Y creemos que hay sobradas razones para que prevalezca el día de los trabajadores en dicha fecha.

Que el Día de la Constitución nos signifique algo

En diciembre de 2003, el Congreso Nacional, sin pensar en todos estos claroscuros, dictó la ley 25863 eligiendo el 1º de mayo como día de la Constitución Nacional. Por entonces fue un pedido de legisladores, que en mayoría, estaba ligado a la UCR.

Existen muchas fechas simbólicas que pueden encarnar el “Día de la Constitución”. 

Ya hemos dicho que nos gusta el 23 de septiembre. En esa fecha, la Convención Nacional Constituyente de 1860, reunida en Santa Fe, dispuso: “La Convención encargada de decidir sobre las reformas propuestas por la Provincia de Buenos Aires, en la Constitución de la Confederación Argentina de 1° de Mayo de 1853, habiéndolas tomado en consideración, sanciona las siguientes reformas (…)

Pero además, el 23 de septiembre se recuerdan llamativamente tres hechos muy significativos en nuestra historia patria: nació Mariano Moreno (1778), se estableció el centralista Primer Triunvirato de Paso, Chiclana y Sarratea (1811), murió José Gervasio de Artigas (1850) y se promulgó por iniciativa de Eva Perón la ley de voto femenino (1947). No estaría mal que recordemos también estos jalones importantísimos de nuestra biografía colectiva.

Creemos que son muchas las fechas que pueden ocupar este lugar, pero para que tenga sentido un homenaje de esta naturaleza la fecha debe decirle algo al pueblo, significar cuestiones trascendentes. Debatirlo sería algo esclarecedor seguramente. Pero, sin dudas, hay muchos mejores días que este controvertido 1º de Mayo, que cobija algunas albas y muchos crepúsculos en su derrotero histórico, para rendir homenaje a la Constitución Nacional.

domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Por qué el 17 de noviembre se celebra el Día de la Militancia?: Un homenaje a la Resistencia Peronista

Perón pisa suelo argentino otra vez, a su lado Rucci y Abal Medina.
Perón pisa suelo argentino otra vez, a su lado Rucci y Abal Medina.

El 17 de noviembre de 1972 se produjo uno de los hechos más trascendentes en la historia política argentina del siglo veinte: el regreso de Juan Domingo Perón tras 17 años de exilio. El acontecimiento es recordado como el "Día de la Militancia". Perón volvió al país como fruto de uno de los procesos de mayor movilización popular de la historia argentina, en masividad y amplitud metodológica, para romper la estrategia de continuidad del "partido militar" y sus aliados civiles. Fueron años de lucha, de resistencia sacrificada en que la militancia peronista puso lo mejor de sí misma, tras un grito y una consigna: “Perón Vuelve”.

Pero esta epopeya comienza en 1955, cuando es derrocado por una dictadura militar el segundo gobierno de Juan Perón. Luego del golpe del 55, el Peronismo respondió a través de la Resistencia, generó así un movimiento de resistencia popular que duró 18 años, 18 años de proscripción, de exilio, de heroísmo y martirio. Y, puso en evidencia que, el peronismo no era un movimiento de temporada, transitorio, cuasi anecdótico. No era un simple partido electoral con tinte folklórico, que giraba y dependía de un hombre y que moriría por sus propias limitaciones políticas y biológicas. Era un movimiento nacional que había echado raíces, que tenía una profunda identidad enterrada en lo más profundo de la argentinidad y que la abonaba con la sangre de sus caídos.


Creemos que esa fue la hora más gloriosa del peronismo. Con la Resistencia Peronista surge el hecho místico y heroico del peronismo, sin partido, sin dirigentes, en el mismo estado que la gesta espontánea del 45.


La Resistencia surgió rápida y espontáneamente en las bases populares indignadas por el derrocamiento del presidente legítimo de todos los argentinos, Juan Perón, y surgió cuando sus dirigentes estaban presos, exiliados o escondidos. Esa reacción no tiene precedentes en el país. Yrigoyen también fue un líder popular pero su caída no generó, ni cerca, nada parecido.


La Resistencia surgió sin argumentos teóricos y sin esperar ayudas o ideas extranjeras. El peronismo comprendió que el odio concentrado del privilegio revanchista unió a todos, todos los partidos opositores del momento (igual que en el 45) apoyaron la mal llamada Revolución Libertadora que usurpaba el poder, toda la oposición, desde la extrema derecha a la extrema izquierda se pusieron en fila contra los humildes, ultrajando la memoria de sus símbolos más queridos, asesinando, torturando trabajadores, despojando de sus bienes a las organizaciones sindicales y de los derechos sociales a todos los trabajadores.


Por el desmantelamiento de las estructuras del entonces Partido Peronista y en reemplazo de los ex funcionarios que estaban presos, perseguidos o que se “borraron” en 1955, surge una combativa legión de dirigentes, fundamentalmente obreros, y una nueva generación de jóvenes militantes dispuestos a dar la lucha contra el gobierno de los gorilas oligárquicos.

Es la primera oleada de la JP, jóvenes que, a temprana edad, emergen para inventar la Juventud Peronista, asumiendo una conducta donde unían un sentido ético de lo social a un sentimiento heroico de la vida. De esa oleada de resistencia surgen dirigentes juveniles como Gustavo Rearte, Envar El Kadri, Susana Valle (hija del General fusilado), Carlos Caride, Jorge Rulli, Dardo Cabo, Héctor Spina, los Lisazo, Felipe Vallese, y otros hombres y mujeres del pueblo. Eran personas que derrochaban un aura romántica, propia de los fundadores de un nuevo tiempo, forjada al calor del prestigio que sus valientes conductas generaban. Con ellos, con los dirigentes sindicales combativos y con las bases peronistas, se inicia la saga gigantesca por el retorno del General Perón, que culmina muchísimos años más tarde con el “Luche y Vuelve” y constituye el embrión y origen de la “gloriosa” JP de los 70.


Del 55 al 73, huelga, conflicto, plan de lucha, eran palabras familiares para los militantes de la época. El sindicato era el ambiente de los peronistas de la resistencia, la guarida natural, era el campamento donde se refugiaba ese gran ejército. Los dirigentes sindicales eran figuras habituales, y en las luchas sindicales, los peronistas inevitable y naturalmente tomaban siempre partido. Luego, ya cerca de los 70 comienzan en las facultades y espacios de estudio. En homenaje a esta historia de lucha sin precedentes en nuestra historia se conmemora cada 17 de noviembre del “Día del Militante” o el “Día de la Militancia”.


Hoy, cuando la hermana República de Bolivia se desangra con asesinatos y represión tras el Golpe Militar contra Evo Morales, Latinoamérica revive sus páginas negras de golpismo y violación de los DDHH, es necesario  expresar nuestra solidaridad para con el pueblo hermano de Bolivia y en especial con quienes resisten a la opresión, se manifiestan contra las violaciones a los DDHH y sufren crímenes atroces que no pueden quedar impunes. 



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La caída del peronismo


Tras su apogeo y de ejercer el poder entre los años 1945 y 1955 se da un quiebre en el eje de poder sobre el cual se sustentó el peronismo. Como consecuencia de esto, ese mismo año se produce el golpe militar de septiembre del 55, el más grosero golpe a la voluntad popular en nuestra historia.

El peronismo cae porque se desarticula la coalición que lo había sostenido (es lo que se denomina, para la sociología política, como “la ruptura del bloque histórico” según los términos de Gramsci), por uno de esos avatares de la historia esa fuerza en coalición que ejerció el poder durante 10 años se desarticula.

Hay muchas razones para explicar este proceso, pero no hay un consenso total sobre cual fue la verdadera razón de la ruptura, si el conflicto con la Iglesia, si la presión de los intereses internacionales (sobre todo los norteamericanos y británicos), o la crisis económica. Seguramente no existe una causa excluyente sino concausas que llevaron a dicho final. Pero todas ellas encuentran el eje en la intención concreta de poner fin al peronismo como experiencia política, económica y social que dignificaba a las grandes mayorías populares.

El Golpe del 55

El 16 de septiembre de 1955 se produce el golpe contra el gobierno constitucional de Juan Perón. Los jefes militares del levantamiento, autodenominado la "Revolución Libertadora” asumen el mando. Los partidos políticos de la vieja argentina festejaban en las calles. El Comité Nacional de la UCR brindó su apoyo al gobierno militar explicitando textualmente que "la revolución triunfante por el sacrificio de soldados, marinos, aviadores y civiles unidos por su patriotismo y amor a la libertad, abre una gran esperanza". Incluso radicales como Roque Carranza, Carlos Alconada Aramburú, y en Entre Ríos, Sergio Montiel, resultaron ser relevantes conspiradores, comandos civiles y luego funcionarios de la “Libertadora”.

Odio de clases

Aquí nos permitiremos abrir un paréntesis –en el desarrollo del capítulo- para avanzar en la explicación de una idea que consideramos fundamental en la comprensión de la historia de las luchas populares y su relación con las violaciones a los derechos humanos: El odio político.

La irrupción del peronismo en la historia de la Argentina moderna significó el momento en que comienza a gestarse el mayor odio político que jamás haya vivido la Argentina, sólo comparable al odio unitario a los federales en el siglo XIX. La caída del peronismo abrió la etapa de la manifestación abierta y desenfrenada de ese odio que dio nacimiento a la persecución política institucionalizada. Un odio político que aún perdura en algunos sectores de la sociedad, pese a los años que han pasado.

Era, es, odio de clase, odio éste que se manifestó desde 1955 hasta 1983 con golpes de estado sangrientos y persecutorios, que cometieron las más flagrantes violaciones a los derechos humanos de nuestra historia. Se manifestaba en particular contra el peronismo, contra lo que representaba y reivindicaba y también contra los propios peronistas.

Ya antes, este odio se manifestó con el criminal bombardeo a Plaza de Mayo. Fue la masacre del 16 de junio del 55, que por la forma y el nivel de la violencia ejercida marcó una bisagra en las prácticas represivas del poder oligárquico en la Argentina contemporánea. El ametrallamiento y el bombardeo sobre la población civil indefensa dieron nacimiento a un nuevo capítulo de la violencia institucional. Aquí se inicia el Terrorismo de Estado, que los sectores reaccionarios y antidemocráticos pondrán en marcha en forma sistemática para la resolución de los conflictos políticos. Aquel día murieron más de 300 personas.

Pero aquel bombardeo era sólo el comienzo. El 9 de junio de 1956 un grupo de militares peronistas, comandados por Juan José Valle y con apoyo de algunos dirigentes gremiales, protagonizó un frágil y fugaz levantamiento armado. El gobierno no dudó en reprimir la sublevación y ordenó fusilar a los jefes militares y a varios civiles. No sólo fueron fusilados militares, también hombres indefensos, sin acusación ni juicio, fueron asesinados en los basurales de León Suárez en forma clandestina.

El odio hacia el peronismo no sólo se daba en el Ejército y la Marina que hicieron el golpe, los partidos políticos que integraban la Junta Consultiva (todos) apoyaron y felicitaron los fusilamientos. Una frase tristemente célebre de aquellas horas la dijo el dirigente socialista Américo Ghioldi: “Se acabó la leche de la clemencia”.

Las ejecuciones de militares en los cuarteles fueron, por supuesto, tan bárbaras, ilegales y arbitrarias como las de civiles en el basural. Para parar la barbarie, el 12 de junio se entrega el general Valle, a cambio de que cese la matanza. Lo fusilan esa misma noche. Suman en total 27 ejecuciones en menos de 72 horas en seis lugares diferentes. Todas ellas están calificadas por el artículo 18 de la Constitución Nacional, vigente en ese momento que dice: "Queda abolida para siempre la pena de muerte por motivos políticos".

Dentro de las crónicas negras de la barbarie oligárquica podemos mencionar también, sólo por traer a colación los hechos más salientes, a Frondizi y el Plan Conintes y la posterior desaparición de Felipe Vallese. De apenas 22 años, Vallese, fue el primer detenido-desaparecido de la historia moderna. El 23 de agosto de 1962, en pleno gobierno títere de José María Guido, tras el golpe militar que había derrocado en marzo de ese año al presidente Arturo Frondizi, el entonces militante de la Juventud Peronista fue secuestrado por la policía de la provincia de Buenos Aires. Vallese nunca fue liberado; tampoco apareció su cuerpo. Se supone, casi con certeza, que murió en una sesión de tortura.

Otro hecho de esta criminal dimensión tuvo lugar el 22 de agosto de 1972, cuando la dictadura de Lanusse asesinó a sangre fría a 16 militantes pertenecientes a las organizaciones FAR, ERP y Montoneros, detenidos en la base naval de la ciudad de Trelew. La “Masacre de Trelew”, como entró en la historia, fue el primer esbozo de lo que luego sería la metodología de la dictadura de Videla: el asesinato a sangre fría de prisioneros desarmados.

La profundidad y trascendencia del peronismo

Cuando cayó Perón muchos de los actores políticos de aquella argentina pensaron que el peronismo era un fenómeno pasajero en la vida política de la patria, que desaparecería y que el pueblo lo olvidaría. Muchos lo creyeron, pensaron, que Juan Perón y su obra eran un producto histórico transitorio que pronto pasaría al olvido.

Consciente de las adversidades que enfrentaba nuestro movimiento la oligarquía creía que podía terminar para siempre el peronismo. Y así obró, se le aplicó todo el rigor de la legislación, no se podía mencionar el nombre de Perón, no se podía cantar la marcha, no se podía decir que uno era peronista, eso era riesgo de ir a la cárcel. Eso fue el nefasto Decreto 4161. La represión fue dura y sangrienta. Ya mencionamos algunas de las atrocidades cometidas por el poder oligárquico que buscaba una revancha histórica.

La Resistencia Peronista

¿Y cómo respondió el Movimiento Peronista a toda esta política de represión, muerte y persecución implementada por la oligarquía nuevamente en el poder?  El peronismo respondió a través de la Resistencia, generó así un movimiento de resistencia popular que duró 18 años, 18 años de proscripción, de exilio, de heroísmo y martirio. Y, puso en evidencia que, el peronismo no era un movimiento de temporada, transitorio, cuasi anecdótico. No era un simple partido electoral con tinte folklórico, que giraba y dependía de un hombre y que moriría por sus propias limitaciones políticas y biológicas. Era un movimiento nacional que había echado raíces, que tenía una profunda identidad enterrada en lo más profundo de la argentinidad y que la abonaba con la sangre de sus caídos.

Creemos que esa fue la hora más gloriosa del peronismo. Con la Resistencia Peronista surge el hecho místico y heroico del peronismo, sin partido, sin dirigentes, en el mismo estado que la gesta espontánea del 45.

La Resistencia surgió rápida y espontáneamente en las bases populares indignadas por el derrocamiento del presidente legítimo de todos los argentinos, Juan Perón, y surgió cuando sus dirigentes estaban presos, exiliados o escondidos. Esa reacción no tiene precedentes en el país. Yrigoyen también fue un líder popular pero su caída no generó, ni cerca, nada parecido.

La Resistencia surgió sin argumentos teóricos y sin esperar ayudas o ideas extranjeras. El peronismo comprendió que el odio concentrado del privilegio revanchista unió a todos, todos los partidos opositores del momento (igual que en el 45) apoyaron la mal llamada Revolución Libertadora que usurpaba el poder, toda la oposición, desde la extrema derecha a la extrema izquierda se pusieron en fila contra los humildes, ultrajando la memoria de sus símbolos más queridos, asesinando, torturando trabajadores, despojando de sus bienes a las organizaciones sindicales y de los derechos sociales a todos los trabajadores.

Había que hacer lo mismo pero en las antípodas ideológicas: unir a todos los sectores populares que se oponían al régimen. La Resistencia Peronista ganó cotidianamente las batallas en las calles, en cada rincón del país. Fue intransigente, durante 18 años conservó su espíritu inclaudicable y combatiente, que siguió apelando a sus raíces y logró finalmente, superar la larga noche de su exilio para poder volver al poder en 1973.

Desde 1955 a 1973, huelga, conflicto, plan de lucha, eran palabras familiares para los militantes de la época. El sindicato era el ambiente de los peronistas de la resistencia, la guarida natural, era el campamento donde se refugiaba ese gran ejército. Los dirigentes sindicales eran figuras habituales, y en las luchas sindicales, los peronistas inevitable y naturalmente tomaban siempre partido.

En el sindicato se guardaban los carteles, el engrudo, los bombos. Allí se hacían las reuniones clandestinas, allí se escuchaba el último casette de Perón, llegado de Madrid. El sindicato era, además, el templo de los militantes: lo presidía el retrato del líder y de Evita.

Los míticos militantes de la resistencia

Por el desmantelamiento de las estructuras del entonces Partido Peronista y en reemplazo de los ex funcionarios que estaban presos, perseguidos o que se “borraron” en 1955, surge una combativa legión de dirigentes, fundamentalmente obreros, y una nueva generación de jóvenes militantes dispuestos a dar la lucha contra el gobierno de los gorilas oligárquicos.  

Es la primera oleada de la JP, jóvenes que, a temprana edad, emergen para inventar la Juventud Peronista, asumiendo una conducta donde unían un sentido ético de lo social a un sentimiento heroico de la vida. De esa oleada de resistencia surgen dirigentes juveniles como Gustavo Rearte, Envar El Kadri, Susana Valle (hija del General fusilado), Carlos Caride, Jorge Rulli, Dardo Cabo, Héctor Spina, los Lisazo, Felipe Vallese, y otros hombres y mujeres del pueblo. Eran personas que derrochaban un aura romántica, propia de los fundadores de un nuevo tiempo, forjada al calor del prestigio que sus valientes conductas generaban. Con ellos se inicia la saga gigantesca por el retorno del General Perón, que culmina muchísimos años más tarde con el “Luche y Vuelve” y constituye el embrión y origen de la “gloriosa” JP de los 70.

El peronismo en la oposición

El retorno de Perón se debió en gran medida al infatigable acecho del peronismo a la dictadura. La exclusión política del peronismo, produjo un proceso que cambiará el perfil del justicialismo. A partir de 1955 el peronismo aglutinó, representó y canalizó a todas las rebeldías y críticas contra el sistema social y político, crecientemente ineficaz y en el cual era el único actor político apartado.  

El espectro político peronista se tornó muy amplio y variado. El activismo peronista opositor realizó sus intentos por la vía del levantamiento cívico-militar, acciones de resistencia por métodos encubiertos, “trabajo a tristeza”, sabotajes, colocación de explosivos, paros gremiales, atentados, ataques con bombas "Molotov”.

Además, participaba, aunque estaba proscrito, en las elecciones apoyando a otros candidatos en contra de los representantes civiles de la dictadura militar de turno. El peronismo en la oposición fue una fuerza incontrolable que derribó todos los muros que le ponían en frente en su marcha hacia el retorno del líder.

El régimen gorila retenía el poder, pero la presencia del peronismo que lo hostigaba, lo combatía y lo acechaba, le impidió hacerlo funcionar plácidamente. Era lo que se llamaba el “empate hegemónico”.

La conducción de Perón

Otra cuestión fundamental para comprender como el peronismo sobrevivió a tantos años de persecuciones y proscripciones fue la capacidad política excepcional de Juan Perón. La habilidad conductora de nuestro Líder, consistió en incluir dentro de su Movimiento a todos los que criticaban al sistema político-social.

Perón combinaba todas las formas de lucha y todos los sectores y expresiones políticas, las aprovechó a todos y todas, porque no confundió jamás a la táctica con la estrategia, ni a los objetivos inmediatos con los objetivos fundamentales. Lector como nadie de los tiempos de la historia siempre supo como canalizar el descontento y los ánimos del pueblo en una dirección coincidente con los objetivos políticos a corto, mediano y largo plazo.

Cooke: padre de la Resistencia

John William Cooke fue uno de los dirigentes peronistas más lúcido e intransigente. Diputado peronista en 1946, cuando tenía 25 años. Luego de 1955 fue representante y delegado oficial de Perón en la Argentina y principal líder de la resistencia peronista entre 1955 y 1959. Cooke consideraba que el peronismo era un movimiento de liberación nacional que debía conducir una revolución social en la Argentina. Siempre crítico y siempre Leal a su líder y al pueblo peronista muere en 1968.

Clase media y peronismo

La clase media, a través de los programas de educación, del fomento de la industria, de la creación de nuevas oportunidades de empleo, trabajo y producción había despertado también el ascenso y la movilidad social, la clase media se sentía interpretada por el peronismo y votaba el peronismo. Cuando acontece la mencionada ruptura del bloque histórico y caída del peronismo en el 55, la clase media, en parte ideológicamente frágil y vulnerable (como teorizara genialmente Jauretche), queda alineada con los sectores más duros de la oligarquía y vuelve a encuadrarse en los partidos políticos convencionales.

Pero la resistencia peronista, los años de democracia con proscripción y fraude posibilitaron otra vuelta de tuerca a la historia. Y así se dio una de las más grandes paradojas de la historia argentina: los hijos de esa clase media gorila y antiperonista a fines de los 60 encuentran en el peronismo su bandera de lucha y en el retorno de Perón su causa política.

Renovación doctrinaria

El peronismo, por su lado, pudo contener esa vuelta de los sectores medios a su seno debido a que no es un movimiento pasivo e inerte sino que siempre fue un movimiento vivo que supo recoger las grandes tendencias de la historia.

La Revolución Cubana, la presencia del Che en Latinoamérica, la lucha de Argelia y los pueblos africanos contra el colonialismo, los movimientos socialistas en el mundo, el mayo de París, las agitaciones en las universidades norteamericanas, la guerra de Vietnam, los nuevos movimientos sociales de los jóvenes… Todo eso también repercutió y fuertemente, porque no podía ser de otra manera en un movimiento de raíz popular como el peronismo.

Y, frente a la aparición de nuevas corrientes ideológicas en el mundo el peronismo tampoco se sitió ajeno a ello. En parte este torrente ideológico y social fue absorbido, pero tal proceso fue siempre con beneficio de inventario. Porque el peronismo tuvo y tiene esa enorme capacidad de asumir los cambios, pero sin perder las raíces, ni la identidad doctrinaria, así lo ha hecho en los casi 72 años de vida que tiene. Las raíces e identidad del peronismo fueron conservadas tanto cuando eran amenazadas por la derecha fascista como por la izquierda extranjerizante y pudo superar, a veces hasta dolorosamente, todos sus conflictos internos. Los días del “luche y vuelve” eran los tiempos de la “Actualización Política y Doctrinaría para la toma del Poder” que hizo Juan Perón.

El rol de la juventud

La proscripción de Perón galvanizó la Resistencia e instaló una realidad que, con otras formas, se pone de manifiesto incluso en nuestros días: no se puede detentar el poder real sin la participación del peronismo.

Después del Cordobazo (1969) que limó el poder del primer jefe del régimen militar, Juan Carlos Onganía, las nuevas generaciones reclamaban el retorno de Perón para implantar el "socialismo nacional". Fueron los años de la masividad de la Juventud Peronista y del “Luche y Vuelve”. Estos sectores habían generado en el país el clima de resistencia y jaqueó al régimen militar que posibilitó la vuelta del General. Esa juventud que Perón llamó maravillosa, contenía a esa generación de jóvenes que se reincorporaban a la lucha por la liberación nacional.

El otro 17

El 17 de noviembre de 1972 se produjo uno de los hechos más trascendentes en la historia política argentina del siglo veinte: el regreso de Juan Domingo Perón tras 17 años de exilio. El acontecimiento es recordado como el "Día de la Militancia".

Perón volvió al país como fruto de uno de los procesos de mayor movilización popular de la historia argentina, en masividad y amplitud metodológica, para romper la estrategia de continuidad del "partido militar" y sus aliados civiles. Fueron años de lucha, de resistencia sacrificada en que la militancia peronista puso lo mejor de sí misma, tras un grito y una consigna: “Perón Vuelve”.