sábado, 13 de diciembre de 2025

Dorrego: El crimen fundacional que la “historia oficial” disfrazó como "error"

"Fusilamiento de Dorrego", de Rodolfo Campodónico.


Escribe: Dr. A. Gonzalo García Garro


El fusilamiento de Manuel Dorrego, ordenado por Juan Lavalle el 13 de diciembre de 1828, fue tal vez el hecho más sangriento y con mayores secuelas de nuestra historia política. No fue un error o un exceso. Fue el crimen fundacional de un proyecto de entrega nacional que desató una guerra civil y que instaló el golpismo militar como método político en la Argentina.

Desde ese lejano magnicidio hasta hoy, el pensamiento dominante ha intentado negar la dimensión política de Dorrego y ocultar la criminalidad de Lavalle. Su estrategia: licuar y colectivizar las culpas históricas.

 

La Historia "sin buenos ni malos": Una trampa del sistema

El relato que busca exculpar a Lavalle construye una explicación de las luchas civiles argentinas como una historia "sin buenos ni malos", donde "todos se degollaron unos a otros".

Esta narrativa es una trampa del sistema que impide diferenciar los verdaderos proyectos políticos subyacentes: a) El Federalismo de Dorrego, un proyecto que defendía el patrimonio nacional y buscaba la justicia para las provincias y, por otro lado, b) el Unitario de Lavalle, un proyecto de entrega, vasallaje imperialista y tiranía que se impuso por la fuerza.

Como sentenció Juan Perón: "Este crimen horrendo es el más atroz e injusto que se haya cometido en toda la historia de la Patria. No tiene justificación alguna, fusilar al gobernador legal de un Estado que ha sido libremente elegido por sus conciudadanos".

 

La Trama Maestra: Londres, Lavalle y la Oligarquía

Dorrego había sido políticamente derrotado tras la firma de la paz con Brasil, presionado por la mediación inglesa de Lord Ponsomby, que impuso la independencia de la Banda Oriental. La derrota diplomática y el descontento de las tropas de regreso fueron la excusa perfecta para el contragolpe oligárquico.

El plan destituyente, supervisado por el Imperio Británico, culminó con la captura de Dorrego. Pero el asesinato no fue un acto impulsivo de un militar. Fue una decisión deliberada y política.

El 12 de diciembre de 1828, mientras Dorrego era prisionero, tuvo lugar un cónclave secreto en Buenos Aires que ratificó su muerte.

Los "doctores" de la política porteña acosaron a Lavalle epistolarmente para asegurar la ejecución: Juan Cruz Varela le escribió: "Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso... está formado: [...] usted piense que 200 o más muertos y 500 heridos deben hacer entender a usted cuál es su deber..."

Salvador María del Carril (futuro vicepresidente de Urquiza) fue más directo: "Mire usted que este país se fatiga 18 años hace, en revoluciones, sin que una sola haya producido un escarmiento [...]. La ley es que una revolución es un juego de azar en el que gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella”. Pero no se quedó allí Del Carril, quien fuera también Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación -nombramiento propuesto por Mitre-, y le aconsejó a Lavalle: “"Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad... fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos”.

Lavalle, consciente, envió el siguiente parte: "El coronel Don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden... La historia, el Señor Ministro, juzgará imparcialmente...".

 

La Falsificación: "La espada sin cabeza" y el Lavalle-Víctima

La historiografía oficial ha intentado por más de 190 años construir un relato de absolución para el ejecutor de Dorrego. La estrategia ha tenido dos pasos fundamentales.

EL primero es la teoría de "La espada sin cabeza". El joven romántico Esteban Echeverría le puso a Lavalle el mote de "espada sin cabeza", un hombre "sin luces" cuyo error no eran sus crímenes, sino haber perdido y posibilitado el ascenso de Rosas. Se lo presenta como un impulsivo sin razón.

La otra es el "Lavalle-Víctima". Esta operación cultural fue magistralmente consolidada por Ernesto Sábato en su novela Sobre héroes y tumbas. Allí, Lavalle no muere, pero queda hundido en la desdicha y la culpa, siendo la principal víctima de su temperamento y de los malos consejos. Es el "ser puro manipulado". No es casualidad. Sábato fue el mismo intelectual que, tras el golpe de 1955, calificó a Perón como nazi y tirano, y que años después elogiaría al genocida Jorge Rafael Videla. Fue el mismo que forjó la infame "teoría de los dos Demonios" para el Nunca Más: Para él ambos contendientes tienen la culpa, militantes de las organizaciones armadas y militares, peronistas y antiperonistas, Lavalle y Dorrego.

 

El ADN del Golpismo Argentino

La violencia desatada tras la muerte de Dorrego no se detuvo en Navarro. Vendrían más. Facundo Quiroga, el Chacho Peñaloza, y una incontable lista de asesinados por la oligarquía en nombre de una supuesta "civilización" que en realidad era entrega de la Patria.

El monumento a Lavalle, erigido en 1887, se alzó en el antiguo solar de la familia Dorrego. Una ratificación de poder que implica una manifestación de la violencia del uso de la Historia.

Lavalle y Dorrego no son las dos caras de una misma moneda. Son dos visiones totalmente distintas de país. El proceder de Lavalle nos deja una lección innegable en todos los golpes de estado en Argentina. Sostenía Perón que los quiebres institucionales los llevan adelante soldados, pero de sus beneficios disfrutan los liberales y los hombres de negocios que detestan que el poder político esté en manos de los sectores populares.

Se debe remover la carga amoral de una historia ahistórica y sin memoria. El pueblo jamás justificó este crimen. La verdad histórica debe juzgar a Lavalle, sin leyendas románticas.

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