domingo, 3 de enero de 2016

El arte de lo posible: El sistema político y constitucional de Juan Manuel de Rosas

El primer hecho de carácter institucional y jurídico que dio origen a la Confederación Argentina fue el “Pacto Federal” del 4 de enero de 1831, firmado entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, al que posteriormente adhirió Corrientes. Fue una alianza ofensiva-defensiva para contrarrestar a la “Liga Unitaria” creada por el General unitario Paz que desde Córdoba mantenía una fuerte influencia política y militar en todo el noreste argentino. 


Pero más allá de este primigenio antecedente; ¿Qué se puede decir del sistema constitucional y político de Rosas? ¿Qué podemos analizar más allá de las enormes bibliotecas que desde la Historia vienen debatiendo sobre el tema hace más de 160 años? ¿Cómo era la organización política y constitucional? ¿Cómo era Juan Manuel de Rosas como gobernante? ¿Cuáles eran los determinantes políticos y que incidencia real tenían sobre la forma de gobierno y la ingeniería institucional aplicada?


A estas cuestiones las abordo en un breve texto que les comparto en el que analizó dos temas centrales: a) La Confederación como sistema político y constitucional sobre el que Rosas estructuró la organización y conservó la unidad de la Nación y; b) La forma en que gobernó Rosas, la construcción de su poder, su legitimidad y la manera “autocrática" y "paternalista” (populista) en que lo ejerció.


Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro



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1. Introducción

“He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en la sombra: he admirado siempre los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Ese es mi gran título; he querido siempre servir al país, y si he errado o acertado, la posteridad lo dirá, pero ése fue mi propósito y mía en absoluto la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una constitución era asunto secundario: Lo principal era preparar el camino para ello, ¡y esto es lo que creo haber hecho!".
Juan Manuel de Rosas (Conversaciones de Rosas con los Quesada en Southampton).

Para comprender cómo fue el régimen rosista, es decir su forma de organización política y jurídica, debemos previamente partir encuadrando el debate en torno a la guerra civil que dirimían los dos grupos antagónicos que en el Río de la Plata disputaban la forma de organización: federales y unitarios.
 
Juan Manuel de Rosas

En segundo lugar es también importante recordar que este proceso fue en realidad una larga búsqueda para encontrar la forma adecuada de ordenación política para aplicar en nuestra Nación recién emancipada. Hay momentos de ese período en que los pactos interprovinciales, las luchas entre diferentes regiones y caudillos, los diferentes proyectos en pugna, parece todo  un gran rompecabezas de incierta solución. Este proceso complejo y aparentemente confuso no fue sufrido solamente por Argentina, es común en todas las etapas de formación de los estados nacionales sean estos europeos o americanos.

El proceso de construcción de los Estados Nacionales en la América antes española fue extendido y sangriento y en nuestro país especialmente dilatado si consideramos que  concluye en 1880 con la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Son 70 años de luchas, guerras civiles, intentos fallidos, varios ensayos de organización que culminan recién terminando el Siglo XIX. De esta etapa nos interesa aquí teorizar sobre la forma de organización nacional durante el periodo que va, desde fines de 1829 en que Rosas es ungido gobernador de la Provincia de Buenos Aires hasta febrero de 1852 en que se produce su caída luego de la batalla de Caseros.

El abordaje de esta cuestión lo separo por razones analíticas en dos temas: 1) La Confederación: sistema político y constitucional sobre el que Rosas estructuró la organización política  y conservó la unidad de la Nación. 2) La forma en que gobernó Rosas: forma conocida bajo el nombre de  “autocrática paternalista”.

2. La Confederación

Retrato alegórico de la firma del Pacto Federal.
El primer hecho de carácter institucional que dio origen a la Confederación Argentina fue el “Pacto Federal” de 1831 acordado entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, al que posteriormente adhirió Corrientes. Fue una alianza ofensiva-defensiva para contrarrestar a la “Liga Unitaria” creada por el General unitario Paz que desde Córdoba mantenía una fuerte influencia política y militar en todo el noreste argentino. Vencido Paz ([1]) y deshecha la Liga, el resto de las provincias firmaron el pacto. Este acuerdo, institucionalmente trascendental, fue el pilar sobre el que se basó la Constitución de 1853 y es uno de los pactos preexistentes que menciona el Preámbulo. El primero de ellos fue el Tratado del Pilar que impulsó nuestro Francisco Ramírez en 1820.
 
Provincias que firmaron el Pacto Federal y bandera que usaban las mismas.

En el artículo 15, el “Pacto Federal” instruye la creación de una Comisión Representativa  con asiento en Santa Fe compuesta de un diputado por cada provincia y que tenía por finalidad propender a la organización general de la República, es decir el de reunir un Congreso que dictara una Constitución. Sin embargo, la Comisión fue disuelta, el Congreso no se reunió y la Constitución no se concretó durante la época de Rosas. Este es uno de los argumentos críticos manejados por sus detractores, acusándolo de haber postergado la organización nacional al no dictar una Constitución.

¿Qué pensaba Rosas? La carta a Facundo Quiroga desde la hacienda de Figueroa

¿Por qué Rosas, con la suma del poder público, se opuso a que se dictara una Constitución ¿Esta pregunta, tan debatida por los historiadores, encuentra su más clara y lúcida respuesta en los argumentos que el propio Rosas brinda en infinidad de documentos. Considero que el más importante de ellos es la carta que enviara a Facundo Quiroga desde la hacienda de Figueroa en 1834 donde el Restaurador desarrolla su pensamiento político con meridiana claridad. La Carta es un verdadero “memo”, un instructivo para que Quiroga negocie con los caudillos del norte durante la crisis del año 1834.

Intentaré a continuación sintetizar los argumentos que Rosas da a Facundo en la mencionada Carta para prorrogar el dictado de la Constitución:

1) Para integrar un todo ordenado y compacto deben estar ordenadas las partes que lo componen.

2) Cada provincia debe ocuparse de sus constituciones particulares y después trabajar sobre la constitución nacional.

3) Debe haber tranquilidad y calma para celebrar pactos de Federación.

4) El país se encuentra en un estado de agitación, “contaminado” por unitarios sublevados y agentes secretos de otras naciones que conspiran permanentemente.

5) Se sostiene claramente la prioridad del orden político como base segura del ordenamiento jurídico. Esa es la idea central. Por lo tanto aun no había llegado el momento de dictar la constitución. Sería otro fracaso como las anteriores constituciones unitarias. Simplemente no estaban dadas las condiciones. Al revés de los unitarios, Rosas consideraba que el dictado de la constitución no era el punto de partida sino el punto de llegada, la culminación del proceso de organización nacional. Su planteo era práctico no teórico.

Los unitarios creían que bastaba la sanción de una constitución para organizar el país. Sus planteos eran teóricos. Realizados desde una perspectiva elitista y sectaria, las clases ilustradas eran las únicas capacitadas para gobernar, no tenían en cuenta la  cruda realidad del país, ni las condiciones de su pueblo y por eso fracasaron en todos sus intentos: la constitución de 1819, centralista y pro-monárquica, y la constitución de 1826 rechazada por los caudillos del interior. Para el unitarismo el dictado de la constitución era el punto de partida de la organización nacional. La realidad debía amoldarse a la teoría.

"Posta o Hacienda de Figueroa. Estancia La Merced" en San Antonio de Areco. Fue sede de la conferencia Rosas-Quiroga. Fuente: http://www.lagazeta.com.ar  

Años más tarde, Rosas ratificará sus conceptos en la entrevista que tuviera con Ernesto Quesada y su padre durante su exilio en Inglaterra. Sostenía lo siguiente: "Pero el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar "un cuadernito" como decía Quiroga, para que se aplique y resuelva todas las dificultades: Es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación del país."


Todos los tomos de la fundamental obra de Ernesto Quesada sobre Rosas. Me costó años encontrar todos los tomos de esta obra agotada desde hace décadas. Como verán son de tres ediciones diferentes. Recorrí medio Buenos Aires y visité a muchos libreros (hice hermosas amistades buscando estos y otros libros también) para poder dar con todos los volúmenes.

Más adelante: "Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica sino en el gabinete de los doctrinarios: si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de constitución prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca."


¿Era Rosas tan distinto de Alberdi?

Lo que dice Rosas horroriza al liberalismo y la historia oficial. Ahora, ¿era Alberdi un fanático de la Constitución? Esto decía: "La constitución, es decir, la libertad, la autoridad, no se escriben, se hacen; no se decretan, se forman, se hacen por educación. No se hacen en el Congreso; se hacen en la casa, en el hogar. No viven en el papel; viven en el hombre" (Escritos Póstumos, Tomo VII).

Juan Bautista Alberdi.

Y en el mismo sentido decía Alberdi: "Dar leyes y decretos es manía sudamericana. Y darlos para innovar lo nuevo, más frecuente que para lo viejo. Viene del error de creer que una ley escrita cambia las cosas. Si así fuera, la obra de civilizar una nación se reduciría a darle un código, es decir, a unos pocos meses de trabajo. Pero la civilización no se decreta. Por haber sancionado constituciones republicanas ¿tenéis la verdad de la república? No, ciertamente: tenéis la república escrita, no la república práctica" (Juan Bautista Alberdi, Escritos Póstumos, Tomo IX).

¿Y cuál es la diferencia entre lo que decía Rosas y lo que decía Alberdi? Ninguna. Que decía el Padre Fundador argentino: "Promulgad hoy el código más perfecto; mañana veréis siempre en pie el mal que deseáis remediar. Es que el mal no está en lo escrito, está en lo práctico, en lo real, en los hechos, en las cosas y personas, tales como son en nuestra América de hoy (...). Yo ensayaría un programa de gobierno, sin dar una sola ley, un solo decreto nuevo; y nada más que con poner en vigencia lo que existe" (Juan Bautista Alberdi, Escritos Póstumos, Tomo IX).

En la historia del pensamiento político y jurídico argentino resulta muy difícil comprender casos como este en el que son tan disímilmente valoradas dos personas, Rosas y Alberdi, cuando básicamente decían lo mismo. Sólo la deformación histórica y política del aparato cultural del sistema pudo hacer esto, no solo con Alberdi, sino con una enorme cantidad de pensadores nacionales.

El problema del Puerto y la Aduana

El otro problema crucial y determinante planteado por Rosas en la Carta a Quiroga es acerca de los fondos comunes que se dispondría para el sostenimiento del gobierno central, como  por ejemplo, el de los contingentes para el Ejército Nacional. ¿De dónde debían provenir esos fondos? Rosas sostiene en la carta a Quiroga que: "debe contribuir cada Estado Federado en proporción a su población. Los norteamericanos convinieron en que formasen este fondo de derechos de Aduana sobre el comercio de ultramar pero fue porque todos los Estados tenían puertos exteriores." En cambio las provincias argentinas carecían de puertos, y el único puerto, puerto único, era el de Buenos Aires. Los federales porteños (llamados más tarde autonomistas) no querían que las rentas de su aduana fueran nacionales. En ese sentido Rosas al postergar el dictado de la Constitución estaba defendiendo el monopolio económico porteño. Pero Rosas no lo defendió con el mismo espíritu excluyente de los antiguos centralistas-dictatoriales, sino que por el contrario, puso todos los recursos de ese privilegio en defensa de los intereses de la Nación toda.

Las provincias, partidarias del federalismo, sostenían que las rentas de aduana del único puerto, Buenos Aires, no debían corresponder sólo a Buenos Aires, sino a todas las provincias, cosa que no admitían los porteños. Esta cuestión esencial, es una de las causas que explican porque costó tanto tiempo y sangre llegar a una solución definitiva sobre la organización del Estado nacional.

Si bien Rosas mantuvo el puerto único, dictó en 1835/6 la Ley de Aduana, atendiendo al reclamo de las provincias que reclamaban medidas proteccionistas. Pero la finalidad respondía al hecho de que as provincias mediterráneas y entre las otras especialmente Corrientes, con incipientes industrias y artesanías, requerían medidas proteccionistas frente a la competencia de las manufacturas extranjeras. En cambio la burguesía mercantil porteña, ligada al comercio de importación exportación estaba a favor del libre cambio, como así también los hacendados productores de las materias primas exportables como cueros, sebo y tasajo.

Con la Ley de Adunas, Rosas buscó equilibrar la situación de las provincias: a través de importantes subsidios, elevados aranceles para los productos extranjeros que podían fabricarse en el país, o directamente la prohibición de su entrada, (como la harina), buscó proteger las incipientes industrias locales de la competencia extranjera, y fomentar la agricultura. La ley fue recibida con gran entusiasmo especialmente por las provincias mediterráneas. Solucionaba las angustias económicas provincianas sin institucionalizar la nacionalización del puerto. Corresponde también decir que la Ley en la práctica no fue tan óptima y su duración se vio limitada en el tiempo.

Sampay y sus reflexiones sobre el pensamiento político de Rosas

Sin dudas, uno de los análisis más profundos del pensamiento político de Rosas lo realizó Arturo Sampay en su libro "Las ideas Políticas de Juan Manuel de Rosas", obra fundamental para comprender las ideas del Restaurador y su tiempo político, con una mirada por momentos muy crítica y en otros reivindicatoria. 

Allí Sampay realiza un repaso de la visión de la colonia de Rosas, las ideas políticas de su tiempo histórico y analiza su pensamiento y el de sus hombres cercanos, de los cuales destaca los aportes de Pedro de Angelis, Tomás de Anchorena y José María Roxas y Patrón (Arturo Sampay, "Las ideas Políticas de Juan Manuel de Rosas", Juarez Editor, año 1972). En libro tiene un extenso apéndice documental cuya lectura resulta ineludible. 

Rescatando el rol de Rosas, pero sin dejar de cuestionar en forma sólida aspectos del pensamiento político, Sampay recuerda que para Rosas "la política es la primera de las ciencias, o el centro de todas", agregando que para él "la política es la verdad".  

Sobre el federalismo, Sampay entiende que el mismo es una consecuencia de la lectura pragmática de la realidad que hizo Rosas. Para ello recuerda las palabras del propio Rosas que se confiesa: "...unitario por principios, pero la experiencia (...) ha hecho conocer que es imposible adoptar en el día tal sistema porque las provincias lo contradicen, y las masas en general lo detestan...".

Sobre la suma del poder público, Sampay apunta: "Cuando en 1835 Rosas asume los poderes extraordinarios, nadie dudaba sobre la necesidad de una dictadura para unificar al país y para construir, conforme al programa de la revolución de Mayo, un edificio bien calculado y sólido para la burguesía progresista. En fin, era necesaria una dictadura revolucionaria, apropiada al momento histórico. Esta era la idea de los jóvenes de la Asociación de Mayo, que querían que Rosas estableciera esta tipo de dictadura".

¿Confederación o Federación? La organización jurídico-política de la realidad

Esta cuestión nos lleva a la cuestión de sí el sistema logrado por Rosas fue una federación, o si en realidad era una mera ficción y era más bien unitario como algunos de sus críticos le incriminan.

Rosas nunca declaró que su sistema sea federal. Es un término que sólo utiliza en los lemas partidarios de “mueras y vivas”, pero nunca en los documentos oficiales. En ellos siempre utilizó el término Confederación.

En la carta a Quiroga expresa su posición acerca de un sistema federal, que considera inconveniente para ese momento: "Obsérvese que una República Federativa es lo más quimérico y desastroso que pueda imaginarse, toda vez que no se componga de estados bien organizados en si mismos, porque conservando cada uno su soberanía e independencia, la fuerza del poder General con respecto al interior de la República, es casi ninguna, y su principal y casi toda su investidura, es de pura representación para llevar la voz a nombre de todos los Estados confederados en sus relaciones con las Naciones extranjeras; por consiguiente si dentro de cada Estado en particular, no hay elementos de poder para mantener el orden respectivo, la creación de un Gobierno General representativo no sirve más que para poner en agitación a toda la República a cada desorden parcial que suceda, y hacer que el incendio de cualquier Estado se derrame sobre todos los demás."

No estaban dadas las condiciones para un sistema federativo. El país no tenía un número considerable de regiones con sólidas condiciones económicas y culturales para impedir que todas las provincias gravitaran hacia Buenos Aires, capital y puerto único del litoral con la mayor población y riqueza. Por lo tanto, Rosas prefirió el régimen de Confederación, que respondía al estado de cosas existente y servía para preparar la situación a fin de llegar más tarde a la solución definitiva. Confederación era la forma legítima de gobierno en aquel momento, por cuanto el país se hallaba constituido en virtud de pactos entre las provincias. La confederación era para Rosas, lo posible, el sistema político viable.

Desde el punto de vista de la política interior Rosas a través de la Confederación contribuyó también en la construcción del Estado Nación y evitó la balcanización y desintegración del territorio.

El método seguido por el Restaurador de las Leyes para lograr esa unidad fue que las provincias fueran delegando atribuciones en el Encargado de las Relaciones Exteriores, detentado por el gobierno de Buenos Aires. Esas atribuciones fueron las siguientes: Derecho de intervenir en las provincias; Facultad para juzgar a los reos de delitos cometidos contra la Nación (caso  de los hermanos Reinafé culpables del asesinato de Quiroga); Potestad para tratar con la Santa Sede y reglamentar las relaciones del Estado con el clero; Declarar la guerra o firmar la paz; Prohibir o permitir la extracción de metálico. Y, nombrar a los Jefes de los Ejércitos Nacionales (tal el caso del General Benavides en el norte y Urquiza en la frontera con el Brasil).

El arte de lo posible y el federalismo sui generis

Julio Irazusta, polémico en otros aspectos de su vida intelectual, pero muy claro en su análisis de este tema, en su obra “El Federalismo de Rosas” lo analiza con precisión: "El planteo sobre la índole de las relaciones entre las provincias de la federación argentina estaba dirigido a lograr la unificación del país al estilo de las confederaciones tradicionales, en la que estados absolutamente independientes se nuclean en torno a uno de ellos preponderante en la zona. Los federales porteños no habían renunciado al privilegio de su provincia, pero lo utilizaron para nuclear la federación argentina."

Es así como el federalismo de Rosas fue un federalismo empírico, pragmático, construido desde lo posible, más práctico que teórico, más unificador que constituyente. Si “la política es el arte de lo posible” la acción para lograr la organización nacional conducida por Juan Manuel de Rosas hace honor a la sentencia de Otto von Bismarck.

El país queda organizado de hecho. ¿Qué falta para que lo esté de derecho? Un Congreso que dicte una Constitución. Pero Rosas no aspira que se imite a los Estados Unidos como quería Dorrego. En el federalismo que acababa de crear lo único nacional son las relaciones exteriores y la dirección de la guerra. Cada provincia tiene su ejército y se rige por sus propias leyes e instituciones. El país se ha organizado de hecho en una confederación ([2]) de estados estrictamente autónomos y en cierto sentido semi independientes.

El "Rosas" de Gálvez, edición reciente.
Este autor nacido en Paraná  tiene además otras obras sobre Rosas.
Manuel Gálvez, que a mi juicio escribió la más completa y elaborada biografía de Rosas se refiere al tema haciendo una interesante comparación: “Este Federalismoconviene repetirlo- se parece al de Pi y Margall ([3]) y otros republicanos españoles, quienes, años después que Rosas, pretendían hacer de su patria un Estado en el que cada región-Castilla, Vasconia, Cataluña-, se rijan por sus propias instituciones”.

3. Rosas y la forma de gobierno, la “autocracia paternalista”

Pasemos ahora a analizar el modo, la forma de gobernar de Rosas que más arriba denominamos “autocracia paternalista”: “Y a trueque de escandalizarlo a usted le diré que, para mí, el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos ni favoritas. Por esto jamás tuve ni unos ni otras: busqué realizar yo solo el ideal del gobierno paternal, en la época de transición que me tocó gobernar. Pero quien tal responsabilidad asume no tiene siquiera el derecho de fatigarse,.. Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa vulgares goces y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en la sombra: he admirado siempre los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Ese es mi gran título; he querido siempre servir al país, y si he errado o acertado, la posteridad lo dirá, pero ése fue mi propósito y mía en absoluto la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una constitución era asunto secundario: Lo principal era preparar el camino para ello, ¡y esto es lo que creo haber hecho!" Otra vez más en las propias manifestaciones de Rosas hechas a Ernesto Quesada encontramos las definiciones de su propia política.

El concepto de autócrata puede tener para ciertos lectores un tono peyorativo, seguramente en pleno siglo XXI esto pueda ir contra el sentido común de lo que entendemos como como gobierno o democracia. De hecho es casi lo contrario. Pero en realidad es una forma de gobierno que se dio en ciertas situaciones históricas particulares, y en realidad ocurrió en muchas ocasiones en la historia nacional e internacional. Es el poder concentrado en una sola persona. Situación política, que fue una constante en la historia de Europa, Napoleón Bonaparte es considerada un autócrata, Napoleón III también. Regularmente los gobiernos autocráticos aparecen como reacción a largos periodos de crisis internas, guerras civiles y conflagraciones internacionales como lo fue la Francia post revolucionaria. También en América hispana encontramos el mismo escenario caótico en las colonias recién emancipadas, el propio Simón Bolivar fue acusado de lo mismo.

En la época en que se vivía en ese entonces en el Río de la Plata, desorganizada, anómica y anárquica, con guerra civil permanente, matanzas, odios furiosos irreconciliables; y ante el peligro de la disgregación, existía una opinión generalizada partidaria del establecimiento de un gobierno fuerte que impusiera el orden. Esa necesidad la resolvió Juan Manuel de Rosas, el Restaurador de las Leyes.

Los sucesivos gobiernos de Rosas, su legitimidad y poder

Así en su primer gobierno (1829-1832) la legislatura le otorga a Rosas las Facultades Extraordinarias, como ocurría con la mayoría de los gobiernos de la época, debido a la grave situación de guerra interna a causa del asesinato de Dorrego. Recibe también  el título de “Restaurador de las Leyes”. Y luego del Pacto Federal es nombrado por las provincias Encargado de las Relaciones Exteriores, es decir, jefe virtual de la Confederación.

Quiero destacar que las facultades extraordinarias se la otorgan los diputados de la legislatura en solemne reunión. Treinta y tres diputados, inclusive los opositores, votan a favor de Juan Manuel de Rosas gobernador. Los diputados han procedido con entera libertad y legalidad. Rosas, el elegido, no ha constituido esa legislatura que ya existía en tiempo de Dorrego y que está compuesta por los ciudadanos más prominentes. No obstante la historia mitrista le imputará, años después, que Rosas usurpó el poder, por la fuerza...

Cabe preguntarse qué significación tiene el título de “Restaurador de las Leyes”. Primeramente restaurar la obediencia a las leyes que habían despreciado Lavalle y los decembristas con el fusilamiento sin juicio previo de Manuel Dorrego, legítimo gobernador de la provincia. Restaurar el orden.  Restaurar políticamente el sistema federal. Y también como oposición a la política anticlerical de los unitarios y a las reformas religiosas implantadas por Rivadavia se trata también del restablecimiento “de un orden moral trascendente” de la religión, un  orden católico. Esto último es algo que también colisiona contra el sentido común de nuestro presente republicano, que pregona entre otras cuestiones la separación de la religión del Estado, pero lo que hizo Rosas era el sentido popular de su época en materia religiosa ya que la obra de Rivadavia fue una toma de postura ideológica y elitista contra el sentir cristiano del pueblo por aquel entonces.

Concluido su mandato, Rosas no acepta su reelección porque no le volvían a otorgar las facultades extraordinarias. En el interregno gobierna Balcarce y Rosas realiza una "campaña al desierto", muy distinta a la que Roca implementará años después. Pero nuevos conflictos, “la revolución de los restauradores”, que depone al gobernador, y luego el asesinato del gobernador de Salta, Latorre, y principalmente el asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco, lo conducen nuevamente al gobierno de Buenos Aires. Pero esta vez, con la suma del poder público otorgado por la legislatura. 

En esta ocasión referida, Rosas solicita la realización de un plebiscito que exprese el apoyo del pueblo a tantos poderes, algo inédito en su tiempo, hecho que lo convierte en el gobernante más democráticamente legitimado de su época. Su segundo gobierno por lo tanto es también legal y legítimo. Sarmiento, uno de sus más acérrimos enemigos históricos dice de esta auténtica manifestación de voluntad popular: “No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar (Plebiscito del 26, 27 y 28 de marzo de 1835 en Buenos Aires por el cual la ciudadanía se pronunció en concederle la Suma del Poder Público a Roas). Debo decirlo en obsequio de la verdad histórica, nunca hubo un gobierno más popular y deseado ni más sostenido por la opinión...que el de Don Juan Manuel de Rosas” (Domingo F. Sarmiento. “Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga“. Santiago de Chile, 1845). Nada más que decir.


Paternalismo (o populismo) como gobierno a favor de los humildes

En lo que se refiere a la calificación de paternalista del gobierno autócrata de Rosas este concepto puede también contener un sentido despectivo si se lo entiende como que un gobernante paternalista es el que asume que una parte de la población está en una etapa “infantil” y el Estado o el gobernante debe velar por ellos. Se cree que, al igual que en una familia con hijos menores, estos segmentos sociales deben recibir un tratamiento “paternalista”. De esta concepción errónea se deriva fácilmente en análisis históricos positivistas y falaces que consideran que el régimen paternalista de Rosas era la expresión de los resabios del viejo feudalismo español. 

El concepto de lo paternal, de pater familiae, resulta inviable mirarlo desde el hoy, en especial si pasa por el prisma de la teoría crítica feminista, pero como ya dijimos esta conceptualización se enmarca en un contexto histórico en que, trágicamente, las mujeres prácticamente no tenían derechos.

Pero cuando me refiero a paternalismo (usando el concepto que historiadores usaron sobre Rosas) estoy definiendo la obra democrática por el pueblo que Rosas realizó. Paternalista o populista, recurriendo a un término más cercano a nuestro tiempo. Era paternalista o populista por los sectores más postergados y condenados de la sociedad a los que el Restaurador integró a la sociedad. Rosas consideró siempre a los sectores más humildes de la sociedad de su tiempo: El gaucho, el indio y el negro. Sería iluso pretender que Rosas fuese un líder socialdemócrata en 1830 y que estableciera la jornada de ocho horas y el descanso dominical o que tenga las formas republicanas de hoy día. Sería inútil reclamarle a Rosas una política social universal que ningún Estado del mundo por otra parte en esos momentos tenía. No se le puede pedir los modos republicanos de las democracias nórdicas europeas de hoy. 

En esos tiempos, la democracia en su sentido social consistía en mejorar individualmente, de manera patriarcal, la situación de los pobres. En libertar a los esclavos, en suprimir el tráfico de hombres, en atender a las personas humildes en sus necesidades, en otorgarle a hombres de clases humildes cargos directivos en el Estado disminuyendo las acentuadas diferencias de clases de la época y en hacer intervenir al pueblo en política convirtiéndolo por primera vez en actor principal.

Paternalista o populista por su permanente contacto con el pueblo, tratando a la gente de igual a igual, con su espíritu criollo, su odio a la monarquía, la ridiculización de la aristocracia y la oposición permanente hacia las clases que se creían superiores e ilustradas. Paternalismo en el sentido de la más alta expresión de lo popular ya que Rosas fue amado por su pueblo, adorado hasta el fanatismo. Esto es lo que le permite pronunciar a Rosas, después de Caseros, al representante inglés Mr. Gore cuando le solicita asilo: “Aquí no vendrán. No es el pueblo el que me ha volteado…son los brasileros”.




[1] El General Paz (del cual Abelardo Ramos realiza una interesante y particular reivindicación histórica) además de ser un caudillo unitario era un militar de formación, estratega virtuoso que había derrotado los ejércitos de Quiroga y amenazaba la Confederación desde la Liga Unitaria formada por varias provincias del interior  mediterráneo que las había doblegado militarmente. Estando en campaña contra el ejército de López en el año 1831 y habiéndose separado de sus tropas para observar el terreno cae boleado su caballo por un montonero de López en El Tío. Es convertido prisionero de los federales y encarcelado en Santa Fe No sufriría la misma suerte que Dorrego cuando cayó en poder de los doctores unitarios.
[2] Federación y confederación se diferencian principalmente en que una confederación tiene un poder central más limitado. En el  Derecho internacional público es  la  asociación entre estados soberanos  La confederación se diferencia de la federación en que en la primera los miembros mantienen altas cotas de autonomía y el poder central es limitado, mientras que en la segunda los federados renuncian a una parte de sus competencias y el poder central es más fuerte. La Confederación es una  asociación establecida entre estados soberanos a través de tratados o constituciones comunes, destinada a lograr una complementariedad entre éstos en diversos asuntos, como defensa o comercio.
El término Confederación se aplicó para designar a diversos estados a lo largo de la historia, como la Confederación Perú-Boliviana (1837-1839) y los Estados Confederados de América (1861-1865). En Argentina es el nombre que utiliza Rosas para denominar el sistema político que gobierna y también es Confederación el nombre tomaron las 13 provincias que se separaron de Buenos Aires durante parte del siglo XIX (1852-1862) éstas  recibieron el nombre de Confederación Argentina. Tras la unión de Buenos Aires a la Confederación, ésta realizó reformas adquiriendo la denominación de Nación.
[3] Francisco Pi y Margall (1824- 1901) fue un político, pensador y escritor español, Presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española (1873-1874). Partidario de un modelo federalista para la Primera República Española.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Carlos Astrada, filosofía peronista y las raíces del ser nacional

Carlos Astrada.

El caso de Astrada es, sin dudas, una de las más paradigmáticas operaciones del aparato cultural del sistema destinadas a confinar al ostracismo a los pensadores e intelectuales que no comulgaron con el credo de las clases dominantes. Y fue muy efectiva. Sujeto a un impiadoso y sintomático olvido, Carlos Astrada, uno de los mayores filósofos argentinos, ha permanecido en un cono de sombra del cual es preciso que la política definitivamente lo rescate.


Brillante y original, su obra constituye una referencia ineludible a la hora de trazar el molde de lo que conocemos como pensamiento nacional. Al igual que otros grandes hombres, su cercanía al peronismo –y en particular el rol central que tuvo en el Congreso Nacional de Filosofía de 1949- lo convirtieron en un “maldito” para la academia y la historia oficial.


Argentino de pura sepia, Astrada nació en Córdoba, el 26 de febrero de 1894. Falleció el 23 de diciembre de 1970 en la ciudad de Buenos Aires. Desde su temprana juventud hasta su muerte, la vida de Astrada estuvo sumergida completamente en el mundo de la filosofía y su obra fecunda es uno de los principales aportes de la filosofía al pensamiento nacional.


Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro




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“A diferencia de los negadores de lo nacional, Astrada ha buscado el ser nacional para el país. En Astrada la realidad argentina está en profundidad. Y lo que es más, la intuición emocional de la tierra nativa”.
Juan José Hernández Arregui. “La formación de la conciencia nacional”.


Sobre el Primer Congreso Argentino de Filosofía

En el año 1947, por iniciativa del rectorado de la Universidad Nacional de Cuyo, se convocó al “Primer Congreso Argentino de Filosofía, con participación de todos los países hispanohablantes”. El 20 de abril de 1948 el Poder Ejecutivo lo declaró  de interés nacional  y el presidente Perón dispuso que el Congreso pasara a denominarse “Primer Congreso Nacional de Filosofía”.
 
Perón y Evita en el Congreso de Filosofía de Mendoza en 1949.
El Estado puso a disposición de los organizadores todos los recursos para garantizar el éxito de este primer encuentro internacional. El Congreso se celebró en Mendoza entre el miércoles 30 de marzo y el sábado 9 de abril de 1949. El propio Perón intervino pronunciando una conferencia  como cierre durante la sesión de clausura, ceremonia celebrada en el Teatro Independencia de Mendoza en la tarde del sábado 9 de abril de 1949, con la presencia de María Eva Duarte de Perón, todos los Ministros que integraban el Gabinete Nacional, los Rectores de las Universidades argentinas, otras autoridades y los congresistas. Perón ofreció en esa intervención, plena de referencias históricas filosóficas, las principales posiciones ideológicas del justicialismo. Este texto sería difundido posteriormente en forma de libro titulado “La Comunidad Organizada”.

Los años finales de la década del 40 fueron muy ricos para el pensamiento argentino. El gobierno peronista, que logró una democratización social sin precedentes, ofrecía el marco propicio para que se profundicen grandes cuestiones pendientes como el tema de los orígenes y el destino de la nacionalidad argentina.

Perón dando su discurso en el Congreso de Filosofía.
El protagonismo que tuvo Perón en el congreso con su discurso de cierre, aprovechando para presentar la filosofía justicialista al mundo, a lo que se le debe sumar el contexto internacional de la postguerra, le dieron al encuentro un carácter político evidente que fue muy criticado por algunos filósofos y sectores académicos que pretendían una encuentro aséptico y apolítico.

Llegaron (o mandaron ponencias) filósofos destacados como Hans Georg Gadamer discípulo del existencialista Martín Heidegger, el tomista francés Jacques Maritain, Julián Marías, José Vasconcelos, Gabriel Marcel, entre otros reconocidos intelectuales  del mundo. Ese Primer Congreso Nacional de Filosofía fue clave, no sólo por las discusiones filosóficas que se realizaron, sino también porque tuvo, reitero, un fuerte matiz político ya que, dos meses antes de la reunión se había reformado la Constitución Nacional, hacía menos de dos años que había concluido la segunda guerra mundial, la humanidad tomaba nota de los Juicios de Nuremberg, Hiroshima y Nagasaki y se advertían los primeros escarceos de la guerra fría, que dominaría al planeta durante más de cincuenta años .

Carlos Astrada fue el filósofo insignia del primer peronismo y máximo referente del Congreso de Filosofía de 1949.

Sobre Carlos Astrada

Carlos Astrada.
En cuanto a los filósofos argentinos, en esos años el existencialismo europeo que lo expresaban Martín Heidegger y Jean Paul Sartre, entre otros, en Argentina era estudiado y difundido por el filósofo Carlos Astrada. Pero también se manifestaba por esa época otra fuerte corriente de pensamiento en nuestro país que era la filosofía tomista católica encabezada por monseñor Nicolás Octavio Derisi. Excedería los límites de esta nota comentar los contenidos de las conferencias y las polémicas desatadas en los diferentes temas filosóficos tratados. Si entiendo que es imprescindible hacer una referencia mínima en estas líneas a un pensador argentino, que hizo importantes aportes para la comprensión de la argentinidad: Carlos Astrada. 

Si uno atendiera a la simple cronología, a una enumeración de nombres y hechos, el cordobés Carlos Astrada podría aparecer como un pensador agudo pero ecléctico y contradictorio que recorre todo el arco filosófico y político del siglo XX argentino llevado por los aires de la época: heideggeriano en los años 30, peronista en los 40 y tempranos 50, marxista en los 60; hacia el final de su vida maoísta. Mao Tsé Tung lo recibió en China porque el Partido Comunista Chino estaba en conocimiento de la crítica que Astrada le dirigía al PC soviético por su carencia de pensamiento dialéctico.

La biografía que traza Guillermo David en su portentoso ensayo “Carlos Astrada. La filosofía argentina” (2004) lo muestra exactamente al revés: como un intelectual riguroso, por momentos quizá demasiado rígido, para quien la posibilidad de cambiar de perspectiva estaba asociada a la necesidad de mantener su coherencia en la búsqueda de una verdad. Este pensador nacional era un hombre austero, con aspecto bien criollo, con rasgos de nuestros pueblos originarios, que había nacido en Córdoba en 1894 y murió olvidado en Argentina en el año 1970, el 23 de diciembre. En la cátedras de “Pensamiento argentino y latinoamericano”, que se dictan en las facultades argentinas la inclusión de la obra de Carlos Astrada queda a criterio del docente y suele ser muy marginada.

Sujeto a un impiadoso y sintomático olvido, Carlos Astrada, el mayor filosofo argentino, ha permanecido en un cono de sombra del cual es preciso que el pensamiento nacional definitivamente lo rescate. Astrada convocó a diversas tradiciones filosóficas para articularlas en el “Humanismo de la Libertad”. Al anti-humanismo de Heidegger oponía la vertiente de los humanismos occidentales como condición para reformular una nueva imagen del hombre. El ansia que late en la filosofía libertaria de Astrada no es el hombre de la razón, ni el homo economicus del liberalismo, ni el homo faber del pragmatismo sino un hombre centrado en su humanidad como centro de todo valor, rescatado de las alienaciones por la praxis. Este es, en una apretada síntesis, la novedosa propuesta filosófica de Astrada.

El Mito Gaucho

"El Mito Gaucho", de Astada.
El gran aporte de Astrada al pensamiento nacional lo hace en su libro más conocido, “El Mito Gaucho” publicado en 1948. En su obra dice que todo pueblo tiene un destino histórico fundado en un mito, en una “sustancia mítica” como la denomina. Y en nuestro caso es el mito del Martín Fierro. Esto supone un programa de vida, un trabajo a realizar y una misión que cumplir. Para Astrada, la “geopisque” hace del hombre argentino un arquetipo germinal, de un origen que olvidó y que, so pena de traicionar o desertar de si mismo, tiene que retomar para mantener la continuidad y la progresión de su ser. El hombre argentino es el hombre pampeano, es el que nace del mito gaucho plasmado en el poema de José Hernández. “Es un ser de lejanía”, una sombra en fuga y dispersión sobre su total melancolía… Este ser argentino, “no obstante a la vertiginosa y avasallante avalancha forastera”, la inmigración, se reveló tan fuerte que no sucumbió al alud colonizador. Atinó a replegarse, a recluirse, a esperar…

Las clases dirigentes durante generaciones traicionaron nuestro mito fundacional e intentaron remplazarlo por el mito europeo. Y, a pesar de esta transgresión, la oligarquía no pudo extirpar el núcleo nacional de un pueblo que aún espera la realización de su destino histórico. En palabras de Hernández Arregui: “Para Astrada, Martín Fierro es la historia nacional en su pasado, en su presente extraviado y en su futuro inconcluso”.

Filosofía, Cultura y Proyecto Nacional

Y, en ese mismo año, 1948, en que Astrada intentaba encontrar el ser argentino en nuestro máximo poema nacional, otro escritor, Leopoldo Marechal, desde la ficción literaria publicaba “Adán Buenosayres”, obra canónica de la literatura nacional, en la que también incursiona en el problema de la argentinidad, sus orígenes y su destino.

Pero no todo era reflexiones sobre el  “ser nacional” o la “argentinidad” en el mundo de la cultura. Por el contrario, la irrupción del peronismo produjo una verdadera crisis en el mundo de las letras especialmente. Muchos escritores miraban con desprecio a los Marechal, a los Manzi, a los Discépolo que habían decidido ir detrás de un “demagogo” como Perón. Me refiero a los literatos de “Sur”, Victoria Ocampo, Bioy Cásares o el mismo Jorge Luis Borges que para esa época publica “La fiesta del monstruo”, metáfora literariamente irrelevante de la “barbarie peronista”. De hecho es “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, del inconfundible antiperonista Ezequiel Martínez Estrada tal vez la contra obra al planteo de Estrada sobre el Martín Fierro.

Le sugiero, al lector que le interese esta temática en especial, recurrir al ensayo de Abelardo Ramos  “Crisis y resurrección de la literatura argentina” donde con claridad el autor expone, la relación entre literatura y poder político en el marco de un país dependiente. En menor medida también la excelente obra "Imperialismo y Cultura" de Hernández Arregui puede servir.

Para ir cerrando, cabe decir que es cierto que en su última etapa Astrada deja de lado su incondicional apoyo al peronismo y asume una postura más crítica, tanto del peronismo como de distintas figuras de la historia argentina, particularmente Rosas. Pero este giro de su vida no menoscaba sus extraordinarios aportes a la filosofía del campo nacional, ni puede esconder el hecho de que su mayor protagonismo como intelectual lo tuvo con Perón, escribiendo una de las páginas más relevantes de la filosofía en Argentina.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Romance al martirio de Dorrego

El fusilamiento del Manuel Dorrego , ordenado por Juan Lavalle el 13 diciembre de 1828, fue tal vez uno de los hechos sangrientos que más secuelas trajo para la vida política argentina. El asesinato de Dorrego desató una guerra civil que durará hasta 1852 y que seguirá luego hasta provocar el aniquilamiento de los caudillos del interior por la "civilizada" Buenos Aires.


Desde Esteban Echeverria, hasta Ernesto Sábato, los intelectuales de las clases dominantes han querido tergiversar este hecho, negando la dimensión política de Dorrego y ocultando la criminalidad de Lavalle.


Desde el lejano asesinato hasta el presente se advierte un intento, una política, de diluir y colectivizar las culpas históricas. El culpable de cada crimen no es quién lo comete y quienes fueron sus cómplices directos, hay que negar la culpa, licuarla. O convertir en víctimas a los victimarios.


El relato que pretende exculpar a Lavalle construye una explicación de las luchas civiles desde una historia "sin buenos ni malos", donde se degollaron unos a otros, donde tanto unos como otros concurrieron como iguales a la construcción del la Argentina actual.


Esto es una trampa del sistema, que impide visualizar y diferenciar los verdaderos proyectos políticos subyacentes, tanto los que promovieron nuestro progreso como los que fueron responsable de nuestro atraso y estancamiento como Nación.


El propio Lavalle apelaba al juicio histórico de su acto. Pues bien, éste señala que, tras el asesinato de Dorrego, crimen que el pueblo ni justificó ni justificará jamás, se impuso la primera tiranía en tierras argentinas e instaló el golpismo militar como método político para consumar la entrega y la enajenación de las riquezas patrimoniales de la Nación. Y esto fue así, aunque muchos hoy lo ignoren, y a pesar de que las clases dominantes hayan negado, mentido y ocultado desde hace casi 190 años. 


"Este crimen horrendo es el más atroz e injusto que se haya cometido en toda la historia de la Patria. No tiene justificación alguna, fusilar al gobernador legal de un Estado que ha sido libremente elegido por sus conciudadanos. Y si ese hombre es nada menos que un soldado de la Independencia, oficial de San Martín y de Belgrano, héroe en el campo de batalla, no solamente es un crimen atroz contra un hombre, lo es contra todo un país y contra toda la civilización", analizaba Juan Perón en  "Breve historia de la problemática argentina."


Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro


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Golpe de Estado


No haré un recorrido histórico de los hechos que desencadenaron el fusilamiento de Manuel Dorrego ni del contexto político en el que se desarrollaron, en esta ocasión voy a detenerme en la interpretación y la lectura histórica-política que el aparato cultural del sistema ha realizado de este magnicidio.

Presionado por Inglaterra, sin los factores de poder que lo apoyen, Dorrego tuvo que firmar la paz con el Brasil (luego de ganar la batalla de Ituzaingo) aceptando la mediación inglesa que impuso la independencia de la Banda Oriental. Así nacía la República Oriental del Uruguay en agosto de 1828. Dorrego había sido políticamente derrotado y el estado oriental, ahora "independiente" se convertía en un instrumento geopolítico estratégico en manos de la política británica en el Río de la Plata. Llegaba la hora del contragolpe oligárquico.

La derrota diplomática de la guerra con el Brasil y el descontento de las tropas que regresaban desmoralizadas, fueron utilizados como excusa por los unitarios para conspirar contra el gobernador. Ese era el plan, como lo anticipaba el acérrimo enemigo de Dorrego Julián Segundo de Agüero en su carta a Vicente López: "el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos".

Mediante una sucesión de maniobras supervisadas por el Imperio Británico, con el agudo ojo de Lord Ponsomby, la oligarquía porteña desplegó un plan destituyente. El gobernador federal es derrocado, y Lavalle, al frente del ejército, se lanza a la captura del "coronel del pueblo". Fue en la noche del 10 de diciembre cuando Dorrego cae prisionero de las armas unitarias. Lo llevan al campamento central de Lavalle en la localidad de Navarro, allí se desencadenará la última escena de esta tragedia.

Captura y magnicidio


Ahora debemos desentrañar, recurriendo a reconstrucción histórica y a los documentos, si Lavalle fue plenamente conciente del crimen que cometió, y si el mismo fue una decisión política deliberada o no.

Reconstruyendo los hechos desencadenantes, recapitulamos que el 11 de diciembre de 1828 llega la noticia de la captura de Dorrego a Buenos Aires. El 12 tiene lugar el conclave masónico secreto en el cual se ratifica la decisión de fusilar a Dorrego. Los confabulados se movilizan; quieren evitar que Lavalle vacile ante su antiguo camarada de armas. Los "doctores" de Buenos Aires deciden robustecer la decisión del militar amotinado de fusilar al jefe del Partido Federal. Le acosan, le hostigan epistolarmente. Con misivas intrigantes, los hombres salientes de la política porteña gravitan en la decisión del futuro magnicida:

"Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que la ha hecho correr, está formado: ésta es la opinión de todos sus amigos de usted; esto será lo que decida de la revolución; sobre todo, si andamos a medias... En fin, usted piense que 200 o más muertos y 500 heridos deben hacer entender a usted cuál es su deber... "Cartas como éstas se rompen, y en circunstancias como las presentes, se dispensan estas confianzas a los que usted sabe que no lo engañan, como su atento amigo y servidor Juan C. Varela". (Carta de Juan Cruz Varela dirigida a Lavalle del 12 de diciembre de 1828.

Salvador María del Carril también le insinúa la necesidad de tomar medidas contundentes contra Dorrego, en carta del 12-12-1828 le expresa: "(...) Ahora bien, general, prescindamos del corazón en este caso (...) Así, considere usted la suerte de Dorrego. Mire usted que este país se fatiga 18 años hace, en revoluciones, sin que una sola haya producido un escarmiento (...) En tal caso, la ley es que una revolución es un juego de azar en el que gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra, y no cortará usted las restantes; ¿ entonces, qué gloria puede recogerse en este campo desolado por estas fieras?. Nada queda en la República para un hombre de corazón".

Juan Lavalle se niega a recibir a Dorrego. No hay clemencia, la suerte del gobernador está echada. Dorrego escribe sus últimas cartas... Eran las 2 y media de la tarde en Navarro. Dorrego está preparado para recibir a la muerte, el Padre Castañer, su primo, le dio auxilio religioso. Después, suena la descarga. Dorrego ha sido asesinado.

Parto de la violencia criminal de la oligarquía


El fusilamiento de este mártir nacional será el primer ejemplo cruel de la violencia que el régimen desencadenará permanente y sistemáticamente contra los hombres que intentaron resistir la entrega. Vendrán más: Facundo Quiroga, Martiniano Chilavert, el Chacho Peñaloza, y una incontable lista de perseguidos y asesinados por la oligarquía en nombre de una "revolución libertadora" que como la de Lavalle tenía un solo objetivo: la entrega de la Patria al vasallaje imperialista.

La historia argentina es violenta. Desde el desembarco de los españoles a sangre y fuego hasta los 30.000 desaparecidos; pasando por los genocidios de las últimas montoneras del siglo XIX, los fusilamientos de la Patagonia, la represión de la Semana Trágica, los bombardeos de Plaza de Mayo en 1955, los asesinatos de los basurales de José León Suárez, el fusilamiento del General Valle, la lista es casi interminable... nuestra historia está formada por bloques de terror que han construido un muralla que todavía hoy nos circunda.

Particularmente, el fusilamiento cometido en diciembre de 1828 en la figura del Coronel Manuel Dorrego, a la sazón Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, fue tal vez el hecho sangriento que más consecuencias trajo para la vida política argentina. Desde el primer momento, este asesinato desata una guerra civil que durará hasta 1852 y que seguirá luego, aunque por otros motivos, hasta provocar el aniquilamiento de los caudillos del interior por la "civilizada" Buenos Aires. Una profunda ruptura política fue engendrada por los cuatro disparos que se clavan en el cuerpo de Dorrego.

Lavalle y la comprensión histórica de sus actos


"Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad... fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos", le aconsejaba Salvador María del Carril a Lavalle en una carta después del fusilamiento de Dorrego.

Haciendo caso omiso de los consejos, luego de la ejecución, Lavalle envía a Buenos Aires el siguiente parte: "Participo al gobierno delegado, que el coronel Don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división."

"La historia, el Señor Ministro, juzgará imparcialmente, el coronel Dorrego ha debido o no morir; si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estar poseído de otro sentimiento que el del bien público."

"Quisiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires, que la muerte del Coronel Dorrego, es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio".

"Saludo al Señor ministro, con toda atención".

"Juan Lavalle"

Como leemos en la misiva, Lavalle tenía plena conciencia de su conducta, del magnicidio cometido y del dolor causado.

La política de la historia


"...Lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia, en que ésta es sólo un instrumento de planes más vastos, destinados precisamente a impedir que la historia, la historia verdadera, contribuya a la formación de una conciencia histórica nacional...", nos enseñaba Arturo Jauretche.

A más de 190 años y siguiendo a Don Arturo, es procedente indagar como el aparato cultural del sistema y la historia oficial falsificó, negó, ocultó y mintió los hechos que tratamos en esta nota.

Lavalle, como lo dice en el parte del fusilamiento, ingenuamente expresa que confía en el juicio de la historia. Como vimos, del Carril, luego vicepresidente de Urquiza, propone mentir y engañar a los vivos y a los muertos. Y así fue. Se mintió u ocultó a través de la consiguiente operación histórica ideológica que ejecutó el aparato cultural del sistema. Hoy, muchos, directamente ignoran lo que pasó y las nefastas consecuencias.

Manuel Dorrego.
¿Dónde colocar a Dorrego?



La historia liberal no puede colocar en el panteón oficial a Dorrego. Primero porque el propio Mitre lo considerada como "el único prócer federal". Segundo, porque no pueden reivindicar un hombre al que mandaron asesinar impunemente. ¿Dónde colocarlo entonces a Dorrego, dónde encaja?

Es preciso olvidar el asesinato, achicar su figura, negar su trascendencia. Así, ha tenido mayor difusión la banal anécdota de su burla a la voz aflautada de Belgrano que sus denuncias contra el ominoso empréstito Baring que comprometía no sólo a Rivadavia, sino también a miembros de la elite porteña. Se lo tacha con el calificativo de "loco", "insubordinado" "conspirador" y se opta por recordarlo como un héroe de las guerras de la independencia más que como el brillante tribuno que criticó audazmente la "aristocracia del dinero".

La "espada sin cabeza"


Ya en el siglo XIX, las plumas de oligarquía eran conscientes de que Lavalle era indefendible. Acusarlo de impulsivo, hombre sin razón, fue la forma de ocultar la criminalidad de sus actos y la matriz antidemocrática de su política. El joven "romántico" Esteban Echevarria, el mismo que antes lo elogiaba, le escribía un poema donde se pretendía dibujar la silueta histórica de Lavalle. Echeverria, disfrazado de Lord Byron local, le coloca el mote de espada sin cabeza en estos versos:

"Todo estaba en su mano y lo ha perdido.
Lavalle es una espada sin cabeza.
Sobre nosotros entre tanto pesa
su prestigio fatal, y obrando inerte
Nos lleva a la derrota y a la muerte"
Lavalle, el precursor de las derrotas.
OH, Lavalle! Lavalle, muy chico era
para echar sobre sí cosas tan grandes”.

Para los jóvenes de la "ciudad de las luces", Lavalle no era un asesino, ni un golpista. Era sólo un hombre "sin luces", cuyo principal error no eran sus atroces crímenes, sino haber sido derrotado. Y con su derrota haber posibilitado el ascenso de Juan Manuel de Rosas.

Negar y olvidar


En su derrotero auto justificatorio, las clases dominantes recurren a cualquier artilugio discursivo. Y, si es posible negar, olvidar que Dorrego fue asesinado por la oligarquía, mejor. En este sentido es revelador leer al historiador neomitrista Félix Luna (recientemente fallecido) que en su libro: "Breve historia de los Argentinos" escribe al respecto: "Lamentablemente (sic) el gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, un federal que gozaba de la confianza de los caudillos del interior, fue derrocado por un cuerpo de los antiguos combatientes de la guerra con Brasil, encabezado por Juan Lavalle. Este hecho abrió nuevamente un período de guerra civil, que se dio en dos escenarios: Buenos Aires y el interior." ¿Tan "breve" es esa historia de los argentinos que no hay una línea para referirse al fusilamiento de un gobernador electo por el pueblo? ¿Tan breve es, que no hay espacio para comentar tamaño magnicidio en el que todos reconocen comienzan las desventuras del pueblo argentino?

Es preciso negar y olvidar o sino... ¿Dice algo el Manual del Alumno X sobre la matanza que vino después del fusilamiento de Dorrego? ¿Por qué no? ¿Será que no es "académico" decirlo? ¿Se menciona en los manuales de historia oficial a Juan Cruz Varela que desde "El Pampero" exige que "se deben degollar cuatro mil para mantener quieta esa gaucha canalla"? No, no se lo menciona. La política de la historia oficial es falsificar y negar, total.... En una población que en la campaña de Buenos Aires, escenario de esas atrocidades, no pudo haber superado las 150 mil almas ¿Qué proporción son 4 mil? Hoy, con una población 40 veces superior, hablaríamos de 160 mil desaparecidos, y en solo un año. Pero, claro, no eran más que gente pobre, gauchos, gente sin abogados que los defiendan, condenados a dejar sus osamentas en la pampa, la "canalla" que no se merecía ni ser cristianamente sepultada. Todos los genocidios cometidos por la oligarquía a lo largo de la historia, fueron sistemáticamente negados por la historia oficial. Esa es la verdad, la amarga verdad.

¿Fue un error, un exceso?


¿Pero, cómo explica, cuando no la niega, la historia oficial el fusilamiento de Dorrego? A muchos les han enseñado que el fusilamiento en los campos de Navarro fue un "error" de Lavalle.

Un "lamentable" error. Ese es la infantil razón que esgrime: un error. La historia oficial está repleta de errores de ese tipo.... Un "exceso" dirían 150 años después, para justificar la última dictadura militar.

¿Y con Lavalle qué hacer?


Juan Lavalle creía en el juicio de la historia, y lo invocaba para su criminal proceder. La historiografía oficial, la de la oligarquía y el aparato cultural, absolverá totalmente al ejecutor de Dorrego que se alió a los franceses para invadir su propia patria años más tarde de aquel criminal asesinato.
Juan Lavalle.

Los restos de Lavalle, representante de la oligarquía porteña, fueron repatriados en 1861, después de Pavón, en la época que el Estado de Buenos Aires se encontraba escindido de la Confederación... No es de extrañar que tal repatriación, en ese contexto histórico, fuera simbólicamente una ratificación de poder de la oligarquía portuaria.

Y tampoco es de extrañar que el monumento a Lavalle, que se alzó en la plaza que lleva su nombre en 1887 durante la presidencia de Juárez Celman, se haya levantado en el terreno de lo que era el antiguo solar que pertenecía a la familia Dorrego.

Convertir al victimario en víctima


Y el aparto cultural decide no solamente justificar el magnicidio de Lavalle calificándolo de error, sino que va por más: convierte al victimario en víctima.

La construcción de "Lavalle-Víctima" es una operación cultural que José Pablo Feinman desenmascara en su libro "La sangre derramada": "En el fusilamiento de Dorrego se ha insistido, a lo largo de toda nuestra historia, en ver a dos víctimas: al fusilado y al fusilador. Dorrego muere y es la gran víctima del federalismo. Lavalle no muere pero permanece hundido en una desdicha que, con frecuencia, pareciera ser mayor que la de Dorrego: es la desdicha que genera la culpa. Lavalle ha sido la principal victima de su temperamento, de su pasión descontrolada, de los malos consejos de sus consejeros. Esta imagen -victima, del Lavalle-tragedia ha sido desarrollada por el referente masculino de la nación, Ernesto Sábato, en una trama lateral de su novela "Sobre héroes y tumbas". Convocó, con su infalible efectividad, la adhesión, la emoción y el deslumbramiento de los sectores culturales medios argentinos. En verdad, la vigencia de ese Lavalle se debe en gran medida a las paginas que Sábato le dedicara en esa novela fetiche, deudora kitsch de las filosofías de la tragedia, publicada a comienzos de la década del sesenta".

Cuando se publicó la novela, se produjo además una exitosa obra musical inspirada en el texto y así, la muerte oprobiosa de Manuel Dorrego, gran patriota, tiene hoy menos popularidad que la de su verdugo, Juan Lavalle, cantada épicamente por Ernesto Sábato, a pesar de haber combatido contra su patria como jefe de las fuerzas terrestres del bloqueo francés y haber muerto en un incidente policial oscuro.

El general Lavalle, en la mencionada novela, viene a ser la figura emblemática del héroe romántico. "Una espada sin cabeza", como lo llamó Echeverría: pura pasión, poca razón, mucha contradicción. En la novela, Lavalle simboliza el ser puro manipulado, inimputable y tirado luego a la basura por la minoría ilustrada.

Sábato y la justificación de la oligarquía


No es extraño tampoco que un intelectual como Sábato haya escrito esta historia y de esa manera. Dirigente comunista en su juventud, eterno detractor del peronismo, Sábato fue premiado por la "Libertadora" con la intervención del diario "El mundo" en 1955. Fue uno de los primeros en aportar una interpretación nefasta y gorila del peronismo tras el derrocamiento de su segundo gobierno, la cual apareció publicada bajo el título de "El otro rostro del peronismo" en el año 1956. En este ensayo, Sábato critica ásperamente al peronismo sosteniendo que "el motor de la historia es el resentimiento que, en el caso argentino, se acumula desde el indio, el gaucho, el gringo, el inmigrante y el trabajador moderno, hasta conformar el germen del peronista, el principal resentido y olvidado". Así es el nivel de análisis científico de un ex marxista: el motor de la historia no es la lucha de clases ni las fuerzas de producción sino el resentimiento. En ese libelo, tampoco se priva Sábato de calificar a Perón como nazi, tirano, corrupto y cuanto calificativo infame se le pueda ocurrir al lector.

Su ambigua trayectoria continúa cuando el 19 de mayo de 1976, Jorge Rafael Videla lo invitó, a un almuerzo en la casa rosada al que asistió con un grupo de escritores argentinos, entre los que se encontraban Jorge Luis Borges, Horacio Esteban Ratti y el cura Castellani. Luego del encuentro Sábato declaró a la prensa: "El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente". Esas elogiosas palabras resuenan en los laberintos de la historia argentina, todavía...

El mismo Sábato, ya mutado en mariposa democrática, sería nuevamente funcional: vendría el juicio a la Junta, los aplausos, el papel de sabio que está más allá del bien y del mal, la Conadep, el "Nunca Más" y su personal contribución: el adefesio ideológico-moral llamado "teoría de los dos Demonios". Ambos contendientes tienen la culpa, guerrilleros y militares, peronista y antiperonistas, unitarios y federales, Lavalle y Dorrego. Es preciso colectivizar la culpa. Las ideologías han muerto. Ni víctimas ni verdugos.

"Sin buenos ni malos"


El relato de la oligarquía que pretende exculpar a Lavalle construye una explicación de las duras y trágicas luchas civiles desde una historia "sin buenos ni malos", donde se degollaron unos a otros, donde tanto unos como otros concurrieron como iguales a la construcción del la Argentina actual. Eso es una trampa del sistema, que nos impide visualizar y diferenciar los verdaderos proyectos políticos subyacentes, tanto los que promovieron nuestro progreso como los que fueron responsable de nuestro atraso y estancamiento como Nación.

Este argumento quiere exculpar a los responsable principales. Es absurdo por donde se lo mire. No tienen la misma responsabilidad un militante de una organización armada de los 70 que la cúpula golpista que cometió un genocidio y entregó la económica nacional. El genocidio del Gaucho o del Indio no se podrá justificar jamás por la supuesta "barbarie" de sus actos aislados. No fueron, ni son, ni somos, todos iguales, ni tenemos las mismas responsabilidades. Lavalle y Dorrego no son las dos caras de una misma moneda; son dos visiones totalmente distintas de país, dos formas antagónicas de concebir la política, la economía, la democracia y el rol del pueblo.

Colectivizar la culpa


Desde el lejano asesinato de Dorrego hasta el presente se advierte un intento, una política, de diluir y colectivizar las culpas históricas. El culpable de cada crimen no es quién lo comete y quienes fueron sus cómplices directos, hay que negar la culpa, licuarla. Esos son los disvalores que rigen en una sociedad ahistórica, sin memoria y moralmente debilitada. El pueblo argentino lleva esta carga amoral en sus espaldas que es preciso removerla, sacudirla definitivamente.

Lavalle, el General Juan Galo de Lavalle, el valeroso héroe de nuestra independencia cometió un crimen, él y sus cómplices deben ser juzgados por la verdad histórica, sin prejuicios y sin leyendas románticas que suavicen el personaje o distorsionen los hechos. El propio Lavalle apelaba al juicio histórico, pues bien, éste señala que, tras el asesinato de Dorrego, crimen que el pueblo ni justificó ni justificará jamás, impuso la primera tiranía en tierras argentinas e instaló el golpismo militar como método político para consumar la entrega y la enajenación de las riquezas patrimoniales de la Nación.

Él no es merecedor ni de la justificación de su crimen ni de la compasión que puede despertar su supuesto arrepentimiento posterior. Pero su proceder me permite establecer un denominador común en todos los golpes de estado: lo llevan adelante soldados, algunos nacionalistas y disfrutan de sus beneficios los liberales, los hombres de negocios que consideran deben de detentar el poder político que han perdido en manos de los sectores populares que tanto desprecian. Esa es la matriz innegable de todos los quiebres institucionales en la historia argentina.

Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro.

domingo, 6 de diciembre de 2015

“Felipe Varela viene...”: El interior federal contra Mitre y la Proclama del 6 de diciembre de 1866

El 6 de diciembre de 1866 el caudillo federal Felipe Varela se levantó en armas contra el gobierno de Mitre. En esa ocasión lanza una proclama política que, junto con el Manifiesto que elaborará en 1868, son documentos políticos de enorme relevancia para el pensamiento federal. Varela se diferencia de otros caudillos federales porque tiene una lucidez política para interpretar, evaluar y comunicar los alcances del movimiento. José Pablo Feimann, en su obra más sincera, “Filosofía y nación”, opina que “la proclama del 66 y el Manifiesto del 68, constituyen uno de los más altos momentos del pensamiento argentino”.


En repudio a la política oligárquica de Mitre y en abierta oposición la Guerra de la Triple Infamia, el 6 de diciembre de 1866 Felipe Varela comienza uno de los últimos intentos revolucionarios de las luchas civiles del siglo XIX, uno de los estertores finales del país federal, con un programa de lucha americano, digno y nacional, pero materialmente irrealizable y políticamente impotente.


Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro
 

Felipe Varela. Cuadro “El quijote de los caudillos”, de Octavio Calvo.

Contra Mitre y la Guerra de la Triple Infamia

Internamente para Argentina la guerra contra el Paraguay significó la continuación necesaria y lógica de la guerra de la oligarquía mitrista contra el Litoral y el interior del país. La conflagración agudizó todas las contradicciones no resueltas a lo que se le sumó la impopularidad de la misma.

El maestro Fermín Chávez comenta que: “La guerra del Paraguay fue impopular en todas las provincias ya que, gestada en gabinetes y trastiendas, se la consideró una empresa de Buenos Aires; de los porteños y brasileros. Los propios jefes mitristas dejaron testimonios de lo que ocurría, informando que los voluntarios iban al ejercito atados codo con codo”.

El cuadro es grave para la Republica mitrista, la Argentina de 1860 se estaba empezando a parecer a la del 1820. Los federales se alinean políticamente con los paraguayos, son “paraguayistas”, incluso algunos de sus mejores cuadros se alistan en las filas paraguayas como Telmo López, hijo del Brigadier Don Estanislao López, Patriarca de la Confederación. El gauchaje se niega a ir a pelear contra un pueblo hermano del Paraguay. Los “voluntarios” tienen que ser llevados al frente engrillados. Ni el propio Urquiza, que seguía siendo el “jefe” formal del Partido Federal puede garantizar los entrerrianos, que se desbandan en Arroyo Basualdo.

Se forma una corriente de opinión antibelicista. Pensadores y publicistas de la talla de José Hernández, su hermano Rafael, Agustín de Vedia, Miguel Navarro Viola y Carlos Guido y Spano denuncian en panfletos y diarios el crimen de la guerra contra el pueblo hermano del Paraguay. Pero ésta será la hora brillante de Alberdi que, desde Francia, esclarece en innumerables folletos los intereses específicos de la guerra. Deja escritos notables, categóricos, que son devorados por los argentinos de ese tiempo. La oligarquía no perdonará jamás tamaña afrenta. Mitre desde su diario “La Nación” lo llamará “traidor”, “sicario” y “renegado”. Sarmiento con su impune facilidad para alzar calumnias lo denunciará de “estar  a sueldo de Solano López”.

El conocimiento público del “Tratado de la Triple Alianza” y la absurda derrota de Mitre en Curupaitý fueron dos hechos que funcionaron como detonadores e hicieron estallar revueltas en todo el territorio nacional. La montonera vuelve... es  la “hora de los gauchos matreros”.

Motines, sublevaciones, desacatos y chirinadas se suceden por todas partes... Un contingente de riojanos que se dirigían al Paraguay son sublevados por Aurelio Salazar, montonero “histórico”, que decide darle pelea a los porteños en los llanos. Los levantamientos se suceden en San Juan, Mendoza y Córdoba, los gauchos se resisten a seguir su camino hacia el Litoral para luego ser embarcados al Paraguay. Los entrerrianos reunidos por segunda vez, vuelven a desertar ahora en Arroyo Toledo. La deserción en masa del gauchaje testimonia la impopularidad del enfrentamiento.

El centro del conflicto era el noroeste. Se había producido un movimiento federal cuyano, un levantamiento que venía combinado con destacadas figuras que se habían refugiado en Chile y ahora volvían a luchar contra el centralismo porteño, entre ellos viene Felipe Varela.

La Proclama de Felipe Varela

Varela se diferencia de otros caudillos federales porque tiene una lucidez política para interpretar, evaluar y comunicar los alcances del movimiento. Juan Pablo Feimann, en su obra más sincera, “Filosofía y nación”, opina que: “La proclama del 66 y el Manifiesto del 68, constituyen uno de los más altos momentos del pensamiento argentino”. 

En sus Manifiestos, Varela deja expuestos los objetivos políticos de la asonada con claridad, sus conceptos ideológicos, su idea de construcción de una patria soberana liberada de la oligarquía porteña y de los brasileros, denuncia la guerra del Paraguay, proclamaba la lealtad a la Constitución, las autonomías provinciales y requiere una alianza con las provincias del litoral. Pero lo más interesante y definitivo del movimiento político liderado por Felipe Varela fue su americanismo.

En 1868, en Bolivia, hace Varela conocer el texto de su Manifiesto que aparece encabezado con una consigna que resume su proyecto político: ¡Viva la Unión Americana!  Reverdecía la Patria Grande de San Martín y Bolívar, la unidad continental actualizada ahora por el ataque de Francia a México, la agresión española en el Perú y la invasión de EE.UU. a Santo Domingo.

El historiador revisionista José María Rosa en un artículo, “El coronel Felipe Varela y el Paraguay” pinta, con su prosa singular, el siguiente retrato del personaje en cuestión: “Es ahora que hace su aparición en la historia Argentina el coronel Felipe Varela. Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Varela conservaba el tipo del antiguo hidalgo castellano, como es común entre los estancieros del noroeste argentino. Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote en algo más que la apariencia física. Era capaz de dejar todo: la estancia, el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y razonamientos cuerdos del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa. - Aunque fuera una locura”.

Uno de los estertores finales del país federal

Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños y caballerías. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa de abatir endriagos y redimir causas nobles. Todo un pueblo lo seguiría.”

Era un estanciero de Guandacol en La Rioja, aunque catamarqueño nacido en Valle Viejo. Había intervenido como en las guerras iniciales del Chacho, fue ayudante y edecán del General Urquiza, después de Pavón recibió las jinetas de Coronel de la Nación, estuvo en Entre Ríos donde pudo comprobar la impopularidad de la guerra con el Paraguay, y estando en Chile en uno de sus exilios se adhiere a la “Unión Americana”, posiblemente en la filial de Copiapó. Desde Chile y como miembro de la Unión alcanza una visión geopolítica del problema americano. Ha comprendido que “las secciones aisladas de la América serán siempre entidades políticas insignificantes, incapaces de inspirar respeto, en cambio, unidas se bastarán a sí mismas para la defensa de la autonomía e independencia”.

Cuando toma conocimiento del Tratado de la Triple Alianza ordena vender su estancia, compra con lo obtenido dos cañoncitos, algunas pocas armas, desechos del ejercito chileno y se lanza a una de las epopeyas más románticas que tiene la historia argentina. En el comienzo lo acompañan no más de cien hombres y una banda de musiqueros chilenos para amenizar el paso de la cordillera.

Las fuerzas nacionales intentan cerrarle el paso pero les vence en “Nacimiento”. Estamos en diciembre de 1866, la montonera del Varela llega a Jachal, la gente lo recibe con entusiasmo. Los doscientos llegados en diciembre son 4.000 en marzo. La revolución está en marcha.

Los rebeldes derrotan a los ejércitos mitristas en la “Rinconada del Pocito”, en “Portezuelo” y en “Luján”. Toman San Juan y San Luis y amenazan marchar sobre Buenos Aires pero resultan vencidos en “San Ignacio” por las fuerzas traídas del frente paraguayo. Con éste revés y con la derrota de Varela en “Pozo de Bargas”, el levantamiento federal quedó militarmente sofocado. Felipe Varela resiste con los 180 sobrevivientes de “Pozo de Vargas” e intenta una guerra de guerrillas sin resultados, lo persiguen implacablemente tres ejércitos frescos y bien armados venidos del Paraguay.
 
El Coronel Varela toma entonces el camino de Chile, lo siguen muy pocos hombres que van en busca de la protección que da el exilio. Dada la fama del caudillo, el gobierno chileno manda un buque de guerra para desarmar al “ejército”. Se habrán sorprendido cuando encuentran a Varela enfermo de tuberculosis en estado terminal y dos docenas de gauchos harapientos. Les quitan las mulas y los facones y los tienen detenidos un tiempo. Vista su absoluta falta de peligro los sueltan. No obstante Sarmiento, ya en la Presidencia, ordena al cónsul que el caudillo sea vigilado. Varela se instala en Copiapó, donde morirá el 4 de junio de 1870 poco después de terminada la guerra contra el Paraguay. “Muere en la miseria –informará el embajador Félix Frías al gobierno argentino- legando a su familia que vive en Guandacol, La Rioja, sólo sus fatales antecedentes”.

No será ésta la última montonera, como algunos autores la llaman; durante la presidencia de Sarmiento, se verán nuevamente en escena a los gauchos federales sublevarse en Entre Ríos a la orden de López Jordán. El intento revolucionario de Varela es sí uno de los estertores finales del país federal, con un programa de lucha americano, digno y nacional, pero materialmente irrealizable y políticamente impotente. La imposibilidad histórica de ésta lucha la encontramos en la impotencia política de marchar independientemente de Urquiza. Felipe Varela levantaba entre sus consignas la de “Viva al ilustre General, don Justo José de Urquiza”, pero Urquiza ya había defeccionado de la causa nacional, aliado de la oligarquía porteña quería que lo dejasen en paz en su provincia (nuestra Entre Ríos). Había encontrado el negocio de vender vituallas y caballadas al ejército brasilero y dejaba hacer contra el Paraguay y contra la mayoría del país de los argentinos del interior federal que todavía tenían la ingenua esperanza de un Pronunciamiento.

Mitre, frente al pueblo siempre estuvo Mitre

Así llegaba a su fin la Presidencia de Don Bartolomé Mitre, en medio de un cuadro de desastre total: la guerra del Paraguay empantanada sin soluciones a la vista cobrando vidas argentinas, el interior en estado de rebelión y para peor, la ciudad de Buenos Aires víctima de una epidemia de cólera que se atribuía a la infección de las aguas producidas por los cadáveres tirados a los ríos Paraguay y Paraná. Ante semejante cuadro Mitre no podrá imponer su sucesor Elizalde que era catalogado como “el candidato del imperio” por los contrarios a la guerra. Lo sucederá Sarmiento, su opositor, pero aliado estratégico de la oligarquía porteña en la construcción de la República Liberal y civilizadora.

Después de tan rotundo fracaso político y militar era de suponer que Don Bartolo se retirara a escribir su versión de la historia argentina y preparar su propia beatificación, pero, no fue así. Había nacido en 1821 y en 1868 cuando le entrega la presidencia a Sarmiento era un hombre que no llegaba a los cincuenta años. En 1874 será candidato a Presidente pero Avellaneda le ganará las elecciones. Mitre denunciará cínicamente fraude y se sublevará contra las autoridades elegidas. Participará ambiguamente en la revolución del 90. A principios del siglo XX será Senador. Mitre intervino decisiva y directamente durante más de 40 años en la vida política argentina a través de dos medios: el prestigio ganado en la burguesía porteña que lo idolatraba y su diario “La Nación”.

Fue sin duda alguna un protagonista innegable de su tiempo, nada se hacía en los ámbitos liberales - conservadores sin consultarlo previamente, fue un persistente formador de opinión. Don Bartolo, el que se reservaba la última palabra, falleció a los 84 años, el 19 de enero de 1906. Su diario, al igual que su fundador sigue en la actualidad formando opinión y pretende todavía, dar la última palabra... a veces lo logra.

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Proclama de Felipe Varela  (diciembre 1866)

Fuente: Contratiempo, Revista de pensamiento y cultura, año 2, Nº 4.

“¡Argentinos! El hermoso y brillante pabellón que San Martín, Alvear y Urquiza llevaron altivamente en cien combates, haciéndolo tremolar con toda gloria en las tres más grandes epopeyas que nuestra patria atravesó incólume, ha sido vilmente enlodado por el general Mitre, gobernador de Buenos Aires.
”La más bella y perfecta Carta Constitucional democrática, republicana, federal, que los valientes entrerrianos dieron a costa de su sangre preciosa, venciendo en Caseros al centralismo odioso de los espurios hijos de la culta Buenos Aires, ha sido violada y mutilada desde el año sesenta y uno hasta hoy, por Mitre y su círculo de esbirros.
”El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del caudillo Mitre —orgullosa autonomía porteña del partido rebelde—, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero-Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaytí.
”Nuestra Nación, tan feliz en antecedentes, tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan engalanada en glorias, ha sido humillada como una esclava, quedando empeñada en más de cien millones de pesos fuertes y comprometido su alto nombre a la vez que sus grandes destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo porteño que, después de la derrota de Cepeda, lacrimando juró respetarla.
”Compatriotas: Desde que aquél usurpó el Gobierno de la Nación, el monopolio de los tesoros públicos y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser el patrimonio de los porteños, condenando al provinciano a cederles hasta el pan que reservara para sus hijos. Ser porteño es ser ciudadano exclusivista, y ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del gobierno de Mitre.
”Tal es el odio que aquellos fratricidas tienen a los provincianos que muchos de nuestros pueblos han sido desolados, saqueados y guillotinados por los puñales de los degolladores de oficio, Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazábal y otros varios oficiales dignos de Mitre.
”Empero, basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón y sin conciencia. Cincuenta mil víctimas hermanas, sacrificadas sin causa justificable, dan testimonio flagrante de la triste e insoportable situación que atravesamos y que es tiempo ya de contener.
”¡Valientes Entrerrianos! Vuestros hermanos de causa en las demás provincias os saludan en marcha al campo de la gloria, donde os esperan. Vuestro ilustre jefe y compañero de armas, el magnánimo Capitán General Urquiza, os acompañará y bajo sus órdenes venceremos todos, una vez más, a los enemigos de la causa nacional.
”A él y a vosotros obliga concluir la grande obra que principiasteis en Caseros, de cuya memorable jornada surgió nuestra redención política consignada en las páginas de nuestra hermosa Constitución, que en aquel campo de honor escribisteis con vuestra sangre.
”¡Argentinos, todos! ¡Llegó el día de mejor porvenir para la Patria! A vosotros cumple ahora el noble esfuerzo de levantar del suelo ensangrentado el pabellón de Belgrano para enarbolarlo gloriosamente sobre las cabezas de nuestros liberticidas enemigos.
”Compatriotas: ¡A las armas!... ¡Es el grito que se arranca del corazón de todos los buenos argentinos!
”¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores a la Patria! ¡Abajo los mercaderes de cruces en la Uruguayana, a precio de oro, de lágrimas y de sangre Argentina y Oriental!
”¡Atrás los usurpadores de las rentas y derechos de las provincias en beneficio de un pueblo vano, déspota e indolente!
”¡Soldados federales! Nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución jurada, el orden común, la paz y la amistad con el Paraguay y la unión con las demás Repúblicas Americanas. ¡Ay de aquel que infrinja este programa!