martes, 17 de septiembre de 2019

Pavón: Urquiza y los enigmas de la batalla que inauguró la "La Era de Mitre”

Escena histórica (Manzoni, 1861) que representa el campo de batalla de Pavón. Sobresale la figura de Bartolomé Mitre uniformado, en un caballo blanco, espada en mano, dando órdenes a la tropa. En el ángulo superior derecho se ve el casco de la estancia de Domingo Palacios, con una pequeña torre (mirador). Pieza perteneciente al Museo Mitre. Texto Wikipedia.

"(...) ¿Qué pasó en Pavón? ... Es un misterio no aclarado.” José María Rosa, “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”.


 “¿Para qué ha dado Urquiza tres batallas? Caseros para ganar la Presidencia, Cepeda para ganar una fortuna y, Pavón para asegurarla”. Juan Bautista Alberdi, “Escritos Póstumos”.





El 17 de septiembre de 1861 tuvo lugar la batalla de Pavón entre las fuerzas porteñas, comandadas por el general Bartolomé Mitre, y las tropas de la Confederación Argentina, al mando del general Justo José de Urquiza. Durante el combate, Urquiza retiró sus tropas, aún teniendo superioridad numérica. La victoria fue para los porteños, que extenderían su dominio, después de Pavón a todo el territorio nacional.


La batalla de Pavón suscitó polémicas y especulaciones que aún perduran, pero al margen de las interpretaciones sobre los entretelones de la batalla, lo cierto es que Pavón abrió el camino a la consolidación definitiva del poder de Buenos Aires sobre las provincias argentinas. Haré aquí un repaso de los hechos, interpretaciones históricas y me atrevo a efectuar un análisis político. 


Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro


Los hechos

Las acciones militares, según la mayoría de los historiadores, acaecieron de la siguiente manera: Los dos ejércitos chocan cerca de la estancia de Palacios, junto al arroyo Pavón en la provincia de Santa Fe.

Urquiza es un militar de experiencia, Mitre ha sido derrotado hasta por las precarias milicias de los pueblos originarios en Sierra Chica. El resultado no parece dudoso, y todos suponen que pasará como dos años antes, en Cepeda, cuando el ejército federal derrotó a los porteños.

Parece que va a ser así. Pero no... La caballería de Mitre se desbanda. Ceden la izquierda y a la derecha mitrista ante las cargas de las caballerías de la Confederación. Apenas en el centro, la infantería mantiene una débil resistencia que no puede prolongarse.

Mitre, convencido de la derrota, emprende la fuga. Hasta que le llega un parte famoso por lo desatinado: “¡No dispare, general, que ha ganado!”. Y Mitre vuelve a recoger los laureles de su primera –y única quizá– victoria militar.    

Justo José de Urquiza.
Incomprensiblemente Urquiza no ha querido coronar la victoria. Lentamente, al tranco de sus caballos, para que nadie dude que la retirada es voluntaria, ha hecho retroceder a las invictas montoneras entrerrianas. Inútilmente los generales Virasoro y López Jordán, en partes que fechan “en el campo de la victoria” le demuestran el triunfo obtenido. Creen en una equivocación de Urquiza. ¡Si nunca ha habido triunfo más consumado! Pero Urquiza sigue su retirada, se embarca en Rosario para Diamante, y ya no volverá de Entre Ríos.

¿Qué explicación da Urquiza en su parte de batalla?

Hasta aquí, los hechos según la mayoría de los historiadores que podamos consultar.

Pero, ¿qué explicación da el propio Urquiza en su parte de batalla? Que abandonó la lucha “enfermo y disgustado al extremo por el encarnizado combate”. Es decir que el vencedor de Vences, Cepeda y Caseros, el que degolló salvajemente a Chilavert, sufre una indisposición orgánica y lo afecta una desazón especial, casi existencial por la crueldad de la batalla. Absurdo, inverosímil. Hay varias explicaciones sobre la retirada de Urquiza en Pavón, algunas son posibles, pero la del propio Urquiza es imposible de creer.

La versión de la historia oficial urquicista

¿Qué explicación nos da la historia oficial? En su versión urquicista, la historiadora Beatriz Bosch califica a la batalla como “indecisa” y la retirada de Urquiza se explica cómo maniobra para salvar las tropas entrerrianas. Bosch menciona una supuesta inferioridad militar e incluso se remite a la mala salud del caudillo en la emergencia.

No parece ser ajustada a los hechos y pruebas históricas, y nada aporta ésta interpretación a la confusión general. Confusión que el mismo Urquiza parece alentar en sus cartas posteriores a Mitre y a Derqui.

Las interpretaciones psicológicas

Un grupo de historiadores prefieren explicar el hecho a partir de interpretaciones psicológicas del comportamiento de Urquiza como por ejemplo el pionero revisionista Ernesto Palacio que hace hincapié en la influencia de Mitre: "¡Ah la oratoria de Mitre! Así empezaba a inculcar, en la mente dócil del caudillo entrerriano. La idea de que la garantía de su gloria consistía en desarmarse y dejarse dirigir por él” y continúa más adelante: “el primero (Urquiza) se halla literalmente fascinado por el segundo (Mitre) y repite como un loro sus ideas”.

Puiggrós habla del “hastío” de Urquiza que como un señor feudal prefería dedicarse a sus pingues negocios y abandonar la lucha política.

Abelardo Ramos, a veces tan exigente en su marxismo, también cae en una mirada “psicológica” del caudillo entrerriano: “Pavón demostró que Urquiza llevaba la muerte en el alma” y en lo que podría leerse como cierto desprecio a lo provinciano dice: “la abulia de Estanislao López se reencarnaba en Urquiza”.

Las lecturas revisionistas

Un segundo grupo de historiadores revisionistas encabezados por José María Rosa profundizan la hipótesis de un arreglo masónico mezclado con negocios de ganado. En síntesis, documentan que intervino la masonería fallando el pleito sin que Urquiza pagara las costas.

Que un misterioso norteamericano de apellido Yatemon fue y vino entre uno y otro campamento la noche antes de la batalla concertando un acuerdo, que Urquiza desconfiaba del presidente Santiago Derqui, que estaba cansado y prefirió arreglarse con Mitre, dejando a salvo su persona, su fortuna y su gobierno en Entre Ríos.

Alberdi con su inefable mordacidad también tiene su propia interpretación: “¿Para qué ha dado Urquiza tres batallas? Caseros para ganar la Presidencia, Cepeda para ganar una fortuna y, Pavón para asegurarla”.

Los vacíos de las lecturas

Creo que a la historia no la construyen fatalidades personales. Es difícil, para mí, interpretar la historia a partir de las conductas de los hombres como individualidades providenciales. No creo que la influencia de Mitre, el hechizo que producía su palabra; o el hastío o la abulia de Urquiza, hayan sido decisivas en la determinación de retirarse en Pavón.

La segunda hipótesis, la de las intrigas masónicas es ciertamente posible. Lo que no explica, es el porqué, si hubo un arreglo entre ambos, Mitre huyó del campo de batalla despavorido, convencido de que había sido derrotado.

Los juicios de Alberdi, bien pueden ser exabruptos literarios o críticas viscerales sin valor histórico, que Alberdi escribe desde la decepción comprensible que le origina la pérdida irremediable de un proyecto político posible el cual lo tuvo como su mente más brillantes.

En busca de una interpretación histórica

Me atrevo yo también aventurar una conjetura que explique la retirada de Urquiza en Pavón, ideas que expresan varios historiadores pero a la que deseo parte una lógica integral. Aunque más que una conjetura es un análisis político del hecho histórico que consideramos y; esperando, no oscurecer demasiado los “misterios” de Pavón.

Urquiza toma una decisión política con la retirada de su caballería en Pavón. Retirada que significa la claudicación política de su proyecto: La Confederación Argentina sin Buenos Aires. Él tenía total conciencia desde el Pacto de la Unión, o tal vez desde antes, de la inviabilidad de ese proyecto. Proyecto que no era sustentable porque implicaba la dominación económica del puerto de Buenos Aires y eso era material y políticamente imposible para él.

Urquiza carecía de los recursos y la capacidad para imponerse sobre Buenos Aires. Seguramente tenía presente que sólo por muy poco tiempo después de Caseros pudo imponer su poder sobre Buenos Aires. El 11 de septiembre de 1852 los porteños le dijeron adiós, y pese las batallas posteriores nunca pudo ser Urquiza un caudillo en el puerto. La única alianza posible con Urquiza para los porteños fue la de utilizarlo para derrotar a Rosas.

Para la historia liberal –y para la historiografía marxista también, pero con valoraciones invertidas- se trata de una cuestión de determinismo histórico. Un país sin Buenos Aires a la cabeza era imposible, y el tiempo se encargaría de sacar la historia de su letargo y pondría a las minorías poderosas del Puerto, en lo económico y político, como clase dirigente de toda la Nación. Urquiza fue sólo un nexo, un eslabón, funcional y transitorio entre Rosas y Mitre. La historia liberal mitrista le reserva a Urquiza el rol histórico del "Organizador", el primero que hizo pie, destacando al "héroe" de Caseros pero omitiendo que Buenos Aires no formó parte de la Confederación que organizó, ni Mitre juró jamás por su Constitución. Así, Urquiza y Mitre, con estas omisiones, se integran en una solución de continuidad.

Desde aquí entonces reflexiono que Urquiza no dio combate militar contra Mitre porque no podía ganar la batalla política posterior. Pavón fue, en lo político y no sólo en lo militar, la claudicación de la Confederación Argentina que, a esa altura estaba económicamente quebrada, políticamente debilitada e institucionalmente representada en la decadente presidencia de Derqui, personaje ambiguo, de frágil institucionalidad y a esa altura inmanejable para el caudillo entrerriano.

Después de Pavón

Bartolomé Mitre.
Urquiza y nuestros entrerrianos se retiran de la batalla al trote, como para que no queden dudas de que no lo corren, de que no perdieron... Se vuelve a Entre Ríos donde se siente dueño y seguro de llevar adelante una política regional, lo que hará hasta su muerte. Obvio que esta decisión política trajo definitivas consecuencias tanto en lo institucional como en lo político.

Después que los últimos restos del ejército nacional fueron aniquilados en Cañada de Gómez; Urquiza desarmó la escuadra, declaró la caducidad de las autoridades de Paraná y proclamó su adhesión a la nueva Constitución jurada, la que impuso Buenos Aires.

Derqui renunció a la presidencia y se refugió en Montevideo donde murió tiempo después. El gobierno de la Confederación desapareció. Mitre pasaba a ser la primera figura nacional, mientras la estrella del caudillo entrerriano se empezaba a ocultar definitivamente en San José. La Nación Argentina comenzaba su proceso de “unificación”, la “unidad a palos”, con Buenos Aires como cabeza y garrote.

Políticamente, el frente nacional perdió su eje principal luego de la claudicación de Pavón. La Confederación Argentina funcionaba justamente como una agrupación de provincias, un instrumento y un ámbito de resistencia contra la oligarquía porteña. Con la disolución de la misma las provincias interiores nada podían contra Buenos Aires. Carecían de puertos y de producciones locales capaces de resistir el poderío de la aduana bonaerense.

Así librado a su suerte, el interior empobrecido estaba condenado a sufrir la arrasadora política de “civilización” porteña auxiliada por los núcleos oligárquicos locales que se colaron raudamente al proyecto mitrista. Comienza aquí “La Era de Mitre”...


lunes, 16 de septiembre de 2019

16 de septiembre de 1955: Conspiración, Golpe y una explicación de la marcha al exilio de Perón sin resistir militarmente

En primer plano, el Almirante Rojas y el General Aramburu, la esencia de la Revolución golpista, antidemocrática y criminal autodenominada Libertadora.



“El golpe de Estado que me derrocó en setiembre de 1955 fue encabezado por Eduardo Lonardi, un general temulento que ya me había traicionado en Chile veinte años antes, ([i]) y al que por compasión perdoné. No duró en el poder sino unos pocos meses. Lo reemplazó un general que había sido alumno mío en la Escuela Superior de Guerra de nombre Pedro Eugenio Aramburu. Era un verdadero inepto para todo, menos para la perversidad.  Al primero lo liquidó la cirrosis. Tuvo el triste fin que se merecía. Del segundo se encargará el pueblo alguna vez. El pueblo no dejará sin venganza los estropicios que nos hizo ese canalla. Aramburu entregó el país a los intereses extranjeros, fusiló sin misericordia a los patriotas que se le rebelaron y mandó a esconder o a destruir (sólo Dios sabe eso) el cadáver de Evita, para que el pueblo no pudiera venerarlo. Esos crímenes nunca quedan impunes. Palabras de Perón a Tomás Eloy Martínez, Madrid 29 de junio de 1966. En "Conversaciones con Perón”.

“..Yo, que amo profundamente a mi pueblo, me horrorizo al pensar que por mi culpa los argentinos puedan sufrir las consecuencias de una despiadada guerra civil”. Carta de Juan Perón del 19 de septiembre de 1955 dirigida al general Franklin Lucero.

Tras su apogeo y de ejercer el poder entre los años 1945 y 1955 se da un quiebre en el eje de poder sobre el cual se sustentó el peronismo. Como consecuencia de esto, ese mismo año se produce el golpe militar de septiembre del 55, el más grosero golpe a la voluntad popular en nuestra historia. Perón era un presidente enormemente legitimado por el pueblo, su legitimidad democrática es absolutamente indiscutible.

Perón se alzó con su reelección presidencial en las elecciones del 11 de noviembre de 1951 con el 63.40 %, ganando en todas las provincias. En 1954 se llevaron adelante las elecciones legislativas nacionales y el peronismo sacó el 64.28 %. El mismo 25 de abril de 1954 en forma simultanea se realizaron los comicios para elegir vicepresidente, cargo que estaba vacante desde el fallecimiento de Hortensio Quijano, y allí el peronismo también arrasó con el 64.52 %, consagrando a Alberto Teisaire, quien luego tendría un indigno papel durante la dictadura que derrocó a Perón.

El peronismo cae porque se desarticula la coalición que lo había sostenido (es lo que se denomina, para la sociología política, como “la ruptura del bloque histórico” según los términos de Gramsci), por los avatares de la historia esa fuerza en coalición que ejerció el poder durante 10 años se desarticula y si bien jamás perdió el acompañamiento del pueblo perdió el poder militar, quien apoyado por el poder económico y los intereses de las élites, fue quien galvanizó la oposición antiperonista y desencadenó el golpe de 1955.

La caída del peronismo abrió la etapa de la manifestación más abierta y desenfrenada del odio político en nuestro país, que dio nacimiento a la persecución institucionalizada. Un odio político que aún perdura en algunos sectores de la sociedad, pese a los años que han pasado.

Era, es, odio de clase, odio éste que se manifestó desde 1955 hasta 1983 con golpes de estado sangrientos y persecutorios, que cometieron las más flagrantes violaciones a los derechos humanos de nuestra historia. De hecho, el Golpe del 55 fue un hecho de violencia sin precedentes en la historia del siglo XX y XXI. En cuatro días de lucha el país quedó ensangrentado y había más de 4.000 muertos, dato este silenciado y ocultado por la historia oficial.

Pero no pretendo en este artículo abordar las causas y consecuencias del golpe del 55, sino reconstruir una crónica militar y política de la conspiración y el golpe, identificando actores, acciones militares, procedimientos y maniobras tácticas y estrategias que desencadenaron con el fin del primer peronismo y la instauración de una dictadura infame en Argentina. Divido la nota en tres partes, una que llamo “conspiración” en la que describo el armado militar y político del golpe y otra que llamo el “el golpe” en el que pretendo reconstruir el derrotero de hechos que comenzaron aquel ignominioso 16 de septiembre de 1955 y terminaron con el exilio de Perón.

A lo último, en una tercera parte, trato de dar una respuesta al enigma de que por qué Perón se fue al exilio sin luchar hasta lo último. Debate inconcluso este al que hago mi aporte.

Escribe: A. Gonzalo García Garro

1. La conspiración 
 “Era indispensable el apoyo del Ejército, sin cuyo concurso resultaba imposible una rebelión armada con posibilidades de éxito. Se establecen los contactos, y el general en actividad don Pedro Eugenio Aramburu acepta, después de una serie de reuniones, ser cabeza de la conspiración cuyos hilos pone en manos del coronel Eduardo Señorans, que a la sazón se desempeñaba en el Estado Mayor del Ejército “. “Mi padre y la revolución del 55 “, Marta Lonardi, hija de Eduardo Lonardi) ([ii])

Iba creciendo el golpismo
Estamos en 1955. Mientras Perón pretendía se afanaba en instalar una política de pacificación, varias conspiraciones, con frágiles vínculos entre sí, aguardaban a la espera de una oportunidad propicia para el golpe y la sublevación.

A esta altura, el cabecilla más probable de los disidentes era el General Pedro Eugenio Aramburu, quien estaba en actividad como director de los cursos para coroneles dictados en la Escuela de Guerra y ostentaba el rango más alto entre los golpistas. Había un grupo de oficiales jóvenes, especialmente los que estaban asignados a algunas guarniciones del ejército en la ciudad de Córdoba, que también operaban para derrocar al gobierno. Contarían también con la participación del General Lonardi quien por entonces había pasado a retiro después de la fracasada “chirinada” de Menéndez en 1951.

La presión sobre los conspiradores se hizo más intensa después del discurso del “Cinco por uno” de Perón. Luego del bombardeo a la Plaza de Mayo amplios sectores de peronismo estaban resuelto a aplastar cualquier rebelión militar. Esto provocó que, a principios de septiembre se lanzara una rebelión prematura en la Cuarta Región militar con asiento en la ciudad de Río Cuarto, Córdoba, conducida por el General Videla Balaguer. Pero la insurrección fracasó antes de concretarse.

En la provincia de Córdoba, los oficiales de la Escuela de Artillería que habían jurado derrocar a Perón se encontraban haciendo maniobras con sus tropas. Cuando los ejercicios concluyeran a mediados de mes, sus armas debían ser devueltas, por lo que el momento de actuar se aproximaba inexorablemente.

Se elige la fecha del 16 de septiembre
Isaac Francisco Rojas.
Por último, las unidades navales se encontraban listas para sublevarse, pero enfrentaban una inspección inminente que dejaría al descubierto sus intenciones golpistas. Su cabecilla, el almirante Isaac Rojas, (el jefe naval de más alta graduación en actividad, condecorado con la medalla de la “Lealtad Peronista”) hizo saber a sus aliados del ejército que, si no se rebelaban antes del 17 de septiembre, la marina estaba decidida a bombardear nuevamente la Casa de Gobierno en esa fecha.

Y con respecto a la Fuerza Aérea, diría el mismo Perón: “…  la Marina, ya comprometida con los hechos del 16 de junio, trató de ganar la causa de la revolución también a la Aeronáutica. Donde no llegó la persuasión llegó el dinero y el dinero se mostró más fuerte que todas las razones” (Juan Domingo Perón, “Del poder al exilio”).

Evaluando todos los factores, Aramburu, llegó a la conclusión de que un levantamiento armado con tan pocas unidades del ejército y en esas circunstancias no podía tener garantía de éxito y se retiró de la participación activa.

Pedro Eugenio Aramburu.
“Mi padre quedó atónito cuando Aramburu le contestó “que no conspiraba ni conspiraría” cuenta Marta Lonardi y entonces, como no era aconsejable posponer el golpe el general retirado Eduardo Lonardi decidió por cuenta propia llenar el vacío dejado por la defección de Aramburu. Estaba consciente que las posibilidades de triunfar eran escasas, pero también se daba cuenta de que cualquier demora podría ser fatal para los comprometidos en la insurrección. El día 5 de septiembre se puso a la cabeza de la revolución para derrocar a Perón.

Lonardi recibió en herencia los distintos grupos insurgentes que antes habían respondido a la conducción de Aramburu y estableció contactos con la Marina. El día 11 de septiembre dio a conocer en una reunión su plan de acción que se iniciaría el día 16 de septiembre a las 00.00 horas.

El Plan golpista, los actores civiles
El plan subversivo consistía en lograr sublevaciones simultáneas de guarniciones del ejército en Córdoba y en el resto del país, la totalidad de la flota de mar, importantes instalaciones navales y varias unidades de la fuerza aérea. El primer objetivo y a la vez el más crítico, era Córdoba. Una vez que cayera esta ciudad, los sublevados se dirigirían al este hacia Santa Fe, y luego marcharían rumbo al sur en dirección a Buenos Aires. Mientras tanto la flota iniciaría un bloqueo al Río de la Plata con el objetivo de estar en posición cuando llegara el momento del asalto final a la Capital.

Era una estrategia ambiciosa que dependía de que los primeros sublevados en Córdoba pudiesen mantenerse firmes en sus posiciones durante 48 horas y así atraer a otros oficiales que aún no se habían comprometido y darle al movimiento un ímpetu irreversible.

El movimiento “rebelde” contaba con aliados en Uruguay. En Montevideo, desde junio de 1955 funcionaba un comando revolucionario y el presidente uruguayo Batlle Berres mantenía permanente comunicación con los rebeldes asilados y, la embajada uruguaya en Buenos Aires actuaba como órgano adelantado en Buenos Aires. “El gobierno del Uruguay, quebrantando todas las normas del derecho internacional en abierta violación de la Carta de la Organización de los Estados Americanos, no sólo amparó, ayudó y cubrió la acción revolucionaria en la persona de los conspiradores, sino que puso a su disposición dinero, medios y aun el Estado para el logro de sus designios”, escribiría Perón tres años más tarde en “La fuerza es el derecho de las Bestias”.

Las emisoras radiales uruguayas fueron permanentes agentes de perturbación y propaganda contra el gobierno peronista y durante la sublevación sirvieron de enlace entre los distintos focos rebeldes.

Para terminar de crear el clima necesario para la sedición inminente, en Buenos Aires, la Acción Católica y algunos colegios religiosos comenzaron a provocar desmanes en las altas horas de la noche. Las reuniones eran organizadas por la Curia Metropolitana que había dispuesto la realización de misas en la noche después de la cuales, la oposición ganaba la calle con actos relámpagos y enfrentamientos con la policía.

Perón había delegado el mando a los generales conducidos por Lucero que era el comandante en jefe y éste no estaba al tanto de los movimientos de tropa en Córdoba a pesar de haber viajado a la ciudad mediterránea. Lonardi llegó a Córdoba en ómnibus el día 14 de septiembre a la noche, estuvo un día escondido en la casa de su cuñado, el dirigente nacionalista católico Clemente Villada Achával y el día 15 por la tarde la Marina de Guerra encendió la luz verde cediendo el paso para lo que se llamaría la “Revolución Libertadora”.

2. El golpe del 55

“Señores: vamos a llevar a cabo una empresa de gran responsabilidad. La única consigna que les doy es que procedan con la máxima brutalidad”. 
Palabras pronunciadas por Lonardi al grupo de personas que lo acompañaba al momento de comenzar la sublevación según el libro “Mi padre y la revolución del 55 “de Marta Lonardi.

Lonardi y Córdoba, la hora y zona 0 del golpe
En las primeras horas del 16 de septiembre de 1955, el general Eduardo Lonardi, junto con una docena de oficiales y civiles, salió de una finca situada en la localidad cordobesa de La Calera. Ingresó en la Escuela de Artillería, donde se le facilitó el acceso. Entró en el dormitorio del coronel jefe de la unidad, lo intimó a sumarse a la revolución y, ante un amago de resistencia, le disparó un balazo que le rozó la oreja. La consigna que había impartido a su gente –“proceder con la máxima brutalidad”– rindió efecto.

Eduardo Lonardi.
Una vez arrestados los oficiales y suboficiales leales, Lonardi llamó por teléfono al jefe de la vecina Escuela de Infantería, coronel Guillermo Brizuela. No hubo respuesta. Los de Infantería permanecerían leales al gobierno. Poco después se entablaba el primer combate de ese día. Duró unas diez horas y produjo numerosas víctimas.

La situación fue en un momento tan crítica para los golpistas que Lonardi admitió una eventual derrota, pero, casi de inmediato, de manera salvadora, llegó una oferta de parlamentar. Entonces, según un conocido relato de Luis Ernesto Lonardi, el jefe golpista invitó al jefe leal a dar por terminada la lucha. Esta, afirmó, será la última revolución, “la que sin vencedores ni vencidos afirmará la unidad de los argentinos”. “Brizuela lamentó (continúa narrando el hijo del general insurrecto) que se hubiera derramado sangre de hermanos, mientras Lonardi le aseguraba que por haber luchado con valor se le rendirían honores”. Fue como un intento fugaz de tregua, pero los enfrentamientos armados continuaron toda la jornada.

Las radios tomadas por la Aeronáutica, cuyas fuerzas también se habían rebelado, convocaban a la insurrección. En una proclama firmada por el futuro presidente Arturo Illia (al cual el anti peronismo hace esfuerzo por mostrar como un estadista y un demócrata y en realidad fue un golpista en el 55, presidente electo con el 25% de los votos en 1963 y con el peronismo proscripto, y un gobernante inútil e incapaz en todos los aspectos) y otros dirigentes radicales cordobeses, se decía: “ciudadanos: a la calle a defender la libertad, la democracia, la justicia y la paz de la familia argentina”.

El gobernador de Córdoba, Raúl Lucini, que se había instalado en la jefatura de policía, en el viejo Cabildo, partió con rumbo desconocido en las primeras horas de la tarde. Luego, con la ciudad en estado de caos, el eje de la acción se trasladó a la céntrica plaza San Martín, donde una columna integrada mayoritariamente por civiles, con el general Dalmiro Videla Balaguer y el comodoro Krause al frente, tomó la sede policial después de un sangriento tiroteo.

Como los rebeldes carecían de infantería, civiles armados y dirigidos por oficiales de la Aeronáutica, se encargarían de ocupar la CGT, el Aeropuerto y la comisaría situada en el barrio Clínicas. Estos civiles, que se autoproclamaban “comandos civiles” habían esperado desde muy temprano la oportunidad de entrar en acción; unos eran estudiantes reformistas, comunistas y socialistas de las distintas facultades de la Universidad Nacional de Córdoba; otros, activistas católicos y miembros del patriciado local más conservador; otros, los más, militantes radicales del sabatinismo. 

Al anochecer, mientras nuevos voluntarios se sumaban al alzamiento, se sabía en el comando rebelde, que unidades poderosas de guarniciones leales vendrían a reprimirlos. Lonardi en ese momento estaba incomunicado y desconocía que ocurría con sus aliados de la marina y con las demás unidades comprometidas.

El golpe avanza en el resto del país

Hubo alzamientos del ejército en Mendoza y San Juan y ambas provincias quedaron bajo el control de los “revolucionarios” golpistas. En Curuzú Cuatiá, Corrientes, Aramburu cambió insólita y sorpresivamente de idea y se hizo cargo del comando de las fuerzas rebeldes de la región, pero las tropas leales lograron rodearlos y Aramburu se vio forzado a huir.

La operación naval del levantamiento se desenvolvió sin inconvenientes. Los buques de guerra anclados en Bahía Blanca, y Puerto Madryn respondieron a los rebeldes como estaba previsto y una flota de buques de guerra comenzó a agruparse y dirigirse hacia el norte a lo largo de la costa de la Provincia de Buenos Aires. Fracasó, en un principio, la sublevación en Puerto Belgrano debido a la resistencia de una unidad del ejército leal al gobierno, pero los rebeldes consiguieron recuperar la base después de una larga lucha. 

En la mañana del día 16 de septiembre mientras las informaciones sobre las diferentes asonadas iban llegando a la ciudad de Buenos Aires, ya se podía apreciar con claridad que lo que estaba ocurriendo no era una chirinada más sino un esfuerzo serio y coordinado para derrocar el gobierno. Grupos de civiles armados salieron a las calles dando cumplimiento al plan de tomar emisoras de radio, pero la policía fácilmente pudo reprimirlos. Alrededor de la Casa Rosada y a lo largo del puerto fueron colocadas baterías antiaéreas. A pesar de todo este movimiento, la ciudad capital seguía respirando un clima de sosiego. Los enfrentamientos armados no tenían esta vez como centro a la ciudad de Buenos Aires como ocurriera en otros golpes de estado.

Perón, Lucero y el sublevamiento de Córdoba

Perón mantuvo una conferencia con el general Lucero y el resto de los miembros del comando en jefe del ejército en el Ministerio de Guerra a fin de analizar el cuadro de situación. Lucero toma la responsabilidad de defender el gobierno y Perón quedó aparentemente satisfecho y tranquilo en dejar la conducción de la represión en manos de sus generales.

Juan Perón (izquierda) junto a Franklin Lucero (derecha)
El nervio central de la rebelión era Córdoba donde resistía Lonardi. Lucero y los generales elaboraron cuidadosamente un plan para aniquilar el foco rebelde denominado “Operación Limpieza” y las tropas leales empezaron rápidamente a cercar por todos lados a la capital provincial. Más de 10.000 hombres rodeaban a las fuerzas de Lonardi que no llegaban a los 4.000.  El golpe de gracia estaba preparado para el día 19. Pero la orden de asalto nunca llegó…

Los golpistas toman el control. La carta de Perón

Temprano, en la mañana del día 19 de septiembre se produce un bombardeo de los depósitos petrolíferos de Mar del Plata por parte del crucero “9 de Julio” incendiándose el combustible y las instalaciones. A las 08.10 el gobierno nacional recibió un ultimátum de los rebeldes bajo la amenaza de bombardear las destilerías de La Plata y la ciudad de Buenos Aires si no se rendía. El plazo vencía a las 12.00 del mismo día.

Perón, muy consternado por el bombardeo y la amenaza, le envía a Lucero una carta que fue tomada por éste como la renuncia del presidente. El texto de la carta es ambiguo y no es una renuncia expresa sino un renunciamiento para lograr la pacificación. Tal vez Perón envía la carta para ganar tiempo o para darles a los generales, con el contenido de la misma, margen en las negociaciones. Pero, en esa carta, Perón no renuncia expresamente a la presidencia de la Nación.

A continuación, sobre el mediodía, el General Franklin Lucero lee un comunicado por radio en el que invita a los revolucionarios a una negociación para evitar más derramamiento de sangre e intentar solucionar el conflicto. Se trataba del principio del fin: el Ejército aceptaba la derrota de Perón y en adelante trataría de que esa derrota no fuera propia. A partir de aquí, los mandos militares “leales”, tomaron en sus manos la situación y comenzaron las tratativas con los rebeldes. Ante la exigencia de Lonardi de que, ante todo, debían contar con la renuncia del presidente, los generales le anuncian que Perón ha renunciado. De inmediato una Junta Militar compuesta por generales de alta graduación entre los que se contaba a Raúl D. Tanco, Juan J. Valle y José D. Molina más un almirante y un brigadier se hizo cargo del poder.

Esa noche misma, en la residencia de Olivos, Perón hace un último intento de convocar un grupo de generales adictos, pero no consigue reunirlos. La Junta prosigue con las tratativas por su cuenta. En términos militares, Perón se queda solo.

Del poder popular al exilio

Perón en la cañonera Paraguay.
A las 08.00 del día 20 el presidente Perón, a través de las calles desiertas y lluviosas se dirigía a la Embajada del Paraguay donde el ciudadano honorario paraguayo y general honorario del ejército paraguayo pedirá formalmente asilo político.

El plan del embajador paraguayo era poner a Perón a buen resguardo a bordo de la cañonera “Paraguay” que se encontraba en reparaciones anclada en el puerto de Buenos Aires. El embajador pensaba con acierto que en caso de querer atentar contra la vida de Perón sería más fácil defender al asilado en la cañonera de bandera paraguaya ([iii]).

A media mañana Perón llega al puerto. El capitán estaba a bordo listo para recibirlo y escoltarlo. Subió al buque de guerra. Iban a pasar 17 años antes de que volviera a poner pie en suelo argentino. 

3. ¿Por qué abandonó Perón el poder sin luchar hasta lo último?

“..Yo, que amo profundamente a mi pueblo, me horrorizo al pensar que por mi culpa los argentinos puedan sufrir las consecuencias de una despiadada guerra civil”. Carta de Juan Perón del 19 de septiembre de 1955 dirigida al general Franklin Lucero.

"Del Poder al Exilio", una edición especial del Instituto
Nacional Juan Domingo Perón de mi biblioteca. Regalo
de Lorenzo Pepe.
La historia argentina tiene ciertos “enigmas” que los historiadores intentan resolver: la misteriosa muerte de Mariano Moreno en alta mar, la entrevista de Guayaquil entre San Martín y Bolivar, la muerte de Lavalle, la “retirada” de Urquiza en Pavón, el asesinato de Urquiza y otras más que envuelven de interés e intriga las diferentes narraciones. ¿Por qué abandonó Perón su puesto sin luchar hasta lo último? Es una pregunta que tiene demasiadas repuestas, algunas tendenciosas y arteras, otras contradictorias y las más, simples interpretaciones que intentan ahondar las razones que tuvo Perón para tomar esa determinación.

Una de las explicaciones hace recaer la responsabilidad de su caída sobre los generales a quienes confió la defensa del gobierno y que lo traicionaron. En un libro escrito poco después de su caída, “Del poder al exilio”, señala que, el instante de la traición, se produjo cuando los generales interpretaron el texto de la carta como una renuncia. Unos pocos meses más tarde, en una entrevista periodística, Perón amplió esta acusación diciendo que también los culpaba de haber vacilado en el esfuerzo por acabar la rebelión y de haberlo convencido de que no repartiera armas entre los obreros.

Porque el triunfo militar del gobierno era un hecho, especialmente considerando la inminente derrota de Lonardi en Córdoba. Sin embargo, el alzamiento de casi la totalidad de la Marina, el control de una parte del territorio nacional por los rebeldes alzados en Cuyo y el compromiso asumido por civiles para combatir al gobierno hasta su derrocamiento, hacía presumir que, aunque Córdoba cayera, la guerra civil era un hecho inminente y amenazador.

Aún en el caso de que Perón, hubiera efectivamente pensado que podía aplastar la rebelión, opta igualmente por retirarse de la lucha. A menudo se refería a la terrible tragedia de la guerra civil española, (cuyas consecuencias él había tenido oportunidad de ver con sus propios ojos), como una razón suficiente para evitar un holocausto similar en la Argentina. Él sabía muy bien lo que hacía falta para derrotar a los rebeldes en una guerra prolongada, pero, asimismo, percibía lo que se necesitaría para gobernar el país una vez concluido el conflicto. Sólo iba a ser posible una dictadura férrea y no valía la pena luchar para obtener ese tipo de victoria que sería ineludiblemente pírrica. En cuatro días de lucha feroz el país ya estaba ensangrentado y se contaban más de 4.000 muertos….

Tal vez Perón vio la guerra civil ante él abierta como un abismo. Por eso se retiró: “Yo, que amo profundamente a mi pueblo, me horrorizo al pensar que por mi culpa los argentinos puedan sufrir las consecuencias de una despiadada guerra civil” escribe en la carta del 19 de septiembre dirigida al general Lucero, que termina, con el siguiente mensaje: “Será la historia quién se pronunciará sobre mi decisión y dirá si he tenido razón en comportarme así”.



[i] Efectivamente en el año 1936 Perón fue designado agregado militar en Chile cargo que mantuvo hasta el año 1938. Las relaciones bilaterales eran frías y había cierta tensión por diputas limítrofes en el sur. En ese cargo fue promovido a Teniente Coronel y supuestamente habría montado una pequeña red de espionaje para obtener información sobre las fuerzas militares chilenas. Tal vez toda esta tarea despertó una cierta sospecha en los servicios de inteligencia militar chilena, pero estos nunca intentaron detenerlo. Al contrario, esperaron y actuaron en contra de su sucesor, el entonces mayor Eduardo Lonardi. Fue descubierto mientras estaba tomando fotografías de documentos secretos. El mayor Lonardi fue declarado persona no grata y fue retirado de la agregaduría. El incidente no generó problema en la carrera de Lonardi pero si cierta inquina en la relación ya que Lonardi lo acusaba a Perón de que este no le había advertido del peligro que podía correr. Dos décadas más tarde, en las idas y vueltas de la historia, Lonardi y Perón quedaron nuevamente enfrentados.

[ii] Para la elaboración y tratamiento de este período histórico he recurrido a fuentes escritas en el fragor de la lucha que son evidentemente tendenciosas. No obstante son aprovechables ya que en ellas se puede advertir la magnitud y gravedad de estos hechos históricos tan cercanos al presente de los argentinos. Entre otros libros: “Crónica de la Revolución Libertadora” de Bonifacio del Carril; “Dios es Justo” de Luis Eduardo Lonardi; “Mi padre y la Revolución del 55 “de Marta Lonardi; “El precio de la lealtad” del General Franklin Lucero; y “Dos veces rebelde” del Almirante Aníbal Olivieri. Igualmente he recogido los testimonios del General Perón en el exilio publicados en varios libros y la ineludible “Correspondencia Perón- Coocke “.

[iii] Perón estuvo refugiado en la cañonera paraguaya desde el día 20 de septiembre hasta el 3 de octubre. Fueron trece días donde se vivió un clima de gran tensión por diferentes posibilidades que se conjeturaban: Que Perón bajase en Rosario y desde allí intentara el retorno. Que comandos de la Marina atentaran contra su vida. Que civiles antiperonistas atacaran o tomaran el buque entre otras. El canciller del gobierno recién asumido, Mario Amadeo encabezando una comisión oficial subió a la cañonera para garantizarle su vida y evitar un incidente internacional.  Finalmente, Perón abordó un hidroavión Catalina que escoltado por dos aviones paraguayos se dirigió a Asunción del Paraguay. El copiloto del hidroavión no era nada más ni nada menos que el General Stroessner, presidente del Paraguay.

jueves, 22 de agosto de 2019

22 de agosto de 1951: “Cabildo Abierto del Justicialismo” y ¿por qué renunció Evita?


“Perón: Porque no puede chinita. Porque vos no podés ser vicepresidenta. Y no por los militares, ni por los curas, no por los oligarcas. Vos sabés porqué. Yo te lo voy a decir…pero vos ya me lo dijiste. Vos ya lo sabés.


Evita: ¿Qué es lo que sé? ¿Qué es lo que te dije?

Perón: Me dijiste que odiabas tu cuerpo. Que te estaba traicionando. Dijiste que era el mejor aliado de tus enemigos. El que estaba consiguiendo lo que ninguno de ellos había conseguido: derrotarte.


(Pausa. Perón apaga su cigarrillo. Mira a Evita.)

Perón: Tu cuerpo te abandonó, te traicionó, te derrotó. Está enferma, chinita. (Pausa .Casi con furia) ¡Tenés  cáncer , carajo ¡ Tenés Cáncer!”

Fragmento del guion de la película “Eva Perón” (1996), escrito por José Pablo Feinmann. 

Escribe: A. Gonzalo García Garro.

El Cabildo Abierto

Ubiquemos los hechos en tiempo y espacio: Estamos en agosto de 1951 y al año siguiente debe renovarse el mandato presidencial, porque termina el período iniciado por seis años en 1946. El Gral. Perón es presidente y el vicepresidente es Hortensio Quijano, radical incorporado al peronismo. La reforma constitucional de 1949, habilita para reelegir al presidente por un segundo mandato. Los partidos deben elegir sus candidatos, porque en noviembre de ese año, serán las elecciones generales presidenciales.

El peronismo organiza un gran acto en la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires y a propuesta de la CGT, se impulsa la fórmula Perón-Evita. Al acto se lo denomina “Cabildo Abierto del Justicialismo” y concurren al mismo cerca de 2 millones de personas, fue el acto político más grande en la historia argentina hasta ese momento.

En los cabildos abiertos de la época colonial el pueblo tomaba las decisiones ejerciendo una forma de democracia directa y fue un cabildo abierto, el del 22 de mayo de 1810, el que inició la gesta emancipadora. Los organizadores del acto al elegir el nombre de Cabildo le daban al acto una entidad especial donde el principal elemento era la participación del pueblo en este gran foro multitudinario.

El diálogo entre Evita y el pueblo

El cabildo es iniciado por un discurso que pronuncia el Secretario General de la CGT, Espejo, y continúa con un discurso de Evita en el que no acepta ser candidata a vicepresidente y luego, se produce un extenso y dramático diálogo entre Evita y la multitud. ¿Es posible un diálogo en esas condiciones? Sí, así fue lo que ocurrió. Una mujer, debilitada por una enfermedad terminal y quebrada por la emoción, parlamenta con una multitud compuesta por dos millones de personas sensibilizadas por la trascendencia del hecho histórico en el que participaban.

El Pueblo insiste para que acepte y Evita explica que ella, se siente más útil en el terreno de la lucha que ha elegido y no ocupando un cargo. Continúa el diálogo increíblemente. Hay una contradicción evidente entre lo que se le pide y lo que Evita reclama conservar: la misión asumida en el movimiento. La presión de la multitud para que acepte, crece y por momentos es extrema.

Evita dice, en tono de ruego: “compañeros, por el cariño que nos une, no me hagan hacer lo que no quiero hacer” y más tarde lanza una frase que entró de lleno en la historia: “Yo no renuncio a la lucha, renuncio a los honores”.

Durante el acto y en un momento en que Evita, pide a la multitud, unas horas para poder responder al reclamo para que acepte la candidatura, el dirigente gremial Espejo, que se encuentra a su lado en el palco, le reclama a viva voz, que no, que debe responder ¡¡¡ahora, ahora, ahora ¡¡¡ Evita resiste la presión y finalmente el acto termina sin que la cuestión sea dirimida. La multitud se desconcentra pacíficamente.

Nueve días más tarde, el 31 de agosto y por la cadena nacional de radiodifusión, Evita comunica al pueblo, su decisión irrevocable y definitiva de renunciar a la candidatura a vicepresidente de la nación.  Afirma en ese mensaje, que lo hace con “total y absoluta libertad” y que prefiere seguir estando junto al pueblo en su puesto de lucha y no ser vicepresidente.

¿Por qué renunció Evita? Las teorías y un intento de explicación

Hasta aquí he intentado una descripción de los hechos. Para nosotros hoy la historia de Evita no está compuesta de hechos sino de las interpretaciones de los mismos. Este acto político, conocido como “el renunciamiento de Evita” ha sido analizado por politólogos, desmenuzado por historiadores, y mitificado por el imaginario peronista de manera tal que, desde el presente cobra ciertos resignificados: “Perón no se lo permitió porque amenazaba su propio poder”, fue y es la explicación simplista de los liberales “más lúcidos” de la oligarquía. “Los militares se opusieron” dirán maliciosamente los sectores de izquierda antiperonista que operaban para debilitar el peronismo. “Pudo haber sido una conquista importante para el movimiento obrero”, expresarán otros tratando de mostrar que existían fisuras en el frente nacional.

Son interpretaciones a las que me permito sumar otra, tal vez obvia, pero tan posible como las otras: Evita renuncia a la vicepresidencia porque toma conciencia de la gravedad del cáncer que la afectaba y el carácter irreversible del mismo.

Es cierto que un sector de los militares presionó a Perón para evitar la candidatura de Evita. Es también cierto que la figura de Eva institucionalizada en la vicepresidencia hubiese sido insoportable para la oligarquía y resulta incuestionable que el movimiento obrero se hubiese fortalecido con Evita en la Vicepresidencia. Pero tampoco resulta ilógica la explicación de que Eva tomó una decisión libre y personal, fundamentada responsablemente en su enfermedad. Al final, lo concreto es que Evita morirá el 26 de julio de 1952, once meses después del renunciamiento.

Por otro lado, respondiendo argumentos, pese a que Evita no fue candidata, los militares antiperonistas redoblaron su activismo golpista. A sólo pocos meses Menéndez lleva adelante un intento de Golpe de Estado. Igualmente, la idea de que Evita opacaría a Perón o lo confrontaría también resulta absurda a la luz de la dinámica política que tuvieron desde que se conocieron y construyeron la relación afectiva y política que cambió la Argentina. Del mismo modo, la teoría de que Perón no quería transferir poder a los sindicatos también es objetable. Nunca fue un problema político significativo para Perón la relación con las organizaciones de los trabajadores durante el primer peronismo.

El progresivo deterioro de la salud de Evita

Los años de apogeo del poder de Evita rondan entre el 50 y el 51. Son también los años que la enfrentarían con la enfermedad y su última elección: renunciar a la vicepresidencia de la Nación.

El primer signo de su enfermedad apareció el 9 de enero de 1950: Evita cayó desfallecida en un acto inaugural del sindicato de taxistas en Puerto Nuevo. El 13 de enero la Subsecretaría de Informaciones anunció que la esposa del primer mandatario debería alejarse temporalmente de sus actividades e, incluso, internarse por unos días para una pequeña intervención quirúrgica que se realizaría días después. El 14 de febrero sufrió un nuevo desmayo en la Fundación y fue trasladada a la residencia presidencial de la avenida Libertador. A los 15 días del incidente volvió a su ritmo de trabajo, en la Secretaría de Trabajo y Previsión.

En 1951 ya su ritmo de trabajo había descendido considerablemente, los dolores comenzaban a postrarla y comenzaba una larga y agonía. En agosto del 51, cuando el Cabildo, Eva ya conocía la gravedad de su estado. En noviembre fue operada por el cirujano y oncólogo norteamericano George Pack. En su pronóstico advirtió que, de mantener reposo absoluto, en un plazo de seis a doce meses se podría prolongar su vida.

A los siete meses fallecería, por el más infame cáncer de nuestra historia, que ya se había derramado en metástasis por todo su ya popularmente santificado cuerpo.

martes, 9 de julio de 2019

Sobre el Congreso de Tucumán y las dos declaraciones de independencia, la política (1816) y la económica (1947)

La Historia oficial, la escrita por Mitre y Cía., repetida por el aparato cultural del sistema, enseñó durante generaciones un relato simplificado de nuestra independencia nacional. Lo hizo con una visión despolitizada de la Revolución de Mayo, impregnada de liberalismo económico pro británico donde el rol del pueblo no tuvo lugar. Luego trazó un relato sintético, hasta el extremo, de la Declaración de la Independencia firmada en Tucumán en 1816, que impide ver los matices y tensiones políticas del momento histórico como también no refleja las distintas expresiones políticas y sociales que existían en aquel período.


Pero la independencia no fue un hecho irreversible y completo. Luego de Tucumán, durante décadas nuestro país se desangró en guerras civiles y por la fuerza de las armas y el poder económico, las políticas de la dependencia se impusieron en la Nación y los proyectos emancipatorios fueron derrotados. A la independencia política se le impuso una dependencia económica. 


Más de 130 años después, en otro hecho histórico, el 9 de julio de 1947 se promulgó en la misma Casa histórica de Tucumán donde se había declarado en 1816 la Independencia Política, el Acta de la Independencia Económica. Esta declaración es uno de los hechos más trascendentes del gobierno peronista. Reflejó la consolidación de la independencia nacional de los poderes fácticos mundiales, en un país sin ligaduras con el capital internacional, desendeudado, con una naciente y creciente industria nacional abasteciendo al mercado interno en expansión y con los principales resortes económicos estratégicos regulados o controlados por el Estado. Todo esto en un marco de ampliación de derechos humanos e inclusión social sin precedentes. Era la patria del pleno empleo y del Estado de Bienestar.


¿Qué vigencia tiene el 9 de julio de 1816? ¿O la declaración de Perón en 1947? En pleno siglo XXI, el legado del reciente gobierno de Macri fue la caída del empleo, la perdida del poder adquisitivo del salario real, la desindustrialización y el empobrecimiento colectivo, implementando una agenda de apertura económica muy amplia y un endeudamiento externo más gravoso aún que el que implementó la última dictadura genocida. En este marco, repensar la independencia, y en especial la económica, tiene una relevancia sustancial.


Los desafíos de hoy encuentran rápidamente un paralelismo con los postulados de la Independencia Económica de Perón de 1947 que en definitiva no es otra cosa que la vocación de independencia que tuvieron aquellos hombres y mujeres en 1816.


Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro



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El Congreso de Tucumán y la Historia

La Historia oficial, la escrita por Mitre y repetida hasta el hartazgo por el aparato cultural del sistema (ese que desnudó con genialidad Arturo Jauretche), enseñó durante generaciones un relato simplificado de nuestra independencia nacional.

Lo hizo primero con una visión despolitizada de la Revolución de Mayo, impregnada de liberalismo económico pro británico donde el rol del pueblo y los proyectos que defendían nuestra identidad no tuvieron lugar.

Luego trazó un relato sintético, hasta el extremo, de la Declaración de la Independencia firmada en Tucumán en 1816, que impide ver los matices y tensiones políticas del momento histórico como también no refleja las distintas expresiones políticas y sociales que existían en aquel período.

La independencia, entre Artigas y San Martín

Para comprender este periodo histórico debemos resaltar que el cauce nacional, revolucionario y democrático abierto por la Revolución de Mayo tuvo hitos fundamentales en ciclos históricos bien definidos.

La revolución comienza con el ciclo morenista, compuesto por la obra política de Mariano Moreno como secretario de la Junta del gobierno patrio y la feroz impronta revolucionaria que le puso al gobierno. Este incluye el período de mayo a diciembre de 1810, en que teórica y prácticamente Moreno conduce la política de la Primera Junta.

Pero luego, durante toda la década que va desde la revolución hasta 1820, hay dos caminos centrales de la política popular de nuestra nación que marcaron la historia.

1) El primero de ellos es el “ciclo artiguista”, que contiene la actuación revolucionaria de José Artigas y los caudillos federales de la Liga de los Pueblos Libres. Periodo éste que se extendió desde febrero de 1811, en que Artigas se suma a la causa patriota hasta la derrota de Artigas, Ramírez y el proyecto que con ellos nació, con hechos fundamentales como la obra del artiguismo y la derrota porteña en Cepeda, encabezada por Ramírez y López.

2) El segundo de ellos fue la gesta libertadora de San Martín. Comenzó durante su gobernación en la provincia de Mendoza (1815), que desobedeciendo las órdenes del Directorio porteño es elegido gobernador por el voto popular. Realizando en la región de Cuyo una obra tan revolucionaria como “desconocida” y negada por el esquema de la historia oficial. San Martín fue el militar genial que liberó Hispanoamérica. Comenzando por nuestra patria, pasando por Chile y Perú y culminando en un abrazo latinoamericano con Bolivar en Guayaquil. A la obra de San Martín debemos añadir otras enormes figuras como Manuel Belgrano o Martín Miguel de Güemes.

En el medio de la lucha de Artigas y San Martín, se realiza el Congreso de Tucumán donde se declara nuestra independencia.

El Congreso de Tucumán

El 24 de marzo de 1816 fue finalmente inaugurado el Congreso en Tucumán, que en realidad era la realización de un congreso ya convocado un año atrás, en continuidad de todos los intentos para realizar un Congreso Constituyente para organizar la Nación.

Acta de Independencia de 1816.
El porteño Pedro Medrano fue su presidente provisional y los diputados presentes juraron defender la integridad territorial de las Provincias Unidas. Entre tanto, el gobierno no podía resolver los problemas planteados: la propuesta alternativa de Artigas, los planes de San Martín para reconquistar Chile y Perú, los conflictos con Güemes y la invasión portuguesa a la Banda Oriental, entre otros.

Luego de una dilatada serie de reuniones, cambios políticos y presiones que detalladamente menciona José María Rosa en el Tomo III de su Historia Argentina, el 9 de julio de 1816 se resolvió considerar como primer punto el tema de la libertad e independencia de las Provincias Unidas. Los diputados no tardaron en ponerse de pie y aclamar la Independencia de las Provincias Unidas de la América del Sud de la dominación de los reyes de España y su metrópoli.

Un Congreso incompleto

Destaca Norberto Galasso, en su reciente libro “Historia de la Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner” (2 extensos tomos) que la composición del Congreso de Tucumán no se corresponde, como ingenuamente creíamos cuando éramos alumnos escolares, con la representación de las provincias que actualmente integran la República Argentina. En Tucumán deliberaron diputados de regiones que no pertenecen hoy a la Argentina y, a su vez, no están representadas varias que son hoy importantes provincias de nuestra República.

En el primer caso, se hallan Charcas, Mizque, Chichas, la Plata y Cochabamba, provincias altoperuanas que hoy integran Bolivia. En el segundo, no solo se hallan ausentes aquellas habitadas en esa época por comunidades mapuches, tehuelches, matacos, tobas, etc., como son las patagónicas y las del nordeste chaqueño, sino, ademes, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y la por entonces Banda Oriental, que era parta de las Provincias Unidas. Tampoco asistirían diputados de Paraguay que fueron invitados.

Es importante marcar que la conducción política del congreso de Tucumán, como las figuras emergentes de él fueron hombres de estrechos lazos con la política del puerto de Buenos Aires. Algunas de las posturas debatidas y que fueron encarnadas por políticos presentes tenían que ver con la instauración de la monarquía como sistema político y con la entrega de la soberanía nacional como definición de fondo. Esto también fue discretamente silenciando u ocultado por la historia oficial escrita desde el puerto de Bs. As. Es por esto también que, en buena medida, es llamativa la singular relevancia que la historia oficial le otorga a estos hechos y a determinados personajes.

Entre Ríos y la Liga de los Pueblos Libres no asisten a Tucumán

Nuestra provincia, formaba parte de la denominada Liga de los Pueblos Libres que en defensa del federalismo había proclamado la independencia un año antes -1815-, en el denominado Congreso de Oriente desarrollado en Concepción del Uruguay (Arroyo de la China por entonces).  

Mientras Artigas, Pancho Ramírez y sus montoneras resistían esa lucha despareja que libraban contra portugueses en la Banda Oriental y porteños en nuestras tierras, se reúne el Congreso en Tucumán. Como vimos, los delegados de las provincias artiguistas (Entre Ríos, Santa Fe, Misiones, Corrientes y la Banda Oriental) no asisten ya que exigían el previo “reconocimiento de la soberanía particular de los pueblos” y una clara posición ante la invasión portuguesa. Pueyrredón y su partido porteño, que por entonces manejaban la política del Congreso, fueron indiferentes ante el reclamo contemplan impasibles cómo el enemigo histórico se va instalando en la Banda Oriental.

Es más, el Directorio envía entre los años 1816 y 1819 tres expediciones armadas contra Entre Ríos y dos contra Santa Fe, con la intención no declarada de realizar un movimiento de pinzas con los portugueses. Pero en Santa Fe estaba López, Ramírez en Entre Ríos y ambos jefes logran rechazar invariablemente a las tropas directoriales.

La Liga de los Pueblos libres no sólo no compartía algunas cuestiones vinculadas al manejo político del Congreso de Tucumán. Durante prolongados períodos se encontraba en una situación de guerra civil con la política del puerto de Buenos Aires.

Pero en algo compartían su punto de vista: En la necesidad de la independencia nacional de toda dominación extranjera.

El rol central de San Martín, Belgrano y Güemes

Nos cuenta el maestro Fermín Chávez, en su libro “Historia del País de los Argentinos” (un libro muy ameno y de fácil lectura, de casi 350 páginas, que humildemente creo que todes les jóvenes deberían leer para comprender la historia del siglo XIX), que el Congreso de Tucumán fue literalmente “apurado” por San Martín para que declarara la independencia.

El padre de la Patria estaba preparando su gesta libertadora pero no perdía de vista el contexto político e impuso su peso para desbalancear las relaciones de fuerza en el Congreso y hacer realidad la independencia, que fue negada en Mayo de 1810 y en la Asamblea del año 1813.

El Congreso se pudo llevar a cabo en el marco de una mínima seguridad en las provincias, provista por la victoria de San Martín en la batalla de San Lorenzo y por la presencia de las tropas del Norte y de Cuyo reorganizadas por él. Para la Declaración de Independencia, San Martín se impuso militarmente a los españoles y políticamente a aquellos sectores vinculados a la élite de Buenos Aires que ya estaban negociando, tanto con España como con Inglaterra, la dependencia argentina. Sólo desacatándose del gobierno porteño, pudo realizar San Martín la Campaña de Chile y Perú y lograr la definitiva independencia.

También la figura de Belgrano presionó para llegar a la declaración de independencia. Lo hizo en una reunión secreta con los diputados del Congreso.

El caudillo salteño Miguel de Güemes desistió de las ambiciones de su provincia que quería colocar el Director del gobierno nacional en aras de la unidad del congreso y de avanzar en plan de liberación. 

Artigas y la Liga, con posiciones revolucionarias e intransigentes, también condicionaron el clima de la época y fortalecieron la ruptura definitiva con la dominación extranjera. 

Sin la obra de todos estos actores, resultaría imposible pensar los resultados finales del Congreso de Tucumán. Todos, despojados de sus intereses sectoriales priorizaron el proyecto del conjunto, el proyecto de independencia nacional.

Luego de la declaración de 1816

Pero el Congreso de Tucumán no resolvería todos los problemas. Jorge Abelardo Ramos, en su genial “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, detalla que “ni la Asamblea del año XIII ni el Congreso de 1816 habían resuelto el problema cardinal: la cuestión del puerto, la aduana y el crédito público”. Lo que estaba en disputa era el poder político y económico. Si dominaban los intereses de la oligarquía porteña o si primaba el proyecto de la patria grande, de Artigas, San Martín y los caudillos federales.

Después del Congreso de Tucumán se desató una guerra civil que en forma intermitente pero lineal envolvió la política nacional durante casi 60 años de historia, derramando sangre por todos los rincones de la patria. Unitarios contra federales, el puerto contra el interior, pro británicos y pro imperialistas contra quienes defendían la soberanía nacional.

Artigas, Ramírez y López contra el Directorio Porteño, el asesinato de Dorrego, Rosas contra la invasión anglo francesa en la Vuelta de Obligado, la Batalla de Caseros, Mitre y la batalla de Pavón, el exterminio del gaucho y las montoneras federales, la guerra de la Triple Infamia contra el Paraguay son postales de las descarnadas guerras civiles. Algunas gloriosas victorias, otras, la mayoría, lamentables derrotas de la causa popular.

Y en ese idea y vuelta, los proyectos populares fueron derrotados, y sobre el cuerpo lacerado del federalismo se construyo una República sometida política y culturalmente y en el económico dependendiente. El sueño de 1816 quedó trunco. 

9 de julio de 1947: la Independencia Económica de Perón

Creo oportuno, venir más acá en el tiempo y rescatar un hecho que otorga sentido general al homenaje a la Declaración de nuestra independencia y al mismo tiempo nos muestra la real dimensión de la política nacional del peronismo como proceso histórico que hizo posible, en un breve periodo la independencia política y económica real de nuestra Nación.

Juan D. Perón en Tucumán, el 9 de julio de 1947.
En el mismo lugar se concretara la Independencia Política del país, en Tucumán, y como una prueba del espíritu que anima la política económica del gobierno peronista, 131 años después, en 1947, todos sus integrantes reunidos con el presidente General Juan Perón declaran la Independencia Económica de la Argentina.Con Perón, la Nación alcanza un estatus de libertad económica y política sin precedentes, que cristalizó institucionalmente en esta declaración.

Ya lo había adelantado Perón al presentar el Primer Plan Quinquenal: “Aspiramos a una liberación absoluta de todo colonialismo económico, que rescate al país de la dependencia de las finanzas foráneas. Sin bases económicas no puede haber bienestar social: es necesario crear esas bases económicas”.

Para ello es menester ir ya estableciendo el mejor ciclo económico dentro de la nación, y a eso también tiende nuestro Plan. Debemos producir el doble y a eso multiplicarlo por cuatro, mediante una buena industrialización -es decir, enriqueciendo la producción por la industria-, distribuir equitativamente esa riqueza y aumentar el estándar de vida de nuestras poblaciones”, decía Perón.

El 9 de julio de 1947, con gran despliegue oficial, se promulgó en la misma Casa histórica de Tucumán donde se había declarado en 1816 la Independencia Política, el Acta de la Independencia Económica. Esta declaración es uno de los hechos más trascendentes del gobierno peronista. Reflejó la consolidación de la independencia nacional de los poderes fácticos mundiales, en un país sin ligaduras con el capital internacional, desendeudado, con una naciente y creciente industria nacional abasteciendo al mercado interno en expansión y con los principales resortes económicos estratégicos regulados o controlados por el Estado. Todo esto en un marco de ampliación de derechos humanos e inclusión social sin precedentes. Era la patria del pleno empleo y del Estado de Bienestar.

El acta de 1947. A los interesados le recomiendo ver el muy buen sitio de La Baldrich: http://www.labaldrich.com.ar/declaracion-de-la-independencia-economica-2/


En aquella declaración, Perón habla de “reafirman la voluntad de ser económicamente libres, como hace ciento treinta y un años proclamaron ser políticamente independientes”. O sea, luego de la independencia política de 1816, el peronismo construyó la independencia económica del país.
La de Perón fue la etapa siguiente a la de 1816, la que fue frustrada por las guerras civiles y el triunfo de la política de las armas de la oligarquía porteña y el imperialismo.

Perón hablaba de:

- Reafirmar el propósito del pueblo argentino de consumar su emancipación económica de los poderes capitalistas foráneos que han ejercido su tutela, control y dominio, bajo las formas de hegemonías económicas condenables y de los que en el país pudieran estar a ellos vinculados.

- Romper los vínculos dominadores del capitalismo foráneo enclavado en el país y recuperar los derechos al gobierno propio de las fuentes económicas nacionales.

- La voluntad de ser económicamente libres, como hace ciento treinta y un años proclamaron ser políticamente independientes.

- Las fuerzas de la producción e industrialización tienen ahora una amplitud y alcance no conocidos y pueden ser superados por la acción y trabajo del pueblo de la República.

Los eslabones de nuestra línea histórica  

Mirar en retrospectiva el 9 de julio nos permite comprender las claves de nuestro presente. También encontrar un hilo conductor entre las luchas de ayer y las que hoy tenemos. Haciendo un ejercicio de memoria histórica comprendemos que existe una línea histórica que enlaza los proyectos nacionales en la Argentina, de la cual los peronistas y hombres y mujeres del campo popular formamos parte en forma inseparable.

Al igual que las guerras civiles que sobrevinieron al Congreso de Tucumán, el gobierno de Juan Perón sufrió un golpe de Estado en los que los genocidas no dudaron en asesinar, torturar y violar todos los derechos humanos, tanto en 1955 como en 1976.

Mirando hacia atrás comprendemos que la claridad y la pasión revolucionaria de Mariano Moreno y Belgrano, se unen al Federalismo de Artigas, Ramírez y López, a la gesta emancipadora de San Martín, a la declaración de Independencia y a los caudillos federales. Y así, pasando por una dilatada colección de patriotas como Dorrego, Juan Manuel de Rosas, las últimas montoneras de López Jordán y Felipe Varela, el Mariscal Solano López del Paraguay, Yrigoyen, Jauretche, Scalabrini Ortiz, etc., llegamos a Juan y Eva Perón y más acá en el tiempo a la Resistencia Peronista, al 73, a Néstor Kirchner y nuestro presente.

La vigencia del 9 de Julio

¿Qué vigencia tiene el 9 de julio de 1816? ¿O la declaración de Perón en 1947? En pleno siglo XXI, en un presente signado por la caída del empleo, del salario real, la desindustrialización y el empobrecimiento colectivo, el gobierno nacional lleva adelante una agenda de apertura económica muy amplia con acuerdos con la Unión Europea e incluso explora relanzar un acuerdo de libre comercio con EEUU al estilo ALCA. El FMI ejerce un tutelaje político en función de los acuerdos de asistencia financiera que el gobierno firmó con este organismo. En este marco, repensar la independencia, y en especial la económica, tiene una relevancia sustancial.

Los desafíos de hoy encuentran rápidamente un paralelismo con los postulados de la Independencia Económica de Perón de 1947 que en definitiva no es otra que la vocación de independencia que tuvieron aquellos hombres en 1816.