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martes, 3 de enero de 2017

Las “revoluciones radicales”: Pomar en Corrientes y el alzamiento de los hermanos Kennedy en Entre Ríos

La lucha armada no es un componente extraño en la historia del radicalismo. Es más, la Unión Cívica, antecedente inmediato de la posterior Unión Cívica Radical (U.C.R), se origina como la expresión política de un movimiento armado: la Revolución del Parque de 1890. Luego le sucedieron las insurrecciones de 1893, 1895 y la de 1905, todas ellas en tiempos de abstención e intransigencia. Tiempos del Tribuno del Pueblo, Leandro Alem y su sobrino el entonces comisario de Balvanera, Don Hipólito Yrigoyen.


Más acá en el tiempo, en la década del 30 del siglo XX, ya pasados 40 años de la Revolución del Parque, el presidente depuesto Yrigoyen se encuentra prisionero; la dictadura filofascista de Uriburu persigue a los dirigentes yrigoyenistas; Alvear dialoga con los hombres del régimen  y, algunos radicales, comienzan con la “tradicional” actividad conspiratoria. Hubo decenas de estas “revoluciones radicales”. Desde pequeños conatos policiales en las provincias hasta verdaderos alzamientos militares. 
Motines, sublevaciones armadas, “chirinadas”, algunos fueron alzamientos exclusivamente militares y otros de civiles que en “patriadas” se armaban precariamente en nombre  de la causa radical. Ocurrieron en casi todas las provincias pero, sin duda alguna, fue el Litoral la región donde más se propagaron. 


Aquí abordaremos a dos hechos en particular que están muy ligados a Entre Ríos. El primero de ellos es “La revolución de Corrientes” conducida por el teniente coronel Gregorio Pomar producida el 20 de julio de 1931, en la que falleciera quien fuera el padre del ex gobernador de Entre Ríos, Sergio Montiel. La otra es el alzamiento de los hermanos Kennedy en La Paz, Entre Ríos, ocurrido el 3 de enero de 1932. 


Están son crónicas de cuando la UCR era la expresión nacional y popular más revolucionaria de la política argentina.

 

Escribe: Alejandro Gonzalo García Garro


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“Hasta que un día el paisano
acabe con este infierno
y haciendo suyo el gobierno
con sólo esta ley se rija:
es pa'todos la cobija
o es pa'todos el invierno.”
Arturo Jauretche. “Paso de los Libres” ([1])


1. De conatos armados, asonadas militares y civiles

La lucha armada no es un componente extraño en la historia del radicalismo. Es más, la Unión Cívica, antecedente inmediato de la posterior U.C.R, se origina como la expresión política de un movimiento armado: la Revolución del Parque de 1890. Luego le sucedieron las insurrecciones de 1893, 1895 y la de 1905, todas ellas en tiempos de abstención e intransigencia. Tiempos del Tribuno del Pueblo, Leandro Alem y su sobrino el entonces comisario de Balvanera, Don Hipólito Yrigoyen.

Estamos en la década del 30 del siglo XX. Han pasado 40 años de la Revolución del Parque, el radicalismo fue gobierno desde la sanción de la  Ley Sáenz Peña. No ha perdido una elección presidencial pero ahora, se encuentra nuevamente en el llano. El presidente depuesto Yrigoyen se encuentra prisionero; la dictadura filofascista de Uriburu persigue a los dirigentes yrigoyenistas; Alvear dialoga con los hombres del régimen  y, algunos radicales, comienzan con la “tradicional” actividad conspiratoria.

Así, con el radicalismo excluido se produjeron entre los años 1931 y 1933 una serie de sublevaciones militares dirigidas contra el gobierno dictatorial de Uriburu algunas y otras contra el fraudulento gobierno de Justo. Surgieron las denominadas “Revoluciones Radicales”, todas contra un régimen ilegítimo en su concepción y corrupto en su proceder. De ellas se ha dicho “que fueron todas derrotas militares y triunfos morales”. Y es cierto, todas fueron militarmente vencidas; pero revelaron, en la oscuridad de la noche de la década infame, una luz de compromiso con la soberanía popular avasallada por el régimen. Forman parte de la memoria histórica del pueblo que no las olvidará y las repetirá, en gestas futuras, como una forma de resistencia a la opresión oligárquica.

Hubo decenas de estas “revoluciones radicales”. Desde pequeños conatos policiales en las provincias hasta verdaderos alzamientos militares. Motines, sublevaciones armadas, “chirinadas”, algunos fueron alzamientos exclusivamente militares y otros de civiles que en “patriadas” se armaban precariamente en nombre  de la causa radical. Ocurrieron en casi todas las provincias pero sin duda alguna, fue el Litoral la región donde más se propagaron.

Por razones obvias es imposible el tratamiento de todas las “revoluciones radicales”, no obstante ahondaremos las que tuvieron por su magnitud más trascendencia histórica: La revolución de Corrientes conducida por el teniente coronel Gregorio Pomar producida el 20 de julio de 1931. El alzamiento de los hermanos Kennedy en el norte de Entre Ríos, ocurrido en enero de 1932. Y la conocida como la Revolución de Paso de los Libres, Corrientes, a fines de 1933, siendo Justo el presidente. De estas tres, a las dos primeras las trataremos aquí.

El “régimen”, ahora militarizado, respondió a estos alzamientos populares con inusitada crueldad. Movilizaciones de tropas, persecuciones, fusilamientos realizados en el lugar de detención previa pantomima de juicio sumario, detenciones en masa, cárcel para la mayoría y tortura. Según Abelardo Ramos fue el Ministro del Interior Sánchez Sorondo el instigador de las torturas a los dirigentes radicales encarcelados. Los tormentos fueron ejecutados por el Comisario de Investigaciones de la Sección “Orden Político y Social”, Leopoldo “Polo” Lugones, hijo del ilustre poeta, ([2]) que en esos momentos, de alucinado militarismo, practicaba esgrima en el Círculo Militar mientras aguardaba  la “hora de la espada”.

El fracaso electoral del gobierno en la provincia de Buenos Aires había dado alas a la oposición. La revolución septembrina ya estaba desgastada y para algunos militares de raigambre radical estaban dadas las condiciones para organizar una rebelión armada que depusiera el gobierno de facto y llamase a elecciones controladas por la Corte Suprema que asumiría el gobierno en forma provisional.

2. Pomar y la revolución de Corrientes

Desde el mes de mayo un grupo de oficiales conspiraban un levantamiento del ejército para deponer al dictador Uriburu. Entre estos militares se encontraban los tenientes coroneles Francisco Bosch, Atilio Cattáneo, Regino Lezcano y varios más. El referente del alzamiento era el Teniente Coronel Gregorio Pomar, de insobornable lealtad hacia la U.C.R y su líder. “Soy Edecán de Yrigoyen y leal al gobierno depuesto”, le diría a Uriburu, cuando éste se hizo cargo.

Gregorio Pomar.
El alzamiento fue pospuesto en varias oportunidades por desinteligencias internas de los conspiradores hasta que Pomar, en una decisión intrépida comienza las operaciones. Pomar estaba destinado en la 3ª división con asiento en Paraná y tenía muchas vinculaciones con el Regimiento 9 de Corrientes en donde se presenta la mañana del día 20 de julio. Hace formar la tropa y lee una proclama con los objetivos de la revolución: entregar el gobierno al presidente de la Corte para que llame a elecciones, y el retorno del ejército a sus funciones profesionales.

Con la tropa formada marchó a la ciudad y desalojó de la casa de gobierno al interventor. Mandó a llamar a los dirigentes más relevantes del partido liberal y autonomista correntinos para explicarles los fines revolucionarios y telegrafió al presidente provisional Uriburu y su Ministro de Guerra para informarles del pronunciamiento. Mientras tanto el mayor Álvarez Pereyra se apoderaba de la capital del Chaco, Resistencia, a la espera de órdenes pertinentes.

Todo marchaba relativamente bien hasta el momento, se había plegado la mayoría de los oficiales de la  unidad. Sólo el comandante, teniente coronel Lino H. Montiel quiso resistir y fue muerto. No quiso entregar el regimiento y sacó armas; el propio Pomar debió ultimarlo.

Sobre el hecho, naturalmente no existe unanimidad historiográfica, pero la versión más difundida relata que Pomar interceptó a Montiel en el "Cuarto de la Bandera", acompañado de dos oficiales: el teniente primero Villafañe y el teniente Hugo De Rosa. "Tengo que hablarle. Su regimiento está sublevado", le dijo  Pomar, de acuerdo a lo publicado en el libro "El levantamiento del 20 de julio de 1931", de los autores Jorge Raúl y Jorge Oscar Ezcurra. Montiel lo invitó a pasar al despacho, donde se produjo una fuerte discusión, presenciada por los oficiales. Montiel le pegó un fuerte golpe de puño a Pomar en el hombro izquierdo. El jefe de la revolución cayó contra la puerta de vidrio de una vitrina y se lastimó la mano. Cuando Montiel intentaba sacar su pistola reglamentaria, Pomar extrajo su revólver y le efectuó un disparo que dio en la cabeza de Montiel quien murió a los pocos minutos. El muerto en el incidente, Teniente Coronel Lino H. Montiel, que se negó a sublevar su regimiento en contra del gobierno de facto de Uriburu que había derrocado a Yrigoyen, era el padre del Sergio Alberto Montiel quien fuera dos veces gobernador de la Provincia de Entre Ríos por la Unión Cívica Radical (1983 – 1987 y 1999 – 2003).

Pomar queda a la expectativa en Corrientes, espera que se comiencen a sublevar las unidades comprometidas en la revolución hasta que comprende que ha sido engañado, solamente cuenta con Álvarez Pereyra en poder de la ciudad de Resistencia. Al otro día, 21 de julio, el golpe ya  había fracasado y el gobierno enviaba tropas para reprimir la sublevación. Pomar acompañado de un teniente, quince suboficiales y más de cien soldados se embarcó en una balsa de servicio y se refugió en el Paraguay.

¿Qué había ocurrido? La clave para comprender el frustrado alzamiento la encontramos en la intervención de Justo. La revolución fue impulsada por éste y muchas de las unidades comprometidas eran conducidas por hombres que respondían a él. Cuando trascendió el rumor de la posibilidad de que se convocaran a elecciones presidenciales Justo suspende su participación en el alzamiento y deja que los conjurados sigan adelante con el intento. El único beneficiado de la maniobra será Justo que utilizará el conato como argumento para obligar al gobierno a llamar a elecciones y afianzar su imagen de “militar presidenciable”.

Las consecuencias de la intentona revolucionaria fueron diversas pero todas favorecían a Justo. Uriburu queda cautivo de una camarilla militar que responde a Justo y le impone la candidatura de éste. Justo pasa a ser “el candidato militar” de los uniformados y esto, es de suma importancia en este momento histórico en que el ejército se había conformado en un factor de poder. Pero Justo, si bien necesitaba el apoyo militar, requería ineludiblemente del apoyo civil para darle a su candidatura un tinte democrático como lo exigían los aliados locales de la oligarquía probritánica. Aparecen entonces sus contactos largamente trabajados dentro del partido conservador que comienzan a operar  su candidatura.

Después de la fallida asonada en Corrientes la dictadura inventa un “plan terrorista”. Fabulan un acuerdo entre yrigoyenistas y “ácratas” (anarquistas) en que estos últimos darían apoyo al alzamiento “levantando masas de populacho cuyo objetivo primordial hubiera sido el saqueo y el pillaje”. Algunos importantes dirigentes radicales, Alvear incluido, se exiliaron en Río de Janeiro por exigencia del gobierno. Los comités radicales fueron allanados y se calcula que se arrestaron a más de 2000 afiliados.

El plan de Justo está en marcha. Su objetivo es acotar el radicalismo lo más que se pueda. Con el radicalismo excluido de los futuros comicios, su llegada a la presidencia sería un simple paseo.

3. Elecciones presidenciales e insurgencia popular en Entre Ríos

“Es la restauración. Todo régimen tiene su restauración”.
Hipólito Yrigoyen. Comentarios verbales sobre el gobierno de Justo.

El General Uriburu, jefe del malogrado ensayo fascista ha comprendido que está sólo y rodeado de militares justistas que lo condicionan. Uriburu tenía profundas diferencias con Justo y nunca lo hubiese avalado como candidato de su propio gobierno, pero las circunstancias y una enfermedad que lo comienza a doblegar lo obligan a llamar a elecciones presidenciales y limpiarle el camino a Justo a pesar suyo. El “pobre General”, así lo llama curiosamente Ernesto Palacio que se compadece de su suerte, se asemeja en su soledad al “coronel que no tiene quién le escriba”  del realismo mágico de García Márquez. Un personaje estrafalario que deseaba que Lisandro  de la Torre, su querido y admirado amigo, fuese presidente de la República. Esta aspiración del dictador nos muestra cabalmente su incomprensión del componente ideológico en la política. Lisandro de la Torre, a pesar de sus propias contradicciones, por una cuestión principista, no aceptó la propuesta de Uriburu de ser el candidato de una dictadura decadente.

El Gobierno Provisional, forzado por los militares y civiles llama a elecciones. Se desvanecían  así los sueños fascistas que se concretarían luego de la reforma constitucional; volvían los políticos. Pero…la chusma yrigoyenista no debía de ninguna manera retornar al poder…Esto lo garantizaba toda la gama de la partidocracia pseudoliberal y reaccionaria. Es decir la mayoría de la dirigencia política, salvo los yrigoyenistas refugiados en la U.C.R bajo la conducción ambigua y vacilante de  Alvear.

El radicalismo antipersonalista es el primero que sale al ruedo levantando la candidatura del General Justo. Lo acompañaría en la vicepresidencia José Nicolás Matienzo.

Las fuerzas conservadoras de todo el país, que tenían un poderoso caudal electoral, se agruparon en un nuevo partido al que llamaron “Demócrata Nacional”. También proclamaron la candidatura del general Justo pero, aspiraba acompañarlo en la vicepresidencia un ex gobernador cordobés: Julio Argentino Roca, hijo del general homónimo, dos veces presidente de los argentinos, conquistador del desierto y socio fundador junto con Mitre de lo que Yrigoyen llama “el régimen”. 

El ala izquierda del régimen, el Partido Socialista Independiente, se suma a la candidatura del general Justo. No presentan candidato a vicepresidente comprometiéndose a votar, en el Congreso, a quien tuviese más sufragios.

Los demócratas nacionales (conservadores), conjuntamente con los radicales antipersonalistas y los socialistas independientes integraron un frente electoral que designaron con el nombre de “Concordancia”.

El partido Demócrata Progresista y el Partido Socialista también conformaron una coalición electoral bajo el nombre de “Alianza Civil”…que supongo con ese nombre querían marcar la ausencia de uniformados ya que ambos partidos por razones de tipo doctrinarias eran formalmente  antimilitaristas.

Falta que se organice y se lance  el partido “dueño de los votos” es decir el radicalismo. El “viejo” desde su cautiverio insular a media voz ordena: “concurran”, convencido de que su partido  puede ganar las elecciones y así salvar la causa y bloquearle el camino a los hombres del régimen que nuevamente quieren adueñarse del poder. Se reúne la Convención Nacional del partido y después de algunas especulaciones se decide por la fórmula Alvear–Güemes. Sin duda una fórmula que le daría el triunfo nuevamente al partido.

Pero el gobierno provisional por acuerdo de ministros vetó la fórmula declarando que ambos ciudadanos estaban inhabilitados para figurar como candidatos en las elecciones convocadas. El fundamento de la inhabilitación de Alvear se basaba en que no había trascurrido el intervalo de un periodo intermedio que la Constitución entonces vigente exigía para la reelección; y en cuanto al vice se lo excluía por hallarse comprendido entre las sanciones que un decreto presidencial establecía para quienes hubiesen participado en cualquier forma con “el régimen depuesto” y Güemes era, un notable yrigoyenista. Si no hubiese sido de ésta forma hubieran impedido de cualquier manera que el radicalismo participara de la elección. La intención no era otra que excluir al radicalismo del comicio. Así lo entendió la Convención Radical nuevamente reunida y decretó la vuelta a la abstención electoral en toda la República.

El 8 de noviembre de 1931 se consumó el sainete electoral. El escenario montado era similar al anterior de la Ley Sáenz Peña. La calidad institucional de la Argentina retrocedía 20 años. El fraude esta vez alcanzó alturas del grotesco. No solo estaba excluido del comicio el partido mayoritario sino que toda la batería de trampas y fullerías se puso en práctica: secuestro de individuos y de documentos electorales, presión directa de las policías bravas sobre los votantes, expulsión de fiscales, supresión del cuarto oscuro, bandas armadas supervisando el acto electoral y el típico vuelco de padrones constituyeron la norma en toda la República.

Bajo circunstancias tan “beneficiosas” el binomio Justo –Roca (“La concordancia”) logró 606.526 votos y 487.955 para De la Torre-Repetto. Se renovaron las dos ramas del Órgano Legislativo y todos los gobiernos de provincia, que se repartieron entre demócratas nacionales (conservadores) y antipersonalistas. La excepción fue Santa Fe, donde en el sur era muy fuerte el partido Demócrata Progresista, agrupación mayoritaria de la Alianza Civil que pudo imponer su candidato a  gobernador.

4. El alzamiento de los hermanos Kennedy

Las autoridades electas asumirían el 20 de febrero según lo dispuso el gobierno provisional, aniversario de la batalla de Salta. Faltaban casi cuatro meses para que se consagrara el fraude y la reacción del radicalismo no se hizo esperar. Por un lado objetó de todas las maneras posibles la legitimidad de los comicios y en otro frente, a principios de enero de 1932 se produjo un nuevo estallido revolucionario.

Los hermanos Kennedy, Roberto, Mario y Eduardo.
Esta vez la asonada tenía una composición cívica- militar. La rebelión tenía dos frentes: uno en la ciudad de La Paz, norte de la Provincia de Entre Ríos, encabezado por los hermanos Kennedy y el otro en Concordia, que liderado nuevamente por el coronel Pomar había cruzado el río desde el Uruguay donde se mantenía exiliado.

El alzamiento en la ciudad de La Paz, que entonces era un importante puerto, tuvo los ribetes de una empresa quijotesca. En la madrugada del 3 de enero, los hermanos Kennedy, Roberto, Mario y Eduardo, los tres de comprometida filiación yrigoyenista, se habían apoderado de la jefatura policial, ocupando la oficina del telégrafo nacional cuyas líneas cortaron de inmediato. El entonces gobernador de nuestra provincia, Luis Etchevehere, que envió tropas policiales a reprimir el intento desde Paraná, mantuvo un diálogo telegráfico con Mario Kennedy, al que intimó a la rendición, asegurándole que el resto del país estaba tranquilo y que la revolución había fracasado en todos los puntos excepto en La Paz.

No obstante a las declaraciones del dictador, en pocas horas, la ciudad había sido tomada por sólo 16 revolucionarios, aunque luego, ante el éxito inicial del movimiento, hasta 5000 hombres a caballo de los alrededores se ofrecieron a participar en la intentona. El número de posibles combatientes nos muestra la base popular que tenía la revuelta. Pero era inútil la cantidad de hombres dispuestos ya que no había armas suficientes para todos. Se contaba solamente con cien armas largas.


El éxito inicial de la rebelión se disipó pronto cuando se comprobó que el intento de Concordia, dirigido el teniente coronel Gregorio Pomar, eterno gestor de todas las frustradas revoluciones radicales de aquella época, había fracasado sin empezar…

El gobierno nacional no se hace esperar para iniciar la represión y envía a la provincia además de varias unidades del ejército, siete aviones para perseguir y ultimar a los revolucionarios. Los hermanos Kennedy emprendieron una novelesca fuga por quebrachales y pantanos, esquivando a las numerosas partidas enviadas en su búsqueda y evitando ser vistos por los aviones que los buscaban para ametrallarlos. Fueron al Sur, luego al Norte, marchando con Eduardo Kennedy con su pie dislocado, pasando a Corrientes y cruzando a nado el Guayquiraró con una sola mano (con la otra sostenían armas y municiones) y con fingida calma, para evitar el ataque de los yacarés que abundaban en el lugar. Luego vendría el cruce del Uruguay y el obligado exilio que duraría hasta fines de la década del treinta. Se dice que anduvo Héctor Roberto Chavero  más conocido como Atahualpa Yupanqui por la zona, con guitarra y fusil, alentando esta acción revolucionaria y popular que hace recordar aquellos alzamientos de Artigas a principios del Siglo XIX contra el poder central.

Pero la patriada de los hermanos Kennedy no alcanzó, como tampoco sirvieron las quejas de los radicales y el malestar general de la población que repudiaba la estafa  electoral. El día 20 de febrero del año 1932 llegó y el fraude quedó consolidado cuando el general Uriburu le entregó en un acto solemne la banda presidencial a otro general: Justo. Para completar la mascarada el primero vestía uniforme militar de gala, el otro lucía de civil. El General Agustín P. Justo, para afirmar la “civilidad” de su gobierno, pidió que se suspendiera el desfile militar que se había dispuesto en su honor… La Nación Argentina estaba entrando aceleradamente a la década infame, drama argentino en el cuál,  el General Agustín P. Justo, tendría un rol sobresaliente.

Los hermanos Kennedy sufrieron el peso de la cultura dominante y fueron ignorados por la historia oficial provincial y de su propio pueblo. Marcelo Faure, historiador entrerriano y autor de la obra ““Los Kennedy de La Paz” resaltó en ocasión de la presentación de su libro reivindicatorio de la gesta que: “es un homenaje que ellos se merecían, porque en el discurso oficial de La Paz los habían negado... Con la edición de este libro recuperamos parte de la historia negada… es un aporte para la ciudad de La Paz y un aporte para la Identidad Entrerriana”, ya que “la historia de esta gente tiene que ver con la historia de Entre Ríos”. “Los hermanos Kennedy pudieron fusionar lo que fue la cultura popular con al cultura letrada o culta, ser un nexo entre los dos estratos sociales” analizó Faure.




[1] Arturo Jauretche (1901-1974), a mi entender, el más importante pensador del campo nacional, participó en 1933 en el alzamiento denominado “Paso de los Libres”, otro de los hitos de las revoluciones radicales. Tras la derrota de la rebelión fue encarcelado. En prisión escribió su versión de los hechos en forma de poema gauchesco en la mejor tradición martinfierrista. Al poema lo tituló “Paso de los Libres” y se publicó por primera vez en el año 1934 con prólogo de Jorge Luis Borges de quién lo separarían luego profundas disidencias en cuestiones políticas y fundamentalmente, por la pertinaz militancia de Borges en contra de las grandes mayorías argentinas.

[2] La vida de Leopoldo Lugones (1876-1938) es conocida. Anarquista y luego socialista de joven, férreo nacionalista después y protofascista antidemocrático al final de sus días, fue reconocido desde principios del siglo XX en Buenos Aires como poeta, orador y polemista. El poeta tuvo un hijo, “Polo” o “Polito” Lugones (1897-1971), cuya vida es menos conocida y más oscura que la de su padre. Se sabe, en concreto, que durante la presidencia de Alvear fue director del Reformatorio de Menores de Olivera. Que entonces fue procesado por el delito de corrupción y violación de menores y que cuando iba a ser condenado a diez años de reclusión, el presidente Yrigoyen lo salvó cediendo ante un pedido de Lugones padre. De rodillas, éste le habría implorado que consiguiera su absolución por "el honor de la familia". Su suerte mejoraría tras el golpe de Uriburu, que a modo de reparación  le hizo pagar los sueldos que dejó de percibir cuando, antes de comenzar el proceso, se lo exoneró del cargo público que detentaba.

Uriburu lo nombra además comisario inspector de la Policía, en la misma repartición en la que figuraba su prontuario, que lo calificaba de "pederasta" y "sádico conocido". Ya instalado en su nuevo cargo, Polo Lugones implementó, en el sótano de la vieja penitenciaría de la calle Las Heras una sala de interrogatorios y torturas. Hecho que ha sido documentado en distintas investigaciones sobre el tema, entre ellas, en “Breve Historia de la tortura en la Argentina”, de Marcelo M. Benítez. Y profundizando este sórdido asunto Carlos Giménez en su libro “El martirologio argentino”, denuncia que  Lugones utilizó elementos de tormento "con el refinamiento que le dan la aplicación de la electricidad, la mecánica y los modernos inventos”. (El autor, que fue una de las víctimas de “Polo”,  se refiere a la picana eléctrica que habría inventado el propio Lugones).

“Polo” Lugones, como su padre, también se suicidó. Tuvo dos hijas, “Pirí” y “Babú”. La menor de ellas, Pirí, se incorpora a las luchas populares de los setenta a través de “Montoneros”. El 24 de diciembre de 1978 fue detenida en un departamento de Barrio Norte. Se supo que la torturaron y que estuvo al menos en tres centros de detención clandestinos. Continúa desaparecida y con su martirio se cerró el ciclo trágico de tres generaciones de una familia argentina signada por la tragedia. En el 2004 se publica el libro "Los Lugones, una tragedia argentina" que evoca, con testimonios y ficciones, la desgraciada saga familiar de Leopoldo, poeta genial y controvertido ensayista, su hijo Polo, comisario y torturador, y Pirí, la hija de éste, militante montonera desaparecida en 1978. La historia contiene textos de David Viñas, Daniel Divinsky y Carlos Giménez.

martes, 18 de octubre de 2016

A 100 años del ascenso al poder de Yrigoyen (7): Movimiento obrero, “obrerismo” y masacres

La chispa encendida por los obreros metalúrgicos de los talleres Vasena propagó el incendio de la Semana Trágica (6 al 13 de enero de 1919) que dejó como prenda de la reacción centenares de muertos y heridos, pero también un baldón sobre Yrigoyen que el proletariado argentino nunca olvidó y la reacción se lo recordó con hipócrita saña”. 
Rodolfo Puiggrós. “Historia crítica de los partidos políticos argentinos. Tomo II. El Yrigoyenismo”. 


Alejandro Gonzalo García Garro


   
El Obrerismo

Historiadores de diferentes escuelas y tendencias han definido a la política de Yrigoyen con relación al movimiento obrero con el concepto de “obrerismo”. Escribe Manuel Gálvez al respecto:

Hay en Yrigoyen un socialismo sentimental, patriótico, cristiano y paternal. Su obrerismo se parece un poco al laborismo británico y otro poco al aprismo peruano ([1]). Con el aprismo que pretende la liberación del indio – tiene de común su movimiento de masas, su exaltación mística del jefe, su amor hacia la plebe, su actitud revolucionaria; pero le separa del aprismo el matiz marxista que tiene en lo económico este partido peruano”.

Para José María Rosa, en cambio, más lacónico, entiende que obrerismo en Yrigoyen es sinónimo de paternalismo. Este paternalismo se manifestó en diferentes ocasiones durante su gobierno cuando, Yrigoyen, intervino en forma favorable al movimiento obrero en algunas de las numerosas huelgas declaradas durante los primeros años de su gobierno, mediando en conflictos de sindicatos con patronales y, acercándose como nunca antes un gobierno lo hizo a diferentes organizaciones obreras. Ese paternalismo u obrerismo fracasaría en dos graves ocasiones: en la Semana Trágica en enero de 1919 producida en Buenos Aires y en las huelgas de obreros y peones rurales de Santa Cruz en los años 1920, 1921 y 1922.

Antes de 1916 existían pocas leyes obreras. El nuevo presidente envía una serie de proyectos de los cuales sólo una parte alcanza sanción legislativa. Los mismos socialistas, con el argumento que dichos proyectos eran parte de una “política demagógica y burgués” se oponen frecuentemente a ellos. Así ocurrió con el de las jubilaciones ferroviarias y con la ley de protección a los trabajadores del campo. Aunque parezca inverosímil, el máximo dirigente socialista, Juan B. Justo, convencido librecambista, estaba aliado a los poderosos terratenientes como así también a las empresas británicas dueñas de los ferrocarriles y enfrentado a la incipiente burguesía industrial nativa.

Muchos proyectos quedaron sin sanción legislativa bloqueados por el Congreso reaccionario. Tales por ejemplo el del contrato colectivo de trabajo y el de jubilación de los trabajadores de la industria y comercio. Otros, aunque sancionados, fueron declarados inconstitucionales por la Suprema Corte en donde, como vimos se había enquistado los hombres más retrógrados del régimen. Por último, mucho quedó sobre el papel por falta de resortes suficientes para efectivizarlo. También en esta temática de la cuestión obrera y social se puede percibir la debilidad congénita del movimiento radical que neutraliza sus propias proyecciones. No obstante toda esta legislación y todo este voluntarismo, más que como realidad,  vale como antecedente. Yrigoyen fue un precursor de la legislación obrera aunque ese rol se lo atribuyan falazmente los socialistas. Su obrerismo, limitado por condiciones objetivas y por las propias contradicciones del radicalismo mostró una luz, un camino que se transitará resueltamente a mediados de la década del 40.

El ascenso del movimiento obrero

El ascenso del movimiento obrero en Argentina no fue invariablemente pacifico. Por el contrario estuvo marcado por una serie de conflictos sociales y huelgas que se incrementaron a partir del final de la primera guerra. En 1917 se contabilizaron 138 huelgas; en 1918, 196 conflictos laborales y en 1919, 367 paros con un total de casi 310.00 huelguistas. Esta espiral ascendente tiene su momento culminante en los sucesos de la Semana Trágica.

Narrar los hechos, la lucha memorable de los trabajadores, sería cuestión de muchas páginas. La historia oficial ha escamoteado o desvirtuado lo ocurrido; intentaré en ésta, en apretada síntesis, hacer una crónica de los hechos con su correspondiente interpretación. Pero antes de comenzar la crónica es importante considerar dos temas que tuvieron incidencia en la Semana Trágica: la organización y los aspectos ideológicos del movimiento obrero organizado en esos tiempos y las influencias políticas externas que pudieron operar sobre los acontecimientos.

Dos tendencias orientaban el movimiento obrero de entonces: el socialismo y el anarquismo ([2]). La primera se asentaba sobre los gremios mejor remunerados como los trabajadores de los servicios públicos en su mayor parte extranjeros. La segunda, organizados en la FORA (Federación Obrera Regional Argentina, de tendencia anarco sindicalista) tenía su base social en los gremios mas explotados, que contenían a su vez una composición más criolla que los anteriores, como los portuarios, marítimos o del gremio de la carne. Ambas tendencias tenían en común su desconexión con el país real. Ambas líneas estaban concentradas en “luchar contra la burguesía”, es decir los patrones industriales de Buenos Aires. Estas tendencias ideológicas envasadas en Europa e importadas sin pasar por el tamiz de la realidad, impedían comprender el escenario de un país semi colonial como Argentina; donde el enemigo no está exclusivamente adentro sino también afuera: el capital financiero internacional y su aliado nativo, la oligarquía terrateniente expresada políticamente en el “régimen”.

En cuanto a la influencia desde el exterior, transcribo la brillante pluma de Abelardo Ramos refiriendo el influjo de la Revolución Rusa:

“La historia del mundo cambiaba bruscamente su curso. De la guerra había brotado la revolución. En Buenos Aires, el efecto fue electrizante. El difuso mañana de los himnos socialistas había llegado a su fin. Una ola de irresistible entusiasmo y de esperanzas anegó por un momento las viejas disputas entre sindicalistas, anarquistas y socialistas. Fue una hora de éxtasis donde los oprimidos y explotados del mundo entero se sentían invadidos por el sentimiento de la victoria”.

Es evidente que este clima de triunfalismo llegó de alguna manera a los cuadros dirigentes más lúcidos e informados. Pero es preciso tener en cuenta que los hechos de enero de 1919, no fueron parte de una estrategia para la toma del poder e instaurar desde allí la dictadura del proletariado (como lo creían ciertos sectores del imaginario reaccionario) sino que fue la consecuencia de una huelga general descontrolada y salvajemente reprimida.

La Semana Trágica

El 2 de diciembre de 1918 los obreros de los talleres metalúrgicos de Pedro Vanesa se declaran en huelga. La empresa empleaba aproximadamente 2.500 obreros y la huelga declarada es de carácter puramente gremial en solidaridad con algunos obreros despedidos sin causa anteriormente.

El año 1918 termina sin variantes y no se avizora un arreglo del conflicto. La patronal, a comienzos del año decide contratar a un cuerpo de “carneros” para romper la huelga lo que provoca los primeros choques violentos entre éstos y los trabajadores en paro.

El día 7 de enero es el día que marca el comienzo de la tragedia: tres obreros caen muertos en una refriega en donde participa el Escuadrón de Seguridad, en el mismo hecho caen heridos algunos policías. El día 9 de enero una impresionante columna de trabajadores que va a enterrar a sus muertos es atacada a mansalva por la policía y el Ejército. Contemporáneamente se producen tiroteos en los alrededores de los talleres dejando un saldo de nuevos muertos y más heridos.

El Ejército patrulla los barrios obreros atacando alevosamente a la población indefensa. Reina el desconcierto y el caos... toda la ciudad se convulsiona, la policía balea a todos los transeúntes que se animan a andar por las calles, los comercios cierran, se paraliza el transporte y las calles quedan desiertas. Sólo quedan los huelguistas acosados por la jauría policial ahora reforzada por civiles reaccionarios que se lanzan a la caza de obreros.

Los trabajadores declaran la huelga general. La FORA, anarco-sindicalista, resuelve asumir la conducción del movimiento y convoca a una reunión de delegados sindicales de diferentes tendencias. Recibe la solidaridad de los sindicatos autónomos y de algunos gremios anarquistas disidentes con la central.

Pero ni estas organizaciones ni los “partidos obreros” son capaces de dirigir la lucha que ya está rebasada por un verdadero caos, desmadrado, minado por las diferencias internas y acorraladas por la agresión que no cesa. La desunión, la desorganización, y las tendencias conciliadoras de los reformistas quitaron cohesión a la masa trabajadora que combatió inmolándose durante toda la semana en un  vértigo alocado de sangre y fuego.

Las usinas de rumor de la reacción difunden que los trabajadores están dispuestos a realizar la “revolución social”. Los diarios del establishment se hacen eco del murmullo y atizan el fuego. Esto funciona como contraseña para que se larguen a la calle, en una verdadera caza de obreros y de “rusos”, las agrupaciones que se organizaron a tal efecto: La “Asociación del Trabajo” conducida ¡Cuándo no! Por un Anchorena... Se trata en ésta instancia de Joaquín S. de Anchorena y la “Liga Patriótica” que sobrevivirá varios años más de la mano de un protofascista, el Doctor Manuel Carlés. Estas verdaderas bandas, formadas por niños bien y compadritos, fueron aleccionadas en el Centro Naval y las armas les fueron proveídas por la policía.

Para detener el baño de sangre, la FORA se aviene a levantar el paro general extendido a todo el país sobre la base de la aceptación por parte de la empresa Vasena del petitorio obrero y la libertad de todos los detenidos. Los socialistas y los comunistas de reciente formación se allanan al acuerdo. Sólo un sector ultra de los anarcosindicalistas disidentes, proclama “la huelga revolucionaria por tiempo indeterminado” pero esta decisión arriesgada no logra consenso y muere en el intento.

El día 11 de enero el industrial Vasena accede, por mediación de Yrigoyen, a las condiciones solicitadas. Y la FORA levanta finalmente el paro. Nunca se ha podido conocer las cifras reales de estos sucesos.

La lectura histórica y los muertos

Es interesante hacer notar las diferencias según los autores: Felix Luna estima los muertos entre 60 a 65 civiles y 4 de las fuerzas de seguridad, números estos que coinciden con los oficiales. Oddone, citado por Abelardo Ramos, calcula en 700 los muertos de las jornadas. Alberto Belloni hace ascender a 3.000 los muertos y centenares de heridos. José María Rosa opta por no arriesgar cifra alguna... Nadie será condenado por estas muertes.

La trágica semana de enero de 1919 queda como una experiencia para el movimiento obrero señalando la necesidad de un autentico partido político, que sepa conducir la acción espontánea de las masas.

Los hechos han ocurrido bajo el gobierno de Yrigoyen, lo que implica una contradicción, que se explica, por la propia impotencia del yrigoyenismo en imponerse plenamente a la oligarquía. La lucha de los obreros fue utilizada por los provocadores para descargar la sangrienta represión. El general Dellepiane, jefe militar de la ciudad, dirá que fue invitado por los enemigos de Yrigoyen para que aprovechara el momento para derrocarlo, a lo que el militar se negó. Las posiciones se aclaran, la reacción no pretendía solamente reprimir a los obreros sino también derrocar por medio de un golpe de Estado al presidente Yrigoyen.

A manera de síntesis final y evaluando la Semana Trágica críticamente Spilimbergo señala que:

“Esto no es lo peor: a punto estuvo la oligarquía, so pretexto de restaurar el orden, de sacar las tropas a la calle, derrocar a Yrigoyen, aplastar al proletariado con enconadas represiones, y restaurar su imperio. Este es el lógico saldo de los putchs aventureros, hacen tambalear al gobierno democrático –burgués, sin aproximarse al triunfo; pero dándole oportunidad a la oposición de derecha para ensayar su juego reaccionario.”

La Patagonia Rebelde

También bajo la presidencia de Yrigoyen sucede un hecho similar en la Patagonia. En 1920, los peones, agobiados por las duras condiciones de trabajo, elevan un petitorio solicitando algunas mejores mínimas. Parecía que la patronal se había olvidado que los obreros eran seres humanos: las empresas aprovechaban la ola de desocupación en Buenos Aires y contrataban a los “parados” para ir a trabajar  como peones al Sur, a Río Gallegos o a San Julián, firmando contratos por la cual percibían un sueldo miserable y comprometiéndose a realizar “todo trabajo en cualquier capacidad que le fuera requerido”.

Pero, las empresas británicas de la Patagonia y sus socios de la oligarquía porteña hacen oídos sordos a los reclamos. Los trabajadores recurren a la huelga y los ingleses a la policía y a sus propios matones a sueldo para reprimir toda acción posible.

En 1922 se organiza nuevamente el paro que esta vez alcanza grandes proyecciones. La FORA anarquista conduce la lucha. Los agentes de los monopolios británicos operan sobre las autoridades y logran que se envíen tropas del ejército al mando del teniente coronel Héctor P. Varela. Tal es el impune descaro del imperio británico que amenaza con el envío de una escuadra en defensa de las propiedades de sus “nacionales”.

La violencia se desata, se apalea peones, se los saca de noche, se los fusila y se queman los cuerpos. Los trabajadores, muchos de ellos extranjeros, resisten como pueden. Acosados por el hambre y la persecución entran en las estancias para aprovisionarse de alimentos, caballos y armas para luego lanzarse nuevamente a la inconmensurable Patagonia a resistir como sea y donde sea. Las tropas del ejército cometen todas las tropelías y atrocidades posibles. Comienza una guerra de policía como las que hacían Mitre y Sarmiento contra los montoneros del Chacho. El jefe militar Varela los persigue y convierte la sublevación en una guerra de exterminio. Divide el ejército en columnas que marchan a las estancias ocupadas por los “revoltosos”.

¿Cuántos fueron los muertos?

Debe acabarse con ellos. “¿Cuantos fueron los muertos en la hecatombe?”, se pregunta José María Rosa. “Los cálculos los hacen subir a 1.500 para una población de 7.000 habitantes en todo el territorio. Es decir: casi todos los hombres”.

Los obreros no han nacido para la guerra y son vencidos, solamente algunos logran escapar a Chile cruzando la cordillera. Parece que la pesadilla ha terminado para la oligarquía, pero no es así para los anarquistas. En enero de 1923, un obrero anarquista, alemán, Kurt Wilckens, arrojó una bomba contra el Teniente Coronel Varela que lo mató. “Lo hice para vengar a los obreros caídos en Santa Cruz” declaró. El atentado provocó una ola de represión indiscriminada contra el movimiento obrero. Y... a este círculo dantesco e interminable de muertes y venganzas lo completa el asesinato del anarquista Wilckens en la Cárcel de Encausados; el ejecutor, un tal Pérez Millán, que había participado en la represión patagónica será a su vez asesinado un año después por un militante libertario.

Tampoco hubo responsables ni investigaciones sobre esta masacre. Y, hasta la justicia histórica tardó en llegar, ya que durante años la historia oficial ocultó celosamente el tema. En 1928, un corajudo escritor, José María Borrero publica un libro titulado: “La Patagonia Trágica” que relata el comienzo de los hechos. Una segunda parte, en la que se narra la represión, “Orgías de Sangre” no llega a publicarse.

Habrá que esperar a los comienzos de la década del 70 para que algunos curiosos de la historia se enteren de lo ocurrido. El responsable fue Osvaldo Bayer, que en 1972 publica el primer tomo de “La Patagonia rebelde”,  ensayo histórico que fue la base del guión de la película homónima dirigida por Héctor Olivera que puso en conocimiento al gran público de los sangrientos sucesos que acabo de narrar sumariamente.




[1] “Aprismo peruano”, deviene de APRI (Alianza Popular Revolucionaria Americana). El aprismo es un movimiento continental de centro–izquierda, fundado por Raúl Haya De la Torre en 1924. A pesar de sus aspiraciones continentales  y sus relaciones internacionales, como partido, solo tiene presencia orgánica en el Perú. Su línea política se enmarca en el socialismo democrático adaptado a la realidad indo americana. Actualmente Alan García, que fue el discípulo más distinguido de Haya de la Torre es su máximo dirigente y,  al momento de escribir éste libro está ejerciendo la presidencia a la Republica hermana del Perú por segunda vez.

[2]  Menciono solamente a los anarquistas y a los socialistas y no a los comunistas porque para esa fecha no tenían todavía una existencia orgánica y estaban en plena etapa fundacional. El comunismo en la Argentina nace de una escisión del Partido Socialista, o más bien, de una expulsión que realiza  el PS de un grupo de militantes porque éstos, acusaban a la dirigencia socialista de haber traicionado los principios revolucionarios internacionalistas de “La Internacional”, en esos momentos conducida por Lenín. Los expulsados del Partido Socialista, en 1918, realizaron un Congreso donde nace el Partido Socialista Internacional, cuyo nombre finalmente cambia en 1920,  llamándose definitivamente hasta hoy, Partido Comunista. De muy poca incidencia en sus comienzos, en el año 1921 contaba solamente con representación de veinte centros obreros y no tenían más de 700 afiliados.

lunes, 17 de octubre de 2016

A 100 años del ascenso al poder de Yrigoyen (6): La vocación estatizante del yrigoyenismo, algunas de sus realizaciones

El Estado está en la obligación de poner a la libertad de enriquecerse ilimitadamente a costa de las necesidades comunes, el principio de su función esencial, de regularizador de la distribución de la riqueza social, de protector de las masas desposeídas y sufrientes, contra el avance desenfrenado de los intereses individuales egoístas e insensibles”.

Palabras del Senador de la UCR, Ricardo Caballero, expositor de la doctrina oficial al respecto.


Alejandro Gonzalo García Garro.


“Interés nacionalista”


Uno de los aspectos más avanzados del yrigoyenismo, es el de la creciente participación del Estado en la esfera económica y social. La política económica de “interés nacionalista” requirió instalar una nueva concepción del Estado que, abandonando la vieja política del laissez faire, interviniera en forma activa en la vida económica del país, ya fuese participando directamente en algunos de los sectores estratégicos de la misma (ferrocarriles, transportes marítimos, petróleo), o ejerciendo una acción tutelar, “como encarnación permanente de la colectividad” sobre las actividades privadas.

Esta tendencia estatizante se va a ver reflejada en varios aspectos de la administración irigoyenista. En materias de tierras públicas, se desplegó una enérgica acción tendiente a impedir la enajenación de las mismas en forma indiscriminada, afirmando su función social y manifestando la necesidad de esperar que se dieran las mejores condiciones para una justa y amplia distribución de las  tierras fiscales.

Otra importante iniciativa por parte del Estado fue sin duda su intento de ejercer, aunque en forma limitada, cierto tipo de control en el comercio exterior. Su objetivo era controlar la llave de nuestra riqueza nacional, defendiendo los intereses de los productores agrarios, cuya comercialización fraccionada los sometía la voracidad de las compañías acopiadoras que monopolizaban la comercialización de los productos del agro. Esta medida fue resistida desesperadamente por los grupos monopólicos que lesionaban sus intereses y con todo tipo de presiones lograron frenar en el congreso la mayoría de los proyectos gubernamentales en ese sentido. No obstante se pudo aprobar una serie de tratados favorables al Estado a través de una serie de convenios comerciales con Gran Bretaña referentes a la venta de trigo. Pero fueron solamente intentos que revelan el rasgo progresista del radicalismo irigoyenista que sería profundizado en el gobierno peronista, con la creación del IAPI, promoviéndose la canalización de gran  parte de la renta agraria hacia los sectores industriales.

Propició la formación de una Marina Mercante pero no prosperó el empréstito financiero para la compra de unidades. Nuevamente el congreso se opuso. El Congreso también le bloqueó la posibilidad de expropiar algunos buques particulares y la construcción de un astillero nacional. Pero a pesar de la obstrucción legislativa dispuso la adquisición de un buque, el “Bahía Blanca” al que luego se le agregaron otros cuatro. Al final de la gestión la ansiada Flota Mercante logró tener siete unidades. Dos buques petroleros y cinco para transportar granos.

La política ferroviaria del gobierno de Yrigoyen merece un renglón aparte. Si bien la mayoría de las medidas quedaron en meras intenciones debido a la oposición del Congreso que representaba impunemente el monopolio británico, las políticas aspiradas son interesantes mencionarlas porque fueron el fundamento histórico de las medidas tomadas por Perón con la nacionalización de los ferrocarriles en 1948.

En mayo de 1917, al declarar la caducidad de todas las concesiones ferroviarias cuyos plazos habían vencido, Yrigoyen fijó una nueva política estatal con respecto a los ferrocarriles, sosteniendo la necesidad de que “el Estado tenga una parte importante de la red ferroviaria”.

No se trató por cierto de afectar a los intereses de los capitales británicos proyectando la nacionalización de sus líneas ferroviarias. Se respetó el statu quo y solamente se intentó limitar la expansión del capital inglés en el futuro. Al mismo tiempo se trató de romper el centralismo de la red ferroviaria mediante el establecimiento de nuevos ramales destinados a fomentar las economías provinciales, ahogadas por la política ferroviaria de las empresas particulares. Las inversiones británicas en los ferrocarriles tuvieron por objeto acercar la zona de producción agropecuaria a los puertos del Litoral, al mismo tiempo que obtenían altos beneficios favorecidos por la protección estatal. La política tarifaria de las empresas permitió al capitalismo británico ahogar las economías provinciales e impedir todo intento de expansión industrial en ellas. Este tendido de vías férreas significaba la deformación de la estructura económica del país, como lucidamente, tiempo más tarde lo denunciará Raúl Scalabrini Ortiz en su genial “Historia de los Ferrocarriles Argentinos”, obra que data de 1940.

El plan en materia ferroviaria del gobierno de Irigoyen, tendió a limitar en parte esa deformación, mediante la instalación de líneas “que pusieran directa y prácticamente en comunicación con el mundo, las zonas del país cuya ubicación excede la idea de una vida económica intensa, a través de una dependencia absoluta del Litoral”. Con este objetivo se planeó la construcción de la línea a Huaytiquina, concretando el ferrocarril trasandino del Norte, desde Salta al Puerto de Antofagasta, posibilitando “su liberación económica al norte Argentino”, al abrir una puerta más directa a su producción, orientándola hacia los mercados del Pacífico y, por el canal de Panamá, a los del continente europeo. El gobierno radical proyectó, la construcción del Trasandino Sur por Zapala, uniendo la línea de Bahía Blanca a la del sur chileno. Estas nuevas líneas no sólo favorecerían el desarrollo de las economías regionales postergadas en el país sino que también impulsaban una integración de los mercados latinoamericanos.

Sus planes se vieron ciertamente, limitados por el Congreso, a pesar de lo cual las líneas del Estado experimentaron un incremento superior a los 4.000 kilómetros.

A partir de 1918, el gobierno inició una política portuaria que, si bien incrementó la capacidad de los tradicionales puertos cerealeros, rompió con la centralización de los mismos a través del fomento de los establecimientos portuarios del Alto Paraná. Estas medidas, conjuntamente como las adoptadas en el campo ferroviario constituyeron un serio esfuerzo del gobierno radical por quebrar el aislamiento de las provincias del interior, satisfaciendo las necesidades del mercado interno.

Buenas intenciones…

Podríamos mencionar cientos de buenas intenciones, proyectos e ideas que el yrigoyenismo intentó poner en práctica, pero se esfumaron entre los intersticios de una Argentina sometida a la oligarquía y al imperialismo.

La política estatista o dirigista del yrigoyenismo se detiene en los límites de las premisas industriales que hubiese sido  preciso poner en marcha si se pretendía la construcción de un moderno estado nacional.. No hubo un proyecto de industrialización para la economía durante la gestión. Tal vez esto fue la gran carencia del gobierno de Yrigoyen. Es notable que en los dos gobiernos de Yrigoyen, si bien pueden señalarse proyectos e iniciativas sobre protección social, defensa del pequeño productor agrario, etc., no existía, en cambio, ni una ley propuesta por el gobierno orientada a defender y promover la industria nacional. Irigoyen nada hace por defender los gérmenes de industrias aparecidos durante la primera guerra al cerrarse transitoriamente los mercados europeos.


En repetidas ocasiones, el presidente manifestó su oposición al establecimiento de una sociedad industrial, con argumentos de tipo éticos en los que denunciaba los males aparejados por la “civilización maquinizada”, punto de vista que concordaba con su historia de vida ya que había logrado una relativa fortuna como pequeño estanciero de la Provincia de Buenos Aires. 

Esta posición no significa que  identifiquemos el agrarismo librecambista de Yrigoyen con la política tradicional de la oligarquía, aunque coinciden ambas de un modo general en el librecambio. 

A diferencia del agrarismo librecambista de Yrigoyen, los grandes estancieros, el bloque imperialista y los pools de la carne, en el marco del librecambio, tendían a ejercer el control absoluto de los beneficios. Esto irritaba a los sectores medios y bajos de la clase de los estancieros a los cuales el yrigoyenismo intentó representar y defender. 

Las críticas por una falta de política industrial y de una adecuada defensa del productor agropecuario pequeño y mediano, arreciaron después de la debacle del 30, cuando las clases dominantes descargaron sobre el país una parte de su propia crisis, transfiriéndola, como siempre ha ocurrido, a los sectores medios y populares.

A 100 años del ascenso al poder de Yrigoyen (5): Política interior, las intervenciones provinciales

“Las autonomías provinciales son de los pueblos y para los pueblos y no para los gobiernos”. D. Hipólito Irigoyen.


Alejandro Gonzalo García Garro.



La frase del epígrafe que encabeza esta sección en el lenguaje de los hechos significará que D. Hipólito Yrigoyen se disponía a intervenir todas las provincias que permanecían en manos de los gobernantes del régimen oligárquico que habían accedido al poder por medio del fraude.

La solución de las situaciones provinciales por medio de las intervenciones constituía una vieja reivindicación partidaria. Recordemos que estando el radicalísimo en el llano, en tiempos de intransigencia y abstención, Yrigoyen le había solicitado primero a Figueroa Alcorta en 1907 (ver capítulo 17) y luego a Sáenz Peña en 1910 (ver capítulo 18), que se interviniesen las 14 provincias para “ponerlas en condiciones electorales”.

Ambos mandatarios se negaron a tomar semejante medida argumentando la inconstitucionalidad de la misma ya que, de acuerdo a la Constitución de 1853, solamente se podía intervenir una provincia para sostener sus autoridades o reponerlas en caso de que hayan sido depuestas por alguna maniobra de sedición.

Pero ahora Yrigoyen era Presidente y debía cumplir su misión reparadora. No tuvo en este tema preocupaciones legales ni escuchó los argumentos sobre las autonomías federales. Pero como los conservadores mantenían las mayorías en el Congreso, Yrigoyen comenzó con las intervenciones “reparadoras” a través de decretos presidenciales o sino por Ley del Congreso en los casos que se los permitieran.

El objetivo de Yrigoyen no era una intervención partidista que sacara los conservadores para sustituirlos por interventores radicales, al menos este fue su propósito inicial. Por regla, el interventor sería un magistrado o un ex magistrado de intachable conducta o incluso un opositor de reconocida ecuanimidad. La función de los interventores será presidir y supervisar los comicios, evitar el fraude y entregar el gobierno a quien ganara las elecciones.

Las intervenciones se mandaban durante el receso legislativo con desesperación de los constitucionalistas del gobierno ya que era un procedimiento que atentaba la división de poderes.

La primera intervención, en abril de 1917, fue la de la Provincia de Buenos Aires, poniendo así un irreversible final a la carrera política del temible Marcelino Ugarte, alias “el petiso orejudo”, amo y señor del más importante baluarte electoral de la República. Por supuesto, que al abrirse las sesiones en diputados se oyeron todas las voces condenatorias. Socialistas, conservadores y demócratas progresistas defendían fervientemente un gobierno como el de Marcelino Ugarte que no tenía parangón en la historia por su grado de corrupción. Se trató en diputados, un proyecto desaprobando la intervención, pero el Senado, prudentemente, no le dio curso porque se había corrido el rumor que Yrigoyen disolvería el Congreso y no era el caso de perder sus bancas y desperdiciar todos los negocios que éstas implicaban. El interventor designado fue un radical, José Luis Cantilo. La excepción de ser un hombre de partido estaba fundada en que el interventor debía remover toda la plana mayor de la policía bonaerense y la totalidad de los intendentes locales.


Luego de intervenir Buenos Aires vino una andanada: Mendoza, Catamarca, Corrientes, La Rioja, San Luis, San Juan, Tucumán y Entre Ríos que estaban en poder de los hombres del régimen. En muchos casos  significaba destituir gobiernos desprestigiados ante la mirada complaciente de la ciudadanía local para entregarlos en su mayoría al ala “azul” del radicalismo, tal el caso de Entre Ríos que pasó a manos de los Laurencena. Para fines de noviembre de 1919 la causa de las reparaciones provinciales estaba concluida y todas las provincias eran gobernadas por autoridades elegidas en comicios libres y transparentes.

A 100 años del ascenso al poder de Yrigoyen (4): Política exterior: neutralidad y soberanía

La neutralidad, tal como fuera enunciada y sostenida por el gobierno del Presidente Yrigoyen, tanto como la definición  y actitud correlativa asumida después de la guerra, en la reunión de Naciones, demostró ante el mundo que éramos algo mas que una entidad económica; reveló a los pueblos y gobiernos que la República Argentina tenía una personalidad propia”. Gabriel del Mazo, “La primera presidencia de Yrigoyen”.



Alejandro Gonzalo García Garro.


La primera guerra mundial

El primer gobierno de Yrigoyen no tuvo solamente que afrontar los últimos dos años de la denominada Gran Guerra sino que también, en el mismo período se generaron una serie de conmociones políticas en Europa que tuvieron ciertamente incidencia en la política argentina: Tuvieron lugar tres revoluciones que derribaron a las tres casas dinásticas más autocráticas del viejo continente: en 1917, la revolución rusa, que liquidó al zarismo de los Romanoff; en 1918, la revolución alemana, que acabó con los Hohenzollern, y la austríaca, que sacó del poder a los Habsburgo. Y estas revoluciones eran seguidas atentamente en Argentina porque ocurrieron en el transcurso de la guerra y en algunos casos fueron causa o consecuencia de la misma.

La guerra que envolvió a Europa a partir de 1914, constituyó la solución militar de un conflicto entre las principales potencias capitalistas por el reparto del mundo colonial. Es por esta razón que algunos historiadores revisionistas la llaman también “la primera guerra imperialista”. En Europa se encontraban los polos de poder que decidían la economía mundial. A sus puertos llegaban las materias primas de los enclaves coloniales y semicoloniales, que los países centrales requerían para su expansión industrial. La expansión capitalista de Alemania, país que había ingresado tardíamente en el camino de la industrialización, se aceleró a partir de la consolidación del Imperio Alemán y las anexiones de las regiones de Alsacia y Lorena después de la derrota de Francia en la denominada  guerra franco –prusiana. Entonces, la entrada tardía de Alemania en el proceso de crecimiento capitalista y la carencia de dominios coloniales e influencia económica en la periferia colocará a éste país en una difícil situación ante la insuficiencia de mercados que no se adaptaban a su ritmo de crecimiento.

Para resolver esta situación un clima bélico comienza a envolver Europa que se lanzó a una carrera armamentista y,  las diferentes naciones en potenciales conflictos ensayaban y perfeccionaban sistemas de alianzas: la “Entente Cordiale” conformada por Francia, Inglaterra y Rusia por un lado y Alemania aliada al Imperio Austrohúngaro por otro.

Cuando la guerra se declara combatían aliadas, Inglaterra, Francia y Rusia contra Alemania. Italia, que intervino a favor de Alemania en un comienzo se pasó luego a los Aliados. Sobre el final de la contienda el apoyo bélico de los EE.UU. a los aliados en 1917, ayudó a liquidar el conflicto con la derrota de Alemania en 1918. Ese fue, en apretada síntesis, el desarrollo de la primera guerra mundial, contienda en la cual la República Argentina permaneció neutral desde el principio al fin.

Antes de comenzar la Gran Guerra, los países que, como Gran Bretaña, contaban con un amplio dominio colonial y tenían grandes zonas de influencia, incluida la totalidad de Sudamérica, se apresuraron a ajustar los mecanismos de dominación para garantizarse Estados “amigos” para posibles alianzas y el abastecimiento necesario para afrontar el conflicto bélico. 

Política exterior durante la primera guerra mundial

Si analizamos la política exterior de Argentina durante la primera guerra mundial descubriremos dos etapas con dos líneas políticas claramente diferentes: a) Táctica imperialista neutralista, coincidente con la oligarquía dominante. b) Con la llegada al poder de Yrigoyen se pone en marcha una política fundada en el principismo radical disidente de la estrategia imperialista, es decir el neutralismo como ejercicio de soberanía.

La neutralidad fue declarada el 4 de agosto de 1914, apenas comenzada la guerra en Europa, por el gobierno de Victorino de la Plaza, y fue peyorativamente definida por el líder radical Hipólito Yrigoyen como "pasiva y claudicante", basándose para utilizar estos calificativos en la inmovilidad oficial frente a graves cuestiones como el fusilamiento del cónsul argentino en Bélgica, en septiembre de 1914, por parte de las tropas alemanas de ocupación, y el apresamiento del buque argentino Presidente Mitre, en noviembre de 1915, por parte de la armada inglesa. En realidad la postura del presidente de la Plaza reflejaba más que el cumplimiento de un principio de soberanía, la necesidad de Inglaterra y sus aliados de contar con una base neutral de abastecimiento inatacable por Alemania.

Al llegar Yrigoyen al poder en 1916 la neutralidad se mantuvo, aunque el nuevo mandatario la calificó de "activa y altiva", a fin de diferenciarla de la "pasiva y claudicante" de su antecesor. El nuevo presidente definió la política internacional argentina frente a la guerra de acuerdo con dos ejes: a) garantía de la neutralidad proclamada, y b) respeto de los derechos de libertad e independencia de los estados neutrales.

Pero la posición neutral Argentina durante el gobierno de Yrigoyen es puesta en peligro cuando Alemania comienza a hundir buques de cualquier bandera con una nueva arma letal: el submarino. Ante esta nueva estrategia alemana Estados Unidos comienza a presionar al gobierno argentino para que abandone la neutralidad. El momento más álgido llega cuando, el 4 de abril de 1917, el buque “Monte Protegido” que navegaba con bandera argentina fue hundido por un submarino alemán. La Cancillería argentina elevó una enérgica protesta declarando que esta acción constituía una ofensa a la soberanía, exigiendo la reparación del daño material y el desagravio al pabellón nacional. El Estado agresor dio las reparaciones debidas con la amplitud que la Argentina reivindicaba. Idéntica actitud y similar respuesta se obtuvo en un segundo incidente similar ocurrido en alta mar con el vapor “Toro”.

Estos incidentes desencadenaron no sólo violentas presiones de los países aliados para que el gobierno le declarase la guerra a Alemania sino que también desataron una feroz campaña interna para que Argentina abandonara la política de neutralidad. Las naciones aliadas forzaban a los países satélites a plegarse a la causa alidada con el eterno pretexto de iniciar “una cruzada por la democracia y la libertad”.

Una impresionante conjura de intereses echa mano a todos los recursos para obligar al gobierno a entrar en guerra con Alemania. La prensa de todos los colores, todos los partidos de la oposición sin excepción e incluso numerosos radicales, los “intelectuales representativos” y las fuerzas vivas del país coinciden en este punto. Tan intensa es la presión, a tanto asciende el histérico desborde de la propaganda imperialista que algunos sectores se lanzan a realizar violentas manifestaciones callejeras que tornan más  dramática la situación. Los representantes diplomáticos de las potencias aliadas se mueven tras las bambalinas y conspiran contra el gobierno de Yrigoyen. Se llega a mencionar la posibilidad de derrocar al presidente con un golpe militar sino declara la guerra a Alemania. Los agentes del imperio proclaman a viva voz que la Argentina será castigada por la osadía de mantener la neutralidad. La sanción sería que nadie compraría nuestra producción agropecuaria y que terminada la guerra, Argentina quedaría aislada del mundo civilizado.

Los Estados Unidos, envalentonado, amenaza y lanza un “globo de ensayo”: Uno de sus almirantes al frente de una escuadra anuncia que entrará “incondicionalmente” al puerto de Buenos Aires. La respuesta de Yrigoyen no se hace esperar y es tan enérgica que el Departamento de Estado debe dar marcha atrás y solicitar permiso para una visita de cortesía.

Las Cámaras se suman al coro belicista con el concurso de la bancada del Partido Socialista que, violando el mandato del Congreso partidario pide la ruptura de relaciones y la declaración de guerra a Alemania. Manuel Ugarte, en ese entonces dirigente socialista, es una voz en el desierto y se adhiere a la posición del gobierno de Yrigoyen proclamando la unidad latinoamericana en un pequeño periódico al que llamó “Patria”. Tal actitud le valió a Ugarte la expulsión del partido primero y el vació absoluto después. Esta circunstancia dolorosa lo obligó a vivir muchos años fuera del país.

Las consecuencias políticas

Prácticamente sin adhesiones a favor y contra la formidable conjura de los poderes reaccionarios, Yrigoyen mantiene intransigentemente el principio de autodeterminación nacional. Parecía que el país entero estaba con los aliados y contra “el Peludo mestizo y germanófilo” asociado a la “barbarie prusiana”. 

Pero, en marzo de 1918 se realizaron elecciones nacionales para renovar la Cámara de Diputados. Son las primeras elecciones luego de la asunción de Yrigoyen. La UCR obtuvo 350.000 votos; 120.000 el Partido Conservador; los demócratas progresistas 82.000, y el Partido Socialista 66.000. En las urnas se volcó la opinión de los argentinos que no hablaban, eran los más...

Los beneficios económicos

Ahora bien, la posición de Yrigoyen en cuanto a la neutralidad y el afianzamiento de la autodeterminación de la Nación Argentina es indiscutiblemente encomiable, pero la neutralidad también tiene una arista económica que es interesante destacar: Cuando los países débiles, como en éste caso lo era Argentina cobran fuerza con un gobierno y logran mantener la neutralidad en un conflicto mundial del tenor que estamos analizando logran cierto enriquecimiento económico a saber: soslayan compromisos económicos, financieros y militares que necesariamente la intervención en el conflicto les traería aparejado. Y, en el caso argentino se le añade que, como país exportador de materias primas le permite beneficiarse de los altos precios de sus productos.

Hubo grande beneficios económicos en el tiempo de la guerra que fueron empleados para financiar muchos de los proyectos del gobierno pero, sin embargo, no se tradujo en un brote de prosperidad para el conjunto de la población. Porque, al mismo tiempo que la carne y el trigo eran vendidos en el exterior con enormes beneficios, la gran reducción de las importaciones trajo la escasez en muchos rubros e inflación aumentando el costo de vida en un 100 % en los últimos dos años del conflicto mientras los salarios se quedaron estancados. Este aprieto hará eclosión, como veremos, en la huelga de los talleres Vasena en las jornadas de la Semana Trágica de enero 1919 que fue la respuesta del movimiento obrero a esa situación de crisis económica.

Congreso Latinoamericano

Pero continuemos ahora con la política exterior de Yrigoyen que, por cierto, no se circunscribió a mantener la neutralidad. Retomando la tradición de la Patria Grande legada de San Martín y Bolívar, aprovechó la emergencia de la guerra para convocar a un Congreso Latinoamericano que amalgamara una actitud conjunta ante las fuerzas del imperialismo. El Congreso no pudo realizarse, los Estados Unidos previeron en éste un foro antibélico y lo boicotearon. Sólo México resistió la presión diplomática y envió sus delegados. No era casual. México en ese momento estaba profundamente conmovido en un proceso revolucionario antiimperialista y comprendió el llamado continental que sé hacia desde el país más austral del continente donde, salvando las distancias, también se estaba forjando un movimiento popular, democrático y nacional.

Terminada la guerra, en el Tratado de Versalles, los aliados victoriosos se repartieron los despojos. Se creó una entidad internacional que tuvo una existencia fugaz y vergonzosa: La Sociedad de las Naciones,  organismo que tenía como objetivo el cumplimiento de las cláusulas del Tratado a todas luces injustas y tendenciosamente favorables a los vencedores. La República Argentina, baluarte del imperialismo británico habría seguido los dictados de la política inglesa sino hubiese sido por Yrigoyen que al frente de su gobierno impuso condiciones para el ingreso de nuestro país. El Canciller Honorio Pueyrredón; Marcelo Torcuato de Alvear, embajador en Francia y Pérez, representante argentino en Austria, llevaron precisas instrucciones del presidente: Condicionar el ingreso a que todas las naciones, beligerantes y no beligerantes fueran admitidas en el seno de la organización y que no se establezcan diferencias entre los países pequeños o débiles y las grandes potencias.

Para Alvear la condición impuesta por Yrigoyen era prácticamente sacrílega. La Argentina para Alvear no tenía entidad internacional como para imponer una condición de este tipo enfrentando la decisión tomada por los países imperialistas victoriosos. Bastaría, sostenía Alvear, con dejar sentada la posición argentina; no era necesario llevar las cosas al extremo de retirar la delegación en caso de que la propuesta fuese rechazada como obviamente ocurriría. En caso contrario opinaba Alvear “podríamos orientar a la República en una política internacional peligrosa”. Pero el empeño de Alvear, que para ese entonces era sin dudas un referente del “radicalismo oligárquico”, no pudo con la tenacidad del Presidente. El 4 de diciembre de 1919, el Canciller Pueyrredón sumamente presionado por Yrigoyen, envió una nota a la Asamblea declarando “que la delegación argentina consideraba terminada su misión”. El Presidente telegrafía de inmediato utilizando como siempre su peculiar lenguaje: “La actitud de la delegación... se ajusta estrictamente a sus deberes, puesto que, allí existía un espíritu deliberadamente reacio a las grandes y nobles soluciones”. Lo que vale decir que reinaba un espíritu pro impererialista anglo–francés...

Política soberana

Existen tres ejemplos que reflejan el concepto que el Presidente tenía de la soberanía de las naciones dando testimonio de solidaridad a los pueblos damnificados por la guerra y realzando la dignidad de los países hispanoamericanos.

Finalizada la Gran Guerra en 1918, los países aliados, fundamentalmente Inglaterra y Francia intentaron oponerse a la Revolución Rusa emprendida en octubre de 1917. No solo invadieron territorios rusos sino que financiaron y apoyaron logísticamente la contrarrevolución. Además de soportar ésta agresión el sufrido pueblo ruso se vió afectado por una serie de hambrunas y pestes que desbastaron  parte de su territorio, fundamentalmente Ucrania. Yrigoyen, sensible a este tipo de padecimientos, envía un mensaje al Congreso al cual solicita: “ayuda para el pueblo ruso, mediante un préstamo de 5 millones de pesos que ése país reembolsará sin interés cuando pueda hacerlo”. He aquí un testimonio de la independencia  que por aquellos años ostentó la política exterior argentina.

De su presidencia data también la condonación de la deuda de la guerra que el Paraguay tenía con la República Argentina a raíz de la funesta agresión de la “Triple Infamia”.

Y por último, una de sus más famosas acciones internacionales y de confraternidad hispanoamericana: el saludo de la bandera dominicana. El 24 de mayo de 1919 había fallecido en Montevideo el ilustre poeta Amado Nervo, embajador de México ante la República del Uruguay. Como Nervo había sido embajador concurrente en la República Argentina, el presidente Hipólito Yrigoyen ordenó que sus restos fueran repatriados con todos los honores en el acorazado "Nueve de Julio". Al regreso el barco se vio obligado a hacer escala, y su comandante consultó con el ministerio de Marina si podía tocar o no Santo Domingo y, en caso afirmativo, si saludaba a la bandera norteamericana al entrar al puerto, a la sazón ocupado por fuerzas militares de los Estados Unidos. La inmediata respuesta del presidente Yrigoyen fue: "Id y saludad al pabellón dominicano". Al entrar al puerto, el acorazado izó al tope la bandera del país hollado, saludándola con una salva. Corrió la voz por la ciudad, y un grupo de personas fervorosas compusieron con trozos de tela una bandera dominicana que izaron en el torreón de la fortaleza. Veintiún cañonazos de la nave argentina tributaron el homenaje a la enseña dominicana. La multitud se lanzó a las calles, y una gran manifestación se dirigió hasta la casa municipal ante la perplejidad de las autoridades de ocupación que no se atrevieron a impedir el pronunciamiento popular. Uno de los improvisados oradores dijo: "Loor al presidente argentino Yrigoyen que nos ha hecho vivir siquiera dos horas de libertad dominicana".


Para finalizar y a manera de conclusión: El Presidente Yrigoyen planteó una política exterior cuyo propósito fue el de aumentar el prestigio exterior de la Argentina a través de una práctica neutral y pacifista, que insistió en la moralidad y el derecho como las bases de las relaciones internacionales, y que intentó desplegar una suerte de liderazgo regional en oposición a Estados Unidos. La prédica nacionalista, latinoamericanista y neutralista que identificó a la política exterior de Yrigoyen tuvo por principal móvil lanzar al mundo una reputación ética de la Argentina, levantando una imagen de país con independencia de acción y dueño de un porte moral, lejano de la mezquina política evidenciada por los países beligerantes.