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| "Fusilamiento de Dorrego", de Rodolfo Campodónico. |
Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro
El fusilamiento de Manuel Dorrego, ordenado por Juan Lavalle el 13 de diciembre de 1828, fue tal vez el hecho más sangriento y con mayores secuelas de nuestra historia política. No fue un error o un exceso. Fue el crimen fundacional de un proyecto de entrega nacional que desató una guerra civil y que instaló el golpismo militar como método político en la Argentina.
Desde ese lejano magnicidio
hasta hoy, el pensamiento dominante ha intentado negar la dimensión política de
Dorrego y ocultar la criminalidad de Lavalle. Su estrategia: licuar y
colectivizar las culpas históricas.
La Historia "sin buenos ni malos": Una trampa del sistema
El relato que busca exculpar a
Lavalle construye una explicación de las luchas civiles argentinas como una
historia "sin buenos ni malos", donde "todos se degollaron unos
a otros".
Esta narrativa es una trampa del
sistema que impide diferenciar los verdaderos proyectos políticos subyacentes:
a) El Federalismo de Dorrego, un proyecto que defendía el patrimonio nacional y
buscaba la justicia para las provincias y, por otro lado, b) el Unitario de
Lavalle, un proyecto de entrega, vasallaje imperialista y tiranía que se impuso
por la fuerza.
Como sentenció Juan Perón:
"Este crimen horrendo es el más atroz e injusto que se haya cometido en
toda la historia de la Patria. No tiene justificación alguna, fusilar al
gobernador legal de un Estado que ha sido libremente elegido por sus conciudadanos".
La Trama Maestra:
Londres, Lavalle y la Oligarquía
Dorrego había sido políticamente
derrotado tras la firma de la paz con Brasil, presionado por la mediación
inglesa de Lord Ponsomby, que impuso la independencia de la Banda Oriental. La
derrota diplomática y el descontento de las tropas de regreso fueron la excusa
perfecta para el contragolpe oligárquico.
El plan destituyente,
supervisado por el Imperio Británico, culminó con la captura de Dorrego. Pero
el asesinato no fue un acto impulsivo de un militar. Fue una decisión
deliberada y política.
El 12 de diciembre de 1828,
mientras Dorrego era prisionero, tuvo lugar un cónclave secreto en Buenos Aires
que ratificó su muerte.
Los "doctores" de la
política porteña acosaron a Lavalle epistolarmente para asegurar la ejecución: Juan
Cruz Varela le escribió: "Después de la sangre que se ha derramado en
Navarro, el proceso... está formado: [...] usted piense que 200 o más muertos y
500 heridos deben hacer entender a usted cuál es su deber..."
Salvador María del Carril
(futuro vicepresidente de Urquiza) fue más directo: "Mire usted que
este país se fatiga 18 años hace, en revoluciones, sin que una sola haya
producido un escarmiento [...]. La ley es que una revolución es un juego de
azar en el que gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario
disponer de ella”. Pero no se quedó allí Del Carril, quien fuera también Presidente
de la Corte Suprema de Justicia de la Nación -nombramiento propuesto por
Mitre-, y le aconsejó a Lavalle: “"Incrédulo como soy de la
imparcialidad que se atribuye a la posteridad... fragüe el acta de un
consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es
necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y
si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a
los muertos”.
Lavalle, consciente, envió el
siguiente parte: "El coronel Don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado
por mi orden... La historia, el Señor Ministro, juzgará imparcialmente...".
La Falsificación:
"La espada sin cabeza" y el Lavalle-Víctima
La historiografía oficial ha
intentado por más de 190 años construir un relato de absolución para el
ejecutor de Dorrego. La estrategia ha tenido dos pasos fundamentales.
EL primero es la teoría de "La
espada sin cabeza". El joven romántico Esteban Echeverría le puso a
Lavalle el mote de "espada sin cabeza", un hombre "sin
luces" cuyo error no eran sus crímenes, sino haber perdido y posibilitado
el ascenso de Rosas. Se lo presenta como un impulsivo sin razón.
La otra es el
"Lavalle-Víctima". Esta operación cultural fue magistralmente
consolidada por Ernesto Sábato en su novela Sobre héroes y tumbas. Allí,
Lavalle no muere, pero queda hundido en la desdicha y la culpa, siendo la
principal víctima de su temperamento y de los malos consejos. Es el "ser
puro manipulado". No es casualidad. Sábato fue el mismo intelectual que,
tras el golpe de 1955, calificó a Perón como nazi y tirano, y que años después
elogiaría al genocida Jorge Rafael Videla. Fue el mismo que forjó la infame
"teoría de los dos Demonios" para el Nunca Más: Para él ambos
contendientes tienen la culpa, militantes de las organizaciones armadas y militares, peronistas y
antiperonistas, Lavalle y Dorrego.
El ADN del Golpismo
Argentino
La violencia desatada tras la
muerte de Dorrego no se detuvo en Navarro. Vendrían más. Facundo Quiroga, el
Chacho Peñaloza, y una incontable lista de asesinados por la oligarquía en
nombre de una supuesta "civilización" que en realidad era entrega de
la Patria.
El monumento a Lavalle, erigido
en 1887, se alzó en el antiguo solar de la familia Dorrego. Una ratificación de
poder que implica una manifestación de la violencia del uso de la Historia.
Lavalle y Dorrego no son las dos
caras de una misma moneda. Son dos visiones totalmente distintas de país. El
proceder de Lavalle nos deja una lección innegable en todos los golpes de
estado en Argentina. Sostenía Perón que los quiebres institucionales los llevan
adelante soldados, pero de sus beneficios disfrutan los liberales y los hombres
de negocios que detestan que el poder político esté en manos de los sectores
populares.
Se debe remover la carga
amoral de una historia ahistórica y sin memoria. El pueblo jamás justificó este
crimen. La verdad histórica debe juzgar a Lavalle, sin leyendas románticas.

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