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sábado, 18 de julio de 2020

Manuel Gálvez, un paranaense imprescindible para el pensamiento nacional

Manuel Gálvez.
Manuel Gálvez nació en Paraná el 18 de julio de 1882. Su paso por nuestra patria chica fue breve, ya que pertenecía a una tradicional familia santafesina y luego de volver a la vecina provincia se radicaría en Buenos Aires. 


Su nombre completo era Manuel Domingo José Ciriaco Gálvez Baluguera. Fue abogado, poeta, ensayista, prolífero escritor que alcanzó a publicar más de 60 títulos algunos de ellos de gran éxito editorial como la novela “Nacha Regules”, o “La maestra normal”. Su obra es, en buena medida, un recorrido de la historia nacional, en una tarea titánica comparable con la que Honoré de Balzac realizó sobre la historia francesa. Desde las invasiones inglesas en 1806, pasando por Rosas o la Guerra del Paraguay, hasta Yrigoyen y el post peronismo, toda la historia fue retratada en su prolífica bibliografía. 


Supo, como muy pocos, encontrar las claves de una interpretación nacional y popular de la historia que contribuyó enormemente a la configuración y fortalecimiento de la conciencia nacional, al igual que contornear el Revisionismo Histórico; y una vez comprometido con este último, dio al género historiográfico sus insuperables biografías noveladas de Rosas, Irigoyen, en reivindicaciones imposibles de comparar y libros como el de Sarmiento, en el cual, casi sin posibilidad de igualarlo, destruye la figura del prócer liberal. 


Ligado toda su vida a un nacionalismo católico, Gálvez murió el 14 de noviembre de 1962, en Buenos Aires. Su obra literaria, a pocos años de su muerte, era la del autor argentino más traducido a otros idiomas en el mundo. Fue candidato al Premio Nóbel de Literatura en tres ocasiones. A nivel mundial ha sido fruto de un enorme reconocimiento, escritores de la relevancia de Herman Hesse, James Joyce, Rubén Darío o Miguel de Unamuno han elogiado sus obras.


Si bien nuestra ciudad le rinde homenaje con una calle a Manuel Gálvez, esta figura trascendental de las letras y el pensamiento nacional fue víctima de un ocultamiento por el aparto cultural del sistema, que lo ha confinado al rincón de los malditos, y con el paso del tiempo ha devenido en un completo desconocido para una enorme cantidad de vecinos y vecinas de nuestra ciudad, a pesar de ser, en términos objetivos por su obra, una de las más grandes figuras intelectuales del siglo pasado.


Escribe: A. Gonzalo García Garro


Sus primeros pasos

Manuel Gálvez, circa 1918.
Su primera incursión en las letras fue mediante la revista “Ideas”, en el año 1903. En 1905 viaja París, meca de todo intelectual de su época. Luego se radica en España, en donde toma contacto con figuras de la “Generación del 98". Ya de vuelta en el país, en 1907 publicó su primer libro, “El enigma del Interior”, y en 1910 le siguió “Sendero de Humildad”. En el mismo año 10 publicó su primera obra de gran polémica y repercusión “El Diario de Gabriel Quiroga” (Homenaje a la Patria en el Centenario de su Revolución Independentista), donde ya anuncia su nacionalismo, su reivindicación al federealismo, su idea de patria y lo que es nuestro de modo ferviente como argentinos, lo que será el ethos y el pathos de su obra.  

Las claves de su pensamiento histórico y su éxito editorial 

Lo más relevante de Gálvez en relación al pensamiento nacional y al revisionismo histórico es que fue un verdadero precursor de la revisión de la historia oficial y su pluma también fue de las primeras en escribir desde el nacionalismo con un estilo prodigioso. 

Fue, quizá, el mayor divulgador histórico del siglo XX. Su obra elaboró una reflexionada y cautivante critica demoledora a la historia oficial, pero se efectuaba desde libros que fueron Best Sellers. Con un nivel de conocimiento superlativo para un escritor de su profundidad, llevó los cuestionamientos al relato histórico oficial y sus falsos próceres, a todos los sectores sociales y rincones del país, mientras cimentaba las bases de una contra historia, con la apología de procesos y hombres negados por la versión de nuestro pasado de Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y cia.   

Su virtud, lo que lo hizo tan popular, fue la de ser una figura que no escribía desde la historia o las ciencias sociales. Su lugar de escritor, su capacidad para narrar emociones, describir paisajes temporales eran las de un artista que devenía en pensador, nutrido sí por la historia y las ciencias sociales. En el capítulo que Norberto Galasso le dedica a Gálvez en su obra “Los Malditos. Hombres y mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos” afirma que: “A través de sus “novelas sociales” se pueden analizar los diferentes momentos históricos que se fueron sucediendo: La oligarquía, el radicalismo y luego el peronismo, se pueden atravesar pasando por sus obras… su novela “El Gaucho de los Cerrillos” sirve indirectamente para conocer y analizar el marco social imperante, también cuenta con Juan Manuel de Rosas insignificante como personaje pero omnipresente en el ambiente en que se desarrolla la obra…”. 

La singular narración de la historia le posibilitó a Manuel Gálvez masificar su pensamiento, tener éxitos editoriales, que fueron las formas más efectivas de propagar las ideas revisionistas. La novela no sólo describía los personajes sino toda una época, los contextos socio culturales detrás de los nombres. Y esto sucedía en casi todas sus obras. 

Si Gálvez tuvo un plan, este tenía como espíritu narrar la historia argentina desde un perfil auténticamente nacional, en parte católico hispanista pero más específicamente era espiritual, y hacerlo en contraposición a la historia como narrativa de la modernización europea y las ideas del liberalismo que difundió la historia mitrista. 

Pero su versión del pasado argentino estuvo trazada en forma única por su estilo y pluma sin comparación posible. Era un escritor fuera de serie, único en la historia de las letras argentinas, sólo alcanza con recordar que fue candidato al Premio Nobel de Literatura en los años 1933, 1934 y 1951. 

El Centenario, el revisionismo y de unitarios y federales  

1910 fue un momento central en la cultura nacional. En ocasión del centenario de la Revolución, fueron muchos los intelectuales que comenzaron a reflexionar sobre el país en el que vivían, el pasado transitado y el futuro por venir. 

Por citar los más celebres, Leopoldo Lugones recuperó a la cultura gauchesca, Ricardo Rojas, por su parte, lo que entendió como bases “indianistas”. Gálvez, en cambio, señala en su libro “El diario de Gabriel Quiroga” que era en las provincias donde habitaban los hombres y mujeres que representaban el alma nacional. Fue la gran defensa del Federalismo en el Centenario. 

Para demostrar la profundidad del pensamiento político e histórico de Manuel Gálvez, de la novela “El diario de Gabriel Quiroga” rescato una penetrante caracterización y diferenciación de federales y unitarios que creo vale la pena transcribir: 

“...El unitario típico es casi siempre doctor, pedante y literato. Cultiva la oratoria y exhibe en ella, junto a sus maneras de una solemnidad clásica, un vocabulario jacobino y campanudo. Cuida las formas sociales y habla con pulcritud e importancia. Se afana en el vestir y usa diariamente las prendas menos comunes. Sarmiento refiere que la administración de Rivadavia iba a las oficinas de corbata blanca. El unitario es librecambista y liberal; tiene la manía civilizadora y, desconocedor del ambiente y careciendo del sentido de la realidad, implantaría de golpe las mejores instituciones de pueblos más evolucionados. Vive retóricamente y no abandona jamás sus bellos gestos. Es ingenuo, orgulloso y vanidoso. Representa el espíritu europeo; esto le hace creerse por encima de todos y despreciar las cosas criollas y las costumbres gauchas Detesta España. Carece de verdadero patriotismo porque no siente el alma nacional. La patria es para él una entidad abstracta, sin relación visible con el suelo que habitamos. Y así cuando llega a concretarla, la concreta en Buenos Aires solamente. Sin embargo se cree patriota y en todas las ocasiones solemnes ostenta su patriotismo: un patriotismo verbal y oratorio, de fiesta cívica, de bandera y mitología histórica –guerrera” …

“…El federal representa el tipo opuesto. El federal genuino casi nunca es doctor: es estanciero, general, “comandante de campaña”. No tiene ideas sobre la patria pero la siente intensamente, criollamente, sin alarde de patrioterismo. Forma con el país un solo todo pues es un producto genuino de la tierra: como el ombú, como el caballo criollo, como la vidalita. El federal típico casi nunca es orador o retórico. Tiene toda la viveza del gaucho. Carece de ilustración y de preocupaciones formales. Es sencillo, democrático, “a la que te criaste”, sonríe socarronamente ante los teatrales amaneramientos del unitario. No habla con la pulcritud de éste ni se atribuye importancia. Es conservador y proteccionista. Generalmente provinciano, conoce bien el país y, por su perspicacia y su sentido de la realidad, resulta un excelente hombre de gobierno”.

Su gigantesca obra 

Manuel Gálvez.
Desde allí, Gálvez se lanzó de lleno a la materialización de un ambicioso proyecto narrativo que, según explicó más tarde en sus memorias, acababa de concebir por aquellos primeros años de la segunda década del siglo: "Me refiero al plan que tracé en 1912. ¿Había en ese plan ambicioso alguna influencia de Balzac, de Zola, y, acaso, de Pérez Galdós y Baroja? No es imposible, sobre todo, del primero. La formidable construcción del maestro, que comprende toda, o casi toda, la sociedad francesa de su época, me tenía impresionado. Yo también soñé con describir, a volumen por año, la sociedad argentina de mi tiempo. El plan abarcaba unas veinte novelas, agrupadas en trilogías. Debían evocar la vida provinciana, la vida porteña y el campo; el mundo político, intelectual y social; los negocios, las oficinas y la existencia obrera en la urbe; el heroísmo, tanto en la guerra con el extranjero como en la lucha contra el indio y la naturaleza; y algo más".

Las novelas históricas 

Para cumplir con su plan trazo durante su vida literaria distintas líneas de trabajo. El primero fue el ciclo de novelas más importantes: “La maestra normal” (1914), “El mal metafísico” (1916), “La sombra del convento” (1917), “Nacha Regules” (1919), (premio municipal), “Luna de miel y otras narraciones” (1920), “La tragedia de un hombre fuerte” (1922), “Historia de arrabal” (1923), “El cántico espiritual” (1923), “La pampa y su pasión” (1927), “Una mujer muy moderna” (1927), “Miércoles Santo” (1930), “La noche toca a su fin” (1935), “Cautiverio” (1935) y “Hombres en soledad” (1938).

En el medio de esta inspiración sin pausa, publica sus obras sobre la Guerra del Paraguay, que son realmente fantásticas, compuesta por una trilogía integrada por “Los caminos de la muerte” (1928), “Humaitá” (1929) y “Jornadas de agonía” (1929).  “Escenas de la Guerra del Paraguay” era la trilogía Gálvez que reconstruyó la infame guerra de la Triple Alianza desde la perspectiva argentina, paraguaya y brasileña. Su erudición y obsesión lo llevaron al extremo de que algunos diálogos estuvieran directamente escritos en guaraní y en portugués.

En términos historiográficos y contextuales de la obra, Gálvez introduce a Mitre como a un héroe y a Francisco Solano López como a un tirano malvado, siguiendo el relato de la historia oficial. Pero, al desarrollarse la trama y al contextualizar a ambos en su época, lo roles se invierten, pues el paraguayo es sinceramente idolatrado por su pueblo, algo que no sucede con Bartolomé Mitre por parte de los argentinos. Solano López deviene en la encarnación de su pueblo, el cual reacciona con violencia heroica ante las agresiones y lucha valentía hasta el martirio y su destrucción.

Con extensión temporal, el otro ciclo de obras de época, este segundo sobre el periodo de Rosas, es realmente elogiable. El gaucho de los cerrillos (1931), El general Quiroga (1932), esta Premio Nacional de Literatura, para luego publicar “La ciudad pintada de rojo” (1948), “Tiempo de odio y angustia” (1951), “Han tocado a degüello” (1951) y “Bajo la garra anglofrancesa” (1953), “Y así cayó don Juan Manuel” (1954), que cierra el ciclo rosista de Gálvez.

"La Muerte en las Calles", primera edición de 1948.
Obra en mi biblioteca
.
A las obras históricas debemos añadir “La muerte en las calles” (1948), novela histórica sobre las invasiones inglesas de Buenos Aires, que llevada al cine en 1952 de la mano del director Leo Fleider.

Las grandes biografías 

La otra línea de trabajo fundamental para el revisionismo histórico fueron sus biografías de figuras de la historia nacional.

a) Yrigoyen: La primera de ellas fue “Vida de Hipólito Yrigoyen” (1939). Si bien está dividida la opinión, no son pocos los que piensan que su obra más insuperable, y de una increíble actualidad, es “Vida de Hipólito Irigoyen. El hombre del misterio”.

Manuel Gálvez fue, sin duda, el mejor biógrafo del caudillo del Balbanera y además exegeta de sus escritos inescrutables, en su libro, “Vida de Hipólito Yrigoyen”, ensaya una explicación de esta situación sui generis del radicalismo en su etapa fundacional: "...la carencia de programa. El radicalismo, dice, es un movimiento idealista y romántico porque se rige por sentimientos y no por ideas. Pero, si la UCR no tiene un programa de ideas, Yrigoyen -manifiesta Gálvez- si lo tiene, aunque más en su “intuición que en su voluntad” y naturalmente no definido y menos, expresado orgánicamente. Ese programa tiene su origen en algunos principios, "mitad krausista, mitad cristianos”, en los cuales el caudillo cree firmemente. Ellos son, la convicción profunda de la igualdad humana, la fraternidad y la igualdad entre los pueblos, la paz, y la austeridad en las formas de vida. Estos principios, que podrían calificarse de ideológicos – doctrinarios, son los que conducirán sus políticas concretas: un obrerismo paternalista, similar a un socialismo práctico y reformista. Un anticapitalismo tibio. Pacifismo y neutralidad en la política exterior. Y un espiritualismo respetuoso de todas las creencias religiosas".

"Vida de Hipólito Yrigoyen", una edición popular de 1951
de mi biblioteca. Atrás, los cuatro tomos de la obra "Los Malditos"
 que coordina Galasso, muy buen material sobre los grandes
hombres y mujeres negados por cultura dominante. `

En relación a la política de Yrigoyen con relación al movimiento obrero y el concepto de “obrerismo”, escribe Manuel Gálvez al respecto: “Hay en Yrigoyen un socialismo sentimental, patriótico, cristiano y paternal. Su obrerismo se parece un poco al laborismo británico y otro poco al aprismo peruano. Con el aprismo que pretende la liberación del indio – tiene de común su movimiento de masas, su exaltación mística del jefe, su amor hacia la plebe, su actitud revolucionaria; pero le separa del aprismo el matiz marxista que tiene en lo económico este partido peruano”. 

Una página maravillosa es la que refiere al fin del primer mandato de Yrigoyen.  Fue el 12 de octubre de 1922. Llegó el día de asunción del Alvear. Yrigoyen antes de asistir al acto se despide de todos los empleados  y empleadas de la Casa de Gobierno, y saluda uno por uno. Algunos de ellos escuchan que el Presidente saliente dice: ¡Volveré!  El acto es tumultuoso y caótico. La estupenda pluma de Manuel Gálvez narra este evento de manera incomparable: “En el salón en donde ha entregado el poder, apodéranse de su persona la muchedumbre que llena la Casa de Gobierno. Lo sacan de allí casi en hombros, entre vítores, aplausos y gritos. Él va grave, con un asomo de sonrisa. Al verlo aparecer en la calle, se produce la más gigantesca de las ovaciones que recuerda la historia argentina. Las masas gritan cadenciosamente: “¡Yrigoyen, Yrigoyen! Durante veinte minutos, el presidente permanece bloqueado. Imposible avanzar. Es sin duda alguna una fiesta popular que continúa hasta su casa donde miles de manifestantes lo aguardan. Todos quieren saludar al “padre de los pobres” al “apóstol de la libertad” mientras que, desde la ventana de su despacho, el presidente recién electo, Marcelo de Alvear, tal vez, reflexiona y compara su exigua popularidad”.

b) Rosas: Gálvez, a mi juicio, escribió la más completa y elaborada biografía de Rosas. Pero no solo fue una biografía histórica, sino que la mismas está repleta de profundas reflexiones no sólo históricas, sino políticas, jurídicas, filosóficas, etc. 

En ella, por ejemplo, se refiere al sistema político confederal del rosismo haciendo una interesante comparación: “Este Federalismo –conviene repetirlo- se parece al de Pi y Margall y otros republicanos españoles, quienes, años después que Rosas, pretendían hacer de su patria un Estado en el que cada región-Castilla, Vasconia, Cataluña, se rijan por sus propias instituciones”.

“Vida de Juan Manuel de Rosas”, una edición especial totalmente ilustrada de tres tomos (1078 páginas) publicada por el Centro Literario Americano S.A. que tengo en mi biblioteca. Un excelente material. 

Dice Manuel Gálvez en la completísima biografía “Vida de Juan Manuel de Rosas” (1940) sobre la esencia política del Restaurador: “Se ha comparado a Rosas con Luis XI, que por la astucia, la diplomacia y la guerra creó la Francia, suprimiendo a los señores feudales, incorporando al Estado, poco a poco, a los diversos reinos o principados en que el país se dividía. Juan  Manuel  de Rosas, tal vez sin tener noticia de la obra del monarca francés, pensó en hacer lo mismo”.

Sobre la irrupción de Rosas y su relevancia, entiendo que no existe nada mejor que la magnífica prosa de Manuel Gálvez para que el lector o la lectora, a través de esa narración, pueda imaginarse la trascendencia de ese momento histórico, el estado de conmoción del pueblo de Buenos Aires y la entrada de Juan Manuel de Rosas en la Historia Argentina. Aquí vuelvo a su obra “El Gaucho de los Cerrillos”, cuando se refiere a Rosas en el día del velorio de Manuel Dorrego. El párrafo dice: 

“A las cinco de la tarde, la procesión se dirigió al cementerio de la Recoleta. Era un largo trayecto. La imponente columna de pueblo marchaba silenciosa y triste. Millares de personas los miraban pasar, respetuosos ante los restos del mártir del federalismo. Colgaban crespones de muchas casas y las puertas estaban entornadas por el duelo. En la hermosa tarde, el cielo era muy alto, sereno y claro…”

“Pero el pueblo de Buenos Aires, el que miraba el paso del cortejo, tenía su mayor interés en ver a Rosas. Cuando las voces anunciaban: “Ya vienen, ¡ya vienen!”, todo el mundo pensaba en don Juan Manuel. Las mujeres habían oído hablar de su belleza, y querían verle. Los negros ansiaban contemplar al que había sustituido a Dorrego en el corazón de la plebe. Los compadritos y “orilleros” deseaban admirar al prodigioso gaucho de “Los Cerrillos”, que domaba y enlazaba como nadie y a quién en sus andanzas por la Provincia, bastábale morder el pasto para saber en qué estancia se encontraba. Los unitarios, trasconejados en la muralla humana, querían ver de cerca al que temían. Y los hombres de orden, los espíritus coloniales, no veían el instante de presentar su silencioso respeto al Restaurador de las Leyes, el vengador de Dorrego, el vencedor de la anarquía.”

“Él iba inmutable y callado. Llevaba el traje de capitán general. Ni miraba a las gentes, que le contemplaban absortas. Ni una sonrisa, ni un gesto. Rígido, teatral, magnífico en sus galas y su belleza, parecía despreciar al mundo entero en su fuerte puño, el bastón de mando adquiría un terrible significado. Las gentes lo miraban sumisas, encandiladas, humildes. Algunos bajaban la cabeza. Otros se hubieran arrodillado a su paso. Su arrogancia espléndida y todo su aspecto tenía algo de los Césares romanos”.
"El Gaucho de los Cerillos", la página 151 citada. Es
una edición popular de 1966 de mi biblioteca.
Fue un regalo de un compañero amigo
.

“Caía la tarde cuando llegaron a la Recoleta. Muchos personajes, fatigados por la larga marcha, habían ocupado los coches que iban detrás del cortejo. Sólo Rosas caminaba impávido e igual, como en el instante en que partiera de la plaza de la Victoria”.

“En el cementerio, la multitud se aglomeró junto a él. Iba a hablar. Encendiéronse las antorchas. Se hizo un silencio augusto. Sólo se oyó, lejano, el cañón del Fuerte, “Dorrego, víctima ilustre de las disensiones civiles, descansa en paz!” En los espíritus atribulados de los oyentes, impresionados por el cuadro inolvidable, sonaban como trenos acongojantes, y como llamados a la venganza, las frases del bravísimo discurso, leídas en tono patético y solemne: “sentenciado a morir en el silencio de las leyes”, “la mancha más negra de la historia de los argentinos”, “las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y sensible”, “vuestros compatriotas dolientes”, “el pueblo porteño no ha sido cómplice en vuestro infortunio”. Varias veces, Rosas sacó el pañuelo y se lo llevó a los ojos”.
"El Gaucho de los Cerillos", la página 152 citada
de la misma edición.

“Obscurecía cada vez más. Las luces de las antorchas estremecíanse. Como sombras lentas y doloridas, las gentes permanecían inmóviles. El rostro de don Juan Manuel adquiría una expresión terrible y bella. El gobernador iba a leer sus últimas palabras: “Allá, ante el Eterno, árbitro del mundo, donde la justicia domina, vuestras acciones han sido ya juzgadas; lo serán también las de vuestros jefes, y la inocencia y el crimen no serán confundidos. !Descansa en paz entre los justos!.”

Ni una voz, ni un gesto en la multitud. El silencio se había entrado en las almas. Oyóse, otra vez aún, algo más claro en la noche, el lejano cañón del Fuerte, que era el ritmo de aquella angustia. En la ciudad, en las casas de los vencidos, las mujeres lloraban y rezaban. Algunos unitarios pensaron que aquella tarde habíanse realizado las exequias de la libertad argentina. Rígido, con un gesto agrio, pálido el blanco rostro, indiferente a la multitud que lo rodeaba con sumisión, don Juan Manuel de Rosas asistió al acto de colocar el cajón en el sarcófago, y luego subió al carruaje para volver al Fuerte.” (“El gaucho de los Cerrillos”. Páginas 151 y 152. Manuel Gálvez).

c) Sarmiento: “Vida de Sarmiento” (1945) es una obra iconoclasta por antonomasia. Es una sucesión interminable de desmitificaciones de Sarmiento, quien fuera elevado al panteón de próceres por la oligarquía, bajando de ese lugar a Rosas. 

Por citar unos ejemplos de las maravillosas desmentidas históricas, veamos primero lo referente a su formación intelectual. En esta cuestión, Manuel Gálvez ha plasmado en su monumental biografía “Vida de Sarmiento”, refiriéndose a las lecturas adolescentes de Sarmiento: “Pero estos estudios son caóticos. Sin dudas constituye su “bachillerato”. Sin preparación alguna, Domingo ha leído hasta manuales de metafísica. Todo lo ha devorado en desorden. Muchas cosas no puede haberlas comprendido, si bien las retiene porque le sobra memoria. Esta formación intelectual deplorable, sin disciplina, marca el espíritu de Sarmiento para toda su vida”. Y continúa más adelante: “Su cultura será informe, llena de lagunas y harto periodística. No es culpa suya, él se instruye como puede.”

Como un enorme escritor, Manuel Gálvez sin eufemismos se refiere al Sarmiento escritor: “No tenía idea de la técnica literaria. No sabía componer sus párrafos. Carecía de todo orden retórico. Su prosa es inconexa, desmadejada, arbitraria, antiartística, llena de flecos inútiles, de repeticiones, de incoherencias, de faltas contra el gusto”. Y continúa más adelante: “los más graves defectos en su prosa son la confusa construcción y la bárbara sintaxis. Por causa de ambos defectos, muchísimas veces no se le entiende. Es preciso releer con cuidado millares de frases suyas para saber que ha querido decir o a que persona o suceso se refería”.

Lo que dijo sobre la vida política y personal de Sarmiento es mucho más disonante con el relato de la historia oficial aun que lo que transcribí ut supra.

A las tres biografías citadas cabe añadir “Vida de Aparicio Saravia” (1942), “Vida de don Gabriel García Moreno” (1942) y “Vida de Ceferino Namuncurá. El santito de la toldería” (1947).

Más obras 

"Don Francisco de Miranda. El más universal de los
americanos", primera edición de 1946, otra obra de mi
biblioteca. Este libro no figura en la lista de wikipedia.

Su producción no se detuvo ahí, debemos añadir “Las dos vidas del pobre Napoleón” (1954), “El uno y la multitud” (1955), sobre el peronismo y “Tránsito Guzmán” (1956), también sobre el peronismo, “Poemas para la recién llegada” (1957), “Perdido en su noche” (1958), “Me mataron entre todos” (1962) y “La locura de ser santo” (1967), una obra póstuma.

De su voluminosa obra también surge una Autobiografía, “Recuerdos de la vida literaria” (1961). Del mismo modo tiene en su haber distintos ensayos y críticas literarias como “El solar de la raza” (1913), “La inseguridad en la vida obrera” (1913), “La vida múltiple” (1916), “Amigos y maestros de mi juventud” (1944) y “El novelista y las novelas” (1959). Escribió igualmente obras de Teatro como “El hombre de los ojos azules” (1928) y “Calibán” (1943). Y faltan más obras, que ni en Wikipedia figuran. 

Su relación con el peronismo y sus últimos días 

Gálvez, al igual que gran parte de las nacionalistas de aquel momento, vio con satisfacción la Revolución del 4 de junio de 1943 que puso fin a la década infame. Gálvez dijo que en ese momento comenzó el proceso de transformación sociopolítica más importante que vivía el país desde la Revolución de 1810. 

Cuando Juan Perón empezó a ascender, Gálvez lo apoyó. El libro “El pueblo quiere saber de qué se trata” escrito por Perón incluye un artículo de Manuel Gálvez insertado en el prólogo. Es más, luego de la masiva movilización del 17 de octubre de 1945, hace público su apoyo al naciente peronismo.

Luego, por motivos en parte de clase y otros por contextos políticos se fue distanciando del peronismo. Un incendio que hubo en el Jockey Club en 1953 hizo más nítida la ruptura de Gálvez con el peronismo. Pero, en definitiva, lo concreto es que a medida que fue creciendo el conflicto entre el peronismo y la Iglesia Católica al final del primer peronismo, Gálvez, como muchos otros nacionalistas católicos, se convirtió en un opositor del presidente. Luego de los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 y posterior al golpe de estado del 16 de septiembre del mismo año y la llegada de la dictadura de Lonardi, Aramburu y Rojas publicó la novela “Tránsito Guzmán”, una novela inequívocamente antiperonista. Es cierto también, que luego del 55 su relevancia cultural, su lugar en la sociedad, fue en eclipse para nunca recuperar el lugar que tuvo anteriormente. 

Esta toma de postura a favor de la dictadura del 55 no debe opacar, para una justa reivindicación del pensamiento nacional, a toda una vida de lucha desde las letras por una conciencia nacional. Sus méritos, su obra, trascienden esta toma de posición coyuntural.

Manuel Gálvez pasó los últimos años de su vida desencantado con la política, alejado de los problemas sociales. Su último refugio fue la religión, lamentándose que, en Argentina, a fines de los 50 y comienzos de los 60, la fe cristiana, en el pueblo argentino, estaba en retroceso. Sus últimos textos son una exhortación a abrazar al catolicismo en un mundo que, según él, apreciaba más al hombre que a Dios.

Muchos afirman que su gran objetivo existencial era el de convertirse en el gran intelectual católico de este país, independientemente de haberlo logrado o no, seguramente fue el historiador revisionista más leído de su tiempo y una figura clave del pensamiento nacional en el siglo XX, que con su obra esclareció conciencias y trazó un puente explicativo desde antes de 1810 al presente. 

viernes, 26 de junio de 2020

A 50 años de la muerte de Leopoldo Marechal, poeta y metafísico del peronismo

Leopoldo Marechal.

Un día como hoy, un 26 de junio pero de hace 50 años, entraba en el comando celestial del campo nacional y popular un enorme intelectual que se destacó en casi todos los géneros literarios: poesía, ensayo, narrativa y teatro. 


Identificado claramente con el peronismo, habiendo ocupado importantes cargos dentro del gobierno de Juan Perón y militando activamente en la resistencia peronista, Leopoldo Marechal conjugó la excelencia artística y la formación intelectual con el compromiso social y la política. 


Toda la obra de Marechal después de 1955 fue injustamente proscrita y por lo tanto desterrada de los manuales de literatura y de las librerías. Recuperado por la crítica y las nuevas generaciones literarias, sus obras lo convierten hoy en uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina e hispanoamericana. 


La preocupación por la patria y el destino colectivo está en toda sus narraciones. Desde su primer texto hasta su último libro "Megafón, o la guerra", redactado a principios de 1970, en donde se puede inferir un profético episodio como el secuestro, juicio y ejecución a Pedro Eugenio Aramburu, producido el 29 de mayo de 1970. 


A los 70 años de edad, Leopoldo Marechal falleció en Buenos Aires, el 26 de junio de 1970.

Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro
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Infancia y juventud
 
Leopoldo Marechal nació en la ciudad de Buenos Aires, el 11 de junio de 1900. Porteño, del barrio de Almagro, era el hijo mayor de Alberto Marechal y Lorenza Beloqui.
 
De niño se fue, junto a su familia, a vivir a la localidad de Maipú, en el interior de la provincia de Buenos Aires. Los otros niños del lugar lo llamaban "Buenos Aires", aquel momento y esas memorias lo llevaron a darle el apellido "Buenosayres" a su personaje literario predilecto, Adán.
 

El poeta y el intelectual
 
Egresado de la Escuela Normal "Mariano Acosta" ejerció la docencia primaria y secundaria. En la década del 20, fue una de las figuras más prominentes de la generación nucleada en torno a la revista "Martín Fierro", en la que colaboraron entre otros Ricardo Güiraldes y Jorge Luis Borges.
 
Su obra literaria abarca todos los géneros: poesía, ensayo, narrativa y teatro. Los libros publicados en su primera etapa lo consagran como una de las principales figuras nuevas de aquella época: "Los Aguiluchos", "Días como flechas" y "Odas para el hombre y la mujer", entre otros, son los títulos de su autoría en la década de los años locos. Abierto e inteligente, por aquellos momentos mantenía relaciones de amistad con Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández y Raúl Scalabrini Ortiz.
 
En los próximos años su producción intelectual no se aplacó. "Laberinto de Amor", "Cinco poemas australes", "Sonetos a Sophia" y "El Centauro" fueron sus obras siguientes, la última de estas recogió el elogio sin pudor de Roberto Artl, quien le manifestó a Marechal: "poéticamente sos lo más grande que tenemos en habla castellana". En esos años también publicó, en prosa: "Historia de la calle Corrientes" y "Descenso y ascenso del alma por la belleza". Ya se advierte en su obra una preocupación metafísica y religiosa.
 
En su faz narrativa, "Adán Buenosayres" publicada en 1948 es su novela más conocida y considerada unos de los pilares de la nueva narrativa contemporánea argentina e hispanoamericana.
 
 
Después del 55
 
La caída del peronismo lo lleva al ostracismo intelectual, a la soledad y al olvido. Recién a mediados de la década del 60 vuelve a publicar. En 1965 edita "El banquete de Severo Arcángelo" y el ensayo "La Autopsia de Creso". En 1966 publica "Heptameron" y "Cuadernos de navegación".
 
Resalta una nota del primer tomo del libro "Los Malditos", trabajo coordinado por Norberto Galasso, que Marechal viajó a Cuba en 1966, para hacer una nota de la revista Primera Plana y, durante febrero y marzo, hacer de jurado de un concurso literario de la Casa de las Américas. A su regreso, pese a su fervoroso cristianismo, el poeta entregó un artículo titulado "La isla de Fidel, donde "defendía y exaltaba la revolución, como expresión de autentico cristianismo. El texto de Marechal irritó a los militares gobernantes y fue levantado de la revista cuando está ya se había empezado a imprimir".
 
 
El poeta y el 17 de octubre
 
Movido por un alma con inquietudes y su conciencia social, la política nunca estuvo ausente en la vida del poeta. Simpatizante del socialismo en su juventud, en la década del 40 Marechal apoya con firmeza la irrupción de peronismo en la vida política nacional.
 
El propio Marechal recuerda así el 17 de octubre de 1945:
 
"El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García. Mi domicilio era este mismo departamento de calle Rivadavia. De pronto me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y, enseguida, su letra:


"Yo te daré/
te daré, Patria hermosa,/
te daré una cosa,/
una cosa que empieza con P/
Perooón".
 
Y aquel "Perón" resonaba periódicamente como un cañonazo.
 
Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí, y amé los miles de rostros que la integraban no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina "invisible" que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista".
 
Y fue cierto. Marechal fue el afiliado Nº 46 de la "Comisión pro candidatura del general Perón" para las elecciones de 1946.
 


Marechal, el peronista
 
Pero Marechal no sólo adhiere intelectualmente al justicialismo sino que se involucra de lleno en la gestión del primer peronismo. Primero en la Biblioteca Popular de Villa Crespo, luego presidente del Consejo General de Educación y la dirección General de Escuelas de Santa Fe, según enumera el libro "Los Malditos". Ya en el gobierno nacional, Leopoldo Marechal fue el director General de Cultura de la Nación de Juan Perón. También fue director nacional de Enseñanza Superior y Artística.
 
Como vimos, en esos años del primer peronismo, Marechal escribe su obra más importante, "Adán Buenosayres". Es una novela-ensayo, donde con compromiso social e histórico, "parodia las hipocresías, egoísmos y esnobismos de buena parte de la sociedad" y del antiperonismo.
 
En aquellos días de cultura popular del peronismo, a Marechal le ceden el teatro Cervantes para estrenar su obra "Antígona Vélez", bajo la dirección del mismísimo Enrique Santos Discépolo. En 1951, esa obra recibe el Primer Premio Nacional de Teatro. Es una bella y acriollada versión del mito griego.
 
Ya en la resistencia, tras la caída de Perón, Marechal mantuvo una fluida correspondencia con el general en el exilio.
 
En una nota periodística, manifestó -con una picardía digna de Gatica- "yo nunca fui un político. Soy un adherente y un combatiente, fui, soy y seré peronista". Profundizando en su repudio a la dictadura, Marechal sentenciaba: "El gobierno de facto autodenominado 'Revolución Libertadora' encabezado por Isaac Rojas, Aramburu y sus secuaces, no sólo llevaron a cabo persecuciones y muerte sobre el pueblo argentino, sino que condujeron al silenciamiento y al ostracismo más atroz a gran número de militantes, políticos e intelectuales...".
 
Su férrea oposición a la Libertadora y su amistad personal con Juan José Valle alimentaron el rumor, que la historia guarda en la sombra de la incertidumbre, de que fue el propio Marechal quien escribió la proclama de los revolucionarios del 9 de junio de 1956.
 
 
Un guerrero de la conciencia nacional
 
Como era esperar, en una tierra donde las elites intelectuales están colonizadas culturalmente, su decidido apoyo a Juan Perón le generó enfrentamientos y rencores en sus colegas, quienes jamás le perdonarían su peronismo. Después de 1955, su obra fue injustamente proscrita y por lo tanto desterrada de los manuales de literatura y de las librerías. Los dueños del aparato cultural del sistema lo condenaron por peronista.
 
Marechal es un ejemplo claro del lugar al que confinan los titiriteros de las academias y universidades a quienes se atreven a conjugar los proyectos nacionales y populares con la cultura y el arte. Marechal no era uno de "estos escribas tolerados, halagadores del sistema y críticos con sus compatriotas de talento por el solo hecho de discrepar políticamente". Como afirma Roberto Bardini en una breve nota sobre Marechal: "la añeja cultura liberal funciona muy bien en Argentina: sabe proscribir de sus páginas a los que considera "políticamente incorrectos". Como el sistema que defiende, el aparato intelectual oficial también es culpable de "desapariciones forzadas" en el campo del pensamiento nacional y popular". Y Marechal fue una de sus víctimas.
 
Pero su talento, como todas las luchas de pueblo, se impondrá al silencio y hoy Marechal es recuperado por la crítica y las nuevas generaciones literarias, sus obras lo convierten en una de los escritores fundamentales de la literatura argentina e hispanoamericana.
 
La preocupación por la patria y el destino colectivo está en toda sus narraciones. Desde su primer texto hasta su último libro "Megafón, o la guerra", redactado a principios de 1970, en donde se puede inferir un profético episodio como el secuestro, juicio y ejecución a Pedro Eugenio Aramburu, producido el 29 de mayo de 1970.
 
A los 70 años de edad, Leopoldo Marechal falleció en Buenos Aires, el 26 de junio de 1970.


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A modo de homenaje reproducimos, de su libro "Heptamerón", los siguientes fragmentos del poema "Descubrimiento de la Patria".
 


--VI--  
"Yo vi la Patria en el amanecer
que abrían los reseros con la llave
mugiente de las tropas.
La vi en el mediodía tostado como un pan,
entre los domadores que soltaban y ataban
el nudo de la furia de sus potrillos.
La vi junto a los pozos del agua o del amor,
¡niña y trazando el orbe de sus juegos!
Y la vi en el regazo de las noches australes,
dormida y con los pechos no brotados aún.
 
 
--XV-
Yo la vi talonear los caballos australes,
 niña y pintando el orbe de sus juegos
La Patria no ha de ser para nosotros
nada más que una hija y un miedo inevitable,
 y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra ni grito.

domingo, 13 de noviembre de 2016

"Día del Pensamiento Nacional", la Ley Jauretche y su aplicación en la provincia


Hoy es el “Día del Pensamiento Nacional”, justamente por Don Arturo Jauretche. El 13 de noviembre de 1901 nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires, Arturo Martín Jauretche, quien se convertiría con el tiempo en uno de los más lúcidos pensadores del movimiento nacional y popular. En noviembre de 2003, el Congreso de la Nación, mediante la Ley 25.844, declara ese día como el “Día del Pensamiento Nacional” en homenaje al gran legado intelectual y político de Don Arturo Jauretche. 


Recuerdo que hace años, cuando militabamos en la JP, solicitamos con un documento público la adhesión y aplicación de esta ley en la provincia. La legislatura de nuestra provincia no adhirió aún a la Ley 25.844 que dispone en su Art. 3 el mandato de “requerir del Consejo Federal de Educación la incorporación de todos los temas relativos a la vida y a la obra del escritor en los contenidos básicos comunes de la EGB y Polimodal”, invitando en su Art. 4 a adherir a todas las provincias. 


En los hechos la aplicación de esta ley en la proivncia implicaría la muy grata noticia de convertir en obligatorio el estudio de la obra de Don Arturo Jauretche en las escuelas públicas entrerrianas, difundiendo su pensamiento en las futuras generaciones de ciudadanos entrerrianos. Sería muy importante que la legislatura provincial adhiera pronto (tengo entendido que hay un proyecto en trámite) y se implemente lo antes posible esta ley en la provincia.


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¡Qué útil que es el pensamiento de Arturo Jauretche para comprender lo que estamos debatiendo hoy en Argentina! Qué claro nos demuestra cuáles son los intereses de las mayorías populares y cuáles son los intereses de las minorías. El pensamiento de Don Arturo nos permite comprender en forma simple e inmediata que ideas y programas están a favor de una política nacional y de inclusión social y cuáles expresan los intereses de las élites económicas y los poderes internacionales.

Jauretche nos enseñó a pensar desde lo nacional, mirando la realidad desde nuestra posición en América Latina, desandando ese camino de colonización cultural que tantas confusiones genera a la hora de pensar nuestra identidad. Jauretche nos explicó que detrás de toda idea e ideología existen intereses materiales y económicos. "El aparato cultural del sistema" o "la colonización pedagógica" eran los nombres con lo que Don Arturo describía este sistema de ideas de la Argentina dependiente. Esos mismos medios de prensa, intelectuales y usinas de ideas que defienden posturas neoliberales pero no hablan del ajuste y esconden las políticas de exclusión detrás de propuesta complejas y argumentos que no revelan la esencia de sus medidas.

Como militante y fundador de FORJA, junto a otros grandes con Scalabrini Ortiz, Don Arturo fue el gran pensador y escritor del pensamiento popular de los días de la Resistencia Peronista. Fue un desmitificador de ideas. Jauretche cargó con crudeza contra los prejuicios que los argentinos sosteníamos –y aún se sostienen hoy- como verdades irrefutables, cuando en realidad son construcciones teóricas que nos condenan a la miseria y la pobreza. Las llamó “zonceras”, y son aquellos “axiomas” y supuestas verdades auto reveladas con que la oligarquía venía justificándose a sí misma y a su accionar.

Justamente hoy es fundamental recordar a Don Arturo. La recuperación de su obra es un ejercicio imprescindible para reconstruir el discurso nacional y popular, especialmente para las nuevas generaciones. Jauretche fue un pensador del pueblo. La suya era una inteligencia al servicio de las mayorías populares, políticamente comprometida. Don Arturo sostenía que: "si el pensador quita la vista del pueblo y de la nación, pierde de vista las necesidades y objetivos de ese pueblo y esa nación".

Por eso es que desde el movimiento nacional y popular se rescata a estos pensadores condenados al olvido de los museos, expulsados de la academia, silenciados por las dictaduras. Esos que hoy hacen polvo el discurso de la derecha en instantes y derrumba todo el blindaje mediático que las corporaciones le dan a los proyectos neoliberales.

Vaya el homenaje a este enorme pensador, padre intelectual de muchas generaciones de militantes del campo popular. Inteligencia imprescindible para comprender la realidad y la historia de nuestro país. Hoy tan vigente como siempre.

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Texto de la le Ley Nacional Nº 25844

ARTICULO 1°.- Institúyese el día 13 de noviembre "Día del Pensamiento Nacional", en homenaje al nacimiento del escritor y pensador D. Arturo Martín JAURETCHE.

ARTICULO 2°.- Declárase de interés nacional las actividades relacionadas con lo normado en el artículo 1°.

ARTICULO 3°.- Requerir del Consejo Federal de Educación la incorporación de todos los temas relativos a la vida y a la obra del escritor en los contenidos básicos comunes de la EGB y Polimodal.

ARTICULO 4°.- Invítase a las provincias, a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y a los municipios a adherir a las propuestas de la presente ley.


ARTICULO 5°.- Comuníquese al Poder Ejecutivo.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Carlos Astrada, filosofía peronista y las raíces del ser nacional

Carlos Astrada.

El caso de Astrada es, sin dudas, una de las más paradigmáticas operaciones del aparato cultural del sistema destinadas a confinar al ostracismo a los pensadores e intelectuales que no comulgaron con el credo de las clases dominantes. Y fue muy efectiva. Sujeto a un impiadoso y sintomático olvido, Carlos Astrada, uno de los mayores filósofos argentinos, ha permanecido en un cono de sombra del cual es preciso que la política definitivamente lo rescate.


Brillante y original, su obra constituye una referencia ineludible a la hora de trazar el molde de lo que conocemos como pensamiento nacional. Al igual que otros grandes hombres, su cercanía al peronismo –y en particular el rol central que tuvo en el Congreso Nacional de Filosofía de 1949- lo convirtieron en un “maldito” para la academia y la historia oficial.


Argentino de pura sepia, Astrada nació en Córdoba, el 26 de febrero de 1894. Falleció el 23 de diciembre de 1970 en la ciudad de Buenos Aires. Desde su temprana juventud hasta su muerte, la vida de Astrada estuvo sumergida completamente en el mundo de la filosofía y su obra fecunda es uno de los principales aportes de la filosofía al pensamiento nacional.


Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro




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“A diferencia de los negadores de lo nacional, Astrada ha buscado el ser nacional para el país. En Astrada la realidad argentina está en profundidad. Y lo que es más, la intuición emocional de la tierra nativa”.
Juan José Hernández Arregui. “La formación de la conciencia nacional”.


Sobre el Primer Congreso Argentino de Filosofía

En el año 1947, por iniciativa del rectorado de la Universidad Nacional de Cuyo, se convocó al “Primer Congreso Argentino de Filosofía, con participación de todos los países hispanohablantes”. El 20 de abril de 1948 el Poder Ejecutivo lo declaró  de interés nacional  y el presidente Perón dispuso que el Congreso pasara a denominarse “Primer Congreso Nacional de Filosofía”.
 
Perón y Evita en el Congreso de Filosofía de Mendoza en 1949.
El Estado puso a disposición de los organizadores todos los recursos para garantizar el éxito de este primer encuentro internacional. El Congreso se celebró en Mendoza entre el miércoles 30 de marzo y el sábado 9 de abril de 1949. El propio Perón intervino pronunciando una conferencia  como cierre durante la sesión de clausura, ceremonia celebrada en el Teatro Independencia de Mendoza en la tarde del sábado 9 de abril de 1949, con la presencia de María Eva Duarte de Perón, todos los Ministros que integraban el Gabinete Nacional, los Rectores de las Universidades argentinas, otras autoridades y los congresistas. Perón ofreció en esa intervención, plena de referencias históricas filosóficas, las principales posiciones ideológicas del justicialismo. Este texto sería difundido posteriormente en forma de libro titulado “La Comunidad Organizada”.

Los años finales de la década del 40 fueron muy ricos para el pensamiento argentino. El gobierno peronista, que logró una democratización social sin precedentes, ofrecía el marco propicio para que se profundicen grandes cuestiones pendientes como el tema de los orígenes y el destino de la nacionalidad argentina.

Perón dando su discurso en el Congreso de Filosofía.
El protagonismo que tuvo Perón en el congreso con su discurso de cierre, aprovechando para presentar la filosofía justicialista al mundo, a lo que se le debe sumar el contexto internacional de la postguerra, le dieron al encuentro un carácter político evidente que fue muy criticado por algunos filósofos y sectores académicos que pretendían una encuentro aséptico y apolítico.

Llegaron (o mandaron ponencias) filósofos destacados como Hans Georg Gadamer discípulo del existencialista Martín Heidegger, el tomista francés Jacques Maritain, Julián Marías, José Vasconcelos, Gabriel Marcel, entre otros reconocidos intelectuales  del mundo. Ese Primer Congreso Nacional de Filosofía fue clave, no sólo por las discusiones filosóficas que se realizaron, sino también porque tuvo, reitero, un fuerte matiz político ya que, dos meses antes de la reunión se había reformado la Constitución Nacional, hacía menos de dos años que había concluido la segunda guerra mundial, la humanidad tomaba nota de los Juicios de Nuremberg, Hiroshima y Nagasaki y se advertían los primeros escarceos de la guerra fría, que dominaría al planeta durante más de cincuenta años .

Carlos Astrada fue el filósofo insignia del primer peronismo y máximo referente del Congreso de Filosofía de 1949.

Sobre Carlos Astrada

Carlos Astrada.
En cuanto a los filósofos argentinos, en esos años el existencialismo europeo que lo expresaban Martín Heidegger y Jean Paul Sartre, entre otros, en Argentina era estudiado y difundido por el filósofo Carlos Astrada. Pero también se manifestaba por esa época otra fuerte corriente de pensamiento en nuestro país que era la filosofía tomista católica encabezada por monseñor Nicolás Octavio Derisi. Excedería los límites de esta nota comentar los contenidos de las conferencias y las polémicas desatadas en los diferentes temas filosóficos tratados. Si entiendo que es imprescindible hacer una referencia mínima en estas líneas a un pensador argentino, que hizo importantes aportes para la comprensión de la argentinidad: Carlos Astrada. 

Si uno atendiera a la simple cronología, a una enumeración de nombres y hechos, el cordobés Carlos Astrada podría aparecer como un pensador agudo pero ecléctico y contradictorio que recorre todo el arco filosófico y político del siglo XX argentino llevado por los aires de la época: heideggeriano en los años 30, peronista en los 40 y tempranos 50, marxista en los 60; hacia el final de su vida maoísta. Mao Tsé Tung lo recibió en China porque el Partido Comunista Chino estaba en conocimiento de la crítica que Astrada le dirigía al PC soviético por su carencia de pensamiento dialéctico.

La biografía que traza Guillermo David en su portentoso ensayo “Carlos Astrada. La filosofía argentina” (2004) lo muestra exactamente al revés: como un intelectual riguroso, por momentos quizá demasiado rígido, para quien la posibilidad de cambiar de perspectiva estaba asociada a la necesidad de mantener su coherencia en la búsqueda de una verdad. Este pensador nacional era un hombre austero, con aspecto bien criollo, con rasgos de nuestros pueblos originarios, que había nacido en Córdoba en 1894 y murió olvidado en Argentina en el año 1970, el 23 de diciembre. En la cátedras de “Pensamiento argentino y latinoamericano”, que se dictan en las facultades argentinas la inclusión de la obra de Carlos Astrada queda a criterio del docente y suele ser muy marginada.

Sujeto a un impiadoso y sintomático olvido, Carlos Astrada, el mayor filosofo argentino, ha permanecido en un cono de sombra del cual es preciso que el pensamiento nacional definitivamente lo rescate. Astrada convocó a diversas tradiciones filosóficas para articularlas en el “Humanismo de la Libertad”. Al anti-humanismo de Heidegger oponía la vertiente de los humanismos occidentales como condición para reformular una nueva imagen del hombre. El ansia que late en la filosofía libertaria de Astrada no es el hombre de la razón, ni el homo economicus del liberalismo, ni el homo faber del pragmatismo sino un hombre centrado en su humanidad como centro de todo valor, rescatado de las alienaciones por la praxis. Este es, en una apretada síntesis, la novedosa propuesta filosófica de Astrada.

El Mito Gaucho

"El Mito Gaucho", de Astada.
El gran aporte de Astrada al pensamiento nacional lo hace en su libro más conocido, “El Mito Gaucho” publicado en 1948. En su obra dice que todo pueblo tiene un destino histórico fundado en un mito, en una “sustancia mítica” como la denomina. Y en nuestro caso es el mito del Martín Fierro. Esto supone un programa de vida, un trabajo a realizar y una misión que cumplir. Para Astrada, la “geopisque” hace del hombre argentino un arquetipo germinal, de un origen que olvidó y que, so pena de traicionar o desertar de si mismo, tiene que retomar para mantener la continuidad y la progresión de su ser. El hombre argentino es el hombre pampeano, es el que nace del mito gaucho plasmado en el poema de José Hernández. “Es un ser de lejanía”, una sombra en fuga y dispersión sobre su total melancolía… Este ser argentino, “no obstante a la vertiginosa y avasallante avalancha forastera”, la inmigración, se reveló tan fuerte que no sucumbió al alud colonizador. Atinó a replegarse, a recluirse, a esperar…

Las clases dirigentes durante generaciones traicionaron nuestro mito fundacional e intentaron remplazarlo por el mito europeo. Y, a pesar de esta transgresión, la oligarquía no pudo extirpar el núcleo nacional de un pueblo que aún espera la realización de su destino histórico. En palabras de Hernández Arregui: “Para Astrada, Martín Fierro es la historia nacional en su pasado, en su presente extraviado y en su futuro inconcluso”.

Filosofía, Cultura y Proyecto Nacional

Y, en ese mismo año, 1948, en que Astrada intentaba encontrar el ser argentino en nuestro máximo poema nacional, otro escritor, Leopoldo Marechal, desde la ficción literaria publicaba “Adán Buenosayres”, obra canónica de la literatura nacional, en la que también incursiona en el problema de la argentinidad, sus orígenes y su destino.

Pero no todo era reflexiones sobre el  “ser nacional” o la “argentinidad” en el mundo de la cultura. Por el contrario, la irrupción del peronismo produjo una verdadera crisis en el mundo de las letras especialmente. Muchos escritores miraban con desprecio a los Marechal, a los Manzi, a los Discépolo que habían decidido ir detrás de un “demagogo” como Perón. Me refiero a los literatos de “Sur”, Victoria Ocampo, Bioy Cásares o el mismo Jorge Luis Borges que para esa época publica “La fiesta del monstruo”, metáfora literariamente irrelevante de la “barbarie peronista”. De hecho es “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, del inconfundible antiperonista Ezequiel Martínez Estrada tal vez la contra obra al planteo de Estrada sobre el Martín Fierro.

Le sugiero, al lector que le interese esta temática en especial, recurrir al ensayo de Abelardo Ramos  “Crisis y resurrección de la literatura argentina” donde con claridad el autor expone, la relación entre literatura y poder político en el marco de un país dependiente. En menor medida también la excelente obra "Imperialismo y Cultura" de Hernández Arregui puede servir.

Para ir cerrando, cabe decir que es cierto que en su última etapa Astrada deja de lado su incondicional apoyo al peronismo y asume una postura más crítica, tanto del peronismo como de distintas figuras de la historia argentina, particularmente Rosas. Pero este giro de su vida no menoscaba sus extraordinarios aportes a la filosofía del campo nacional, ni puede esconder el hecho de que su mayor protagonismo como intelectual lo tuvo con Perón, escribiendo una de las páginas más relevantes de la filosofía en Argentina.