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sábado, 3 de febrero de 2024

Caseros y el Combate por la Historia: La traición y la “fuente” de la libertad

 

Caseros es el gran tema de la historia entrerriana y uno de los pilares de la historia "oficial" argentina. Abordarlo no es sencillo, ya que el debate se enciende rápidamente. Las argumentaciones deben ser claras, fundadas, por lo que son extensas casi siempre. Pero aún así no pueden convencer muchas veces a posturas antagónicas y apasionadas. 



Por eso deseo, antes de entrar en el análisis de la Batalla de Caseros (3 de febrero de 1852), hacer unas aclaraciones que considero imprescindibles antes de referirme o polemizar sobre Rosas, que son de igual o mayor importancia que el análisis de la efeméride en sí misma. Son unas premisas, que considero esenciales, a la hora de abordar el tema Rosas.
 
Obra artística sobre la Batalla de Caseros.

En función de este objetivo que mencioné en el párrafo anterior es que dividí la nota en dos partes. En la primera me referiré a Rosas y la historia, la historia oficial y el revisionismo y la forma en que creo que debemos discutir a Rosas hoy, partiendo desde unas premisas que considero como irrefutables. En la segunda parte, sí, me referiré a la Batalla de Caseros, analizando las causas y consecuencias, políticas, económicas y sociales, donde abordaré el rol central de Brasil como gran arquitecto de Caseros y la implantación de un nuevo modelo económico y social con la caída de Rosas.


Escribe: Dr. Alejandro Gonzalo García Garro



1. Juan Manuel de Rosas: Combates por la Historia

“¡OH Rosas te maldigo! Ni el polvo de tus huesos la América tendrá”.
José Mármol.

La misión de los unitarios

Cada vez que recordamos o discutimos sobre Rosas se impone en primer lugar afirmar que el propósito de los emigrados unitarios que regresaron a Buenos Aires después de Caseros y se apoderaron del gobierno fue clarísimo: destruir todo vestigio del régimen rosista. Mintieron, fabularondenigraron, vilipendiaron a Rosas, a su obra, a sus seguidores, y aun más, buscaron directamente borrarlo de la historia.

Esta maquinación la podemos verificar desde mucho antes de que Rosas fuese vencido en Caseros (1852), en el deseo y la predicción no cumplida de José Mármol, cuando en su poema “A Rosas” de 1843, maldice al “salvaje de las pampas que vomitó el infierno” y repite en dos estrofas distintas que “ni el polvo de tus huesos la América tendrá”. Este texto “poético” contiene una verdadera sentencia política que fue ejecutada prolijamente por el aparato cultural del sistema durante de 120 años. Los restos mortales de Don Juan  Manuel tuvieron que aguardar hasta 1989 para que pudieran descansar en la tierra que lo vio nacer, cumpliéndose así su última voluntad.

Rosas ocuparía durante muchos años el lugar del malvado en la historia oficial. Se enumeraban los crímenes perpetrados por la Mazorca, su negativa a organizar institucionalmente el país, la tiranía, las formas reaccionarias de ejercer el poder con facultades extraordinarias, la mirada estrecha para entender los cambios en el mundo exterior. Acusado de los más horrendos abusos fue durante años un innombrable que se lo mencionaba elípticamente como “el dictador” o “el tirano”.

Ese lugar de “maldito” sobrevive sin embargo en los últimos bolsones culturales de la oligarquía liberal y se derrama todavía a importantes sectores de la sociedad, incluida buena parte de la academia y las universidades. Es natural encontrar aún, de vez en cuando, alguna nota periodística de un indignado Sebrelli o de una aterrada María Sáenz Quesada por la “incomprensible vigencia” de la imagen del Restaurador.

Rosas, hoy

En la actualidad, Juan Manuel de Rosas ocupa un lugar en la historia, no es más un maldito marginal como otrora. En su dimensión popular, está considerablemente vaciado políticamente, como San Martín, como Moreno, pero tiene su territorio en la historia y el aparato cultural del sistema le ha otorgado un discreto lugar. Sus restos fueron repatriados después de una larga lucha y descansan en el panteón familiar del cementerio de la Recoleta. Desde 1999 tiene ya su monumento: una estatua ecuestre hecha en bronce del Restaurador se yergue en la ciudad de Buenos Aires en la esquina de Sarmiento y Libertador. Su rostro está impreso en los billetes de 20 pesos (el actual gobierno nacional dispuso que para los nuevos billetes no existan próceres, ilustrando con animales en su lugar, otra polémica para abordar) y en casi todas las ciudades de la Argentina una avenida, una calle o un barrio lleva su nombre.

Y, por fin, de un tiempo a esta parte los manuales de historia lo mencionan no como un tirano oscuro y sangriento sino como un gobernador de la provincia de Buenos Aires que gobernó con “mano dura” un largo y difícil período.

Ha sido el proceso desde el 2003 al 2015, mediante el gobierno nacional, sobre todo el de Cristina Fernández de Kirchner, quien ha recuperado al mejor Rosas, el antiimperialista y lo ha puesto en el panteón histórico con el feriado nacional del 20 de noviembre, en homenaje  la Batalla de la Vuelta de Obligado.

El Rosas de hoy es una victoria del combate por la historia

Pero esta institucionalización de Rosas, este reconocimiento, no fue otorgada por un gracioso favor del aparato cultural sino que fue el resultado de una lucha política que duró años y que señala entre otras cosas un triunfo del revisionismo histórico sobre la historiografía liberal.

Don Arturo Jaureteche escribió que: “Para comodidad en la exposición y simplificándola de una manera didáctica pudimos considerar la historia oficial como la tesis y el revisionismo como la antítesis”. El revisionismo tuvo la tarea de demoler en una vasta tarea la historia falsificada, oponerse como antitesis a ella. Creo que, faltaría -y es lo que se está gestando hoy cuando renace la polémica histórica-, un tercer movimiento historiográfico, la síntesis superadora, que colocase a Juan Manuel de Rosas en su verdadero lugar en la historia de la Patria. Despejado el terreno, desechada la mentira de la historia falsificada (tesis), surge el revisionismo histórico (antitesis) que rescata y valoriza la figura de Rosas. La dinámica de la dialéctica exige la síntesis. La historia oficial ya fue destronada, es preciso ahora objetivarse para una nueva polémica, una nueva interpretación que coloque a Rosas en un lugar ecuánime y objetivo en la historia argentina.

Esta nueva etapa se debe nutrir de la dialéctica histórica tal cual la imaginaba Walter Benjamin, que recupera el relato de los vencidos, porque “encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer” (Walter Benjamin, Tesis VI en “Sobre el concepto de historia”). Eso le paso a Rosas, sin dudas. Y en la derrota de los proyectos populares, que hay mucho de esto en nuestra historia, está lo que ha sido y puede ser nuestra Nación. Y una nueva mirada a nuestro pasado debe tener eso, recuperar la tradición de los oprimidos, los derrotados, los humillados, los exiliados, se debe nutrir de los malditos, es “cepillar la historia a contrapelo” como la Tesis VII de Benjamin.

Es una historia con perspectiva de futuro y funcional al presente. “Necesitamos de la historia, pero de otra manera de como la necesita el ocioso exquisito en los jardines del saber”, dice el Nietzsche que cita Benjamin, porque “el sujeto el sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma”, el pueblo me permito decir, pero “cuando combate”, tal reza la Tesis XII. Para eso debe servir la historia. Este debe ser el compromiso de los historiadores y en especial los historiadores y divulgadores históricos del campo nacional que entienden que “La historia es la política del pasado y la política la historia del presente.”

Desde dónde partir para hablar de Rosas

Hechas las aclaracionesen función de esa imprescindible síntesis considero que cualquier mirada del hoy sobre Rosas tiene que partir de la aceptación de estas tres premisas históricas:

Juan Manuel de Rosas.


A) Rosas Estadista.

La Revolución de Mayo no había dado ningún ESTADISTA, ningún político de envergadura, salvo Moreno que fue una estrella fugaz que logró señalar un rumbo. Alvear, tal vez... había mostrado ciertos dotes, pero su juventud y las circunstancias internacionales lo hicieron fracasar. Dorrego se desmoronó en parte por su falta de ductilidad para adaptarse a las circunstancias y su obra encontró fin en el aberrante crimen del unitario Lavalle. Rivadavia, es justamente todo lo contrario a un político, es más bien la caricatura de un tipo de político, fue un ser alejado de la realidad. Belgrano, enorme en su voluntad, infalible en su desacierto. San Martín, se niega a participar en las luchas internas y parte al destierro. Ramírez, Quiroga y López, no pudieron pasar las fronteras del caudillismo local. Artigas, enorme en su integridad, coherente en su lucha y meridiano en claridad ideológica nunca pudo ser el poder real ni imponer la dirección política al conjunto. Ninguno había logrado hasta entonces generar un orden nacional, dominar la anarquía, poner un dique a la balcanización. Esta fue la obra de don Juan Manuel de Rosas, quien es a mi juicio el primer estadista de visión nacional que forjó la Revolución de Mayo.

B) Rosas Nacional.

En el área de las relaciones internacionales Rosas supo hacer respetar celosamente la independencia nacional. Fue el estadista custodio de nuestra soberanía en el Siglo XIX. Representa el honor, la unidad y la independencia de la Patria recién nacida.

La historia argentina reconoce un periodo crucial: la resistencia nacional de Rosas y su gobierno a un proyecto colonizador, a una tentativa imperial europea altamente peligrosa. Los episodios diplomáticos y militares de la intervención anglo francesa constituyen por la reacción de Rosas y su pueblo una de las paginas más memorables de nuestra historia. En esa obcecada resistencia y apasionada intransigencia se definió nuestro destino como nación independiente. En el dilema de ser una factoría extranjera o una nación soberana Rosas optó por lo segundo, que era el camino del sacrificio y de la lucha pero también el del honor.

Desde la historia oficial durante años se intentó tergiversar el verdadero cariz de la intervención imperialista, pero el revisionismo desenmascaró esta operación señalando con claridad que se trataba de una verdadera operación colonial con intereses económicos  concretos. Los cañones de las más grandes potencias europeas apuntaron la Confederación y a pesar de la superioridad militar al final de la guerra la causa nacional terminó invicta y reconocida en todos los países del mundo incluso los enemigos.

C) Rosas Popular.

El pueblo de Buenos Airesel pueblo auténtico, la gente, no había figurado aún en nuestra historia. Vimos que la gente que se congregó frente al Cabildo el 25 de mayo constituía un pequeño grupo. Las diferentes puebladas y golpes militares consistían en rebeliones o alzamientos minoritarios y sectarios. Artigas fue el primero en incorporar el pueblo a la revolución. Pero es Dorrego el que prepara el terreno para la aparición de lo popular en la escena política. Rosas lo continúa y lo profundiza. El nuevo escenario presenta una novedad: Las masas. La plebe de las orillas, los negros, los mulatos, los compadritos, la gente de la campaña, e incluso los indios, todos antes escondidos ahora se exhiben y participan. Esta fuerza política despreciada por los unitarios será la base social que Rosas, caudillo del campo popular, pone en acción en defensa de la Soberanía Nacional.

Ningún personaje hispanoamericano, salvo quizás, Bolívar, ha apasionado tanto como Rosas a los pueblos que descendemos de España. Entre nosotros, Rosas es un tema de actualidad desde hace más de 160 años. Se podría afirmar que es el único tema histórico de actualidad permanente. Cientos de libros, miles de ensayos se han escritos sobre Rosas. Algunos trabajos son simplemente apologéticos otros directamente denigratorios. Los menos intentan cierta objetividad. Tantas publicaciones y opiniones manifiestan ciertamente que existe un ansia por conocer la verdad y que la polémica no está concluida.

Pero la batalla sigue

La polémica no está concluida, es más, es preciso profundizarla y afinarla. Es puntual estudiar, investigar y discutir muchas instituciones, hechos y conceptos políticos de la época de Rosas: la naturaleza del federalismo planteado por Rosas, el sistema político de la Confederación, la relación con las provincias, los alcances de la Ley de Aduanas, los intereses ganaderos de la provincia de Buenos Aires, el carácter autocrático de la conducción de Rosas y mucho más.

La investigación y las cuestiones polémicas están abiertas, pero a mi juicio, desde el previo reconocimiento, de que estamos frente al  primer estadista que tuvo la Revolución de Mayo, que le dio a la política de su tiempo, un contenido definitivamente nacional y auténticamente popular.

De todos los temas, creo que una reinterpretación de Caseros, la apertura de un debate en torno a sus causas y consecuencias es una tarea imprescindible, por la relevancia que tienen, por lo incorporado a la cultura popular y la por la trascendencia que le otorgó la historia oficial como hito fundacional de la Nación Argentina.

2. La Batalla de Caseros: La Confederación en guerra con el Brasil.

 “En eso estaban las cosas al comienzo del año 1851, cuando se produce el hecho más increíble de la historia argentina y uno de los acontecimientos más vergonzoso de la historia universal. El general en Jefe del Ejército de Operaciones argentino para la guerra contra el Brasil; Don Justo José de Urquiza, entra en tratativas con el enemigo para pasarse a él y arrastrar a las tropas que el país ha puesto bajo su mando y responsabilidad. Así también todos los pertrechos y armamentos a su disposición.”
Juan Domingo  Perón. “Breve historia de la problemática argentina”.


De la fabula de la historia oficial a la verdad

Es difícil sintetizar que fue Caseros, las causas, cómo se llegó al enfrentamiento, el desenlace, las consecuencias, etc. Trataré de ser breve… Este hecho que se conmemora cada 3 de febrero se dio mucho tiempo después del ascenso al poder de Rosas y cuando el Restaurador y la Confederación habían logrado su consolidación política, afianzado el poder y alcanzado el respeto y reconocimiento de las naciones de América y Europa después de los triunfos contra las agresiones extranjeras y sus aliados. Allí, en ese momento, empezó a organizarse la coalición que habría de derribarlo.

El Urquiza idealizado por la Historia Oficial.
La historia mitrista al referirse a la caída de Rosas relata una vez más otra adulteración histórica, otra leyenda. En la misma el protagonista principal de la coalición es el entonces gobernador de mi provincia, Entre Ríos, y Jefe del Ejército, el General Justo José de Urquiza. Según la conocida alteración de los hechos, Urquiza emprende una cruzada libertadora contra el tirano para rescatar a la República de las garras del déspota. La historia oficial ni menciona la participación del Brasil, y si se refiere, lo hace de tal manera de no empañar la gloria del libertador ya que Caseros se constituye para la historia oficial como un episodio fundacional de nuestra propia nacionalidad, porque además de derrotar al tirano nos dio la Constitución.

Para los historiadores revisionistas, en cambio, Caseros fue “la mayor calamidad de nuestra historia” (citando a uno de los primeros revisionistas peronistas, Ernesto Palacio), una verdadera derrota nacional donde se perdió no sólo una batalla sino la hegemonía continental abriendo las puertas a la penetración europea y dando comienzo a una largo periodo de dependencia económica en el Río de la Plata.

Los actores detrás de la caída

A la caída de Rosas confluyeron varios poderosos factores (que, como era de esperarse, se enfrentaron inmediatamente después de Caseros):

a) La burguesía comercial porteña que exigía una política económica más abierta con el imperio británico.

b) Algunas provincias mediterráneas que buscaban la organización nacional bajo una constitución seducidas con promesas de una organización nacional que nunca se cumplirán.

c) Las provincias del litoral ahogadas por el puerto único y que deseaban negociar sin intermediarios con las metrópolis económicas.

d) Los propios ganaderos bonaerenses originalmente aliados a Rosas ávidos de librarse de la pesada mano del Restaurador y lograr un trato más libre con los compradores europeos.

e) Y finalmente Brasil, que aliado incondicional de Inglaterra –una vez más aquí ejecutando la geopolítica inglesa-, deseaba la libre navegación de los ríos para su comercio y se presentaba como el enemigo histórico de la Confederación en la disputa por la hegemonía de América del Sur. A este respecto manifestaría el diputado Pereyra da Silva en la Cámara de diputados brasileña en junio de 1850: “Los designios del General Rosas no son ocultos. Pretende reconstruir el Virreinato de Buenos Aires (léase del Río de la Plata), acabando con todos los pequeños estados que de él se habían hecho independientes. Estos designios son fatalísimos, perjudiciales al Imperio del Brasil”.

Caseros, la hora del Brasil

Estos actores pactaron y se aliaron contra la Confederación porque aisladamente no hubiesen podido derrotar a Rosas. Urquiza fue un instrumento, sólo una herramienta utilizada por la diplomacia brasileña que fue la verdadera autora de la coalición. La situación de Brasil no era auspiciosa en 1850, la clase dirigente brasilera estaba preocupada por los movimientos separatistas riograndenses que despertaban temor por un posible acrecentamiento territorial argentino.

Es preciso entonces comprender la caída de Rosas en Caseros no como lo pretende la historia mitrista producto de la gesta libertadora de Urquiza, sino como una crisis geopolítica en la región donde hasta Paraguay participó atraído por el reconocimiento de su independencia en caso de que se ganara la guerra.

Caseros fue la hora del Brasil. A Caseros hay que considerarla como una batalla, la final de “la segunda guerra argentina brasileña” como titula José María Rosa al capítulo concerniente a la derrota de la Confederación. Este capítulo de la “Historia Argentina” será la base de uno de los mejores libros de Rosa y de la historiografía argentina: “La caída de Rosas”, trabajado entre los años 1953 y 1958 en los archivos de Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro en donde desentraña todos los hechos deliberadamente trastocados por la historiografía liberal.

Fue la hora del Brasil porque, cuando Francia y Gran Bretaña se retiran militarmente del Plata, vislumbró la llegada de su oportunidad histórica. El Imperio de Brasil no había perdido su viejo sueño de anexar la “Cisplatina”, frustrado en Ituzaingó y obtener territorios en la cuenca del Plata. La diplomacia del Imperio sabia que podía contar con importante aliados para enfrentar a la Confederación: Paraguay, cuya independencia Rosas desconocía porque seguía considerando que era territorio nacional; los sectores políticos uruguayos enfrentados con Oribe; los exiliados argentinos contrarios al régimen del Restaurador; todos ellos y un general en Entre Ríos, que ya había dado señales de querer traicionarlo, manifestando que sus intereses no coincidían con los de los estancieros bonaerenses.

La sucesión de hechos y el camino a la batalla

En noviembre de 1849, las fuerzas brasileñas ingresan a territorio uruguayo en busca de las tropas de Oribe. El conflicto que plantea el Imperio con su incursión fue doble: contra Oribe y contra Rosas. El Jefe de la Confederación presentó un reclamo ante el gobierno de Río de Janeiro y Brasil sin volver atrás comenzó a negociar un convenio con los sitiados en Montevideo. Enseguida concreta la diplomacia brasilera una alianza con el Paraguay y quedan rotas las relaciones de la Confederación con el Brasil.

Agentes brasileños bien provistos de dinero, trabajan eficazmente en Montevideo, Asunción, Corrientes y Entre Ríos sobornando a quien sea necesario, preparan alianzas con los jefes de gobierno y corrompen la oficialidad. En el mes de abril de 1851, el General Urquiza dirige una circular a las provincias argentinas que habían reelegido a Rosas como encargado de relaciones exteriores para incitarlas a que quitasen su voto y su respaldo al Restaurador. El 1 de Mayo se pronuncia públicamente contra el jefe de la Confederación y sus representantes firman en Montevideo un tratado de alianza con los brasileños y con los uruguayos sitiados por Oribe. El Imperio había encontrado la alianza que necesitaba.

Comienza la campaña de los aliados, el primer enemigo a derrotar es Oribe. Urquiza cruza el Rió Uruguay e inicia la marcha contra las tropas de Oribe que asistía a la traición o defección de sus principales jefes. Una poderosa fuerza brasileña entra en el Estado Oriental al mando del duque de Caxias mientras la escuadra lusitana ocupa Colonia. Oribe atenazado por los dos ejércitos firma la capitulación ante Urquiza. Los aliados van ahora por más... por Rosas y la Confederación, pero antes es preciso que se firmen los tratados entre los aliados.

Urquiza y su lápida histórica

Justo José de Urquiza.
Pocos días después de la rendición de Oribe, firma Urquiza un tratado con los brasileños que será una verdadera lápida histórica para el gobernador de Entre Ríos. El Imperio le otorgaba un préstamo mensual de 100.000 patacones a las provincias de Corrientes y Entre Ríos y obligaba a Urquiza a obtener el reconocimiento de esa deuda y otra más a la Confederación cuando se obtuviera la victoria. Las provincias mesopotámicas hipotecaban sus rentas y tierras públicas como garantía del acuerdo y se comprometía a utilizar todas las influencias posibles para conseguir la libre navegación de los ríos una vez que Rosas fuera depuesto. Textualmente:

“Su Excelencia el señor Gobernador de Entre Ríos se obliga a obtener del gobierno que suceda inmediatamente al del general Rosas, el reconocimiento de aquel empréstito como deuda de la Confederación Argentina y que efectúe su pronto pago con el interés del seis por ciento al año. En el caso, no probable, de que esto no pueda obtenerse, la deuda quedará a cargo de los Estados de Entre Ríos y Corrientes y para garantía de su pago, con los intereses estipulados, sus Excelencias los señores Gobernadores de Entre Ríos y Corrientes, hipotecan desde ya las rentas y los terrenos de propiedad pública de los referidos estados”.

Como siempre, el dinero del imperio británico: El Barón de Mauá

Reza el refrán que la ruta del dinero nos lleva siempre al origen de las cosas… Aquí también. En Caseros hay un actor central que es muy poco conocido y no aparece en ningún manual escolar: Irineo Evangelista de Sousa, quien sería a la postre el Barón y Vizconde de Mauá. Es él quien es el alma de la intervención contra Rosas. Es quien ofrece y facilita la financiación de la guerra contra la Confederación.

Ya antes de Caseros el Barón de Mauá se reunió con Mitre y Sarmiento y fue luego la clave financiera de la conspiración. Es a la vez el quien encubre la financiación real que hace el Imperio del Brasil e Inglaterra. Urquiza concertó dos grandes deudas para esta empresa, la contraída con Mauá y el “empréstito Buschental”. Pero lo real es que Buschental y Mauá eran socios y ambos eran mandatarios de la banca inglesa Rothschild, que geopolíticamente servía a los intereses del Imperio Británico y se propusieron, con éxito como se verá, afirmarse en el Brasil, penetrar en la Banda Oriental y dominar el litoral argentino con la creación del Banco Mauá.

Así fue como el “filántropo” amigo de Urquiza era un financista ligado al imperio británico, que surgió y ascendió financieramente cuando fue promovido al rango de socio menor y testaferro de los Rothschild en Brasil (para saber más de esto les recomiendo leer: “Baring Brothers y la Historia Política Argentina”, de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde).

La Batalla de Caseros

Volviendo al contexto nacional y al desenlace. No obstante que la mayoría de las provincias de la Confederación se pronunciaron abiertamente en contra de Urquiza y sus alianzas con el extranjero, Rosas se muestra indeciso y comete errores en momentos decisivos. Tal vez ya acosado por el cansancio y una permanente desconfianza hacia sus subordinados pierde algo de reflejos políticos y militares retardando una acción ofensiva que hubiese cambiado el curso de la historia.

El “Ejercito Grande”, así lo había denominado Urquiza, comienza el avance hacia Buenos Aires. Contaba con un total de 28.149 plazas formadas por correntinos, entrerrianos, uruguayos, exiliados unitarios y brasileños pertenecientes al ejército imperial. Los brasileños habían apostado, además, 12.000 hombres en Colonia -el "ejército chico"- como refuerzo. Tenía 45 cañones modernos y una batería de cohetes. Entre los exiliados enganchados en el Ejercito Libertador se encontraban dos personajes que serían en el futuro presidentes de la Argentina: Sarmiento, vestido con un exótico (ridículo, por así decirlo) uniforme de oficial francés oficiaba de “boletinero” del Ejército y Bartolomé Mitre, capitán del arma de artillería y poeta.

La Confederación por su parte contaba con 22.000 hombres -12.000 de caballería y el resto de infantería- pero muchos eran bisoños, sin ninguna experiencia de guerra. Sus 60 cañones viejos casi no tenían munición. La batalla presentada fue ante todo una cuestión de honra; no en vano en la parte final, cuando era evidente la derrota, Rosas centró la lucha contra las tropas imperiales (también la inició contra ellas) marcando así el concepto que le merecía su enemigo, que se había aliado con el imperio de Brasil para derrotar a la Confederación.

Después de dos horas de lucha, las fuerzas de Rosas cedieron terreno y Urquiza quedó como dueño de la victoria. Una victoria que desprovista de brillo porque la presencia de 4.000 brasileños la empañaba hasta convertirla en el desquite histórico de Ituzaingó. Tan de Brasil fue la victoria que el desfile de la victoria y la entrada de las tropas brasileras en Buenos Aires se realizó el día 20 de febrero, aniversario de la batalla de Ituzaingó (1827), pero, como todos sabemos, la batalla de Caseros se había librado el 3 de febrero.

Rosas, herido en una mano de un balazo, se alejó acompañado de un auxiliar. Bajo un ombú situado en Hueco de los Sauces (actual Plaza Garay) redactó su renuncia que encomendó a su ayudante, quien inmediatamente la hizo llegar a la Junta de Representantes. Luego, cubierto por un poncho, durmió -llevaba tres noches en vela- una hora. A las cuatro de la tarde llega a la embajada inglesa. Esa misma noche, con el auxilio de su hija de Manuelita el embajador inglés Gore lo convence de la necesidad de refugiarse en el buque de guerra “Centaur”, anclado en la rada. Rosas lo hace finalmente y junto con algunos miembros de su gobierno navega, días después, hacia el exilio en la Nación que él mismo, años atrás obligara a agachar su altivez imperial ante la denodada defensa de la soberanía argentina. Cuando partía a su exilio Rosas le dice a un funcionario inglés que no lo buscarán en Inglaterra porque no fue el pueblo quien lo había volteado, fueron los brasileros.

¿Cómo era el Brasil de de los tiempos de Caseros? La “fuente de libertad” de la que bebió Urquiza

Retrato de Pedro II de Brasil, circa 1850. 
En los hechos la Confederación Argentina entró en guerra con el Imperio del Brasil. Si vino la libertad a esta tierra con Urquiza fue la libertad que irradió el Brasil. La pregunta sería la siguiente: ¿Cómo era el Brasil de los tiempos de Caseros? ¿Cómo era el Brasil que iluminó el camino a la libertad y la Constitución que emprendió Urquiza según la historia oficial?

Para responder esto me limitaré a transcribir un párrafo de la "Historia Argentina" de José Luis Busaniche, cuya lectura considero imprescindible y esclarecedora:

“Así, el Brasil de 1850, se nos exhibe por una historia convencional como un país de libertad y se destaca la figura de su emperador Pedro II, educado conforme a su alto destino y amante de la ciencia y de las letras… como un paradigma de gobernante. Además, como jefe de un gobierno constitucional, frente a nosotros, pobres salvajes inconstituidos. Pero aquel joven emperador era hijo de Pedro I, el que nos trajo la guerra de 1825 a 1828, cuyo padre, don Juan VI de Portugal, nos arrebató la Provincia Oriental en 1816 e hizo morir a miles de argentinos para satisfacer su espíritu de conquista, heredado de sus mayores. El gobierno del Brasil era un gobierno monárquico constitucional, de índole aristocrática, el único gobierno basado, además, económicamente sobre una institución infame, la esclavitud de todo una raza. El tráfico de negros, a pesar de leyes dictadas casi 20 años antes, no estaba completamente abolida y la esclavitud exhibía sus más odiosos aspectos. La fazendas, los cafetales, las fábricas, las simples casas de campo, las calles de la ciudad, ostentaban el espectáculo más vil y más reñido con toda idea de libertad y con todo sentimiento de dignidad humana. El látigo restallaba en todas las partes sobre la espalda del negro. A la vista del público estos pobres seres transportaban por calles y caminos cargas superiores a sus fuerzas, sollozando, bajo el azote implacable del capataz, mientras corría la sangre de sus heridas. El capitalismo inhumano cebábase con ellos llevando a los últimos extremos su perversidad. La misma condición individual más proclive a la crueldad que la misericordia ponía en todo aquello su nota vergonzosa. En Río de Janeiro, negras de corta, matadas a golpes por sus amos como consecuencia de pequeñas faltas, eran arrojadas a los cajones de la basura. Rufianes que a veces gozaban de privanza y de consideración social, y que disponían de la mercancía negra, compraban embarcaciones y destinaban sus esclavos a trabajar con ellas en el transporte de pasajeros de la bahía; los negros debían aportar al amo una cierta cantidad de dinero diaria; de no ser así eran sometidos a horrorosos suplicios. Para liberarse de la tortura, el negro robaba, o mataba también si era necesario para robar. Había que llevar al desalmado la contribución obligatoria. Muchos años después, el historiador Oliveira Lima escribiría: "El imperio iba a rescatar por el más patético de los sacrificios, por su propio holocausto, el error de la independencia que había libertado políticamente al blanco sin libertar el negro, y sobre todo el crimen de la metrópoli que hizo de una colonia una colmena de esclavos". Y durante la campaña de la abolición, en pleno apogeo del imperio, se atribuye a Joaquín Nabuco las siguientes palabras: "¡Mentís! No hay libertad ni hay independencia en una tierra de un millón quinientos mil esclavos".

Un millón y medio de esclavos. El primer censo argentino realizado en 1869, 18 años después de Caseros, estimó que la población argentina era de 1.877.490. Concretamente, Brasil tenía una Nación de personas sin libertad. Justamente, a esa "Colmena de Esclavos", fue Urquiza a rogar por ayuda para obtener la “libertad” de la Nación Argentina. ¿Puede un imperio esclavócrata liberar una Nación? Esa fue la “fuente de la libertad”…

Los ganadores de aquel 3 de febrero

¿Quiénes fueron los ganadores reales de esta coalición?: Los comerciantes y los ganaderos de Buenos Aires. La Argentina fue incorporada urgentemente al sistema de complementación económica británica. Sobre las ruinas de las industrias provincianas se introdujo una economía de mercancías importadas. Al decir de Abelardo Ramos; “Bajo el manto purpúreo del Imperio comenzó a organizarse el granero de la era victoriana”.

Para Inglaterra y Francia la caída de Rosas ofrecía la tantas veces frustrada oportunidad de negociar la libre navegación de los ríos interiores. En abril de 1852 ambos países europeos mandaron con este objeto a sus enviados especiales, como también lo hizo el gobierno norteamericano. Finalmente, el 10 de julio de 1852 Urquiza firmó, cumpliendo convenios y compromisos adquiridos, tratados con Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, que establecían el libre tránsito de los ríos Paraná y Uruguay.

martes, 11 de abril de 2023

11 de abril de 1870: El asesinato de Urquiza, crimen impune en la historia argentina y entrerriana

El asesinato político es un retornante histórico en nuestro país. Mariano Moreno, Monteagudo, Güemes, Facundo Quiroga, Lavalle, el mismísimo López Jordán, por sólo mencionar algunos ejemplos, fueron víctimas de muertes ocurridas en extrañas condiciones. Fueron también, algunas, muertes que quedaron impunes. Como advertimos, tanto en los albores de nuestra nacionalidad, como también durante las guerras civiles, los crímenes impunes abundan en la historia argentina.

Todos estos crímenes son políticos, es decir que tienen como motivo la eliminación física de una persona que se presenta como un enemigo de los intereses del asesino. Y todos estos homicidios tienen también un denominador común: se realizan por encargo. El autor material del hecho (sicario) recibe la orden de matar a la víctima por parte del autor ideológico (merced) que le otorga luego de cumplido el hecho homicida, una contra prestación por la ejecución.

Esta naturaleza especial de crímenes por encargo hace muy dificultosa la revelación de quién es el autor ideológico del delito que queda oculto e impune ya que, los autores materiales, si son apresados, ocultan la identidad del mandante. Ante el silencio del sicario surgen las conjeturas, las hipótesis y las posibilidades. Y finalmente, ante la falta de evidencias, queda para aplicar en el análisis, la sugerencia de Séneca: “Aquel a quien el crimen le es beneficioso, es el que lo ha cometido”.

A principios de abril de 1870 había estallado la revolución jordanista en distintos lugares de la provincia y, aunque no está probado que entrara en el plan revolucionario la muerte de Urquiza, su residencia es asaltada y él es asesinado por una partida que obedecía políticamente a López Jordán.

Es preciso que nos detengamos en el análisis de esos sucesos para ver como la historia oficial ha falsificado los hechos endilgándole la culpa del asesinato a López Jordán.

Los hechos acaecidos son muy confusos, hay diversas y contradictorias versiones interesadas, pero en verdad, el único documento cierto que existe sobre la forma en que se produjo la muerte de Urquiza, quiénes fueron sus autores materiales y quiénes los mentores ideológicos del atentado, son las declaraciones que aportó el capitán José María Mosqueira, único detenido y procesado por los hechos.

Según lo expresado por Mosqueira en el juicio, los hechos ocurrieron de la siguiente manera: La conspiración comienza en la estancia de Arroyo Grande, cerca de Concordia. A dicho lugar concurre el joven estanciero de Gualeguaychú, José Mosqueira para ofrecerle sus servicios a López Jordán en el movimiento revolucionario que éste prepara para derrocar al gobernador Urquiza. El plan queda acordado. El lugar de encuentro de los conjurados será en la misma estancia, el 9 de abril.

Treinta hombres al mando del mayor Robustiano Vera y José Mosqueira partieron desde Arroyo Grande rumbo al establecimiento San Pedro, propiedad de Urquiza, a los efectos de ponerse a las órdenes del Coronel Luengo que los esperaba con veinte hombres más.

Las órdenes recibidas, según cuenta Mosqueira en las actas del juicio, eran las de apresar a Urquiza, respetarle la vida al gobernador y a su familia y llevarlo a la presencia del jefe revolucionario. La partida la formaban entre otros, además de los mencionados, Ambrosio Luna, Pedro Aramburu, Juan Pirán, Facundo Teco, Agustín Minué, Mateo Cantero y Nicomedes Coronel, este último era mayordomo de la estancia San Pedro. Un dato interesante: de todos los hombres de la partida sólo Mosqueira era entrerriano. La mayoría de ellos eran federales correntinos y orientales exiliados. Simón Luengo, el jefe de la partida, era un caudillo federal cordobés de cierta relevancia que había sido derrotado en su provincia natal y vivía en Entre Ríos protegido por Urquiza.

Al caer la tarde de ese fatídico lunes de 1870, según los testimonios, a las 19.30 hs., el gobernador se encontraba en la galería delantera de su residencia conversando con uno de sus ministros y escuchó sorprendido la llegada de un tropel de jinetes que habían entrado por la puerta trasera del Palacio San José al grito de ¡Muera Urquiza! y dando vivas a López Jordán. El gobernador se dirigió a una de sus habitaciones extrayendo un rifle y disparando contra la partida. Lo que ocurre a partir de ese momento es confuso y no lo aclara Mosqueira en el proceso. No se sabe si Luengo alcanzó a darle la orden de rendición a Urquiza o algún hombre de la partida disparó desobedeciendo la orden contra el caudillo que cae alcanzado por un tiro en la cara. También es un enigma quién lo “despenó” con cinco puñaladas en el pecho.

Lo que sí está claro es que la muerte de Urquiza no fue ordenada por López Jordán, ni estaba en los propósitos de los revolucionarios. La consideraban una muerte inútil. Y, para completar la intriga de esta historia, el mismo día, con algunas horas de diferencia, como en una secuencia del cine de Francis Ford Cóppola, son asesinados en Concordia, también en circunstancias equívocas dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino.

¿Entonces, si no hubo orden de matar a Urquiza por parte de los revolucionarios, como fue el desenlace de la tragedia de San José? ¿Cómo y por qué ocurrieron los hechos?  Dentro del conjunto de historiadores que han tratado de develar la incertidumbre del hecho, Fermín Chávez, en su voluminoso y documentado libro “Vida y muerte de López Jordán” conjetura tres probabilidades: a) Que los jefes de la revolución jordanista autorizaron la ejecución de Urquiza; b) Que Luengo, la resolvió sobre la marcha; c) O que la resistencia armada de Urquiza dió ocasión a su muerte. Ahora bien, ninguna de estas hipótesis puede ser probada... Son especulaciones. De hecho, nada ha podido ser probado fehacientemente.

La historia oficial está plagada de falsedades y omisiones maliciosamente consumadas. De hecho, las muertes poco claras que mencionamos al principio de este ensayo han sido instrumento de propaganda política del aparato cultural del sistema. Ya sea para encubrir o para culpar injustamente de un crimen a alguien, un asesinato, una muerte jamás constituyó un impedimento moral a la hora de escribir la historia acorde a los intereses de las clases dominantes. Si han asesinado que problema pueden tener en mentir sobre ello, o sobre quién y cómo.

El historiador entrerriano Aníbal S. Vásquez, en su obra “López Jordán” afirma: “Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José… Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la prédica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad… En este episodio el oficialismo metropolitano vuelve a administrar justicia a su gusto y paladar…En la lucha rencorosa, sin cuartel, de acciones violentas, Sarmiento venció, al final, a López Jordán y no solo dictó sentencia en las acusaciones que él solo hizo, sino que las impuso… La versión oficial que ha llegado hasta nosotros es consecuencia de esa disciplina”.

Pero no todo se puede ocultar o silenciar eternamente. Los textos de José Hernández, Juan Bautista Alberdi o el mismísimo Juan Manuel de Rosas a los que hago referencia en este ensayo, olvidados maliciosamente por la historiografía oficial, abren una ventana para tener una mirada distinta sobre el asesinato de Urquiza, magnicidio impune en la historia argentina y entrerriana. Existen otros historiadores y actores políticos de la época que llegan a conclusiones similares que esta, su estudio también podrá contribuir a echar luz sobre este oscuro episodio histórico.

A  modo de conclusión, lo que nos queda claro hoy es que Ricardo López Jordán no mandó a matar a Urquiza, no existe prueba alguna de ello por lo que está fehacientemente comprobada su inocencia. ¿Quién fue entonces el mentor del atentado? ¿Fue un accidente? ¿Una consecuencia indeseada por la resistencia armada que el propio Urquiza opuso a sus captores? ¿Una venganza de los viejos federales decepcionados por las vacilaciones de Urquiza? ¿Una represalia por la “retirada” de Pavón? ¿Un crimen ejecutado por los liberales porteños como lo presagió José Hernández? ¿Qué relaciones y que consecuencias tuvo con el atentado el viaje presidencial de Sarmiento a San José? No hay certezas y debemos remediar la falta de pruebas con nuestras propias conjeturas.

Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro

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“Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán”.

El crimen impune, retornante histórico

Mariano Moreno muere en un barco inglés en alta mar, su defunción ocurre en forma dudosa. Se murmura un posible envenenamiento del tribuno revolucionario de Mayo.

El “Tigre de los Llanos”, Facundo  Quiroga, es asesinado en Barranca Yaco por una partida comandada por un tal Santos Pérez. Lo que no se puede dilucidar es si Santos Pérez recibió el encargo de los Reinafé, de Estanislao López o de algún otro caudillo contrariado por la estrella ascendente de Facundo.

La muerte de Lavalle en Jujuy es también un caso poblado de incertidumbres. José María Rosa en su magistral trabajo “El cóndor ciego”  investiga las circunstancias de esa muerte confusa.

En el atentado en que se hiere de muerte a Güemes no se distingue con certeza si fue organizado por los últimos realistas que operan en Salta o fue obra de algún sector interno de los patriotas enfrentados.

Tampoco se sabe quién ordenó la mano del puñal que mata a Monteagudo en Lima, ni la de la otra mano que asesina por la espalda a Florencio Varela en Montevideo.

Ricardo López Jordán fue asesinado en una calle de Buenos Aires, Casas, el matador, declaró que su móvil era vengar a su padre, pero está probado que detrás del sicario estaban otros intereses políticos.

Como advertimos, tanto en los albores de nuestra nacionalidad como también durante las guerras civiles los crímenes impunes abundan en nuestra historia.

El asesinato político

Todos estos crímenes son políticos, es decir que tienen como motivo la eliminación física de una persona que se presenta como un enemigo de los intereses del matador. Y todos estos homicidios tienen también un denominador común: se realizan por encargo. El autor material del hecho (sicario) recibe la orden de matar a la víctima por parte del autor ideológico (merced) que le otorga luego de cumplido el hecho homicida, una contra prestación por la ejecución.

Esta naturaleza especial de crímenes por encargo hace muy dificultosa la revelación de quién es el autor ideológico del delito que queda oculto e impune ya que, los autores materiales, si son apresados, ocultan la identidad del mandante. Ante el silencio del sicario surgen las conjeturas, las hipótesis y las posibilidades. Y finalmente, ante la falta de evidencias, queda para aplicar en  el análisis, la sugerencia de Séneca: “Aquel a quién el crimen le es beneficioso, es el que lo ha cometido”.

Este trabajo es un aporte más, que intenta desentrañar los motivos del asesinato, hasta hoy impune, de don Justo José de Urquiza en el Palacio de San José. Auténtico magnicidio, único en nuestra historia ya que la víctima, al momento de su muerte revestía ciertas calidades que agravan el hecho: era Gobernador electo de la Provincia de Entre Ríos, ex primer Presidente Constitucional de la Confederación Argentina y Jefe Político del Partido Federal.

Este ensayo está dividido en dos partes. En la primera, pretende darle al lector un panorama del contexto histórico en se desenvuelve la tragedia y en una segunda parte se narran los hechos acaecidos acompañado por un examen de los mismos guiado por las letras de dos de los más grandes pensadores nacionales de nuestra historia: José Hernández y Juan Bautista Alberdi.



“Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán”


1) Viaje del Presidente Sarmiento a Entre Ríos y visita a Urquiza en el Palacio San José.

“Ninguna persona que haya seguido estudiando en la práctica la historia de las repúblicas del Plata, ha debido extrañar el desgraciado fin de Su Excelencia el señor Capitán General D. Justo José de Urquiza.. Por el contrario, lo admirable e inaudito es su permanencia en el poder, por grados, siempre bajando, en virtud de sus hechos, contrarios a su crédito, a sus amigos políticos y favorables a sus enemigos... En mi larga carta después de esa batalla (la de Pavón), le dije que, habiendo él mismo cometido el gravísimo error, después del triunfo, de pasar todo su poder a sus enemigos con funesto perjuicio a los que seguían de buena fe su política..., su vida y su fortuna no estaban seguras si permanecía en la provincia entrerriana”.
Carta de Rosas a Urquiza, citada por José Luis Busaniche en “Juan Manuel de Rosas” 


La relación política de Sarmiento y Urquiza fue larga, despareja y encontrada. Sarmiento estuvo, según lo demandaran las circunstancias, con Urquiza y contra Urquiza.

Estuvo con Urquiza cuando se incorpora a la campaña del Ejército Grande que finaliza en Caseros con el derrocamiento de Rosas (1852). Sarmiento entró a Buenos Aires como boletinero del ejercito de Urquiza con grado de oficial. Durante la campaña se encontraron en un par de oportunidades donde comprobaron las profundas diferencias que ambos tenían. Urquiza lo humilla al obligarlo a ponerse el cintillo punzó, la divisa federal. Sarmiento lo desprecia y lo considera como uno de los tantos otros caudillos, “bárbaro, atrasado y salvaje”.

La relación de ambos está rota después de Caseros. A Urquiza le ha chocado la petulancia de Sarmiento. Y el caudillo le ha hecho al vanidoso Sarmiento las siguientes ofensas: no le ha dado el cargo en el Ejército que ambicionaba de jefe del Estado Mayor, no le ha escuchado sus consejos tácticos ni políticos; no ha demostrado confiar en su supuesto talento, le cuestiona sus escritos sobre la marcha del Ejercito Grande y los partes del boletín oficial y lo peor de todo, no le ha dicho ni una palabra sobre sus libros. El feroz resentimiento que le provoca la indiferencia del entrerriano le hacen verle “peor” que a Don Juan Manuel. Frustrado y enfurecido Sarmiento por sus diferencias con el caudillo entrerriano y sumado a esto los conflictos que surgen entre Buenos Aires y Urquiza, retorna su “exilio” en Chile.

Desde Chile comienza una feroz campaña de injurias y calumnias contra Urquiza. Dísele al jefe entrerriano: “Su vida pública anterior requerirá la indulgencia de la historia. “La historia de Urquiza debe principiar en Caseros porque para atrás es negra, salpicada de sangre”. Lo agravia en lo personal recordando sus muchos hijos naturales. Le incluye entre los “vendidos verdugos” conque Rosas “esclavizó a las provincias”. Le acusa de haber degollado o fusilado después de las batallas. Y en Palermo, después de Caseros, de haber muerto a mas de cuatro mil quinientos prisioneros.

Luego, de vuelta de Chile y pocos días después de Pavón (1861), Sarmiento le escribe a Mitre felicitándolo. La carta es un documento de formidable valor histórico, que entre otras cosas dice: “No deje cicatrizar la herida de Pavón, Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca”.

Pero han pasado los años, Sarmiento es ahora Presidente y necesita del caudillo federal, su antiguo enemigo, para neutralizar al mitrismo y fortalecer su menguado poder político. Decide entonces, hacer un  viaje a Entre Ríos. El periplo es organizado de manera teatral, casi circense. Se embarca el 17 de enero de 1870 en un buque de la armada al que bautizan con el ofensivo nombre de “Pavón”, espera llegar a Entre Ríos el 3 de febrero para festejar junto a Urquiza el aniversario de Caseros. Numerosos personajes lo acompañan, ministros, diplomáticos, el general Arredondo y el inglés Wheelwright forman la numerosa delegación. Incluso tres busques extranjeros siguen el “Pavón”, uno francés, otro español y otro italiano donde van ministros plenipotenciarios de esas naciones.

Llega por fin la delegación al puerto de Concepción del Uruguay, por entonces capital de Entre Ríos, donde todo el pueblo aguarda al Presidente. En el muelle, erguido y espectacular está Urquiza, el viejo caudillo le espera vestido de civil, se ha puesto el frac. Sarmiento desciende del “Pavón” y, ante la emoción unánime se produce la increíble escena: los viejos enemigos se abrazan. Luego, al observar Sarmiento una parada militar de la caballería entrerriana con el mismo uniforme que vestían en Caseros pronuncia una frase que será célebre: “Ahora sí que me siento Presidente de la República”.

Es el 3 de febrero de 1870, aniversario de la caída de Rosas. En San José, gigantesco y suntuoso palacio, por la noche se da una gran fiesta que impresiona a los visitantes. Hay baile y un gran banquete. Al brindar, Sarmiento, se atribuye el triunfo de Caseros. Urquiza ansioso de incorporarse a la nueva política de progreso y civilización acepta resignadamente el brindis jactancioso del ilustre visitante.

La visita concluye, Sarmiento vuelve a Buenos Aires. Transcurre cerca de un mes. Todo parece marchar viento en popa para Sarmiento: la guerra del Paraguay ha concluido, Mitre parece tranquilo y Urquiza domesticado. Apenas quedan en San Luis unas montoneras sublevadas por Santos Guayama, al que considera un simple bandido. Todo va bien para el Presidente hasta que el día 13 de abril recibe una noticia de Entre Ríos que lo deja estupefacto: El día 11 de abril, ha sido asesinado en su palacio de San José, Justo José de Urquiza.

2. El magnicidio: Hechos, alertas y lecturas

“Tengo el secreto, o más bien la causa de esos rumores, es, a mi juicio, el deseo de tantos hombres perdidos que hay en nuestra República y en la vecina (Uruguay) de ver desaparecer a V.E. de Entre Ríos para crear un caos que sirve siempre a las malas aspiraciones”.
Carta de Vélez Sarsfield a Urquiza, Marzo de 1869.

“Jamás Sarmiento tendrá fotografía de la fisonomía de su alma, mejor que su proyecto de ley en que ofrece veinte mil libras esterlinas al asesino de López Jordán. Esa es la moral del que hizo una guerra a ese mismo López Jordán en nombre de la moral: dar primas esplendidas y solemnes al asesino y al asesinato”.
Juan B. Alberdi, “Escritos Póstumos”


Los hechos del 11 de Abril

A principios de abril había estallado la revolución jordanista en distintos lugares de la provincia y, aunque no está probado que entrara en el plan revolucionario la muerte de Urquiza, su residencia es asaltada y él es asesinado por una partida que obedecía políticamente a López Jordán.

Es preciso que nos detengamos en el análisis de esos sucesos para ver como la historia oficial ha falsificado los hechos endilgándole la culpa del asesinato a López Jordán.

Los hechos acaecidos son muy confusos, hay diversas y contradictorias versiones interesadas, pero en verdad, el único documento cierto que existe sobre la forma en que se produjo la muerte de Urquiza, quiénes fueron sus autores materiales y quiénes los mentores ideológicos del atentado, son las declaraciones que aportó el capitán José María Mosqueira, único detenido y procesado por los hechos.(1)

Según lo expresado por el mencionado Mosqueira en el juicio, los hechos ocurrieron de la siguiente manera: La conspiración comienza en la estancia de Arroyo Grande, cerca de Concordia. A dicho lugar concurre el joven estanciero de Gualeguaychú, José Mosqueira para ofrecerle sus servicios a López Jordán en el movimiento revolucionario que éste prepara para derrocar al gobernador Urquiza. El plan queda acordado. El lugar de encuentro de los conjurados será en la misma estancia, el 9 de abril.

Treinta hombres al mando del mayor Robustiano Vera y José Mosqueira partieron desde Arroyo Grande rumbo al establecimiento San Pedro, propiedad de Urquiza, a los efectos de ponerse a las órdenes del Coronel Luengo que los esperaba con veinte hombres más.

Las órdenes recibidas, según cuenta Mosqueira en las actas del juicio, eran las de apresar a Urquiza, respetarle la vida al gobernador y a su familia y llevarlo a la presencia del jefe revolucionario. La partida la formaban entre otros, además de los mencionados, Ambrosio Luna, Pedro Aramburu, Juan Pirán, Facundo Teco, Agustín Minué, Mateo Cantero y Nicomedes Coronel, este último era mayordomo de la estancia San Pedro. Un dato interesante: de todos los hombres de la partida sólo Mosqueira era entrerriano. La mayoría de ellos eran federales correntinos y orientales exiliados. Simón Luengo, el jefe de la partida, era un caudillo federal cordobés de cierta relevancia que había sido derrotado en su provincia natal y vivía en Entre Ríos protegido por Urquiza.

Al caer la tarde de ese fatídico lunes de 1870, según los testimonios, a las 19.30 hs., el gobernador se encontraba en la galería delantera de su residencia conversando con uno de sus ministros y escuchó sorprendido la llegada de un tropel de jinetes que habían entrado por la puerta trasera del Palacio San José al grito de ¡Muera Urquiza! y dando vivas a López Jordán. El gobernador se dirigió a una de sus habitaciones extrayendo un rifle y disparando contra la partida. Lo que ocurre a partir de ese momento es confuso y no lo aclara Mosqueira en el proceso. No se sabe si Luengo alcanzó a darle la orden de rendición a Urquiza o algún hombre de la partida disparó desobedeciendo la orden contra el caudillo que cae alcanzado por un tiro en la cara. También es un enigma quién lo “despenó” con cinco puñaladas en el pecho. (2)

Lo que sí está claro es que la muerte de Urquiza no fue ordenada por López Jordán, ni estaba en los propósitos de los revolucionarios. La consideraban una muerte inútil. Y, para completar la intriga de esta historia, el mismo día, con algunas horas de diferencia, como en una secuencia del cine de Francis Ford Cóppola, son asesinados en Concordia, también en circunstancias equívocas dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino.

La reacción de Sarmiento

Cuando el Presidente Sarmiento recibe la noticia en Buenos Aires de la muerte de su flamante aliado lo invade un furor apocalíptico (¿actuación?). Los primeros informes le indican que parece que los matadores obedecían a una orden de López Jordán.

Domingo Faustino Sarmiento. 

Enfurecido y apurado Sarmiento promete vengar al muerto y aniquilar al presunto asesino. Dispone que el homicida es López Jordán, le imputa el crimen porque políticamente le conviene. Sarmiento sabe bien que López Jordán es ahora su nuevo enemigo, es el hombre que le impidió a Urquiza enviar las tropas a Paraguay en el desbande de Basualdo. Sabe de la prédica que López Jordán tiene en el pueblo entrerriano y de su popularidad. Teme Sarmiento una revuelta federal generalizada.

Por razones políticas, sin averiguar los pormenores del caso, le imputa a López Jordán el homicidio que la historia oficial repetirá incansablemente. Pero, lo cierto es que el asesinato de Urquiza es un crimen impune, uno de los tantos que la historia oficial oculta.

¿Quien fue?

¿Entonces, si no hubo orden de matar a Urquiza por parte de los revolucionarios, como fue el desenlace de la tragedia de San José? ¿Cómo y por qué ocurrieron los hechos? 

Dentro del conjunto de historiadores que han tratado de develar la incertidumbre del hecho, Fermín Chávez, en su voluminoso y documentado libro “Vida y muerte de López Jordán” conjetura tres probabilidades: a) Que los jefes de la revolución jordanista autorizaron la ejecución de Urquiza; b) Que Luengo, la resolvió sobre la marcha; c) O que la resistencia armada de Urquiza dió ocasión a su muerte.

Ahora bien, ninguna de estas hipótesis puede ser probada... Son especulaciones. De hecho, nada ha podido ser probado fehacientemente. Vale entonces, a ciento cincuenta años de lo ocurrido, hacerse una clásica pregunta de invariable lógica policial: ¿A quién le convino el crimen? ¿Quién fue políticamente beneficiado por el asesinato? La respuesta que surge inmediatamente es: Sarmiento.

Por un lado quedó eliminado Urquiza del cual Sarmiento desconfiaba no obstante la visita reconciliatoria que le había hecho al “Señor de San José”. Y, por otro lado, el crimen, le da la oportunidad de intervenir e invadir militarmente Entre Ríos, último bastión del federalismo, para perseguir hasta aniquilar a Ricardo López Jordán que asomaba como un referente nacional de la causa federal. Aprovecha la coyuntura para poner en práctica el nefasto consejo que años antes le había dado a Mitre: “no ahorre sangre de gaucho” y abonará la tierra entrerriana con la sangre de las últimas montoneras sublevadas contra el atropello de Buenos Aires.

La premonición de José Hernández

José Hernández, el autor del Martin Fierro, es uno de los grandes intelectuales del campo nacional. Su obra constituye uno de los pilares sobre los cuales se construye la cultura argentina de los últimos 150 años. Él y su obra fueron un anti facundo, un anti Sarmiento.

Si bien fue pública su filiación jordanista y conocidas sus palabras en torno a Urquiza y su muerte (3), en su obra se encuentra un texto que advierte, como lo haría una pitonisa, la posibilidad de una tragedia como la acontecida el 11 de Abril de 1870.

Militante político y periodista, Hernández funda en nuestra ciudad, Paraná, en el año 1863 el periódico “El Argentino”. Prensa federal y anti porteña, desde allí publicó sus notas sobre el Chacho, una muerte confiesa de Sarmiento. Las notas luego fueron editadas como un folleto titulado “Rasgos Biográficos del General Ángel Vicente Peñaloza”, que llegará a nuestros días como “Vida del Chacho” de José Hernández. Este trabajo tiene un prefacio de carácter premonitorio que traza un vínculo directo entre Sarmiento y los unitarios con la muerte de Urquiza: “Los salvajes unitarios están de fiesta. Celebran en estos momentos la muerte de uno de los caudillos más prestigiosos, más generosos y valientes que ha tenido la República Argentina. El partido Federal tiene un nuevo mártir. El partido Unitario tiene un crimen más que escribir en la página de sus horrendos crímenes… El partido que invoca la ilustración, la decencia, el progreso, acaba con sus enemigos cociéndolos a puñaladas…

El partido unitario es lógico con sus antecedentes de sangre… ¡Maldito sea!... La Sangre de Peñaloza clama venganza… No lo hará el general Urquiza. Puede esquivar si quiere a la lucha su responsabilidad personal, entregándose como inofensivo cordero al puñal de los asesinos, que espían el momento el golpe de muerte; pero no puede impedir que la venganza se cumpla, pero no puede continuar por más tiempo el torrente de indignación que se escapa del corazón de los pueblos…

Cada palpitación de rabia del partido unitario, es una víctima más inmolada a su furor. Y el partido unitario es insaciable…

La historia de sus crímenes no está completa. El general Urquiza vive aun, y le General Urquiza tiene que pagar su tributo de sangre a la ferocidad unitaria, tiene también que caer bajo el puñal de los asesinos unitarios como todos los próceres del partido federal… Tiemble ya el general Urquiza que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre a de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido Unitario…

José Hernández.
Lea el general Urquiza la historia sangrienta de nuestros últimos días; recuerde a sus amigos, Benavidez, Virasoro, Peñaloza sacrificados bárbaramente por el puñal unitario; recuerde los asesinos del progreso, que desde 1852 lo vienen acechando… No se haga ilusiones el general Urquiza… Recorra la fila de sus amigos y vea cuantos claros ha abierto en ellas el puñal de los asesinos. Así se produce el aislamiento, así se produce la soledad en que lo van colocando para acabar con el sin peligro. Amigos como Benavidez, como Virasoro, como Peñaloza no se recuperan, general Urquiza…

No se haga ilusiones el general Urquiza; el puñal que acaba de cortar el cuello del general Peñaloza, bajo la infame traición de los unitarios, en momentos de proponerle paz, es el mismo que se prepara para él en medio de las caricias y de los halagos que le prodigan traidoramente los asesinos…

¡En guardia general Urquiza! El puñal está levantado, el plan de asesinaros preconcebido; la mano que descargue el golpe la comprara el partido unitario  con el oro que arrebata al sudor de los pueblos que esclaviza…”

Este texto, critico también con el Urquiza posterior a Pavón, era una luz roja de alerta para el entrerriano. Con un carácter premonitorio y preciso se señala hasta el lugar donde moriría el gobernador. También marca, en forma clara, que la pasividad del caudillo entrerriano ante el asesinato del Chacho Peñaloza, instrumentado y pensado por Sarmiento no solo fue una claudicación política, fue también un golpe directo contra su propia fortaleza.

Años después del texto citado, José Hernández, desde otro periódico militante, “El Eco de Corrientes” escribía contra la candidatura presidencial de Sarmiento: “Somos opositores a la candidatura de Sarmiento porque somos Nacionalistas, hemos formado siempre en las filas del partido federal separado de la escena pública desde la Batalla de Pavón, y sin traicionar nuestra fe política no podríamos simpatizar con Sarmiento para quien la federación es una bestia negra, con él que ha proclamado siempre el unitarismo… porque reputamos su candidatura como candidatura de amenaza, como una espada desnuda sobre el cuello del partido federal..”

Ya en el ocaso de su carrera política, Sarmiento sigue siendo blanco de las balas de prensa de José Hernández. En una nota del año 1875, publicada en el periódico “La Libertad” de Buenos Aires, que reproducía una carta abierta del autor del Martin Fierro dirigida al asesino de Peñaloza se puede leer: “Al termino de esas luchas hemos llegado cada uno con la historia de nuestros propios hechos… Pero por violento que haya sido el tono de mis escritos en la prensa periódica en los momentos terribles de la lucha, ni lágrimas, ni sangre se ha derramado por mi culpa, y ni viudas, ni huérfanos, han de maldecirme. Y Ud. señor Sarmiento, ¿podrá decir lo mismo? El país entero sabe que no…” (4)

La lógica deductiva de Alberdi

Juan Bautista Alberdi.
Juan Bautista Alberdi, el más lucido pensador del siglo XIX, es un hombre a cuyo pensamiento lo han partido en dos. Reivindicado por el liberalismo porteño en su etapa antirrosista juvenil, fue condenado al ostracismo por los vencedores de Caseros y Pavón, y toda su obra madura fue declarada como un crimen de lesa patria. No es llamativo que nuestros contemporáneos conozcan sólo una parte muy pequeña de su obra. Fermín Chávez sostiene que: “Quien se tome la tarea de leer las Obras Completas y los Escritos Póstumos del ilustre tucumano, advertirá inmediatamente que in ochenta por ciento de sus escritos es antisarmientista y antimitrista, y además, que sus dos libros clásicos (Las bases y El crimen de la guerra) no son tales sino en la medida en que significan una parcialización efectuada ex prosefo, con fines escolares, por quienes han mantenido hasta hoy el monopolio de nuestra cultura” (Fermín Chávez, “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina”)(5).

Con los “Escritos Póstumos” de Alberdi, magna obra confinada al olvido por la historia oficial, se puede reconstruir un rompecabezas, a través de diferentes textos, que nos brinda las supuestas razones y los autores de los hechos del 11 de Abril y sus consecuencias inmediatas y mediatas.

Para Alberdi la clave de los hechos radica en la trascendencia nacional de Entre Ríos. Los móviles de este proceso residirían en la búsqueda de la supresión política de nuestra provincia. Así lo afirma cuando escribe: “Ningún presidente argentino puede existir sin el apoyo de Entre Ríos. Es la verdadera capital geográfica de lo que se llama gobierno nacional argentino, aunque este resida en Buenos Aires. No es Urquiza el que le da ese rol, sino la geografía. Lo tuvo antes Urquiza, lo tendrá después de él. Urquiza debe lo que es al poder que su provincia debe a su situación geográfica. Entre Ríos es la cuña natural de Buenos Aires. La cuña para ser buena ha de ser del mismo palo; es decir, del mismo modo de ser litoral, pastoral, comercial, con la ventaja de estar fortificado por sus mismos límites naturales y estratégicos, y estar libre de indios pampas, polilla indestructible de la campaña de Buenos Aires, que está al lado de de un rio pero no entre dos ríos, que le den riqueza, defensa y poder…. Todo el que busca la nación se dirige a Entre Ríos, porque esta provincia la representa geográficamente, a causa de su identidad de interés, como entidad antagonista de la provincia de Buenos Aires, que pretende suplantarse a la nación en vez de confundirse con ella… La prueba es que los dos presidentes que se han llamado vencedores de Urquiza y de Entre Rios no han podido presidir a la nación sin tener la venia de Entre Ríos. ¿Por qué? Porque Entre Ríos representa mejor la nación que Buenos Aires. (Escritos Póstumos, Tomo IX, página 266-7)”. (6)

Esta idea de la envergadura económica y política de Entre Ríos se debe complementar con un leitmotiv de los “Escritos” alberdianos: La Guerra del Paraguay. Para el tucumano, la Guerra del Paraguay y la invasión a Entre Ríos son etapas de un mismo proceso en el cual Buenos Aires, instrumentando una política imperialista, aniquila a sus dos grandes antagonistas. Después de la muerte de Urquiza y cuando Sarmiento se dispone a invadir Entre Ríos, Alberdi escribe: “Los que dicen que van a vengar a Urquiza no van más que a arruinar Entre Ríos, en el nombre de la moral aparentemente, pero en realidad en nombre del egoísmo, pésimamente entendido, de Buenos Aires y el Brasil. Entre Ríos y sus progresos eran un fantasma aterrador para Buenos Aires, como sucedía con el Paraguay cuando ese país se llenaba de vapores, ferrocarriles, telégrafos, arsenales, etc., etcétera. El pretexto moral de vengar a Urquiza, es decir, a su mayor enemigo, sirve al fin verdadero, que es arrasar al Entre Ríos, es decir, el emulo temido en la guerra del progreso material, el pueblo que abrió los afluentes del Plata. Hacer una guerra civil para castigar un asesinato es querer remediar un crimen por otro crimen mayor: un solo asesinato por diez mil asesinatos. Si los aliados no son autores del uno, lo son al menos del otro; si no lo son del asesinato individual, lo son de la guerra civil, es decir, del asesinato en masa. Y la muerte de Urquiza sirve tan bien a sus vecinos que hasta podría dárselos muy bien por sus autores. (E.P., Tomo VII, página 293)”. Se puede percibir que en esta frase, Alberdi sugiere que Sarmiento puede bien ser quien mató a Urquiza.

Alberdi señala una participación y un interés concreto de Sarmiento y el poder político de Buenos Aires en la muerte del gobernador entrerriano. También traza la vinculación entre el genocidio del pueblo paraguayo y el aniquilamiento de la montonera federal de López Jordán. El tucumano solidifica esta teoría cuando, dudando de la casualidad, afirma que: “…No bien terminada esa contienda (La Guerra del Paraguay) el gobierno de Sarmiento emprendió las dos guerras casi consecutivas de Entre Ríos que costaron a la nación vente millones de duros y ocho o diez mil vidas de argentinos… La mano de la casualidad sirvió a la mira de ese corolario de la Guerra del Paraguay con un discernimiento que la hubiera hecho sospechar consciente de lo que hacía. López (Solano) pereció asesinado (según el código americano de la guerra moderna) el 1º de Marzo de 1870, y Urquiza a los cuarenta días, el 11 de abril del mismo año. Tomó la persecución del castigo de este último crimen, en nombre de la moral, el mismo que había preparado indirectamente por centenares de escritos personales contra Urquiza, en que enseñó la doctrina de la supresión de los caudillos. La rica y gloriosa provincia de Entre Ríos preconizada en Argirópolis fue arrasada por dos campañas sangrientas, en nombre de la moral que condena el asesinato, como fue arrasado el Paraguay en nombre del honor nacional argentino y de la libertad de los paraguayos. Era la táctica hipócrita de la vieja política que cubre sus intereses en mira con principios abstractos de moral política. El gobierno de Sarmiento no destruyó la provincia argentina de Entre Ríos sino para servir los intereses mismos en vista de los cuales fue destruido el Paraguay”. (E. P., Tomo XI, páginas 318-9).

Profundiza este análisis otro párrafo, en donde explayándose sobre la relación entre Sarmiento y Urquiza y la Guerra del Paraguay, sostiene que la relación entre el presidente y el gobernador entrerriano “puede tener más bien por objeto calmar y desarmar a Urquiza, para sacrificarlo después que a López” (E.P., Tomo IX, página 286) o cuando afirma que: “Se agarra de Urquiza como se agarraría de la pata del diablo por no ahogarse, salvo ahogar al diablo más tarde” (E.P., Tomo XI, página 254).

A las razones políticas antes mencionas, Alberdi agrega motivaciones vinculadas con negociados financieros. En distintos pasajes de los “Escritos” habla sobre la deuda externa creciente, la pelea por empréstitos y su “manejo” político como una cuestión determinante de las grandes decisiones políticas argentinas. En un párrafo en particular, traza un sugestivo paralelismo entre la muerte de Urquiza y la de Facundo Quiroga, en la cual alude a la responsabilidad de Sarmiento en la muerte del entrerriano: “En el mismo año de 1870, en que Urquiza dejó de levantar el empréstito entrerriano, por su muerte, Buenos Aires levantó el suyo de 5 millones de pesos. Los hombres a quienes Urquiza había encargado de ese empréstito en Londres, eran agentes secretos de Buenos Aires y del Brasil. (Histórico). Es la lógica de los hechos la que acusa de la muerte de Urquiza a los que están procesando a López Jordán por el crimen que Buenos Aires hizo expiar a los Reinafés (verdaderas víctimas de su bisoñes) en la plaza de la Victoria. Así, no los excusa de la muerte de Urquiza el que castiguen a López Jordán, pues también los Reinafés, gobernadores de Córdoba, instrumentos de la muerte de Quiroga, fueron fusilados en Buenos Aires por el gobernador Rosas, que, según Valera, Indarte, Sarmiento, Alsina, etc., fue el autor mediato pero real de la muerte de Quiroga. (E.P., Tomo X, página 35)”. Volviendo sobre los pasos de Sarmiento, Alberdi acusa ahora al presidente de los mismos hechos que él acusaba a Rosas.    

En cuanto a la autoría material e ideológica del crimen de Urquiza, Alberdi fertiliza la hipótesis de que Sarmiento sería el responsable de todo lo ocurrido. Lo denuncia metafóricamente cuando escribe que: “Mató a Urquiza el que mató el honor, el nombre y el crédito y valor moral de Urquiza. Fue matador de Urquiza el que lo demostró en cien escritos, por diez años, que era todo y el solo mal de la patria; que era un monstruo de inmoralidad y de tiranía, indigno de vivir. En una palabra, mató a Urquiza el que lo condenó a muerte, a la muerte violenta que tuvo, y esa sentencia lleva el nombre de Sarmiento y está refrendada por el nombre de Mitre; así como Sarmiento refrendó la sentencia de muerte contra López del Paraguay...”. En éste pasaje, Alberdi le imputa a Sarmiento una responsabilidad moral e indirecta con respecto al atentado. Pero va más allá, en el mismo texto ahonda sobre la posible responsabilidad directa que Sarmiento habría tenido cuando afirma: “Todos los conflictos que forman las crisis del Plata en 1873 son resultados episódicos, efectos directos, obras perfectas de las presidencias de Mitre y Sarmiento. La actual cuestión del Paraguay viene de Mitre, que fue el creador de esa cuestión, no resuelta no terminada todavía. La cuestión de Entre Ríos, viene de la presidencia de Sarmiento, que mandó la guerra innecesariamente contra López Jordán, después de ser él mismo quién mató a Urquiza, con más probabilidad que Jordán. De Jordán sólo sabemos que fue acusado de esa muerte porque aceptó la revolución contra Urquiza; pero de Sarmiento todo el mundo conoce la obra contra la vida de Urquiza. (E.P., Tomo VII, pagina 304)”.

Razonamientos como estos se encuentran diseminados por los distintos rincones de los “Escritos” alberidanos. A los fines de este breve ensayo sólo he seleccionado algunos para reconstruir el análisis de Alberdi, que pone en el centro del proceso, que va desde la tragedia del 11 de Abril de 1870 a la eliminación de la montonera jordanista, la cuestión política nacional.

Alberdi, a través de sus textos, afirma que este proceso tenía como finalidad principal la de eliminar políticamente a Entre Ríos, y a sus hombres federales, del escenario nacional. Se lo hizo para allanar el camino a la política del puerto de Buenos Aires y terminar definitivamente con la única posibilidad latente de construir una patria auténticamente federal. Los negocios externos, la deuda pública, el comercio exterior y el orden político interno fueron los móviles de la tragedia. Con la guerra y la muerte, al igual que como hicieron con el Chacho y Solano López, Mitre, Sarmiento y cia. remataron a sus opositores políticos.

La reacción y el análisis de Juan Manuel de Rosas ante el asesinato de Urquiza

Juan Manuel de Rosas estaba en su exilio en Southampton cuando ocurrió la muerte de Urquiza. Josefa “Pepita” Gómez (7), recordada como la “embajadora de Rosas” en Buenos Aires, le escribe al ex gobernador de Buenos Aires el 19 de mayo de 1870 para poner al tanto al Restaurador de las noticias. Su carta comienza con una sentenciosa conclusión histórica:

Estaba en la estancia cuando recibí el 15 del pasado abril la terrible noticia del asesinato de nuestro amigo el general Urquiza; juzgue usted mi impresión como mujer leal en la amistas que había extirpado en mi corazón todo otro sentimiento que no fuera sincero para ese hombre, pero, vuelta de mi sorpresa como mujer patriota y de partido, no pude menos como ahora digo a Usted que exclamar: ¡la justicia de Dios se ha cumplido! Los traidores y parricidas tienen que morir trágicamente. No siempre se puede jugar impunemente con la vida de los pueblos y de los hombres, sin que estos se levanten protestando contra el traidor vendido al extranjero”.

Sobre el contexto político agrega en su carta:

“El Gobierno Nacional Sarmiento, quienes ven en López Jordán hasta cierto punto y no sin razón temen la reacción pues Jordán es un verdadero federal muy prestigioso en su provincia y fuera de ella. Si fuese un hombre de ellos batirían palmas por la muerte de Urquiza, como las batieron cuando don Juan Lavalle, fusiló de su orden al benemérito coronel Dorrego, por cuyo crimen y asesinato de todo principio fue proclamado gobernador de la provincia de Buenos Aires que elevó tan alto la bandera argentina pidiendo a los pueblos el castigo de hecho tan sangriento por el que ha corrido y corre la sangre de hermanos por más de 40 años, cuya destrucción miran con placer los poderes europeos, y más la vanguardia avanzada del imperio del Brasil…”.

Ante las noticias y las cartas que recibe con relatos de los hechos del Palacio San José, ¿cómo reacciona Rosas? De las muchas respuestas de Rosas ante estos hechos entiendo que la carta que remitió a Federico Terrero el 5 de junio del 1870 es, quizá, la más esclarecedora de todas. Haré un breve análisis de los párrafos más relevantes de ella:

“…Ninguna persona que haya seguido estudiando en la práctica, la historia de las repúblicas del plata, ha debido extrañar el desgraciado fin de su Excelencia el señor capitán general Urquiza. Por el contrario, lo admirable e inaudito es, su permanencia en el poder, por grado siempre bajando, a virtud de sus hechos contrarios a su crédito, a sus amigos políticos, y favorables a sus enemigos… En mi larga carta, después de esa batalla le dije que habiendo él mismo cometido el gravísimo error, después del triunfo, de pasar todo su poder a sus enemigos, con funesto perjuicio a los que seguían de buena fe su política; su vida y su fortuna, no estaban seguras, si permanecía en la provincia entrerriana… Últimamente, poco antes de la triste noticia de su asesinato, le escribí, por complacerlo, dándole consejos implícitos en orden a su testamento, para prevenir después de su muerte, desgracias a su buena compañera y a sus hijos…”

En la primera parte de la misiva, Rosas indica que en una carta que remitió a Urquiza, luego de la Batalla de Pavón, le advirtió sobre la amenaza que se cernía sobre su persona cuando entregó el poder político e institucional a Mitre y los unitarios porteños, y la necesidad de tomar medidas al respecto, abandonando Entre Ríos incluso.

Luego Rosas resalta la improcedencia de la intervención federal contra López Jordán como consecuencias de estos episodios:

“…En una república de estados federales, el gobierno general no puede intervenir con fuerza armada en algún hecho de armas, puramente interno, en algunas de las provincias, o estados federados… Y si es, como se dice, que la gran mayoría de la provincia entrerriana está en armas para sostener la aprobación que ha dado, a ese asesinato de su gobernador, cuya persona consideraban ya peligrosa, en y fuera de ella, es en tal caso un hecho y alarma, puramente internos”.

Posteriormente, recurriendo al frecuente recurso de hablar de si mismo en tercera persona, frecuente en su correspondencia, Rosas da cuenta de lo que Urquiza le expresaba al mismo Rosas respecto a su caída y el rol que tuvo, remarcando lo arrepentido que estaba de su participación en este proceso y la premonición del propio Urquiza de ser asesinado por los mismos enemigos de Rosas, Mitre, Sarmiento y cía. Y lo expresaba en los siguientes términos:

“…Su E. el Señor Capitán General Urquiza lo ha usado con frecuencia al hablar del descenso del general Rosas…“Toda mi vida, decía (se refiere a que Urquiza decía), me atormentará constantemente, el recuerdo del inaudito crimen que cometí, al cooperar, en el modo como lo hice, a la caída del general Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores, he colocado en el poder”.

“Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo”, le manifestaba Urquiza a Rosas. El “arrepentimiento” de Urquiza era un comentario que con frecuencia hacía el entrerriano y que encuentra muchos fedatarios en la historia argentina. Ya en 1852 Urquiza manifestó: “Hay sólo un hombre para gobernar la Nación Argentina, y es Don Juan Manuel. Yo estoy preparado para rogarle que vuelva aquí”(8).

Volviendo a la carta, por último, ensaya Juan Manuel de Rosas una explicación sobre los motivos de la persistencia del error de Urquiza de confiar en los unitarios porteños, aventurando una explicación que encuentra razones en lo mas simple y complejo de la naturaleza humana. Sobre esto se expide, por último, con estas ideas y deseos:

“¿Por qué entonces continuaba sus errores y seguía su marcha pública por caminos tan peligrosos y extraviados? Porque así es el hombre en su caso, circunstancias y opulencias en la engañosa condición de su veloz carrera. Estamos bien de acuerdo en todas tus consideraciones relativas. Y pienso también, lo mismo, cuando dices que las complicaciones que vendrán serán serias y que lo peor de todo son las maniobras del gabinete brasileño. Que Dios ilumine la marcha pública de los primeros hombres de esas repúblicas y tenga piedad de todos son los votos de tu agradecido amigo”.

3. Conclusiones

“Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la prédica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad… En este episodio el oficialismo metropolitano vuelve a administrar justicia a su gusto y paladar…En la lucha rencorosa, sin cuartel, de acciones violentas, Sarmiento venció, al final, a López Jordán y no solo dictó sentencia en las acusaciones que él solo hizo, sino que las impuso… La versión oficial que ha llegado hasta nosotros es consecuencia de esa disciplina”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán


No todo se puede ocultar o silenciar por siempre

La historia oficial está plagada de falsedades y omisiones maliciosamente consumadas. De hecho, las muertes poco claras que mencionamos al principio de este ensayo han sido instrumento de propaganda política del aparato cultural del sistema. Ya sea para encubrir o para culpar injustamente de un crimen a alguien, un asesinato, una muerte jamás constituyó un impedimento moral a la hora de escribir la historia acorde a los intereses de las clases dominantes. Si han asesinado que problema pueden tener en mentir sobre ello, o sobre quién y cómo.

Pero no todo se puede ocultar o silenciar eternamente. Los textos de José Hernández Juan Bautista Alberdi y Juan Manuel de Rosas, olvidados maliciosamente por la historiografía oficial, abren una ventana para tener una mirada distinta sobre el asesinato de Urquiza, magnicidio impune en la historia argentina. Existen otros historiadores y actores políticos de la época que llegan a conclusiones similares que esta, su estudio también podrá contribuir a echar luz sobre este oscuro episodio histórico.

A modo de conclusión, lo que queda claro hoy es que Ricardo López Jordán no mandó a matar a Urquiza, esto está fehacientemente comprobado. ¿Quién fue entonces el mentor del atentado? ¿Fue un accidente? ¿Una consecuencia indeseada por la resistencia armada que el propio Urquiza opuso a sus captores? ¿Una venganza de los viejos federales decepcionados por las vacilaciones de Urquiza? ¿Una represalia por la “retirada” de Pavón? ¿Un crimen ejecutado por los liberales porteños como lo presagió José Hernández? ¿Que relaciones y que consecuencias tuvo con el atentado el viaje presidencial de Sarmiento a San José?  No hay certezas y el lector tendrá que remediar la falta de pruebas con sus propias conjeturas.


Notas

1. José Adolfo La Rosa publica, en el año 2003, un libro titulado “Él no mató a Urquiza”. En la obra reivindica la figura de Mosqueira, antepasado del autor del libro. La Rosa, basado en las actas judiciales demuestra que Mosqueira no es el autor material del homicidio sino que fue un chivo expiatorio.  El mencionado Mosqueira es sobreseído en la causa y según el autor muere en extrañas circunstancias, ¿envenenado? en Gualeguaychú en 1874.

2. De toda la bibliografía y documental consultada surge que el tiro que recibe Urquiza en la cara no es mortal. El tiro habría sido disparado por un tal Pardo Luna. Pero el autor material de la muerte de Urquiza fue quien infirió las puñaladas y según las declaraciones y acorde a los testigos lo sindican al cuchillero oriental Nicomedes Coronel.

3. Quienes pretenden reforzar la tesis oficial que adjudica la muerte Urquiza a una orden de López Jordán suelen abonar sus teorías con una cita de José Hernández: “Urquiza era el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el Jefe Traidor del Gran Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido, debía por lo tanto iniciarse por un acto de moral política, como era el justo castigo del Jefe Traidor”. Independientemente del análisis del resto de la obra periodística y política de José Hernández que no viene al punto de este ensayo, pero a los fines de relativizar esta idea me parece oportuno mencionar que esta no es una nota de un diario ni un carta abierta, proclama ni un texto de carácter público de los tantos que escribió José Hernández en su vida. Al contrario, es una carta privada anónima, que ni si quiera lleva su firma, que llega a manos de López Jordán por interpósita persona meses después de la tragedia del 11 de Abril cuando el autor del Martin Fierro ni siquiera residía en Entre Ríos. Esto lo demuestra Aníbal S. Vásquez en “José Hernández en los entreveros jordanistas”, teoría que sigue Fermín Chávez en su “José Hernández. Periodista, Político y Poeta”. También considero apropiado mencionar que en ningún trayecto de la carta se menciona el hecho concreto del magnicidio entrerriano, ni mucho menos la autoría de López Jordán. Otra cuestión importante para traer a colación radica en el hecho de que la carta es una proclama federal, que insta López Jordán a encabezar una revolución nacional contra el gobierno de Sarmiento, es así que en otros pasajes del documento podemos leer: “El actual gobierno Nacional es arbitrario, despótico y timorato, porque no se apoya en la opinión de los pueblos, sino en las bayonetas de sus reducidos batallones”… “Ud. quiere la felicidad de Entre Ríos, su prosperidad, su progreso, su engrandecimiento moral y material… esta aspiración es noble y legitima de parte suya; pero no puede realizarse, sino armonizado su surte con las demás Provincias Argentinas, y haciendo que todas ellas participen de los mismos beneficios”… “Creo que sería posible robustecer el poder de la revolución de Entre Ríos, por la unión de los federales de todas las partes. No deje Ud. que su prestigio se menoscabe fuera de Entre Ríos. (Carta citada en “José Hernández en los entreveros jordanistas” de Aníbal S. Vásquez)”.    

4. Las dos citas periodísticas de José Hernández fueron extraídas del libro “Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80” de Eduardo Luis Duhalde, un excelente libro que narra y describe el rol de toda una generación política e intelectual que se enfrento al liberalismo porteño.

5. El historiador entrerriano Fermín Chávez aborda de manera muy acabada la etapa madura de Alberdi. En distintos libros como el mencionado “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina” y “Alberdi y el Mitrismo” se puede encontrar un excelente panorama de la obra antimitrista y antisarmientina del pensador tucumano. 

6. La edición de los “Escritos Póstumos” es la de la Universidad Nacional de Quilmes, del año 2002.

7. Josefa Gómez (Pepa o Pepita Gómez) fue una colaboradora muy importante del Restaurado, entre muchas funciones que asumió, pasó a la historia como la “embajadora de Rosas” en Buenos Aires, un rol que cumplió sin tregua desde el comienzo del exilio inglés del ex –caudillo hasta su propia muerte en 1875.

8. Palabras pronunciadas por Urquiza el 1 de junio de 1852, en forma confidencial al Almirante inglés Gore, según consta en el informe de Gore a Malmsbury, citado por José María Rosa en “Historia Argentina”, Tomo 6, Pág. 34.


Bibliografía especial consultada:

Alberdi, Juan Bautista. “Escritos Póstumos”. Edit. Universidad Nacional de Quilmes. Bernal 2002.

Barreto Constantín, Ana María. “Muerte de Urquiza” Edit. Dunken. 2008.

Bosch, Beatriz. “Urquiza y su tiempo”. Eudeba. Buenos Aires 1971.

Chávez, Fermín. “Vida y muerte de López Jordán”. Editorial Teoría. Buenos Aires 1970.

Chávez, Fermín. “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina”. Edit. Los Coihues. Buenos Aires 1988.

Chávez, Fermín. “Vida del Chacho”. Ediciones Theoria. Buenos Aires. 1967.

Duhalde, Eduardo Luis. “Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80”. Editorial Punto Crítico. Buenos Aires. 2005.

Duarte, María Emilia. “Urquiza y López Jordán”. Editorial Platero. Buenos Aires. 1974.

Gálvez Manuel. “Vida de Sarmiento”. Editorial Thor. 1943.

Gianello, Leoncio. “Historia de Entre Ríos”. Ediciones de la Provincia. Paraná. 1951.

La Rosa, Jorge Adolfo. “Él no mató al General Urquiza”.

Newton, Jorge. “Ricardo López. Último caudillo en armas”. Editorial Plus Ultra. Buenos Aires. 1965.

Salduna, Bernardo. “La rebelión jordanista”. Editorial Dunken. Buenos Aires 2005.

Vásquez, Aníbal. “Caudillos entrerrianos. López Jordán”. Editorial Peuser. Rosario 1940.

Vásquez, Aníbal. “José Hernández en los entreveros jordanistas”. Editorial Nueva Impresora. Paraná 1953.

Ruiz Moreno, Leandro. “A 81 años de la tragedia del 11 de abril”.  Editorial Nueva Impresora. Paraná 1951.