viernes, 16 de junio de 2017

Los Bombardeos del 16 de Junio de 1955: Masacre impune y prólogo genocida


El 16 de junio de 1955, en la ciudad de Buenos Aires, se consumó indiscutiblemente la mayor masacre del Siglo XX contra una población civil e indefensa. Este hecho sigue impune. Sigue sin estar presente en la memoria de las nuevas generaciones, incluso de aquellos que de un modo u otro sufrieron el terrorismo de Estado del golpe de 1976.


La masacre del 16 de junio del 55, por la forma y el nivel de la violencia ejercida marca una bisagra en las prácticas represivas del poder oligárquico en la Argentina contemporánea. Al igual que lo sucedió en la Guernica de la guerra civil española, constituyó un crimen sin precedentes, un bombardeo a una población indefensa.

Fue un crimen atroz, pero jamás fue condenado. Un hecho que nunca se debatió, en la profundidad y en la importancia que merece dentro de nuestra historia nacional. Nunca se realizó una investigación seria del caso, jamás se pudo lograr una sentencia condenatoria de sus autores, cómplices y partícipes.

La Masacre de Plaza de Mayo fue un hecho de violencia que se multiplicó en el golpe del 55 y los fusilamientos de León Suárez. Allí nació un espiral de violencia que desembocó en el genocidio, el terrorismo de Estado y la entrega del patrimonio y la soberanía nacional que la dictadura militar de 1976 consumará definitivamente 20 años después.

Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro (el texto original es del año 2006).


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"...nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: La experiencia colectiva se pierde, las lecciones colectivas se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de las otras cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo".... Rodolfo Walsh.

"La lucha debe ser entre soldados. Yo no quiero que muera un solo hombre más del pueblo. Yo les pido a los compañeros trabajadores que refrenen su propia ira; que se muerdan, como me muerdo yo en estos momentos. Que no cometan ningún desmán. No nos perdonaríamos nosotros que a la infamia de nuestros enemigos le agregáramos nuestra propia infamia". Juan Perón. (Palabras dirigidas al pueblo argentino minutos después del segundo bombardeo).



Masacre Olvidada

En el mes de junio del 2005, coincidiendo con el 50 aniversario de los bombardeos, se publicaron dos de los muy pocos libros que se escribieron sobre este estremecedor hecho histórico. Muy pocos libros publicados en un período de 50 años. Los libros que hacía mención son: "La masacre de Plaza de mayo" de Gonzalo Chávez, Ed. La Campana y de Daniel Cichero, "Bombas sobre Buenos Aires, gestación y desarrollo del bombardeo aéreo sobre Plaza de Mayo". Ed. Vergara.

Ambos trabajos, admirables y meritorias investigaciones, asumen con pasión y rigor la crónica histórica. Sirven para empezar a saldar la deuda que la sociedad argentina toda tiene con los mártires del 16 de junio. Ambos trabajos, realizados sobre la base de múltiples fuentes tienen las discrepancias propias de un estudio de memoria colectiva. Y, reconstruyen la nómina de muertos que, hasta el día de hoy, no precisa con certidumbre el número de víctimas.

El bombardeo de Plaza de Mayo ha sido silenciado a lo largo de los años. En contraste con la enormidad del crimen, las narrativas sobre el 16 de junio son escasas.

Hubo, sí, algunas crónicas producidas en el campo de la investigación periodística o como práctica complementaria a la militancia política. Pero, por lo general, el 16 de junio ha sido solamente descrito como un suceso más de la serie que jalonaron el camino al golpe de septiembre del 55.

Negación sistemática del Régimen

Consideremos, solamente a título de ejemplo, un trabajo del hoy fallecido periodista-historiador Félix Luna, escritor "equilibrado" capaz de reconocer las virtudes y los defectos de los antagonistas, aunque siempre termina resultando funcional a la historia oficial, a la historia de la oligarquía, escrita por los criminales.

El mencionado periodista- escritor, en su obra "Breve historia de los argentinos" Ed. Planeta, de gran éxito comercial, en la página 234 expresa lo siguiente: "Lo demás es historia conocida, bombardeo a la Plaza de Mayo y consiguiente masacre de 200 a 300 personas que andaban por ahí (sic), cuando lo que buscaban era matar a Perón que estaba en el Ministerio de Guerra. Esa noche se desataron todos los demonios...." Demasiado breve la referencia del profesor Luna, demasiado breve, ligera y falaz.

Las 200 o 300 personas muertas resultaron ser al día de hoy 375, algunos hablan de más de 400. Se olvida de los 2.000 heridos de los cuales más de 250 quedaron inválidos para toda la vida. No menciona tampoco que las personas "que andaban por ahí", eran civiles indefensos, muchos de ellas mujeres y niños que se encontraban en la plaza para presenciar un desfile aeronáutico en desagravio a la bandera que había sido quemada 5 días antes.

No menciona tampoco que Buenos Aires era una ciudad abierta, y que no existía una guerra declarada entre las partes. Que ese bombardeo fue un intento de golpe de estado contra un gobierno constitucional elegido por más del 60 % de los sufragios, esto también lo oculta....

Y obviamente también oculta, maliciosamente, la participación de civiles en el intento, entre ellos, Miguel Zavala Ortiz, que fue durante el gobierno de Arturo Illía Canciller de la Nación. Este relevante dirigente radical voló con los aviones que bombardearon inocentes y asumió como Ministro de Relaciones Exteriores, años después, sin que mediara el más mínimo gesto,... ni hablar de arrepentimientos o autocrítica.

En fin, para el profesor Luna las "200 o 300 personas que andaban por ahí" fueron asesinados por un error de cálculo militar....Los marinos solo querían matar a Perón....Fue un lamentable equívoco, parece, según el mencionado Luna...un error. Oculta de esta manera, que los aviones ametrallaron intencionalmente y a mansalva a los civiles sorprendidos que se encontraban en la plaza.

Félix Luna al menos lo menciona. Sin ningún tipo de vergüenza, una gran cantidad de historiadores "académicos" pasan por alto estos episodios.

Antecedentes del crimen

La del 16 de junio de 1955, fue la segunda intentona militar para matar a Perón. El 28 de septiembre de 1951, el general Benjamín Menéndez había encabezado un levantamiento, dentro del cual, el entonces capitán Alejandro Agustín Lanusse tenía asignada la misión de atentar contra la vida del general Perón.

El atentado fracasó, Lanusse y sus secuaces fueron detenidos, este es el mismo General Lanusse que fue, en los inicios de los ´70, Presidente de facto de los argentinos y responsable político, entre otras cosas, de la matanza de Trelew del 22 de Agosto de 1972.

"Enfrentamiento" con la Iglesia

La situación política se había agravado seriamente en 1955. Unos días antes al bombardeo, el 14 de junio, una marcha del Corpus Christi va hacia el Congreso Nacional y bajo la consigna "Cristo Vence" recorre la avenida de Mayo y reúne a todos los partidos de la oposición.

Como en otras ocasiones en la historia argentina la Iglesia lograba reunir a toda la oposición, radicales, socialistas, conservadores, nacionalistas ultramontanos y antidemocráticos, comunistas, etc. Los manifestantes arrancan placas del frente del edificio del Congreso y llegan a izar dos banderas amarillas del Vaticano. Y tras esos incidentes, la policía encuentra una enseña nacional quemada. Así, la oposición quedó complicada gravemente en el hecho. Aunque, de inmediato, ellos atribuyeron el agravio a un plan urdido por el jefe de la policía federal.

El enfrentamiento, entre el gobierno peronista y un sector conservador de la Iglesia Católica, venía tensándose hacía unos meses a causa del proyecto de ley para separar la Iglesia del Estado presentado por el oficialismo. Al proyecto en cuestión se sumaban otros dos de similar efecto irritante para los sectores reaccionarios de la Iglesia: cese de la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas públicas y la Ley de Divorcio.

El momento del "golpe"

En ese marco, aquel 16 de junio, Perón decide organizar un desfile, en tierra y aire, para desagravio a la bandera nacional quemada en los incidentes del 14.

Esa circunstancia es la que acelera los planes de los conspiradores. Vieron la posibilidad, que la salida de sus aviones iba a pasar desapercibida para los otros mandos militares. El plan estaba en marcha.

Hechos, autores y víctimas

A las 12:40 de aquel día 16 de junio, el capitán de fragata Néstor Noriega inicia el bombardeo al mando de un avión Beechcraft y le sigue el capitán de corbeta Santiago Sabarots. Cada uno lanzó una bomba de 50 kilos.

El diario Clarín narra al respecto: "incendió y transformó (la bomba) en chatarra dos automóviles estacionados junto al cordón de la vereda, mientras la segunda destruía a otros dos vehículos". "Las esquirlas habían matado a las primeras ocho personas, a las que manos piadosas les cubrieron el rostro con diarios".

La cuadrilla, integrada por cuarenta aviones, había salido de la base aeronaval de Punta Indio y durante tres horas, cubrió de sorpresa, dolor y muerte la histórica plaza. En medio de las corridas envueltas por el pánico, los disparos sin descanso de las ametralladoras dejaron huellas que aún hoy se pueden ver, por ejemplo, en el frente del edificio del Ministerio de Economía que da a la avenida Leandro Alem.

"Blancos" militares

En la Casa de Gobierno impactaron 29 bombas, seis sin estallar: Allí hubo 12 muertos y 55 heridos, entre civiles empleados y militares.
Tras arrojar unas 100 bombas de entre 50 y 100 kilogramos, la masacre quedó consumada: más de 350 personas muertas y otras dos mil heridas. La inmensa mayoría eran civiles que se encontraban aguardando el desfile aeronáutico, trabajadores que se hallaban en el lugar, y empleados que se dirigían a almorzar.

Un trolebús repleto, frente a la plaza Colón, detrás de la Casa de Gobierno, fue perforado por una bomba: sólo allí hubo 65 muertos, la mayoría de sus cuerpos quedaron despedazados por la tremenda explosión que dio de lleno en el trolebus.

Otro transporte recibe un bombazo en avenida Las Heras y Pueyrredón, en cercanías de la antigua residencia presidencial, donde algunos disparos dieron en varios frentes de vivienda y produjeron muertos y heridos. El predio era el conocido "Palacio Unzué", residencia alternativa a Olivos del Presidente de la Nación, es el mismo predio sobre el que hoy se levanta la biblioteca Nacional.

En otro sitio, en el conurbano bonaerense, una columna de soldados del Regimiento de Infantería de La Tablada, también fue bombardeada desde aviones rebeldes. Tres fueron los muertos y seis los heridos.

Los alrededores de la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT), en Azopardo e Independencia, son también ametrallados, cuando comenzaban a reunirse los trabajadores que eran movilizados en camiones para defender al gobierno justicialista.

Una masacre
No fue una batalla. Fue una masacre. El símbolo de esa desigual lucha, entre miles de manifestantes y los militares golpistas, fue quizá el obrero Héctor Passano. "Cayó partido por la mitad cuando le disparaba a un avión "Gloster Meteor" con un revolver".

Resuena aún, en la memoria de la militancia, la anécdota de John William Cooke. Aquel prohombre del movimiento nacional y popular vació un par de cargadores de su pistola 45, parado en el medio de la plaza, disparando contra los aviones que sembraban bombas y muerte en la ciudad. Enfrentar la ofensiva gorila aquel día fue una tarea de héroes y mártires.

Rojas y la Marina

Aquella mañana de junio, hubo también algunos combates en tierra. Un grupo del Cuarto Batallón de Infantería de Marina, al mando de Juan Carlos Argerich, se apoderó del edificio del ministerio de Marina.

Los infantes tenían los nuevos fusiles semiautomáticos belgas, recién ingresados de contrabando en el último viaje de instrucción de los alumnos de la Escuela Naval de Río Santiago, que dirigía el contralmirante Isaac Rojas.

Se frustra la intentona golpista

A las dos de la tarde, los infantes de Marina, atrincherados en las cercanías de la Casa Rosada, en el sector de la Plaza Colón, tras disparar a mansalva a la población, tuvieron que capitular al ser rodeados por cuatro tanques Sherman.

Las tropas leales estaban al mando del general de Ejército, Ernesto Fatigati y se desplegaban en medio de los miles de trabajadores que habían comenzado a rodear el edificio de los marinos y que amenazaban con lincharlos.

Entonces, los jefes golpistas, contralmirante Samuel Toranzo Calderón y el comandante de la fuerza, vicealmirante Benjamín Gargiulo, tuvieron que rendirse. Eran las cuatro de la tarde. Todos los sublevados fueron detenidos, salvo Gargiulo que se suicidó con un tiro en la sien.

El General Juan José Valle fue uno de los responsables de negociar la rendición de los militares sediciosos. Este patriota será fusilado por la dictadura militar que derrocó a Perón meses después. Su muerte fue otro criminal episodio de nuestra historia moderna.

Nombres que retornan 

Los restantes sublevados, incluido Zavala Ortiz, el jefe de los autodenominados comandos civiles, habían huido al Uruguay en treinta y seis aviones.

Los aviadores navales sublevados que descendieron en Montevideo fueron recibidos por el ex oficial del Ejercito Carlos Guillermo Suárez Mason, prófugo en ese momento de la Justicia argentina, quién estaba exiliado en Uruguay desde 1951, era uno de los responsables del abortado golpe de estado contra el gobierno justicialista.

Este personaje siniestro, es el mismo general que después será el Jefe del Primer Cuerpo de Ejército durante la última dictadura militar.

Conocido como "Pajarito" Suarez Mason, fue uno de los jerarcas de más peso de la dictadura del 76. Murió recluido en la cárcel de Villa Devoto en el año 2005 a los 81 años. Perseguido por la justicia argentina e italiana, capturado por la INTERPOL, condenado por violación a los derechos humanos y otras causas de corrupción económica, le fueron comprobados 47 asesinatos y 23 secuestros.

Otro célebre genocida

No es de asombrar que, el entonces Teniente de Navío Eduardo Emilio Massera fuera participe de la masacre. Era, en ese momento, el secretario del almirante Oliveri, comandante de la marina.

Sí, estamos mencionando al mismísimo Massera. El comandante "Cero", el hombre que con el grado de almirante integró la Junta Militar del golpe del 76.

"Escuela" de Terrorismo de Estado

La masacre de Plaza de Mayo fue para algunos de los actores de la misma, una "escuela" de terrorismo de Estado que profundizaron hasta la ignominia años después.

También estuvieron implicados en la masacre: Horacio Mayorga (éste oscuro personaje estuvo implicado en los asesinatos de Trelew en 1972) y el entonces Capitán de Navío Oscar Montes que fue posteriormente con el grado de Almirante, Canciller de la dictadura del 76.

Entre los pilotos que manejaban los aviones bombarderos se encontraba el que luego fue el Brigadier Osvaldo Cacciatore Intendente de facto de la Capital Federal durante la dictadura y el hermano de Massera de nombre Carlos A. Massera.

Según un expediente de la investigación, que murió archivado en los galpones de las Fuerzas Armadas, el mismísimo Pedro E. Aramburu fue parte de la conspiración criminal golpista de los bombardeos.

Complicidad política

Es también imprescindible que mencionemos a algunos de los políticos, de los civiles, "paladines de la democracia", que participaron en esta masacre: el ya mencionado radical unionista Zavala Ortiz, que voló en uno de los aviones y estuvo exiliado en el Uruguay, quien fue Ministro de Relaciones Exteriores del formalmente democrático gobierno de Arturo Illia en los ´60.

El dirigente "nacionalista" Mario Amadeo también participó. Cerrando esta galería de "próceres democráticos" el inefable "Norteamérico" Ghioldi, dirigente del Partido Socialista que en 1956, luego de los fusilamientos de León Suarez, expresó: "se acabó la leche de la clemencia". Incitación gorila ésta, para instigar la represión sobre el pueblo peronista. Para este dirigente socialista la sangre derramada por los mártires del 16 de Junio, no era suficiente. Terminó su carrera política como Embajador de la dictadura en Portugal.

La lista de nombres y apellidos "celebres" de la oligarquía, de militares gorilas y del antiperonismo político, vinculados a la violación sistemática de los derechos humanos, golpes militares y gobiernos antipopulares podría extenderse mucho más. Para todos ellos el peronismo fue siempre el enemigo a vencer.

Después de los bombardeos

Para terminar la crónica de esta trágica jornada del 16 de Junio del 55, sólo resta contar cómo en la noche de ese día aciago, parafraseando a Félix Luna "se desataron todos los demonios".

Después del paso de los aviones, gruesas columnas de humo se elevan en el centro de la ciudad, una multitud enardecida por los crímenes se moviliza y marcha sobre las iglesias.

Así fueron quemados los edificios de la Curia metropolitana y algunos otros templos del centro de la ciudad. Cabe destacar que en los barrios de Buenos Aires no hubo un solo incidente contra la iglesia, no se molestó a ningún cura, ni se profanó ningún templo. Todo ocurrió en el centro de la ciudad.

Este incidente es también un punto oscuro en la historia de la Argentina contemporánea en cuanto a imputación de responsabilidades, que debe ser saldado por los historiadores y por la sociedad toda.
Sospechosamente el mismo 16 de junio, día en que se llevó adelante un verdadero crimen de lesa humanidad, el Papa excomulgó a Perón, los integrantes de su gabinete y a las "supuestos responsables" de la violencia contra la Iglesia.

El principio del fin

El peronismo y el gobierno democrático y popular caerán unos meses después. El golpe se produce porque se desarticula la coalición que lo había sostenido (es lo que se denomina sociológicamente como la ruptura del bloque histórico). Por uno de esos avatares de la historia esa coalición triunfante del 45 se desarticula.

El bombardeo de 1955 es la primera muestra real de esa ruptura. La oligarquía contaba con nuevos aliados: la dirigencia de la Iglesia ya estaba enfrentada a Perón. El ejército por su parte ya no apoyaba en su conjunto al gobierno. Dos de las tres patas del peronismo, la Iglesia y el Ejército, estaban rengas o habían desaparecido. Sólo el pueblo defenderá al pueblo de allí en adelante.

Orígenes del terrorismo de Estado

Cuando los historiadores defensores de proyectos antipopulares, esos "profesores" universitarios expertos en "olvidos" que sirven para cultivar la desmemoria, ubican la génesis de la violencia política en los 70, lo hacen omitiendo deliberadamente tres hechos fundamentales.

Estos episodios fueron los primeros y, en gran medida, las causas de la violencia política y las violaciones a los derechos humanos en la argentina moderna:

a. el golpe militar de 1955;

b. los fusilamientos en José León Suárez, Lanús y La Plata de 1956,

c. Este hecho que analizamos, el bombardeo contra el pueblo, en la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955.

Como hemos afirmado en distintas ocasiones, de todos, es sin dudas es el último el que, para gran parte de la sociedad, se encuentra más olvidado. Pero, paradójicamente es el que tiene una trascendencia histórica determinante. Aquel 16 de Junio nace el proceso de violencia institucional contra el pueblo.

Una Masacre impune

Fue un crimen de lesa humanidad, pero jamás fue condenado. Un hecho que nunca se debatió, en la profundidad y en la importancia que merece dentro de nuestra historia nacional. Nunca se realizó una investigación seria del caso, jamás se pudo lograr una sentencia condenatoria de sus autores, cómplices y partícipes.

El silencio histórico impuesto sobre la matanza del 16 de junio colaboró para que 20 años después se pudieran concretar los horrendos crímenes del Proceso de Reorganización Nacional.

Olvido es impunidad

Ocultar, mentir, olvidar, esa es la metodología de la historia del Régimen. De esta manera artera, las clases dominantes se adueñan de la historia diría Walsh. Pero, Rodolfo Walsh insinúa también una esperanza: que "es posible que se quiebre el círculo".

Esa es la intención de la memoria política, la memoria militante, quebrar desde espacios políticos, el círculo de mentiras de la "historia oficial" para que el pueblo sea dueño de su propia historia, una historia de Verdad y Justicia.

Quebremos el círculo entonces y no minimicemos el 16 de junio de 1955 porque en la ciudad de Buenos Aires se consumó, indiscutiblemente, la mayor masacre del siglo XX contra una población civil e indefensa. Este hecho sigue impune. Sigue sin estar presente en la memoria de las nuevas generaciones, incluso de aquellos que de un modo u otro sufrieron el terrorismo de estado del golpe de 1976.

Por memoria, verdad y justicia

La importancia crucial del recuerdo de esta masacre radica en que fue la primera manifestación de violencia anti-popular de tal dimensión. El ametrallamiento y el bombardeo sobre la población civil indefensa dan inicio a un nuevo capítulo de la violencia institucional.

Este episodio marcó un antes y un después. Aquí nace el "modus operandi" que los sectores reaccionarios y antidemocráticos pondrán en marcha en forma sistemática para la resolver los conflictos políticos cada vez que las urnas les fueron adversas.

La Masacre de Plaza de Mayo fue un hecho de violencia que se multiplicó en el golpe del 55 y los fusilamientos de León Suárez. Allí nació un espiral de violencia que desembocó en el genocidio, el terrorismo de Estado y la entrega del patrimonio y la soberanía nacional que la dictadura militar de 1976 consumará definitivamente 20 años después.

Es importante rescatar la actitud del actual gobierno nacional que rindió un sentido homenaje institucional las víctimas de los bombardeos.

Pero la memoria también se milita, en especial desde la política. Este hecho no puede quedar impune ni lo podemos olvidar. Jamás.

viernes, 9 de junio de 2017

Los fusilamientos de la "Revolución Libertadora": Crónicas de la barbarie oligárquica

"El peronismo se ha llenado de mártires y entre ellos no hay un solo hombre que, como nuestros enemigos, pueda ser tildado de asesino con fundamento, como podemos llamarlos a ellos con razón. La sangre generosa de estos compañeros caídos por la infamia "libertadora" será siempre el pedestal de Abel, que los seguirá hasta su tumba, llenándolos de remordimiento y de vergüenza". Juan Domingo Perón, "La fuerza es el derecho de las Bestias".


Breves noticias sobre el momento histórico.

El 16 de septiembre de 1955 se iniciaba una de las etapas más difíciles y complejas para la Argentina institucional en general y para los sectores populares en particular. La Revolución Libertadora daba comienzo a un ciclo de 18 ańos de proscripciones, persecuciones, asesinatos de militantes, exilios y resistencia civil para, por fin, retornar a la vida política y el poder en 1973.

El general Lonardi, cercano a los sectores nacionalistas y católicos, asumió como presidente de la Nación; en tanto que el almirante Isaac Rojas, más próximo a los grupos liberales oligárquicos y antiperonistas, se constituyó en vicepresidente. Lonardi proclamó que no habría -ni vencedores ni vencidos e intentó establecer algunos acuerdos con los dirigentes sindicales.

La intención era mantener algunas medidas nacionalistas del peronismo pero sin Perón. Como ejemplo la CGT quedo en manos de Andrés Framini y Luis Natalini y se comprometió con el gobierno a realizar elecciones en todos los sindicatos. La tregua duro poco. A mediados de octubre los Comandos Civiles atacaron los locales sindicales y los tomaron a punta de pistola. El sector oligárquico-liberal del gobierno presionó y obtuvo la intervención de la CGT. Los gremios llamaron a la primera huelga para el 2 de noviembre y el gobierno detuvo a sus dirigentes.

El 13 de noviembre los sectores más reaccionarios destituyeron a Lonardi para poder desperonizar el país. Asumió la presidencia el general Pedro Eugenio Aramburu y continuó como vice el almirante Rojas. Con Aramburu y Rojas se terminaban posibles ambigüedades.

Ya no hubo más contemplación hacia el peronismo. Se intervino la CGT y todos los sindicatos de base, se inhabilitaron más de 150.000 delegados de fábricas y se encarcelaron cientos de dirigentes justicialistas. El país fue una gran cárcel y se crearon comisiones especiales para detectar todos los "crímenes" peronistas. Se anuló la Constitución del 1949 y se declaró vigente la de 1853. El general Aramburu ordenó robar el cadáver de Evita del local de la CGT y lo hizo desaparecer por mas de 15 ańos.

El gobierno de Aramburu avanzaba en la represión y firmó el decreto 4.161 que prohibió el funcionamiento del partido peronista y toda exhibición de símbolos referidos al peronismo. Se ordenó la disolución de la Fundación Eva Perón y se quemaron toneladas de vestimentas, ropa de cama, instrumentos quirúrgicos y todo lo que llevara el sello de la Fundación, incluso pulmotores en momentos que Buenos Aires padecía de una epidemia de poliomielitis.

Paralelamente a la represión política, el gobierno militar invitó al país al Dr. Raúl Prebisch, secretario ejecutivo de la CEPAL (Comisión Económica de América Latina) para que elaborara un diagnostico sobre la situación económica. El informe fue entregado unas semanas después.

Arturo Jauretche salió a responderle y publicó un libro denominado "Plan Prebisch, Retorno al coloniaje" donde refutó toda la información del secretario de la CEPAL. En su libro explicará con detalles las adulteraciones de las cifras, la deformación de la interpretación y como se mintió para alterar la realidad. El análisis de Jauretche es contundente y también porque no, profético, sobre el programa económico de la Libertadora .Comenzaba la entrega de la economía nacional….En el mencionado libro Jauretche decía con su meridiana claridad de siempre: "-los argentinos apenas si tendremos para pagarnos la comida de todos los días. Y cuando las industrias se liquiden y comience la desocupación, entonces habrá muchos que no tendrán ni para pagarse esa comida. Será el momento de la crisis deliberada y conscientemente provocada (…) no habrá entonces más remedio que contraer nuevas deudas e hipotecar definitivamente nuestro porvenir(…) Llegará entonces el momento de afrontar las dificultades mediante la enajenación de nuestros propios bienes, como los ferrocarriles, la flota mercante o las usinas (…) -Poco a poco se irá reconstruyendo el estatuto del coloniaje, reduciendo a nuestro pueblo a la miseria, frustrando los grandes ideales nacionales y humillándonos en las condiciones de país satélite".

Los fusilamientos.

El 9 de junio de 1956 un grupo de militares peronistas, con apoyo de algunos dirigentes gremiales protagonizó un frágil y fugaz levantamiento armado. El gobierno no dudó en reprimir la sublevación y ordeno fusilar a los jefes militares y a varios civiles. No solo fueron fusilados militares, también hombres indefensos, sin acusación ni juicio fueron asesinados en los basurales de León Suárez en forma clandestina.

El odio hacia el peronismo no sólo se daba en el Ejército y la Marina, los partidos políticos que integraban la Junta Consultiva (todos) apoyaron y felicitaron los fusilamientos. Una frase tristemente celebre de aquellas horas la dijo el dirigente socialista Américo Ghioldi:" Se acabó la leche de la clemencia".

Las ejecuciones de militares en los cuarteles fueron, por supuesto, tan bárbaras, ilegales y arbitrarias como las de civiles en el basural.

El 12 de junio se entrega el general Valle, a cambio de que cese la matanza. Lo fusilan esa misma noche. Suman en total 27 ejecuciones en menos de 72 horas en seis lugares diferentes.

Todas ellas están calificadas por el artículo 18 de la Constitución Nacional, vigente en ese momento que dice: "Queda abolida para siempre la pena de muerte por motivos políticos".

En algunos casos se aplica retroactivamente la ley marcial. En otros, se vuelve abusivamente sobre la cosa juzgada. En otros, no se toma en cuenta el desistimiento de la acción armada que han hecho a la primera intimación los acusados. Se trata en suma de un vasto asesinato, arbitrario e ilegal, cuyos responsables máximos son los firmantes de los decretos que pretendieron convalidarlos: los generales Aramburu y Ossorio Arana, y el Almirante Rojas.

Juan José Valle.
Los fusilamientos se realizaron en la Unidad Regional de Lanús, en el Regimiento 7 de La Plata y en el Bosque, en Campo de Mayo, en el Regimiento 2 de Palermo y, el general Valle, en el Penal de Las Heras.

Esta es la lista de los militares fusilados: General de división Juan José Valle; Coroneles Ricardo Santiago Ibazeta, Alcibiades Eduardo Cortínez y José Albino Irigoyen; Teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno; Capitanes Eloy Luis Caro, Dardo Nestor Cano y Jorge Miguel Costales; Tenientes 1º Jorge Leopoldo Noriega y Néstor Marcelo Videla; Subteniente Alberto Juan Abadie; Suboficiales principales Miguel Ángel Paolini y Ernesto Gareca; Sargentos ayudantes Isauro Costa y Luis Pugnetti; Sargentos Hugo Eladio Quiroga y Luis Bagnetti; Cabos Miguel José Rodríguez y Luciano Isaías Rojas; ciudadanos Clemente Braulio Ross, Norberto Ross, Osvaldo Alberto Albedro, Dante Hipólito Lugo, Aldo Emir Jofre, Miguel Ángel Mauriño, Rolando Zanetta, Ramón Raúl Videla y Carlos Irigoyen.

En cuanto al asesinato de civiles en los basurales de León Suárez, son detenidos 17 civiles, cinco son liberados. Pero el jefe de la policía bonaerense, coronel Desiderio Fernández Suárez, ordena verbalmente la ejecución de los doce restantes. Trasladados a un basural de José León Suárez, siete de ellos, algunos gravemente heridos, sobreviven al ametrallamiento. Cinco cadáveres quedan tendidos. Son los de Carlos Alberto Lizazo, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brión y Vicente Rodríguez. Eran todos peronistas, fueron detenidos en el domicilio de uno de ellos mientras escuchaban por radio las noticias sobre el levantamiento del General Valle. Los verdugos de este asesinato eran todos miembros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

La "Carta del General Valle antes de ser fusilado", es un documento que  testimonia claramente el pensamiento político de Valle como, así mismo, el carácter sangriento de la "revolución fusiladora".

Inspirado en estos hechos, Rodolfo Walsh, escribe uno de sus mejores libros: "Operación masacre". Una narración a manera de thriller que, de manera testimonial cuenta también el aplastamiento de la revuelta. Una investigación periodística brillante contada por los propios sobrevivientes. Se convirtió en un libro de culto en los años 60.

En el libro está todo: nombres, fechas, horas, situaciones y toda la documental que nos muestra la dimensión de un trabajo maestro. Con la publicación del libro en 1957, Walsh, no da por terminada la investigación; en las sucesivas ediciones fue incorporando nuevos elementos y variando su reflexión final sobre lo ocurrido: Los fusilamientos quedaron impunes, los asesinos probados pero sueltos. No obstante, "Operación masacre", cumplió con su cometido histórico: pulverizó la versión oficial de los hechos. Impidió el ocultamiento de la Verdad y, ofreció al futuro un invalorable ejemplo de lucidez militante y coraje periodístico.

El cineasta argentino Jorge Cedrón (hermano del músico "Tata" Cedrón), filmó en 1971 un film homónimo basado en el libro de Walsh. Fue la primera película argentina filmada en la clandestinidad. El film se estrenó también en la "ilegalidad" y fue visto por más de un millón de personas en forma clandestina, se lo proyectaba en villas, barrios, sindicatos y clubes. El elenco incluía a Norma Leandro, Walter Vidarte, Carlos Carella y Ana María Picchio entre otros y, contenía la narración de Julio Troxler, uno de los sobrevivientes de la masacre.

Tres años después, en 1974, Julio Troxler (que fue Subjefe de policía de la Provincia de Buenos Aires durante la gestión del gobernador Bidegain), muere en un atentado realizado por la siniestra organización parapolicial "Triple A". Miguel Angel Rovira, entonces miembro de la mencionada organización, se encuentra en la actualidad detenido por orden del Juez Norberto Oyarbide acusado de ser el autor de los disparos que mataron a Troxler.

El 25 de marzo de 1977, cae asesinado el autor del libro "Operación Masacre". Rodolfo Walsh, fue muerto por un comando de la Esma y su cuerpo fue desaparecido.

Juan Cedrón, el cineasta, fue asesinado en 1980 en Francia, probablemente por gente del "Centro Piloto de París" en el marco del Plan Cóndor.

(Este es un texto publicado en el año 2007)

martes, 11 de abril de 2017

11 de abril de 1870: A 150 años del asesinato de Urquiza, crimen impune en la historia argentina y entrerriana

El asesinato político es un retornante histórico en nuestro país. Mariano Moreno, Monteagudo, Güemes, Facundo Quiroga, Lavalle, el mismísimo López Jordán, por sólo mencionar algunos ejemplos, fueron víctimas de muertes ocurridas en extrañas condiciones. Fueron también, algunas, muertes que quedaron impunes. Como advertimos, tanto en los albores de nuestra nacionalidad, como también durante las guerras civiles, los crímenes impunes abundan en la historia argentina.

Todos estos crímenes son políticos, es decir que tienen como motivo la eliminación física de una persona que se presenta como un enemigo de los intereses del asesino. Y todos estos homicidios tienen también un denominador común: se realizan por encargo. El autor material del hecho (sicario) recibe la orden de matar a la víctima por parte del autor ideológico (merced) que le otorga luego de cumplido el hecho homicida, una contra prestación por la ejecución.

Esta naturaleza especial de crímenes por encargo hace muy dificultosa la revelación de quién es el autor ideológico del delito que queda oculto e impune ya que, los autores materiales, si son apresados, ocultan la identidad del mandante. Ante el silencio del sicario surgen las conjeturas, las hipótesis y las posibilidades. Y finalmente, ante la falta de evidencias, queda para aplicar en el análisis, la sugerencia de Séneca: “Aquel a quien el crimen le es beneficioso, es el que lo ha cometido”.

A principios de abril de 1870 había estallado la revolución jordanista en distintos lugares de la provincia y, aunque no está probado que entrara en el plan revolucionario la muerte de Urquiza, su residencia es asaltada y él es asesinado por una partida que obedecía políticamente a López Jordán.

Es preciso que nos detengamos en el análisis de esos sucesos para ver como la historia oficial ha falsificado los hechos endilgándole la culpa del asesinato a López Jordán.

Los hechos acaecidos son muy confusos, hay diversas y contradictorias versiones interesadas, pero en verdad, el único documento cierto que existe sobre la forma en que se produjo la muerte de Urquiza, quiénes fueron sus autores materiales y quiénes los mentores ideológicos del atentado, son las declaraciones que aportó el capitán José María Mosqueira, único detenido y procesado por los hechos.

Según lo expresado por Mosqueira en el juicio, los hechos ocurrieron de la siguiente manera: La conspiración comienza en la estancia de Arroyo Grande, cerca de Concordia. A dicho lugar concurre el joven estanciero de Gualeguaychú, José Mosqueira para ofrecerle sus servicios a López Jordán en el movimiento revolucionario que éste prepara para derrocar al gobernador Urquiza. El plan queda acordado. El lugar de encuentro de los conjurados será en la misma estancia, el 9 de abril.

Treinta hombres al mando del mayor Robustiano Vera y José Mosqueira partieron desde Arroyo Grande rumbo al establecimiento San Pedro, propiedad de Urquiza, a los efectos de ponerse a las órdenes del Coronel Luengo que los esperaba con veinte hombres más.

Las órdenes recibidas, según cuenta Mosqueira en las actas del juicio, eran las de apresar a Urquiza, respetarle la vida al gobernador y a su familia y llevarlo a la presencia del jefe revolucionario. La partida la formaban entre otros, además de los mencionados, Ambrosio Luna, Pedro Aramburu, Juan Pirán, Facundo Teco, Agustín Minué, Mateo Cantero y Nicomedes Coronel, este último era mayordomo de la estancia San Pedro. Un dato interesante: de todos los hombres de la partida sólo Mosqueira era entrerriano. La mayoría de ellos eran federales correntinos y orientales exiliados. Simón Luengo, el jefe de la partida, era un caudillo federal cordobés de cierta relevancia que había sido derrotado en su provincia natal y vivía en Entre Ríos protegido por Urquiza.

Al caer la tarde de ese fatídico lunes de 1870, según los testimonios, a las 19.30 hs., el gobernador se encontraba en la galería delantera de su residencia conversando con uno de sus ministros y escuchó sorprendido la llegada de un tropel de jinetes que habían entrado por la puerta trasera del Palacio San José al grito de ¡Muera Urquiza! y dando vivas a López Jordán. El gobernador se dirigió a una de sus habitaciones extrayendo un rifle y disparando contra la partida. Lo que ocurre a partir de ese momento es confuso y no lo aclara Mosqueira en el proceso. No se sabe si Luengo alcanzó a darle la orden de rendición a Urquiza o algún hombre de la partida disparó desobedeciendo la orden contra el caudillo que cae alcanzado por un tiro en la cara. También es un enigma quién lo “despenó” con cinco puñaladas en el pecho.

Lo que sí está claro es que la muerte de Urquiza no fue ordenada por López Jordán, ni estaba en los propósitos de los revolucionarios. La consideraban una muerte inútil. Y, para completar la intriga de esta historia, el mismo día, con algunas horas de diferencia, como en una secuencia del cine de Francis Ford Cóppola, son asesinados en Concordia, también en circunstancias equívocas dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino.

¿Entonces, si no hubo orden de matar a Urquiza por parte de los revolucionarios, como fue el desenlace de la tragedia de San José? ¿Cómo y por qué ocurrieron los hechos?  Dentro del conjunto de historiadores que han tratado de develar la incertidumbre del hecho, Fermín Chávez, en su voluminoso y documentado libro “Vida y muerte de López Jordán” conjetura tres probabilidades: a) Que los jefes de la revolución jordanista autorizaron la ejecución de Urquiza; b) Que Luengo, la resolvió sobre la marcha; c) O que la resistencia armada de Urquiza dió ocasión a su muerte. Ahora bien, ninguna de estas hipótesis puede ser probada... Son especulaciones. De hecho, nada ha podido ser probado fehacientemente.

La historia oficial está plagada de falsedades y omisiones maliciosamente consumadas. De hecho, las muertes poco claras que mencionamos al principio de este ensayo han sido instrumento de propaganda política del aparato cultural del sistema. Ya sea para encubrir o para culpar injustamente de un crimen a alguien, un asesinato, una muerte jamás constituyó un impedimento moral a la hora de escribir la historia acorde a los intereses de las clases dominantes. Si han asesinado que problema pueden tener en mentir sobre ello, o sobre quién y cómo.

El historiador entrerriano Aníbal S. Vásquez, en su obra “López Jordán” afirma: “Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José… Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la prédica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad… En este episodio el oficialismo metropolitano vuelve a administrar justicia a su gusto y paladar…En la lucha rencorosa, sin cuartel, de acciones violentas, Sarmiento venció, al final, a López Jordán y no solo dictó sentencia en las acusaciones que él solo hizo, sino que las impuso… La versión oficial que ha llegado hasta nosotros es consecuencia de esa disciplina”.

Pero no todo se puede ocultar o silenciar eternamente. Los textos de José Hernández y Juan Bautista Alberdi a los que hago referencia en este ensayo, olvidados maliciosamente por la historiografía oficial, abren una ventana para tener una mirada distinta sobre el asesinato de Urquiza, magnicidio impune en la historia argentina y entrerriana. Existen otros historiadores y actores políticos de la época que llegan a conclusiones similares que esta, su estudio también podrá contribuir a echar luz sobre este oscuro episodio histórico.

A 150 años, a modo de conclusión, lo que nos queda claro hoy es que Ricardo López Jordán no mandó a matar a Urquiza, no existe prueba alguna de ello por lo que está fehacientemente comprobada su inocencia. ¿Quién fue entonces el mentor del atentado? ¿Fue un accidente? ¿Una consecuencia indeseada por la resistencia armada que el propio Urquiza opuso a sus captores? ¿Una venganza de los viejos federales decepcionados por las vacilaciones de Urquiza? ¿Una represalia por la “retirada” de Pavón? ¿Un crimen ejecutado por los liberales porteños como lo presagió José Hernández? ¿Qué relaciones y que consecuencias tuvo con el atentado el viaje presidencial de Sarmiento a San José?  No hay certezas y debemos remediar la falta de pruebas con nuestras propias conjeturas.

Escribe: A. Gonzalo García Garro

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“Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán”.

El crimen impune, retornante histórico

Mariano Moreno muere en un barco inglés en alta mar, su defunción ocurre en forma dudosa. Se murmura un posible envenenamiento del tribuno revolucionario de Mayo.

El “Tigre de los Llanos”, Facundo  Quiroga, es asesinado en Barranca Yaco por una partida comandada por un tal Santos Pérez. Lo que no se puede dilucidar es si Santos Pérez recibió el encargo de los Reinafé, de Estanislao López o de algún otro caudillo contrariado por la estrella ascendente de Facundo.

La muerte de Lavalle en Jujuy es también un caso poblado de incertidumbres. José María Rosa en su magistral trabajo “El cóndor ciego”  investiga las circunstancias de esa muerte confusa.

En el atentado en que se hiere de muerte a Güemes no se distingue con certeza si fue organizado por los últimos realistas que operan en Salta o fue obra de algún sector interno de los patriotas enfrentados.

Tampoco se sabe quién ordenó la mano del puñal que mata a Monteagudo en Lima, ni la de la otra mano que asesina por la espalda a Florencio Varela en Montevideo.

Ricardo López Jordán fue asesinado en una calle de Buenos Aires, Casas, el matador, declaró que su móvil era vengar a su padre, pero está probado que detrás del sicario estaban otros intereses políticos.

Como advertimos, tanto en los albores de nuestra nacionalidad como también durante las guerras civiles los crímenes impunes abundan en nuestra historia.

El asesinato político

Todos estos crímenes son políticos, es decir que tienen como motivo la eliminación física de una persona que se presenta como un enemigo de los intereses del matador. Y todos estos homicidios tienen también un denominador común: se realizan por encargo. El autor material del hecho (sicario) recibe la orden de matar a la víctima por parte del autor ideológico (merced) que le otorga luego de cumplido el hecho homicida, una contra prestación por la ejecución.

Esta naturaleza especial de crímenes por encargo hace muy dificultosa la revelación de quién es el autor ideológico del delito que queda oculto e impune ya que, los autores materiales, si son apresados, ocultan la identidad del mandante. Ante el silencio del sicario surgen las conjeturas, las hipótesis y las posibilidades. Y finalmente, ante la falta de evidencias, queda para aplicar en  el análisis, la sugerencia de Séneca: “Aquel a quién el crimen le es beneficioso, es el que lo ha cometido”.

Este trabajo es un aporte más, que intenta desentrañar los motivos del asesinato, hasta hoy impune, de don Justo José de Urquiza en el Palacio de San José. Auténtico magnicidio, único en nuestra historia ya que la víctima, al momento de su muerte revestía ciertas calidades que agravan el hecho: era Gobernador electo de la Provincia de Entre Ríos, ex primer Presidente Constitucional de la Confederación Argentina y Jefe Político del Partido Federal.

Este ensayo está dividido en dos partes. En la primera, pretende darle al lector un panorama del contexto histórico en se desenvuelve la tragedia y en una segunda parte se narran los hechos acaecidos acompañado por un examen de los mismos guiado por las letras de dos de los más grandes pensadores nacionales de nuestra historia: José Hernández y Juan Bautista Alberdi.



“Hasta ahora se ha adjudicado a López Jordán una responsabilidad personal del crimen, como si él lo hubiera concebido e inspirado, organizado y ejecutado. Así se ha dicho y se viene repitiendo de generación en generación. Así se enseña en algunos textos escolares. Así se falsea la verdad y se adultera la historia… En términos generales se ha dejado caer la terrible y mortificante acusación. Se la ha concretado con sonoros adjetivos pero sin las probanzas debidas… Recorramos los archivos, acerquémonos a las amarillentas colecciones de las publicaciones periódicas de la época, hurguemos en los rincones de las viejas casonas, que aun guardan las sugestiones de los tiempos idos, y no descubriremos nada que nos pruebe, que nos traiga y afirme la convicción de una responsabilidad personal de López Jordán en la tragedia del Palacio San José”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán”


1) Viaje del Presidente Sarmiento a Entre Ríos y visita a Urquiza en el Palacio San José.

“Ninguna persona que haya seguido estudiando en la práctica la historia de las repúblicas del Plata, ha debido extrañar el desgraciado fin de Su Excelencia el señor Capitán General D. Justo José de Urquiza.. Por el contrario, lo admirable e inaudito es su permanencia en el poder, por grados, siempre bajando, en virtud de sus hechos, contrarios a su crédito, a sus amigos políticos y favorables a sus enemigos... En mi larga carta después de esa batalla (la de Pavón), le dije que, habiendo él mismo cometido el gravísimo error, después del triunfo, de pasar todo su poder a sus enemigos con funesto perjuicio a los que seguían de buena fe su política..., su vida y su fortuna no estaban seguras si permanecía en la provincia entrerriana”.
Carta de Rosas a Urquiza, citada por José Luis Busaniche en “Juan Manuel de Rosas” 


La relación política de Sarmiento y Urquiza fue larga, despareja y encontrada. Sarmiento estuvo, según lo demandaran las circunstancias, con Urquiza y contra Urquiza.

Estuvo con Urquiza cuando se incorpora a la campaña del Ejército Grande que finaliza en Caseros con el derrocamiento de Rosas (1852). Sarmiento entró a Buenos Aires como boletinero del ejercito de Urquiza con grado de oficial. Durante la campaña se encontraron en un par de oportunidades donde comprobaron las profundas diferencias que ambos tenían. Urquiza lo humilla al obligarlo a ponerse el cintillo punzó, la divisa federal. Sarmiento lo desprecia y lo considera como uno de los tantos otros caudillos, “bárbaro, atrasado y salvaje”.

La relación de ambos está rota después de Caseros. A Urquiza le ha chocado la petulancia de Sarmiento. Y el caudillo le ha hecho al vanidoso Sarmiento las siguientes ofensas: no le ha dado el cargo en el Ejército que ambicionaba de jefe del Estado Mayor, no le ha escuchado sus consejos tácticos ni políticos; no ha demostrado confiar en su supuesto talento, le cuestiona sus escritos sobre la marcha del Ejercito Grande y los partes del boletín oficial y lo peor de todo, no le ha dicho ni una palabra sobre sus libros. El feroz resentimiento que le provoca la indiferencia del entrerriano le hacen verle “peor” que a Don Juan Manuel. Frustrado y enfurecido Sarmiento por sus diferencias con el caudillo entrerriano y sumado a esto los conflictos que surgen entre Buenos Aires y Urquiza, retorna su “exilio” en Chile.

Desde Chile comienza una feroz campaña de injurias y calumnias contra Urquiza. Dísele al jefe entrerriano: “Su vida pública anterior requerirá la indulgencia de la historia. “La historia de Urquiza debe principiar en Caseros porque para atrás es negra, salpicada de sangre”. Lo agravia en lo personal recordando sus muchos hijos naturales. Le incluye entre los “vendidos verdugos” conque Rosas “esclavizó a las provincias”. Le acusa de haber degollado o fusilado después de las batallas. Y en Palermo, después de Caseros, de haber muerto a mas de cuatro mil quinientos prisioneros.

Luego, de vuelta de Chile y pocos días después de Pavón (1861), Sarmiento le escribe a Mitre felicitándolo. La carta es un documento de formidable valor histórico, que entre otras cosas dice: “No deje cicatrizar la herida de Pavón, Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca”.

Domingo Faustino Sarmiento.
Pero han pasado los años, Sarmiento es ahora Presidente y necesita del caudillo federal, su antiguo enemigo, para neutralizar al mitrismo y fortalecer su menguado poder político. Decide entonces, hacer un  viaje a Entre Ríos. El periplo es organizado de manera teatral, casi circense. Se embarca el 17 de enero de 1870 en un buque de la armada al que bautizan con el ofensivo nombre de “Pavón”, espera llegar a Entre Ríos el 3 de febrero para festejar junto a Urquiza el aniversario de Caseros. Numerosos personajes lo acompañan, ministros, diplomáticos, el general Arredondo y el inglés Wheelwright forman la numerosa delegación. Incluso tres busques extranjeros siguen el “Pavón”, uno francés, otro español y otro italiano donde van ministros plenipotenciarios de esas naciones.

Llega por fin la delegación al puerto de Concepción del Uruguay, por entonces capital de Entre Ríos, donde todo el pueblo aguarda al Presidente. En el muelle, erguido y espectacular está Urquiza, el viejo caudillo le espera vestido de civil, se ha puesto el frac. Sarmiento desciende del “Pavón” y, ante la emoción unánime se produce la increíble escena: los viejos enemigos se abrazan. Luego, al observar Sarmiento una parada militar de la caballería entrerriana con el mismo uniforme que vestían en Caseros pronuncia una frase que será célebre: “Ahora sí que me siento Presidente de la República”.

Es el 3 de febrero de 1870, aniversario de la caída de Rosas. En San José, gigantesco y suntuoso palacio, por la noche se da una gran fiesta que impresiona a los visitantes. Hay baile y un gran banquete. Al brindar, Sarmiento, se atribuye el triunfo de Caseros. Urquiza ansioso de incorporarse a la nueva política de progreso y civilización acepta resignadamente el brindis jactancioso del ilustre visitante.

La visita concluye, Sarmiento vuelve a Buenos Aires. Transcurre cerca de un mes. Todo parece marchar viento en popa para Sarmiento: la guerra del Paraguay ha concluido, Mitre parece tranquilo y Urquiza domesticado. Apenas quedan en San Luis unas montoneras sublevadas por Santos Guayama, al que considera un simple bandido. Todo va bien para el Presidente hasta que el día 13 de abril recibe una noticia de Entre Ríos que lo deja estupefacto: El día 11 de abril, ha sido asesinado en su palacio de San José, Justo José de Urquiza.

2. El magnicidio: Hechos, alertas y lecturas

“Tengo el secreto, o más bien la causa de esos rumores, es, a mi juicio, el deseo de tantos hombres perdidos que hay en nuestra República y en la vecina (Uruguay) de ver desaparecer a V.E. de Entre Ríos para crear un caos que sirve siempre a las malas aspiraciones”.
Carta de Vélez Sarsfield a Urquiza, Marzo de 1869.

“Jamás Sarmiento tendrá fotografía de la fisonomía de su alma, mejor que su proyecto de ley en que ofrece veinte mil libras esterlinas al asesino de López Jordán. Esa es la moral del que hizo una guerra a ese mismo López Jordán en nombre de la moral: dar primas esplendidas y solemnes al asesino y al asesinato”.
Juan B. Alberdi, “Escritos Póstumos”


Los hechos del 11 de Abril

A principios de abril había estallado la revolución jordanista en distintos lugares de la provincia y, aunque no está probado que entrara en el plan revolucionario la muerte de Urquiza, su residencia es asaltada y él es asesinado por una partida que obedecía políticamente a López Jordán.

Es preciso que nos detengamos en el análisis de esos sucesos para ver como la historia oficial ha falsificado los hechos endilgándole la culpa del asesinato a López Jordán.

Los hechos acaecidos son muy confusos, hay diversas y contradictorias versiones interesadas, pero en verdad, el único documento cierto que existe sobre la forma en que se produjo la muerte de Urquiza, quiénes fueron sus autores materiales y quiénes los mentores ideológicos del atentado, son las declaraciones que aportó el capitán José María Mosqueira, único detenido y procesado por los hechos.(1)

Según lo expresado por el mencionado Mosqueira en el juicio, los hechos ocurrieron de la siguiente manera: La conspiración comienza en la estancia de Arroyo Grande, cerca de Concordia. A dicho lugar concurre el joven estanciero de Gualeguaychú, José Mosqueira para ofrecerle sus servicios a López Jordán en el movimiento revolucionario que éste prepara para derrocar al gobernador Urquiza. El plan queda acordado. El lugar de encuentro de los conjurados será en la misma estancia, el 9 de abril.

Treinta hombres al mando del mayor Robustiano Vera y José Mosqueira partieron desde Arroyo Grande rumbo al establecimiento San Pedro, propiedad de Urquiza, a los efectos de ponerse a las órdenes del Coronel Luengo que los esperaba con veinte hombres más.

Las órdenes recibidas, según cuenta Mosqueira en las actas del juicio, eran las de apresar a Urquiza, respetarle la vida al gobernador y a su familia y llevarlo a la presencia del jefe revolucionario. La partida la formaban entre otros, además de los mencionados, Ambrosio Luna, Pedro Aramburu, Juan Pirán, Facundo Teco, Agustín Minué, Mateo Cantero y Nicomedes Coronel, este último era mayordomo de la estancia San Pedro. Un dato interesante: de todos los hombres de la partida sólo Mosqueira era entrerriano. La mayoría de ellos eran federales correntinos y orientales exiliados. Simón Luengo, el jefe de la partida, era un caudillo federal cordobés de cierta relevancia que había sido derrotado en su provincia natal y vivía en Entre Ríos protegido por Urquiza.

Al caer la tarde de ese fatídico lunes de 1870, según los testimonios, a las 19.30 hs., el gobernador se encontraba en la galería delantera de su residencia conversando con uno de sus ministros y escuchó sorprendido la llegada de un tropel de jinetes que habían entrado por la puerta trasera del Palacio San José al grito de ¡Muera Urquiza! y dando vivas a López Jordán. El gobernador se dirigió a una de sus habitaciones extrayendo un rifle y disparando contra la partida. Lo que ocurre a partir de ese momento es confuso y no lo aclara Mosqueira en el proceso. No se sabe si Luengo alcanzó a darle la orden de rendición a Urquiza o algún hombre de la partida disparó desobedeciendo la orden contra el caudillo que cae alcanzado por un tiro en la cara. También es un enigma quién lo “despenó” con cinco puñaladas en el pecho. (2)

Lo que sí está claro es que la muerte de Urquiza no fue ordenada por López Jordán, ni estaba en los propósitos de los revolucionarios. La consideraban una muerte inútil. Y, para completar la intriga de esta historia, el mismo día, con algunas horas de diferencia, como en una secuencia del cine de Francis Ford Cóppola, son asesinados en Concordia, también en circunstancias equívocas dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino.

La reacción de Sarmiento

Cuando el Presidente Sarmiento recibe la noticia en Buenos Aires de la muerte de su flamante aliado lo invade un furor apocalíptico (¿actuación?). Los primeros informes le indican que parece que los matadores obedecían a una orden de López Jordán.

Enfurecido y apurado Sarmiento promete vengar al muerto y aniquilar al presunto asesino. Dispone que el homicida es López Jordán, le imputa el crimen porque políticamente le conviene. Sarmiento sabe bien que López Jordán es ahora su nuevo enemigo, es el hombre que le impidió a Urquiza enviar las tropas a Paraguay en el desbande de Basualdo. Sabe de la prédica que López Jordán tiene en el pueblo entrerriano y de su popularidad. Teme Sarmiento una revuelta federal generalizada.

Por razones políticas, sin averiguar los pormenores del caso, le imputa a López Jordán el homicidio que la historia oficial repetirá incansablemente. Pero, lo cierto es que el asesinato de Urquiza es un crimen impune, uno de los tantos que la historia oficial oculta.

¿Quien fue?

¿Entonces, si no hubo orden de matar a Urquiza por parte de los revolucionarios, como fue el desenlace de la tragedia de San José? ¿Cómo y por qué ocurrieron los hechos? 

Dentro del conjunto de historiadores que han tratado de develar la incertidumbre del hecho, Fermín Chávez, en su voluminoso y documentado libro “Vida y muerte de López Jordán” conjetura tres probabilidades: a) Que los jefes de la revolución jordanista autorizaron la ejecución de Urquiza; b) Que Luengo, la resolvió sobre la marcha; c) O que la resistencia armada de Urquiza dió ocasión a su muerte.

Ahora bien, ninguna de estas hipótesis puede ser probada... Son especulaciones. De hecho, nada ha podido ser probado fehacientemente. Vale entonces, a ciento cincuenta años de lo ocurrido, hacerse una clásica pregunta de invariable lógica policial: ¿A quién le convino el crimen? ¿Quién fue políticamente beneficiado por el asesinato? La respuesta que surge inmediatamente es: Sarmiento.

Por un lado quedó eliminado Urquiza del cual Sarmiento desconfiaba no obstante la visita reconciliatoria que le había hecho al “Señor de San José”. Y, por otro lado, el crimen, le da la oportunidad de intervenir e invadir militarmente Entre Ríos, último bastión del federalismo, para perseguir hasta aniquilar a Ricardo López Jordán que asomaba como un referente nacional de la causa federal. Aprovecha la coyuntura para poner en práctica el nefasto consejo que años antes le había dado a Mitre: “no ahorre sangre de gaucho” y abonará la tierra entrerriana con la sangre de las últimas montoneras sublevadas contra el atropello de Buenos Aires.

La premonición de José Hernández

José Hernández, el autor del Martin Fierro, es uno de los grandes intelectuales del campo nacional. Su obra constituye uno de los pilares sobre los cuales se construye la cultura argentina de los últimos 150 años. Él y su obra fueron un anti facundo, un anti Sarmiento.

José Hernández.
Si bien fue pública su filiación jordanista y conocidas sus palabras en torno a Urquiza y su muerte (3), en su obra se encuentra un texto que advierte, como lo haría una pitonisa, la posibilidad de una tragedia como la acontecida el 11 de Abril de 1870.

Militante político y periodista, Hernández funda en nuestra ciudad, Paraná, en el año 1863 el periódico “El Argentino”. Prensa federal y anti porteña, desde allí publicó sus notas sobre el Chacho, una muerte confiesa de Sarmiento. Las notas luego fueron editadas como un folleto titulado “Rasgos Biográficos del General Ángel Vicente Peñaloza”, que llegará a nuestros días como “Vida del Chacho” de José Hernández. Este trabajo tiene un prefacio de carácter premonitorio que traza un vínculo directo entre Sarmiento y los unitarios con la muerte de Urquiza: “Los salvajes unitarios están de fiesta. Celebran en estos momentos la muerte de uno de los caudillos más prestigiosos, más generosos y valientes que ha tenido la República Argentina. El partido Federal tiene un nuevo mártir. El partido Unitario tiene un crimen más que escribir en la página de sus horrendos crímenes… El partido que invoca la ilustración, la decencia, el progreso, acaba con sus enemigos cociéndolos a puñaladas…

El partido unitario es lógico con sus antecedentes de sangre… ¡Maldito sea!... La Sangre de Peñaloza clama venganza… No lo hará el general Urquiza. Puede esquivar si quiere a la lucha su responsabilidad personal, entregándose como inofensivo cordero al puñal de los asesinos, que espían el momento el golpe de muerte; pero no puede impedir que la venganza se cumpla, pero no puede continuar por más tiempo el torrente de indignación que se escapa del corazón de los pueblos…

Cada palpitación de rabia del partido unitario, es una víctima más inmolada a su furor. Y el partido unitario es insaciable…

La historia de sus crímenes no está completa. El general Urquiza vive aun, y le General Urquiza tiene que pagar su tributo de sangre a la ferocidad unitaria, tiene también que caer bajo el puñal de los asesinos unitarios como todos los próceres del partido federal… Tiemble ya el general Urquiza que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre a de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido Unitario…

Lea el general Urquiza la historia sangrienta de nuestros últimos días; recuerde a sus amigos, Benavidez, Virasoro, Peñaloza sacrificados bárbaramente por el puñal unitario; recuerde los asesinos del progreso, que desde 1852 lo vienen acechando… No se haga ilusiones el general Urquiza… Recorra la fila de sus amigos y vea cuantos claros ha abierto en ellas el puñal de los asesinos. Así se produce el aislamiento, así se produce la soledad en que lo van colocando para acabar con el sin peligro. Amigos como Benavidez, como Virasoro, como Peñaloza no se recuperan, general Urquiza…

No se haga ilusiones el general Urquiza; el puñal que acaba de cortar el cuello del general Peñaloza, bajo la infame traición de los unitarios, en momentos de proponerle paz, es el mismo que se prepara para él en medio de las caricias y de los halagos que le prodigan traidoramente los asesinos…

¡En guardia general Urquiza! El puñal está levantado, el plan de asesinaros preconcebido; la mano que descargue el golpe la comprara el partido unitario  con el oro que arrebata al sudor de los pueblos que esclaviza…”

Este texto, critico también con el Urquiza posterior a Pavón, era una luz roja de alerta para el entrerriano. Con un carácter premonitorio y preciso se señala hasta el lugar donde moriría el gobernador. También marca, en forma clara, que la pasividad del caudillo entrerriano ante el asesinato del Chacho Peñaloza, instrumentado y pensado por Sarmiento no solo fue una claudicación política, fue también un golpe directo contra su propia fortaleza.

Años después del texto citado, José Hernández, desde otro periódico militante, “El Eco de Corrientes” escribía contra la candidatura presidencial de Sarmiento: “Somos opositores a la candidatura de Sarmiento porque somos Nacionalistas, hemos formado siempre en las filas del partido federal separado de la escena pública desde la Batalla de Pavón, y sin traicionar nuestra fe política no podríamos simpatizar con Sarmiento para quien la federación es una bestia negra, con él que ha proclamado siempre el unitarismo… porque reputamos su candidatura como candidatura de amenaza, como una espada desnuda sobre el cuello del partido federal..”

Ya en el ocaso de su carrera política, Sarmiento sigue siendo blanco de las balas de prensa de José Hernández. En una nota del año 1875, publicada en el periódico “La Libertad” de Buenos Aires, que reproducía una carta abierta del autor del Martin Fierro dirigida al asesino de Peñaloza se puede leer: “Al termino de esas luchas hemos llegado cada uno con la historia de nuestros propios hechos… Pero por violento que haya sido el tono de mis escritos en la prensa periódica en los momentos terribles de la lucha, ni lágrimas, ni sangre se ha derramado por mi culpa, y ni viudas, ni huérfanos, han de maldecirme. Y Ud. señor Sarmiento, ¿podrá decir lo mismo? El país entero sabe que no…” (4)

La lógica deductiva de Alberdi

Juan Bautista Alberdi.
Juan Bautista Alberdi, el más lucido pensador del siglo XIX, es un hombre a cuyo pensamiento lo han partido en dos. Reivindicado por el liberalismo porteño en su etapa antirrosista juvenil, fue condenado al ostracismo por los vencedores de Caseros y Pavón, y toda su obra madura fue declarada como un crimen de lesa patria. No es llamativo que nuestros contemporáneos conozcan sólo una parte muy pequeña de su obra. Fermín Chávez sostiene que: “Quien se tome la tarea de leer las Obras Completas y los Escritos Póstumos del ilustre tucumano, advertirá inmediatamente que in ochenta por ciento de sus escritos es antisarmientista y antimitrista, y además, que sus dos libros clásicos (Las bases y El crimen de la guerra) no son tales sino en la medida en que significan una parcialización efectuada ex prosefo, con fines escolares, por quienes han mantenido hasta hoy el monopolio de nuestra cultura” (Fermín Chávez, “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina”)(5).

Con los “Escritos Póstumos” de Alberdi, magna obra confinada al olvido por la historia oficial, se puede reconstruir un rompecabezas, a través de diferentes textos, que nos brinda las supuestas razones y los autores de los hechos del 11 de Abril y sus consecuencias inmediatas y mediatas.

Para Alberdi la clave de los hechos radica en la trascendencia nacional de Entre Ríos. Los móviles de este proceso residirían en la búsqueda de la supresión política de nuestra provincia. Así lo afirma cuando escribe: “Ningún presidente argentino puede existir sin el apoyo de Entre Ríos. Es la verdadera capital geográfica de lo que se llama gobierno nacional argentino, aunque este resida en Buenos Aires. No es Urquiza el que le da ese rol, sino la geografía. Lo tuvo antes Urquiza, lo tendrá después de él. Urquiza debe lo que es al poder que su provincia debe a su situación geográfica. Entre Ríos es la cuña natural de Buenos Aires. La cuña para ser buena ha de ser del mismo palo; es decir, del mismo modo de ser litoral, pastoral, comercial, con la ventaja de estar fortificado por sus mismos límites naturales y estratégicos, y estar libre de indios pampas, polilla indestructible de la campaña de Buenos Aires, que está al lado de de un rio pero no entre dos ríos, que le den riqueza, defensa y poder…. Todo el que busca la nación se dirige a Entre Ríos, porque esta provincia la representa geográficamente, a causa de su identidad de interés, como entidad antagonista de la provincia de Buenos Aires, que pretende suplantarse a la nación en vez de confundirse con ella… La prueba es que los dos presidentes que se han llamado vencedores de Urquiza y de Entre Rios no han podido presidir a la nación sin tener la venia de Entre Ríos. ¿Por qué? Porque Entre Ríos representa mejor la nación que Buenos Aires. (Escritos Póstumos, Tomo IX, página 266-7)”. (6)

Esta idea de la envergadura económica y política de Entre Ríos se debe complementar con un leitmotiv de los “Escritos” alberdianos: La Guerra del Paraguay. Para el tucumano, la Guerra del Paraguay y la invasión a Entre Ríos son etapas de un mismo proceso en el cual Buenos Aires, instrumentando una política imperialista, aniquila a sus dos grandes antagonistas. Después de la muerte de Urquiza y cuando Sarmiento se dispone a invadir Entre Ríos, Alberdi escribe: “Los que dicen que van a vengar a Urquiza no van más que a arruinar Entre Ríos, en el nombre de la moral aparentemente, pero en realidad en nombre del egoísmo, pésimamente entendido, de Buenos Aires y el Brasil. Entre Ríos y sus progresos eran un fantasma aterrador para Buenos Aires, como sucedía con el Paraguay cuando ese país se llenaba de vapores, ferrocarriles, telégrafos, arsenales, etc., etcétera. El pretexto moral de vengar a Urquiza, es decir, a su mayor enemigo, sirve al fin verdadero, que es arrasar al Entre Ríos, es decir, el emulo temido en la guerra del progreso material, el pueblo que abrió los afluentes del Plata. Hacer una guerra civil para castigar un asesinato es querer remediar un crimen por otro crimen mayor: un solo asesinato por diez mil asesinatos. Si los aliados no son autores del uno, lo son al menos del otro; si no lo son del asesinato individual, lo son de la guerra civil, es decir, del asesinato en masa. Y la muerte de Urquiza sirve tan bien a sus vecinos que hasta podría dárselos muy bien por sus autores. (E.P., Tomo VII, página 293)”. Se puede percibir que en esta frase, Alberdi sugiere que Sarmiento puede bien ser quien mató a Urquiza.

Alberdi señala una participación y un interés concreto de Sarmiento y el poder político de Buenos Aires en la muerte del gobernador entrerriano. También traza la vinculación entre el genocidio del pueblo paraguayo y el aniquilamiento de la montonera federal de López Jordán. El tucumano solidifica esta teoría cuando, dudando de la casualidad, afirma que: “…No bien terminada esa contienda (La Guerra del Paraguay) el gobierno de Sarmiento emprendió las dos guerras casi consecutivas de Entre Ríos que costaron a la nación vente millones de duros y ocho o diez mil vidas de argentinos… La mano de la casualidad sirvió a la mira de ese corolario de la Guerra del Paraguay con un discernimiento que la hubiera hecho sospechar consciente de lo que hacía. López (Solano) pereció asesinado (según el código americano de la guerra moderna) el 1º de Marzo de 1870, y Urquiza a los cuarenta días, el 11 de abril del mismo año. Tomó la persecución del castigo de este último crimen, en nombre de la moral, el mismo que había preparado indirectamente por centenares de escritos personales contra Urquiza, en que enseñó la doctrina de la supresión de los caudillos. La rica y gloriosa provincia de Entre Ríos preconizada en Argirópolis fue arrasada por dos campañas sangrientas, en nombre de la moral que condena el asesinato, como fue arrasado el Paraguay en nombre del honor nacional argentino y de la libertad de los paraguayos. Era la táctica hipócrita de la vieja política que cubre sus intereses en mira con principios abstractos de moral política. El gobierno de Sarmiento no destruyó la provincia argentina de Entre Ríos sino para servir los intereses mismos en vista de los cuales fue destruido el Paraguay”. (E. P., Tomo XI, páginas 318-9).

Profundiza este análisis otro párrafo, en donde explayándose sobre la relación entre Sarmiento y Urquiza y la Guerra del Paraguay, sostiene que la relación entre el presidente y el gobernador entrerriano “puede tener más bien por objeto calmar y desarmar a Urquiza, para sacrificarlo después que a López” (E.P., Tomo IX, página 286) o cuando afirma que: “Se agarra de Urquiza como se agarraría de la pata del diablo por no ahogarse, salvo ahogar al diablo más tarde” (E.P., Tomo XI, página 254).

A las razones políticas antes mencionas, Alberdi agrega motivaciones vinculadas con negociados financieros. En distintos pasajes de los “Escritos” habla sobre la deuda externa creciente, la pelea por empréstitos y su “manejo” político como una cuestión determinante de las grandes decisiones políticas argentinas. En un párrafo en particular, traza un sugestivo paralelismo entre la muerte de Urquiza y la de Facundo Quiroga, en la cual alude a la responsabilidad de Sarmiento en la muerte del entrerriano: “En el mismo año de 1870, en que Urquiza dejó de levantar el empréstito entrerriano, por su muerte, Buenos Aires levantó el suyo de 5 millones de pesos. Los hombres a quienes Urquiza había encargado de ese empréstito en Londres, eran agentes secretos de Buenos Aires y del Brasil. (Histórico). Es la lógica de los hechos la que acusa de la muerte de Urquiza a los que están procesando a López Jordán por el crimen que Buenos Aires hizo expiar a los Reinafés (verdaderas víctimas de su bisoñes) en la plaza de la Victoria. Así, no los excusa de la muerte de Urquiza el que castiguen a López Jordán, pues también los Reinafés, gobernadores de Córdoba, instrumentos de la muerte de Quiroga, fueron fusilados en Buenos Aires por el gobernador Rosas, que, según Valera, Indarte, Sarmiento, Alsina, etc., fue el autor mediato pero real de la muerte de Quiroga. (E.P., Tomo X, página 35)”. Volviendo sobre los pasos de Sarmiento, Alberdi acusa ahora al presidente de los mismos hechos que él acusaba a Rosas.    

En cuanto a la autoría material e ideológica del crimen de Urquiza, Alberdi fertiliza la hipótesis de que Sarmiento sería el responsable de todo lo ocurrido. Lo denuncia metafóricamente cuando escribe que: “Mató a Urquiza el que mató el honor, el nombre y el crédito y valor moral de Urquiza. Fue matador de Urquiza el que lo demostró en cien escritos, por diez años, que era todo y el solo mal de la patria; que era un monstruo de inmoralidad y de tiranía, indigno de vivir. En una palabra, mató a Urquiza el que lo condenó a muerte, a la muerte violenta que tuvo, y esa sentencia lleva el nombre de Sarmiento y está refrendada por el nombre de Mitre; así como Sarmiento refrendó la sentencia de muerte contra López del Paraguay...”. En éste pasaje, Alberdi le imputa a Sarmiento una responsabilidad moral e indirecta con respecto al atentado. Pero va más allá, en el mismo texto ahonda sobre la posible responsabilidad directa que Sarmiento habría tenido cuando afirma: “Todos los conflictos que forman las crisis del Plata en 1873 son resultados episódicos, efectos directos, obras perfectas de las presidencias de Mitre y Sarmiento. La actual cuestión del Paraguay viene de Mitre, que fue el creador de esa cuestión, no resuelta no terminada todavía. La cuestión de Entre Ríos, viene de la presidencia de Sarmiento, que mandó la guerra innecesariamente contra López Jordán, después de ser él mismo quién mató a Urquiza, con más probabilidad que Jordán. De Jordán sólo sabemos que fue acusado de esa muerte porque aceptó la revolución contra Urquiza; pero de Sarmiento todo el mundo conoce la obra contra la vida de Urquiza. (E.P., Tomo VII, pagina 304)”.

Razonamientos como estos se encuentran diseminados por los distintos rincones de los “Escritos” alberidanos. A los fines de este breve ensayo sólo he seleccionado algunos para reconstruir el análisis de Alberdi, que pone en el centro del proceso, que va desde la tragedia del 11 de Abril de 1870 a la eliminación de la montonera jordanista, la cuestión política nacional.

Alberdi, a través de sus textos, afirma que este proceso tenía como finalidad principal la de eliminar políticamente a Entre Ríos, y a sus hombres federales, del escenario nacional. Se lo hizo para allanar el camino a la política del puerto de Buenos Aires y terminar definitivamente con la única posibilidad latente de construir una patria auténticamente federal. Los negocios externos, la deuda pública, el comercio exterior y el orden político interno fueron los móviles de la tragedia. Con la guerra y la muerte, al igual que como hicieron con el Chacho y Solano López, Mitre, Sarmiento y cia. remataron a sus opositores políticos.


3. Conclusiones

“Sarmiento acusa a López Jordán con el mismo énfasis que pedía Southampton o la horca para Urquiza y la voracidad de las llamas de un pavoroso incendio para Paraná. Sabiéndose familiarizado con la prédica del asesinato quiere descargar su conciencia de toda responsabilidad… En este episodio el oficialismo metropolitano vuelve a administrar justicia a su gusto y paladar…En la lucha rencorosa, sin cuartel, de acciones violentas, Sarmiento venció, al final, a López Jordán y no solo dictó sentencia en las acusaciones que él solo hizo, sino que las impuso… La versión oficial que ha llegado hasta nosotros es consecuencia de esa disciplina”.
Aníbal S. Vásquez. “López Jordán


No todo se puede ocultar o silenciar por siempre

La historia oficial está plagada de falsedades y omisiones maliciosamente consumadas. De hecho, las muertes poco claras que mencionamos al principio de este ensayo han sido instrumento de propaganda política del aparato cultural del sistema. Ya sea para encubrir o para culpar injustamente de un crimen a alguien, un asesinato, una muerte jamás constituyó un impedimento moral a la hora de escribir la historia acorde a los intereses de las clases dominantes. Si han asesinado que problema pueden tener en mentir sobre ello, o sobre quién y cómo.

Pero no todo se puede ocultar o silenciar eternamente. Los textos de José Hernández y Juan Bautista Alberdi, olvidados maliciosamente por la historiografía oficial, abren una ventana para tener una mirada distinta sobre el asesinato de Urquiza, magnicidio impune en la historia argentina. Existen otros historiadores y actores políticos de la época que llegan a conclusiones similares que esta, su estudio también podrá contribuir a echar luz sobre este oscuro episodio histórico.

A modo de conclusión, lo que queda claro hoy es que Ricardo López Jordán no mandó a matar a Urquiza, esto está fehacientemente comprobado. ¿Quién fue entonces el mentor del atentado? ¿Fue un accidente? ¿Una consecuencia indeseada por la resistencia armada que el propio Urquiza opuso a sus captores? ¿Una venganza de los viejos federales decepcionados por las vacilaciones de Urquiza? ¿Una represalia por la “retirada” de Pavón? ¿Un crimen ejecutado por los liberales porteños como lo presagió José Hernández? ¿Que relaciones y que consecuencias tuvo con el atentado el viaje presidencial de Sarmiento a San José?  No hay certezas y el lector tendrá que remediar la falta de pruebas con sus propias conjeturas.


Notas

1. José Adolfo La Rosa publica, en el año 2003, un libro titulado “Él no mató a Urquiza”. En la obra reivindica la figura de Mosqueira, antepasado del autor del libro. La Rosa, basado en las actas judiciales demuestra que Mosqueira no es el autor material del homicidio sino que fue un chivo expiatorio.  El mencionado Mosqueira es sobreseído en la causa y según el autor muere en extrañas circunstancias, ¿envenenado? en Gualeguaychú en 1874.

2. De toda la bibliografía y documental consultada surge que el tiro que recibe Urquiza en la cara no es mortal. El tiro habría sido disparado por un tal Pardo Luna. Pero el autor material de la muerte de Urquiza fue quien infirió las puñaladas y según las declaraciones y acorde a los testigos lo sindican al cuchillero oriental Nicomedes Coronel.

3. Quienes pretenden reforzar la tesis oficial que adjudica la muerte Urquiza a una orden de López Jordán suelen abonar sus teorías con una cita de José Hernández: “Urquiza era el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el Jefe Traidor del Gran Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido, debía por lo tanto iniciarse por un acto de moral política, como era el justo castigo del Jefe Traidor”. Independientemente del análisis del resto de la obra periodística y política de José Hernández que no viene al punto de este ensayo, pero a los fines de relativizar esta idea me parece oportuno mencionar que esta no es una nota de un diario ni un carta abierta, proclama ni un texto de carácter público de los tantos que escribió José Hernández en su vida. Al contrario, es una carta privada anónima, que ni si quiera lleva su firma, que llega a manos de López Jordán por interpósita persona meses después de la tragedia del 11 de Abril cuando el autor del Martin Fierro ni siquiera residía en Entre Ríos. Esto lo demuestra Aníbal S. Vásquez en “José Hernández en los entreveros jordanistas”, teoría que sigue Fermín Chávez en su “José Hernández. Periodista, Político y Poeta”. También considero apropiado mencionar que en ningún trayecto de la carta se menciona el hecho concreto del magnicidio entrerriano, ni mucho menos la autoría de López Jordán. Otra cuestión importante para traer a colación radica en el hecho de que la carta es una proclama federal, que insta López Jordán a encabezar una revolución nacional contra el gobierno de Sarmiento, es así que en otros pasajes del documento podemos leer: “El actual gobierno Nacional es arbitrario, despótico y timorato, porque no se apoya en la opinión de los pueblos, sino en las bayonetas de sus reducidos batallones”… “Ud. quiere la felicidad de Entre Ríos, su prosperidad, su progreso, su engrandecimiento moral y material… esta aspiración es noble y legitima de parte suya; pero no puede realizarse, sino armonizado su surte con las demás Provincias Argentinas, y haciendo que todas ellas participen de los mismos beneficios”… “Creo que sería posible robustecer el poder de la revolución de Entre Ríos, por la unión de los federales de todas las partes. No deje Ud. que su prestigio se menoscabe fuera de Entre Ríos. (Carta citada en “José Hernández en los entreveros jordanistas” de Aníbal S. Vásquez)”.    

4. Las dos citas periodísticas de José Hernández fueron extraídas del libro “Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80” de Eduardo Luis Duhalde, un excelente libro que narra y describe el rol de toda una generación política e intelectual que se enfrento al liberalismo porteño.

5. El historiador entrerriano Fermín Chávez aborda de manera muy acabada la etapa madura de Alberdi. En distintos libros como el mencionado “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina” y “Alberdi y el Mitrismo” se puede encontrar un excelente panorama de la obra antimitrista y antisarmientina del pensador tucumano. 

6. La edición de los “Escritos Póstumos” es la de la Universidad Nacional de Quilmes, del año 2002.


Bibliografía especial consultada:

Alberdi, Juan Bautista. “Escritos Póstumos”. Edit. Universidad Nacional de Quilmes. Bernal 2002.

Barreto Constantín, Ana María. “Muerte de Urquiza” Edit. Dunken. 2008.

Bosch, Beatriz. “Urquiza y su tiempo”. Eudeba. Buenos Aires 1971.

Chávez, Fermín. “Vida y muerte de López Jordán”. Editorial Teoría. Buenos Aires 1970.

Chávez, Fermín. “Civilización y Barbarie en la Historia de la Cultura Argentina”. Edit. Los Coihues. Buenos Aires 1988.

Chávez, Fermín. “Vida del Chacho”. Ediciones Theoria. Buenos Aires. 1967.

Duhalde, Eduardo Luis. “Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80”. Editorial Punto Crítico. Buenos Aires. 2005.

Duarte, María Emilia. “Urquiza y López Jordán”. Editorial Platero. Buenos Aires. 1974.

Gálvez Manuel. “Vida de Sarmiento”. Editorial Thor. 1943.

Gianello, Leoncio. “Historia de Entre Ríos”. Ediciones de la Provincia. Paraná. 1951.

La Rosa, Jorge Adolfo. “Él no mató al General Urquiza”.

Newton, Jorge. “Ricardo López. Último caudillo en armas”. Editorial Plus Ultra. Buenos Aires. 1965.

Salduna, Bernardo. “La rebelión jordanista”. Editorial Dunken. Buenos Aires 2005.

Vásquez, Aníbal. “Caudillos entrerrianos. López Jordán”. Editorial Peuser. Rosario 1940.

Vásquez, Aníbal. “José Hernández en los entreveros jordanistas”. Editorial Nueva Impresora. Paraná 1953.

Ruiz Moreno, Leandro. “A 81 años de la tragedia del 11 de abril”.  Editorial Nueva Impresora. Paraná 1951.